Historia y Arqueología Marítima

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LA FRAGATA "JOSEPH CONRAD" EN TAHITI

En Mystic Port, 2012-

Por ZOLTAN DE HAVAS- Taunoa, Tahiti, Junio de 1936. Publicado en Neptunia 1938- Las imagenes en blanco y negro son del autor del articulo, Zioltan de Havas, las de color de Carlos Mey en el 2012.

Mi casita de Taunoa, en la costa Norte de Tahiti, entre el Puerto de Papeete y la Bahía de Matavai, está situada contra un fondo risueñamente verde y frondoso de cocoteros, mangos y urus, sobre la misma playa, enfrente del Paso de Taunoa, una de la más grandes de las numerosas brechas que de trecho en trecho interrumpen el arrecife de cintura y que dan entrada a los tranquilos lagones de aguas mansas y cristalinas, —los puertos naturales más abrigados que desear se puede—. De allí, desde mi veranda sombreada por enormes bananos y pápalas, voy riendo desfilar el movimiento pintoresco y jamás monótono del vaivén de embarcaciones de los más variados tipos que entran y salen del puerto de Papeete, —la "Capital de los Mares del Sud"—.

Pasan las piraguas indígenas, a vela o a remo, trayendo al mercado producto de los Distritos, o saliendo de pesca, con aparejos, redes o arpones. Aun de noche circulan sin cesar, llevando una luz brillante a proa, antorchas de hojas secas de pandano en las de los tahitianos traclicionalistas, y faroles de acetileno en las de la juventud modernista, — para alumbrar los pasos tortuosos entre los "paquetes" de coral, o para encandilar los peces que acecha el arponero. Algunas noches el lagón, con decenas de luces que van deslizándose en todas direcciones, toma aspectos de fiesta veneciana, —no faltando ni siquiera la música:— en lugar de barcarolas, la brisa trae y lleva suaves melodías maories, contestadas de vez en cuando por voces femeninas desde la orilla en tinieblas.

Pasan las balandras de las Tuamotus, pequeños cuters de cinco a veinte toneladas, que cardados hasta límites inverosímiles, van y vienen entre Tahiti y las numerosas islitas del "Archipiélago Peligroso", recorriendo varios centenares de millas en océano abierto y no temiéndole a nada que no sea por lo menos un ciclón.

Pasan las goletas de mercader, —los pintorescos "trading-schooners" de novelesca fama, barcos de cincuenta a doscientas toneladas, ya casi todas provistas de motor auxiliar y con el aparejo recortado; ellas representan el comercio en miles de millas a la redonda, entre las Marquesas, las Gambier, las Islas Australes y las de Sotavento, llevando en su "tienda flotante" las más variadas mercaderías hacia los Grupos distantes, y trayendo de vuelta al mercado de Papeete la copra. la vainilla, el café, las conchas, las maderas y los tejidos de isleños lejanos.

Pasan, dos o tres veces al año, goletas más grandes, de tres y cuatro palos, de archipiélagos más remotos, de las Hawaii, de las Tonga, de Fiji y Samoa, tripuladas por polinesios de distinto tipo y de lenguaje algo diferente, —pero que son sin embargo primos hermanos del tahitiano, con el que se entienden y fraternizan desde el primer momento.

Pasan, casi todas las semanas, yachts de todas las banderas y características, desde el bote-salvavidas techado con su tripulante solitario y más o menos chiflado, y desde el pequeño doble-proa con dos o tres muchachos entusiastas y casi siempre faltos de fondos, hasta los palacios flotantes del tipo Orion o Nahlin, con dotaciones de treinta a sesenta hombres y dueños aburridos que no saben ya por donde pasear sus ocios.

