Historia y Arqueología Marítima

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Vestigios Sudamericanos en Oceanía

Grupo de suboficiales de la Sarmiento en 1914. — Fotografía tomada en Tahiti por el "mayordomo" Fontana el día que abandonó el buque para radicarse en la Polinesia.

 Pera "Neptunia", por ZOLTAN de HAVAS. 1935

Antes de la apertura del Canal de Panamá, —época no muy remota todavía, ya que el famoso Canal solamente tiene veinte años de uso en la actualidad,— las Islas de Oceanía estaban en íntimo contacto con el continente sudamericano, con Chile más que todo, puesto que el tráfico principal de y hacia los mares del Sud se desenvolvía entonces por el Cabo de Hornos y por los canales fueguinos, y en sus viajes, tanto de ida como de vuelta, los barcos casi siempre recalaban en las costas de Chile.

Aunque a más de cuatro mil millas de distancia de Tahiti, los puertos chilenos significaban para ella y para las numerosas islas de su dependencia, las principales rutas de salida hacia el resto del mundo. Todavía hoy encontramos muchos descendientes de chilenos en las islas de la Polinesia, —algunos puros, y otros en diferentes grados de mestización. Durante mucho tiempo la moneda que circulaba en las Islas era el peso chileno, y aun hoy día encontramos, más fácilmente aquí que en Chile mismo, viejas monedas de oro y de plata acuñadas en Santiago.

Para el polinesio todo lo que venía de Sud-américa, se englobaba bajo el nombre genérico de paniora (la pronunciación más aproximada que el maorí, con su abecedario reducido de catorce letras, es capaz de hacer del español), y que debe haber originado en los tiempos coloniales, anteriores a la Independencia. Aun hoy, en la Polinesia, un chileno, un mejicano, —y hasta un argentino,— siguen denominándose paniora, distinguiéndose vagamente para el indígena del farani (francés), del paretane (inglés) y del purutia (alemán). La única excepción a ese respecto se encuentra en el caso de los peruanos, a los que el maori denomina taiao (de Callao) y a los que por recuerdos ya muy lejanos sigue guardando poca simpatía.

Misa de campaña a bordo de la Sarmiento, fondeada en Nukuhiva, Islas Marquesas, en el año 1914. La segunda figura de la izquierda es la del segundo comandante de la fragata, Teniente de Navio Jorge Campos Urquiza, actualmente contralmirante. - Fotografía encontrada en la Isla de Raiatea, en poder del mayordomo de la nave, ahora viejo "pioneer" de las Islas.

El hecho es que hace más o menos un siglo, existía en el Perú un comercio bastante infame, que consistía en venir a buscar a las Islas de la Polinesia trabajadores "baratos", para llevarlos por la fuerza a las minas y a las explotaciones de guano del Perú. Desde el Callao salían periódicamente unas barcas y goletas, pretendidamente de mercader, que se presentaban en las Marquesas, en las Tuamotus, en las Islas Australes y hasta en el Grupo de la Sociedad; allí, con engaños, hacían subir a su bordo un centenar de indígenas confiados, y luego zarpaban subrepticiamente de regreso con su cargamento humano, al que vendían para esclavos en el Callao y demás puertos del Perú. De los infelices "raptados" muy pocos conseguían escaparse de su esclavitud, pero algunos, que años después llegaron de vuelta a sus islas nativas, tenían cuentos espeluznantes que narrar de sus sufrimientos y de las infamias de los mercaderes de carne humana del Callao. Y es fácil de comprender que aun hoy el polinesio, por recuerdo atávico, le guarde terror y odio a todo lo' que se relaciona con Taiao.

Las nociones en geografía de los habitantes de los Mares del Sud son, naturalmente, muy primitivas, y en su concepción, todos los países del mundo son constituidos por islas, y sus divisiones internas, por valles. La isla más grande que conocen, de vista o por referencias, es Tahiti, y para ellos Tahiti es la base de toda comparación. Pero no conciben nada que pudiera ser más grande que Tahiti. Si les hablamos de un país de miles de kilómetros de extensión, con millones de habitantes, nos escucharán con la amable incredulidad de alguien que sabe muy bien que eso es imposible.

Fué con agradable sorpresa que he venido notando que la Argentina (Aretina, como lo pronuncia el maori) es mucho más conocida aquí, de nombre, por lo menos, que muchos otros países más grandes o más cercanos. 'Y ello es consecuencia de los dos viajes que ha hecho la "Fragata Sarmiento" por estas aguas. Tanto en las Marquesas, como en Tahiti, a pesar de remontar a cerca de veinte años ya la última visita de la famosa fragata, he encontrado recuerdos aun muy vivos de su paso. En la Isla de Xukuhiva, Taupotini, el jefe y dueño de la maravillosa Bahía de Haka Ui y uno de los pocos marquesanos puros que aun quedan, conserva con orgullo una banderita blanquiceleste que un oficial le regaló en el año 1914, y el viejo misionero de Taiohae, el Padre Timeó (Simeón) tiene colgada en la pared de su modesto "estudio" una imponente ampliación, bastante descolorida ya, de la fragata fondeada en su bahía hace veinte años.

