Historia y Arqueología Marítima

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Fuente:  Revista Neptunia

En navegación de Buenos Aires a Valparaíso, bordejeaba este velero italiano en el mes de Mayo del año 1885 a las órdenes del capitán Andrea Penco, para tratar de montar el Cabo San Juan (Isla de los Estados), mientras una calma chicha que poco a poco se acentuaba lo estaba inmovilizando frente a esa abrupta costa, en tanto que fuertes corrientes lo abatían hacia tierra.

El ancla por fin mordió tenedero firme y la crítica situación del velero pareció haber desaparecido, pero durante la noche se levantó un fortísimo viento del largo, el ancla comenzó a garrar y en menos tiempo del que se necesita para narrarlo, el "Ana" quedaba aprisionado entre las restingas que bordean la costa y a pocos metros de ella. La tripulación apenas tuvo tiempo de lanzar un bote al agua y la orilla ganar a fuerza de puños.

Con las primeras luces del siguiente día pudieron observar que el "Ana" había desaparecido. Sus despojos eran juguete de la resaca que violentamente los arrojaba sobre las rocas o los volvía a hacer flotar para azotarlos luego con más furia.

Aislados del mundo sobre el inhabilitado islote Zeballos situado frente al cabo San Juan, en pleno invierno, desprovistos de todo recurso, amenazados de muerte por la inclemencia del frío, del hambre y la sed, no quedaba a esos hombres de mar más que dos caminos a seguir. Resignarse o morir o tentar la travesía del estrecho de Le Maire en el frágil bote que les había servido para desembarcar. Ninguna probabilidad de salvación se vislumbraba si permanecían en el islote, mientras que de la cruzada del estrecho surgían algunas pocas esperanzas, encontrar un buque que los recogiera o alcanzar el continente argentino distante 600 millas.

Aunque esta tentativa constituía una aventura, era necesario emprenderla para tener por lo menos una probabilidad, encontrar un buque que los recogiera o llegar al destino propuesto.

Seis días duró la navegación azarosa, de la terrible prueba que debían realizar, vientos contrarios de durísima intensidad, mar arbolada que corría en contra con violencia, faltos de alimentos, de agua y de abrigos, las fuerzas al cabo de ese término habíansele agotado, no había quien gobernara y menos quien bogara. La voluntad férrea de esos hombres entregó sus energías al destino, el bote quedó al garete de los vientos y de las corriente.

Nada quedaba que hacer, la muerte los circundaba, cuando de repente en la lejana línea de ese mar desierto apareció la silueta de un vapor, de un vapor que avistó las señales que le fueron hechas, que cambió de rumbo y se aproximaba a socorrer a los náufragos.

Así fueron salvados por el transporte argentino Comodoro Py los sobrevivientes del velero "Ana", capitán Andrea Penco, piloto Bernardo Costas, contramaestre Antonio Roccatagliatta y diez marineros; todos ellos !igures.

Tales son las soluciones felices que a veces tienen instantáneamente las situaciones que parece solo pueden terminar en horrible drama de mar.

  

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