Historia y Arqueologia Marítima

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VIAJANDO POR EL RIO PARANÁ - 1930

Vapor "Washington" - foto archivo Histarmar

por JOSÉ RAMÓN NUÑEZ - Articulo aparecido en la Revista de Geografia Americana, 1932 - provista por Carlos Castro, miembro de Histarmar. Recopilado y publicado por Carlos Mey.

1ª Parte: de Buenos Aires a Posadas 2ª parte - Regreso a Buenos Aires

PRIMERA PARTE - DE BUENOS AIRES A POSADAS

El Paraná augusto parece hecho adrede por Dios para llegar al corazón de América y para que el corazón de América se asome a la inmensidad del Océano. Por allí subieron los conquistadores en sus altos bajeles con sal en las lonas, para fundar Asunción; y por allí bajaron de nuevo, con savia renovada, para hacer Buenos Aires (Carlos Zubizarreta

Primer día de viaje

A bordo de la motonave "Washington" : el cielo y la tierra resplandeciente en la diáfana luz de una tarde de septiembre, parecían alentarnos en nuestra nueva aventura, el viaje a lo largo del río Paraná hasta las cataratas del Iguazú.

Ya estamos en pleno centro de la Dársena Sud a cien y más metros desde el muelle del cual salimos. Las casas, todas bajas, que bordean esa parte del puerto, se nos presentan ahora en conjunto, una unida a la otra, en hilera, como un dilatado escenario multicolor, cuyo primer plano lo forman barcos de todos los tipos y tamaños, que con sus mástiles y chimeneas recortan caprichosamente la faja irregular y policroma de los frentes: más atrás, en segundo término, sobresalen altos edificios de importantes fábricas, que completan con sus líneas quebradas ese aspecto típico de la Boca, el popular y tradicional barrio bonaerense que, en su conjunto de líneas y contraste de colores hemos ponderado mil veces a través de los cuadros famosos de Quinquela Martín.

La vuelta de Rocha, uno de los mas pintorescos rincones de la Dársena Sud. El imponente puente de hierro enmarca un fragmento del Riachuelo, con su típico barrio cosmopolita.

A la algarabía ensordecedora que, hace poco llenaba el barco, a la gente que subía y bajaba con valijas y daba en voz alta las últimas despedidas y recomendaciones, sucede un silencio casi absoluto, hecho más sugestivo por el contraste y por la sensación de la partida. En contados minutos ya la motonave enfila el canal en pleno río y lanza al aire el silbato de sirena como saludo al puerto que deja.

Muchos pasajeros se han retirado a los camarotes para arreglar sus equipajes o descansar: los menos, sobre el puente, asomados como nosotros a la borda, miran hacia nuestra querida y grande Buenos Aires que dejamos. Al alejarnos, nos damos cuenta de lo que es ella en nuestra vida: las ciudades también tienen alma y corazón y por eso se hacen querer: nuestra mirada es un mudo, cariñoso saludo de despedida y una promesa de pronto retorno. Y seguimos mirando en la lejanía la inmensa faja gris formada por la silueta de miles y miles de techos, de terrazas, de torres, de cúpulas, de campanarios y de chimeneas. Vamos ahora a familiarizarnos con lo que será nuestro mundo por unos días: el barco y los pasajeros.Los camarotes y las salas limpias y acogedoras nos predisponen el ánimo para un viaje delicioso.

En cuanto, a los pasajeros, a medida de que, uno tras otro, suben a cubierta, notamos evidentemente el cruzarse reciproco de las miradas a las cuales siguen las primeras preguntas: "¿Viaja Ud. también a Corrientes?", "¿Tendremos buen viaje'.'", "¿Habrá muchos mosquitos, allá, al norte?", etc., etc. De estas frases banales empiezan a brotar las charlas y luego las confidencias hasta que se descubre un común amigo, allá en Buenos Aires, bajo cuyos auspicios la conversación se hace familiar. Como anillos de una cadena se van formando relaciones hasta que este conjunto heterogéneo de personas, ayer desconocidas entre sí, se transforma en una amigable compañía.

Las primeras gratas impresiones fueron confirmadas: pasamos quince magníficos días entre gente muy bien y con ganas de divertirse, tanto que, al término del viaje, separándonos para volver a la vida acostumbrada, cada cual no disimulaba su pena.

 

Aspecto del puerto de Buenos Aires visto desde el barco que se aleja.

 

Mientras tanto el barco cruza las amarillentas aguas del Río de la Plata: está cayendo la tarde: nos parece de navegar en alta mar: apenas si se nota en la lejanía, atenuado por la neblina, un hilito obscuro que, como una línea trazada con el lápiz, divide en el horizonte el cielo del agua: es la costa bonaerense: del otro lado agua y cielo. "Si no fuera que anochece habríamos podido, dentro de poco, ver la isla Martín García y la costa uruguaya". Esto lo dijo un señor que ya conocía el viaje. "Pero", le contestamos nosotros, "¿cómo puede ser que se vaya hacia Martín García y las costas uruguayas si, mirando el mapa, la línea recta entre la Dársena Sud y la boca del Paraná Guazú pasa al oeste de la isla?" Acertó a pasar en ese momento el Capitán, afabilísima persona, verdadero "Lobo de mar" - queremos decir - "lobo de río", curtido en mil viajes y le rogamos nos aclare la duda. Nos dijo que el barco sigue derecho hasta la isla Martín García, luego dobla entre la isla y la costa Uruguaya siguiendo el canal, llamado del Infierno para enfilar el Paraná Guazú. Ya empezamos a aprender algo.

