Historia y Arqueología Marítima

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EL PATACHE

Del Libro "SOTILEZA" por JOSÉ MARÍA PEREDA de la Academia Española. Publicado en NEPTUNIA 1944.

Todos los que hayan leído SOTILEZA, la gran novela de Pereda, recordarán con gusto la descripción que se hace en ella del "patache", palera ésta que en, nuestra ambiente náutico se ha transformado algo, en "patacho", y al ver reproducida aquí esa descripción llevarán sus recuerdos a Sotileza, esa "garrida muchacha, cuando estaba a los veinte años, en la flor de su galanura",; hermosura cuya fama contrastaba con "la torpe percepción de los sucios marineros" y de esta manera podrán nuestros lectores gozar de un momento espiritual en la cabina de sus barcos, mientras sienten golpear el agua serenamente contra la proa del mismo.

Se ha porfiado mucho, por ociosos y entremetidos, sobre si fueron o no más valientes y arriesgados que Colón y que Blondín, los hombres que se embarcaron con el primero para ir en busca de un nuevo mundo, y el que montó en las espaldas del segundo para pasar por una cuerda tendida sobre los abismos del Niágara. Que si a Colón le alentaban la fe científica y la pasión de la gloria, y que si a Blondín le sostenía la confianza en su serenidad y en su experiencia bien probadas; que si los otros, tras del temor que podía caberles, sin ser muy aprensivos, de que entregaban sus vidas al capricho de dos locos, solamente iban impulsados por la esperanza de una buena recompensa. . . Cabe, en efecto, la disputa acerca de estos graves particulares, y me guardaré yo muy bien de terciar en ella con la pretensión de ponerme en lo cierto.

Lo que hago es sacar a colación el caso, para afirmar, como afirmo, teniéndole presente los lectores, que se necesita mucho más valor que para todo eso, y aun estar mucho más dejado de la mano de Dios, para entrar, con deliberado propósito, a navegar en un patache, lo mismo de patrón, que da marinero, que de motil; porque allí todo es peor en lo sustancial, con ligeras diferencias de detalle. Allí no caben la fe científica, ni la pasión de la gloria, ni la confianza en la serenidad, ni la esperanza de lucro; allí no hay nada de lo bueno, pero sí todo lo malo de las carabelas de Colón y de la cuerda de Blondín. Entrar allí para buscarse la vida, es tirar a matarse poco a poco y con mala herramienta.

El patache es un barquito de treinta toneladas escasas, con aparejo de goleta. Supónese que estos barcos han sido nuevos alguna vez: yo nunca los he conocido en tal estado, y eso que no los pierdo de vista, como lo pueda remediar. Por tanto, puede afirmarse que el patache es un compuesto de tablucas y jarcia vieja. Le tripulan cinco hombres; a lo más seis, o cinco y medio: el patrón, cuatro marineros y un motil, o muchacho cocinero. El patrón tiene a popa su departamento especial, con el nombre aparatoso de cámara; la demás gente se amontona en el rancho de proa, espacio de forma triangular, pequeñísimo a lo ancho, a lo largo y a lo profundo, con dos, a modo de pesebres, a los costados.

En estos pesebres se acomodan los marineros para dormir, sobre la ropa que tengan de sobra, y debajo de la que vistan; pues son allí tan raras como las onzas de oro, las mantas y las colchonetas. Para entrar en el rancho hay, entre el molinete y el castillo de proa, un agujero, poco mayor que el de una topera, el cual se cubre con una tabla revestida de lona encerada; tapa unas veces de corredera, y otras de visagras. De cualquier modo, si el agujero se cubre con la tapa, no hay luz adentro, ni aire; y si la tapa se deja a medio correr o levantada, entran la lluvia y el frío y el sol y las miradas de los transeúntes; porque el patache, en los puertos, siempre está atracado al muelle.

