Historia y Arqueología Marítima

HOME

Indice  Grandes Veleros

Resumen de una interesante descripción marina del libro "The Pilot" de J. F. Cooper

por F. C. A.

NEPTUNIA  1940

Cierta afición a "rata de librería" me llevó, en una tarde lluviosa y aburrida, a resolver las mesas de un boliche de esos de "Entrada libre". Entre unas pilas de libros viejos en las que tenía su representación el proletariado literario de todos los idiomas, llegó a .mis manos "The Pilot".

Su estado de conservación, era aparentemente el de sus compañeros de infortunio, pero despertaron mi curiosidad ciertos grabados antiguos y de marcada reminiscencia de agua salada y marineros con coleta.

Al abrirlo comprobé asombrado que, por el contrario, estaba perfectamente conservado. Las hojas no tenían ni siquiera una esquina doblada, estaban amarillentas y su encuadernación maltrecha; pero el pie de imprenta acusaba una edad de más de cien años, lo que transformaba este aspecto de decadencia en una noble ancianidad de vigor sorprendente. Había sido impreso en Londres, en 1835.

El curioso ejemplar debió de haber permanecido la mayor parte de su existencia en manos que sabrían apreciar los libros, y aun quiero imaginar que esas manos pudieron haber maniobrado escotas o trazado rumbos.

Hay en él relatos y descripciones cuya fidelidad al reflejar la vida y la maniobra marineras no creo que se puedan superar. Ignoro si está traducido al español. En todo caso, creo que es muy poco conocido y esto me tentó a ofrecer a nuestra familia náutica la descolorida imagen de que pueda yo ser capaz. Una traducción completa no era aconsejable, ni pOsible casi, por su extensión y por abundar en el libro temas no relacionados directamente con lo que nos interesa. He creído, pues, lo mejor, dar una idea de sus principales pasajes desde el punto de vista náutico.

Para ello, y con vistas a una ilación que hiciera el relato comprensible y a la vez reducido, he cortado y condensado, relatando en pocas palabras algunas circunstancias necesarias para la comprensión, pero insignificantes en importancia, y que en el texto original son muy extensas. Dentro de estas limitaciones impuestas por el espacio y por la necesidad de reunir en breves trazos lo más interesante, he tratado de conservar las imágenes y acciones marineras con la mayor fidelidad que mi condición de aficionado hace posible.

Ahí va el primero. Si agrada, continuaré con otros capítulos; si no, que me disculpen la audacia por la intención.

Una pequeña bahía en la costa nordeste de Inglaterra. Es la época en que la colonia inglesa del norte de América luchaba por su independencia, poco después de que Francia, España y Holanda intervinieran en la contienda.

Dos embarcaciones americanas acometían la empresa de embarcar en Inglaterra a un personaje inglés que había vivido en América y se habia plegado a su causa, y cuya identidad guardada en secreto, solamente conocía el comandante del mayor de los barcos, a cuyas órdenes iba también el más pequeño.

La costa forma una pequeña playa en el fondo de la bahía, pero bancos y escollos, unos sumergidos a poca profundidad, otros velando y algunos levantando altos y amenazadores picos, hacen su entrada empresa de peligro.

El corto día de aquellas altas latitudes llegaba a su fin, El sol enviaba sus débiles rayos oblicuamente sobre las aguas, tocando aquí y allá las crestas de las sombrías olas con franjas de pálidos reflejos. Los tormentosos vientos del Mar del Norte parecían descansar. Y aunque el incesante rodar de las rompientes en la costa aumentaba la nota triste de la hora y el paisaje, una suave brisa que rizaba las pesadas olas soplaba directamente de tierra. A pesar de esta circunstancia tranquilizadora, había algo de amenazador en el aspecto del océano. Parecía hablar con un murmullo cavernoso y profundo, semejante a un volcán próximo a la erupción.

En tal momento, apareció un pequeño velero bordeando la  punta que forma uno de los ios de la bahía. Solamente embarcaciones chicas, y aun estas rara vez, a grandes intervalos, algún contrabandista desesperado quizá, se aventuraba tan cerca de tierra por entre los tacos de arena y las rocas sumergidas. Los arriesgados marinos que intentaban tan peligrosa navegación en forma al aparecer inconsciente y temeraria, navegaban en un pequeño schooner negro, bajo de borda, cuyo casco parecía no guardar proporción con la audaz guinda de sus palos, los cuales, a su vez, remataban en delgados masteleros cuyas extremidades se veían apenas mayores que el pendiente gallardete.

