Historia y Arqueologia Marítima

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Indice  de Arqueología subacuática

ARGENTINOS Y SUECOS EN LA HISTORIA ANTARTICA DEL CUADRANTE AMERICANO

Conferencia de Ricardo Capdevila en la Real Academia de Ciencias de Estocolmo, Suecia, en Agosto de 1994.

Este texto junto con otros me fué entregado por el Sr. Ricardo Capdevila para ser publicado en Histarmar hace algun tiempo. Vaya esta publicación como un modesto homenaje a su grata memoria y como un recuerdo emocionado de su temprana desaparición. Carlos Mey

Resumen.- Esta contribución contiene la conferencia pronunciada por el autor en la Real Academia de Ciencias de Suecia el 29 de agosto de 1994, que relaciona un antecedente poco conocido de la historia antartica; la presencia de un sueco en las islas Shetland del Sur a principios del siglo XIX, la particular visión de la expedición sueca (1901-1903) del participante argentino alférez José María Sobral y los trabajos que nuestro país realiza para la conservación del patrimonio histórico en la Antártida con el programa MUSEOANTAR, en el marco de las recomendaciones del Tratado Antartico.

Abstract- This contribution contains the lecture given by the author at the "Swedish Royal Academy of Sciences" on August 29th, 1994. The same includes not widely known background in Antarctic history such as the presence of a Swedish in the Southern Shetland Islands at the beginning of the XIX century, the special impression of the Argentine participant Alférez José María Sobral, of the Swedish expedition (1901-1903), and the works that our country is carrying out in Antárctica for the preservation ofthe historie patrimony under the MUSEOANTAR program, within the frame ofthe Antarctic Treaty guidelines.


Debo iniciar esta comunicación expresando en primer lugar, mi reconocimiento  al gobierno del reino de Suecia, a la Real Academia de Ciencias y a la Sociedad Polar Sueca por posibilitarme a través de su invitación a exponer en este foro de prestigio mundial, el testimonio de los trabajos que realiza mi pais en un medio geográfico tan duro, como es el del más austral de los continentes del Hemisferio Austral. Y en ese panorama de trabajos ocupa un lugar destacado la tarea de conservación del patrimonio histórico. Luego, como los actores de la tragedia griega, pido benevolencia a los presentes para juzgar esta comunicación, y que me dispensen por la profunda emoción que produce en mi espíritu el saber que cuento en el auditorio con la presencia de los descendientes del doctor Otto Nordenskjóld, insigne científico cuyo paso por la Antártida es el origen del programa que me lleva a trabajar en aquel continente todos los años.

Permítaseme, a modo de homenaje a vuestro país, una breve disgresión que vincula nuestros pueblos . Los colores de la bandera sueca, protagonizan un hecho singular que los hace presente en forma casi permanente en mi patria. Ocurre que el club de fütbol más importante de la Argentina, que convoca a más de la mitad de los simpatizantes de esa disciplina deportiva, en un país donde el fútbol es pasión de multitudes, lleva los colores de la bandera sueca. Y ello no es producto del azar. Cuando hace varias décadas, se fundó el Club Atlético Boca Juniors, en el barrio de la Boca de la ciudad de Buenos Aires, se encontraban fondeados en los muelles del Riachuelo, gran cantidad de buques de distintos países, entre ellos, alguno sueco, y fueron los colores de la enseña patria sueca considerados los mas bellos entre pares, los elegido por aquellos fundadores, para identificar al nuevo club. Por ello, podemos afirmar que, consciente o inconscientemente, más de la mitad de los argentinos llevan en su corazón los colores de vuestra bandera.

Me ha tocado en suerte como investigador y responsable de la actividad de museo del Instituto Antartico Argentino, asumir la dirección del programa de conservación del patrimonio histórico en orden a las recomendaciones del Tratado Antartico. Y en este programa los primeros sitios elegidos para llevar adelante el cometido, fueron los relictos de la expedición sueca del doctor Nordenskjóld. Y ello tampoco ha sido producto del azar. La expedición sueca que llevara a los mares del sur aquel ilustre marino que fuera Carl Antón Larsen está profundamente vinculada al quehacer científico argentino por la participación que le cupiera al joven marino y científico doctor José María Sobral, así como a nuestra historia naval, por el rescate que protagonizara la corbeta "URUGUAY".

Para ordenar mi exposición la dividiré en tres partes. La primera de ellas será un aporte de noticias sobre un ciudadano sueco, radicado en Buenos Aires a principios del siglo pasado, Carlos Timblon cuyo nombre debemos incluir con justicia entre los probables descubridores del Antartico.  En la segunda parte, trataré aspectos más conocidos como el accionar del Doctor Nordenskjóld en el Hemisferio Sur, en especial como los vivió el argentino que participo en su segunda expedición austral, y por último, les relacionaré lo que con alguna petulancia he denominado como el nuevo rescate de la expedición Nordenskjóld.

Pasemos ahora al contenido de la comunicación.

