Historia y Arqueologia Marítima

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EL MOTIN DE LA "LADY SHORE" - 1

Todo es Historia Nº 265-Julio de 1989. Por Juan Maria Mendez Avellaneda. Enviado por Carlos Biscioni.

Cap 1 Cap 2 Cap 3 Cap 4
A mediados de 1797 sale del puerto inglés Falmouth la fragata "Lady Shore" propiedad de la Compañía de las Indias con casi 170personas con destino a Botany Bay, Australia. Treinta y tantos días mas tarde los agitados vientos de un motín promovido por soldados irlandeses, franceses y algún alemán y polaco, llevan a la nave a Montevideo. Sesenta y ócho mujeres convictas viajaban a bordo de ésa fragata convenida en cárcel flotante de prostitutas, condenadas por delitos menores y alguna a prisión perpetua. Aquella promiscuidad marítima entre mujeres jóvenes que vendían su cuerpo en Londres y soldados voluntarios donde habían algunos republicanos levantiscos, concluirá en el Río de la Plata. Una de las más destacadas -Mary Clarke o "Clara la Inglesa" -morirá anciana en 1844 luego de haber hecho y desecho varios matrimonios, frecuentando a Manuelita Rosas, a las tertulias de época, a los comerciantes ingleses que venían a dar a su posada, acumulando bienes que legará a iglesias y conventos. Juan María Méndez Avellaneda da vida a esta novelesca historia que nacióal concluir el siglo XVIII y terminó en la época rosista.

"Desde el primer momento los subditos británicos han frecuentado el Río de la Piala como comerciantes y como contrabandistas y hubo una época en que también tenían el monopolio de esclavos, obtenido gracias a su amplia organización en la costa de África. Resulta fácil concebir qué relatos de espíritu de empresa, qué crueles sufrimientos y qué ejemplos de osada aventura diversificarían los anales de aquella época sin ley, si fuera posible reunirías; pero pocas circunstancias ostentarían un aspecto más notable que la primera llegada de mujeres inglesas a este territorio. El 'Lady Shore' partió de Inglaterra..." - Viaje a caballo por las provincias argentinas de William Mae Cana.

 

En el año 1770 el capitán Cook desembarca en Australia y explora por primera vez sus costas, en especial la región denominada Botany Bay. A partir de ese momento las islas y territorios del Pacífico Sur despiertan la curiosidad y el espíritu de aventura y rápidamente las expediciones marítimas van tocando y descubriendo este nuevo continente. Se suceden las exploraciones; noticias más concretas llegan a Europa y el gabinete inglés comienza a interesarse en esas remotas tierras. Lord Sidney es encargado de estudiar la conveniencia de fundar una colonia. La deportación de delincuentes y elementos indeseables por razones políticas se practicaba en Inglaterra desde comienzos de ese siglo; la revolución industrial y el descompaginamiento social incrementaron de modo alarmante el número de candidatos. La situación se complicó cuando las colonias de América del Norte, receptoras hasta ese momento de tales individuos, se levantaron en armas y obtuvieron su independencia.

Ciertos historiadores afirman que, más que por razones estratégicas (recordemos las diversas guerras con Holanda, Francia y España) el argumento de mayor peso entre las autoridades británicas fue considerar a lo que comenzó en llamarse la Nueva Gales del Sud como "un lugar excelente para enviar a los forzados". Lord Sidney, ministro del. interior y encargado de los presidios, organiza en 1787 la primera expedición que zarpa de Inglaterra con un cargamento de 750 delincuentes. Se inicia así la formación de un nuevo Estado que estará compuesto principalmente por convictos y deportados políticos de la Gran Bretaña.

"Una Siberia oficial" para los disidentes irlandeses, según lo calificara hace poco un historiador. Este tráfico humano se prolongará por 80 años y un cálculo aproximado realizado por dicho autor (Robert Hughes) consigna que durante ese lapso fueron transportadas 162.000 personas al nuevo continente en una proporción de seis hombres por cada mujer: una considerable ventaja masculina en el rubro delictivo. Pero un grupo de convictas inglesas destinadas a la colonia de Botany Bay tuvo curiosamente un destino sudamericano y en lugar de engrosar la población australiana pasó a integrar la sociedad rioplatense.