Sin más velas al viento que su mayor y uno de esos foques livianos que se proyectan muy afuera de la roda, se deslizaba sobre las aguas con gallardia y facilidad asombrosas.

El pequeño "schooner" aún continuó su camino entre las rocas y los bancos, haciendo desviaciones tan ligeras en su rumbo, que demostraba estar a cargo de alguien que no ignoraba el peligro que corría. Por fin, habiéndose internado ya tanto como la mínima prudencia permitía, su paño se plegó sin que pareciera por obra de manos, y luego de rolar escasos minutos en la onda larga del océano, viró con la corriente de la marea y quedó al ancla.

Simultáneamente, aparecía otro hermoso barco cuyo enorme casco y alta arboladura cruzada de vergas, se fueron dibujando en la bruma, asemejándolo a una lejana montaña emergiendo de la profundidad.

Llevaba poco paño, y aunque sabiamente no imitó la excesiva aproximación a tierra que el schooner había realizado, la similitud de sus movimientos era tan evidente que hacía suponer una comunidad de propósitos.

Los pocos hombres que desde la playa contemplaban atónitos la llegada de tan inesperados visitantes, hacían conjeturas sobre la identidad y objeto de los navios; unos suponiéndolos contrabandistas, otros adjudicándoles carácter guerrero y miras hostiles, y todos asombrándose de lo arriesgado de su entrada en aguas tan peligrosas, justamente en momentos en que hasta el más inexperto campesino podría vaticinar la tormenta con certeza.

La fragata, pues tal era el barco, se deslizó majestuosamente con la marea por la entrada de la bahía, haciendo sobre el agua el camino indispensable apenas para tener gobierno.

Cuando hubo llegado frente al lugar en que el "schooner" fondeara, facheó el viento pesadamente, cruzó las enormes vergas de su palo mayor, y trató de apirear, contrarestando el esfuerzo de unas velas con las otras; pero cayó la ligera brisa que en ningún momento había llegado a hinchar su trapo, y las largas olas que rodaban desde el océano cesaron de rizarse con el terral. Corriente y mar empezaron a llevar a la fragata hacia una de las puntas del estuario, donde se distinguían los negros picos de los arrecifes internándose hasta la lejanía en el mar. Entonces, a su vez, los marineros fondearon un ancla, y cargaron las velas en sus vergas. De la fragata botaron una ballenera tripulada por marineros y un pelotón de infantería al mando del segundo de a bordo. Un bote del "schooner" ya la precedía, y al llegar a la primer línea de rompientes la ballenera se sostuvo al remo montando guardia mientras el bote embicaba en la playa. Un hombre, que lo esperaba, embarcó en él luego de haber cambiado unas frases de contraseña con el capitán del schooner, que lo mandaba en persona, llegó en el bote hasta la ballenera, transbordó, y ésta lo condujo a la fragata. Mientras bogaban, distinguieron en la fragata las bien conocidas luces que urgían "la vuelta de todos sus botes".

Cuando llegaron a su costado, la fragata se balanceaba en una mar larga con violencia que aumentaba a cada movimiento, aunque las gavias colgaban flácidas de sus vergas. El soplo que ocasionalmente se dejaba sentir, de tierra, no era suficiente para mover su pesado paño.

Ya se ha explicado que había síntomas amenazadores en el aspecto del tiempo, como para inspirar serios temores a un marino. Fuera de las sombras de los arrecifes, la noche no era tan obscura, los objetos podían discernirse a cierta distancia; en el horizonte, al este, se veía una franja de luz imponente sobre las obscuras aguas en la cual el ondulante perfil formado por las olas se hacía cada vez más pronunciado, y en consecuencia, más alarmante. Unas nubes obscuras se cernían sobre la fragata cuyos elevados mástiles parecían sustentar el negro vapor, algunas estrellas se dejaban ver, titilando con un resplandor enfermizo, en la faja de cielo despejado que bordeaba el océano.

Sin embargo, leves corrientes de aire cruzaban a ratos la bahía trayendo en ellas el fresco perfume de la costa; pero su irregularidad predecía que solo eran el último aliento de la brisa terrestre.

