Historia y Arqueología Marítima

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Robert Miethe Capitán de Alta Mar

CUENTA SU VIDA DE MARINO

Por Salvador Reyes, Santiago de Chile

 El Capitán de Alta Mar Robert Miethe actual (1939) jefe de Bahía de la Soc. Muelles de Población Vergara en Valparaíso

Neptunia 1939

Cómo se forma el hombre de mar. — La navegación a vela. — La "Potosí" uno de los veleros más grandes del mundo. — Cuarenta y seis veces dobló el Cabo de Hornos. — La poesía del mar. — Sueños y aventuras.

Una vieja estampa nos muestra la rada de Valparaíso cuajada de barcos de vela. Selva de mástiles, telaraña de jarcias. Era la época aun heroica del mar y la época en que la "Perla del Pacífico" vibraba de incansable actividad. De todas partes del mundo venían los barcos a nuestro puerto en busca de materias primas o en escala cuando seguían hacia el Norte. El Canal de Panamá no había sido aún abierto y los navegantes tenían que visitarnos forzosamente. Pero aun mucho después de la apertura del Canal, Valparaíso siguió siendo puerto de veleros. El primer cañonazo de 1914 inmovilizó en nuestra rada un buen número de ellos. Eran alemanes y hubieron de esperar cuatro años a que se despejara el mar. Cuando volvió la paz, ya era muy tarde. El velero había sido definitivamente desplazado por el vapor. Algunos de estoss barcos navegaron aún, otros quedaron en las bahías como pontones. Se había cerrado un ciclo; la época legendaria del mar había muerto.

¿Y los capitanes de esos barcos? Anclados como sus naves, muchos de ellos quedaron para siempre en nuestro país. Valparaíso es ahora su ciudad y el mar chileno es su mar. Desde sus casas, en los cerros porteños, contemplan el ir y venir de los vapores, de las moto naves, de esos palacios flotantes que, con todo su lujo y su perfección, no tienen la poesía de los antiguos veleros en los cuales ellos fueron "los amos después de Dios".

Entrevistemos a uno de estos capitanes. Se llama Robert Miethe. Su aspecto juvenil, recio, su mirada aguda y su cordial apretón de manos nos dicen claramente su oficio. Pero este hombre nada tiene de los rudos modales que los profanos creen inherentes al marino. El capitán Miethe es suave de maneras, fino y amable. Nos recibe en su jardín desde el cual se domina toda la hermosa bahía de Valparaíso. Grande y antiguo amigo nuestro, se presta gustoso al interrogatorio. Sabe que no le preguntamos por simple curiosidad, sino por verdadero amor a las cosas del mar.

—Nací — dice, empezando su confesión — en una caleta de pescadores a orilla del Mar Báltico. A los nueve años ya sabía manejar un bote de remo o de vela. Como la escuela estaba al otro lado de un lago, el camino más corto era el bote en el verano y los patines o el trineo en el invierno. Me hice luego práctico en estos deportes. Con frecuencia acompañaba a los pescadores en sus viajes a otros puertos. A mí me gustaba la vida del mar. A los 15 años me eran familiares las embarcaciones pequeñas que trafican entre Alemania, Dinamarca, Suecia y aún Rusia. A principios de 1892, haciendo oídos sordos a las protestas de mi madre, me embarqué como grumete en una de las embarcaciones que  hacen el tráfico del Mar Báltico. Esos buques son verdaderas escuelas para el marino. Uno tiene que hacer todo el trabajo que se necesite a bordo, desde el de piloto al de cocinero. El horario de trabajo está regulado por la luz del sol y a veces también por la de la luna. Y si es necesario, se trabaja día y noche.

En esos tiempos no se tomaban en consideración horas extraordinarias u otras reglas de la navegación moderna. El capitán manda y ahí termina toda discusión. Cuando es necesario, el capitán toma parte en la faena de movilizar la carga. La comida era generalmente buena en esos buques y todos comíamos en la misma olla. Después de dos años de dura vida y aprendizaje en esos "schooners" y goletas, extendí mis viajes más lejos: llegué hasta los puertos británicos, holandeses y belgas, pero no fui más allá del Canal de la Mancha. Sin embargo la tentación del mar era demasiado fuerte en mi. Pronto aquel horizonte me pareció estrecho. Me fui a Hamburgo en busca de otras rutas.

