Historia y Arqueología Marítima

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Carmelo - Rep. Oriental del Uruguay

RESEÑA HISTÓRICA DEL CARMELO

por A. L. Taullard (o bordo del "Cerrazón")

Indice Puertos

 

Fuente: Neptunia 1939

Reseña Historica del Carmelo Los "Talleres" de Carmelo Astillero Carmelo de MDF S.A
CARMELO-Viaje1938 El Varadero de Carmelo  
Carmelo constituye en el momento actual (1939) el lugar de atracción más frecuentado por el yachting argentino, adonde concurren los días feriados el mayor número de embarcaciones de placer porque se disfruta de una magnífica playa de arena y un abrigado fondeadero de aguas tranquilas y reparadas.

Muchos de los yachtsmen ignoran posiblemente su interesante pasado que se remonta a la época del descubrimiento del Río de la Plata, y creo que resultará interesante hacer una suscinta reseña histórica de las hechos más sobresalientes acaecidos en este lugar.

El primer hombre blanco que pisó en estos parajes fué Juan Díaz de Solís en 1516, cuando descubrió el Río de la Plata. Desembarcó confiadamente con un pequeño grupo de compañeros para explorar las playas existentes entre el paraje conocido por Punta Piedras y la desembocadura del arroyo de Las Vacas, pero le salió al encuentro una horda de indios charrúas que asesinó al célebre navegante y a todos sus acompañantes (excepto uno que logró salvar el pellejo gracias a sus pies ligeros). Estos indómitos charrúas, dueños y señores de estas tierras, mantuvieron alejados de la zona durante un siglo a los exploradores europeos. Recién en 1603 llega procedente del Paraguay por orden de Hernandarias, un paraguayo llamado Antonio Salinas, conduciendo el primer vacuno desembarcado en tierra uruguaya. Trajo consigo dos manadas de yeguas y 100 vacunos que fueron desembarcados en un arroyo que desde entonces se llamó de "Las Vacas"; explícase así el origen de esta denominación.

A fines del siglo XVIII, el pueblito más próximo a la boca del arroyo de Las Vacas era un modesto rancherío que desde el año 1760 vegetaba aislado y desamparado a orillas del arroyo de Las Víboras. Tan precaria era su existencia en ese emplazamiento que trataron de trasladar a sitio más apropiado su pequeña población rural. Se eligió el arroyo de Las Vacas porque allí se disponía de un excelente puerto natural para el comercio de los productos rurales de aquellos campos, que podían así tener asegurada su salida mediante "lanchas de trajín"; con ésto se fomentaba la industria de los campos y se aliviaba la miseria del mortecino pueblito de Las Víboras.

Corresponde al Carmelo el honor de un episodio decisivo en la historia de la independencia de los Orientales, cuando el 9 de abril de 1811 desembarca allí el General José Gervasio Artigas con una compañía del regimiento de Patricios y se dirige a la Calera de las Huérfanas, para ponerse al frente del movimiento insurgente dirigido contra la dominación extranjera. Aún persisten en las inmediaciones, semi -olvidados y en estado ruinoso, monumentos históricos de esa gloriosa época, dignos de recordación; se hallan en la Calera de las Huérfanas y consisten en los restos de una capilla y el horno de la calera (de donde se extraía la piedra para hacer cal durante la época colonial). Artigas mismo, siendo Jefe de la Provincia Oriental, fué el verdadero fundador de Carmelo. El 12 de febrero de 1816 crea por decreto el pueblo de Las Vacas (llamado en la actualidad Ciudad de Carmelo), debiendo considerarse esta última como la verdadera fecha de su fundación.

A la nueva localidad se trasladaron inmediatamente los pocos vecinos que aún vivían a orillas del arroyo de Las Víboras; inmediatamente se procedió al trazado del pueblo por el Alcalde de primer voto, don Francisco R. Landívar, quien en colaboración con un Piloto de Alturas como agrimensor, delínea la traza del pueblo de Carmelo en 1822. El pueblo se levantó sobre la margen derecha del arroyo, sobre una planicie no muy alta y en medio de campos fértiles. Los primeros pobladores sumaban la modesta cantidad de 300 personas, pero alojados en lugar tan próspero, el número de habitantes se desarrolló rápidamente y llega, en 1872, a 2.500 personas.

A poco de fundado, el puerto de Las Vacas, adquiere creciente movimiento comercial; ya desde 1818 el cabotaje emplea pequeñas balandras, que salían "de vacío" con unos pocos pasajeros hacia Buenos Aires y retornaban con mercaderías surtidas, tales como tirantes de palmas, maderas, y diversos artículos. Entre las embarcaciones más conocidas se recuerda la balandra de don Sandalio Nicolau y el pequeño queche de don Miguel Vadell, además de uno que otro bote de isleño y carboneros. Si los barcos a vela no podían entrar en el arroyo de Las Vacas por encontrar viento de proa mayormente si calaba más de seis cuartas, o si les faltaba agua para franquear el banco que cerraba la boca del arroyo sin varar, podían fondear afuera del mismo, a media legua de su embocadura y al abrigo de la isla Sola, o Solís, esperando allí confortablemente protegidas de la marejada, la oportunidad para entrar al arroyo.