El 7 de junio de 1797 parte de Falmouth la fragata inglesa 'Lady Shore' con destino a Botany Bay. Era de propiedad de la Real Compañía de Indias e iba al mando del capitán Wilcock con una tripulación de 25 marineros. Transporta un destacamento de 75 soldados y oficiales del regimiento de la Nueva Gales del Sud y 68 convictos para esa colonia penal. Sólo 2 de los convictos son hombres. A la altura de Río de Janeiro se produce un motín a resultas del cual muere el capitán, el primer oficial y uno de los cabecillas del motín. Los sublevados, luego de desembarazarse de los oficiales, que son embarcados en un bote y dejados cerca de la costa brasilera, hacen rumbo a Montevideo en cuyo puerto entran el 27 de agosto de 1797.

Eran frecuentes en esa época los motines y se han escrito relatos de esos violentos episodios que ocurrían en alta mar, algunos célebres como el del 'Bounty' llevado al cine. Por eso llama la atención que no se conozca mucho el motín de la 'Lady Shore' que reviste especial interés para nosotros dada la circunstancia de que los amotinados y su carga femenina se refugiaron en estas tierras.

José M. Massini Ezcurra, primer investigador que se ocupó de este episodio, ha reseñado la situación en que se encontraban la marinería inglesa en esa época. Los importantes cambios que trajo aparejada la Revolución Francesa provocaron un estado latente de rebelión en muchos sectores de la sociedad europea. Los soldados y marineros ingleses presentaron petitorios por los sueldos miserables y la cruel disciplina a que eran sometidos por sus oficiales, y en abril de 1797 la flota entera que debía zarpar para emprender la campaña contra Francia y España se niega hacerlo hasta tanto sean satisfechas sus demandas de alimentos, pensión a los heridos y mayor paga. Poco antes el coche del rey Jorge había sido apedreado en las calles de Londres y la bandera roja de la revolución internacional se había enarbolado en algunos de los barcos de la flota inglesa.

¿Qué clase de criminales eran las 66 convictas transportadas en la 'Lady Shore' y qué relación hubo entre ellas y el motín? En los archivos del Public Record Office se conserva la lista de las embarcadas con sus nombres, tribunal donde fueron juzgadas, fecha y pena impuesta. 55 mujeres fueron sentenciadas a 7 años de prisión, 1 a 14 años y las 10 restantes a prisión perpetua ("life").

Los jueces británicos al parecer aplicaban una pena mínima de 7 años por pequeños delitos. En la mitad de los casos se especifica -en el documento citado- que las convictas deben ser transportadas al otro lado del océano siendo a cargo del Consejo Privado del Reino la designación del lugar. Sin duda la escasez del elemento femenino en las colonias australianas determinó que todas fueran transportadas.

Hughes en su obra sobre los orígenes de Australia destruye ciertos mitos acerca de la criminalidad de estos individuos y afirma que, dejando de lado los condenados políticos -que calcula en un quinto del total de irlandeses embarcados- el resto eran ladrones reincidentes, rateros, transgresores de delitos contra la propiedad.

Regía en Inglaterra un sistema jurídico donde el ciudadano gozaba de derechos que lo protegían más que en ningún otro país de abusos por parte de las autoridades. La presunción de inocencia hacía muy difícil una sentencia condenatoria y por eso, cuando alguien era juzgado y declarado culpable por el jurado, el magistrado encargado de fijar la condena era proclive a ser severo como una forma de compensar tal código. Los criminales, bandidos y delincuentes peligrosos sufrían la pena de horca y como muestra de escarmiento las encrucijadas de los caminos de Inglaterra se encontraban profusamente adornadas con restos humanos.

Como ejemplo de la poca inclinación criminal de los deportados a Australia, Hughes trae a colación el caso de Elizabeth Beckford procedente del primer convoy que llega en 1788 y que fuera sentenciada a 7 años de reclusión por robar 12 libras de queso. La clase de delitos cometidos determinaba el lugar donde las penas debían cumplirse y el tiempo, aunque no se conocen muchos casos de que, una vez fenecido el plazo el convicto fuera reembarcado. Australia no era precisamente la tierra de promisión, las penas de azotes eran muy frecuentes y, sobre lodo a comienzos del siglo XIX con el despótico gobierno del capitán Blight, las sesiones de castigo eran muy alarmantes.

La llegada masiva de los primeros rebeldes irlandeses indica el inicio de las revueltas en las nacientes colonias.El historiador inglés George Pendle, que se ha dedicado a estudiar el caso de la 'Lady Shore', para darnos una idea de lo que eran estos viajes a Australia, transcribe algunas crónicas de marinos y tripulantes que participaron de ellos.