En aquel tiempo la navegación a vela tenía mucho auge. Me embarqué en uno de los buques de la firma F. Laeisz, los "Flying P. Liners", así llamados en todo el mundo. El barco era la "Pamelia" y venía a la costa occidental de la América del Sur, es decir a Chile. Así, pues, mi primer viaje largo fué a tierra chilena. Llegué a Valparaíso en Abril de 1894. De vuelta a Hamburgo me embarqué en otro velero a la "westcoast" y regresé otra vez a Europa. Alcancé entonces la categoría de A B y era considerado tal por mis colegas y apreciado por los pilotos. La escuela ruda de los barcos de cabotaje había dado su resultado. En aquel tiempo los marinos tenían como lema que se podía hacer un viaje con el mismo diablo de capitán. Pero solo un viaje. Por esta razón cambié siempre de buque al final de mi contrato.

Mis deseos de conocer todo el mundo me empujaron a embarcarme en varias naves en las que recorrí las dos Américas por ambos lados. Después fui al Lejano Oriente, hasta el Japón, tocando en todos los puertos y en todas las islas de la ruta. Recorrí minuciosamente el Golfo de Bengala. Más tarde me embarqué en buques ingleses y noruegos de la ruta a Australia y África del Sur. Jamás corté mi contrato ni deserté, aunque en muchos buques sobraran los motivos para irse a tierra sin decir adiós al capitán y dejando en sus manos las ganancias del viaje. Así pasé de un buque a otro y de una tierra a otra. En buenas cuentas, solo me han faltado conocer las islas polinésicas y las otras mil islas del Pacífico. Los buques de esta carrera eran muy escasos y nunca tuve oportunidad de embarcarme en ellos.

Las concisas palabras, del capitán Miethe nos abren un horizonte de novelesca aventuras. He aquí un hombre que ha gustado hasta saciarse el fruto del mundo y que ha sido fiel al antiguo mandato: "Navegar es necesario; vivir no es necesario".

—¿Estuvo Ud. siempre embarcado en barcos de vela? — preguntamos.

—Si — contesta el capitán, — durante ocho años solo navegué en veleros, sin pisar jamás un vapor. A fines de 1899 me matriculé en la Escuela Náutica de Hamburgo y salí a mediados del año siguiente con mi patente de Piloto de Alta Mar en el bolsillo. Independiente, con amor a mi profesión y una carrera trazada, la vida me sonreía. Encontré enseguida un puesto de segundo piloto en la "Apolo", barca de tres palos del puerto de Elsfleth. Empezó para mi la vida tras el palo mayor. Hice dos viajes entre Ciudad del Cabo y Australia en el tiempo de la guerra de los boers. Después de dos años regresé a Alemania. Hice mi servicio militar obligatorio en Kiel, guarnición de la Armada Real. Al marino de veleros, estos barcos lo atraen siempre, de modo que terminado mi servicio me embarqué de segundo piloto en una fragata de la firma F. Laeisz, en la "Carrera del Salitre".

Hice un viaje de ida y vuelta y al regreso me matriculé otra vez en la Escuela Náutica de Hamburgo, optando ahora por el título de Capitán de Alta Mar. Después de cinco meses de estudio y en posesión de mi diploma, me embarqué en calidad de Piloto Primero en una fragata de la Flying P. Line. En aquel tiempo predominaba todavía el velero en la navegación, pero el vapor ya estaba tomando auge. Los marinos embarcados en los vapores empezaban a despreciar la vida en los veleros, por los sacrificios y los viajes largos. Sin embargo, de la escuela de los veleros salieron oficiales para los vapores que conocían su oficio a fondo. Hice dos viajes en la "Pampa" como piloto primero y a los 28 años de edad fui nombrado Capitán de la "Prompt", barca de tres palos perteneciente a la misma compañía naviera. Siempre es preferible ser capitán de un barco chico que primer piloto en un cinco palos. Como estaba en los barcos Laeisz que hacían la carrera del salitre, formé mi hogar en Hamburgo, pues siempre volvía a ese puerto.

—¿Cuántas veces dobló el Cabo de Hornos, Capitán?

—Cuarenta y seis veces. En aquel tiempo la Laeisz poseía 15 barcos y yo estuve al mando de casi todos ellos, hasta el año 1914, cuando la guerra me inmovilizó en Valparaíso.

