Historia y Arqueología Marítima

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Indice  Grandes Veleros

250.000 MILLAS A VELA

Fragata "DUNSYRE"

por R. Noyes, de "The Yachting" Traducción de Francisco Barlhü-Neptunia 1932

Las aguas de la bahía San Francisco se hallaban aquietadas con la calma vespertina, reflejando de cuando en cuando los ardientes rayos arrebolados del sol que paulatinamente descendía hacia el horizonte.

Un vapor con rumbo al mar mostraba su negra silueta en la estela brillante del sol que entraba hasta la Puerta de Oro. Yo me encontraba sentado en una pequeña playa encendiendo mi pipa. Afuera, sobre uno de los bancos barrosos de la Bahía Sausalito, se destacaba la figura de un gran velero. La luz solar cruzaba por entre sus destruidas vergas y daba de lleno en su casco oxidado con la suavidad de la luz mortecina que origina a la vez emociones tristes, mientras a lo lejos el murmullo del mar que rompe en las rocas producía en el espíritu esa extraña fascinación que siempre nace cuando se asocia al mar con los barcos.¡

Ese velero estaba ahí sobre el barro sin un solo trozo de jarcia, ni siquiera un ancla o un eslabón de cadena, se hallaba varado, deshecho, era una víctima del cambio de altura en la marea de los negocios que afiebra a los hombres.

Y allí sentado sobre la arena yo observaba la magnificencia de su alma colmaba mis pensamientos, veía la gracia de su casco azotado por la marejada, veía sus elevados mástiles cargados de velas hinchadas de viento, veía su proa con rumbo al mar lejano, lo veía reluciente a los rayos de la luna. Yo veía sus cabeceos y sus rolidos, veía su proa gloriosa cuando se clavaba en la ola furiosa que lo hacía derivar desafiando con galanura a la tormenta amenazadora.

Era este cuadro que mi imaginación forjaba todo un romance con el que luchaba por mantenerlo viviente. Sobre su popa, en letras casi borradas, pude leer su nombre; decía "Dunsyre-San Francisco".

Viejos recuerdos se despertaban a medida que seguía contemplándolo porque yo había visto emerger de la noche sus penOles para saludar el alba de los siete mares, porque yo había pasado horas mirando cómo sus velas se confundían con las nubes de los alisios y con las estrellas, mientras el casco avanzaba por sobre las blancas olas del mar con proa a algún puerto lejano; porque yo lo había visto correr adelante de un temporal rujíente que hacía bramar las jarcias como si fueran lamentaciones de soledad. Ese casco era de las aguas profundas, era de las estrellas, era de los amaneceres, era de las corrientes, de las solitarias vías del mar abierto.

Durante ocho años el Dunsyre había formado parte de mi vida marina, es decir de la del marino, piloto preocupado de la orientación de sus velas, de los toques de su campana, del diario de a bordo, de su estela infinita, de las puestas de sol contempladas desde su cubierta y de sus guardias nocturnas. El y yo habíamos tenido algo en común, habíamos compartido nuestras vidas sobre las profundidades del océano y durante esos ocho años su quilla había surcado más de 250.000 millas por todos los mares del mundo, desde las islas Orkney hasta las solitarias lejanías del océano Pacífico al Sud de Nueva Zelandia.

El ''Dunsyre'' era un barco de tres mástiles, aparejado a fragata, casco de acero, construido en Escocia; tenía un desplazamiento de 2014 toneladas de registro. Originariamente perteneció a una firma de Londres y luego fué vendido para San Francisco en 1908.

Desde el punto de vista de la arquitectura naval era curioso este barco, pues su tonelaje bruto era más del doble de su tonelaje de registro lo que le permitía no sólo aguantarse sin lastre sino que también podía ser remolcado y hasta navegar a vela con poco viento con las bodegas completamente vacías. Esta cualidad le daba, naturalmente, un gran coeficiente de estabilidad, pero no le disminuía sus condiciones veleras. A pesar de no ser un "clipper", navegaba bien, especialmente de ceñida y con mar picada.

En el continuo batallar con el transporte rápido competía con bastante éxito contra la rapidez de los vapores, pero a pesar de ello salía perdiendo cuando la naturaleza se le oponía a su paso.