Cerremos por un momento los ojos y echemos a volar la imaginación Buenos Aires a principios de siglo pasado: la gran aldea como acostumbraba a llamársela, en pleno proceso de transformación, de capital del virreinato a capital de un país en gestación. Dos invasiones de la Gran Bretaña habían intentado la toma de la plaza por la fuerza, mientras España, nuestra madre patria, se debatía en las dificultades propias de la ocupación francesa. El pueblo de la colonia en tanto, rechazó a los intrusos y decidió independizarse. En el período de transición los hombres y las instituciones, ajenas a la política en alguna medida, siguieron funcionando: Buenos Aires y Montevideo eran dos puertos de intensa actividad comercial y marítima.  Los cambios politícos de la transición, habían hecho de ambos resguardos ciudades cosmopolitas. La política hermética de la colonia, había dado camino a un cambio radical, que transformó también la composición de la población en cuanto a su orígenes; si bien la mayoría continuó siendo de raíz española, las puertas del nuevo país se abrieron para todas las nacionalidades. En este marco aparece en Buenos Aires el señor Carlos Timblon, o Carlos Oliver Timblon, hombre hecho a los negocios del mar, nacido aquí en Suecia.

La historia del descubrimiento de las islas Shétland del Sur , mejor dicho de quien fuera el verdadero descubridor de las ínsulas, se encuentra aún envuelta en el misterio. La versión más conocida le asigna la prioridad al mercante inglés William Smith, quien, partiendo del puerto de Buenos Aires en enero de 1819 al intentar doblar el cabo de Hornos, fue llevado a latitudes más australes por los vientos contrarios, avistando unas tierras y denunciando su existencia a las autoridades navales británicas; al arribo al puerto chileno de Valparaíso, cuyo jefe recibió la novedad, pero sólo sobre final del año con la reiteración de la denuncia que nuevamente formulara William Smith, resolvió confirmar el descubrimiento en forma oficial.

Pero otra historia había ocurrido desde fines del siglo anterior en la parte más austral de mi país. La caza de la foca había sido un pingüe negocio para navegantes de ambos hemisferios en nuestras latitudes, un extenso litoral marítimo patagónico, con archipiélagos como los de la Tierra del Fuego, Malvinas y las descubiertas por el español Gregorio Jerez en 1756 y denominadas islas de San Pedro, hoy conocidas como islas Georgias del Sur. Todas esta inmensidad, por su propia extensióin  imposibilitaba el control jurisdiccional por parte del estado, por lo que la caza pelágica se desarrollaba en absoluta libertad y sin ningún tipo de restricciones. Vanos habían sido los! intentos de la España y del nuevo país por controlar los espacios marítimos de su soberanía. La falta de medios y recursos eran entonces un obstáculo insalvable.

Qué ocurrió entonces?. La caza indiscriminada fue mermando la población de anfibios, por lo que los cazadores, debieron singlar cada vez más hacia el sur para encontrar nuevas roquerías. Agotada la caza por falta de ejemplares que la hicieran rentable en las costas de América, los depredadores se replegaron hacia el norte, volviendo a los antiguos cazaderos del Ártico. Sólo merodearon por la zona - ya estamos a principios del siglo XIX- algunos foqueros de los puertos de Buenos Aires, Montevideo y del sur de Chile, a los que la proximidad de sus apostaderos les daba alguna ventaja comercial en el rédito de la empresa. En aquella época, las pieles de los lobos de dos pelos eran muy apreciadas especialmente en los países de Oriente, hacia donde se destinaban la generalidad de los cargamentos que traían los foqueros, tal como consta en los libros de Entradas y Salidas del puerto de Buenos Aires.

Algunos autores, como el Doctor Juan Bautista Charcot de Francia, que realizó dos expediciones a la Antártida a principios de siglo, sentaron la tesis del descubrimiento de las islas polares por los foqueros del Río de la Plata, y los más recientes hallazgos documentales, tienden a fortalecer esa tesis. Los porteños precedieron a William Smith en el descubrimiento de las islas Shetland del Sur. Para no extenderme demasiado en estos aportes, mencionaré a modo de ejemplo el diario de viaje del almirante Guillermo Brown, irlandés al servicio del gobierno argentino, que en el año 1815, cuatro años antes del avistamiento de Smith, hizo un viaje de corso, para hostigar a las posesiones españolas del Pacífico. Llevado por un temporal hasta los 65° de latitud Sur, al sur del cabo de Hornos, donde la mar está en calma, relata los daños sufridos por sus naves, y manifiesta que por las característieas del horizonte, se encuentra próximo a tierra.

Pero quizás el documento más preciso que ratifica la prioridad de los rioplatenses en el descubrimiento de las islas antarticas, es una petición formulada por el comerciante Juan Pedro Aguirre al Consulado de Buenos Aires, solicitando que se le otorgara una concesión para establecer una factoría foquera y ballenera en las islas que el denomina genéricamente próximas al Polo Sud hecho este ocurrido el 18 de enero de 1818, es decir, un año y un mes antes del avistamiento denunciado por el inglés Smith. Y aquí valen dos acotaciones: la primera sobre la actividad de Aguirre, propietario de varios barcos foqueros y consignatario de otros tantos que en aquel tiempo, cuando había cesado virtualmente la caza de la foca en el Atlántico SW, regresaban al puerto de Buenos Aires con sus bodegas completas de cueros y grasa de focas, lo que da la pauta de las altas latitudes alcanzadas, ya que -como dijimos- los cazaderos del sur de América estaban agotados. Y la segunda acotación es de contenido puramente mercantil: porqué los foqueros del Río de la Plata no denunciaban el lugar de sus ricas cosechas? La razón es obvia: de hacerse público, como ocurrió cuando la denuncia de Smith, los foqueros del norte regresarían en aluvión para explotar el rico reservorio. Y la ambición de Smith, al denunciar la existencia de las islas tuvo ese resultado: en la temporada de verano 1820-1821, decenas de buques foqueros invadieron las islas antarticas de cuadrante americano.