Pasan, cada veintiocho días, los dos paquetes de la Union Steamship Co. of New Zealand, el "Makura" y el "Maunganui", —dos cascajos vetustos que datan de antes de la guerra, y que. en sus viajes periódicos del Sudoeste al Noreste —entre Sydney y San Francisco de California, nos traen el correo y desembarcan alegres caravanas de turistas—. Pasan, cada dos meses, vacíos y aburridos, los vapores de las Messageries Maritimes, sin pasajeros ni carga casi, perdiendo enormes sumas de dinero en cada viaje, pero subvencionados por el Gobierno francés para "mantener el prestigio de Francia en sus lejanas posesiones de los antípodos".

Mientras estoy leyendo en la veranda o atendiendo mis plantas alrededor de la casa, o bien pescando en el lagón. me entretengo en divisar e identificar los barcos que pasan, y en mi tercer año por estas aguas, los reconozco desde lejos ya, sin equivocarme casi nunca. Esa piragua pintada de verde debe ser la de Teri el pescador de cangrejos y de langostas de Arué, porque el balancín sobrepasa a popa; esa balandra es seguramente la Te Vahine Arcpáa (La Dama Europea), de Apataki, porque no tiene mastelero: esa goleta es la Gisborne de las Islas de Sotavento, porque lleva un adefesio de toldo en popa aun con la mayor izada; aquel schooner siempre de punta en blanco es el Tiare Táporo de Rarotonga, el único que aún lleva toda la mayor, sin pico recortado; aquella goleta encalmada que rola incómodamente en el mar de fondo sin poder llegar hasta el paso, debe ser la Manu-reva de las Islas Australes, la única que aun se resiste a instalar un motor auxiliar; aquel schooner de tres palos debe ser el de Willy Thompson, el skipper más simpático de todo el I Pacífico, a quien Hall y Ñordhoff dedicaron su famoso libro. The Mutiny of the Bounty, lleva bandera inglesa y tiene vergas en el trinquete; aquel ketch, fácil de reconocer puesto que es el único ketch de estas regiones, es el Mitiaro en sus viajes tri-hebdomadarios a Moorea, mandado por otro skipper popular, el viejo Winnie Brander, cuya paternidad se atribuye al difunto Rey de Inglaterra, Eduardo VII, quien en sus tiempos alegres de Príncipe de Gales, unos setenta años ha, estuvo en Tahiti, llevando aquí una vida digna de su fama y de la de la Isla; y es indiscutible que el viejo y simpático Winnie es el retrato viviente de su padre putativo.

Dirigiéndose hacia el fondeadero. En el primer plano, parte del balancín de mi piragua.

Hace unos días tuve una sorpresa. Mientras despachaba mi desayuno de papaias y de avotas (paltas) sentado en la veranda en la calma chicha de la mañanita de Junio, que aquí es tan diáfana y cálida como las de Noviembre en la Argentina, mi pequeño "secretario -cocinero - preparador de carnadas", Etepa (Esteban), me llamó la atención desde la playa donde limpiaba unos pescados destinados al almuerzo, apuntando hacia el horizonte y exclamando: — "Ata nui (vela grande)". — Y allí aparecía, en efecto, toda una montaña de velas blancas. — de velas ya rara vez vistas, redondas y apiladas a enorme altura. — A unas cinco o seis millas de distancia hacia el Noreste, el casco no se distinguía aun, pero se divisaban claramente la arboladura y las velas de una barca o fragata.

Hubo tiempos, antes de la apertura del Canal de Panamá, en que el Puerto de Papeete solía ser una dársena repleta de windjammers de todos los tipos y de todas las banderas. Había allí clippers, balleneros, tramp-ships ("atorrantes del mar"), que con sus mástiles y vergas formaban un tupido bosque en el puerto, y con sus tripulaciones abigarradas llenaban de bullicio y alegría, de cantos y peleas, las calles y bodegones del pueblo. Pero hace bien rato ya que todo aquello pasó al estado de leyenda casi olvidada, y los poquísimos veleros que aun surcan los mares, casi exclusivamente entre Inglaterra y Australia, pasan ahora muy lejos al Sur de aquí, y Tahiti nunca más los volverá a ver.

