Historia y Arqueología Marítima

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Fuente:  Revista Neptunia•por José Aixalá

Este interesante relato, escrito por el señor José Aixalá, caballero español residente en La Habana y tomado del "Boletín Oficial del Centro de Detallistas" de aquella ciudad nos da a conocer un hermoso rasgo de humanidad realizado por el capitán del bergantín español "Segundo Emilio", don Bernardo Camp. Este noble marino expuso su vida al dar como garantía la suya, pues acompañó a unos náufragos durante toda una noche en una balsa hasta que su propio barco regresó a buscarlos.

Quizá no será aventurado decir que este caso sea único en la historia de la navegación, en el cual un capitán, con un gesto admirable, abandona su embarcación y comparte las penurias de 72 náufragos.

"El tráfico de carga y pasajeros entre Las Antillas como la navegación trasatlántica en los comienzos del siglo pasado, se hacía por veleros de diferentes tipos en los cuales abundaban los bergantines catalanes, construidos en Lloret de Mar, San Feliu de Guixols, Mataró, Arenys de Mar, Masnou y demás astilleros de la Costa Brava, entonces convertida en un verdadero emporio de riqueza, colmena de trabajo para construir embarcaciones de alto bordo, cuyos capitanes se esparcían por el Nuevo Mundo hacia la conquista de mercados en suprema cordialidad.

Hasta que Fulton, en Septiembre de 1807, no se hizo admirar con su "Clermont" navegando contra la corriente de Nueva York a Albany, con un éxito sin precedentes, no se tomó en serio la navegación a vapor.

Luego le siguió Mr. Bell con el "Comet" en 1812 y le cupo en suerte al año 1845 a un vapor inglés, de hierro, el "Great Britain", que iniciase el cruce del Atlántico, marcando así la desaparición de los barcos de vela para el gran comercio de la expansión mundial".

"Sigamos pues, con el naufragio del vapor inglés ocurrido en 1847, al embestir los arrecifes de "Los Colorados" en la costa del Norte, muy extensos y peligrosos, en el Archipiélago de Guaniguanico, casi frente a los Arroyos de Mantua. — ¡Uy, los barcos de vela que allí se astillaron son incontables!"

"Por eso llama más la atención ver que, a los dos años de haberse iniciado la travesía del Atlántico por el vapor de hierro "Great Britain", se perdiese sobre los dientes de perro en los bajos de "Los Colorados", un vapor británico con numeroso pasaje a bordo. En su salvamento, concurría la tradicional circunstancia de hallarse presente un catalán, en toda acción, la heroica de aquel tiempo. También aquí lo veremos aparecer para bendecir su nombre, misericordiosamente humano, hasta el sacrificio personal".

"Don Bernardo Camp era el condueño y capitán del bergantín "Segundo Emilio" un hijo de Barcelona dedicado a hacer viajes entre La Habana y los puertos de Yucatán, con resultados provechosos en sus rutas por la "Sonda de Campeche", en donde se consideraba como uno de los más veloces de los veleros catalanes. Sus condiciones marineras eran celebradas. La buena marcha al empuje del velamen era de una supremacía magnífica y obediente al querer del timón. ¡Así estaba de ufano su condueño y capitán!"

"En un viaje despachado de La Habana para la rada de Campeche, con un cargamento valioso, navegando con proa al oeste, al cruzar el Canal de- Yucatán, el piloto de guardia vio un bote tripulado por cuatro náufragos, pidiendo auxilio al bergantín tan veloz".

"—¡Capitán! — gritó a su camarote — ¡Se ven en medio del Canal a unos náufragos en un bote, pidiendo auxilio!

"En dos brincos, don Bernardo Camp se puso junto al timón. Con el telescopio, reconoció a los que hacían señales de salvamento y en el acto mandó poner la proa hacia el bote. Cuando estuvo a su vera les preguntó:

"—¿Qué les ocurre a ustedes?..

""'—¡Hemos naufragado cerca de aquí! Necesitamos socorrer a nuestros compañeros.

"—¡Suban a bordo! Icen el bote.

"—Naufragamos en Los Colorados. El vapor inglés "Tweed" se fué a pique. . ."

