Historia y Arqueología Marítima

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LOS BARCOS CHILOTES

Por CARLOS Mc. IVER ROS Valparaíso, Chile

Fuente: Neptunia 1936

A lo largo de casi toda la costa chilena, desde Arica a Valdivia, es una rara excepción ver una embarcación velera de cualquier tonelaje, pues impera el barco motorizado, a máquina de explosión o a vapor, desde los botes más pequeños hasta las grandes naves de pasajeros y cargo-boats de miles de toneladas. Inútil me parece decir que, cualquiera que sea su nacionalidad o procedencia, todas tienen esa característica monotonía de los buques que se ven en la mayoría de los puertos del mundo.

Podemos decir sin exagerar que ya la vela desapareció en el tramo citado del litoral chileno.

Afortunadamente, basta entrar al canal de Chacao, acceso septentrional de ese incomparable laberinto de islas, a cual más pintoresca, para ver las siluetas elegantes de los veleros surcar las aguas de los golfos y canales, como una nota más de color y de vida que ostenta el paisaje maravilloso.

Puerto Montt, puerto principal y capital de la extensa provincia de Chiloé, es el nido donde se refugian esa grandes aves del Océano, últimos titanes que desafían a las olas y los vientos, esas fragatas blancas de tres o cuatro mástiles que, cargadas con maderas de las islas, navegan a cientos de millas de la costa en demanda de los puertos del Perú, de donde traen como lastre sal o guano de pájaros.

Son como recuerdos del pasado que perdura en esas tierras de ensueño, como la última estrofa del poema del mar, antes que los velera como bohemios de los vientos, cayeran destronados por esas naves modernas cuyo vientre es una usina, cuyas cubiertas son como departamentos de un lujoso hotel, todo regido por prosaica contabilidad.

Invirtamos el orden de nuestra narración, de los grandes veleros saltemos a los pequeños balandros que, por miles, son medio de locomoción en esa zona donde todo lo domina el mar no se concibe un agricultor o comerciante chilote sin su balandro, sería como cualquier campesino, gaucho argentino o huaso chileno, sin caballo para sus viajes o sin carreta para el trasporte de sus productos.

Estas embarcaciones son de un tipo más o menos uniforme, tanto en sus líneas y aparejos como en su construcción, tienen la roda y el  codaste verticales, su eslora en la línea de cada lado es casi siempre igual a la eslora en cubierta; la manga no alcanza generalmente a ser un tercio de la eslora; el puntal es menor de la mitad de la manga y el calado es poco, por los fondos aplacerados de las costas y por la costumbre de los chilotes de varar la embarcación para las faenas de carga y descarga, lo que se hace muy fácilmente en estas aguas, por la enorme diferencia de nivel de las mareas, que alcanza comunmente a veinte pies.

El aparejo en general es de dimensiones que parecen excesivas a primera vista; la lona en las embarcaciones más pequeñas, de unos veinte o veinticuatro pies de eslora, es de ocho onzas, en las mayores es generalmente es de doce. El mástil, el aparejo firme y el de maniobra están en armonía con la solidez de la vela.

En el balandro típico chilote vemos únicamente dos velas, una cangreja cuya botavara alcanza solamente hasta la popa sin sobresalir del casco y una enorme trinquetilla hecha firme en extremo del bauprés, vela que en barcos de cierto tamaño es de muy difícil maniobra con viento fuerte, por su enorme superficie. Los accidentes graves debidos a ruptura del estay de proa o del bauprés no son más frecuentes sólo por la solidez enorme de estas piezas. Por fortuna, esta clase de aparejos va desapareciendo para dar lugar a elegantes cúters que han resultado muy buenos barloventeadores. En esta región un balandro que no sea capaz de ceñir, conservando una buena velocidad, a cuatro cuartas del viento, no tiene un precio ni medianamente aceptable para el vendedor.

No se construyen embarcaciones con varetas salvo algunas lanchas a motor de paseo, todas las demás obras son de curvas naturales de dimensiones bastante generosas, para las cuales una varada no tiene importancia alguna.

En embarcaciones mayores de veinte toneladas, tenemos algunos schooners de líneas verdaderamente artísticas, con proas de clippers, popas de espejo y líneas elegantes y que son capaces de batir, con vientos frescos, a remolcadores o vaporcitos de carga.

En toda la zona propiamente isleña, los balandros tienen popa de espejo con el timón exterior y en la parte sur, donde se encuentran los grandes golfos de Corcovado y Penas, famosos por sus grandes marejadas y frecuentes temporales, impera el tipo dos proas. Los primeros son mejores orzadores y los segundos de excelentes condiciones para la travesía de esas aguas tan peligrosas; ambos con su proa recta y grande pié de roda son muy buenos para aguantarse a la capa con la marejada alta y corta de esos mares.

Generalmente todas las embarcaciones tienen sus cascos negros, pintados con alquitrán, sin tener marcada la linea de calado, pues el chilote carga hasta que es imposible embarcar más bultos, animales o personas, lo que origina frecuentes conflictos con las autoridades marítimas. Rara vez se ve algún balandro con carroza, pues si es chico ésta es un impedimento para trincar el bote sobre cubierta y si ya es de cierto tamaño tiene suficiente puntal para no necesitar de ella. En los schooners va una pequeña camarita abogada entre el mesana y la rueda de timón, únicos que no usan caña, pues el patrón chilote prefiere siempre esta última por su mayor sensibilidad y dominio sobre el barco.

Ya hemos hablado sobre las embarcaciones, ocupémonos ahora de las tripulaciones. Innecesario me parece decir que desde los más pequeños balandros hasta las grandes fragatas de cuatro mástiles están tripulados exclusivamente por chilotes.

Como cada familia tiene su balandro, la tripulación se compone del dueño de casa, patrón natural del barco, de su esposa y de sus hijos de ambos sexos, sin que las mujeres jóvenes demuestren temor o ignorancia de las maniobras aún en medio de los recios temporales.

 

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