¿Cuál será este fantasma del pasado? —me preguntaba yo, mientras escudriñaba sus líneas y su aparejo con mis anteojos. —Hace bastante tiempo ya, se había esperado aquí a la Joseph Conrad, la hermosa fragata del conocido aficionado a los barcos del pasado —Alan Villiers. Pero después que pasaron muchos meses sin noticia alguna de ella,— y más que todo después que el Mariposa de la Matson Line recogiera en el mes de Abril, entre Samoa y Nueva Zelandia, los restos de un bote salvavidas con el nombre de "Joseph Conrad" aun claramente legible en la regala, — la buena fragata fué dada por desaparecida con toda su tripulación en las inmensidades del Pacífico Sur. ¿Cuál sería pues ese barco encalmado en el horizonte y que con todo su trapo izado formaba un magnífico cuadro ya tan poco común en los mares? La tentación de ir a su encuentro era muy grande, aunque no tan fácil de realización. Mirando hacia Papeete, podía ver que la lancha del práctico ya se dirigía hacia el Paso, seguida de cerca por otra lancha, que aquí pomposamente toma el nombre de remolcador. Para pedirles pasaje ya era tarde. En mi canoa a vela Neptunia, muy suficientemente marinera para salir fuera del lagón, la cosa habría sido fácil, — si hubiera habido la más leve brisa. En la calma chicha y el mar de espejo (pie reinaban, también era muy factible salir en mi piragua indígena. Pero, ¿y si se levanta brisa? Con la marejada que se arbola muy pronto afuera, uno puede verse en figurillas en alta mar en una piragua hecha para los lagones solamente. Pero, repito, la tentación era demasiado grande, y no habiendo a mano otro medio, decidí salir en la piragua, sin perder tiempo, — haciendo votos porque el alisio de la mañana que no tardaría en levantarse, no llegara a jugarme alguna diablura. Peligro real, a menos de un temporal inverosímil, no había en verdad, puesto que las piraguas tahitianas, si bien vuelcan fácilmente, no llegan a hundirse, hechas como son de purao, una madera sumamente liviana y boyante; pero el remojón puede carecer de atractivos, máxime si uno lleva un aparato fotográfico,— y después del baño forzado queda el papelón de ser "salvado" por algún botero o pescador.

Mi canoa tahitiana        -            mi canoa a vela Neptunia

Por suerte, todo paso perfectamente ; si bien la calma absoluta no duró mía vez que me hube apartado de tierra, la levísima brisa que había afuera no llegaba a molestar, — en cambio era suficiente para que la fragata de mi curiosidad mantuviera su paño izado y siguiera presentando un cuadro cada vez más hermoso a medida que me acercaba a ella. Se trataba de una fragata verdadera, con vergas y velas redondas en el palo mesana también, y al parecer desprovista de motor auxiliar, ya que estaba casi inmóvil, hamacándose levemente en la perezosa onda de mar de fondo. Las dos lanchas que había visto salir por el Paso de Papeete tenían un trecho mucho más largo que recorrer, así que llegué cerca del buque antes que ellas, — y felizmente para mis fotos, antes que el remolcador se hiciera cargo, lo que significaría la arriada de las velas. Al aproximarme, vi en el pico de la mesana la bandera inglesa, y pronto apareció el nombre tambien, en graneles letras de oro sobre fondo negro: JOSEPH CONRAD.

Atardecer en Papeete. La fragata amarrada de popa al muelle, que es también la calle principal del pueblo.

— ;, No se perdieron, entonces? —fué mi primer saludo hacia una hilera de caras barbudas que me miraban con curiosidad y simpatía desde la borda, y que recibieron con alegres carcajadas mi pregunta. Sin embargo, no había tiempo para mucha conversación, pues llegaban ya las dos lanchas, casi juntas, y mientras el práctico, el médico y el de la policía interrogaban a los oficiales, el "remolcador" procedía a tomar el calabrote, y la tripulación, bajo órdenes sonoras y pintorescamente profanas del contramaestre, empezó a trepar en lar jarcias a cargar y aferrar las velas.