"Durante el lapso de seis meses que estuvimos anclados en el Támesis se vaciaron todas las cárceles de Inglaterra para completar nuestra carga y cuando zarpamos iban a bordo 245 convictas. Muchas de ellas no tenían mal carácter, la gran mayoría había sido condenada por crímenes insignificantes y una buena proporción sólo por desorden, esto es prostitución (streetwalkers); la colonia en aquel tiempo tenía gran necesidad de mujeres. A una escocesa se le quebró el corazón y murió en el río; fue enterrada en Dartford, era joven y bella pese a su vestido de convicta, pero pálida como la muerte y sus ojos enrojecidos por el llanto".

En la crónica citada se cuenta el caso de otras jóvenes provincianas venidas a Londres que fueron seducidas y forzadas a callejear por sus ocasionales amantes o macrós, para luego ser abandonadas por ellos. "Oí a algunas de estas convictas jactarse de sus crímenes pero un gran número de ellas eran inocentes desafortunadas criaturas víctimas de la seducción". Dice el relator que iniciado el viaje y "cuando estábamos en alta mar cada uno de nosotros tomó su mujer entre las convictas, todas muy dispuestas". El elige "una modesta muchacha de Lincoln condenada por el robo de una capa que tomó prestada de un amigo". En el viaje le dio un hijo y concluye asegurando que si hubiera habido un religioso a bordo se habría casado con ella.

El grado de criminalidad de la mayoría de las transportadas no era muy elevado, pero no sucedía lo mismo con su moral. Si a ello le sumamos la promiscuidad del viaje, según veremos en los siguientes párrafos, cuando las convictas llegaban a destino habían adquirido una mayor predisposición a manejar su sexo que la demanda del lugar hacía más apetecible. Esta inclinación tenía que ser más pronunciada en un país en que la diferencia del idioma y del medio dificultaban sin duda las posibilidades de ganarse la vida con dicha labor. Súmese a lo dicho el obstáculo que significaría el ser consideradas como delincuentes.

Forbes y Darwin se hacen eco de las versiones que en tiempos de Rivadavia y Rosas corrían en Buenos Aires sobre el grado de criminalidad de una de las convictas cuya historia contaremos en la segunda parte de este trabajo. Afirman que esa mujer de amante del capitán pasa a ser su asesina al encabezar el motín, logrando apoderarse de la fragata inglesa y desviando su ruta hacia el Río de la Plata. Sin embargo, de acuerdo con la documentación que se conserva en el Archivo General de la Nación, las pasajeras forzadas no tomaron parle en la rebelión.

En el buque viajaban tres clases de individuos: los marineros, la tropa y oficiales del regimiento de la Nueva Gales del Sud, y las convictas. El foco de la rebelión provino de los soldados llamados 'voluntarios' que, en realidad, eran extranjeros e irlandeses forzados a engancharse en el ejército británico. El sobrecargo Black, luego de hacer referencia al virtual estado de amotinamiento en que se encontraban las reclutas y marineros, a los cuales califica como la más repugnante colección de villanos que se haya embarcado, afirma que al zarpar de Falmouth a comienzos de junio de 1797 (conviene aclarar para tener en cuenta el grado de promiscuidad que había en el buque que las reclusas se encontraban abordo desde febrero y los soldados desde marzo) aumentó el antagonismo entre el capitán Wilcock y el oficial Minchin a cargo de la tropa. Una de las razones eran las mujeres pues "los marineros tenían libre circulación al lugar donde ellas pernoctaban" y esto ofendió a Mr. Minchin el cual escribió al capitán señalándole que el pasaje a la cámara y entrepuente estaba abierto cuando en realidad "debía mantenerse a las mujeres lejos". Pendle, del cual hemos extractado estas noticias, formula una somera observación sobre el resultado que puede lograrse del hecho de que durante meses tal cantidad de machos y hembras vivan hacinados en una cascara de nuez flotante.

La segunda fuente de información del historiador inglés es un libro publicado en Londres escrito por el mayor Semple Lisle. Este aventurero escocés era uno de los dos varones convictos embarcados en la nave. El libro narra con detalles el motín pero en ningún momento señala a las convictas como involucradas en él, ni menciona a ninguna de ellas como responsable por la muerte del capitán. Dice que la actitud decidida de los franceses amotinados contrasta con la cobarde conducta del oficial Minchin y sus subordinados. Claro está que él aparece como un héroe. A través de la lectura del sumario que se conserva en el Archivo General de la Nación, ordenado sustanciar por el virrey al gobernador de Montevideo, es posible reconstruir todo el episodio.