El Almirante Brown, cuando afirma encontrarse próximo a tierra en los 65° de latitud Sur, no hace una especulación: el es un marino del río de la Plata, y como tal estaba enterado de la existencia de tierras donde sus colegas de puerto desarrollaban la caza pelágica. Y es en este tiempo cuando entra en escena don Charles o Carlos Timblon, o Carlos Oliver Timblon, o Tedblon o Tidblon como figura el apellido en distintos documentos. El diario "La Gaceta" de Buenos Aires, en sus avisos de puerto del dia 23 de setiembre de 1818, relaciona la partida de la polacra nacional "SAN JUAN NEPOMUCENO" despachada en lastre a la pesca de lobos por su propietario don Marcos Pagliano el día 18 de aquel mes al mando del capitán Carlos Timblon. Y con el comando de Carlos Timblon al "SAN JUAN NEPOMUCENO" realiza varias expediciones foqueras hasta el año 1821. Y siempre regresa a puerto con sus bodegas completas de las tan preciadas pieles, que da cuenta de la presencia de este ciudadano sueco, luego nacionalizado argentino, en los archipiélagos antarticos.  Esta información documental registrada por autores argentinos como Lorenzo Dagnino Pastore, Ernesto J. Fitte y Bernardo Rodríguez, tomada la fuente documental del Archivo General de la Nación y de los periódicos de la época hacer plena fe que un sueco, don Carlos Timblon, se inscribe dentro de los primeros hombres que recorrieron y descubrieron las islas septentrionales de la peminsula Antartica. Hace algunos años pasó por mis manos un trabajo del académico de la historia padre Guillermo Furlong, sobre la población sueca en la argentina, y en este trabajo figuraba la familia de don Carlos Timblon. Una descripción de nuestro personaje, figura en el rol de tripulación del "SAN JUAN NEPOMUCENO' transcripto por Bernardo Rodríguez para una expedición foquera que salió de puerto de Buenos Aires en agosto de 1819 y dice "Capitán Dn. Cárlos Timblon natural de Suecia, edad 32 años, cuerpo bajo, color trigueño, pelo rubio, ojo. azules."

Carlos Timblon, marino sueco que se radicó en Buenos Aires probablemente alrededor de 1816, a más de la actividad que permite inscribirlo entre los descubridores de tierras antarticas, prestó señalados servicios a mi patria, comandando buques como el corsario nacional "SIN PAR", que participó en las guerras de la independencia. Vaya entonces en este recuerdo, el homenaje y la reivindicación de un sueco que se inscribe entre los primeros hombres que llegaron a la Antártida y que tiene justos títulos para disputar entre pares, el descubrimiento de las islas antarticas.

Pasemos ahora a la segunda parte de esta exposición.

No voy a abundar en información sobre la personalidad y el accionar del doctor Otto Nordenskjold, paradigma de una generación de científicos caracterizados por su ciencia y su valor personal. Sólo quiero remarcar que la expedición polar sueca, fue el más importante aporte en el conocimiento de ciencias de la tierra, que se realizara a principios del siglo veinte en la Antártida, tanto que sus resultados no han sido superados hasta tiempos recientes.

Nordenskjold no era hombre nuevo en el estudio y conocimiento de las tierras australes. Hacia mediados de 1895 recaló en el puerto de Buenos Aires. En noviembre de aquél año, embarcó rumbo al sur, en la misma nave que ocho años después, -protagonizara el salvamento de su expedición polar, la entonces cañonera "URUGUAY". Su destino, la misteriosa Tierra del Fuego. Hasta entonces el conocimiento de aquella isla austral era simplemente costero: Parker King y Fitz Roy hicieron un buen levamiento de la costa y sitios muy próximos. La nueva subprefectura de Ushuaia y la misión anglicana que le había precedido, realizaban actividades sobre las costas e islas aledañas. Algunos intentos de penetración al interior no pasaron de ser sólo eso: intentos. Idéntico rol habían cumplido el capitán italiano Giacomo Bove, y aún la más destacada de las expediciones, la francesa de Luis Fernando Martial. Pero el joven sabio sueco abrigaba otras inquietudes. Desembarcó en el Páramo, al norte de la isla, sobre la bahía de San Sebastián desde donde marchó por tierra hacia el oeste. Luego y en un período de seis meses realizó otras expediciones terrestres desde distintos puntos del litoral hacia el interior enriqueciendo el conocimiento geográfico de la región, como luego habría de enriquecer el saber del hombre sobre el continente Antartico. Participaron en los estudios quienes después habían de acompañarlo en la aventura polar: el teniente Duse y el doctor Ohlin. Excedería el objeto de esta comunicación relatar aventuras y desventuras de esta expedición. No conozco la literatura aquí existente sobre aquella empresa, pero traigo para enriquecerla un ejemplar de la obra del sacerdote salesiano Juan Esteban Belza, mi mentor en la actividad histórica, que dedica un capítulo a aquella expedición y que aporta una visión global de tan importante episodio histórico geográfico: es el segundo tomo de "En la isla del Fuego".

En resumen, quiero dejar sentado el título de pionero para el doctor Nordenskjóld en el conocimiento científico de aquella isla, legendaria, que por siglos encendió la imaginación de los hombres, los que solo atinaban a mirar desde el mar su destino de misterio.