Con todas las ansias de resucitados, se les recibió a bordo. Les preguntaron por sus desdichas personales, que ya no les atormentaban, pero llenos de terror le dijeron al capitán que el vapor inglés "Tweed" con 76 pasajeros se había hundido en las rocas de los bajos de "Los Colorados".

"Los 72 que allí se hallaban, habían echo una balsa con los restos del vapor en donde se sostenían a la ventura. Cuando salimos en busca de amparo, creyendo que en el paso del Canal, nos sería más fácil hallar auxilio, solo les quedaban cinco barriles de galleta, dos pipas de agua y alguna caja de fiambre que pudieron salvar".

El intrépido capitán que mandaba el bergantín salvador, viró en redondo, navegando hacia "Los Colorados", hasta ponerse al pairo, lo más cercano al cuadro horrible, con los desesperados seres humanos que sobrevivían al naufragio, teniendo en su aspectos toda las manifestaciones del terror ante el peligro de su muerte amenazadora.

El capitán Camp mandó arriar un bote, remando hacia la balsa de la tremenda escena, antesala de los moribundos, para ofrecerles el socorro tan anhelado en trance de tan angustiosa situación.

Del primer grito llamó a los españoles. Eran siete. Entre ellos había un catalán barcelonés, casado con una inglesa, que iban de Nueva Orleans a Charleston con su hijita, en traslado de agencia para la mayor expansión en el negocio de exportar madera, para el Mediterráneo.

"—¡Entren en el bote los siete españoles! En seguida, que se hace tarde y no puedo arriesgarme en esta situación. La corriente del golfo puede hacer peligrar mi bergantín.

"¡Dios santo, el conflicto que se armó!

"El alboroto desesperante estalló fulminante, con gritos de profundo dolor.

"¡Esto es una tremenda engañifa!

"Embarcar unos cuantos para dejarnos aquí, es decretar nuestra muerte.

"—¡Calma, señores! Tengan fe en mi promesa. He de volver al romper los claros del día — decía el capitán.

"El agente catalán que entraba entre los siete españoles, le decía al paisano mío que le permitiese llevar a su mujer y a su hija, con lo cual el conflicto entró en otra fase de terror.

"Para solucionar el estado caótico de tantos desesperados, el capitán les prometía y juraba por su honor que solo se apartaría de aquel lugar de peligro para su bergantín. Que volvería al amanecer a recogerlos, cosa que no podía hacerse en la obscuridad de la noche que se les venía encima.

"Viendo el cuadro de locura de los náufragos, que no había forma humana de convencerlos, entonces les ofreció para garantía de sus vidas que iba a quedarse él durante la noche, en la balsa, con lo cual calmaba el temor de un engaño y desde la balsa ordenó se alejase el barco hacia afuera, liberándose del cuarto cuadrante. Tomada tal resolución y unido con los náufragos de la balsa, dio orden al segundo de a bordo para que se alejase de la costa y se apareciera al amanecer del nuevo día.

"Entre los siete españoles que estaban en el bote, con los gritos del agente catalán queriendo llevarse a su mujer e hija, los de la balsa convinieron, para su mejor garantía que no solo el capitán compartiese su estancia en la balsa, sino que el agente de la madera se fuese a bordo del bergantín, sin su esposa e hija, en garantía de la vuelta, en caso inesperado.

"¡Qué noche de angustia! ¡Qué terror para la madre, con su hija, bajo la bóveda celeste, encima de una balsa frágil, expuesta a los embates del mar! Si terribles fueron las noches pasadas, más horrorosa les pareció aquel suplicio de Tántalo!

"Pero ¡que gran consuelo recibieron también al ver en la madrugada siguiente la silueta del "Segundo Emilio" destacada en el horizonte cercano, con su velamen desplegado en busca de los infortunados náufragos!

"A medida que el bergantín se aproxima, ellos juntaban las manos al verse redimidos del peligro, para dar gracias a Dios. El catalán de la agencia de maderas sufría de temblores emocionantes, desequilibrado, por la salvación ya cercana de un final que representaba la escapada victoriosa de la muerte. La esposa inglesa, con su hija apretada contra su pecho, lloraba con risas neurasténicas al ver acercarse su salvadora embarcación.