Francia e Inglaterra se encontraban en guerra, y España, mal de su grado, se había aliado a la primera inducida por Godoy, el Príncipe de la Paz. Debido a ello en la Gran Bretaña había una gran escasez de soldados y marineros y sucedía que en ocasiones los hombres que eran reclutados para esos servicios provenían de las cárceles o directamente estaban forzados a engancharse en el ejército. Esta circunstancia se trasluce de la respuesta que van dando los tripulantes en sus declaraciones ante las autoridades de Montevideo. Si bien el grueso de los miembros de la tripulación son ingleses, hay nueve franceses que en definitiva son los que organizan el complot, en especial tres de ellos que eran fervientes partidarios de la república y habían revistado en las fuerzas navales de su país; es decir que tenían conocimientos náuticos y cierta pericia en el manejo de los hombres. Dos alemanes, un suizo y varios irlandeses sirvieron como apoyo ya que, como es lógico, nadie tenía mayor interés en llegar a Botany Bay. En cuanto al resto de los soldados del regimiento, esa madrugada del 1° de agosto estaban profundamente dormidos y no ofrecieron ninguna resistencia luego de ver caer por la escotilla herido de muerte a su capitán.

En el expediente obra la declaración de medio centenar de hombres y las mujeres sólo son mencionadas cuando responden sobre su estado civil. Aunque se dan diferentes versiones de los hechos, por regla general los testigos coinciden al dar los nombres de los franceses como principales cabecillas del motín, unidos a los alemanes y a un portorriqueño que es el único tripulante que habla castellano y a quién las autoridades interrogan en primer término.

El éxito de la operación proviene de una estratagema de Delahay, que con la complicidad de la guardia nocturna se apodera de los fusiles de la tropa dormida. El oficial Lamben intenta una resistencia y es muerto pero antes logra matar al francés Delahay. El capitán, al oír los disparos sale de su camarote y es acuchillado por otro de los franceses y por el suizo alemán Lochard. Los restantes oficiales no ofrecen resistencia, y, a su pedido, al día siguiente son embarcados con sus familias en un bote logrando llegar poco después a la costa de Brasil.

El gobernador de Montevideo, Bustamante y Alsina, veía con malos ojos a estos republicanos franceses y en un primer momento intenta no reconocerlos como corsarios. Aduce que al entrar el barco a puerto lo hizo con bandera francesa sobre la inglesa cuando en realidad para indicar que la nave era buena presa "habría bastado poner la bandera inglesa al revés". También sostiene que los amotinados eran en realidad "soldados al servicio del rey de Gran Bretaña" y así lo corrobora el testimonio de los soldados ingleses.

 Las nuevas ideas revolucionarias son miradas con hostilidad por las autoridades españolas y la tensión llega a su punto más alto con el encarcelamiento del segundo jefe del motin, el oficial francés Jacques Thierry, al negarse a quitarse el sombrero en la Comedia de Montevideo ante el retrato de la reina de España.

De los 56 tripulantes que declaran en el sumario, 10 afirman -al dar respuesta sobre sus datos personales- estar casados y encontrarse sus cónyuges en el barco. Uno, el alemán Lochard, afirma estar "condicionalmente" casado con una inglesa natural de Londres, personaje que es tratado en la segunda parte de este artículo. Las inglesas son desembarcadas y "repartidas en el vecindario de esta ciudad (Montevideo) el cual se ha prestado a porfía a recogerlas con una humanidad inexplicable". La tropa y los amotinados, salvo Joseph Delis su jefe, son internados en la Real cárcel de la Ciudadela.

Poco después otro buque inglés -el "Duff"- es apresado por los franceses y remolcado al puerto de Montevideo provocándose una extraña situación que es narrada por Pendle, entre inglesas "pecadoras y santas". Un grupo misionero protestante había fletado el 'Duff" para misionar en los mares del Pacífico Sud. Iban a su bordo 9 misioneros con sus mujeres e hijos que, capturados por el corsario francés 'Buonaparte', deben desembarcar y vivir un tiempo en Montevideo donde son muy bien tratados por los vecinos. Dos de los misioneros han dejado escritas sus impresiones sobre este episodio y ambos recuerdan ciertos conflictos que se suscitaron entre sus esposas y "las infortunadas mujeres" -es decir las chicas de la Lady Shore- que intentan un acercamiento con sus compatriotas, acercamiento que fracasa cuando las recién llegadas descubren "lo que ellas eran (y) todas se negaron a dirigirles la palabra".

