Historia y Arqueología Marítima

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 LOS NÁUFRAGOS DE TRISTAN

 

Fuente: por Agostino Lávarello INTRODUCCIÓN por A. Calegari. Publicado en la revista Neptunia 1930

En el mismo año 1506 en que el Gran Almirante del Mar Océano y Virrey de las Indias cerraba los ojos en la paz gloriosa de la muerte, un violento temporal atlántico hacia que la flota portuguesa de Tristán da Cunha descubriera un grupo de tres pequeñas y escarpadas islas perdidas en la inmensidad blanco azul del gran mar austral — majestuoso reino de la mar de leva — donde vaga gigantesca e inmutable la imagen de la vida, porque el ímpetu implacable del viento occidental envuelve aquel mar en una tempestad sin fin, tal como la humanidad está destinada a un continuo rodar.

Tristán da Cunha, célebre navegante y explorador portugués.

Rocas cortadas a pique sobre las aguas rodeadas perennemente por revueltas nubes, angustiosa respiración de la onda oceánica, son la trágica visión del drama cósmico, centinelas de Dios en la soledad. Ese pequeño archipiélago tomó el nombre del gran navegante colonial portugués y en el horizonte de la historia destacan como elevadas cumbres de frente a la aurora sobre el fluctuar infinito de los mares los perfiles audaces y vigorosos de Bartolomé Díaz, Vasco de Gama y del Rey Enrique el Navegante.

Alcanzada la ruta por el Sud del continente africano después de titánicos esfuerzos para lo que fué necesario el concurso de gente itálica, la potencia lusitana lanzó sus flotas a la conquista del comercio y de los productos que el Asia tropical había hasta entonces efectuado solamente a través del Mediterráneo y de la Europa Oriental. Así fué como en la primera década del siglo XVI no menos de 132 bajeles zarparon de Portugal rumbo de las Indias Orientales. Verdaderas expediciones guerreras y comerciales a la vez recorrían las rutas de los mares sudafricanos, guiadas por expertos navegantes conquistadores, tales como Pedravarez Cabral, Joáo de Nova, Antonio Gonsálves, Tristán da Cunha, Francisco de Almeida y el Gran Duque de Albuquerque, maravillosos artífices de! imperio colonial portugués.

En 1501 Joáo de Nova descubrió la isla llamada hoy de la Ascención y en su viaje de regreso la de Santa Elena.

Tristán da Cunha pocos años después navegando desde Lisboa con rumbo a las Indias, que se convirtieron después en escenario de sus famosas empresas, — descubre casualmente otro pequeño punto firme en la inmensidad del océano, que lleva su nombre, un áspero islote que se señala en las cartas náuticas como recalada con manantiales de buena agua y útil para salvatajes.

En los albores del siglo XVI el piloto Gonzalo Alvarez descubre al Sud de Tristán da Cunha otra islita denominada hoy Gough.

Así, el rápido incremento de la potencialidad marítima colonial y por ende comercial de Portugal, corresponde una magnífica serie de descubrimientos geográficas.

Desde aquella época, anterior a la de los holandeses que la visitaran y describieran en la exploración del año 1643, el grupo de Tristán da Cunha fué frecuentemente reconocida por los navegantes.

Como veremos, este grupo de islas está situado al Sud de los vientos alísios, exactamente en los parajes en que los buques encuentran las fuertes brisas que les permiten doblar el Cabo de Buena Esperanza.

Fué grande la ventura que salvó del naufragio en esos parajes a aquel fino e ingenioso florentino Felipe Sassetti ( Carta de Sassetti, fechada en Coccino (India) de Enero de 1584, al Capitán Padre Pedro Spina caballero de Malta ), mercader, literato, prototipo del navegante moderno como lo llamaríamos hoy, que en el año 1583 en unión de otros dos italianos se dirigía a las Indias Orientales con el navio "San Felipe", Capitana de la Armada portuguesa, en viaje que duró 215 días sin avistar otra tierra que un banco de arena.

También los franceses en 1767 reconocieron el archipiélago Tristán dando los nombres de "Inaccesible" e "Isla de los Ruiseñores", que aún conservan, a las dos islitas de las cuales la primera más occidental se halla al S. O. de Tristán da Cunha.

Tal vez y ello es comprensible, de tiempo en tiempo se establecieron en ellas, piratas y salteadores del mar, que en esas rocas solitarias podían esconderse libremente, para urdir sin riesgo empresas contra los bajeles que cargados de especies y perlas provenientes de las Indias acertaran a cruzar por sus proximidades.

El Capitán Patten del velero americano "Industry" fué el primero que permaneció en Tristán con una parte de su tripulación y que ha permitido completar su historia con relatos verídicos, las vagas referencias que se tenían de ella. Patten permaneció 7 meses en Tristán, desde Agosto de 1790 hasta Abril de 1791, dedicado a la caza de focas. Durante ese tiempo coleccionó 5.600 pieles destinadas a los mercados de la India y en menos de 3 meses pudo obtener tanto aceite como para sobrecargar su "tres mástiles". Formó su campamento en las inmediaciones de las cascadas de la bahía cuyos alrededores estaban poblados de árboles bajos pero de ramas muy alargadas con la frondosidad del follaje, semejantes al tártaro por las hojas y al roble por la estructura de la madera. Por lo que respecta a la fauna, el Capitán Patten no encontró ningún cuadrúpedo, salvo una que otra cabra alzada. Esta isla estaba poblada entonces por algunos pájaros y por focas. En su interior presentaba algunas hectáreas de suelo fértil y no encontró animales ponzoñosos.

Después de aquella época Instan da Cunha fué visitada con más frecuencia y se enriqueció así con productos de variada especie.

En 1793 desembarcó en ella el erudito botánico Du Petit - Thouars con el objeto de hacer estudios científicos, pero extraviado el primer día entre las anfractuosidades del suelo, pasó la noche debajo de un árbol. Creyéndose abandonado comenzó a preocuparse de los medios de que podía valerse para salvarse. Cuando al día siguiente un destacamento de la nave lo encontró y lo llevó a bordo. El botánico se hallaba ya en un estado de desesperado espanto.

Algunos años después el Capitán Colquhoum del brick americano "Betsy" aclimató la papa, la cebolla y una cantidad de otras plantas.

Cuando en 1811 arribó a la bahía el Capitán Heywood del buque H.M.S. "Nereus" encontró a tres americanos que se habían establecido en Tristán con el propósito de recoger pieles y aceite de foca para vender esos productos a las naves que por acaso recalaran. Uno de ellos llamado Jonathan Lambert, ideó lanzar un edicto, muy curioso por cierto, por el cual se declaraba dueño y señor de las tres islas del archipiélago Tristán. Acto seguido, con tal singular investidura, aró 50 acres de tierra sembrándola con diversas plantas, café y caña de azúcar entre otras, cuyas semillas habíanle sido consignadas por el Cónsul norteamericano en Río de Janeiro. La cosecha le resultó maravillosa, pero a pesar del éxito de ese primer experimento, por "escasez" acaso de venta la colonia fué abandonada.

Poco después, el 14 de Agosto de 1816, fué ocupado el archipiélago en nombre del Gobierno Británico por Hudson Lovve por temor de que se organizara en él un golpe de mano para libertar al Gran prisionero de Santa Elena. Por esto fué instalado allí un destacamento de 5 oficiales y 36 suboficiales y soldados enviados desde la Ciudad del Cabo con sus familias, conducidos por el transporte "Falmouth".

Esa guarnición se estableció en la única meseta habitable de la isla Tristán, construyendo alojamientos y baterías. Fueron impartidas severas instrucciones, que atestiguan cuan grande era la preocupación que causaba a Inglaterra la prisión de Napoleón ya abatido en medio del océano.

Todas las naves que aparecían en el horizonte y todos los individuos que desembarcaran debían ser vigilados, especialmente si eran extranjeros y sus movimientos atentamente observados, como así también resistir cualquier tentativa de cualquier nación o particular para establecerse en el archipiélago Tristán. Un verdadero servicio de policía armada hasta que por Decreto de 30 de Marzo de 1817 el Gobierno Británico hizo oficialmente efectiva la ocupación de la isla.

Pocos años después el almirantazgo inglés reclamó a su gobierno del abandono en que se tenían esas islas. Con este motivo un cabo artillero llamado Guillermo Glass (fallecido en 1853) que había formado una pequeña propiedad en la isla, solicitó quedarse en ella con su esposa y la numerosa prole de 16 hijos, en carácter de dueño y en nombre del Rey de Inglaterra. Con la autorización de ese permiso se inició puede decirse la Colonia Tristán da Cunha.

Repetidas veces, esos nuevos Robinsones auxiliaron naves en peligro y avituallaron a los desgraciados náufragos que las tempestades arrojaban a la isla.