Pero es en Papeete, la alegre "capital" de las Islas Polinesias, donde los recuerdos son más perdurables de las dos visitas que la Sarmiento hizo aquí en 1914 y 1916, y las impresiones dejadas por los argentinos en la deliciosa isla no podrían ser más halagadoras. El tamaño y aspecto del barco, la gentileza y alegría de sus tripulantes, los bailes y fiestas que han dado, se comentan aun hoy día entre la gente de aquella época con entusiasmo de desbordante simpatía, después de veinte años. Varias lindas muchachas de entonces, —venerables madres de familia ahora, me hablan a menudo con nostalgia de los magníficos tiempos que fueron aquellos, y al recordar cuan irresistibles conquistadores eran los alegres muchachos aretinos, bajan la voz, para que el marido ó los hijos, no las puedan oir. Y al dulce recuerdo de un apuesto marino, se mezcla la añoranza de sus veinte años idos irremisiblemente. Una mujer me decía en Papeete, al terminar sus recuerdos, con infinita tristeza en la voz:

—"La fragata volverá por aquí un día; pero ya no vendrá para mí; los tenientes de entonces deben ser almirantes ahora, y yo soy vieja y gorda; vendrán nuevos muchachos, y bailarán con mis hijas". . .

He encontrado también en Tahiti un recuerdo más tangible del paso de la fragata. Un muchacho del Distrito de Arue. de unos 18 a 20 años, buen mozo y de ojos claros, tiene verdadero orgullo en decir que su padre era aretino, y que él se llama Tamieto. La madre, con quien charlé un buen rato en su casita al lado de la iglesia protestante de Arue, es casada ahora y tiene varios otros hijos, posteriores a Tamieto, nacidos de su unión regular con un pescador indulgente. La buena mujer, en cuanto supo que venía del país de la Tamieto, me preguntó si era pariente de Tino (sería sin duda "Chino"), el progenitor presunto de su primer hijo. Fué una decepción para ella cuando le aseguré que no éramos parientes; pero que ni siquiera lo conocía, le parecía imposible, y me encargó que a mi regreso a la "Isla de la Tamieto" fuera a visitar a Tino para llevarle los saludos de Meheva y de su hijo.

Al llegar hace unos días aquí a Raiatea, la isla principal del Grupo de Sotavento, hice otro hallazgo, no menos interesante. En el pequeño muelle del desembarcadero de Uturoa, donde ocasionalmente tocan vapores de las Messageries Maritimes en su camino hacia la Nueva Caledonia, produciendo así cierto movimiento de turistas tres o cuatro veces al año, existe un llamativo letrero, redactado en diversos idiomas y en el que se lee:

"Casa Fontana. Curiosidades. Objetos de Arte Indígena. Oficina de Turismo. Se organizan fiestas, bailes, cantos y comidas".

No pensaba yo, por cierto, recurrir a los servicios de la "Casa Fontana", ya que ese género de empresas, en todas partes del mundo, se dirigen solamente al viajero completamente ingenuo, al que proporcionan una ilusión tan ficticia como comercial. Pero aun antes que nuestra goleta, la "Gisborne", hubiera terminado de atracar en el muelle, de entre el grupo numeroso de indígenas ; que se agolpaban con curiosidad indolente en el desembarcadero, se destacó un personaje blanco, con imponentes bigotes tipo Emperador Guillermo", y dirigiéndose a mi, el único pasajero de su mismo color, me lanzó, en un francés de acento marcadamente italiano:

—''i Ilustre viajero! Soy Fontana; tengo el honor de saludarlo y de darle la bienvenida en nombre de los residentes blancos de Raiatea". Había algo de imprevisto y de bastante cómico en la escena. Pero en las deambulaciones por este lejano rincón del mundo, uno se acostumbra pronto a encontrar gentes y escenas que salen mucho de lo común, y que ya no causan mayor extrañeza. Una vez que la "Gisborne" estuvo amarrada, salté al muelle, donde Fontana completó sus saludos de bienvenida con un cordial apretón de manos, y con un amplio ofrecimiento de ayuda en lo que pudiera yo necesitar durante mi visita a la isla.

—"¿Vd. es italiano? —le pregunté.