El historiador Koebel enjuicia duramente la farisaica conducta de los pastores de almas, actitud ésta que paradójicamente no se dio en tan significativa medida entre los pobladores de ambas márgenes del Río de la Plata con las tripulantes de la 'Lady Shore.

Otro historiador inglés, Samuel Hull Wilcocke, en su History of the Vice-royalty of Buenos Aires, también comenta la disparidad de situaciones que se produjeron entre las mujeres de ambas fragatas inglesas. Luego de narrar la bienvenida que las autoridades españolas dieron a los viajeros de la Duff pese a ser luteranos, llegando incluso a solicitarles que se radicasen en Montevideo, expresa que una menos favorable acogida tuvieron las convictas. "Su maneras disolutas y hábitos de degradación pronto restringieron las atenciones humanitarias con que fueron tratadas al principio y muchas de ellas fueron enviadas al interior, donde se sumaron a la inextricable mezcla de razas que existía y su prole pudo aportar una población de sangre mestiza británica". Y añade, muy puritanamente por cierto: "La mancha de su origen se espera, sea borrada por la ausencia de las escenas de tentación y vicio que dieron causa a la emigración compulsiva de sus madres".

La mayor parte de las convictas, sino todas, había convivido a bordo con la tripulación y en algunos casos la relación había creado vínculos permanentes. Ya hemos visto que 10 de los 56 tripulantes que declaran en el sumario sustanciado por el gobernador de Montevideo, afirman estar casados con alguna de ellas y dan su nombre y procedencia en algunos casos. En el Archivo General de la Nación se conservan muchas notas y súplicas de los tripulantes que desean reunirse con sus mujeres, así como otros con sus hijos y se da incluso la situación de una de las convictas madre de 3 hijos (recordemos que los sistemas de control de la natalidad eran muy rudimentarios) que pide auxilio y ayuda para ellos. No poseemos datos precisos sobre la edad de todas las transportadas pero es dable presumir que, por el fin a que estaban destinadas en la colonia de Botany Bay, eran jóvenes. Esto se ve confirmado en parte por otra documentación donde aparece la nacionalidad y edad de algunas de ellas. Sólo una, una vieja irlandesa protestante, supera los 50 años.

Tanto las convictas como los soldados y marineros ingleses de la 'Lady Shore' son trasladados por orden del virrey a Buenos Aires pues se teme que sus connacionales intenten atacar Montevideo. Las primeras son internadas en la Residencia y poco a poco destinadas a casas de los vecinos. De acuerdo con un documento suscripto por el alférez del regimiento de Dragones, fueron 68 las mujeres de nación inglesa prisioneras internadas en este establecimiento, de las cuales "por pedimento de muchas señoras de la ciudad salieron liberadas 64 y sólo han quedado 4 por no haber quien pida por estas pobres". Dos meses después dos de las reclusas piden ser aceptadas en casa de doña Josefa Mingoche, habitante en Monserrat, prometiendo enmendar sus yerros y reconciliarse con la religión católica. Y lo logran previo informe del fraile de haberse confesado una de ellas.

Uno de los mayores problemas que se presentan para el seguimiento de estas inglesas es el de su identificación ya que generalmente el escribiente o el censista deforman el apellido sajón para convertirlo en algo fonético a sus oídos. Recordemos el divertido caso que relata Lucio Mansilla del señor 'Ejimbota', apellido con que fue rebautizado por sus vecinos Mister Higginbottom. Confrontada la lista de las convictas que se conserva entre la documentación del Public Record Office con la de las internadas en la Residencia, en sólo 26 casos coinciden los nombres y apellido. Otra docena de apellidos cuyos nombres son coincidentes dan cierta certeza de identificación.

Las Marías y las Anas, siguiendo la tradición real, son los que más abundan y en media docena de casos las inglesas se han apropiado de los apellidos de miembros de la tripulación. Era al parecer costumbre sajonas el que las mujeres casadas cambiaran su apellido y los sustituyeran por el marital. Un ejemplo bastante claro lo tenemos de la documentación proveniente del censo llevado a cabo en 1827 en la ciudad de Buenos Aires: de 164 inglesas que se declaran casadas, en 116 casos sustituyen su apellido por el de su marido. Según los datos de este censo, en setiembre de 1827 aún viven en la ciudad cuatro de las convictas de la 'Lady Shore' llegadas 30 años atrás.