Ocurre entre tanto una aventura romancesca, acaecida a un joven pintor inglés, el Sr. Earle, quién menos afortunado que Du Petit -Thouars, según el relato publicado por Sainson en su diario "Astrolabio" se había embarcado en un pequeño sloop que debía conducirlo a Bengala y que apenas podría aguantar la furia de los mares australes. Las provisiones habían sido mal calculadas de tal modo que al siguiente día de la partida ya se carecía a bordo de lo más necesario en forma que cuando se alcanzaron las altas latitudes sud, fué necesario dirigirse a Tristán da Cunha para hacer agua y leña.

"Apareció la escarpada isla bajo un cielo brumoso. Fueron arriados los botes, en uno de los cuales ocupó un lugar el señor Earle que deseoso de desembarcar llevó consigo un álbum para pintar algunos cuadros de los parajes más salvajes, donde ningún pintor había penetrado antes. Apartóse para ello de los marineros que habían quedado en la orilla y saltando aquí y allá entre los riscos de negruzcas piedras, penetró en cavernas, cruzó frente a mil panoramas y siempre impelido por la curiosidad y ansiando nuevos motivos para su pintura se encontró perdido rodeado por la más agreste soledad. Preso del vago presentimiento de quedar abandonado en esa isla desierta se estremeció de espanto, y trémulo, transpirando frío sudor, ascendió a un pico desde el cual se avistaba parte de la costa y la bahía. ¡Terror! La playa, donde había desembarcado ya no estaba animada y rumorosa con las voces de los marineros. Estaba desierta y muda. En la bahía tampoco se divisaba el sloop. Allá lejos en el mar embravecido, luchando con las olas se veía el pequeño buque que parecía saludar con su pabellón inglés como pidiendo perdón al infeliz abandonado.

"El artista permaneció largo tiempo inmóvil, como clavado en el lugar con la mirada fija y ferozmente erizado el cabello como desafiando al cielo y al mar. Luego descendió la pendiente para buscar un refugio nocturno. Mientras tanto con la mirada vaga con que escudriñaba los alrededores divisó una cabaña (la vista me engaña se dijo), pero no, era una realidad. Tenía ante sí una habitación tipo inglés rodeada de césped bien cuidado, al que circundaba una blanca reja. Vasos de leche posaban sobre una banco colocado junto a la puerta. Un perro ladraba y un hombre se adelanta para hacerle algunas preguntas en inglés, considerándolo un aparecido. Todo esto no fué una alucinación, no fué un sueño. Lo que veía era al cabo artillero inglés dueño y señor de Tristán da Cunha en nombre de su rey y la casa habitación del mismo".

"Cambian entre sí algunas palabras, se dan mutuas explicaciones, se abrazan y el señor Earle es cobijado bajo techo hospitalario. Aparecen luego la esposa del cabo con algunos de los hijos, se completa así la rueda familiar, encontrándose de este modo perfectamente acompañado en una isla que había creído desierta.

"Catorce meses transcurrieron en esta vida a la que concluyó por acostumbrarse y considerarla feliz.

"Un poco de ganado bien pastoreado para permutar por bizcochos, té. café u otros artículos alimenticios con los buques que pudieran arribar, una frugal comida, una casucha bien construida, constituían todos los recursos de la minúscula colonia. Las noches eran largas y melancólicas las puestas del sol. El huésped aportó algo a la monotonía de esa vida bajo ese pobre techo.

"Como no tenía otra cosa de su propiedad que el álbum para pintar, recompensó la generosa hospitalidad enseñando a leer a los niños, valiéndose para las lecciones de escritura del reverso de las páginas de su precioso álbum que contenía ya valiosos bosquejos.

"La desesperación del pintor volcaba en esas escenas de familia un tinte de áspero terror. Había en esas hojas del álbum un cierto no se qué de sugestión, en esas hojas que contenían de un lado impresiones de grandeza y en el otro garabatos infantiles, que suscitaban impresiones aún más extrañas."

Cuando el Sr. Earle me contaba el relato detallado, de su permanencia en la isla, conservaba aún un desagradable recuerdo de esa aventura. Las escenas de sus correrías siempre peligrosas por entre las rocas persiguiendo la caza de las focas o del león marino, en las que el cabo artillero hacía prodigios de destreza, la guerra que ambos hacían a los pingüinos, cuando éstos al anochecer se reunían casi en consejo sobre una gran piedra aislada dejándose matar a golpes de palo, graves, inmóviles y serenos como los antiguos senadores, me hacían ver en Tristán da Cunha el escenario grandioso, desolado e imponente que la naturaleza había creado en esa isla, dotándola de todo aquello más soberbio y severo como cuadro de su enorme poder.

Catorce meses duró ese destierro sin que ningún buque arribara a la isla. Finalmente al cabo de ese tiempo fondeó un velero. El Sr. Earle obtuvo del Capitán un lugar a bordo y abandonó la isla entre cordiales abrazos a la generosa familia que tan bien lo había hospedado.

¡Qué interesante habría sido reproducir aquí los dibujos del señor Earle! Pero, ¿dónde hallarlos?

Poco tiempo después llegaron a Tristán para cobijarse en la ermita del cabo artillero Glass, dos marineros británicos, que ya antes durante la breve ocupación militar, habían permanecido en la isla.

¿Qué motivos de atracción tuvieron para ellos esas rocas perdidas en el océano austral? ¿Qué sugestivos aspectos debieron crear en sus mentes aquellos ásperos y míseros lugares, para renunciar a sus pensiones militares y establecerse allí?

Era gente de hombría. Uno de ellos había pertenecido al piquete de la guardia que custodiaba a Napoleón. El otro, marinero del "Victory" en la gloriosa jornada de Trafalgar, fué el que recibió entre sus brazos moribundo a Nelson, el más grande y valiente de los almirantes.

Posteriormente a la época de la extraña aventura del Sr. Earle la colonia de Tristán se vio ora acrecida por náufragos, ora disminuida por la emigración de los jóvenes y familias que huían de aquel solitario islote.

El Capitán Jeffery del brick inglés "Berwick" habíala visitado en su viaje a la tierra de Van - Diemen y a su regreso a Inglaterra habló del cabo artillero Glass, soberano de Tristán, divulgando los beneficios que había obtenido en su pequeño reino, con los productos de la caza de la foca, concluyendo por provocar una especie de cruzada hacia Tristán.

En 1828 la colonia contaba con 25 individuos, casi todos varones. Faltaban mujeres. Era necesario suplir esta fatal penuria, bajo pena de la extinción de la comunidad. Se había llegado a tan malos extremos, que los célibes confiaron a un Capitán de mar las procurara en Santa Elena. La curiosa misión fué espléndidamente coronada por el éxito, pues una multitud de graciosas moras pisó el suelo tristano. Tras breves e inevitables escaramuzas con mezcla de muecas y lamentos, estas mujeres se resignaron a la nueva vida quedándose cada cual con su predestinado compañero.

Figuraban entre ellas una viuda con cuatro hijos que encontró también en el compañero a un buen esposo y un buen padre de su descendencia.

Uno solo de los matrimonios fué fecundo, el de Alejandro Cottou, el antiguo custodia de Napoleón que como todos los viejos marineros — escribe Carlos Rabot ( L´Ilustration Sept 1922), se complacía en relatar los hechos y empresas del gran hombre de Longwood. Una de sus hijas, fallecida en 1922 gustaba repetir a su vez la historia de su padre, de modo que este mujer hasta en estos últimos años ha mantenido vivo en Tristán el recuerdo del Gran Emperador porque en ese ambiente de soledad los escasos y vagos rumores del exterior no tienen suficiente fuerza para acallar las memorias del pasado.

Alrededor del año 1830, por lo que se deduce del "Viaje pintoresco alrededor del Mundo", la colonia contaba con 7 familias paternalmente gobernadas por el Cabo Glass. que disponía de vacas lecheras, bueyes, carneros, cerdos, cabras y aves en regular cantidad, tanto que la tripulación del velero "Corporal Trini" pudo adquirir buena cantidad de provisiones asi como legumbres frescas, huevos, manteca de tan buena calidad como en Europa.

No intentamos, ni podríamos seguir de cerca el lento desenvolvimiento de esta extraña y simpática colonia. Pero es un hecho que ella ha continuado desarrollándose paulatinamente, aunque en forma irregular, sólo favorecida con el exceso de natalidad debido el clima saludable y al sano concepto de la vida o por el arribo de nueva gente de balleneros norteamericanos, náufragos en su mayor parte.

Es de notarse empero, que en los tiempos de la ruda marina a vela, cuando el vapor no existía o no había aún substituido al velero, cuando todavía el Canal de Suez no atraía todo el tráfico marítimo para los puertos del Océano Indico, la región oceánica donde se halla el grupo de Tristán da Cunha no era tan desierta como lo es actualmente, pues la frecuentaban los barcos que se dirigían de puertos europeos o de América a los de Sud África, las Indias o Australia y viceversa y que por necesidades de la ruta cruzaban a la vista de la isla, donde tocaban para hacer agua o aprovisionarse de víveres frescos.