El resonar de las rompientes en la margen de la bahía era un sonido triste y monótono, solamente interrumpido a intervalos por un profundo rugido, cuando una ola mayor rompía violentamente en alguna cavidad de las rocas. Todo, en fin, se unía para hacer la escena grave y magnífica aunque sin originar temor inmediato, pues la fragata se elevaba fácilmente sobre las grandes olas sin tesar siquiera el pesado cable del ancla.

Cuando estuvo la tripulación de la ballenera en la fragata, y aquélla fué izada a bordo, Mr. Griffith, el segundo, llamó con un grito al vigía destacado en la arboladura y al recibir la usual contestación, preguntó:

—"¿De dónde tiene usted el viento ahí arriba?" — "Sentimos un ligero soplo de tierra de vez en cuando", — fué la contestación — "pero las gavias cuelgan de sus puños sin pestañear".

El capitán que hasta el momento había estado manteniendo una misteriosa y animada conferencia con el piloto recientemente embarcado, dijo entonces con la compostura y firmeza que eran el principal rasgo de su carácter:

—"Ice el ancla, Mr. Griffith y ponga el barco a la vela, ha llegado el momento de ponernos en marcha".

El alegre "ay, ay, sir" del joven oficial apenas se había oído, cuando los gritos de media docena de guardiamarinas se oyeron, llamando al contramaestre y sus ayudantes a su deber. Hubo un movimiento general en las masas vivientes que como racimos estaban agrupadas alrededor del palo mayor, en las vergas y en los corredores, aunque sus hábitos de disciplina los tuvieron aún un momento en suspenso. El silencio fué roto primero por el sonido del pito del contramaestre seguido .por el recio grito "¡Arriba el ancla, todos! El primero elevándose en el aire nocturno de sus primeras notas bajas y dulces a un estridente agudo, que gradualmente se fué perdiendo en las aguas, y éste último, retumbando a través de cada abertura del barco, como el murmullo hueco de un trueno lejano.

Únicamente el capitán y el piloto permanecieron en pasiva actitud en la escena de general movimiento que siguió, pues la intranquilidad había estimulado aun a esa clase de oficiales que llaman "los haraganes" a una desusada actividad, aunque frecuentemente les recordaban sus compañeros de más experiencia que en cambio de ayudar retardaban la maniobra.

A los pocos minutos se anunció: "Él ancla está a pique, señor".

¿Qué hacemos, señor? ¿Izamos el ancla? No se siente ni un suspiro de viento, y como la corriente del reflujo ha disminuido, temo que la mar heche al barco sobre la costa", —Dejo todo al piloto —respondió el capitán — "¿Que dice Ud., Mr. Gray?"

En ese momento pasaba "Ariel" el schooner al alcance de la voz, y el pilotó le dio instrucciones para salir a la mar por un paso de escaso fondo, añadiendo que una vez en franquía disparara un cañonazo para hacérselo saber a la fragata. Después, contestando a la pregunta de Mr. Griffith, añadió: — "Hay que hacerlo, Capitán Munson, aunque se necesitaría más corriente que ésta para llevarnos a lugar seguro. Daría cinco años de una vida que sé ha de ser corta, por que el barco estuviera una milla más hacia el mar".

No bien estas palabras de asentimiento hubieron sido pronunciadas cuando Griffith lanzó a través de su portavoz la orden de izar el ancla. Las  fano que ya habían servido para animar la tarea de cobrar el cabo, volvieron a dejarse oír, seguidas del pisar de los hombres que laboreaban el cabrestante. Al mismo tiempo que se izaba el ancla, se soltaron las velas de sus vergas, y se desplegaron como invitando a la brisa. Al efectuar esta maniobra se oyeron órdenes que tronaban en el portavoz del primer oficial, y que se ejecuta-tan con la rapidez del pensamiento. Se veían hombres, como puntos en la tenue luz del cielo, apoyados sobre todas las vergas, o como colgando en el aire, mientras gritos extraños se oían partir de todas las partes del aparejo y década una de las vergas.

— "¡Listo el juanete de proa!" — gritó una voz aguda, como si llegara de las nubes. -"¡Lista la verga del trinquete!" — Lanzó el tono más ronco de un marino, bajo ésta. -"¡Todo listo a popa!" — anunció un tercero, desde otra parte; y en pocos minutos se (lióla orden de "soltar". La poca luz que llegaba del cielo fué ahora eliminada por el paño al desplegarse y una obscuridad más profunda se extendió sobre las cubiertas, acentuando el brillo de los faroles, mientras en torno al barco extendía una apariencia aun más atemorizadora y desalentadora que antes.