Primera comida a bordo: un mozo de "smoking" blanco recorre los pasillos y puentes agitando la campanilla que anuncia la cena. Es este uno de los momentos más típicos y gratos, pues a la hora de las comidas, especialmente si se trata de la primera, es cuando de una sola mirada se abarca todo el pasaje. El interés general se concentra en la lista de los platos y los comentarios sobre los distintos manjares dan amplio pábilo para la charla. Felizmente el cocinero del "Washington" debe ser un maestro en su arte: la comida era excelente. El primer día había terminado.

Lo que es el río Paraná

La mañana siguiente nos deparó la vista grandiosa del Paraná, ya cerca de Rosario. El sol radiante que disolvía las brumas matinales nos predecía tiem­po espléndido. A lo lejos las molesgrises y esfumadas de algunos altos edificios nos daban el primer saludo de la gran metrópoli santafesina: más abajo y más cerca las instalaciones portuarias y fábricas y, en primer plano, hasta nuestros pies, las aguas del río, que reflejando el cielo de la mañana, eran de un suave color rosa metálico.

La ciudad de Rosario contemplada desde el Paraná

El "Washington" aminora su marcha y con rápida maniobra atraca al dique de cabotaje. Autos, camiones, pasajeros listos para embarcarse, gente que los acompañan, peones, etc., mezclados con equipajes y paquetes, vuelven a traer a nuestro derredor, por cuanto en forma atenuada, la confusión de la partida. Sube a bordo un amigo, el cual hará con nosotros buena parte del viaje de ida: esto agrega atractivo y alegría a nuestro espíritu.

Nos apartamos del gentío, vamos al puente más alto del barco y empleamos la obligada hora, que falta para la salida, en contemplar y asombrarnos una vez más de la inmensidad de este río. Por cuanto se lean descripciones y se ponderen datos y noticias, no es posible concebir la idea exacta de su magnitud: hay que navegar en él, como lo hicimos nosotros, por días y días para comprenderlo. Su curso de cuatro mil y más kilómetros lo pone entre los más largos y caudalosos del mundo. Mirando al agua, que allí abajo se desliza suavemente en su eterno viaje hacia el océano, pensamos que en su coloración amarillenta trae partículas de tierra argentina, brasileña y paraguaya, y se nos antoja mancomunar este hecho meramente físico con un pensamiento que surge de nuestro corazón: este río, esta agua a la cual contribuyen tres países, es como un símbolo de unión indisoluble de tres pueblos hermanos por orígenes, por cultura y por aspiraciones.

Nuestra fantasía vuela lejos, allá al norte, a través del "sertáo" brasileño, en plenas selvas vírgenes, en donde dos ríos caudalosos, el Río Grande y el Paranahiba, juntándose, dan origen al Paraná, el cual, eludiendo casi una ley de la naturaleza, nace ya amplio y majestuoso: hasta los hechos geográficos tienen su destino, grande para unos, vulgar para otros. Hay ríos señalados para roles primarios y que son la razón de ser, casi la vida misma de inmensas regiones; ríos que, serpenteando, fluyen anchurosos por miles de kilómetros recibiendo, como tributo de vasallos, las aguas de infinidad de otros ríos menores, que contribuyen a engrandecerlos aún más. Ríos creados por Dios con el fin de permitir rápido y fácil acceso a regiones internas y apartadas y, a menudo, para que delimiten naciones, pueblos y provincias

Desde su origen, en Brasil y a los 20 grados   de   latitud   sud,   el   río   Paraná marca el límite entre los estados de Paraná y San Pablo a su izquierda y el de Matto Grosso a su derecha. Separa luego el Paraguay del Brasil (estado de Paraná), hasta el paralelo 25° 30', adonde, a la izquierda, recibe el río Iguazú. Desde ese punto divide el Paraguay de ia Argentina (territorio de Misiones y provincia de Corrientes), hasta su confluencia con el río Para­guay: después es completamente argentino hasta desembocar en el Río de la Plata a los 33° 30' por el amplísimo y pintoresco Delta que todos conocemos. El Paraná es uno de los ríos llamados de llanura y ésta es una de las causas de su inmensa importancia como vía de agua, pues tiene desniveles mínimos, fondo en gran parte arenoso y corriente suave. Creemos interesante dar algunos datos: el desnivel por cada Km. es de 89 mm. en Posadas, se reduce a 67 en Corrientes, a 43 en la Paz, a 20 en Rosario y a 10 en San Pedro. La cuenca hidrográfica del Paraná se calcula en la friolera de 2 millones y medio de kilómetros cuadrados y las lluvias que caen en la misma representan por término medio 4.500 millones de metros cúbicos por año, de los cuales sólo una novena parte, aproximadamente, contribuye a formar el caudal del río, perdiéndose lo demás por evaporación y absorción del suelo. Diremos, para terminar, que el curso del Paraná se divide en cuatro secciones de acuerdo con las posibilidades de navegación: el Paraná Inferior, cuya profundidad media es de metros 6,40; va desde su desembocadura en el Río de la Plata hasta Rosario por un largo de 298 Kms. Después de Rosario y hasta la ciudad de Paraná, por un largo de 185 Kms., es el Paraná Medio, cuya profundidad media natural es de metros 5,60. Sigue la tercera sección que, con profundidad media de m. 1,80 y por un largo de 298 Kms. va hasta Corrientes y se llama Paraná Superior. Y por fin, aguas arriba de Corrientes, o de la confluencia con el Paraguay, la cuarta sección, llamada Alto Paraná, se distingue de las anteriores por tener el fondo de rocas, v estar, más arriba de Posadas como encajonada entre altas paredes. Esta última parte del río es la más pintoresca.