En 1863. durante la guerra de Secesión, cuarenta prisioneros, privados de todos los medios de subsistencia fueron abandonados por un corsario que recaló en la isla.

Varias veces, el humilde villorrio se vio en el caso de sufrir las violencias que le impusieron navegantes hambrientos; mas los colonos, con la nobleza de ánimo que los caracteriza, siempre se vengaron llevando generoso socorro a los náufragos de los numerosos veleros que las tormentas lanzaban a la costa.

En 1885 la población estaba constituida por 112 personas, cuando una feroz tempestad hizo desaparecer de golpe a quince adultos, es decir casi el 25 % de los habitantes de trabajo o mayoría masculina.

Fué aquel año de extremada penuria para los isleños, pero apareció al largo una vela. A pesar del mal tiempo y siendo indispensable no perder la ocasión fué botada una lancha que luchando contra mar y viento llegó al costado del barco. En ese instante una enorme ola la estrelló y la sumergió tragándose toda la tripulación.

En 1892. según se desprende de la relación del Capitán Perasso, los habitantes de la isla eran 53 personas en total, parte blancos y parte negros y mulatos casi todos consanguíneos, con predominio de los segundos; pocos hombres, el resto mujeres y niños.

En 1920 la colonia contaba con 28 casitas y 119 habitantes.

En 1927 Tristán da Cunha tenía 135 pobladores distribuídos en 30 familias, de las cuales varias eran italianas, los Lavarello y los Repetto. Llegaron a ella en un barco genovés muchos años después durante una gira de vagabundeo por todos los mares del mundo, nada menos que dos exquisitos poetas italianos, Hércules Luis Morseli autor de 'Glauco" y Federico V. Ratti quienes permanecieron en ella una temporada fugaz, en la que recogieron visiones e impresiones profundas, especialmente suscitadas por la observación de gentes de tan diverso origen pero conviviendo familiarmente hasta el punto de haber creado un idioma propio. Uno de ellos, Ratti, recuerda este excepcional episodio de su vida en un artículo titulado "Patrie Storie" como lo menciona Jack la Bolina en el prefacio a los "Canti Volieri" del mismo Ratti.

En Tristán, si bien el clima es húmedo, generalmente la temperatura media es de 20° en verano y 14° en invierno. Raramente en las noches invernales pasa de 4° bajo cero, de modo que asegura a los habitantes una salud excelente no obstante las fatigas y privaciones a que están sometidos.

Tristán es un elixir de la vida que sólo en casos excepcionales pierden las familias algún vastago por enfermedad, en tanto que la vejez se prolonga con lozanía. Uno de los fundadores de la colonia vivió 102 años y desde 1922 a 1925 sobre 135 individuos sólo se registraron 3 fallecimientos. Un único caso de cáncer se recuerda haberse producido desde la época de su colonización regular, y sólo se turba a largos intervalos por ligeras epidemias de influenza que se desarrollan cuando arriba algún buque.

La natalidad es notable por la proporción de nacimientos y asegura Reclus que los isleños nacidos de italianos, ingleses, americanos, holandeses del Cabo y de mestizas de Santa Elena y de África Meridional ''constituyen una raza admirable por la gracia y armonía de formas".

Desde el punto de vista social y político esta colonia se destaca netamente.

Los isleños no reconocen autoridad pública por lo que ésta no existe y a pesar de ello nunca se ha producido un desorden, un robo o un delito cualquiera, así como la más mínima ofensa o daño a la moral o a las buenas costumbres. ¡Verdad admirable que hace pensar profundamente! No existen brutos ni canallas en Tristán da Cunha. Ia salud, la belleza, el trabajo, la tranquilidad de ánimo y la libertad, confinada es cierto, a una región rocosa, ¿ponen quizá a la comunidad de Tristán da Cunha por encima del nivel moral y físico de la demás gente que habita tierras de pública civilización?

Parecería que sí.

Ninguna ley escrita regula los actos entre las familias, cada una de las cuales obedece a su propio jefe que es el guía con consentimiento unánime y tradicional.

De esta armonía general, nacen almas rectas y fuertes, almas simples, almas desconocidas en el Continente, almas de un mundo mejor, en una palabra ¡almas oceánicas!

La propiedad existe, pero diremos, con carácter precario. Las tierras son de todos pero permanecen como en legítimo e indefinido arrendamiento (sin amortización de su valor) a aquellos que la trabajen de generación en generación. Cuando un individuo, una familia, abandona los cultivos del lote que usufructúa, pierde su propiedad.

Todas las mercaderías que llegan a la isla se dividen por partes iguales entre todos.

¿Régimen igualitario?

—Sí, perfecto. Siempre que no existan ricos ni pobres, riqueza y pobreza, que son legados ineludibles también en Tristin da Cunha, el reino de la armonía.

Es más rico el que más trabajó y más ahorró, o el que más heredó y éste tiene entonces más extensión de tierra cultivada y más cabezas de ganado.

—¿Y la moneda?

—No existe, o casi no existe. Quizá aquí está el gran secreto. Aquí va una estadística: todas las familias reunidas en la colonia poseían hace algunos años la magnífica suma de 8 chelines! Tan fuerte es en ellos el arraigo atávico a la naturaleza de la isla y tanto vibra en sus corazones generosos el sentimiento de la más absoluta libertad que malgrado las crudas privaciones y la existencia solitaria a que están sometidos, nunca han aceptado la propuesta que les hiciera el Gobierno Británico, de abandonar esos escollos y establecerse en lugares más confortables de la Colonia del Cabo donde se les entregarían tierras gratuitamente.

Después de Dios, ellos solos en las mano de Dios, solos con sus familias, con sus afectos sanos y santos, con la vida dura, con el aislamiento, con las tempestades las bonanzas, entre mar y cielo, y a menudo invocados y bendecidos por los navegantes y los pobres náufragos, pero ¡solos!.

Hoy aunque lejos, entre la bruma, se oye más o menos claro, el metálico zumbido de la máquina aérea, loca devoradora de las distancias y esta civilización por vía de la mecánica que un día privó a estos Robinsones del mar austral de las frecuentes visitas de los veleros, en un día quizá no muy lejano volverá hacía ellos, viva y rugiente, en una cruzada de motores.

Águilas de duraliminío harán escala en Tristán da Cunha para reaprovisionarse, efectuar reparaciones o salvarse de la avaricia del mar. mientras la silueta del pico nevado como en la noche de los siglos, iluminará con potente faro a los navegantes del espacio, !a ruta transatlántica entre Buenos Aires y la Ciudad del Cabo. Acaso ese día, el alma oceánica surgiendo de lo eventual conduzca a otro desierto a los isleños de Tristán da Cunha.

—¿Adonde?

¡Son tantas aún las islas desiertas y perdidas en los mares!


EL NAUFRAGIO

PARTE I

La Partida

Lentamente la boca del Superbe, de cuyo puerto partíamos, impulsados por vientos favorables, iba perdiéndose entre la bruma del horizonte.

Sin embargo más que a ella mi pensamiento volaba entre maniobra y maniobra hacia Portofino, velado ya por tenues vapores y a cuyos pies divisaba aún a Comogli perdido en el verde de los olivares.

La "Italia" sobre la cual navegábamos en aquella espléndida jornada de Mayo de 1891, de regreso a Swansea (Inglaterra) era una barca de 1600 toneladas de desplazamiento, botada nueve años antes en los astilleros Cerrutti de Varazze y pertenecía a los armadores Dallorso de Chiavari. De esta ciudad era también el comandante, capitán Orlando Perasso, genovés era el primer oficial Cavalieri y de Camogli y Grottamare en el Adriático gran parte de la marinería.

Después de once días de navegación arribamos frente a Gibraltar, donde vientos contrarios nos obligaron a mantener una capa de casi cinco días, hasta que levantóse viento favorable y pudimos proseguir la ruta y entrar en Swansea en 35 días de navegación desde Genova.

Desembarcadas las mercaderías y cargado el carbón de hulla, nos pusimos nuevamente en ruta hacia la isla Penang en el estrecho de Malacca, o sea a'go así como un paseíto a través de una mitad del globo terrestre, sobre un buen velero, en compañía de poco más o menos una docena de camaradas y del nostálgico recuerdo de los olivares de nuestra hermosa Liguria.

He aquí la tripulación de la "Italia":

Cap. Orlando Perasso, de Chiavari, comandante; Cap. Cavalieri (Substituido por el Cap. Sabatini también de Genova, a la partida de Greenock (3 de Agosto de 1892), de Genova, 1er oficial; Fortunato Schiappacasse, de Camogli, contramaestre; Agustín Lavarello, de Camogli, marinero; Cayetano Lavarello, de Camogli, marinero; Andrés Repetto, de Camogli, marinero; Antonio Gardella, de Camogli, marinero; Gamillo Bruno, de Grottamare, marinero; Antonio Marconí, de Grottamare. marinero; Luis Cartossi, de Grottamare, marinero; José Novelli, de Grottamare, despensero; Julio Tiscornia, de Lavagna, grumete; Nazareno Marcianesi, de Ancona, grumete; "Milano" (sobrenombre), de Milán, grumete; N. N., de Grottamare, grumete; Vicente Lauriana, de Grottamare, mozo. N. N., de Genova, camarero.