Durante unos pocos minutos los oficiales no se sintieron decepcionados por el resultado de la maniobra, pues aunque las velas pesadas gual-drapeaban perezosamente contra los mástiles, el paño más liviano de las más altas vergas, se combaba hacia proa, y el barco empezó a ceder notoriamente a su empuje.

El regocijo que produjo en la tripulación el avance de la fragata fué, no obstante, de corta duración. La brisa que pareció haber tan solo esperado verlos en movimiento, después de llevarlos un cuarto de milla adelante, se hizo insegura entre las velas livianas, y luego las abandonó completamente. El timonel anunció pronto que perdía gobierno del barco pues no obedecía al timón, añadiendo al poco tiempo que creía notar que el barco estaba tomando camino hacia atrás.

—"Recoja las mayores" Mr. Griffith" — dijo' el capitán Munson — "a ver si sentimos el viento".

Pronto se dejó oír el golpear de los motones y las enormes velas de las vergas bajas quedaron "en sus cargaderas".

Cuando esto se hubo hecho, todos a bordo quedaron en silencio, sin respirar casi, como esperando conocer su suerte por el resultado.

Griffith tomó el mechero de un farol, y saltando sobre uno de los cañones lo levantó en alto exponiéndolo al aire. La pequeña llama ondeó inciertamente un momento, y luego ardió recta, en línea con los mástiles.

Griffith estaba a punto de bajar su extendido brazo, cuando al sentir una sensación de fresco en la mano, se detuvo. La llama se volvió lentamente hacia tierra, flameó, se agitó vacilante un momento y por fin abandonó la mecha.

—-"¡No pierda un instante, Mr. Griffith!" — gritó el piloto a toda voz —'¡Cargue todo el paño menos las tres gavias, y que sean con dos manos a rizos!"-"¡Ha llegado el momento de obrar!

El joven oficial quedó un instante paralizado por la voz que tan enérgica e inesperadamente había llegado a sacudir sus oídos. Pero volvió la vista al mar y, reaccionando enseguida, saltó a cubierta y se dispuso al cumplimiento de la orden como si vida o muerte dependieran de su premura.

Una súbita alteración en la atmosfera era lo que había provocado la extraordinaria celeridad de Griffith, que pronto se comunicó a toda la tripulación. En el cielo había desaparecido la faja de luz que bordeaba el horizonte y en cambio, con gran velocidad, algo semejante a una niebla luminosa venía hacia el barco, mientras un distante pero sonoro retumbar anunciaba la proximidad de la tormenta que desde tan largo tiempo venía inquietando el mar.

Todos, a bordo, interrumpían algún instante su trabajo para dirigir rápidas y ansiosas miradas hacia la tempestad que llegaba, y hasta los rostros de los marineros que en las vergas anudaban apresuradamente los matafiones o pasaban los tomadores, se volvían instintivamente hacia el mismo cuadrante del mar.

Solo el piloto, en toda aquella confusión en que un grito era eco de otro, y las voces se sucedían precipitadamente, parecía no tener interés en ella.

Con los ojos fijos en el halo que se aproximaba y los brazos cruzados con tranquila compostura, permanecía en calma esperando los acontecimientos.

El barco, sin gobierno, se había atravesado a la mar. Las velas, rizadas o cargadas, estaban ya reducidas al límite ordenado.

"Estamos cayendo Mr. Qray" —dijo el capitán — "Probamos el fondo?"

"No es necesario" — respondió el piloto — "Sería una certera destrucción el que nos tomara el viento de proa, y es difícil decir con precisión de pocos grados de dónde nos va a llegar".

"¡Ya no!" — gritó Grifftih" — "¡Aquí lo tenemos!"

Efectivamente. El roncar del viento llegando impetuoso se oía muy próximo, y no bien habían pasado estas palabras los labios del oficial, cuando el barco se inclinó pesadamente sobre una banda para luego, así que empezó a tomar camino, volver a su equilibrio, como si saludara al poderoso rival con que había de luchar.

No alcanzó a transcurrir un minuto antes de que el barco estuviera ya cortando las aguas con viva marcha y, obediente al timón, fuera dirigiendo su proa tan cerca del rumbo deseado como lo permitía el viento.