A veces la reconciliación con la Iglesia y la ceremonia bautismal traen aparejada la adopción de un apellido castizo como sucedió con la irlandesa Mary Bailey que pasó a llamarse María Ley González primero, y María González poco después. En realidad los censos como información estadística no son tan de fiar como parece en principio, en especial con el elemento femenino y también con los que eran extranjeros. Son conocidas las medidas restrictivas dictadas contra éstos por las autoridades españolas en sus colonias. Sólo los extranjeros que profesaban oficios mecánicos y en el arte de curar gozaban de ciertos beneficios.

El 11 de enero de 1780 por bando del virrey se hace conocer a la población que en el término de 8 días todos los naturales de los países sujetos al dominio del rey de Inglaterra "incluso los artesanos" deben presentarse a la Secretaría de Gobierno so pena de confiscación de sus bienes. Dos ingleses, dos escoceses, un galos (que hará fortuna) y un irlandés son, al parecer, los únicos comprendidos en la medida. Sin embargo, dos años más tarde otro relevamiento de británicos aumenta su número con varios irlandeses que habitan cerca del Riachuelo trabajando como carpinteros de ribera. En el censo de extranjeros de 1804 comienzan a figurar un cierto número de anglosajones (57) habitando dentro del ejido de la ciudad que en ese entonces comprendía 20 cuarteles. El mayor porcentaje empadronado es el de portugueses, cerca de medio millar, y de italianos. En ese censo se registran nueve mujeres de nacionalidad inglesa, un número muy considerable. El sexo femenino no era por lo general tomado en cuenta pues el objeto de estos relevamientos era controlar la población masculina forastera por razones político-militares. Además, por una ley de Partidas "la mujer no podía ser compelida a transitar" es decir a ser expulsada de estos dominios.

En un sólo caso el alcalde, luego de anotar el nombre, nacionalidad y estado civil deja especificado que proviene de la fragata 'Lady Shore' ("Elisoc") ero es evidente que las ocho restantes forman parte del mismo contingente. 51 número de inglesas es insólito y la pauta lo da el hecho de que figura una sola francesa -entre cincuenta y cuatro varones de esa nacionalidad- y ninguna otra mujer proveniente deI norte europeo. ¿Qué se ha hecho del resto de las convictas?

Un considerable número de tripulantcs de la fragata inglesa es enviado a a frontera para construir el canal de San Fernando y algunas mujeres los acompañan. Salas en su Diarío de Buenos Aires nombra a dos de ellas que son encarceladas acusadas "de vagancia y mala vida" y que luego serán desechadas de vuelta a Lujan. Otras pasan desapercibidas o se ocultan al practicarse el empadronamiento, tal vez temerosas de ser expulsadas. El Dr. O 'Gorman que las había atendido en prisión, era su protector. Este médico irlandés, muy estimado por sus pacientess, residía en la calle Santo Domingo, hoy Avda. Belgrano, y por razones que ignoramos -tal vez no recetó debidamente a la mujer del alcalde- era mal visto por éste.

Lo cierto es que al elevar a Sobremonte el listado conteniendo los nombres de los extranjeros habitantes de su cuartel, que comprendía la manzana de las luces y era el más poblado de la ciudad, el funcionario agrega al pie un informe donde denuncia que al pasar por la casa "del Proto Médico Gorman" para inquirirle si en ella vivían extranjeros, éste le contestó que no. "Después con malicia pregúntele otra vez si habitaban algunas mujeres en su casa, me volvió a responder que no. Me despedí y al salir me hallé con un criado y preguntándole si habitaban algunas mujeres me respondió que si y que eran inglesas". No conforme con ello el celoso funcionario pasó a la casa vecina y allí le confirmaron lo dicho por el criado.

En realidad, la actividad desplegada por este alcalde es excepcional y sus colegas no demuestran el mismo interés para localizar extranjeras en su cuartel según es posible colegir revisando otros documentos contemporáneos. Así, si cotejamos el listado elaborado por el alcalde del cuartel de Monserrat, vecino al recién mencionado, donde no figura mujer inglesa alguna, con un expediente criminal sustanciado por el asesinato de un inglés en los "quartos de Chavarría" ubicados frente a la plaza de Monserrat descubriremos que media docena de ex convictas habitan este cuartel.