Hombre al Mar

La navegación se desarrolló normalmente con los vientos alíseos del N. E., los variables del Ecuador y los alíseos del S. E.

Un día en la zona de los vientos variables del hemisferio Sud, mientras se adujaba la maniobra de estribor del mayor y la nave filaba de 5 a 6 millas por hora, el grumete "Milano" al intentar lanzar la corredera por sobre la borda en un movimiento mal calculado resbaló y cayó al mar. Poco experto en la natación seguramente se habría ahogado si ayudado no se hubiera podido asir al chicote de la escota que arrastró en su caída. Con todo, la maniobra de izarlo resultaba dificultosa, por la velocidad de la nave y los rolidos que le aproximaban a la borda y luego lo alejaban. Se orzó por disminuir la velocidad en lo posible y así se pudo recuperarlo después de muchas tentativas con la ayuda y audacia del contramaestre y otro marinero que descendieron con cabos por la banda para tomarlo.

Quien escuche un relato de esta naturaleza por detallado que fuera nunca podrá comprender el sentimiento de angustia y la emoción que se experimenta con las alternativas favorables y desfavorables de la maniobra que es necesario ejecutar con peligro inminente de perder al hombre caído al mar y a los que concurren en su auxilio.

El hombre ha caído al mar. La nave bien impulsada se aleja, las olas agitadas se persiguen unas tras otras, se elevan y descienden y en este soberbio jugueteo esconden en sus senos al desgraciado que desaparece de la vista de los compañeros estupefactos y se debate solitario sobre abismos tenebrosos en los cuales no puede fijar la vista, pero en cuyas profundidades ya ve su cadáver aprisionado por monstruos extraños y de pavoroso misterio. Una ola lo lleva, sus manos apretujan la cuerda salvadora, se ven sus ojos desorbitados y el trágico burbujear de las espumosas olas que apagan el grito desesperado de auxilio. ¡Aquel hombre hasta pocos instantes antes estaba con nosotros, compartía nuestra pobre existencia que dispensa alegrías, dolores, el pan y la muerte!

Pero, ¿la angustia que domina en presencia de la agonía de un semejante, no resulta acaso más profunda que el sentimiento inconscientemente egoísta de contemplar un poco esa escena en la que se debate el infeliz en una lucha sin igual?

Hoy le tocó a él, mañana ¿a quién tocará?

Ahí está, a pocos metros de nosotros. Los cabos que se le arrojan lo rozan pero él no acierta a tomarlos. Un rolido lo aleja en un santiamén. Al final las fuerzas lo abandonan y el cansancio cruel domina sobre el terror del abismo.

¡No lo salvaremos! pero estamos de improviso sobre él, distinguimos claramente la mueca dolorosa de la boca que no grita ya, los ojos salidos de sus órbitas dirigidos a nosotros con la vista vitrea y suplicante. ¿Escapará aún? ¿Se perderá en los abismos estando tan cerca, dejándonos en el cerebro el recuerdo de sus miradas, de indescriptible terror durante años de años?

No, vale más arriesgar la propia vida, correr su misma suerte. La gente desciende hasta él y brazos lo aterran y lo izan a bordo, como si arrancaran un hermano de las fauces de un tigre.

Travesía Oceánica

La navegación transcurrió luego con normalidad. Después de 55 días la "Italia" montaba el Cabo de Buena Esperanza y en 106 días de viaje arribaba a la isla Penang.

Descargada la hulla y embarcado el lastre, después de 15 días de estada, partimos nuevamente para Rangoon en Birmania, en cuya travesía con amuras a estribor fuimos favorecidos por la estación de los monsones del N. E. para realizarla en tan so!o 8 días de mar.

Descargamos allí el lastre y embarcamos un cargamento de teca; 20 días más tarde doblamos nuevamente el cabo de Buena Esperanza. Con calmas y brisas alternativas cruzamos por las cercanías de la isla Santa Elena y con 4 meses y 17 días de ausencia regresábamos a Londres.

Embarcamos hulla con destino a Cape Town. En Greenock el primer oficial fué substituido por el Cap. Sabatini, de Genova, y el 3 de Agosto de 1892 zarpamos para Sud África.

Incendio a Bordo

Todo marchó bien a bordo hasta rebasar los aliseos del S. O. que mantuvieron constantemente un tiempo hermosísimo y mar calmo, permitiéndonos una velocidad horaria de 6 a 7 millas.

El 28 de Septiembre, mientras estábamos a proa estrobando bozas y la puerta del camarote del contramaestre permanecía abierta, este observó en sus idas y venidas que por la escotilla de la estiba aparecía un humo verdoso con emanaciones de gas. Inmediatamente la idea de un principio de incendio por combustión espontánea de la bulla surgió en su mente.

Descendiendo con él a la estiba tuve que convencerme que teníamos fuego a bordo. Advertidos el Capitán y la tripulación se produjo una corrida general hacia el punto donde se había producido. La estiba de hulla estaba velada por sutiles columnas de humo que escapaban del carbón.

Después de haber intentado descubrir en vano el foco del incendio, se ordenó arrojar al mar la mayor parte posible de esa carga; pero no habíamos arrojado diez toneladas cuando llegando a las capas inferiores de la hulla, ésta comenzó a escaldar en tal forma, que resultó imposible llevar adelante la tarea. Fué dada la orden de suspender la operación.

El primer oficial bajó a la bodega, tomó la temperatura con el termómetro y declaró que no había duda sobre el incendio del cargamento.

Cerróse la escotilla herméticamente para que el fuego no se alimentara con el aire atmosférico, se ordenó amurar los pescantes y aparejar los botes para hallarnos listos en el caso de llegar la extrema necesidad de abandonar el buque y salvarnos en ellos, plan de salvación problemático porque hubiera sido difícil hallar en esos parajes el navio salvador.

Cada uno trató de aprovisionarse en !a mejor manera para abandonar la nave en el último instante, posible. Se apartaron víveres para una veintena de días. Se clausuró herméticamente la entrada a la despensa para ahogar el fuego. El viento felizmente se mantenía.

Navegábamos amurados a babor con las escotas bien cazadas, con rumbo a la isla Tristán da Cunha, la tierra más próxima. Filábamos 8??) millas por hora, llevando encerrada en el seno del casco la más perversa de las insidias que lentamente continuaba la obra destructora en lucha sorda con la tenacidad del hombre que a sangre fría lucha en batalla de incierto fin, en una ruta desierta, contra un enemigo en acecho e inexorable, cuyos perversos progresos, bien que lentos, lo presumíamos.

¡Trágica situación! La meta estaba distante aún y esa meta era la vida.

Transcurrieron así el 29 y 30 de Septiembre.

Tampoco se avistó nave alguna el 1 y el 2 de Octubre. Durante la noche de este último día el tiempo dio muestras aparentes de cambiar; el barómetro bajó, el viento comenzó a hacerse inquietante y el cielo se nubló de improviso. Filábamos a 8 millas. A las 6 horas trabuchó la cangreja del mayor; al cazar su escota observé que el capitán estaba parado detrás de la cabina del timonel y que arrojó algo al agua. Seguí con la mirada la trayectoria del objeto y vi que eran dos botellas que zambullían en las aguas negras. Era aquel el mensaje en que los moribundos confiaban el secreto de su agonía a aquellas olas que quizá en breve tiempo los devorarían.

Distábamos 160 millas de Tristán da Cunha. Habíamos sofocado cuidadosamente todo filete de humo que desde la bodega se filtraba al exterior, sin poder impedir que de cuando en cuando surgieran por los topes de los machos del mayor y trinquete que eran de fierro.

Desde las 8 p.m. hasta media noche, mientras montábamos guardia con el contramaestre en la toldilla, conversábamos sobre la isla anhelada, calculando las probabilidades de recalar en ella hacia el alba.

Ay de mí, nuestras ansias y nuestros sufrimientos no debían terminar tan a breve plazo; el destino quería aún probar nuestro temple con nuevas aventuras.

Eran las 2 de la madrugada, del día 3 de Octubre. La luna se escondía tras espesas cortinas de nubes que comenzaban a desprender gotas de lluvia. El contramaestre que atento siempre a las variaciones del viento, observó que rondaba y soplaba más favorable a nuestra ruta ordenó largar más escotas, maniobra que se consideró adecuada, para disminuir la marcha y poder recalar directamente en la isla con la luz del día, pues de otro modo la noche nos hubiera obligado a mantenernos al largo de ella hasta el aclarar.

Un tal Tiscornia, jovencito de Lavagna, fué enviado a largar el contrafoque y todos le ayudamos en la maniobra. Así las cosas no nos quedaba otra cosa que hacer, que esperar lo imprevisto y confiar en la Providencia.