José María Sobral era, en 1901 un joven marino argentino que informado sobre los planes de la expedición sueca, bregó para ocupar el lugar que el doctor Nordenskjóld ofreció al gobierno argentino para formar parte de la mision y su empeño fue coronado por el éxito: presentado e inmediatamente aceptado por el sabio sueco que, conocedor de los hombres, advirtió las dotes naturales de este criollo. Era un hecho singular en un país que, desde el tiempo de los foqueros, había tenido muy poca actividad polar, participar en una expedición al Polo Sur.    

.En Buenos Aires comenzaba el verano, y la primera dificultad que el nauta debió enfrentar, fue la provisión de ropa adecuada para la empresa, ya que debía embarcar en tres días. La ropa polar era un producto inexistente en las tiendas de la ciudad: sólo algunos conjuntos de ropa interior pudieron ser hallados para el ajuar antartico. Luego Sobral nos contará sus desventuras para constituirse en artificíe de su equipamiento, ayudado por sus compañeros de expedición. Después de recalar en islas Malvinas e intentar alcanzar la latitud austral a la que había llegado el capitán Larsen en su expedición de 1893, la expedición decidió establecer una estación invernal en la isla Cerro Nevado.

No era cómoda la situación de nuestro marino conviviendo con cinco personas que no hablaban su idioma, en un lugar totalmente aislado del mundo. Sin embargo nos cuenta que el primer tiempo utilizaron el inglés, pero sintió algún escozor cuando la conversación se iniciaba en este idioma y luego sus compañeros la continuaban en sueco, dejándolo ajeno al resto del diálogo. Sin embargo, con la ayuda de un diccionario fue aprendiendo, y al fin de la primera invernada ya hablaba y escriba correctamente el idioma de sus pares. Esta dificultad inicial tuvo para él una consecuencia favorable en la segunda invernada, pues tuvo a su disposición toda la literatura llevada por sus compañeros, a la que el no había tenido acceso por su desconocimiento del idioma. Esto le permitió hacer más llevadero el segundo año en Cerro Nevado, manifestando: tuve libros nuevos hasta los últimos días de mi estadía en la choza.

Junto al doctor Bodman, Sobral tuvo a su cargo las observaciones magnéticas, meteorológicas y astronómicas. La vida en la estación estaba sometida a una rutina que se respetaba y en la que todos colaboraban según su saber y condiciones personales. El interior de la casa era confortable -cuando estaban encendidas la cocina y la estufa- pero a la noche estos artefactos se apagaban y la temperatura descendía varios grados bajo cero, con algunas consecuencias, como la formación de hielo por condensación de la humedad. Este hielo se derretía cuando volvían a encenderse los artefactos, lo que producía una desagradable consecuencia para quienes como Sobral -que compartía el camarote con Nordenskjóld- dormían en las cuchetas altas y debían soportar esta curiosa modalidad de lluvia interior.

La primera excursión desde la estación se realizó a la isla Lockyer, para dejar un depósito de víveres en previsión de excursiones futuras. El mar no estaba totalmente congelado, por lo que debían turnarse a proa del bote para apartar y aún romper el hielo para posibilitar el avance. Integraron este primer grupo, el jefe expedicionario, Sobral y el logístico Jonassen, con quien según me contó uno de los hijos de Sobral, aquel no tenía muy buena relación, a pesar de que en su diario no hace ninguna referencia al hecho, y sí en cambio elogia permanentemente las habilidades en distintas materias que lucía este marinero. La excursión tuvo un final desafortunado, ya que pernoctaron en la carpa armada sobre un bandejón de hielo, el que durante la noche por efectos de un fuerte viento comenzó a moverse, inclinándose, y a poco estuvieron de caer al mar. El episodio los obligó a reembarcarse en el bote con las ropas mojadas y sólo a mediodía pudieron calentar un poco de agua y comer pemmican, un compuesto de grasas y harinas, que les permitió recuperar el calor corporal. Cuenta Sobral que tan intenso era el frío, que colocaban las botas dentro de la bolsa de dormir pero al día siguiente estas estaban tan duras y congeladas como el día anterior. Solo el pasto que usaban como aislante en el calzado, y que a la noche colocaban dentro de sus camisetas, ayudaba a morigerar el intenso frío en los miembros inferiores.

Ekelöf era un hábil caricaturista, y Sobral nos cuenta que acostumbraba a realizar dibujos en la puerta de la cocina. En esta campaña pasada del verano austral 1993/1994, un miembro de mi equipo, conservador de museos, rescató de dicha puerta, la última caricatura que, curiosamente, había pasado desapercibida para nosotros en todo el tiempo que llevarnos! haciendo la conservación de la cabaña, y cuya copia, a modo de primicia, exhibo para ustedes, y por primera vez en público.

La expedición sueca fue muy respetuosa de las fechas patrias propias y de las de mi país, y así Sobral anota en su diario que el 25 de Mayo, fecha de nuestra revolución iniciática, fue celebrada con un menú especial, y se embandero el comedor con las enseñas sueca y argentina. Cuenta que Nordenskjóld quiso que la fiesta o mejor dicho el menú de la fiesta, fuera lo más argentino posible, por lo que se abrieron unas latas de duraznos del Tigre -delta productor de frutas situado en la desembocadura de los ríos Paraná y Uruguay- y unos choclos, que comenta con ironía, eran tan ácidos que ni el más adicto choclófilo, se resistiría a probarlos por segunda vez.