—"Italiano por nacimiento, pero argentino por simpatías y por naturalización", —me contestó pomposamente.— El personaje, curioso de por sí, se tornó mucho más interesante para mí. No necesité de mucho alentar para que me hiciera conocer en el acto, todos los detalles de su curioso pasado. Mientras nos dirigimos a su "boliche" (como lo llamaba), en la punta del muelle, y  luego, mientras estuvimos sentados en la "Agencia de Turismo", entre ídolos maoríes, conchas perlíferas, polleritas de fibra de bailarinas indígenas, cuadros de uno de los tantos "nuevos Gauguin" que pululan ahora por las islas, mandíbulas de tiburón, frasquitos de esencias de tiaro, y nueces de coco esculpidas, el imprevisto "compatriota'' iba narrándome con pintorescos detalles las peripecias de su aventurera vida, en un idioma harto original, que él procuraba hacer "criollo puro" en mi obsequio, y que resultaba una mezcla infinitamente divertida de español, cocoliche, italiano y francés, y hasta con salpicaduras de polinesio.

Llegado a la Argentina de muchacho, hace unos cuarenta años, como corista de ópera y estudiante de "bel canto", el caballero Fontana pronto trocó los futuros laureles artísticos por actividades de menos fama pero de más inmediatos provechos, y entró de socio con un tío suyo en un negocio de restaurant en Buenos Aires, en la calle Corrientes. Luego fué mozo en varios hoteles, y "sommelier" en el antiguo "Café de París", hasta que un buen día se dejó tentar por el espíritu de aventuras, y lo encontramos de "mayordomo" en la Fragata Sarmiento. Formó parte, en ese carácter más bien utilitario que marinero, de la dotación del buque-escuela, en su largo viaje alrededor del mundo, en el año 1914, siendo comandante de la nave el entonces Capitán de Fragata Abel Renard, y segundo el Teniente de Navio Jorge Campos Urquiza.

—"A propósito, —me pregunta Fontana, interrumpiendo el curso de su narración,— ¿dónde está ahora el Capitán Renard?

—"Actualmente es contraalmirante —le contesto,— y ha sido también Ministro de Marina no hace mucho".

—"¿ Y el Teniente Campos, que siempre hacía preceder sus órdenes de estridentes toques de pito, y que ha dejado gratísimos recuerdos en Papeete, ¿qué ha sido de él?"

—"También es contraalmirante ya. . ."

En ese viaje, la fragata hizo escala en Nukuhiva, en las Islas Marquesas, desde donde, según el itinerario oficial, debía dirigirse a Hawaii. Pero el comandante modificó el programa al salir de Nukuhiva, y alegando razones de abastecimiento, —pero probablemente atraído por la fama de la "Perla de los Mares del Sud", se desvió de su ruta para hacer escala en Tahiti, no prevista en el programa del crucero.

Bahía de Taiohae, isla de Nukuhiva,, grupo Marquesas, donde estuvo fondeada la Sarmiento en 1914.

Esa modificación de itinerario llegó a modificar también, y fundamentalmente, toda la existencia posterior de nuestro amigo Fontana. Los pocos días de estadía en la encantadora Isla de Tahiti bastaron para que el pintoresco mayordomo contrajera y sucumbiera a la bien conocida "enfermedad de las Islas", complicada aun con cierto amorío esbozado en tierra con una bella morena de Papeete. Como tantos otros navegantes antes que él, Fontana se dejó envolver por los subyugantes encantos de Tahiti, abandonó su barco, y se radicó definitivamente en "las Islas".

Durante los veinte años que han seguido, ha vivido feliz aquí, en la Polinesia, y si bien no ha hecho fortuna, ha vivido y sigue viviendo a su gusto, de aventuras, en un ambiente romántico y encantador. Ha sido plantador, dueño de hotel, pescador de perlas, mercader, organista-cantor de la "Catedral" de Papeete, agente de vapores, acopiador de vainilla y copra, dueño de una curtiembre de piel de tiburón, sobrecargo de un "trading-schooner", maestro de escuela en Huahine, y hasta empresario de pompas fúnebres. Actualmente está madurando el proyecto de un gran "centro de turismo" en la maravillosa Isla de Bora-Bora, con un lujoso hotel para americanos "con tutto il confort moderno", y solamente espera que pase un poco la crisis y empiecen a venir de nuevo las avalanchas de turistas yanquis. Mientras tanto, vive encantado, sin darse cuenta siquiera de los años que van pasando encima de su cabeza ya blanca; tiene 65 años; las "Islas lo han absorbido totalmente, y la "civilización" no le interesa ya; según sus propias palabras "No ritornaría mas al mondo, anche me regalasen il Plaza Hotel".

 

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