Cada tripulante, incluso el patrón, compra y guarda su pan (tortas de mucho diámetro, que duran cerca de seis días cada una). Con este pan, unas patatas, o unas alubias, o unas berzas, con un escrúpulo de -tocino o de manteca, o de aceite, para ablandarlo, todo ello a escote, y condimentado por el motil, cuyas manos no tocan el agua dulce como no sea para revolver, dentro de la que echa en un balde, las patatas recién partidas, o la berza después de haberla picado sobre el tejadillo de la cámara, a veces con el hacha; con este potaje, repito, y aquel pan, come la tripulación, en el santo suelo, alrededor de la cacerola, en la cual va cada uno, incluso el patrón, metiendo su cuchara cuando le toca. Así cena también, las mismas patatas, las mismas alubias y las propias berzas. En ocasiones, s en lugar de las^patatas o de las berzas o de las alubias, hay bacalao, que el motil guisa en salsa roja, después de haberlo desalado dándole dos zambullidas en el agua de la Dársena, desde la borda, atado con un cordel. Para almorzar, un poco de cascarilla en un tanque... Y siempre lo mismo, cuando los tiempos marchan bien.

Ningún tripulante de patache gana sueldo fijo: todos van a la parte. Pero ¡ qué parte! Por de pronto, el flete, en viaje redondo, aunque se abarrote la bodega y se encogolle el puente con barricas y tablones, no pasa mucho más allá de dos mil reales. De este  flete, gana el 40 por 100 el barco; el patrón, soldada y media, y además el 5 por 100 de capa, o sobordo, o, lo que es lo mismo, sobre el flete cobrado. El resto se reparte entre los cinco tripulantes; seis, ocho, doce duros, o quince lo más, a cada uno; cantidad que significaría algo, a pesar de su pequeñez, si el ir y venir y el fletarse de un patache fuera coser y cantar; pero ya se verá lo que hay sobre estos particulares.

Con alguna que otra excepción vascongada, el patache es siempre gallego o asturiano; y si no hay carbón, o manzanas, o tabales de arenques que traer, llega a Santander en lastre; esto es lo más corriente. Ya está en la Dársena, atracado al muelle. Allá va el patrón, hombre ya picando en viejo, calmoso y de triste mirar, de escritorio en escritorio, de almacén en almacén, llamando a cada dueño por su nombre, saludándolos a todos finísimo y cortés, y acabando en todas partes con la misma pregunta:

—¿Hay algo para Rivaderella?

Una mañana, un día entero de gestiones así, le dan por resultado veinte sacos de harina, dos cajas de azúcar, ocho colonos de escobas, un catre viejo y dos fardos de papel de estraza. . . no hay más carga en todo Santander para Rivaderella. Los sucesivos correos van trayendo algunos pedidos nuevos; pero tan pocos y tan lentamente, que con una suerte loca, llega a abarrotarse la bodega en poco más de mes y medio. Lo común es que el patache no complete su carga en menos de dos meses, o que cierre el registro a media carga. Pero, en fin, ya está despachado y se pone en franquía; es decir, se desatraca del muelle y se fondea en medio de la Dársena, para salir a la marea de la tarde o al nordeste de la mañana. Pues entonces, precisamente entonces, se le antoja al tiempo dar un cambio al noroeste, y armar una marimorena que no se acaba, en invierno sobre todo, en menos de tres semanas, cuando no dura dos meses cumplidos; dos meses que, con los otros dos, suman cuatro. Pongamos tres, por término medio. . . ¡Tres meses de patatas, de pan y de tocino para seis hombres de buen diente, y con un puñado de pesetas entre todos, para comer y vestir ellos y las familias de los más de ellos!

Ya amaina el temporal, y apuntó el nordeste, y el barómetro sube. Leva el patache; y la propia lancha, con el esfuerzo de los propios marineros, le remolca hasta la canal. Iza allí toda su trapajería, y comienza a desentumecerse y a inflarse, y luego a virar por avante; y bordada va, bordada viene, en cosa de medio día está fuera del puerto. Si es muy afortunado, en treinta horas llega al punto de su destino; si es de mediana suerte, le coge una calma en frente de Cabo Mayor, y allí se pasa las horas muertas, hecho una boya; o una serie de vientos redondos que le tienen seis u ocho días atolondrado en la mar, sin saber adonde tirar ni por donde meterse ; y entre tanto, la gente de a bordo, que no contaba con aquello, mano a la harina, o a las conservas, o a los fideos del flete; porque no es cosa de morirse de hambre llevando la casa llena de provisiones.