Con motivo de una larga expedición planeada para la llegada de la primavera, Sobral debió confeccionarse una bolsa de dormir individual -normalmente usaban bolsas para tres en las excursiones- la que preparó cosiendo dos mantas y forrándolas con lona. La probó por varias noches durmiendo afuera, junto a la cabaña, con buen resultado, excepto la molestia de que los perros le pasaban por encima despertándolo frecuentemente. En esta etapa es cuando también desarrolla habilidades de sastre, preparándose una suerte de anorak, con un capote de paño naval, el que filtraba el viento, por lo que confeccionó un sobre capote de lona que mejoraba las condiciones térmicas de la indumentaria.

En su obra "Viaje al Polo Sud" Nordenskjóld nos cuenta -hablando del vienta - que la fuerza y velocidad del mismo es tal, que si la cabaña fuera un vagón de ferrocarril llevado por este impulso, en pocos días llegarían de Cerro Nevado a Estocolmo. En el mismo orden de cosas, Sobral cuenta que en un paseo con Bodman, encontraron un tambor de kerosene a 20 metros de altura, en una pronunciada pendiente, y que llevado por el viento, había quedado allí asegurado por unas piedras.

A fin del mes de setiembre se inicia la más larga de las excursiones planeadas hacia el sur. Nordenskjóld como jefe de equipo, Sobral de navegador y Jonassen de logistico; un trineo con 200 kilos de carga arrastrado por perros y otro más liviano, tirado por los excursionistas.

En esta excursión, que alcanzó las proximidades del Círculo Polar;- cometieron un error logistico que pudo haberles costado la vida. Dejaron un depósito de alimentos para el regreso, pero no lo marcaron adecuadamente, por lo que la angustia los embargó en la búsqueda, pero la suerte quiso que lo hallaran posibilitando el regreso a la estación invernal. En los últimos días de marcha debieron compartir los escasos alimentos que poseían con los perros, ya que los que a aquellos correspondían se habían agotado. La falta de alimentos les obligó a forzar la marcha, anotando en su diario que el último día, para alcanzar la estación, marcharon 16 horas seguidas, para recorrer el mismo tramo que en la ida les había llevado tres días de marcha. El 4 de noviembre de 1902, estaban de regreso en Cerro Nevado, luego de haber caminado más de 600 kilómetros.

Hacia fin de año Sobral anota en su diario que comenzaba a hablarse de la posibilidad de una segunda invernada, de la inexistencia casi total de alimentos para sobrellevarla. El mar de Weddell estaba congelado hasta donde alcanzaba la vista y por lo tanto, era imposible que ningún buque pudiera llegar a la zona.

Se aproximaba la Navidad la que había de celebrase con galas y un buen menú. Sobral recordó que el pintor Stokes le había obsequiado dos cajas de bombones compradas en Nueva York ¡Qué mejor que brindarlas en Navidad! Como es obvio fueron recibidas con beneplácito, y la tapa de una de ellas, adornada con una figura de mujer fué a completar la galería de figuras femeninas que adornaba las paredes de la vivienda. El fin de año fue también celebrado. Sólo fracasaron las salvas de cohetes, que no explotaron por haberse humedecido la pólvora.

El mar cerrado, la falta de viento que había suplantado los huracanes invernales no permitió un cambio en la situación. Diariamente alguno de los miembros subía hasta un atalaya natural para avizorar novedades en el mar, o el asomo de algún mastelero, siempre con resultado negativo.

Con un espíritu destacable, los expedicionarios se aprestaron para una nueva invernada. La falta de combustible -el carbón que les quedaba no alcanzaba para tres meses- fue suplantado por grasa de foca que los obligó a permanentes cacerías, antes de que se iniciara la migración de las especies hacia el norte. Hicieron un depósito de carne de pingüino procedente de la isla Seymour, matando unos quinientos ejemplares.

Y aquí la carencia de ropas de Sobral lo obliga a una nueva experiencia. Carente de calzado adecuado, confecciona con cuero de foca unos zapatos, por cierto muy rústicos. Y como experiencia para confeccionarse ropa, estaquea cueros de pingüinos, pero con mala suerte ya que la jauría de perros los hizo trizas.

A fines de enero se produce un hecho insignificante en otras latitudes, pero que rompió la monotonía de la vida en la estación: aparecieron tres moscas en la casa. Dice Sobral que este hecho que nadie lo mencionaría en el mundo habitado, para ellos fue un gran acontecimiento. La primera la encontró él, estaba leyendo y se posó sobre su libro, la segunda apareció en la cocina, y la tercera la vio Bodman cuando sobrevolaba las cabezas de los comensales. La pregunta era: ¿Donde se habían guarecido hasta entonces?.

Las observaciones científicas se siguieron practicando con absoluta regularidad. La escasez de víveres trajo algunas experiencias impensadas: la muerte por congelamiento de irnos cachorros de perro, sirvió para confeccionar un plato distinto, que solo probaron Bodman y Sobral. El primero la consideró mejor que la sopa de avena, y a nuestro relator tampoco le desagradó. Los otros comensales no quisieron ni probarlo.

El diario de Sobral se caracteriza en este segundo año por las permanentes referencias a las comidas, que justifica diciendo que son los recuerdos más alegres de ese tiempo. Así destaca las fiestas de cumpleaños, la del 25 de Mayo -en la que desiste de hacer una salva de 21 disparos, guardando en previsión de futuro las municiones- y en junio las vísperas suecas del medio verano (midsommar dag). también celebrada con platos extraordinarios.

En agosto del año anterior, el mercurio del termómetro se solidificó a los -41º grados, la mínima registrada en los dos años, y en la misma fecha el segundo año registraron 10 grados sobre cero. El día cinco de ese mes se celebró el cumpleaños de Bodman, ocasión en la que Nordenskjóld obsequió a los fumadores con do pipas de tabaco a cada uno.