En el sumario que se levanta para investigar el hecho -del cual nos hemos ocupado en su momento - una irlandesa que profesa la prostitución aparece involucrada. Tanto esta mujer, otra anciana irlandesa que vive con ella y tres inglesas que habitan frente a la iglesia de San Juan que declaran como testigos, no se encuentran incluidas en el empadronamiento, aunque sí lo estaba el inglés asesinado. Todas provienen de la 'Lady Shore' y, si bien afirman estar dedicadas a tejer medias y "otras labores propias de mujeres", de las probanzas del juicio resulta evidente que ejercían una suerte de prostitución. "Ilícita comunicación" la llama una testigo. Recordemos que en esa época al callejón que desembocaba en la plaza de Monserrat (plaza de toros hasta 5 años antes) se lo llama "calle del Pecado" porque en ese barrio se concentraba gente dedicada a esa profesión. Este episodio de la muerte del inglés Samuel descubre la marginalidad en que vivían estas infortunadas que, por supuesto, no eran las únicas que ejercían el oficio. Existe documentación de esa misma época con relatos de casos similares que demuestra que este oficio no era monopolio inglés y en uno de ellos el cura de esa parroquia -el Dr. Nepomuceno Sola- es injustamente acusado de encubrir tales negocios.

Finaliza la primera invasión inglesa y en vísperas de la segunda se lleva a cabo un nuevo censo de extranjeros y otro de habitantes de la ciudad. En el primero de los nombrados figuran catorce inglesas, la mayor cantidad registrada en los empadronamientos de esa época. Una gran parte de estas mujeres habita en el cuartel cercano a la Residencia y el funcionario se ha esmerado en cada caso en señalar su condición de solteras y madres al mismo tiempo de hijos nacidos en Buenos Aires o Montevideo. En 8 casos coinciden sus nombres y apellidos con el de la lista de convictas de la 'Lady Shore* y en casa del Dr. O 'Gorman habitan dos inglesas, una de 45 años y oirá de 17 años.

En el censo de 1809 el alcalde del cuartel 5º, el de la Residencia, al empadronar a tres matrimonios de ingleses deja constancia de que provienen de la 'Lady Shoro' ("Ladisor") y se han reconciliado con la Iglesia "y viven en buena armonía sin dar motivos al vecindario". Uno de ellos es herrero "uno de los mejores y equitativo" con esclavos y casa de su propiedad -30 años después seguirá ejerciendo su profesión- y otro, un marinero "holandés" peleó en las invasiones en favor de los españoles.

Un capítulo aparte merece el tema de la prolífica descendencia de estas inglesas cuyos hijos, en ciertos casos, eran entregados a familias españolas para alejarlos del mal ejemplo que darían sus madres.

Otra fuente informativa sobre las convictas inglesas es la crónica escrita por el oficial de esa nacionalidad Alejandro Gillespie. Esta obra que traza un cuadro muy interesante de Buenos Aires, y el interior, de aquella época, hace referencia a un número de ingleses "de ambos sexos" que se ofrece a colaborar la primera noche en que la ciudad es ocupada. Dice el cronista que "por una violación de nuestras leyes habían sido desterrados y cuyos crímenes en parte de ellos, habían sido todavía más oscurecidos en su tinte como perpetradores de asesinato. Estos eran algunos culpables del delito de 'Juana Shore'"' que se habían naturalizado por su religión; el preliminar más esencial de este continente para la seguridad y prosperidad personal".

Añade que "todos los de esa lista (sic) exceptuando una mujer disoluta, fueron colocados en empleos decentes y se condujeron bien y todos compitieron en buenos oficios para nosotros". Curiosamente, la mujer disoluta -que no menciona por su nombre- protagoniza un episodio poco después cuando los ingleses se ven obligados a rendirse y entregar sus armas frente al Cabildo. Esta misma mujer "dio a conocer su arrebatado orgullo patriótico gritándoles: 'Miren, miren mis valientes muchachos a qué cuadrilla de cobardes andrajosos se han entregado* ".

Es interesante ver -a través de la información que nos da este oficial británico- como los ingleses de la 'Lady Shore' que eran considerados unos parias por la traición cometida contra su país, algunos de los cuales sufrieron la pena capital (4), eran tratados de un modo muy distinto, "estrechados en nuestro pecho", y aceptada su vuelta al redil por razones de utilidad patriótica. En cuanto a las mujeres "nuestras compatriotas desterradas desempeñaron papeles distinguidos" poco después cuando fueron necesarias en su papel de "enfermeras de los derrotados soldados confinados en la Residencia". Tal como lo señala Darwin, ese papel le sirvió a Mary Clarke para reanudar el vínculo con sus paisanos y lograr con el tiempo colocarse en una escala social que nadie hubiera imaginado. Pero esa historia forma parte del segundo capítulo de esta crónica.