Distraídos en estas consideraciones y refrescándonos la memoria de cosas vistas y leídas no nos dimos cuenta de que el barco había ya reanudado su viaje.

Compañeros de viaje

Habíamos ya dejado a nuestra derecha la isla del Espinillo y la de la Invernada, que están frente a Rosario, y a la izquierda las últimas casas de la gran ciudad, los establecimientos fabriles de los suburbios, los barrios residenciales de Alberdi con sus elegantes chalets levantados en lo alto de la pintoresca barranca, y al pie de la misma, bordeando el río, numerosos clubs deportivos. Rosario también, ciudad eminentemente trabajadora y comercial, tiene sus lugares de suave belleza y de sano reposo.

La llegada al puerto de Rosario ha hecho de que todo el mundo saliera a cubierta temprano: ya empiezan las charlas amenas y las escenas hilarantes: uno de los primeros en revelar sus dotes festivas fue un joven gordito, de cara abierta y simpática, el cual viajaba a Posadas por asuntos comerciales. En seguida uno y otro empezaron a colaborar con tanto entusiasmo que durante la misma tarde hubo música, canto y baile. Otro tipo risueño era un pasajero, que llamaremos Don Juan, el cual, con su familia, había dedicado sus vacaciones a un viaje a las Cataratas del Iguazú. Tipo comunicativo y alegre, acostumbrado todo el año al trabajo, gozaba de su asueto intensamente, como un muchacho: su alegría desbordaba por todas partes y se propagaba a los demás pasajeros. No había puerto grande o chico en el cual no bajara, a veces haciendo equilibrio sobre la estrecha tabla que servía de planchada y a veces entreteniéndose con el riesgo de quedarse en tierra, lo que provocaba el miedo de su dulce mitad y los consiguientes, justos, reproches.

La nota romántica la daban dos parejas de recién casados en viaje de bodas. Jóvenes y casi de la misma edad se habían, por rara coincidencia, casado en el mismo día. Las dos flamantes esposas, si bien en diferente tipo, eran bonitas y aparentemente buenas (si eso es cierto lo dirán los respectivos maridos). En cuanto a los varones: el uno alto, más bien delgado, era de carácter jovial y expansivo, amigo de todos y conversador, tanto que le llamaban "el mudo"; el otro, más reposado y tranquilo, no tenía por eso menores ganas de divertirse, cosa que cumplió a la letra. Había otros tipos interesantes entre nuestros compañeros de viaje, pero como estamos llegando a Puerto Diamante, haremos su presentación en un próximo día.

 

De  Pto.  Diamante a  Pto.   Paraná

16.30 horas; tiempo nublado y fresco: el barco se aproxima a la empinada costa que, a nuestra derecha, forma la margen del río. No es posible ver la ciudad porque está sobre el plano, atrás de la barranca; pero, sí, vemos el dique flotante y el camino que serpenteando en la cuesta lleva a ella. Estamos ya a 536 Kms. desde Buenos Aires.

Llegando a Diamante, un activo centro comercial en Entre Ríos

Diamante es un activo centro de Entre Ríos y lo demuestra el hecho del trajín de a bordo. Sube un pasajero del lugar, persona que, ocupando un cargo bastante alto, consideramos buena fuente de información. De este modo supimos que Diamante fue fundada en el año 1836 y que el hecho histórico más digno de importancia a ella ligado fue el cruce del Paraná, que, en este mismo lugar, efectuó el Genera! Urquiza el 20 de Diciembre de 1851 para dirigirse con su ejército hacia Buenos Aires y derrotar a Rosas. Nuestro informante, hijo apasionado de su tierra, nos hizo un cuadro tan atractivo de Diamante que hubiésemos querido visitarla de tener el tiempo: lo lamentamos.

La ciudad cuenta con cerca de nueve mil habitantes, es uno de los mayores centros agrícolas de la provincia y posee edificios notables, entre los cuales una bellísima iglesia y la Municipalidad.

Puerto Diamante, en Entre Ríos. Diamante es uno de los mayores centros agrícolas de la provincia; cuenta con cerca de nueve mil habitantes y su progreso arquitectónico es visible en algunos de sus notables edificios, como la iglesia y la municipalidad
 

Ya el barco reanuda su marcha: el primer puerto al cual llegaremos será Paraná. Desde Rosario navegamos en el Paraná Medio, que se caracteriza por una cantidad de Islas grandes y pequeñas formadas por los muchos canales, riachos y brazos en que se divide el río: por supuesto la navegación sigue por el cauce mas profundo y seguro que corre del lado del Este, o sea bordeando la alta orilla entrerriana: por esa razón no pudimos ver Coronda sobre la margen opuesta, frente a la isla de Carcarañá. El río, siempre majestuoso en derredor nuestro, ostenta las lejanas riberas verdes de tupida vegetación: estamos en una de las zonas más intensamente agrícolas. Cada tanto nos cruzamos con algún barco de carga que lleva hacia Rosario o Buenos Aires productos de estas tierras feraces.