"El capitán don Bernardo Camp contemplaba la apoteosis de su obra misericordiosa como seguramente contempló Moisés desde lejos la tierra de Promisión.

"—¡Gracias a Dios por su infinita bondad! — decían los españoles.

"—¡God Bless you! — gritaba el capitán del "Tweed" abrazando al del bergantín español, llorando a lágrimas vivas como los demás.

"Los salvados en la balsa, se trasladaron al "Segundo Emilio" cuyo transbordo se hizo en dos botes y de una manera feliz. La señora inglesa, esposa del agente catalán, cuando pisó la cubierta del bergantín español, parecía loca de alegría. Se abrazó a su esposa con frenético ardor; besó las manos de Don Bernardo con ardientes lágrimas de gratitud. Con tal emoción, la dama perdió el sentido en conmovedora escena entre madre e hija. Sus compañeros salvados derramaban también abundantes lágrimas. Fué la explosión del sentimiento de gratitud presionado por el dolor de una muerte en acecho, que ahora se trocaba en feliz hallazgo, con la salvación bendita que les produjo la humana conducta del capitán don Bernardo Camp heroico salvador de las víctimas de aquel naufragio sobre las rocas de los traicioneros bajos de diente de perro de "Los Colorados".

"Resultó uno de los salvamentos más notables, que repercutieron por todos los puertos ingleses y españoles.

"Llegado el bergantín "Segundo Emilio" a la rada de Campeche, para donde estaba despachado desde la Habana, el Cónsul inglés confesó ser pariente de la esposa del agente catalán destinado a Charleston.

"Al enterarse de la gran hazaña realizada por el capitán don Bernardino Camp, el heroico salvador de todo el pasaje y tripulación del vapor inglés "Tweed" el cónsul británico, puso en conocimiento de su Gobierno todo cuanto supo del salvamento efectuado y la forma modaticia para garantizar a los náufragos, la vuelta a su balsa de refugio, porque la noche con ventolera del cuarto cuadrante, ponía en peligro al velero español.

"Los personales actos humanitarios del misericordioso marino tranquilizador de conciencias perturbadas, fué un timbre de gloria para España.

"Por acción tan caballerezca y humana, la Reina de Inglaterra le regaló al capitán de "Segundo Emilio" un medallón de oro macizo con el busto en relieve de S. M, Británica, con un grueso cordón labrado a manera de cable para sostenerlo y un escrito laudatorio.

"El Ayuntamiento de Londres, le obsequió, también, con una preciosa bandeja de plata, en cuyo centro estaban grabados los escudos enlazados con las armas de España e Inglaterra, con una inscripción en ambos idiomas, expresando este acontecimiento marítimo tan importante.

El "Lloyd" de Londres, puso su nombre en letras de oro en la Sala de Sesiones y le remitió una Biblia con un anteojo de mérito extraordinario.

El comercio de la Habana le obsequió con un rico alfiler de brillantes, un cronómetro y un sextante, escogidos entre lo mejor que tenían los prenderos de San Cristóbal de la Habana.

La Reina de España, le concedió un título. El Ayuntamiento de Barcelona bautizó una de sus calles con el nombre de Bernardo Camp y por todo el mundo fué bendecido este nombre de notable acción en la mar, que había realizado un salvamento de mérito extraordinario, que conmovió el mundo ante una resolución tan original como asombrosa en sus detalles de belleza sentimental ¡lo que son las rarezas de la fortuna! Don Bernardo Camp, el heroico marino catalán cuya celebridad no tuvo límites, acabó sus días con la amargura de verse arruinado por adversidades en su negocio navegando en un bergantín de su exclusiva propiedad, al que había bautizado con el nombre de "Tweed". Tal parece que el ñeque de! embarrancamiento se inyectó en el destino endiablado caprichosamente con la mala suerte del infortunio inmerecido.

El humanitario capitán, salvador de los 76 náufragos del vapor inglés perdido en los arrecifes de "Los Colorados", por ironía del destino murió pobre y olvidado de sus coetáneos y en la desconsoladora miseria que le cupo por mala suerte, al final de su vida tan llena de méritos admirables.

 

  

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