Después de la guerra mundial, el "Dunsyre" no tuvo más remedio que adujar sus cabos y dejar que su espléndido casco reposara en los bancos barrosos de la Bahía Sausalito, donde hoy se encuentra como reliquia de una época que no volverá.

Durante la última década el "Dunsyre" fué quizá el único velero que realizaba un servicio regular de cargas en alta mar y mientras flameó la bandera americana, jamás estuvo amarrado sin flete. Es una historia muy larga la de sus viajes y talvez una de las más notables que barco alguno haya tenido, no por sus records de velocidad, sino como competidor de los vapores en años en que el velero había ya casi desaparecido.

En una ocasión cargamos carbón en New-castle, Australia con destino a Mejillones, Chile, realizando esa travesía en 22 días, batiendo por 5 días el tiempo empleado en la misma por uno de los vapores de Andrew Weir, que zarpó al mismo tiempo.

En un largo viaje desde Puget Sound a Port Elizabeth, cruzamos el Cabo de Hornos en el rigor del invierno donde estuvimos encalmados durante 24 horas con barómetro tan bajo como jamás se hubiera registrado en el cuaderno de bitácora del "Dunsyre", 654 m.m. Para pasar el tiempo entre tanto nos entretuvimos en dar de comer a millares de palomas del Cabo. El chubasco cayó con gran nevada, pero la velocidad del viento no fué fenomenal. Diez y nueve días más tarde fondeábamos en Port Elizabeth y durante todo ese tiempo no tuvimos oportunidad de izar las gavias altas.

Fué a la altura de la isla Gough, durante esta travesía, que el capitán T. W. Smith y yo experimentamos el viento más fuerte de nuestra vida marina. El "Dunsyre" corrió el mal tiempo a palo seco durante 24 horas. El temporal era descomunal comparado con la generalidad de las tormentas en esas latitudes. Navegábamos a la cuadra con viento fuerza 8 de la escala BeaUfort (91 km.), la mar era alta pero no peligrosa y el barómetro había subido a 270 m.m cuando repentinamente bajó hasta el fondo del tubo, dando saltos violentos. El sol salió a mediodía y pudimos hacer una observación excelente. Durante la guardia de la tarde fuimos sorprendidos por violenta racha. Las gavias bajas de mayor y trinquetilla fueron rifadas y el casco se sacudía como un monstruo de las profundidades oceánicas filando como con miedo humillante ante el poder enorme del mar.

Hallándonos en Lorenzo Márquez, África Oriental Portuguesa, en cierta ocasión, tuvimos el honor de aparearnos con defensas de corcho a una barca portuguesa cuya campana de castillete nos reveló su identidad "Cutty Sark". Sus vergas y mástiles literalmente cubiertos por cuerdas de aparejo y velamen no estaba aparentemente en mejor estado que el casco.

Algunas semanas más tarde salimos del puerto y ya habíamos navegado una buena distancia cuando el viento calmó casi por completo. Avistamos una vela y nuestro largavista nos demostró que era el "Cutty Sark'' que nos venía alcanzando. Un par de horas después enfachó frente a nosotros y los dos capitanes mantuvieron una amigable conversación.

Nosotros estábamos en lastre y apenas manteníamos camino. Después de desearnos buen viaje, llenó sus velas y se dirigió al canal Mozambique. Para muchos de nosotros, marinos, fué una incidencia de navegación de las más impresionantes que habíamos experimentado. Calculamos su velocidad en 7 nudos y la seguimos mirando hasta que se perdió de vista ya entrada la noche. Admiramos sus cualidades veleras y recordamos su gloriosa historia que ha sido la de uno de los veleros más veloces que jamás haya existido.

Fué en esta travesía de 24 días desde Lorenzo Márquez a Newcastle que hicimos durante 10 días consecutivos singladuras de más de 300 millas.

La mejor travesía de buen tiempo la realizamos en el Pacífico en un viaje de Puget Sound a Sidney-Australia. Durante todo el viaje no se aferró ninguna vela. Desde el momento en que izamos frente a cabo Flattery, los penóles no fueron tocados hasta alcanzar los 40 al S. del Ecuador, cuando con lluvia entramos a los alisios del S.E. Después de orientar las velas nuevamente no las volvimos a tocar hasta Sidney Heads. Un vaso lleno de agua puesto sobre la mesa de la cámara al iniciar el viaje no hubiera derramado ni una gota durante toda la navegación de 8000 y pico de millas.

