Historia y Arqueología Marítima

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LOS VELEROS DE SALITRE

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El Pamir en la bahía de Valparaíso

 por Salvador Reyes - Chile. Neptunia 1933

Chile ha sido uno de los últimos países visitados por los grandes veleros. Aún, al comienzo del presente año, (1933) los barcos de la línea alemana "P" venían a cargar salitre a los puertos del Norte y hacían escala en Valparaíso, Talcahuano y Corral.

De estos grandes veleros —es decir, barcos de 1.000 toneladas arriba— no quedan en todo el mundo más de 50. Las grandes flotas que se mantuvieron hasta los años de la guerra, han desaparecido totalmente. La mayor que aún subsiste pertenece a Finlandia v está compuesta de 21 naves, 15 de las cuales son propiedad de un capitán llamado J. Erickson. Algunos de estos 15 hermosos veleros estuvieron ocupados hasta hace dos años en la carrera del trigo, desde Australia a los puertos ingleses. Últimamente todos han ido al amarre y solamente se ha movilizado uno o dos como barcos de turismo para burgueses deseosos de sacudir la rutina de sus vidas con las emociones de un viaje a vela.

Las verdaderas "carreras" entre veleros, que tanto interés despertaron en otra época y que encendieron en constructores y armadores un espíritu de rivalidad que dio útiles frutos*para el perfeccionamiento de los aparejos y de las líneas de los cascos, han pasado ya, en nuestro tiempo, al dominio de la leyenda.

Los barcos "P", de la gran empresa naviera de Hamburgo Rederei F. Laeisz, mantuvieron heroicamente su actividad y fueron, como hemos dicho, hasta los comienzos del año en curso, la retaguardia gloriosa de las grandes flotas que antaño cruzaron el mar en demanda de los puertos chilenos. Hoy día los "P" han sido inmovilizados también por la férrea mano de la crisis, y. lo que es más, la flota ha empezado a disgregarse: el cuatro palos ''Parma" fué vendido a Inglaterra, quien lo ha utilizado como buque escuela. Este barco, que desplaza 5.000 toneladas, permaneció durante todos los años de la guerra anclado en Iquique. Últimamente el "Peking" también ha sido vendido y será en adelante destinado a un fin análogo al de su viejo compañero. De este modo ha entrado ya en pleno período de disolución la última flota velera destinada al transporte del nitrato chileno a los puertos de la Europa Septentrional. El "Passat". el "Priwal*', el "Pamir" están a la fecha desarmados en los docks de Hamburgo en espera de mejores tiempos o de la definitiva anquilosis.

Y si esa anquilosis no llega para ellos, tampoco volverán los buenos tiempos, es decir, los tiempos del brillante apogeo que conocieron hasta 1914. La navegación a vela está definitivamente desplazada por la mecánica, y su romance pertenece al dominio pintoresco de una época que se fué para siempre.

Que se fué, pero no sin antes haber incorporado estrechamente los puertos chilenos a ese romance. Hay quienes recuerdan haber visto en 1894 hasta 82 veleros anclados en Valparaíso, 117 en Antofagasta y 124 en Iquique. En esos dos últimos puertos, además de Pisagua, Caleta Buena. Tocopilla, Mejillones y Taltal, se escribieron muchos de los mejores capítulos de la que pudiera llamarse "edad heroica" de la carrera del salitre.

Y este fin, que no carece de grandeza, ha tenido ya su oración fúnebre. En el último libro de Lubbock, "The Nitrate Clippers", recientemente editado en Glasgow. Lubbock, marino que ha consagrado graneles y perdurables esfuerzos a la historia de la navegación en todos los mares, resume los diversos aspectos de la carrera del salitre y la epiloga con sus estadísticas y sus rápidos recuerdos de ese período de brillante actividad.

"The nitrate Clippers" aparece casi al mismo tiempo que la linea " P" se inmoviliza. Coincidencia melancólicamente oportuna.

El apogeo de la industria salitrera estuvo, pues, ligado al apogeo de la navegación a la vela. El libro de Lubbock —por lo demás muy esquemático y principalmente estadístico— deja adivinar la fuerte influencia de esa navegación en la fisonomía de la vida nortina de Chile. Se vivió allí más de una novela que aún no ha encontrado su Conrad chileno y que, posiblemente, no lo encontrará nunca. Aquellas ciudades de aspecto improvisado, eran buenas escalas para el auténtico "lobo", para el antiguo gaviero que, después de una navegación de meses, desembarcaba ansioso de amores, de peleas y de fiestas.

El marino encontraba en esa costa árida, entre esos cerros de fríos perfiles, ciudades construidas de madera y "calamina", sin bellezas naturales ni arquitectónicas, pero en las cuales había las dos únicas cosas capaces de interesar a un hombre que viene de vuelta de todos los panoramas: dinero y placer. Nosotros, los nortinos de 30 años, recordamos aquellos grupos de marineros que, en tambaleantes racimos, se dirigían los domingos por la tarde a los malecones en demanda de sus barcos. No era frecuente entre ellos la estampa del "lobo de mar" difundida por la literatura y la pintura, con su sotabarba y su gorra calada hasta las orejas. Aquellos gringos (En Chile se llama "gringo" a todo individuo de raza nórdica, especialmente al inglés) iban bien afeitados; la mayoría de ellos usaban "tongo" (Sombrero hongo). Por debajo de sus vestones, invariablemente, asomaba el mango de un cuchillo.