Entrando a remolque, por el paso.

Tuve por suerte suficiente tiempo para tomar varias vistas con todo el paño aún arriba, después de lo cual pasé mi máquina a la lancha del piloto, poniéndola así fuera de todo peligro de remojón; y aun para mi mismo ya no me importaba la posibilidad de un golpe de viento, con dos lanchas en las cercanías, —así que acompañé al buque en su lento arribo al Paso de Papeete y en su entrada al lagón-puerto.

Encalmada frente a Tahiti

Mi primer impulso habría sido dé subir a bordo en cuanto la fragata hubo fondeado, pero me daba también cuenta que en los primeros momentos de la llegada una visita-interview sería por demás precipitada, así que decidí dejar mi entrevista para el día siguiente, después de sacar unas cuantas fotografías más del buque que quedaba cada vez con menos vela a medida que llegaba al fondeadero.

A la mañana siguiente llegué otra vez al puerto, resuelto esta vez a ver el buque de más cerca, y también por dentro. Al arrimarme a la escala, un oso de barbas hirsutas, que luego resultó ser el segundo oficial y hermano del capitán-dueño, me invitó muy cordialmente a que subiera a bordo, y me llevó después a la cámara, donde se encontraba Alan Villiers.

John Villiers, hermano el patron-dueño

Los Villiers, a pesar de su apellido francés, son australianos "de abolengo", y de un largo linaje de marinos. Alan, aparte de la vocación por el mar, sentía en si siempre una ardiente pasión por los viejos veleros. Se crió en ellos desde muchacho, cuando aun los había numerosos, y quedó fiel a ellos también cuando ya iban desapareciendo para siempre. Después de servir en barcas y fragatas de carga y hasta en balleneros, desde grumete hasta chief-mate, su gran ambición fué siempre mandar y poseer para sí una de esas reliquias de la edad heroica del mar, y finalmente consiguió colmar sus deseos al adquirir, primero en sociedad con el Capitán Rubén de Cloux la barca de cuatro palos "Parma", y luego al poseer, como único dueño, su actual buque, la fragata Joseph Conrad.

Mientras que en su carrera anterior Villiers se dedicaba a tareas utilitarias, principalmente en el transporte de trigo y lanas desde Australia a Inglaterra, ahora con la "Conrad" no hace más que llenar sus afanes de apasionado al mar y a los antiguos veleros:— su buque está matriculado de yacht en el Royal Harwich Yacht Club de Inglaterra y está dedicado exclusivamente a la navegación de placer y de estudio. Para contribuir a los gastos de su mantenimiento, acepta aficionados pagantes, y lleva una veintena de cadetes, jóvenes de buena posición, la mayoría de ellos hijos de yachtmen, que sin querer precisamente hacer del mar su profesión, pasan a bordo un año o dos de un aprendizaje que dejará saludables huellas en su carácter, cualquiera que sea la carrera que luego adopten.

La Joseph Conrad había sido construida en Dinamarca, para buque-escuela de la marina mercante de su país, y se llamaba Georg Stage. Fué reemplazada hace dos años por otro buque mayor, el que lleva ahora el mismo nombre muy venerado entre los marinos daneses, y fué entonces que Villiers adquirió el barco radiado, bautizándolo con el nombre de uno de los más fervientes amantes del mar y de uno de sus más magistrales intérpretes en la literatura, Joseph Conrad. En vista del fin para el que había sido construida, tanto su casco como su aparejo son modelos en su género, y ahora se clasifica de yacht con toda dignidad. Desplaza 212 toneladas, tiene 100 pies de eslora en flotación, 25 pies de manga y 13 de puntal. Su casco es de acero, con varios compartimentos estancos. Su antiguo destino de buque-escuela, con espaciosos dormitorios y numerosos camarotes, se adaptó convenientemente a su nueva aplicación, sin necesidad de mayores modificaciones. Su aparejo de fullrigged-ship lleva trinquete, mayor y mesana, velacho, gavia y sobremesana, juanete de. proa, de mayor y perico, sobre-juanete' de proa, de mayor y sobre-perico. Está provisto de rastreras y alas en las vergas del trinquete, y lleva cangreja con escandalosa en la mesana.