La charla del capitán Miethe va descorriendo ante nosotros el velo del pasado y surge la época esplendorosa de los "clippers" salitreros que en nuestra infancia viéramos zarpar y arribar con sus velas extendidas como grandes aves aventureras de todos los océanos. Era la época pintoresca y romántica de la navegación. Nadie mejor que este marino puede hablarnos de ella. A nuestra nueva pregunta, el capitán contesta:

—Los treinta años que navegué en los buques de vela, abarcan la época moderna de esa navegación. En efecto, desde 1890 se empezaron a construir veleros grandes, de cuatro y hasta de cinco palos. Muchos de estos han hecho viajes asombrosamente rápidos. Así, por ejemplo, los famosos "Tea Clippers" o, los buques que, a mediado del siglo pasado, se empleaban en el "Gold rush" a Australia o California. Esos buques estaban construídos especialmente para realizar viajes rápidos y no para transportar un gran volumen de carga. Los barcos modernos perseguían ambos fines: llevar mucha carga y viajar rápidamente. Los barcos antiguos llevaban también mucha mayor tripulación. Se puede decir que, desde 1890 hasta que empezó la guerra fué la era de los "clippers" modernos. La gran guerra dio el golpe final a la navegación a vela que ya estaba tan amenazada por la de vapor.

—¿Cree Ud. capitán, que ya no volverán los veleros?

—No, seguramente no. La navegación a la vela ha muerto definitivamente y el arte de mandar y manejar uno de esos grandes buques ha pasado a la historia. Las causas de este fenómeno son varias: hoy los los comerciantes necesitan calcular con precisión el día y la hora de la llegada de sus mercaderías; los pasajeros también quieren hacer viajes rápidos. Todo es apuro y más apuro. En otras palabras, se quiere ganar tiempo y dinero. Me parece, por otra parte, que en los tiempos actuales sería muy difícil encontrar gente de mar dispuesta a exponerse a los sacrificios de un viaje duro y largo. Alemania mantiene todavía un par de grandes veleros, por que los requisitos de los estudios náuticos exigen navegación a la vela durante un cierto tiempo. Si no fuera por esto, el último velero con bandera alemana habría desaparecido del océano como ha ocurrido con los de las demás naciones. Los finlandeses poseen también algunos veleros que compraron a precio de realización en otros países. Como su standar de vida es bajo, el armador siempre puede ganar dinero con esos buques, aunque hacen solamente un viaje al año en la carrera del trigo a Australia.

La Potosí, modelo a escala, con todos sus detalles, construido, por el artista chileno C. A. Fintersbuch, para la.colección de Don Carlos Arangua.

Todo esto lo digo no sin pena, porque para el ojo de un marino la silueta de un velero es siempre más artística y bella que la de un vapor, especialmente cuando tiene todo su velamen desplegado en buen tiempo o a la capa, en temporal.

El capitán habla con tranquila voz, pero sus palabras nos parecen empapadas de tristeza. ¡Adiós bergantines y fragatas que decoraron el mar antiguo con la poesía de sus blancas alas! En su lugar tenemos ahora las moles de los palacios flotantes con sus marinos que son como alcaldes de ciudades o mecánicos de trenes monstruosos. Se acabó la lucha del hombre con el mar y el poder del capitán "el amo después de Dios". El mundo moderno, empequeñecido por el triunfo de la velocidad, no tiene lugar para los buques aventureros y románticos de antaño. El capitán nos saca de nuestras reflexiones. Nos habla aún de sus viajes en diversas naves. Pero nosotros estamos ansiosos de hacerle una pregunta importante. Sabemos que Robert Miethe fué el último capitán que tuvo uno de los veleros más grandes del mundo la "Potosí", mientras navegó con bandera alemana.

—Capitán — le decimos—, hablemos de la "Potosí". El capitán se abstrae un momento, navegando ahora entre sus recuerdos.

—En septiembre de 1914'— nos responde — llegué a Valparaíso al mando de la "Potosí" y quedé internado en este puerto. Era, como Uds. saben una barca de cinco palos, una maravilla de belleza y de eficiencia. Verla en alta mar, con todo su trapo desplegado constituía un espectáculo que no puede olvidarse. Las cualidades de este buque eran excelentes; pero hubo otros que pasaron en rapidez a la "Potosí" y también a la "Preussen".