Ante la falta de noticias del buque que debía rescatarlos, Nordenskjóld decidió realizar una expedicion hasta la isla Paulet, para dejar una señal solicitando auxilio Fue entonces cuando al norte de la isla Vega, se produjo un encuentro impensado que Sobral describe así: vieron cerca de tierra algo que les llamó la atención, eran dos figuras muy grandes para ser pingüinos... después de hacer uso del anteojo se convencieron de que eran hombres, ...Jonassen cuando pudo ver más de cerca le traza de los recién vistos, pidió a Nordenskjóld que preparara la pistola mauser que llevaba, pues creyó que eran naturales, tal vez de una raza afín a los trogloditas de Groenlandia,que no podían ser muy pacíficos... Como sabemos, se trataba del doctor Andersson, el teniente Duse y el marinero Grunden, los exiliados de Bahía Esperanza, como los llamó apropiadamente el jefe de la expedición.

Así describe Sobral el primero de los tres auspiciosos sucesos que habían de ocurrir en el término de 30 días. Y concluye la referencia del regreso a Cerro Nevado: A pesar de la gruesa capa de hollín y grasa, reconocí inmediatamente a Duse, no fue asi con Andersson y Grunden, porque al primero yo solo lo conocía por fotografía, y el segundo estaba demasiado desfigurado...Ellos nos traían novedades, y sin embargo hacía más de 11 meses que no estaban en comunicación con el mundo...

El 26 de octubre Nordenskjóld, Sobral y Andersson se trasladaron a bahía de los Pingüinos de la isla Seymour para realizar estudios y cazar pingüinos. En una caminata hallaron un palo plantado por Larsen 11 años antes y que llevaba la leyenda: "Jason 1892". Nordenskjóld regresó a la estación el 2 de noviembre. El día 5, mientras Sobral cocinaba sangre de foca batida con harina y la fritaba en grasa de foca, en un movimiento accidental Andersson se volcó la grasa hirviendo en las manos, por lo que debieron abandonar el campamento para asistir al accidentado. El día 7 Bodman y Akerlundh se instalaron en el campamento para seguir la recolección de huevos.

El día 8 se produjo el segundo acontecimiento notable. Sobral se encontraba dando cuerda a los cronómetros en el interior de la cabaña, cuando alguien desde afuera informó que se acercaban varias personas caminando sobre el mar congelado. Esa mañana al levantarse y salir de su carpa en isla Seymour, Akerlundh tuvo una visión maravillosa: a corta distancia de la costa, lucía su silueta la corbeta argentina "URUGUAY", y ya un bote se desplazaba hacia el lugar. Y con ella llegaba la salvación de todos. Sobral no cabía en sí de gozo con un doble placer: llegaba el ansiado buque de rescate, y ese buque era de la marina argentina, su marina.

Y ese mismo día, a eso de las diez de la noche terminaban de cenar, cuando los perros comenzaron a aullar: se acercaban siete hombres que supuso eran de la "URUGUAY", por lo que regresaron al interior para continuar con el empaque de los enseres para embarcar. Bodman desde el exterior comenzó a dar voces: quienes llegaban eran el capitán Larsen con hombres de su tripulación, que en bote, se habían trasladado primero a Bahía Esperanza, y no encontrando allí a nadie, pusieron rumbo a Cerro Nevado. Así supieron de la suerte corrida por el buque expedicionario, hundido en febrero de ese año al sudoeste de isla Paulet. Los visitantes, vaya ironía, traían como obsequio huevos de pingüino!!!

Sobral abandonó la casa sin sentir ninguna emoción especial por ello, pero luego, al transcribir su diario manifiesta: Pero ahora...siento nostalgia de Snow-Hill, y quiero volver, necesito volver... Este deseo de Sobral nunca fue satisfecho. A su regreso a Buenos Aires, décidió abandonar la carrera naval y vino a estudiar a Suecia, en la universidad de Upsala, donde se graduó en filosofía y geología. Casó con una sueca y tuvo aquí varios hijos, de los que aún sobreviven dos, radicado uno en Buenos Aires y otro en Tierra del Fuego. Después de algunos años regresó a mi país, donde ocupó importantes funciones en cargos de su especialidad. Falleció en Buenos Aires, el 14 de abril de 1961. Nacido en 1880, Cumplía ese día 81 años. Nunca pudo concretar su sueño de regresar a la Antártida.

Así vio y vivió un argentino la expedición polar del doctor Nordenskjold.

Cuando el helicóptero se asentó en la playa norte de la isla Cerro Nevado, en un enero a principias de la década del 80, y comencé a caminar por el terreno flojo hacia la pequeña meseta donde se yergue la vieja cabaña de madera, una profunda emoción embargó mi espíritu. Una impresión similar a la que despierta en el hombre los grandes monumentos que son la memoria histórica de los pueblos. Enfrentaba, junto a mis colegas Comerci e Iribarren el desafío de rescatar para el futuro, esta suerte de templete situado en una de las regiones más inhóspitas de la tierra. Allí estaba, mudo testimonio de una de las gestas histórico-científicas más notables vividas por el hombre, la vieja cabaña de madera, desvestida, desgarrada, sin aberturas, con una acumulación de hielo y nieve en su interior que superaba la altura de quienes debíamos iniciar la tarea de rescate. A su alrededor, dispersas e irrreconocibles, decenas de objetos de innegable valor museológico, se mimetizaban con el terreno, pardo, blando y cambiante.