Una vez terminada la actividad de la maniobra, la tripulación esperaba ansiosamente a la fuerza de la tormenta, pues nadie era tan inexperto en aquella gallarda fragata como para ignorar que hasta el momento, solo habían sentido las débiles rachas de su comienzo.

Cada instante, sin embargo, iba aumentando su fuerza, aunque tan gradualmente, que ya algunos marineros empezaban a creer que quizá sus temores habían sido exagerados.

Durante este intervalo de incertidumbre, no se oía a bordo más que el silbar del viento al pasar a través de la jarcia, y el golpear del agua pulverizada, saltando en cataratas de su proa.

—"Cree Ud. que el barco podrá virar con este paño?" — preguntó el piloto.

"Hará todo lo que se puede esperar de un barco de hierro y madera" — contestó el oficial — "pero no hay barco a flote capaz de virar dé bordo con solamente las gavias con dos manos de rizos y en mar tan gruesa. Ayúdelo con las mayores y lo verá virar como un profesor de baile, señor". —"Esperemos primero a sentir la fuerza de la tormenta".

La tierra apenas se veía elevándose como una densa niebla del nivel de las aguas, y solamente se distinguía del cielo por su mayor negrura.

Todos sabían, a bordo, que el barco hendía a prodigiosa velocidad las aguas acercándose a los arrecifes, y solamente los hábitos de la más estricta disciplina, podían retener la intranquilidad de la gente y los oficiales en sus propios pechos. Por fin, el capitán Munson dejó oír su voz dirigiéndose al piloto.

—"¿No cree usted necesario que mande un hombre al escandallo y probemos el fondo? ¿Cuánto más continuaremos en esta bordada? Hemos visto tanto peligro a la luz del día en estas aguas, que nos sentimos extremadamente arriesgados en la obscuridad''.

—"Lo que para vosotros es obscuridad, para mí es tan claro como si lo iluminara la luz del mediodía. Pero vire de bordo, señor, vire de bordo; quiero ver como maniobra el barco antes de que llegamos al punto donde debe maniobrar bien o estaremos perdidos.

Tan pronto como el timonel hubo puesto el timón a la banda, el barco navegó gallardamente hacia el viento, y embistiendo de frente a las olas, lanzó torrentes de agua y espuma a gran altura al tenerlo "en los dientes". Luego, cediendo suavemente a su fuerza, cayó en la otra amura, con su proa abierta de las peligrosas piedras a las que con tal velocidad se había ido aproximando.

Las pesadas vergas giraron como veletas, y en un momento la fragata volvió a tomar camino alejándose de aquellas piedras, pero avanzando también hacia las que en el otro extremo de la bahía, acechaban con igual peligro.

Durante este tiempo la violencia del viento había aumentado gradualmente y la mar se había hecho más gruesa. Este ya no silbaba en la jarcia, sino que producía un profundo aullido al pasar a través del complicado aparejo. Una interminable sucesión de luminosas listas de espuma coronaban las inmensas olas, y el mismo aire brillaba con luces desprendidas del océano.

El barco cedía más y más a cada instante a la fuerza del viento, y en menos de media hora desde que se había izado el ancla, marchaba con tremendo empuje impulsado por un verdadero ventarrón.

Cuando la tierra hubo desaparecido de vista, el piloto se volvió a Mr. Griffith. "Este es el momento de estar alerta" — dijo — "Aquí recibimos la mayor corriente y está el verdadero peligro. Mande su mejor hombre al escandallo y ponga a un alférez junto a él".

"Yo mismo tomaré ese cargo", — contestó Griffith.

Al poco tiempo se oyó la voz: "¡Siete, a la marca!" pasando a través del barco y perdiéndose a sotavento arrastrada en una racha. Luego: "¡Y media, cinco!"

—"Cuidado, lleve el barco con camino ahora": —

—"¡Cuatro, largas!" —

—"¡Vira!"—

El barco se irguió lentamente de su escorada, y las velas empezaban a gualdrapear furiosamente mientras la proa vaporizaba las olas, cuando la voz del contramaestre llegó desde el castillo de proa —"¡Rompientes! ¡Rompientes justo a proa!"—

La impresión causada por el grito parecía flotar aún sobre el barco, cuando una segunda voz se oyó:

—"¡Rompientes por la amura de sotavento!"—

— "¡Estamos rodeados de piedras Mr. Gray!" — gritó el comandante—•. "¡Y el barco pierde estrapada, quizá un ancla nos aguante!"