Debajo del bauprés, como mascarón de proa, lleva una cabeza de Conrad, esculpida en madera. Tenía originariamente un motor Diesel como fuerza auxiliar, el que Villiers suprimió por espíritu de tradición; el mismo espíritu lo llevó a eliminar la instalación eléctrica, reemplazándola por faroles a aceite; suprimió asimismo la estación de radio que existía a bordo, —otras tantas modificaciones que muchos criticarán, pero que otros apreciarán en su justo valor deportivo y tradicionalista.

Sus condiciones de velero son notables, si consideramos que ciñe a cinco cuartas y media, —toda una hazaña para una fragata que rara vez hace una proa mejor que de seis cuartas. Vira con excepcional facilidad, completándose toda la maniobra, según el estado del mar, entre un minuto, y dos como máximo. Así se explica que mientras todos los veleros entran y salen de la rada de Sidney a remolque, la "Conrad" navegó gallardamente en ambos casos por sus propios medios, y a la salida, con viento fresco de proa, lo hizo tirando diecisiete bordadas, —ante gran entusiasmo de todos los yachtsmen de la localidad, que habían salido con toda una flota de embarcaciones para acompañarla y contemplarla en sus evoluciones.

La "Conrad" no es barco de velocidad, ya que su arboladura y su superficie de velamen, en atención al destino para el que fué construida, son más bien moderados. Sin embargo, con buena brisa, a popa del través, llega a marcar sus doce nudos largos, y corriendo delante de un monsoon de treinta millas que recibía por la aleta, llegó a registrar en el Océano Indico varias singladuras de 260 millas, — excelente para un buque de su tamaño.

La tripulación profesional se compone de quince hombres, contando al capitán, tres oficiales instructores, un contramaestre, un velero-carpintero-herrero, un cocinero y un mozo. Los cadetes, así como los pasajeros aficionados que lo deseen, participan en la maniobra, y tienen cuatro horas diarias de estudio teórico-práctico de navegación y de conocimiento marinero. Hay también dos niñas norteamericanas a bordo, en calidad de pasajeras- tripulantes, y su entusiasmo no queda, al parecer, atrás del de los varones.

Cubierta

Timonera

Después de adquirir el buque a mediados del año 34, Villiers lo llevó a Inglaterra, a Ipswich donde lo aparejaron para un largo crucero de varios años alrededor del mundo, y se hizo finalmente a la mar en Octubre del mismo año con rumbo a Nueva York. Una vez completada su tripulación allí con un contingente de cadetes yanquis, siguió por el Atlántico hacia el Sur, con la intención de seguir hasta el Río de la Plata. Mas, esa parte de la travesía, debido a vientos contrarios y a calmas frecuentes se hizo mucho más prolongada de lo calculado, de modo que desde Río de Janeiro partieron para el Sudeste, suprimiendo la visita a Buenos Aires. Tomaron la ruta del círculo máximo, pasando por Tristán da Acunha y bajando hasta la región de los "Roaring Forties" (zona de fuertes vientos entre los paralelos 40 y 50), llegando finalmente a la Ciudad del Cabo en 31 días. Luego siguieron por el Océano Indico un trecho sin escalas de más de 6.000 millas, hasta Bali, la Tahiti del Oriente, la poética islita de romántica fama, en el Mar de Java, cumpliendo el largo recorrido en 49 días, Desde Bali pasaron a visitar numerosas del enjambre de islas en ambos lados del Ecuador, para seguir luego al Sur, recalando finalmente en Sydney, Australia, hacia fines del año pasado.