Sentados en la cubierta discutíamos sobre la dificultad de abordar la isla ansiada siempre que la recaláramos con esta ruta.

No habían transcurrido diez minutos, cuando una tremenda sacudida nos cortó la palabra y nos puso de pié presa del miedo.

Las escotillas de bodega del mayor y del mesana habían saltado por los aires. De las bodegas surgía un humo denso e impresionante, mientras el gas hasta entonces aprisionado huía silbando y formando multitud de estrellas que iban a perderse en la negrura de la horrorosa noche.

El grito de terror que escapó de nuestros pechos habría helado al espectador más frió, al corazón más duro, pero en este escenario se perdió como murmullo insignificante en la i tétrica y obscura inmensidad del océano.

L,a guardia franca que dormía bajo la toldilla de proa, despertada de sobresalto por el estruendo, acudía desesperada haciendo más impresionante la escena de pánico. El timonel abandonó el timón, el velero orzó. El velamen flameó y las velas y aparejos producían raros chasquidos, al sacudirse por el viento. Las imprecaciones e invocaciones de la gente que desesperada corría de proa a popa como fieras impotentes dentro de la jaula incendiada. La visión de la hora trágica había envuelto en una atmósfera de locura a esa barca que cual cascara vagaba en las aguas inconmensurables.

¿Eh, nos volvemos locos a bordo?

Una voz se alzó en las tinieblas, dominando por su temple a los elementos y a los hombres.

¡Eh, nos volvemos locos a bordo! cada uno a su puesto y rápido las lanchas al mar!

Cuando en los más terribles momentos en que la gente presa de pánico y enloquecida, desordenadamente, busca una salvación que parece imposible, maldiciendo la suerte injusta que está por aplicar su sanción, se levanta una voz serena, que no tiembla y en forma de orden aconseja; esa misma gente vuelve en sí de golpe y con la insospechada energía de quien casi se ha abandonado a si mismo, entrevé entonces un medio de salvación, se convierte y obedece ciega y activamente.

¡Nunca una orden tuvo más rápida ejecución!"'

Para cumplir esa orden, era necesario maniobrar, había que disminuir la velocidad de la nave y enfachar el velamen. Tal operación ordinariamente demanda un período de tiempo bastante largo; sin embargo en aquella noche tenebrosa, a pesar de la confusión de los momentos anteriores, en pocos minutos de enérgico trabajo, saltaba cuanta driza de vela caía a la mano y todo el paño flameó.

Se trataba de botar las lanchas al mar. La segunda lancha que hallábase a sotavento fué lanzada con poca fatiga, pero no sucedió lo mismo con la lancha grande que pendía a barvolento. Fué necesario levantar los pescantes, retirar los estays del mayor, izar la lancha y llevarla a sotavento y luego trasladar a esa banda sus pescantes para lanzarla al mar por medio de ellos.

Ya la lancha estaba fuera de la borda, cuando el capitán Perasso, después de examinar más fríamente la situación, con decisión y firmeza ordenó suspender la maniobra.

/////////////////FALTA NUMERO 115

 

Transcurrieron dos largos días sin que pudiéramos volver a nuestro primitivo campamento en busca del resto de los víveres y objetos salvados, durante los cuales sufrimos hambre por no estar acostumbrados al alimento de los isleños, consistente en pescado y papas preparadas en forma desconocida para nosotros. Extrañábamos el buen "minestrun" que nos parecía ver humear frente a los compañeros que habían quedado en la Carpa y fué quizá esta ansia de comer a gusto la que nos impulsó a pedir al Gobernador nos hiciera acompañar si fuese posible con algún vaquea-no conocedor de la isla hasta nuestro campamento.

Amablemente el Gobernador nos puso a disposición dos guías bajo cuyas órdenes nos internamos en el corazón de la isla.

Hospitalidad

Atravesamos una reducida llanura que se extendía a espaldas del villorrio, y luego avanzamos en un continuo subir y bajar por colinas rocosas y cuestas, que tan pronto nos llevaban al interior de la isla como nos conducían a la costa por sendas increíblemente difíciles. ¡Qué marcha infernal! Infernal en el verdadero sentido de la palabra porque si hubiéramos encontrado algún resto de fuego (antiguamente debió haberlo) y algún demonio provisto de cuernos y munido de horquilla (esto quizá no) el aspecto del panorama que teníamos ante los ojos en nada habría diferido del que cuando chico admiré en viejas estampas que ilustran las correrías de aquella buena alma del Dante.

Y subíamos y bajábamos y volvíamos a subir y así desde las diez de la mañana, fatigados, con esa marcha a través de un mar revuelto de peñascos, llegamos al campamento a las cinco de la tarde completamente extenuados.

Pensamos entonces lo que nos habría ocurrido cuando días antes pretendimos realizar esa marcha sin guía.

El sacrificio de esta marcha fué recompensado ampliamente por los camaradas que esperaban la llegada, brindando a nuestros estómagos un soberbio "minestrun". No lo digo por el placer de decirlo, pero creo que nunca "minestrun" alguno ha sido más duramente ganado.

Regresamos al villorrio al día siguiente, efectuando la travesía con menos dificultades porque sabíamos cómo esquivarlas.

El día 16, con mejor tiempo, lanzamos al mar las dos lanchas y retornamos al "Italia" pasando por el O. de la isla. Llegados al campamento, recogimos todo lo que en él había quedado, embarcamos a los compañeros que aún permanecían en él y nos hicimos a la vela hacia la nueva residencia no sin experimentar la nostalgia de aquel minúsculo rincón que nos había salvado la vida y repercutido entre sus rocas el eco de nuestros gritos de alegría por habernos evitado una muerte que parecía inevitable.

En el villorrio, el capitán y el primer oficial fueron alojados en la casa del Gobernador y la tripulación instalada en una casa nueva del mismo propietario. Para la alimentación fuimos distribuidos entre las diversas familias, tocándome a mí la de Luis Rogers, el más pobre de la isla, por cuanto poseía el menor número de animales bovinos, equinos y porcinos que forman el capital principal de esa población.

PARTE II

Los Robinsones del Mar Austral. — Tristán da Cunha

La isla Tristán da Cunha se halla perdida en el Océano Atlántico en los Z7° 02'de lat. S. y 12? g' de long. O. Tiene cerca de cincuenta kilómetros de circunferencia y es de forma circular. Otros dos islotes parece le hacen guardia a su alrededor, pero estos por su aridez, por la falta de puntos para desembarcar o por la carencia de agua potable, no son frecuentados.

En Tristán da Cunha la colonia se ha establecido en un lugar llano de la costa, acaso el único de toda la isla, y esta llanura sólo se interna tres o cuatro kilómetros dentro de ella. En las inmediaciones de la población tiene unos cincuenta metros de ancho pero su término medio general es de un kilómetro. El terreno está preparado para el pastaje de los animales y para el cultivo de la papa, único alimento vegetal de los habitantes. Esta pequeña llanura empieza en el ,N. O. de la isla para perderse en el mar hacia el S. O. y nada de especialmente notable tiene si se exceptúa su aspecto chato encajonado entre las enormes peñas que la 'circundan formando un contraste fantástico.

La isla tiene tres playas, la más grande de las cuales es aquella que nace frente a la población y se extiende hacia el N. en una extensión de 200 metros y es llamada Great Beach, es decir playa grande. La segunda hállase más hacia el E., tiene una extensión de cincuenta metros y se la denomina Little Beach, playa chica. La tercera está más al N. y lleva por nombre Stone Beach, playa de las piedras, porque se observan en ella algunas piedras a distancia de 200 metros.

La isla es sin duda alguna de naturaleza volcánica y tiene una altiplanicie que ocupa su mayor parte a un nivel medio de 200 metros sobre el mar, la que se eleva primero paulatinamente y luego con violencia hasta culminar en altísimo pico o cono de antiguo volcán apagado.

Sobre la altiplanicie tres grandes grietas o aberturas en las rocas forman otras tantos lagos que en la estación de las lluvias desbordan, derramándose en innumerables cascadas que se precipitan entre las rocas y bajan hacia el mar produciendo sus aguas espumosas una llovizna general en la isla.

En el mar que rodea la isla abundan toda clase de peces, desde los más pequeños hasta los más grandes.

La tierra firme hospeda infinito número de ratones, nietos y biznietos de los que salvaron casualmente de los naufragios ocurridos en las costas rocosas de esta isla. Afortunadamente el frente de este ejército de roedores es atacado por un número proporcional de gatos salvajes que seguramente como aquellos son de la misma procedencia. Son numerosos también los albatros y gavilanes, pero no pude ver ninguna otra especie de pájaro. En cuanto a los animales domésticos no había entonces más de 300 vacunos, 200 ovejunos, varios cerdos, 50 asnos y luego una cantidad de gallinas y patos.