Dos veces en el Pacífico navegando con proa al E. a fin de evitar huracanes en los mares del Sud, enfachamos a la altura de la isla Pitcairn. En la primera ocasión nuestro barco era el primero que recalaba en esa isla desde hacía 18 meses. La estada allí la disfrutamos con la compañía de los descendientes de los amotinados del "Bounty".

En nuestros viajes hemos tocado en los parajes más solitarios de la tierra; islas desoladas en las altas latitudes australes cuyas amenazadoras rocas han sido machacadas, durante siglos por la potencia del mar. Hemos visto las maravillosas palmeras que brotan aferradas a un pequeño trozo de coral que aflora cuatro pies sobre la superficie del mar. Hemos navegado por sobre los bancos de los mares del sud cuyas aguas verdes semejaban esmeraldas engarzadas en aguas de záfiro, donde las arenas blancas como la nieve podían verse a varias brazas de profundidad desde las jarcias altas del barco.

Una mañana del año 1915 fondeábamos frente a Balboa en el canal de Panamá. El canal había sido abierto seis semanas antes. Entramos en las esclusas y un par de horas más tarde fondeábamos en Colón, consagrando al "Dunsyre" como al primer velero que cruzara esa nueva vía en cuyas esclusas vive el espíritu de los viejos hombres de mar desde Vasco de Gama hasta el de los capitanes de veleros que no tenían otra ruta que la del Cabo de Hornos.

Nuestro puerto de destino era Estocolmo; hicimos la ruta de los vapores a través del estrecho de la Florida. En el Atlántico navegábamos sobre un "Gran Círculo" para caer al Norte de Escocia. Frente a las islas Orkney quedamos encalmados; recibimos la visita de algunos habitantes de esa isla que llegaron a bordo en bote. En el mar a nuestro alrededor flotaban numerosos restos de naufragios. Los submarinos alemanes habían desplegado actividad recientemente en esas aguas.

El "Dunsyre" era el primer velero americano que los habitantes de esas islas habían visto en los últimos treinta años. Cruzamos el Mar del Norte sin ser molestados ni por los patrulleros británicos ni por los submarinos alemanes, doblamos al Norte con buena brisa. Al entrar en el Báltico fuimos capturados por los alemanes y conducidos a Stettin.

En los archivos de Washington existe una considerable cantidad de correspondencia  diplomática referente a la captura del "Dunsyre", que duró tres meses, al cabo de los cuales, en libertad nuevamente, zarpamos para Nueva. York. Cruzamos la zona de i guerra sin avistar una sola embarcación.

De Nueva York nos hicimos a la vela con rumbo a Port Arthur, Texas, donde  cargamos aceite para Sidney, Australia. La  travesía fué efectuada en 86 días con una tripulación de locos a la que tuvimos que entrenar durante 10 días en el Paso Sabine antes de atrevernos de salir al mar. Durante  el viaje la tripulación intentó cinco veces incendiar el barco sin lograrlo y a nuestra llegada a Australia desertó. La mayoría de la gente que la componía había estado en servicio activo en Gallípoli con las fuerzas expedicionarias americanas.

 De Australia zarpamos para Chile con  carbón y aquí cargamos salitre para el río Delaware. Cruzamos el canal de Panamá y correspondió al "Dunsyre" ser el primer velero que realizó el viaje de circunnavegación utilizando este canal. No se conoce otro caso que algún velero lo haya repetido hasta la fecha.  Durante los ocho años que yo he llevado el Diario del "Dunsyre" no figura registrado ningún caso de que la mar haya roto sobre cubierta produciendo daños, ni de que se  haya roto una percha o sufrido accidente marítimo. Con una brisita cualquiera ese barco especialmente de ceñida, iba a cualquier parte donde puede ir un vapor.  Fué mucho después de obscurecer que dejé mi sitio sobre la arena cuando ya, desde mar afuera venía llegando la neblina nocturna que ocultaba poco a poco la arboladura de ese viejo barco.

 

 

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