Ya anochece: el tiempo encapotado de la tarde se había disuelto en masas de nubes que parcialmente dejaban ver el azul del cielo: los rayos del sol, que estaba por terminar su diaria tarea, se reflejaban con intensidad sobre los inmensos, fantásticos cúmulos de nubes coloreándolos con los más bellos matices del amarillo, del rojo y del violeta, los que se reflejaban en las aguas como en un espejo movedizo multiplicando al infinito el centelleo y las esfumaduras de los colores. El fresco de la tardecita, el silencio solemne únicamente interrumpido por el pulsar de las máquinas y el lejano eco de las charlas de los pasajeros, casi todos reunidos abajo, y la tendencia a la dulce melancolía, propicia en esa hora en que es más de día, pero aún no es de noche, daban a nuestro espíritu una sensación de calma y de bienestar mental que adormecía momentáneamente ese estado de perenne nerviosidad al cual estamos condenados los que vivimos en las grandes metrópolis modernas.

 

Una isla frente a Rosario. La luz del ocaso riela en las aguas del Paraná. Hacia el fondo la vegetación recorta su silueta obscura. Paisajes como estos, tan llenos de poesía y de calma, son comunes en todo lo largo del viaje. Los ocasos se parecen a los amaneceres, el mismo juego indeciso de sombras y luces que se reflejan entre las ondas del Paraná

 

Bien entrada la noche, pues eran las veinte horas, llegamos a puerto Paraná. Ya desde lejos habíamos divisado el brillar de muchas lucecitas a orilla del río y en lo alto de la barranca, negra en la noche, y en el cielo el reflejo claro de las luces de la ciudad. Paulatinamente, y a medida de que nos aproximamos, estas luces disminuyen en número pero aumentan en intensidad, hasta que, solamente podemos ver las que nos son cercanas. En la penumbra de la noche divisamos al pasar el hermoso parque Urquiza dominado por la estatua del gran general.

Mientras el "Washington" febrilmente efectuaba sus operaciones de carga y descarga, la llegada de la balsa de Santa Fe nos recordó que allá enfrente, del otro lado del río hay otra importante ciudad, capital de la provincia homónima. Es una pena que no todos los buques de la carrera vayan hasta ella: por la razón, que ya mencionamos, de los canales y riachos en que se subdivide el río, el llegar hasta Santa Fe obligaría a prolongar el viaje, pues ese puerto está sobre el Colastiné, afluente del Paraná, y se comunica con éste mediante dos canales, el de acceso al puerto y el otro de derivación.

Es la hora de cenar y bajamos al comedor. La salida de Puerto Paraná nos sorprendió a la mesa: la animación en el comedor estaba en su apogeo: los ca­balleros hablaban de todo un poco y las señoras aprovechaban para escudriñar sus congéneres y preparar material para las tijeras, que luego usarían en las largas horas de ocio sobre cubierta. Luego, la acostumbrada tertulia al aire libre, que el frío reinante, a pesar de la estación, hizo muy corta, prefiriendo todos retirarse a descansar... de las fatigas del día. Nosotros esperamos hasta después del arribo a los puertos de Hernandarias y Santa Helena, siendo casi la medianoche.

Una de las cosas que más atrajo nuestra atención, durante todo el viaje, tanto en plena luz como en la más profunda obscuridad, era la rapidez y exactitud con que el barco efectuaba las maniobras de amarre y de salida. Vale la pena dedicar dos palabras a este punto: acostumbrados a ver las largas, difíciles y delicadas operaciones de llegada y partida de los transatlánticos, nos asombra la prontitud y sencillez con que estos barcos de los ríos atracan y luego salen: toca el silbato anunciando un puerto y en el tiempo que uno sube a cubierta el buque ya está casi amarrado: toca otra vez anunciando la partida y, en menos que "canta un gallo", ya estamos a diez metros del muelle. Indudablemente que las modalidades de navegación Fluvial son bien distintas de las marítimas, pero de todos modos hay que admitir una gran habilidad de parte de quien dirige.

Yacarés, mosquitos y otras charlas

Un sol radiante nos despierta la segunda mañana de nuestro viaje: ya habíamos pasado desde temprana hora el puerto de La Paz, que por eso, no la pudimos ver. Sigue el río inmenso, con su cortejo de riachos y canales y su enjambre de islas e islitas. Los pasajeros, sobre cubierta, respiran el puro y fresco aire dela mañana: las conversaciones giran hoy con preferencia alrededor de tres argumentos: es decir, las conversaciones de los pasajeros novatos, que por primera vez van al Alto Paraná. Yacarés, mosquitos y mbariguiés, calor.

 El primer argumento, los yacarés, es ahora el más interesante, porque ya entramos en la zona del río adonde viven esos bichos. Todo el mundo, presa de una frenética curiosidad, agudiza la vista y mira hacia las islas arenosas o las riberas opulentas de vegetación: a cada rato un grito de llamada y todos se precipitan de un lado o del otro para ver, pero los yacarés se burlan de la curiosidad de los turistas y siguen indiferentes, allá lejos, sobre el amarillo de la arena, durmiendo su diaria siesta en pleno sol. Otras veces se cree descubrirlos en alguna anfractuosidad de la ribera, bajo la sombra de las ramas cargadas de hojas que se extienden a ras del agua, pero muy a menudo en vez de un yacaré es un vulgar y viejo pedazo de tronco deárbol dejado por alguna creciente del río.