Durante los años 1908 y 1911 estuve al mando de la "Pitlochry", buque de cuatro palos, de cerca de cinco mil toneladas, construido en Belfast y comprado por los armadores F. Laeisz directamente a los astilleros. Los constructores habían puesto gran confianza en sus cualidades y no se equivocaron. El centro de la presión del velamen había sido calculado con tal exactitud que nunca falló al virar por delante o por la redonda, en buen o mal tiempo. Respecto a su velocidad, pasó a casi todos los buques de su época. Con este buque, cargado "outwardbound" y con todo el velamen, alcanzamos una velocidad de 16 millas por hora en el Canal de la Mancha, sin tomar en consideración la corriente en contra o a favor. Cuando en alta mar, avistábamos por la proa un barco que seguía nuestra misma ruta, era seguro que, con cualquier viento, al medio día estaba a la cuadra y a la puesta del sol lo perdíamos de vista a popa. En ninguno de los cuatro viajes que hice en este buque desde Chile a Hamburgo, ida y vuelta, fui alcanzado por otro velero que saliera al mismo tiempo y por la misma ruta.

Recuerdo que en 1910 la "Preussen" salió de Tocopilla nueve días antes que la "Pitlochry", ambos con destino a Hamburgo, y mi buque llegó once días antes que su rival al puerto de destino. Ese fué el viaje más rápido que realizó un velero desde Chile a Alemania, pues 62 días es muy poco tiempo para tan larga ruta. Fué también ese viaje el más emocionante de mi carrera de marino. Llegué a la entrada del Elba con un temporal del noroeste de los equinoccios y, como no pude conseguir un práctico, avancé hasta el quinto faro donde largué las dos anclas. Por suerte la maniobra respondió y el barco quedó fondeado con toda su cadena afuera, libre de los bajos. Era una noche obscura, con chubascos de granizo, bastante peligrosa para entrar a un río como el Elba. Al día siguiente, cuando nos orientamos, vimos que el buque estaba a unos veinte metros de las boyas negras que indican la cola del bajo de Vogelsand. Esa noche se perdieron varios buques pesqueros; el "María Hackíeld", un velero de más o menos tres mil toneladas, fué arrojado sobre los bancos de arena. Al día siguiente, cuando bajó la marea, el buque se encontró casi en seco. Los tripulantes pusieron una escala y bajaron a pie, con todo su equipo hasta la costa.

El capitán se queda reflexionando un instante; luego se echa a reír y agrega:

En la navegación, todo es cuestión de buena suerte y si esta no lo acompaña, un marino puede ser muy perito en su profesión, pero no saca el cuerpo a la desgracia. Puedo decir de mi, que la suerte me acompañó siempre, de modo que en mis 30 años de navegación, de los cuales 17 mandé veleros, no causé nunca daño a los asegurados marítimos.

—Y sobre la carrera del salitre, ¿qué puede decirnos, capitán?

—Sobre eso cedo la palabra al gran escritor Lubock; no tengo nada que agregar a su "Nitrate Clippers". Es claro que en los dos tomos de su obra no podía abarcar toda la materia y que se le han escapado varios datos de interés. Lubock es más conciso y documental que Joseph Conrad, otro genial escritor del mar. Es difícil decir quien pinta mejor la vida a bordo de los buques. Personalmente, me agrada más el francés Loti, que Lubbock y el alemán Gorch Fock, que ha hecho muy buenas descripciones de las costumbres a bordo de los barcos de pesca y cabotaje. Fock posee bastante humor. ¡Pero todo es cuestión de gusto!

El capitán Robert Mieths cuando comandaba el cinco palos Potosí

—Y ahora, capitán, díganos, si tuviera que empezar de nuevo la vida del mar, ¿cómo le gustaría hacerlo?

—Si tuviera que empezar otra vez la vida en la carrera del mar, me gustaría hacerlo en las mismas circunstancias que la inicié: a la salida del puerto de matrícula, un fuerte apretón de manos del armador y, como capitán de la nave, hacerme a la mar con Dios. En resumen, cumplir el oficio de Capitán de Alta Mar en el verdadero sentido de la palabra, siendo capitán y armador a la vez, en cada puerto de escala. Mi ideal sería navegar en mi propio barco, pero siempre a la vela. Este ideal ya no puede realizarse en los tiempos actuales, en que no hay más Dios que la velocidad y en que capitanes y oficiales figuran en los registros de los armadores como simples números.