Luego de someter la fragata a una recorrida general, salieron a principios del año actual para nuevas aventuras, dirigiéndose primero hacia el Norte; pasaron por las Islas Carolinas y Marshall, luego bajaron por las Nuevas Hébridas a Nueva Zelandia, y finalmente otra vez hacia el Norte, esta vez en busca de Tahiti. Fué en este trecho, entre Los Grupos Tonga y Fiji, cine encontraron el peor tiempo de todo su largo viaje, un ciclón en regla, cuyo centro consiguieron evitar, no sin bastantes averías en velas y perchas, —perdiendo también uno de los botes salvavidas. Fué ese el bote que recogiera el "Mariposa"', dando lugar, conjuntamente con la falta de noticias de la fragata durante largos meses, a la convicción de que se hubiera perdido con toda su gente.

Su recibimiento en la hospitalaria Tahiti, después de tan nefastas noticias, fué tanto más cordial, y toda la tripulación quedó encantada con la "Perla del Pacífico", la que no comparan con ninguno de los otros lugares que han visitado durante su largo viaje. Permanecerán aquí una decena de días, recorriendo la maniobra, y zarparán luego para una travesía larga y sin duda penosa, debiendo doblar el Cabo de Hornos, para remontar luego el Atlántico, esta vez en sentido contrario, y regresar a Inglatérra al cabo de tres años de andanzas por los siete mares y cerrando el círculo alrededor del globo.

—En el viaje de regreso, —me dice Alan Villiers— haremos la visita que omitimos a la venida, — a Buenos Aires. Tenemos mucho interés en entrar al Río de la Plata, y muchos deseos también de conocer a los yachtsmen argentinos. En la Isla de Lord Howe, al Este del continente australiano, nos encontramos con el doble-proa danés "Ho-Ho", y los muchachos de ese simpático barquito (los que, entre paréntesis, parecen querer instalarse definitivamente en esa isla pintoresca, donde ya han pasado un buen rato, encantados) nos han hablado con sincero entusiasmo de las atenciones que recibieron en Buenos Aires. Así que, le pido, transmita nuestros saludos anticipados a los camaradas argentinos.

Durante la estada de la Josep Conrad en Tahiti, cada vez que iba yo a Papeete, hacia una visita a bordo, y buenos ratos de charlas me he pasado con los tripulantes profesionales y aficionados del buque. Cada relato que me hacían de sus largas andanzas, era una página vivida de la poesía del mar, esa poesía que es tan atrayente siempre y que llega a su grado sumo en la vida a bordo de un antiguo velero.

Quedó la fragata unos días más de lo calculado en Tahiti, y la razón principal de esa demora fué ]a misma que muchísimos otros barcos han conocido antes ya: — defección de tripulantes—. Cuatro marineros profesionales decidieron seguir el ejemplo establecido por tantos de sus colegas desde los tiempos de Cook, de Bougainville y de la Bounty: — resolvieron ceder a los encantos de esta isla maravillosa y quedarse en Tahiti.

Hubo que buscar reemplazantes, y se encontraron estos en un viejo lobo finlandés, varado aquí desde hace años, y tres muchachos tahitianos, —entre ellos el famoso Etera, que había acompañado a Robinson en su largo viaje del Svaap. Así que cuando la Joseph Conrad llegue a Buenos Aires, los aficionados argentinos tendrán ocasión de ver, entre tantas otras cosas interesantes a bordo, a tres maories auténticos, llegados directamente de Tahiti. . .

Partió el buque por fin ayer, despedido a la verdadera usanza tahitiana, con cantos y bailes, himenes y oteas, y una avalancha de flores. La fragata ya estaba cerca del paso, y aun resonaba de un lado a otro el saludo de despedida : — "Iora-ná, Ioraná".

Nota: La Joseph Conrad esta en perfectas condiciones. Sigue haciendo viajes cortos con aprendices y Villiers se la legó al Museo maritimo de Mystic Seaport, en la costa Este de los EEUU, donde la mantienen a la perfeccion. Alli fueron tomadas estas fotos, en Julio del 2012, por Carlos y Monica Mey

 

 

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