 

Algunos pasajeros, que ya habían visto estas cosas, aprovechan, no sabemos si en buena o en mala fe, para hacerse los entendidos y dar pruebas de su experiencia: "En uno de mis viajes — decía uno— hemos encontrado a mas no poder y largos hasta cuatro metros!" Otro, para no ser menos, trazó un cuadro espeluznante sobre la voracidad y crueldad de estos bichos, que no desdeñan "comer chicos de un bocado" y un tercero, refuerza lo dicho, afirmando que "a lo largo de las costas hay mucha gente a la cual falta una mano y hasta un brazo por habérselo arrancado un yacaré hambriento!" Para el lector que quiere saber la verdad, nosotros diremos que los yacarés o chacarés pertenecen a la familia de los cocodrilos, pero son más chicos, pues su largo llega muy raramente a los tres metros. Que viven en las orillas de los anchos ríos tropicales de corriente tranquila, pasando todo el día perezosamente inmóviles sobre la arena o en las playas, dedicando la noche a buscarse la comida, que consiste en cualquier cosa que vean moverse en el agua, pero especialmente de peces o animales muertos arrastrados por la corriente. Por este último motivo son, bajo cierto aspecto, útiles, pues contribuyen a limpiar la contaminación de las aguas. Para el hombre no son peligrosos, porque le huyen, y solamente pueden ser temidos, cuando en peligro, se defienden. Son ágiles en el agua, pero en la tierra se mueven pesadamente a causa de su estructura que no les permite trasladarse con facilidad sino en línea recta. Dicho esto, no negamos que teníamos nosotros también interés en ver estos animales, que hasta hoy no conocíamos en libertad. Pero en todo el viaje no tuvimos excesiva suerte: vimos pocos y siempre a distancia con gran desilusión de una joven señora que estaba empeñada en ver de cerca un yacaré. Se la veía correr afanosamente de un lado y del otro, esgrimir el larga vista, arrugar la frente en un esfuerzo visual, pero siempre con el mismo resultado. "No puedo verlo bien" decía "está inmóvil, demasiado lejos, todo sucio de barro...

Conmovido por el repetirse de la escena, un cura, que viajaba a Posadas, se aproximó y le dice: "Vea, señora, escuche un consejo. ¿Quiere ver de cerca y sin cansarse un yacaré? Con menos trabajo y más comodidad vaya a un zoológico o, si lo prefiere, al Museo de Ciencias Naturales. . . adonde puede hasta tocarlo. . .". Desde ese momento se le pasó a la buena señora el antojo de ver yacarés: posiblemente habrá pensado que el cura tenía razón.

El segundo tema de las conversaciones giraba alrededor de las picaduras de los mosquitos y de los mbariguiés, pesadilla número uno de las señoras, las cuales naturalmente se daban consejos de cómo defenderse o remediar. Se hablaba de verdaderas nubes de insectos, de su sed de sangre, de su inacabable voracidad. Pero a pesar del terror pánico de las señoras, y también de algunos caballeros, la cosa no pasó de ser una molestia pasajera: a veces el diablo no es tan feo como lo pintan. Si bien alguno fue más o menos castigado, la mayoría de nosotros se la pasó con una que otra picadura, y alguno hasta sin molestia de ninguna especie en todo el viaje a la redonda.

Y por último, con respecto al calor, muy poco es lo que hemos sufrido: posiblemente por la estación y, más que todo, porque tuvimos suerte.

 

 

En el Paraná Superior

Al subir a cubierta, la mañana siguiente, el Capitán, siempre atento, nos señaló que estábamos navegando frente a la desembocadura del río Guayquiraró, que demarca el límite entre las provincias de Entre Ríos y Corrientes. Estamos, pues, en el Paraná Superior: a nuestra izquierda sigue la ribera santafesina chata y monótona, aunque engalanada de vegetación, y a nuestra derecha la empinada barranca que caracteriza buena parte de la costa, entrerriana y correntina. La velocidad de la corriente del río es en estos parajes de ocho kilómetros por hora en las épocas de crecientes, para reducirse a tres y medio en los períodos de aguas bajas.

El río Paraná, entre La Paz y Esquina.   En estos parajes la velocidad de la corriente del rio es de 8 Km. por hora en  las épocas   de crecientes,   para reducirse a 3,5 en los períodos de aguas bajas. Durante todo el viaje las riberas aparecen cubiertas de una tupida   vegetación que cada vez se hace más densa, anunciando   los dominios de la  exuberante floresta  subtropical.

A eso de las once horas una boya, que tiene encima pintado: Km. 855, indica la entrada al canal de acceso de Esquina, cuya blanca silueta se dibuja al horizonte en lo alto de la barranca. La ciudad de Esquina, cuyo departamento cuenta cerca de veinte mil habitantes, se llamaba antiguamente Capilla de Santa Rita. En 1839 fue destruida completamente por el ejército entrerriano de Mascarilla, pero hacia 1846 empezó a reedificarse y repoblarse, siendo hoy un importante centro de exportación de maderas.

