Historia y Arqueología Marítima

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Fuente:  Revista Neptunia - Por Carlos Mac Iver Ross

Hace unos treinta años todo el comercio de los ríos del Sur se efectuaba por mar en vapores de menos de seiscientas toneladas, construidos especialmente para poder pasar las peligrosas barras de esos ríos; después los ferrocarriles, que son todos de propiedad del Estado, con sus tarifas reducidas al costo, mataron este tráfico, junto con los naufragios que terminaron con toda la flota de vapores barreros.

El "Lumaco" de quinientas cincuenta toneladas, construido en Glasgow, bajo condiciones especiales para esta navegación, estaba atracado al muelle en Puerto Saavedra, con sus despachos listo para zarpar con destino a Valparaíso y sus máquinas en estado de maniobrar al instante: se esperaba solamente que el práctico del puerto izara la señal para emprender viaje.

Por fin, una mañana de sol, plena de luz, el viento del Sur hizo flamear en el mástil del semáforo, frente a la barra en un cerro alto como centinela de la costa, la bandera de atención, se largaron las espías, se viró el ancla y las palas de las hélices azotaron en un par de vueltas las aguas cristalinas del río como preparándose para la lucha con las rompientes. Está todo listo, es la hora de pleamar y al arriar la señal de atención, se extiende al viento la bandera blanca que indica barra buena; en esos momentos se oyen los sonidos vibrantes del telégrafo de puente, primero despacio avante y en seguida a toda fuerza.

Al enfrentar el semáforo el buque comienza a cabecear con el oleaje grueso del océano, es la entrada a la palestra. Bajo las indicaciones del práctico, que dirige el rumbo desde tierra y desde una altura que domina toda la vista del canal, el "Lumaco" va virando en zig zag, pero poco antes de alcanzar la mitad del trayecto la violencia siempre creciente del viento ha levantado una marejada muy gruesa que, en su sinuoso trayecto toma al vapor de costado. Una ola extraordinariamente grande levanta al buque y después lo azota contra el fondo de arena, quebrándole el timón, el capitán ordena, una virada, los guarnes no obedecen a la rueda y el barco no vira, entonces recurre a las máquinas, ordena avante a todo vapor a la de estribor y atrás a todas las fuerzas a la de babor; varias veces se repite la maniobra y se logra virar en redondo para volver al puerto, pero las rompientes son cada vez mayores y el viento ya es huracanado, en cada cabeceada las hélices quedan en el aire y el "Lumaco" deriva hacia los bancos de arena.

De repente se oye un ruido y el casco se estremece, es el primer golpe mortal, es la sombra del naufragio que va envolviendo al buque con la red inexorable del destino. Sigue la lucha, las máquinas dan a toda fuerza avante o atrás según sea necesario para alcanzar el canal, pero ya el agua ha comenzado su obra invasora, a cada golpe saltan unos remaches, se aflojan las planchas y las bombas, a pesar de todos los esfuerzos son impotentes para combatir el nivel siempre ascendente del agua, el ingeniero, como el médico que va viendo como decae el pulso del enfermo avisa cada cierto tiempo al capitán, cuanto falta para que el agua llegue a los fuegos.

El "Lumaco" ha alcanzado al canal, pero ya el agua ha llegado a los ceniceros y salpica las parrillas, la presión ha bajado, las máquinas y las bombas disminuyen el ritmo acelerado de su marcha, ya es la agonía que comienza. Ahora el barco es arrastrado fácilmente sobre los bancos de arena, donde se vara y ya no se levanta al golpe de la ola, sus bodegas y cuarto de máquinas están inundados, abajo todo es silencio y quietud; sobre cubierta corre a torrentes el agua y en sus costados ya vencidos se estrellan con estrépito las rompientes en un grito triunfal, mostrando como cimeras sus penachos de espuma. Mientras el drama se desarrolla, las banderas de señales han ido haciendo el relato mudo y heroico del naufragio del  "Lumaco".

En el puente está el capitán con el ingeniero y dos timoneles, que permanecen inmóviles al lado de la rueda, se organiza todo para el salvataje de la tripulación, ya que salvar la carga es imposible, los botes de sotavento están listos para arriarlos. Como el viento continúa fuerte y la marejada gruesa, y ya el buque asentó firmemente sobre el banco de arena se decide esperar el día siguiente para el desembarco, porque el barómetro está alto y en la costa chilena las mañanas son casi siempre de calma, en el fondo parece haber una razón sentimental, todos sienten angustia de abandonar al "Lumaco" tan hermoso y buen marinero.

En la mañana se arrían los botes, se embarca primero la gente y quedan a bordo los oficiales, que parece buscan un pretexto para demorar la partida. El ingeniero baja al cuarto de máquinas y tras grandes esfuerzos saca la plancha de bronce con el nombre del constructor, igual cosa hace el capitán con la plancha de los astilleros; mientras tanto los marineros en vez de irse a la costa han rondado por el casco como despidiéndose del buque desde el bote. Por último ha llegado el momento en que los oficiales deben embarcarse en el segundo bote, pero ante todo suben al puente, se descubren silenciosos y bajan tristes hasta la embarcación que los espera; hay lágrimas en los ojos de esos hombres al abandonar el barco ya perdido, hay dolor en esos corazones que no temblaron al golpe brutal de la tempestad, que no supieron de desaliento ante la rabia furiosa de las olas y los huracanes.

Durante el verano los vientos del tercer cuadrante y el río fueron acumulando arena alrededor del esbelto casco, hasta formar un islote, como sudario movedizo que envolvía al buque muerto. El invierno con la mayor creciente del río y el cambio de viento socavó el lecho del viejo "Lumaco", hundiéndose el casco hasta llegar a la tosca, quedando fuera del agua, solamente el mástil de trinquete, como la lanza orgullosa de un cruzado caballero muerto en el campo de batalla, y durante años fué el último vestigio de ese naufragio.

Me tocó recibir en depósito, de parte del Lloyd de Londres, los despojos del naufragio, que fué todo lo que se pudo salvar por ser liviano y fácil de flotar o capaz de transportarse en los botes salvavidas: el compás, correderas, cartas, servicio de mesa, ropas de cámara, bandera, algo de cabullería, telégrafos de puente, faroles y muchas otras cosas pequeñas. Eran los despojos de la tragedia, lo que el vencedor dejó sacar.

Como pago de mi intervención y como recuerdo, yo recibí la bandera del buque, una bandera chilena descolorida por los chayazos del mar y deshilachada por los vientos, la que conservé muchos años.

 

  

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