Historia y Arqueología Marítima

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Neptunia 1940

No es un relato novelesco, es la historia de una rápida travesía llevada a cabo por tres hombres que desafiaron el océano para alcanzar estas "tierras de promisión".

En el año 1798 mientras en Europa tronaba victorioso el cañón de los ejércitos de Napoleón, nació en la pequeña ciudad de Sturla, cerca de Genova, un ciudadano llamado Raimundo Villa, hijo de marinos Ligures. Empezó desde su infancia a navegar con los barcos costeros, hasta que llegó, como todos los de su familia, a ser capitán y al morir el padre, heredó un bergantín llamado "Fortunato". Con esta nao hacía viajes en el Mediterráneo y durante veinte años cruzó con mercaderías de oriente a occidente.

Por fin la mala suerte empezó a cruzarse en la ruta del buen capitán Villa: averías, incendios, varaduras. . . y un mal día un naufragio remata las desventuras.

Este desastre lo dejó al capitán en tierra: salvó el pellejo pero perdió el barco y toda su fortuna. Esto ocurría en los primeros días del año 1835.

El buen hombre no se amilanó sino que se propuso sobre tablas emigrar, abandonar su tierra querida y buscar fortuna en las playas del Plata adonde se dirigían otros trabajadores y emigrados políticos. Ya se difundía en Europa la fama de las riquezas que brindaban estas nobles tierras de gran porvenir.

¿Cómo realizar el viaje?

El espíritu dé aventura ha sido siempre el compañero de todo marino, y esta vez se manifestó también en la mente del capitán Villa. Pobre, derrotado, perseguido por los acreedores, encontró un amigo que le facilitó la compra de un viejo "latino" en Genova. Estos barcos que llaman allí "bilancella" son todavía los changadores del pequeño cabotaje mediterráneo. Los genoveses los usan para transportar mercaderías baratas y los españoles para la pesca. Tenían entonces, como siguen teniendo hoy todavía, una cubierta corrida con escotilla y bodega al centro y a proa un tambucho con cabina para los tripulantes. Eran doble proas y llevaban un solo mástil muy sólido e inclinado ligeramente a proa. Una enorme antena cargaba una vela triangular y a proa les era posible armar sobre un largo botalón 2 foques. Medían 12 ó 14 metros de eslora, mucha manga, poco calado. Desplazaban 20 ó 30 toneladas. Barcos muy ceñidores y veloces.

La "bilancella" del capitán Villa se llamó "Santa María" y con ella se disponía a zarpar solo para el Río de la Plata, pero a última hora tuvo que acceder a los ruegos de dos amigos que se ofrecieron para acompañarlo en la audaz navegación. Uno era un pintor, artista soñador y fracasado, el otro un marinero de Voltri. Las crónicas no mencionan los nombres de estos dos audaces que tal vez hoy tengan innumerables descendientes en la Boca.

Con provisiones para tres meses se embarcaron llevando una brújula, un octante y una carta general del Atlántico Norte y Sud.

Izaron la gran latina y tomaron el largo.

La navegación se desarrolló normalmente hasta Gibraltar. Luego tuvieron temporales hasta que a la altura de las Canarias fueron avistados por una fragata inglesa que les mandó a bordo algunas provisiones. Saludos, despedidas y luego otros temporales.

Sin mayores obstáculos siguieron a rumbo; cruzado el Atlántico se vinieron como flecha por las costas del Brasil y sin recalar en ninguna parte llegaron al Río de la Plata y precisamente a la boca del Riachuelo después de 59 días de navegación.Un verdadero "record" para un barquito semejante! Fué una travesía afortunada y digna de no olvidarse.

Estos "latinos son muy veloces, pero no dejan de ser barcos costeros: tienen escasa obra muerta y calan poco; tienen mucha manga y poca altura metacéntrica; son de difícil manejo por la gran superficie de su vela triangular.

Con todo, nuestros argonautas llegaron sin averías.

El Capitán Villa se estableció en la Boca y durante cuarenta años hizo el cabotaje del Río de la Plata y del Paraná y Uruguay con los pailebotes que en un principio llegaban de España y de Liguria y luego se fabricaban en la ribera local con las preciosas maderas del país. Muchos de estos pailebotes, desarbolados, los vemos todavía a flote en el puerto, transformados en chatas.

Villa fué muy apreciado y conocido en nuestro Estuario, hasta que una mañana de Mayo de 1875 llegó a la rada un bergantín del armador ligur Donovaro que al mando del hijo de Villa, luego de haber descargado y cargado mercaderías, se hizo a la vela con el viejo capitán papá Villa que estaba enfermo y casi octogenario.

Entre los amantes del mar debe de ser grato este relato del viejo marino y de su "record" llevado a cabo hace "ciento siete años" en un pobre barquichuelo que no se puede comparar ni lejanamente con nuestros modernos yachts de crucero que se atrevieron con éxito en hazañas similares por audacia y pericia.

 

 

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