El muelle flotante de Esquina, cuyo departamento  cuenta con   cerca de   veinte mil  habitantes. Es un importante centro de exportación de maderas. Antiguamente se llamaba Capilla de Santa Rita,  fue  destruida   en  1859 v reedificada en  1846

 

El barco atraca al muelle flotante y a los pocos minutos reanuda su marcha. Después de haber dejado a la derecha las islas del Naranjay y el paso de Guaycurú, dobla el Puerto Mal Abrigo sobre la orilla opuesta sin tocarlo. Aquí el río es muy ancho y el barco navega siguiendo la línea de mayor profundidad entre las grandes islas Yaguareté, dejando a la izquierda el río San Gerónimo sobre el cual, quince kilómetros aguas arriba se encuentra Puerto Reconquista. Dejamos luego a la derecha las islas Nanganui y nos aproximamos a la orilla correntina en demanda de Goya, a la cual no llegaremos a causa de la poca profundidad.

Barco que transporta los pasajeros a Goya, la ciudad correntina que no se puede  abordar   con embarcaciones de mayor calado. Goya queda 8 Km. más arriba sobre un brazo del Santa Lucía

Son las 18 horas y estamos a 967 Kms. desde Buenos Aires. El barco para como a doscientos metros de distancia de la playa y a su costado se arrima una lancha destinada a recibir los pasajeros, el correo y la carga destinados a Goya.

Se trabaja intensamente en las tareas del trasborde y a la media hora ya se va la lancha.

Goya queda 8 Kms. más arriba sobre la orilla izquierda del brazo Santa Lucía, que forma la isla de Las Damas. Nos han dicho que están en curso importantes obras para permitir a los barcos llegar hasta la ciudad. Entonces los pasajeros podrán verla: nosotros tuvimos que conformarnos con mirarla desde lejos, más bien con la fantasía que con los ojos. Lo único que pudimos percibir fueron dos torres y una cúpula, demasiado poco para conocer, aun de afuera una ciudad. De todos modos recordamos que Goya; con su departamento, cuenta más de treinta mil habitantes y es, después de Corrientes, el centro más importante y más densamente poblado de la provincia. Fue fundada en 1807 y se recuerda que en sus alrededores se libró un combate entre el cabo inglés Asdet, al servicio de Artigas, y los hermanos José Luis y Domingo Escobar, quienes defendían la causa de Buenos Aires. Los Escobar fueron hechos prisioneros y pasados por las armas: sus cabezas fueron expuestas en la plaza de Corrientes.

Goya tiene lindos edificios entre los cuales sobresale la iglesia parroquial construida en 1851 y una hermosa avenida costanera para diversión y paseo de sus habitantes. Además que con la lancha que va y viene a la llegada de los barcos, Goya se comunica con el puerto mediante una buena carretera, larga 8 Kms., y un pequeño ferrocarril destinado al transporte de los productos de esa región, muy importante por su riqueza agropecuaria.

Mientras tanto, incansable, el "Washington" reanuda su marcha. Pasamos a lo largo de las islas de Las Damas y nos dirigimos a Puerto Lavalle. Ya anochece. La tercera noche de navegación empieza y nosotros, por tercera vez, disfrutamos de la sugestiva puesta del sol en el río, cuya contemplación nunca cansa, como nunca cansan los grandes espectáculos de la naturaleza. La noche es magnífica: la luna confiere un matiz plateado a todas las cosas: las aguas que la reflejan, las negras siluetas de la vegetación ribereña, las estrellas centelleantes, nos hacen soñar como en un cuento de hadas, adonde todo es inmaterial y fantástico.

A las 20 horas llegamos a Puerto Lavalle, atracando al muelle flotante muy bonito y animado, pues los habitantes del pueblo acostumbran reunirse para asistir a la llegada de los barcos, su diversión favorita y, quizás, única. Ya veremos de día, a la vuelta, este interesante lugar, lo mismo que Bella Vista, al cual llegaremos pasada la media noche.

Corrientes

Los ruidos característicos de la llegada y el taconeo en vaivén sobre el techo de nuestro camarote nos despiertan temprano y nos avisan que hemos llegado a Corrientes. Aquí dejamos al "Washington", que prosigue por el río Paraguay hacia la Asunción y transbordamos a la motonave "Iguazú'' que por el Alto Paraná nos llevará a Posadas.

Llegando a Corrientes, capital de la provincia homónima, animada por sus 55 mil habitantes. Por su privilegiada situación en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay está destinada a ser uno de los principales puntos de exportación de los productos que vienen de Bolivia, Paraguay y Misiones

Un sector del puerto  de  Corrientes,   siempre  animado por un intenso tráfico  íluvial;  hacia  el fondo la  balsa que ha  llegado de  Barranqueras,  puerto   de   Resistencia,  capital del  Chaco

La mañana esplendorosa nos promete un día de calor: de todos modos en esas primeras horas el aire es frescoy agradable y nos invita a un breve paseo. En el puerto hemos notado mucho tráfico: posiblemente debido al hecho de coincidir las horas de llegada y salida de los barcos.

Otro aspecto del puerto de Corrientes, momentos antes de atracar la nave

La ciudad era muy tranquila en aquella temprana hora matinal: sus 55 mil habitantes dormían casi todos. Nosotros hemos revivido las sugestivas impresiones de nuestras anteriores visitas por ese ambiente de reposante aire provinciano y colonial, que de aquellos remotos tiempos ha sabido conservar todo lo más aparente, es decir, sus calles, sus edificios, sus iglesias.