El capitán nos enseña luego fotografías y grabados de antiguos veleros, recuerdos de sus viajes, libros y cuadernos de bitácora. Todo ese material va alzando ante nosotros la imagen de un mundo aventurero, de ardiente poesía marítima. "Nadie mejor que este marino — pensamos — puede hablarnos de la autentica poesía del mar, tan explotada por la literatura moderna". Y sin más preguntamos:

—¿Cree Ud., capitán en lo que se llama "la poesía del mar"?

Robert Miethe se echa a reír y responde:

—¿Quién puede negar que una tempestad en el Golfo de Bengala o en el de México tiene poesía? Y si esa tempestad se experimenta a bordo de un velero, la poesía es aún mayor. Relámpagos y truenos se suceden sin interrupción, el agua cae del cielo como arrojada a baldes y el buque se debate con su velamen aferrado entre el viento que sopla desde todas las direcciones de la rosa. El fuego de San Telmo brilla en la punta de los mástiles y de las vergas. La noche es negra como la tinta, ¡ah, que pequeño se siente el hombre luchando contra esas terribles fuerzas de la naturaleza! Eso es, sin duda, poesía. Y es poesía también luchar contra las tormentas del Oeste para doblar el Cabo de Hornos del Atlántico al Pacífico. Sopla el viento con tal fuerza que no se puede tener apretados los dientes. Pero hay que ir adelante y sacar ventaja de la misma tormenta para vencerla.

Y si a las cuatro y media de la mañana el muchacho de a bordo llega con una taza de café bien caliente, con toda precaución para no derramar una gota y uno, en el alcázar, tras de la cenefa de abrigo, sorbe ese café, mientras el agua pasa por encima de la lona y barre la cubierta y el viento ruge en los aparejos, ¿no hay poesía? ¿Y navegar con todo el velamen, con brisa suave de los alisios, en noche de luna? Entonces, desde la baranda de popa uno contempla los millones de estrellas que el buque revuelve con su quilla. También es poesía llegar después de un largo y penoso viaje, en un bonito día de Mayo, al romper el alba a la entrada del Canal de la Mancha. Se avista la costa de Inglaterra a través de la bruma de la mañana, los faros dan sus últimos destellos, como brazos que hacen señas para decir: "Entra no más, aquí está el Canal". Por todas partes se ven "cuters" pescadores, chalupas y botes. Los vapores y veleros cruzan en todas direcciones. No hay duda que en eso está la auténtica poesía del mar. Y así mismo es poético llegar al puerto de matrícula y arrojarse entre los brazos de los seres queridos, como lo es partir y despedirse de la patria para un viaje en que uno se entrega a la voluntad de Dios. Esa era la poesía de lo veleros, hoy ya extinguida, poesía que nosotros conocimos y vivimos muy a fondo en tantos años de navegación.

—Se hace un silencio. El capitán Miethe mira hacia el puerto. Un gran vapor va saliendo hacia el Norte. Su chimenea despide un hilillo de humo. Es una moto nave. Más acá, fondeados con gruesas cadenas, están algunos antiguos veleros. Ahora son pontones, inmóviles, sometidos a una tarea rutinaria. Se acabaron para ellos las religiosas correrías por mares remotos.

El capitán ha sido gentil, nos ha sacado de nuestra curiosidad, nos ha hablado con entusiasmo y cariño de la vida del marino. Pero aún queremos ha-ser otra pregunta.

—¿Es Ud. capitán de nuestra marina?

—Si, en 1919 rendí examen de Capitán de Alta Mar de la Marina Mercante de Chile. Ya estaba en posesión del mismo título de la Marina inglesa que obtuve en 1902; pero de este no he hecho nunca uso por falta de oportunidad. En barcos chilenos he navegado mucho tiempo.

Se encienden las primeras luces en el puerto. El viento pasa meciendo suavemente los árboles del jardín. El capitán mira con su catalejo el vapor que se va hacia el Norte. Acaso, después de tantas aventuras todavía quisiera partir otra vez... Y es que el amor al mar no se extingue, no se puede extinguir en el alma de un hombre que como éste, ha gustado todos los placeres y todos los padecimientos de la vida náutica, de un hombre que se ha destacado como un navegante distinguido. En efecto, en las crónicas de Lubbock figura el nombre del Capitán de Alta Mar Robert Miethe como el marino que logró quebrar el record de velocidad a la vela desde Chile a Alemania. No es esa ciertamente su única hazaña. El no habla de ellas, pero los libros náuticos las registran ya.

La Potosí.

 

 

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