Historia y Arqueología Marítima

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OPERACION RENACIMIENTO

Por Hormiga Negra- Revista Yachting Argentino, 19...  Ver Tambien: Lo mismo que espinazos de pescado

—“Más que enojo, me dio vergüenza— me comentaba tiempo atrás un amigo dedicado al negocio marítimo— que fuera mediante un cable desde Nueva York que nos enterábamos nosotros que el casco de uno de los últimos veleros de la carrera del Cabo de Hornos se encontrara al alcance de nuestra mano, oficiando de muelle arenero en un rincón de la Boca”.

Pero era cierto. Y cuando fueron a investigar, entonces sí entrevieron que esa carcaza aparentemente ruinosa y realmente oxidada, era el aún esbelto casco de una fragata.

Era menester no levantar la perdiz. Nadie se tenía que enterar que estaban queriendo comprar la momia de una heroína, y las negociaciones “a nivel” chatarra comenzaron y duraron un largo tira y afloja, hasta que a tanto el kilo se formalizó la venta.

Para trasladarla, para realmente entrar en posesión, hubo que realizarle algunas reparaciones simples y reflotarla provisoriamente.

La Wavertree en toda su extensión, aunque interrumpida su vista por el vapor "Capitán Brizuela". El desplazamiento del velero, cuando esté completo, ascenderá a 2.118 toneladas.

Los vendedores la vieron partir ya entreviendo el soplete que la convertiría en pedacitos fundibles, en alimento predigerido para alto horno. Pero era una ilusión visual. Los sopletes probaban el estado de las planchas, porque el destino inmediato fue el dique seco de los Talleres de Marina, donde el soplete siguió funcionando para sacarle la pulgada de óxido que había formado esas burbujas que le daban el aspecto de ruina y de decrepitud y dejar al descubierto las restantes dos del forro, que aún bastan y sobran para que la momia volviera a vivir, volviera a flotar sin ayuda, que renaciera.

Y cuando flotó, ya pintada y limpia la amura, con sus portas falsas enmarcadas en una franja blanca y mucho antióxido rojo en la obra viva, su nombre y el puerto de matrícula, que habían estado a un tris de perderse para siempre, regresaron a ornar la popa: Wavertree, New York.

La explicación de este milagro antieconómico se escondía detrás de la firma del cable. Porque el autor del cable fue el director del South Street Seaport Museum, algo así como una réplica de esa maravilla que hay en Mystic (Conn.) pero establecida en el propio Manhattan.

La proa, un tanto desairada sin botalón y sin bauprés. E! nombre podría traducirse (poéticamente) como "árbol ondulante".

Acerca del Wavertree y del South Street Seaport Museum, las informaciones dicen que esta fragata no sólo será uno de los grandes veleros completamente aparejados y a flote, pertenecientes al siglo pasado y los comienzos de éste; —de éste (SXX), que en un lapso de 70 años se pasó de la navegación a vela alrededor del Cabo de Hornos al alunizamiento en el Mar de la Tranquilidad— que formará parte del plantel, sino que continuarán buscando y adquiriendo y remozando ejemplares como el Wavertree. O la Wavertree, si efectivamente era una fragata.

Su historia no sale mucho de lo común en esos barcos: construida en 1885, en metal, se le destinó a carguero y muy pronto se vio obligada a luchar económicamente contra los vapores.

En esa brega perecieron los veleros: no unos pocos, sino, a la larga, todos los grandes veleros de carga.

Los últimos fletes que consiguieron o podían comerciar, eran carbón o grano a granel y el viaje a las islas Guaneras del Perú o a los puestos de carbón de Australia se realizaban sin escalas, para no pagar estadías innecesarias, tomando agua en Juan Fernández porque no era puerto, tripulando con veinticinco hombres para gastar menos en sueldos y dando la vuelta al Cabo de Hornos con todo el paño que pudieran aguantar para tratar de ser tan veloces y eficaces como los vapores.

La Wavertree comenzó sus peripecias con un incendio en Australia del que pudo recuperarse y el principio de su fin en el Cabo de Hornos, en 1910, cuando un mal tiempo, peor que el mal tiempo habitual allí, la desarboló parcialmente. A duras penas recaló en Malvinas, de donde luego fue remolcada a Punta Arenas. La zona de Punta Arenas parece haber tenido un curioso atractivo para almacenar veleros moribundos.

Allí están ahora el Falstaff o el Hiparco, el  Muñoz Gamero, el Cabenda, restos del Serena, del Londsdale y del Thonwsdale, de la Andalucía y del Ambassador. También estaban la Alejandrina, hundida ahora en San Antonio (Chile) y el Kentmere, desguazado en el norte de Chile. La misma suerte le esperaba a la Wavertree; después de pasar 37 años en Punta Arenas en calidad de pontón carbonero, en 1959 fue comprado por la firma arenera que lo trasladó a la Boca, donde fue descubierto por gente del South Street Seaport Museum.

El renacimiento, no diremos milagroso pero sí poco probable, se produjo y ya está la Wavertree en condiciones de ser remolcada a Nueva York.

En Paysandú (R.O.U.), parece que está ocurriendo un hecho parecido. Se está remozando allí al que fue el bergantín de cuatro palos finlandés Fenya, cuyo nombre y nacionalidad originales eran Champigny y Francia respectivamente. Construido en 1905 también desarboló en el Hornos y también fue a parar a Malvinas desde donde fue a remolque a Montevideo y luego a su actual paradero.

Para reconstruirlo no se han hallado los planos originales pero se ha acudido a planos similares de la época. Mas lo triste es que el Fenya y el Wavertree sean excepciones, episodios tan excepcionales que se comenten como noticias periodísticas.

No sabemos cuantos quedan desparramados por el mundo, que aún se podrían recuperar; pero nada más que con los de Punta Arenas, los restos de un buque metálico construido por el visionario ingeniero Isambard Kingdom Brunel —el creador del gigantesco Great Eastern— que actualmente se halla en Malvinas, con aquel casco esbelto del Africa, que anduvo varado en el rio Capitán o Sarmiento y San Antonio —quizá ya ahora desguazado-— y con una reliquia tan notable como el British Isles, que está a flote aún en la Boca, se podría organizar aquí uno de los museos más ricos del mundo en marinería sureña.

 

 

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