La primera tarea fue deshacer el gigantesco cubo de hielo que hasta la altura de 1,80 metros ocupaba todo el interior de la construcción. Durante largas jornadas, no siempre con meteorología favorable, se fueron extrayendo trozos de hielo, a fuerza de pico, formón y martillo, tratando en lo posible de no dañar los elementos de la expedición que el mismo hielo se había encargado de conservar durante más de setenta años. Ello obligó a extraer trozos conteniendo aquellos elementos, trozos que fueron envueltos en polietileno negro y expuestos al escaso sol polar para su derretimiento permitieron su recupero. Esta técnica, utilizada por Harrowsfield de nueva Zelandia en la cabana de Scott al sur del mar de Ross, posibilitó el rescate en condiciones razonables de los elementos que hoy forman la colección Nordenskjold del Instituto Antartico Argentino.

El hielo interior, que había permitido la conservación estructural de la cabaña, ya que los vientos que la sostenían desde el exterior habían desaparecido por la acción meteorológica, obligó a realizar trabajos de refuerzo de la estructura, con carácter provisorio, hasta tanto, se reinstalaran los vientos externos y el encadenado interior que aseguraran la perdurabilidad del conjunto. Se realizó el inventario de los elementos museológicos y se clasificaron distintos materiales esparcidos en el área, como los mamparos de las casillas magnéticas y meteorológicas, sin moverlos de los lugares donde se encontraban para poder realizar, más adelante, una correcta prospección arqueológica.  En una segunda etapa, y en las siguientes, se procedió a forrar todo el conjunto con papel embreado, tal como lo había estado la construcción original, levantando y reponiendo las varillas de madera que sostenían el empapelado , y pintando a la vez toda la parte externa con pintura asfáltica. Esta tarea de mantenimiento se realiza todos los veranos, ya que la construcción se encuentra situada sobre una pequeña meseta, en un valle configurado por un glaciar en retroceso, y la ladera de una meseta de unos cien metros de altura. Estas características del lugar lo hacen, como una suerte de tubo venturi, sometido a vientos arrachados que bajan del domo glaciar, y que en ocasiones supera los doscientos kilómetros horarios. Consecuentemente, los vientos arrastran material de la meseta, que, a modo de una piedra de amolar, trabaja permanentemente sobre los planos externos de la vivienda.

En etapas siguientes se iniciaron los trabajos de restauración interior. La cabaña había sufrido una deformación estructural que desplazó la parte superior en unos diez centímetros con relación a la vertical, dificultando la acomodación de los mamparos interiores, así como la restauración de las cuchetas de madera de los camarotes. Pese a ello, uno de los camarotes se encuentra vuelto a su estado original inclusive con su escritorio, tal como lo muestran las fotografías originales de la expedición. En el mismo orden de trabajos, se rearmaron la salamandra de hierro y la cocina originales, que lamentablemente se encontraban en muy malas condiciones. Estos trabajos tropiezan con la dificultad de la falta de algunas partes, que al no tener repuestos, imposibilitan su acabado. A modo de anécdota les contaré que en el año 1986, cuando trabajábamos en la salamandra, no pudimos extraer el cenicero inferior. Para destrabarlo, comenzamos a raspar el material que lo mantenía adherido, y es un poco difícil de expresar la emoción que nos embargó, cuando olimos ese material: era grasa de foca, el combustible con que los expedicionarios habían substituido la carencia de carbón!!!

Como manifesté antes, las ventanas estaban destruidas, de manera que, recogimos las varillas de los marcos que aún se encontraban en su sitio, y otras dispersas en la zona, elementos que usamos para restaurar los originales, con el agregado de maderas nuevas que permitieron terminar los conjuntos. Hoy se encuentran en su sitios tal como hace 90 años,.la ventana del lugar de estar, y las dos ventanas que dan al norte. En tanto, estamos preparando las restantes aberturas para instalarlas en su sitio.

Uno de los problemas más graves que amenazan al monumento, es la inestabilidad del terreno, compuesto por tierra y material de acarreo, por lo tanto muy flojo y sometido permanentemente a la acción destructora de la meteorología, el arrastre del agua de deshielo que baja del glaciar, y también, por qué no decirlo, el tránsito del hombre. En el verano del 92, a nuestro arribo, nos encontramos con un derrumbe en el veril noroeste, a la altura del muerto que sostiene el viento, y que había arrastrado el plano de la meseta hasta el borde de la construcción. Ello obligó, mediante consultas con especialistas del Instituto Antartico, a realizar un dique de madera, fondeado en distintos puntos con varillas de hierro. Completada el armazón, se rellenó con tierra y piedras transportadas desde otro sitio del valle, y se cubrió el dique con el mismo material, para mantener el paisaje original.

La cabaña sobre la pequeña meseta. Foto C. Mey

Hoy la cabaña, téstimonio de una de las grandes epopeyas científicas de la humanidad, luce su bonita figura sobré la pequeña meseta, a 13 metros sobre el nivel del mar, y en algunas campañas más, esperamos completar la restauración, cumpliendo con el mandato que se nos ha conferido de acuerdo con las recomendaciones del Tratado Antartico, y la Comisión Nacional de Museos, Sitios y Monumentos Históricos, ya que la cabaña de la expedisión sueca, ha sido declarada monumento histórico nacional por esa institución de nuestro país.