A bordo del Pamir

El Norte era entonces rico y generoso. Demasiado rico y demasiado generoso. La vida en aquellos puertos tenía un ritmo brusco, dinámico, imprevisor. El salitre daba para todo, especialmente para que en los sitios alegres de Antofagasta, .Iquique, Taltal y demás puertos, hallaran placer los hombres que venían de las dos grandes soledades : del mar y de la Pampa.

El Bremen en la bahía de Antofagasta

Ya se comprenderá qué buena pasta de aventureros había en muchos de esos hombres. Ellos animaron un período novelesco de la vida chilena, dieron carácter a una época excepcionalmente pintoresca y hasta formaron una especie de literatura propia. Véanse estos versos que Lubobck cita en su libro y que son el lamento de un marinero a sus compañeros de juerga en el puerto de Iquique:

I stood on the bales at midnight

 

As the plaza clock struck the hour

 

And the moon rose o'er Iquique

 

Behind the Coustom tower.

 

How of ten, oh! how often,

 

I had wished that a tidal wave

 

 Would bear him away on its bosom,

 

and find him a watery grave.

 

Ashore for ever? Nay, never.

 

So long has this life does last

 

So long as this heart has passions

 

I must go before the mast. *

* Recostado en los fardos a media noche, mientras el reloj de la plaza pica la hora y la Luna aparece sobre Iquique por detrás de la torre de la Aduana.

Cuan a menudo ¡oh!, cuan a menudo he deseado que una onda de marea lo hubiera arrastrado a una tumba en el fondo del mar.

jDesembarcado para siempre? ¡No! ¡Jamás.

En tanto mi vida exista, en tanto mi corazón se apasione yo debo seguir de pie frente al mástil.

Hay aquí emoción auténtica y para los que, como yo, se asomaron cuando niños a aquella interesante vida, estas estrofas no podrán menos de darles una potente y maravillosa evocación.

Lubbock cita también otros versos representativos de aquel ambiente, tales como éstos de "Las Costas", de R. H. Aithking que, traducidos literalmente, dicen:

Puertos de mar donde la vida es una carga amenazada por la tifoidea y el calor, hogar de los humildes y de los parias, de los vagabundos de la costa y de los ociosos, donde las únicas diversiones para los gringos son el amor, el juego y la bebida...

Claro está que semejantes versos, desde el punto de vista sanitario y social, no hacen honor a la vida de los puertos nortinos. Pero la verdad era, más o menos, ésa. ¿ Cómo no recordar la zozobra con que en Antofagasta se leía diariamente en los periódicos la nómina de los casos de viruela ?

En cuanto el tono elegiaco con que el poeta habla de las "únicas diversiones'', encierra, sin duda, un poco de hipocresía. Aquellas eran las "únicas', pero justamente las que los marineros y los pampinos buscaban y preferían por encima de todas.

Grandes flotas de veleros, inglesas, norteamericanas, alemanas y francesas, tenían como objetivo el litoral salitrero. Traían carbón y embarcaban nitrato; traían y llevaban aventuras, y la buena, la auténtica leyenda del mar.

Aquella época de enorme actividad dejó poca o ninguna huella. Como se borró en las olas la estela de las fragatas y de los bergantines, se borró en la memoria de los pueblos del Norte el paso de los marineros. Allí la gente se renueva con mucha frecuencia y esa facilidad para irse fué otra de las características que acercó a los hombres del mar y a los hombres del desierto.

A bordo del Passat

Aventureros todos, pasaron y se diseminaron por el ancho mundo. Pueblos que en aquellos años florecieron prósperamente, como Caleta Buena, Taltal y otros, hoy están tristes y apagados, sin guardar huellas de la antigua riqueza. Uno que otro viejo vecino podría hablarnos de las noches de antaño, en que el "Tipperary" cantado a coro por los marinos de los barcos de vela, lo despertaba cuando el alba empezaba a tenderse sobre los pelados cerros y el mar de plomo. Tal vez vuelvan a las costas chilenas los últimos veleros de la línea "P"; pero el auge de esa navegación ya ha pasado para siempre. Hoy está reducida por completo al campo deportivo. Los yachts emplean la vela como último alarde de gracia v de aventura. Con las fugaces fragatas y los elegantes bergantines del pasado, murió también el clásico lobo de mar. La navegación a vapor tiene una fisonomía tan diversa a la de vela, que, comparando los marinos de una y otra, se puede apreciar la diferencia enorme. Un yachtman, y el más ilustre entre ellos, Alain Gerbault, ha dicho que los marinos de hoy son "mecánicos a bordo de trenes sobre el agua".

Así ha terminado la actividad de los barcos de vela, de los maravillosos navios que recorrieron todos los mares desde los días remotos en que el hombre sintió la tentación de los horizontes azules. Ellos transportaron los orgullos de todas las razas, los cultos, los tesoros y las glorias de la humanidad. Y aunque los puertos chilenos no guardan ninguna reliquia arqueológica, es posible encontrar en ellos más de un carcomido casco donde envejece y se muere una novela, ruda y desolada como todas las del mar.

El PRIWALL dejando las costas chilenas

Fotos del autor.

 

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