Si es algo desgraciado, arriba dos o tres veces durante el viaje, lo cual supone otro mes de retraso; si es desgraciado más que algo, cada una de estas arribadas le cuesta un quebranto serio en el casco o en el aparejo, y pone a los tripulantes en gravísimo riesgo de perder la vida. Pero, de todos modos, venturoso o infeliz, más tarde o más temprano, le coge un Vendaval entre Tinamayor y Suances, que le trae en vilo hasta el Sardinero, si no le da la gana de estrellarse antes contra una peña. Desde allí me lo planta de otro voleo en la boca del puerto, con rumbo a las Quebrantas. Unas veces le arruja en ellas de un tirón; otras les permite detenerse un poco, echando el ancla a medio camino de las fieras rompientes. En esta situación horrible, raro es el ejemplar que se aguanta hasta que cesa el temporal... Y, entre tanto, es la única ocasión que tienen los infelices tripulantes para abandonar el barco, que cabecea y tumba y danza, con las velas desgarradas y tremolando en su arboladura la jarcia hecha pedazos, juguete de las olas que le envuelven y meten el gigantesco lomo por abajo de su quilla.

Lo ordinario es que el ancla roñosa garree, o se rompa la cadena, y que el mísero barco vaya a las rompientes, donde en breves instantes le convierte en astillas la fuerza incalculable de aquellas embravecidas mares.

Todos los inviernos devora este monstruo su ración de patache. En una sola tarde, no hace muchos años, he visto yo perecer cinco. Los cinco, despues de entrar acosados por el temporal, y de faltarles la virada suprema, la de la salvación, la que les aleja del abismo, habían tenido que fondear delante de las rugientes fauces del monstruo. Cuatro tripulaciones se habían salvado ya a duras penas, y la lancha de un práctico recogía la quinta, con heroicos esfuerzos, cuando yo llegué al castillo de la Cerda. Momentos después, rotas las débiles amarras, desfilaban uno a uno, hacia las Quebrantas, y, para llegar más pronto, a brincos, como cabra entre malezas, y desaparecían todos ellos en aquel infierno de espuma, de golpes y de bramidos.

También ha probado barcos grandes el paladar del monstruo aquel; pero muy de tarde en tarde, porque el barco grande huye de la costa cuando cerca de ella le coge un temporal; y si la necesidad le obliga a tomar el puerto y a fondearse en sitio peligroso, tiene buenas cadenas y mejores cables; y, por último, desde que los hay disponibles, pide un remolcador que le saque del apuro. El pobre patache navega a la costa, en la costa le cogen los malos tiempos, y en la costa los aguanta, porque no sabe ni puede andar por otra parte; sus cables y sus cadenas son, relativamente, débiles, y un remolque de vapor le cuesta lo que él no puede pagar.

Tal es su triste condición: la cual no ahorra, sino más bien duplica, con relación a otro barco más grande, las faenas de los tripulantes a bordo, donde todo es escaso y flaquea, y exige, por ende, mayores desvelos y más grandes sacrificios a cada uno.

En suma: trabajo incesante; comida misérrima; un pesebre por lecho; un mechinal por dormitorio; todos los riesgos de la mar; todas las desventajas para correrlos, y la conciencia de no mejorar nunca de fortuna por aquel camino. Todo esto acepta, a sabiendas y de buena gana, un hombre que se decide a formar parte de esa legión de héroes de la miseria, de las angosturas y de las fatigas, que ni siquiera tienen por estímulo la triste esperanza de que al acabar su carrera estrellados contra un peñasco, o arrastrados por torbellinos de arena y ondas amargas, se grave su martirio en la memoria de las gentes, o merezca siquiera su conmiseración; pues hasta la que se siente por los náufragos de alto bordo, se regatea a los de un mísero patache. ¡Tan necesario e inevitable se conceptúa su desastroso fin!

Y ahora pregunto: ¿es comparable este valor pasivo y desinteresado, con la fiebre ambiciosa de los hombres que acompañaron a Colón en su primer viaje y del que pasó el Niágara sobre una cuerda, encaramado en las espaldas de Blondín?

 

 

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