—Sin esperar más Mr. Griffith ordenó: — "¡Aclarar el ancla de estribor!"—

—"¡Alto! ¡No tocar nada!" — contraordenó el piloto en voz que llegó al corazón de todos los que la oyeron.

El joven teniente se volvió furioso hacia el extraño que así violaba las reglas de disciplina. — "¡Quién se atreve a contradecir mis órdenes! ¡No es ya bastante que haya metido al barco en este peligro, para que también nos estorbe de ponerlo a salvo!"—

—"¡Calma, Mr. Griffith! — replicó el comandante. Y agregando una enérgica mirada a la ya dura expresión de su semblante, ordenó: — "Entregue su portavoz al piloto. El sólo puede salvarnos de ésto". Griffith tiró su portavoz violentamente sobre cubierta al tiempo que se alejaba.

No era momento para réplicas. El barco se había puesto al viento, y como la acción de la marinería fuera paralizada por las órdenes contradictorias que había recibido, perdió su arrancada y en pocos segundos sus velas cuadras tomaron por la lúa.

Antes de que la tripulación comprendiera lo grave del momento, el piloto daba sus órdenes a través del portavoz en un tono que se elevaba sobre la tormenta. Cada orden se oía clara y distintamente, con una precisión y serenidad que denotaban al maestro en su profesión.

El timón fué puesto "a la vía", las vergas de trinquete se bracearon a fuerza de puños, contra el viento. Y el barco, cayendo a popa, empezó pronto a virar al tiempo que retrocedía.

El piloto había comprendido con una percepción casi intuitiva la única maniobra que podía salvar al barco de su situación. Este fué cediendo al viento, tocando casi el agua con los penoles de sus vergas bajas al atravesarse, mientras a popa las aguas se arremolinaban con el retroceso y golpeaban el casco en desordenadas olas.

Una vez más se oyó la voz de mando del piloto, y los marineros volvieron a bracear las vergas a pesar de la enorme resistencia del viento. Cuando el barco hubo presentado su popa a éste, las velas de proa translucharon, las vergas de mesana se cazaron, y el timón se puso a la banda. La hermosa fragata, obediente al gobierno, fué ciñendo su proa al viento. Y al tiempo de que se orientaban y cazaban sus velas, se alejaba en la otra bordada, del peligro, tan rápidamente como había llegado a él.

Un momento de asombro siguió a la realización de esta maniobra; pero no era tiempo para elogios ni comentarios.

El extraño piloto continuaba en posesión del portavoz, y daba sus órdenes cada vez que la prudencia o la habilidad marinera hacían aconsejable algún cambio en la maniobra del barco.

Durante una hora se desarrolló una verdadera lucha por la salvación. El canal se hacía a cada paso más dificultoso. Los escollos aumentaban multiplicándose por ambas bandas.

El escandallo funcionaba ligera y seguramente, y el rápido ojo del piloto parecía penetrar la negrura con una claridad de visión que excedía al poder humano.

Una y otra vez la fragata pareció correr ciegamente a los escollos donde la destrucción sería tan rápida como segura, hasta que la voz del extraño que dirigía la maniobra se dejaba oír, advirtiendo el peligro e incitando a los hombres al cumplimiento de su deber.

La fragata estaba completamente a su cargo, y durante esos ansiosos momentos en que partía las aguas lanzando su espuma sobre las enormes vergas, todos los oídos estaban atentos a aquella voz que se había impuesto a la tripulación en una forma posible sólo, en aquellas circunstancias, gracias a una gran energía y habilidad consumada.

Estaba el barco tomando estrapada en la nueva amura, luego de una de esas justas viradas que había repetido con frecuencia, cuando el piloto, por primera vez, se dirigió al comandante, que vigilaba en persona el sondeo.

"Este es el momento" — dijo — "Si el barco se porta, estaremos pronto a salvo; pero si no, todo lo que hemos hecho hasta ahora será inútil". ¿Ve usted una luz en aquella punta de más al Sud? La distinguirá de una estrella que tiene al lado porque se hunde a veces en el mar. Ahora observe aquella pequeña altura, un poco al norte de la luz, que parece una sombra en el horizonte; es una colina que está tierra adentro.