El producto más importante o único del suelo es la papa cultivada por todas las familias, tubérculo que figura como elemento principal de la alimentación.

Las habitaciones bajas y toscas están fabricadas con piedras volcánicas, apenas labradas y los techos cubiertos con haces de paja.

Todas las casas están defendidas por especies de terraplenes, de las avenidas torrenciales de aguas que bajan de la montaña, en forma de que éstas deslicen por ellos sin alcanzar los muros de las casas que están revestidas de madera por adentro para impedir la penetración de humedad.

El agua potable que es abundante, proviene de una fuente surgente abierta en la roca viva del monte y conducida por diversos canales — acequias — hasta cada casa, y luego saliendo por los fondos se unen nuevamente para reunirse en un canal colector que las precipita al mar desde una altura de cuatro metros.

La población total se compone de cuarenta y seis personas divididas entre siete familias, todas emparentadas entre sí.

El Gobernador, que como lo hemos dicho se llamaba Guillermo Pedro Green, era un holandés, capitán de una ballenera naufragada hacía 57 años en Stone Beach. Desde entonces nunca abandonó la isla y se casó en ella con la hija de uno de los colonos con quien tuvo numerosa prole.

Otro de los antiguos habitantes era un tal Regh. marinero americano, desembarcado enfermo de una ballenera, que como el Gobernador, casó en la isla, y sus muchos hijos aumentaron la población.

Uno de los primeros habitantes de Tristán da Cunha fué el cabo artillero Glass, cónyuge de una mora de la isla Santa Helena. Eran también de raza negra las familias de Scott y Rogers, arribadas a la isla por las más variadas circunstancias.

Todos los colonos son de nacionalidad inglesa y hablan esta lengua, dependiendo el archipiélago Tristán da Cunha de la Colonia del Cabo.

No existían en el pequeño dominio, ni iglesias, ni escuelas, ni negocios, ni médicos. Un botiquín conteniendo los remedios más indispensables para medicinar contra ligeras indisposiciones, revestía todas las apariencias de una farmacia que era provista de medicamentos cada cierto tiempo al arribo de la nave inglesa comisionada para visitar periódicamente a la isla. Hasta el presente no existe línea regular de buques que toque en la isla, ni vapores correos que conduzcan correspondencia por consiguiente. No existe en ella estación telegráfica ni radiotelegrafía. La contestación de una carta necesita por lo menos el período de año y medio!

"Sail, sail"

Habían transcurrido quince días desde nuestra llegada al villorio, cuando una mañana, al alba, fuimos despertados por las exclamaciones de los niños que al grito de "sail, sail" anunciaban la aproximación de un velero. En efecto, apenas nos encontramos somnolientos en la playa, pudimos divisar a corta distancia de tierra la presencia de un bergantín norteamericano que se aguantaba al pairo mientras recibía a bordo la tripulación de la lancha de la .isla.

En un abrir y cerrar de ojos los colonos cargaron un bote con ovejas, lechones y papas para cambiarlos con mercaderías y objetos que faltaban en la isla y se dirigieron al bergantín. Con ellos se embarcaron nuestro capitán, primer oficial y contramaestre para exponer al capitán americano la situación en que nos hallábamos y solicitar a la vez el transporte de todos nosotros.

El capitán americano respondió que a pesar de su buena voluntad para acceder al pedido, la falta de víveres para alimentar dos tripulaciones y su destino en larga navegación hasta Adelaida (Australia), se oponían a ese transporte, agregando que quizá fuera más conveniente para nosotros esperar la llegada de la nave de guerra inglesa que cada cierto tiempo visita la isla, para salir de la situación de aislamiento en que nos encontrábamos, porque ésta podria conducirnos a la Ciudad del Cabo en más breve tiempo. Entre tanto tomó todos los datos referentes al naufragio de la "Italia" y a la identidad de su tripulación sobreviviente prometiendo que en la primera oportunidad enviaría una narración con noticias exactas a las autoridades italianas.

Poco después el velero americano se hizo a la vela, prosiguiendo su viaje. Supimos luego que durante su travesía, hallándose al E. de! Cabo Buena Esperanza, se cruzó con un paquete postal procedente de Australia en ruta a la Ciudad del Cabo a quien transmitió la noticia completa de nuestro naufragio.

La "Italia" desaparece

Durante el verano los colonos de Tristán da Cunha, acostumbran dedicarse a la caza de las focas a lo largo de la costa de las islas "Innaccesible" y "Nightingale". A ese efecto partió una embarcación con siete hombres, pero nunca regresó. Indudablemente habría tumbado, y los cazadores hallaron la muerte entré las olas australes, como lo hallaron antes otros siete hombres que salieron con el mismo propósito. (Es lícito suponer que tales desgracias no se refieren al período de tiempo durante el cual el autor permaneció en Tristan, sino que ocurrieron en diversas épocas.)

Especialmente entre la mayor de las islas y las otras dos del grupo, la navegación es muy peligrosa, para embarcaciones menores porque la mar es muy cortada con olas de cimas escarpadas y corrientes violentísimas y por ella y por los imprevistos cambios de viento se recomienda no navegar en esa zona.

En 1821 ocho hombres del velero Blenden Hall, Cap. Grieg, naufragado en los escolios de la isla Innaccesible, perdieron la vida haciendo una tentativa por llegar a Tristán.

Pero las desgracias no debían terminar aquí. Dos veleros se aproximaron a la isla, las dos lanchas salieron a su encuentro, una volvió a duras penas y la otra desapareció con la tripulación a causa de haberse deshecho al golpear contra el casco del buque.

Días después, fondeó frente a la isla otro bergantín americano, armado para la caza de ballenas. Descendió el capitán a quien repetirnos el mismo pedido, es decir la conducción a un puerto cualquiera desde el cual pudiéramos después llegar a la patria, pero nos respondió que no podía embarcarnos porque la estación de la caza le imponía hacer ruta al S. y conduciéndonos al N. perdería la campaña.

Antes de zarpar donó a la tripulación de la "Italia" una bolsa de harina para consolarla de la desilusión, permitiéndole comer pan fresco durante una veintena de días.

Otros buques balleneros que tocaron en la isla lamentaron también no poder conducirnos, dejándonos para dulcificar esa negativa alguna bolsa de gall.eta como obsequio.

Todos estos buques eran norteamericanos y los comandantes y oficiales de la misma nacionalidad, pero las tripulaciones estaban compuestas en su mayoría por negros de las Islas de Cabo Verde.

Cuando partían del punto inicial para iniciar la campaña de pesca en el Atlántico Austral conducían a bordo gran cantidad de objetos consistentes en tejidos y vestimentas para cambiar por carne fresca, papas y manteca en las islas del Hemisferio Sud incluso en Tristán da Cunha.

Entretanto la "Italia", nuestra desgraciada barca, yacía enclavada en la arena de la pequeña playa solitaria donde la habíamos embarrancado. Dos veces más llegamos hasta ella costeando la isla por el E., para recoger de a bordo lo que aún podría sernos útil, entro otras cosas maderas y pinturas que utilizamos en embellecer y mejorar las habitaciones en donde nos hospedábamos. Con las velas confeccionamos bolsas para recolectar papas. En todos estos trabajos sobresalía el contramaestre que era a la vez buen carpintero. Las mujeres nos miraban boquiabiertas y con cierta religiosa admiración, maravilladas al vernos tan ingeniosos y activos acostumbrados como estaban a sus hombres lerdos y primitivos.

Un día que volvíamos a visitar al querido buque, ya no estaba allí, circunstancia que apenó el corazón de todos. Un tremendo temporal del S., lo había deshecho y sus restos cubrían la playa y flotaban en las aguas inmediatas.

Vimos una tabla de la carena muy carcomida por el fuego, que nos conmovió porque nos hizo comprender el peligro real en que habíamos estado.

Con un sentimiento mezcla de piedad y de pesar hacia esa fiel barca que nos había hospedado por 17 meses, resistiendo hasta el último momento la acción del fuego para dar tiempo al salvamento en el actual seguro asilo, nos retiramos apesumbrados de ese lugar con la misma sensación de aflicción y de vacío inconsolable que se experimenta en el largo camino de la vida, cuando por ejemplo se está frente al cadáver aún caliente de un ser querido, que fué condenado a muerte por implacable enfermedad.

Trabajo y gentileza

Había llegado entretanto la estación de la siembra de papas, principal alimento de los isleños. Por la mañana al despertarnos veíamos a mujeres y niños dirigirse a la planicie a labrar la tierra e iniciar la plantación, tarea en que permanecían todo el día para regresar ya de noche a la cena que siempre tenían preparada los que quedaban en la casa.