A través de la documentación de diversos archivos y trabajos históricos hemos intentado desentrañar el destino de este grupo de extranjeras que en forma tan extraña llegó al Río de la Plata. Extraña y única pues no se ha producido, que se sepa, otro caso semejante.
Con la llegada del ejército de Berésford, cuyos soldados eran acompañados por las infaltables 'soldadas', se torna dificultoso establecer, cuando nos encontramos con una inglesa, si son las que arribaron en la primera o en la segunda carnada. Sin embargo un colega (H. Vainikoff) me ha hecho conocer cierta correspondencia un poco anterior a la revolución de Mayo donde se coloca en el tapete, y con bastante ruido, a las damas de la 'Lady Shore'.

Estamos en 1809 y el recién llegado virrey Cisneros se encuentra maniobrando entre el libre comercio y el antiguo régimen. España se cae en pedazos y el río es un mar de embarcaciones plagadas de mercancías inglesas. Estos acaban de ser derrotados pero hay ciertos aspectos que la política europea, y sobre todo de la española, que hace muy difícil que la valla comercial siga en pie.

El "Imperio" no nos guarda rencor cuando de comercio se trata, y nosotros tampoco, a decir verdad. Alejandro Mackinnon, negociante inglés que hace las veces de agente consular de S.M.B. le escribe a George Canning dándole noticias de estas tierras sudamericanas y remitiéndole copia de la "Representación de los Hacendados". Le habla de política y comercio y plantea la necesidad de que se nombre un representante en Buenos Aires pero lo que seriamente plantea en su comunicación al primer ministro es la pésima conducta de sus recién llegados compatriotas "que se visten como refinados caballeros" pero provocan escándalo entre la población nativa.

"Muy recientemente -escribe- hemos tenido peleas a latigazos antes del desayuno, bromas pesadas a la cena, después pugilato (como postre) y a la luz del día duelos con pistolas". Entre los platos de este sabroso menú figuran las convictas. Continúa: "Algunos de nuestros capitanes de barco han ofrecido suntuosos banquetes y un baile a las contraventoras femeninas convictas y embarcadas en el transporte' Lady Shore' de Botany Bay y a otras mujeres del mismo tipo. Y hace dos domingos los mismos capitanes las agasajaron a bordo de sus barcos, las saludaron con salvas de cañones al llegar a bordo, oirá vez al sentarse a la mesa para cenar y en la noche al abandonar las naves. Mayores honores no se podrían haber dispensado a Su Majestad Británica".

El barullo fue tal que "el Virrey envió a requerir qué buenas noticias habían llegado que producían tal regocijo". La comunicación es larga y se extiende en otras críticas hacia sus connacionales señalando en el párrafo final las arbitrariedades que los ingleses cometen y lo hace en forma minuciosa "para demostrar cuanto, como todas las sociedades en desarrollo, nosotros necesitamos una buena cabeza como cónsul que venga a compartir las naranjas agrias y las aguas barrosas del Río de la Plata".

Uno puede imaginarse la sonrisa condescendiente de Lord Canning -destinatario de estas líneas-escritor en una revista de sátira política y convalesciente por la herida sufrida en un duelo pocos días antes de recibir esta carta. Esta correspondencia del comerciante Mackinnon nos confirma que bastantes años después de su arribo al Río de la Plata la actividad de las ex convictas continuaba y sus hábitos eran incluso conocidos por el primer ministro inglés (a quién no es necesario especificarle qué clase de personajes son). La lectura de este documento demuestra la pervivencia del grupo humano en un ámbito cultural totalmente diferente y supuestamente hostil; tal vez sea ésa la principal razón que un núcleo humano semejante permanezca unido.

Finalizado el episodio de las invasiones inglesas se presenta en Buenos Aires una situación similar con la radicación de numerosos soldados de origen anglosajón y de sus compañeras, mezclados con comerciantes y aventureros de toda laya de los cuales nos hace una pintoresca descripción Mackinnon en la correspondencia citada. Una generación más tarde arribará una tercera ola de inmigrantes sajones, la primera organizada, compuesta por unas 250 familias que fundan la colonia de Monte Grande.

Llama la atención que estos preanuncios de lo que luego será la inmigración masiva de 'gringos' y formación de nuestra nacionalidad estuviera compuesta por individuos de idioma y hábitos muy diferentes a los nuestros. Esta circunstancia no deja de plantear un pequeño enigma.

 

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