En esa época, el aspecto que presentaba el arroyo de Las Vacas, era, por cierto muy distinto del actual. El cauce estaba erizado de piedras y toscas que sólo podían esquivarse con la guía de un buen baquiano o práctico del lugar; difíciles de trasponer fueron los pasos de la Casilla y la Vuelta de Quiñones. La boca estaba cerrada por un banco de arena y una pequeña islita que desaparecía bajo las aguas con un mediano repunte o creciente del río. A los lados del mismo corrían dos pequeños aguajes, siendo de mayor profundidad el más próximo a la costa, según puede verse en el pianito adjunto. Aún persiste este islote sin nombre (que algunos llamaban con la denominación no oficial de Islote de la Boca). En la actualidad se halla por afuera de la escollera N. y unido a la orilla por el embancamiento progresivo, formando en realidad, casi una verdadera península, rodeada de juncales y en cuyo centro brotan algunos arbustos, dos ceibos y dos sauces.

La boca del arroyo se reconocía desde afuera por un grupo notable de eucaliptus que se destacaba netamente sobre el monte de talas y espinillos que en tupida maraña brotaban en la punta de la boca. Los barcos, cuando faltaba agua para trasponer la barra, fondeaban afuera, y la carga, granito de las canteras, carbón, leña, tirantes de palmas para la techumbre de los edificios coloniales, cueros salados, etc., se transportaba en lanchitas o carros, según las circunstancias y el variable nivel del agua. También los veleros que estaban fondeados en el Paraná Guazú y en el canal a su frente y que por causa del viento tenían que permanecer afuera, podían obtener víveres frescos en el Carmelo; en él se encontraban además varios negocios de artículos para la marina en general

En caso que el mal tiempo y los fuertes vientos del sector Sud arbolasen marejada, buscaban el reparo de la isla Sola; a sotavento de ella había aguas mansas. Esta isla es un cayo cubierto de mangle; actualmente se la llama en el país "Bola", pero antes conservó entre los navegantes, el nombre de isla Solís (sin duda por tradición en memoria de Juan Díaz de Solís), y con este título se la consignó durante mucho tiempo en las cartas náuticas. En el medio de ella se erguía un legendario "higuerón" de frondosa copa que hacía las veces de centinela avanzado del pueblo; estuvo habitada por pescadores hasta la terrible creciente del año 1914, que arrazó con todo lo que había en ella.

A partir del año 1832, el puerto de Las Vacas adquiere mayor movimiento; es incesante el ir y venir de balandras, botes y balleneras, y casi no pasaba día sin que llegase alguno con numerosos emigrados que huían de la tiranía desde el Puerto de Las Conchas, San Fernando o San Isidro.

En esa época el trabajo escaseaba y los unitarios exilados pasaron difíciles momentos. Muchas familias vivían humildemente del amasijo y de la costura. En 1836, falleció allí el coronel Leonardo Rosales, héroe argentino de la Independencia, que había servido a la patria bajo las órdenes de Azopardo y Brown. Durante la época de Rozas tuvo que emigrar y vivió muy pobremente en el Carmelo, donde vendía alfajores de fariña y tortitas criollas con azúcar rubia de Cuba quemada, que elaboraba su asistente, el pardo Juan Flores.

A partir de 1869, se inició en los alrededores del Carmelo, la transformación de los campos de pastoreo en una de las zonas de agricultura más importante del país. En ese mismo año se funda, presidida por don José de Ornar, la sociedad que explota el vaporcito a ruedas "Carmelo", para la navegación entre Carmelo y Tigre (lo construyó don Juan Marshall por 6.000 pesos fuertes). Iniciada la época de verdadero progreso, prosiguen incesantes trabajos de obras públicas; así en 1883 se lleva a cabo la construcción de un muelle de piedra sobre la ribera del pueblo entre las calles del Plata y del Carmen, primera obra portuaria del Carmelo para facilitar las operaciones de carga de i mercaderías y embarques de pasajeros.

En el año 1896 se inicia la canalización del arroyo de Las Vacas, obra completada en 1905, con lo que se suprimieron las piedras y toscas que dificultaban la navegación de varios pasos en su curso inferior, especialmente el paso de la Casilla, próximo a la boca del arroyo, y el paso Vuelta de Quiñones, donde los señores Juan O'Connor y Cía., habían construido un muelle de piedra (que aún existe) para cargar los barcos con el granito extraído de las canteras del "Cerro del Carmelo", 12 kilómetros aguas arriba del arroyo, donde un salto de agua pone límite a la navegación.

En 1896 se proyectó la construcción de las escolleras de defensas laterales al canal de entrada, prosiguiendo hasta 1901 dichos trabajos, con lo cual se suprimieron las dificultades de trasponer la barra en la boca del arroyo.

En 1912 se inauguró el puente giratorio, hasta entonces se cruzaba el arroyo de Las Vacas por el paso de Las Contreras, con una balsa cuyo servicio había sido inaugurado en el año 1878.

Esta es la suscinta reseña histórica del puerto del Carmelo y del arroyo de Las Vacas, breve relato de los episodios más directamente relacionados a la actividad náutica. Muchos de los datos arriba consignados fueron compilados por el erudito historiador carmelitano Dr. Juan G. Salono, a él mi agradecimiento.

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