La inactividad en que permanecíamos nos tenia disgustados pues pensábamos que la hospitalidad de que gozábamos debíamos recompensarla en alguna forma. Por eso solicitamos permiso, que nos fué concedido de inmediato, para contribuir en aquella tarea y fué por esto que en una hermosa mañana después de desayunarnos iniciamos el trabajo tomando posesión de los pequeños asnos que nos fueron entregados para conducirnos al campo. Tuvimos con ellos varias dificultades, porque malos ginetes como éramos, montados en tales cabalgaduras, sin estribos ni monturas, terminamos todos en el suelo con las piernas al aire, mientras las acémilas escapaban rebuznando de alegría. Tomamos sin embargo filosóficamente las ridiculas posiciones y caídas, concluyendo por reírnos también alegremente, mientras continuábamos a pié la marcha hacia el lugar de los trabajos que verificábamos con verdadero aliento en homenaje a ¡as familias que con tanta galantería nos habían albergado.

La preparación de la tierra y la siembra reclamó casi un mes y después de haber terminado con ella el trabajo se redujo a cortar troncos en las alturas que arrastrábamos hasta la orilla de la meseta, precipitándolos luego a la llanura, desde donde con bueyes se arrastraban hasta la colonia para convertirlos en leña o madera para las reparaciones de las casas y así en poco tiempo preparamos la cantidad necesaria para seis meses.

La única distracción para quebrar la monotonía de la vida consistía en reunirse de noche en alguna de las casas para bailar la jiga a la usanza inglesa al son de un violín, haciendo un ruido endiablado con el zapateo sobre el piso de madera.

Dos meses después de nuestro arribo a la isla, mi primo Cayetano se enamoró de Gini Glass y por medio del Capitán Perasso que hablaba correctamente el inglés solicitó de la madre su mano. Este acontecimiento nos sorprendió mucho, no porque la muchacha no mereciera ser apreciada a tal extremo sino porque tratándose de un náufrago que espera ansiosamente repatriarse de un momento a otro, hacía que esta actitud pareciera muy extraña.

Pero bien pronto tuvimos la explicación de ese asunto. Cayetano durante el más terrible momento del peligro en que estuvimos a bordo de la Italia, en sus fervientes ruegos a la Divina Providencia por la salvación del buque había hecho voto de no abandonar jamás la tierra que se la ofreciera. En su rudo y simple corazón de marinero, acostumbrado a los solemnes y tal vez terribles contactos con las fuerzas misteriosas de la naturaleza, no había trepidado un instante siquiera, en atribuir su salvamento a la intervención directa de esa Divina y oculta energía y así con tales pensamientos nada ni nadie habría conseguido desviarle del voto formulado y que le impidiera resistir a la simpatía que la buena chica le había inspirado.

Idilio

A mí también la casualidad estuvo a punto de jugarme el destino que le esperaba a Cayetano, pero el apego profundo que sentía por mis seres queridos y especialmente por mi madre y además el hecho de no estar ligado por ninguna clase de votos impidieron que fuera arrastrado por el impulso de sentimientos que se despertaron en mi corazón durante la permanencia en la isla. María, la hija del Gobernador, acostumbraba salir al campo sola todas las mañanas para reunir las vacas y conducirlas a la colonia para ordeñarlas.

Un día su madre me preguntó si me disgustaría acompañar a su hija para ayudarla en su tarea diaria que era de las más fáciles pero no de las más rápidas, tratándose de reunir sesenta o setenta cabezas de ganado, ponerlas en columna, conducirlas hasta el villorio y luego de ordeñadas reconducirlas al campo.

Acepté de buenas ganas, feliz de poder ser útil y también — por qué negarlo — por la compañía de María para mí tan grata.

Me levantaba con el alba, le anunciaba que estaba listo y paso a paso hacíamos juntos los dos kilómetros que nos separaban del campo donde pacía el ganado. Se trabajaba en la agrupación de los animales valiéndonos de bastones y de gritos y luego de conseguido, charlando y riendo tomábamos detrás de las vacas el camino de la colonia.

Digo charlando y riendo; riendo, casualmente es exacto, por las barbaridades que decíamos empeñados en comprendernos, uno en un idioma, el ingés, y otro en otro — el italiano.

¿Cómo dice Vd. para decir el campo?

¿Y Vd. cómo dice — flores, el mar, el sol?

Fué así que ella me conoció en parte por señas, en parte por frases unidas de la mejor manera posible durante aquel mes escaso que la tuve en compañía, y que supo que mi país se hallaba en tierras lejanas y que para llegar a ella se necesitaban meses de mar donde la niebla era desconocida y el sol más refulgente daba perfumes embriagadores y vivaces colores a flores maravillosas, que nada tenían de común con las de las papas, únicas quiza por ella conocidas.

—¿Y cómo dice Vd..., Gini Glass y Cayetano.... ¿Novios? ¿No tiene Vd. novia en su país? — y María reía, se ruborizaba y temblaba ligeramente.

¡Pobre y dulce María, tenue y gentil planta nacida diáfanamente entre brumas y tempestades, flor que acaso soñaste con la tibieza de un rayo de otro sol, quizá nunca has adivinado cómo me conmovía tu apacible amor naciente y discreto!

¡Y sin embargo, cuántas veces a tu lado debí reprimir los impulsos que me llevaban hacia ti con la violencia y la turbación que no se confiesan a un hermano, cómo yo quería y debía considerarte!

Mes más o menos, mi partida era cuestión de tiempo y me habría considerado el más abyecto de los hombres si allá lejos donde había encontrado una salvación y la hospitalidad más generosa solo hubiera dejado como recuerdo, doores y desengaños!

El schooner "Wild Rose"

Una bella mañana, divisamos la silueta de un velero pequeño que se acercaba a tierra. Cuando la embarcación fondeó, fuimos a bordo. Se trataba de un schooner de 250 toneladas llamado Wild Rose.

El capitán era inglés; un viejo lobo de mar a quién hicimos la inevitable pregunta, respecto a nuestra conducción hasta el continente. Nos contestó que como de costumbre se dirigía cada seis meses a la desierta isla de Gough  a los 40° Lat. S. para reembarcar a los trece cazadores que allí pasaban dura y aventurera existencia y que solo había tocado en Tristán para dejar dos isleños que se habían embarcado en Capetown, agregando que a su regreso aún a costa de perder algunos días por los vientos contrarios pasaría de nuevo a recogernos.

Gough cree haber sido el primero en reconocer en 1713 esta isla llamada González Alvarez, que pertenece a un grupo rocoso, a la que rodean tres pequeñas islitas, una de ellas la principal llamada Church Rock por la semejanza con el campanario de una iglesia visto de flanco. La isla Gough cuya altura culminante mide 1300 metros tiene un perímetro de 30 kilómetros de costa rocosa y cortada con playas donde rompe la mar; solo es abordable por el N. 15. En su interior se encuentran pequeños valles, con fuertes declives cubiertos de espesos matorrales. Tiene agua y en ella abundancia de peces que sirven de alimento a los norteamericanos que se dedican allí a la caza de focas en las estaciones oportunas.Actualmente — dice Reclus — el rastro del paso de marineros cazadores en esa tierra perdida en el Océano sólo está señalado por piedras funerarias.

El "viejo" inglés no nos desilusionó; en efecto después de haber embarcado a los cazadores de la isla Gough que habían terminado la faena, fondeó nuevamente frente a Tristán diez y siete días más tarde conducimos a bordo del Schooner a nuestro capitán, el primer oficial y el contramaestre, y recibimos órdenes de embarcar en la lancha grande preparada ya en la playa todas nuestras cosas, conviniendo de antemano que si el "viejo" inglés aceptaba el embarco de todos nosotros se izaría una bandera al tope del trinquete.

Imposible es describir el ansia con que se esperó la señal que tardó mucho en ser hecha, Entre tanto el mar muy agitado amenazaba atravesar al schooner y arrojarlo a la costa. Para evitar la catástrofe el "viejo" ordenó que los cuatro embarcados en el bote, más un hombre de la tripulación remolcáramos al schooner, operación que duró más de dos horas.

Cuando las anclas mordieron y el buque puso proa al viento, el capitán Perasso nos ordenó ir a tierra y allí esperar el momento propicio para el embarque de todos. Bogamos fuerte y cuando estábamos ya a tres millas a sotavento de la playa, la mar había arbolado mucho a causa de los chubascos de viento. Continuamos bogando con energía, metiendo la roda en el mar y casi al anochecer pudimos enfrentar la playa de desembarco.

Toda la población de la isla esperaba febrilmente nuestra llegada y con reiterados y potentes gritos nos indicaban alejarnos de la playa donde enormes olas de rompiente nos habrían hecho perecer.

Dos veces intentamos en vano ganar la playa, pero observando que viento y mar se enfurecían cada vez más, que la noche entraba y que la espera empeoraba la situación, decidimos afrontar todo riesgo, enfilamos con popa a la mar y en el lomo de una enorme ola caímos como avalancha en la arena de la orilla, completamente ateridos.

Durante la noche se desencadenó un terrible temporal del W.; el viento silbaba furiosamente y la lluvia caía a torrentes. El Wild Rose pasó muy mala noche, pues estaba encerrado y privado de maniobrar en la inmediación de inaccesibles rocas de la costa que se erguían a poca distancia a sotavento.