"Si conseguimos mantener la luz abierta de la colina, estamos bien; pero si no, nos haremos pedazos".—

"¡Tiremos una bordada!"— exclamó el alférez.

"Ya no hay más bordadas que correr esta noche. Apenas tenemos aguas libres para salvar las piedras con este rumbo, y si conseguimos barloventear el "Zarpazo del Diablo" pasaremos la punta más saliente; pero de lo contrario, como ya dije, hay una sola alternativa".

"¡Señores, no tenemos tiempo que perder! No nos queda más que una milla que navegar y el barco parece que vuela. Esa gavia no es bastante para tener al barco ceñido al viento, se necesita foque y mayor".

—"Es peligroso soltar paño con este tiempo" — observó el capitán.

—"¡Hay que hacerlo! ¡Vean! ¡La luz ya toca el borde de la colina! ¡La marejada nos abate mucho a sotavento!"—

Las órdenes fueron ejecutadas con la habilidad ya demostrada, y los enormes pliegues de la mayor se soltaron a las rachas huracanadas. Por un momento el resultado pareció incierto. El furioso gualdrapear del paño sacudía al barco hasta la quilla, y parecía imposible dominar aquella vela. Por fin, arte y esfuerzo prevalecieron; el paño fué desplegado, e hinchándose al llenarse, quedó establecido y cazado por los puños de cien hombres. El barco sintió el enorme aumento de fuerza y se inclinó ante él, como una caña ante la brisa.

— "¡Bien! ¡El barco ciñe más! ¡Miren la luz! ¡Ya se aparta de la colina! ¡Con tal que pueda aguantar el paño, pasaremos claros!"—

Un estampido como el de un cañón interrumpió al piloto, y algo semejante a una nube blanca se vio pasar llevado por el viento, hasta perderse en la profunda obscuridad a sotavento.

—"Es el foque arrancado de sus relingas. No es viento éste para paños livianos" — dijo el comandante. — Pero la mayor parte puede aguantar todavía".

—-"Esa vela se ríe de un tornado" — contestó alguien. — "El mástil se dobla como un acero" — añadió otro.

—"¡Silencio, todos! — gritó el piloto — Ahora, caballeros, sabremos nuestra suerte. ¡Orce! ¡Orce todo lo que pueda!"

Esta orden acalló todas las voces, y los curtidos marinos, conociendo que habían hecho todo lo que estaba en sus manos para salvar las vidas, contuvieron la respiración, esperando los resultados.

A corta distancia, ante ellos, el mar estaba blanco de espuma y las olas en cambio de correr regularmente, saltaban y se encontraba en verdadero caos. Una sola franja de olas obscuras de no más de medio cable de ancho, se discernía corriendo a través de la confusión; pero pronto se perdió de vista en el inquieto elemento.

A través de este estrecho paso la fragata navegó más pesadamente que antes, pues se la llevaba tan ceñida al viento que las velas iban continuamente tocando.

El piloto se había hecho cargo del timón y con sus propias manos dirigía al barco.

Ningún ruido ni voz procedente de la fragata, interrumpían el hórrido tumulto del océano. Habían entrado al canal que cruzaba las rompientes, con el silencio de una calma desesperada.

Veinte veces, al pasar una masa de espuma a sotavento, la tripulación estuvo a punto de gritar su alegría, al suponer el peligro pasado; pero una rompiente tras otra seguían levantándose ante el barco. Alguna vez el sacudir de las velas en una orzada se dejaba oír, y cuando las miradas se volvían al puesto del timonel, encontraban al extraño personaje aferrado a las cabillas con su rápida mirada alternando en la mar y el paño. Por fin, la fragata llegó a un punto en que parecía correr a las mismas fauces de la destrucción, cuando súbitamente su rumbo cambió, apartándose la proa del viento. Al mismo tiempo la voz del piloto se oyó gritando:

—"¡Cruzar las vergas"! "¡cargar mayor!"—

Las miradas apenas tuvieron tiempo de fijarse un instante en las masas de espuma que como nubes, corrían ahora a popa, y el barco, libre de peligro, se alzó y cayó lentamente, cabeceando en las largas ondas del mar abierto....

 

 

Este sitio es publicado por la Fundacion Histarmar - Argentina

Direccion de e-mail: info@histarmar.com.ar