La cabaña vista viniendo en helicoptero desde Cerro Nevado. Foto C. Mey

En octubre de 1992, se realizó en la estación Esperanza, el primer encuentro de historiadores antarticos iberoamericanos, con motivo de los 500 años del descubrimiento de América. Con estos motivos también, iniciamos la tarea de restauración de la choza de piedra del doctor Andersson, ese pequeño refugio construido en 1903 por el segundo jefe de la expedición, el teniente Duse y el marinero Grunden para sobrellevar la invernada a que les obligó el desfino como consecuencia del hundimiento del "ANTARCTIC" y la imposibilidad de llegar a Cerro Nevado.

El sitio se encontraba en muy malas condiciones. Al paso de los años se le había sumado el paso de los hombres, que por razones que no vale la pena considerar utilizaron el lugar incluso como depósito de basura. Un pionero argentino, Antonio Moro, salvó lo que quedaba del monumento hace ya varios años, colocando un cartel explicativo del significado de esas piedras amontonadas a modo de un pequeño corral. Por nuestra parte, en la temporada anterior habíamos realizado los estudios preliminares para diseñar el programa de restauración, lo que permitió iniciar los trabajos. Para ello se contó con la colaboración de personal del Museo de la Universidad Nacional de La Plata, aquella casa de estudios con la que el doctor Nordenskjóld había tenido tantos y tan fructíferos contactos a principios de siglo, especialmente con el sabio argentino Francisco P. Moreno. Con este personal se experimentó, luego de reconstruir las paredes de piedra hasta la altura original conforme la documentación existente, la colocación de una carpa a modo de techo, tal como la habían montado los hombres de la expedición sueca. A diferencia del original, íbamos a tratar la tela con resina poliester, para darle una durabilidad mayor. El experimentó fracasó, no por los materiales empleados, sino porque luego de nuestro repliegue, alguien retiró los parantes que tensaban la lona, y los vientos catabáticos de Bahía Esperanza, no perdonan. Para el verano, solo quedaban jirones de tela, en las partes próximas a su ensamble con la pared de piedra.

La choza de bahía Esperanza, que también es monumento histórico en el listado del Tratado Antartico, tiene una característica singular. El monumento de Cerro Nevado, por su particular situación de aislamiento en el mar de Weddell, es poco visitado. En cambio bahía Esperanza, es virtualmente la puerta de entrada de los mayores contingentes de turistas que visitan la Antártida. Lo invalorable del monumento, a más de la otra circunstancia apuntada, hacen del sitio el lugar ideal para realizar en el lugar una sala de museo, que contenga la construcción y una exposición permanente de materiales museológicos que pongan de relieve la más significativa de las expediciones científicas realizada por el hombre en esta parte del continente Antartico. Para ello convocamos a quienes puedan brindar apoyo a la iniciativa, a fin de concretar en los próximos años este proyecto de relevante valor para la humanidad.

Monumento Cerro Nevado- Foto C. Mey

Los otros sitios que participan de este nuevo rescate, más modesto por cierto pero protagonizado como a principios de siglo, también por argentinos, son la choza de piedra que construyeran los náufragos del "ANTARCTIC" al mando de ese marino de raza, veterano de los mares polares y pionero de la industria ballenera en los mares del Sur, Carl Antón Larsen. En la isla Paulet se han realizado los estudios preliminares, planimétricos y de contexto, para iniciar las tareas. En principio, y con un estudio previo del impacto ambiental, se construirá un cercado de alambre tejido, con materiales que ya se encuentran en la estación Marambio, para evitar nuevas nidificaciones en la construcción -el lugar es una gigantesca pingüinera- y permitir que las precipitaciones naturales, laven los elementos que se encuentran virtualmente cubierto por detritus. Luego se realizará una prospección arqueológica para el recupero de los materiales de museo, y por último se encarará la reconstrucción de la vivienda. Los elementos se encuentran muy deteriorados por la acción de los ácidos del guano, incluso unos cajones conteniendo víveres, que dejara la corbeta "URUGUAY" y que se encuentran en el interior de la vivienda, se deshacen al solo tocarlos, de manera que hacen muy problemático su recupero.

La tumba del marinero Wennesgaard, próxima a la choza, se encuentra en buen estado de conservación, aunque se estima conveniente cercarla, para evitar la nidificación y de ese modo darle la relevancia que el monumento tiene.

En el pasado verano 1993-1994, hemos sobrevolado la isla Paulet y encontrado los restos de un "cairn" construido por los náufragos en la parte más alta de la isla para llamar la atención de alguna expedición que viniera al rescate. En la próxima campaña relevaremos en forma más precisa dicho monumento. (ver en Histarmar esta nota, seccion antartida).

Este es, en apretada síntesis, la labor que desarrolla la república Argentina en el marco del programa MUSEOANTAR para la restauración y conservación de sitios históricos en la Antártida, y si bien existen sitios y monumentos más modernos relevados y prontos a ingresar en el programa, quiero señalar que pese a la escasez de medios materiales con que se cuenta para llevar adelante lo planificado, año a año se renueva el esfuerzo para cumplir la misión. Y también debe destacarse que por su significación en el orden científico y por la participación en apoyo a la expedición polar del doctor Nordenskjold que le cupo a mi país, se le ha asignado a los monumentos de esta expedición la prioridad dentro del programa de conservación del patrimonio histórico.

Los monumentos históricos conforman la identidad de los pueblos; son una preocupación constante para la mayor parte de la humanidad, e iluminan su futuro.
 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  Argentina

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