El adiós

Si bien no con la misma violencia, el mal tiempo duró dos días, durante los cuales el schooner con no poca fortuna y con verdaderos milagros de habilidad marinera, hizo frente a la furia de los elementos hasta que calmado el mar pudo aproximarse nuevamente al desembarcadero.

Cargados con todos nuestros utensilios y ropas descendimos a la playa para botar la lancha que nos conduciría a bordo.

¡Qué momentos de emoción, fueron aquellos! Esos isleños bravos, que sin distinción de sexo ni edad habían cobrado nuestro afecto, nos abrazaban y besaban con lágrimas en los ojos dándonos su adiós entre suspiros de emoción. Para esos isleños la ceremonia de la despedida constituía un breve paréntesis a la monotonía de su vida ardua y triste, exilados del inundo como lo estaban.

Pero también para nosotros si bien nos sonreía el pensamiento de regresar a nuestra tierra y confundirnos con la familia, no podíamos impedir el derrame de lágrimas al abandonar para siempre aquel escollo en el cual habíamos encontrado la salvación, una inolvidable hospitalidad y un cordial afecto, tanto que decidió a tres de nuestros compañeros a quedarse para compartir su existencia con esa brava gente, las fatigas y las ansias de vida tan azarosa. Estos eran: el "Cabin boy" o camarero, de sobrenombre "Ancona" y los dos Camoglinos Andrés Repetto y Cayetano Lavarello, mi primo. Hasta el momento de partir hicimos de nuestra parte todo lo que fué humanamente posible por disuadirlos de sus propósitos, pero fueron vanas todas las tentativas. Los tres se mantuvieron inconmovibles en sus intenciones .de permanecer en la isla.

Cayetano Lavarello y familia en Tristan

Bien fuertes y arraigados debieron estar sus sentimientos para demostrar una firmeza de corazones incapaz de ser vencida ni aún contra la idea del destierro en una roca perdida en medio del atlántico, lejos de la patria y de los seres queridos a quienes tanto amamos.

En cuanto a mí, tengo aún fija en los ojos la dulce y rubia figura de la buena Maria, en el momento en que me decía adiós por última vez. ¡Y han pasado ya tantos años!

¡Pobre niña amada! Pálida como una moribunda, con la garganta cerrada por los sollozos me dijo todavía "Adiós Agustín" y estrechándome la mano huyó a esconder su dolor en la pobre habitación, donde quizá habría soñado que su dulce carita hubiera tenido suficiente poder para retenerme.

Muy potente debió ser en mí el recuerdo y el deseo de mis seres queridos y de mi país, para otorgarme la energía necesaria capaz de vencer la conmoción y casi el remordimiento que experimentaba mi corazón en ese sentimental acto de despedida para poder abandonarla para siempre en ese estado de tristeza y desolación.

Nota triste

Estamos a bordo del Wild Rose, con todo nuestro equipaje, aparte de un buey recién faenado y varias bolsas de papas regalados al buque por los isleños. El comandante dio las órdenes del caso "square yards" — bracear en cruz — y con viento favorable pusimos proa a Capetown.

También en esta travesía tuvimos una nota triste. Uno de los trece cazadores de focas que se encontraba enfermo, agravóse y falleció. Su cadáver cosido dentro de una bolsa de lona, se arrojó al mar 24 horas después, por la popa desde el alcázar, con un lastre pesado ligado a los pies. Todos reunidos alrededor del fúnebre envoltorio y a cabeza descubierta participamos en los ruegos y oraciones que según el rito evangélico pronunció el Capitán antes del Salmo. Hecho el cálculo astronómico el cadáver fué deslizado al mar por medio de cuñas. Trágico y solemne compendio de una vida tejida con sacrificios y tempestades.

Raza Italo-Tristana

Ligeras brisas favorables y buen tiempo nos acompañaron durante 22 días — fenómeno bien raro en esos tormentosos parajes — permitiéndonos arribar a Capetown. Después de una semana de estada en esa ciudad para reposar de las fatigas nos repartimos a bordo del buque postal inglés Conway Castle, que se dirigía a Las Palmas tocando en las islas Santa Helena y Ascención.

En esta última hallamos la nave inglesa de guerra que realiza su viaje periódico hasta Tristán da Cunha y aproveché para escribir a mi primo una última carta aconsejándole nuevamente de que desistiera de los propósitos de quedarse en Tristán y mientras la escribía una especie de sutil remordimiento me asuzaba como si cometiera una mala acción.

¡Pobre Gini Glass! Te querían hacer llorar como había llorado María; pero Gini Glass

había encontrado un corazón firme y decidido, pues aún hoy, después de muchos años, Cayetano, rodeado de hijos que alegran su tranquila vejez, en las largas veladas invernales mientras afuera de la casucha ruge la tempestad y adentro crujen las maderas de la armadura, podrá recordar amorosamente a su viejo padre cuya ausencia le atormenta el alma desde aquella mañana pálida de Octubre en que el destino lo arrojó en un escollo para ofrecerle una

compañera ¡esa pobre flor de las brumas! en reemplazo de la vida de sol y azul de la lejana tierra querida.

De regreso a la patria

Diez y seis días después de zarpar, el Conway arribó a Las Palmas. Desembarcamos y nos hospedamos en una pensión a la espera del paquete postal italiano que había de conducirnos a la patria. Una semana después entró al puerto el Vittoria de la Cía. La Veloz que en cinco días nos condujo a Genova donde desembarcamos en la mañana del Domingo de Palmas, dando fin a las peripecias que nos habían atribulado durante veintidós meses.

Recuerdos y nostalgias

¡Casi cuarenta años han transcurrido desde aquellos sucesos! y después, cuántas millas recorridas, cuántos golpes de mar y de viento recibidos y.... cuántos trabajos!

Luego, una nueva familia, nuevos afectos, nuevas emociones y por fin entrega de las armas con que se luchó para que los más jóvenes continúen la batalla, y resignarse a la quietud de expectativa de esa meta tan sencilla a esta altura de la vida y tan horrible en aquel viejo pasado, en tanto desfilan por el cerebro tantas vicisitudes a través de la caravana de años que pasan precipitadamente quitándonos cada una de ellas toda i'usión y despojando a los hechos de la vida la importancia que le dábamos, hasta quedar reducidos a pequeños incidentes efímeros y olvidados. Malgrado estas reflexiones, repito, mi aventura en la isla Tristán da Cunha, aunque ya velada por el tiempo, está siempre tan latente que despierta en mi viejo corazón palpitos de nostalgias a pesar de hallarse templado por el soplo de tantas borrascas.

Frecuentemente tomo asiento en la extremidad del muelle del pequeño puerto de Camogli para tostar mis miembros con la tibieza del maravilloso sol y paso allí horas y horas en el delicioso ocio del que nada tiene que hacer, mientras sobre la cuesta del monte las máquinas industriales parecen chillar de admiración ante el fulgor de los coloridos verdes y azules....

A pocos pasos de mi asiento el pequeño fuerte ennegrecido por los siglos recuerda todavía la valiosa defensa contra corsarios y sarracenos, y guiña con tosca benevolencia a los niños que juegan en la playa vecina. Por occidente, sobre las colinas que descienden gradualmente hacia el mar, salpicados por las manchas blancas de los chalets que ellas forman, rompen cada vez más el verdor de los olivos a medida que se acercan a Genova.

Pero si el ojo corre de levante a lo largo de las desnudas rocas que se extienden bajo San Roque y caen a pique en el mar hasta Punta Chiappa, mi pensamiento vuela de inmediato hacia aquellas lejanas tierras ahora más inaccesibles y amenazadoras que aquel cierto día en que por una terrible alternativa fueron saludadas por nuestros gritos de alegría.

Y si alguna cosa obscura, un corcho o un trozo de madera flotan por ahí al ritmo cadencioso de las aguas, veo en ellos hamacarse sobre las olas las dos botellas conteniendo nuestra participación de muerte.

¿Qué será de ellas? Las habrá arrojado alguna tempestad sobre lejano escollo o vagan aún como macabro correo perdido por su misterioso destino?

Pensando en ellas, involuntariamente mi imaginación vuela con ternura hacia el pequeño cementerio asoleado que cerca de la plaza de Los Genevoses en dirección a Recco parece un jardín colgante sobre el mar.

¿Y María? ¿También ella, vieja y gris, sentada quizá en la pequeña playa, de regreso de la pesca mientras remienda la ropa de sus hijos, piensa en pasados días; pero yo no se evocarla sino fresca, blanca y rubia como entonces la vi y la impresión de esos recuerdos me ilusionan de tan intensa manera que mirando las casitas que se divisan por sobre los desprendimientos que produce el mar en las inmediaciones de la milenaria iglesita de San Nicoloso, me parece verla entrar corriendo a su casita y volverse por última vez con las manos extendidas dándome el postrer adiós.

FIN

 

 

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