La motonave "Washington", saliendo del puerto de Corrientes para dirigirse a la Asunción

Pero si en su aspecto exterior Corrientes nos hace recordar la poesía del pasado, en su vida ciudadana y comercial está a la par con cualquier otra capital argentina: sin hablar de las instituciones culturales que la honran, su comercio y la exportación de sus múltiples productos la colocan en un lugar privilegiado. Además, por el hecho de estar situada de frente a Barranqueras y a cerca de 30 Kms. aguas abajo de la confluencia del Paraná con el Paraguay, Corrientes será con el tiempo uno de los principales puertos de exportación de los productos del Paraguay, de Bolivia y de Misiones hacia la cuenca del Plata y el Atlántico. Salimos poco después de mediodía, mientras llegaba la balsa procedente de Barranqueras, que es el puerto de Resistencia, capital del Chaco.

Damos una breve recorrida al barco que nos hospedará por un día y medio: aunque algo menor que el "Washington", por exigencia de la navegación, vemos con sumo placer que estaremos muy cómodos.

Nuestros compañeros de viaje se han reducido de número, por que en el "Washington" dejamos los que van a la Asunción y que saludamos efusivamente cuando se alejaron, pues salieron poco antes que nosotros.

 

"Iguazú" - foto archivo Histarmar

Otros tipos de  abordo

El menor tamaño del barco y el menor número de personas han hecho de que intimáramos más. Había entre nosotros un rico tipo, ya entrado en años, pero ágil y siempre en movimiento, el cual tenía el antojo de los chistes: persona que encontraba, persona a la cual tenía siempre algo que contarle, algo que terminaba invariablemente en una carcajada. Pero este hombre, en apariencia tan risueño, debía tener su tragedia interior, pues tenía miedo a la señora, como los chicos al "cuco". Y el motivo era porque a la señora no le gustaba que su marido perdiese su seriedad haciendo reír los demás con los chistes: ella, dama formal, de cabello gris y con gafas, seguía al esposo travieso a todas partes y le reprochaba su comportamiento, así que el pobre, antes de hablar, miraba en su derredor para ver si no había moros en la costa y, una vez seguro, solamente entonces largaba el inevitable inocente cuentito. Fue esta pareja una de las notas más simpáticas del viaje.

Otro tipo original era un señor de edad, y nacionalidad indefinida, pues conservaba aún un leve acento extranjero y su apellido podía pertenecer a varias nacionalidades distintas: no sabíamos si era francés, o alemán, o suizo, o belga, pero. . . eso no importa. Era muy comunicativo y amigo de todos. Lo curioso en él era su modo de empezar cualquier discurso, invariablemente, con o sin motivo, con la frase: "yo quisiera. .. etc.". Así que a los dos días de víaje no se le conocía más que como "Señor Quisiera". El sabía todo, pero a su manera, y salía a menudo con cada disparate, que los presentes solamente con gran esfuerzo podían contener la risa. Una tarde, por ejemplo, se comentaba la habilidad del capitán en guiar al barco, siguiendo el cauce del río con suave ruta aproximándose a una u otra orilla. El señor "Quisiera" estaba escuchando y luego, como si un gran pensamiento hubiese brotado de su cerebro, sale de improviso con estas palabras: "Yo quisiera saber como se la habrá arreglado Cristóbal Colón cuando vino por este gran río descubriendo América. De veras que es maravilloso al sólo pensarlo!". Dominamos nuestra hilaridad y tratamos de explicarle que Colón nunca supo de la existencia de estos países, porque en sus cuatro viajes sólo pudo conocer del continente una muy pequeña parte de la costa, ahora, venezolana. El señor "Quisiera" se resistía creer y se necesitó de la autoridad del capitán, que allí pasaba, para convencerle de su error. Hasta aquel momento él estaba convencido de que el hecho del descubrimiento de América involucraba viajes y exploraciones en todo sentido: si Colón vio sólo una pequeña parte del continente, no lo había desde luego descubierto, porque descubrir significa, para él, verlo todo.

Desde aquel momento en la cabeza del señor "Quisiera" el gran genovés descendió de su pedestal de gloria. . . Y como éste, que hemos citado, otros episodios nos alegraron a menudo, pues tipos como el señor "Quisiera" no se encuentran cada día.

En el alto Paraná

El río, entre Corrientes y Posadas tiene características propias: el menor volumen de las aguas, las rocas abundantes del fondo y la corriente, en algunos lugares muy rápida, dificultan la navegación. Es anchuroso y como la región que atraviesa es en gran parte muy llana se subdivide en brazos que dan origen a muchas islas, a menudo anegadas, especialmente del lado paraguayo.

 

El "Iguazú" toma el brazo izquierdo entre la orilla del Chaco y las islas Talar y del Medio; pasa luego cerca de la isla Cerrito, dobla la punta rocosa de Itá Cora y llega a la confluencia con el río Paraguay a 1.258Kms. desde Buenos Aires. El barco, siguiendo el serpenteo del "thalweg" se acerca a una o a otra margen: la que se extiende a nuestra izquierda ya no es argentina: esos montes tupidos que parecen casi tocar el agua son paraguayos y nos acompañarán hasta el término del viaje.

Pasamos la punta de Itá Pirú del lado paraguayo y luego, del lado Argentino, el puerto de Paso de la Patria: continuamos entre la costa correntina y las islas Curayacito, Toledo, Duraznillo y otras hasta llegar a Itatí, famoso por su santuario, del cual desde lejos, divisamos la grandiosa cúpula, parecida a la de S. Pedro de Roma. Este santuario, dedicado a la Santísima Virgen, fue fundado en 1618 por el Fray Luis de Bótanos, compañero de San Francisco: es el más venerado en toda la región y meta de grandes peregrinaciones (1).

