Historia y Arqueología Marítima

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CEMENTERIO DE BARCOS

Indice Accidentes Marítimos

 

 

Fuente:  Revista Neptunia- por CarlosMac Iver Ross -  Valparaíso (Chile)

En la costa chilena por los 37° Sur desemboca en el océano Pacífico el río Imperial, de caudal turbulento y rápido en sus comienzos en los abruptos valles cordilleranos, que se transforma en tranquilo y caudaloso al llegar a las planicies bajas y fértiles que rodean su cauce en gran parte de su carrera, entre boscajes donde en verano ondea como un mar el milagro dorado del trigo que son una nota de color en medio del predominio del verde obscuro en los bosques y en los grupos de arbustos que bordean las aguas, más claros en los pastos donde retoza el ganado.

Al final de su carrera el río recibe la palpitación de la marea, pulsación vital del océano como anticipo de su abrazo eterno con las aguas del mar, abrazo que en la boca del río tiene toda la grandeza del oleaje y muchas veces el horror de la tragedia.

La barra del Imperial está formada por bancos de arena que cambian de ubicación con los vientos, a veces en el plazo de pocas horas, haciendo inútil el levantamiento de cartas, por lo que es imprescindible la presencia de un práctico para cruzarla.

En los tiempos de la conquista y descubrimiento de las tierras de Arauco, por el gran capitán Pedro de Valdivia, a quien los chilenos consideramos como el primer padre de la Patria que fué suya por su obra y por el amor que tuvo a este suelo donde descansan sus huesos venerados por todo un pueblo, cuando este hombre héroe fundó la ciudad Imperial, en honor de Carlos V, en el sitio donde hoy se encuentra Carahue, surcaron por primera vez las aguas profundas y cristalinas de este río, los pataches y galeones que venían trayendo vituallas y regresando cargados con oro arrancados al misterio de la selva y a las entrañas de la Cordillera de Nahuelbuta. Según la tradición, varios fueron los barcos que se hundieron en la barra y hace algunos años se encontraron piezas de cobre y trozos de maderas europeas en la boca del río.

No hay noticia cierta de naufragio hasta' el año 1872, en que se hunde un barco, pequeño vapor de madera del servicio auxiliar de la Armada, llamado "Maule", y en cuyo recuerdo los hidrógrafos navales bautizaron el farellón, a cuyo pie se encuentran hasta hoy sus restos.

Pasados los años y cuando ya se levantaron en las márgenes del río algunos pueblos, creándose el comercio, la vía marítima fué el único medio de abastecer esas nacientes poblaciones y sacar los productos de esas selvas in-tocadas, el movimiento de vapores se intensificó siendo varios los barcos que pagaron el tributo exigido por el río, como si un monstruo mitológico guardara celoso esa" barra donde se confunden en la majestad del oleaje brioso por el azote del viento y coronado de espuma las aguas arrancadas a las nieves de los Andes con las salobres del océano.

Actualmente con el embaucamiento de la barra y la disminución de tonelaje extranjero en nuestras costas, el río Imperial tiene sólo el servicio local de los vapores pequeños que lo recorren en toda su extensión navegable.

En cambio, hay una intensificación notable de la pesca; en la parte superior de su curso los salmónidos abundan, especialmente la trucha salmonada o del Rin, que se pesca aún en la misma ciudad de Temuco encontrándose

hermosos ejemplares aún en ios arroyos tributarios de menor importancia. Este salmón, una vez alcanzado el primer período de su desarrollo, baja por el río en su migración hacia el mar, pudiendo capturarse en abundancia en las cercanías de la barra. A su vez, los ejemplares que ya en el océano han alcanzado su plena madurez, entran en el río en su viaje de ascenso hacia la región cordillerana, buscando las aguas claras y cargadas de oxígeno de los torrentes para depositar sus ovas, en nidos que forman en el fondo de los remansos. Por medio de marcas inoxidables que se ponen en la aleta dorsal de estos peces, se ha podido comprobar que vienen a desovar a los mismos ríos donde nacieron.

La pesca de estas especies está prohibida para fines industriales y sólo se permite capturarlas a los deportistas.

En el estuario del Imperial abundan los peces anadromos, encontrándose abundancia de corvinas en los meses de primavera y verano, las que se capturan con trasmallos, aventurándose los pescadores hasta las rompientes de la barra en botes planos de cinco a siete metros de eslora muy semejantes a los dories americanos del banco de Terranova. Además, hay mucho róbalo, lisa y pejerrey en el interior del río.

En el lago Budi al lado Sur del río hay mucho lenguado, algunos hasta de un metro de largo; hacia el Norte en la laguna de Tro-volhue se encuentran hermosos ejemplares de bagres que, aunque no son los Adonis y Narcisos de las aguas dulces, son bastante sabrosos.

Los pescadores profesionales usan anzuelos únicamente para el lenguado, y para las otras especies exclusivamente las redes. Los deportistas que visitan estos lugares pescan a la caña, excluyendo el pejerrey y la lisa, todas las especies, y a veces la corvina con anzuelo remolcado, o a la chispa como llamamos aquí.

Ocasionalmente arriban algunas especies marinas, pues las aguas son saladas en unas quince millas ría aguas arriba, y tras ellas llegan grandes cardúmenes de toninas, que con sus acrobacias perturban la tranquilidad de esas aguas donde abundan las aves marinas, tales como el cormorán negro, las gaviotas, patos de diferentes especies y gualas. En invierno aparecen algunos pingüinos.

De cuando en cuando el bramido de los lobos marinos pone una nota extraña en el río, donde parecen amalgamarse las aguas dulces y del mar.

Hace algunos años no era raro ver pasar una bandada de cisnes chilenos, "de cuello negro de terciopelo y plumaje blanco como la espuma" como los describiera el poeta Augusto Winter, en uno de los poemas más bellos y sentidos, "La fuga de los cisnes".

Augusto Winter, que duerme su sueño eterno frente a la barra y frente al río, fué el trovador de alma delicada que cantó la belleza de estas tierras, como Sabat Ercasty ha cantado al Plata.

Entre los recuerdos históricos del río Imperial, aparte de los combates épicos entre españoles y araucanos que tuvieron por escenario sus márgenes, hay una isla pequeña, la "Isla de doña Inés", que el gran capitán don Pedro de Valdivia regaló a su querida doña Inés de Suárez, la primera mujer española que pisó tierra chilena.

  

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