Desde el barco vemos, asomada sobre la borda, la cúpula del Famoso Santuario de Itatí

Las márgenes del río van paulatinamente elevándose hasta convertirse en barranca: navegamos siguiendo la línea central del río y pasamos frente a Itá Ibaté, cabecera de una importante zona agrícola. Cruzamos luego numerosas islas a lo largo de la alta barranca correntina para llegar a Puerto Ituzaingó, pueblo de importancia con más de doce mil almas.

Ituzaingó, con las características barrancas que se levantan sobre el río. Las casitas parecen esconderse entre los árboles

El puerto de Ituzaingó, visto desde la cubierta del barco. Al fondo, la vegetacion subtropical

Aquí   empieza   el   tramo   más   difícil para la navegación, a causa de los rápidos de Apipé. Entre Ituzaingó y Posadas hay las grandes islas de Ja-ciretá. Apipé Grande y Chica, Talavera y otras: la profundidad de las aguas es muy escasa y el fondo es casi todo de rocas. A lo largo de las islas Apipé la corriente es brava llegando en algunos lugares a trece kilómetros por hora: es­tas corrientes rápidas empiezan cerca del paso de Mbaracayá, 15 Kms. arriba de Ituzaingó: las denominadas Carayá, Yacarés y Perdida son las más fuertes.

Era interesantísimo el ver con cuanta atención y habilidad el Capitán mismo manejaba la rueda del timón. Hombre de mediana edad, recio y fornido, más bien de baja estatura, desde treinta años conduce los barcos por estos pasos: arrimado a la borda, tres metros a su derecha, un marinero sumergía y levantaba de continuo la sonda cantando en voz alta la profundidad del agua: "siete pies, siete y medio, ocho escasos, siete, etc." y así por todo el tiempo en que duró esta navegación difícil. El barco obedeciendo al timón zigzagueaba a baja velocidad sorteando rocas a flor de agua mientras a nuestros pies la fuerte correntada formaba torbellinos y espuma rompiéndose en las piedras que afloraban. Era un espectáculo impresionante.

Posadas

Al atardecer llegamos a Posadas, capital de la Gobernación de Misiones y gran centro de exportación de yerba mate, de tabaco, de naranjas y otros frutos. Su aspecto, visto desde el río que en ese lugar es ancho 2.700 metros, es muy pintoresco: a lo largo del declive vemos casas y depósitos escalonados en anfiteatro y coronados por la edificación de la ciudad que empieza allá sobre el borde superior de la barranca a 45 me­tros de altura: el todo ampliamente alternado con el verde sombrío de la vegetación subtropical. De frente, al otro lado del río, se ve la ciudad paraguaya de Encarnación, punto de enlace de los ferrocarriles paraguayas con los argentinos mediante el ferryboat que cruza el río.

Posadas cuenta hoy más de veinte mil habitantes y es una ciudad de gran porvenir a causa de su posición y de la fertilidad de las tierras que la rodean. Fundada en 1865 perteneció a la provincia de Corrientes hasta 1882, año en que fue cedida a la gobernación de Misiones.

El vapor "Iguazú", en Posadas

Bajamos, y lo primero que atrajo nuestra atención fue el color rojizo del suelo: parece casi que todo lo que nos rodea está entonado a ese color: es que la tierra de Alisiones, como de gran parte de la Mesopotamia argentina, es rica en sales de hierro, los que le dan esta coloración. El corto paseo que efectuamos a través de la ciudad nos gustó mucho. Vimos su bonito aspecto: y los edificios notables de la Casa de Gobierno, del Banco de la Nación y de la iglesia parroquial, de estilo románico, con dos torres a los costados del frente.

La plaza 9 de Julio, con su jardín y la estatua de la República sobre un alto pedestal a columnas, es el centro de la ciudad: era muy concurrida aquella noche por ser sábado, lo mismo que las calles adyacentes: en varios clubs había baile, así que tuvimos la oportunidad de conocer, desde afuera, algo de la vida social posadense, dedicándonos con preferencia al estudio del elemento femenino, que en estas ocasiones hace gala de sus encantos. No hemos salido defraudados, pues la hermosura no escasea por cierto en Posadas. Comprendemos el porqué se bailaba frenéticamente y... apasionadamente: recordamos el club de Estudiantes, en la plaza, y el de Viajantes cerca de ella, como los que vimos mejor.

Era casi la media nochde  vuelta de nuestro paseo por la ciudad y sin ganas para bajar al camarote, desde el puente de paseo contemplábamos el magnífico cielo salpicado de estrellas, entre las cuales, como reina, resplandecía la luna. Delante nuestro el muelle y la barranca formaban una masa negra salpicada de puntos brillantes: del otro lado centelleaban las de los barcos grandes y chicos surtos en el puerto, y, más lejos, parpadeaban las lucecitas de Encarnación: todas se reflejaban multiplicándose en las trémulas aguas sobres la cuales, como fuertes pinceladas blancas, dominaban los reflejos platea­dos de la luna.

Y al fondo, como cornisas, de un lado y del otro del río la faja obscura e irregular de la floresta, que nos parece más profunda y misteriosa.

A Segunda Parte:  De Posadas a Iguazú y Regreso

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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