Historia y Arqueologia Marítima

HOME

Indice Informacion Historica 

EL DESCUBRIMIENTO DEL LAGO ARGENTINO

Publicado en Todo es Historia Nº 70 Por Miguel Angel Scenna

Falkner / Fitz Roy/ Las 1as Concesiones Goleta Chubut/ Ocupacion de Sta Cruz / Tentativas de Exploracion Valentin Feilberg / Exploracion hacia Rio Gallegos
Lo que ocurrio despues / La carrera de Feilberg Lago Argentino o Lago Viedma? Conclusion Bibliografía
En el último tercio del siglo XVIII la corona española recordó repentinamente que sus posesiones en Sudamérica no terminaban en el Río de la Plata, sino que seguían hasta el Cabo de Hornos, y que desde los tiempos de Magallanes tenía rigurosamente descuidada una región - misteriosa y desagradable - que se llamaba Patagonia.

Poco habian hecho los españoles aparte de darle nombre. Naturalmente, de manera teórica y en los papeles la Patagonia pertenecía a la corona de España, pero en Madrid ya estaban bastante quemados sobre le valor de los dominios teóricos y las posesiones en los papeles.

Voraces mordiscos en su imperio de parte de ingleses, franceses, holandeses, portugueses a traves de los siglos, le habian demostrado que sólo vale en la jungla internacional lo que se posee en los hechos y se defiende con tropas. Y hasta el momento, la Patagonia era un gran espacio vacío sin miras de ocupacion efectiva. Y en política, el vacio suele atraer al vecino casi con las mismas leyes que se manejan los gases.

El que despertó la conciencia de los gobernantes brasileños fue un inglés nacido en Manchester llamado Tomás Falkner. Curiosa personalidad la de este hombre polifacético y emprendedor, acuciado por un hambre voraz de saber embutido en un alma religiosa en permanente busca de Dios. Era un físico de notables aptitudes, al punto de contarse entre los discípulos dilectos de Newton. Estudió medicina y la ejerció toda la vida. Aparte de ello botánico, geógrafo, lingüista, zoólogo, vivía estudiando apasionadamente el mundo que lo rodeaba, al tiempo que corno misionero protestante divulgaba la fe en que se había criado. En 1730 recaló en Buenos Aires y en esta ciudad sufrió una total conversión religiosa. Abandonó el credo protestante, se ordenó sacerdote católico y se Incorporó a la Compañía de Jesús. Que lo hizo en serio y no movido .por caprichos temporarios lo demuestra que, junto a otros dos Ilustres jesuítas, los padres José Cardiel y Matías Strobel, se internó en la hosca pampa sureña para fundar una misión cerca de la actual Mar del Plata, región que entonces era un mundo aparte, alejado de todo destelló de civilización.

La aventura fracasó y el padre Falkner volvió a dedicarse a su pasión científica. Así fue cómo a orillas del Carcarañá descubrió extraños huesos de un animal nada parecido a lo existente. Los estudió con cuidadoso detalle y aguda curiosidad. Falkner fue el descubridor del gliptodonte y el primero en describirlo. Posteriormente fue médico y profesor de matemáticas en Córdoba, hasta que la expulsión de los jesuítas dispuesta por Carlos III lo arrojó del Río de la Plata. Nuevamente en su natal Inglaterra, en 1774 publicó su obra más conocida, Descripción de la Patagonia, que sonó como timbre de alarma en la corte madrileña. Ese libro podía suscitar en los nunca dormidos ingleses apetencias en el sur del continente Americano.

Entonces España recordó que la Patagonia estaba vacía y resolvió ocupar la zona costera para curarse en salud. Al respecto se encomendó a Francisco de Viedma que procediera a la fundación de un rosario de poblaciones entre el Rio de la Plata y el estrecho de Magallanes, para hacer efectivo el dominio español en aquella desértica y ventosa reglón.

Con punto de partida en Buenos Aires, Viedma dio cumplimiento a la orden. Fundó Carmen de Patagones y hacia 1780 su hermano Antonio se hallaba en la bahía de San Julián con el propólto de levantar allí otro núcleo poblador. Pero halló serias dificultades. En primer lugar, la falta de madera apta para construcción. Mientras se mantenía precariamente en ese punto, en enero de 1782 envió al piloto José de la Peña para que a bordo del bergantín "San Francisco de Paula" procediera a reconocer la costa hacia el sur, hasta eI río Santa Cruz. Allá fue el comisionado en una expedición que demandó tres semanas hacia la desembocadura de ese caudal que se abre en el mar a través de un ancho estuario sembrado de peligrosos bancos.

Debe destacarse que en la larga extensión costera que media entre Carmen de Patagones y el estrecho de Magallanes, sólo hay dos ríos poderosos y dignos de tal nombre: el Negro hacia el norte y el Santa Cruz por el sur. Los intermedios son cursos generalmente de poco caudal y frecuentemente exangües. En cuanto al Santa Cruz, torrentoso y agresivo, es un verdadero desafío al que intenta remontarlo. Tal vez por ello, y por las poco atractivas condiciones del estuario, el piloto de la Peña no mostró interés en profundizar las cosas limitándose a un somero reconocimiento y emprendiendo cuanto antes la vuelta a San Julián.

A principios de noviembre de 1782 fue el propió don Antonio de Viedma el que se puso en movimiento, pero esta vez por tierra. La angustiosa necesidad de maderas duras para levantar habitaciones abrigadas en ese riguroso clima, lo impulsó a explorar hacia el oeste. Los indígenas le informaron que abundaba madera en esa dirección, en las nacientes del río Santa Cruz. Al frente de seis españoles y 45 Indígenas, don Antonio se puso en marcha rumbo al sudoeste. Encontró y atravesó el río Chico y más adelante el río Chalia, y al cabo alcanzó las orillas de un enorme lago, que se desplegaba al pie de la cordillera en medio de un paisaje de singular belleza.

 De acuerdo a los Informes que tenía de los indios, consideró que ese espejo de agua era la fuente del río Santa Cruz. Como veremos, no está bien claro cuál fue el lago alcanzado por los españoles Pudo ser el actual Viedma, así bautizado en homenaje al explorador, como afirmaba Francisco P. Moreno, pero tampoco es descartable la posibilidad de que hubiera llegado al lago Argentino. Viedma regresó sin hallar las maderas apropiadas para construcción  - las que encontró le parecieron demasiado blandas-  y poco después la misma San Julián fue abandonada, cayendo otra vez el silencio y el olvido sobre las australes reglones. Pasarían más de cincuenta años, medio siglo cumplido, antes que otra expedición se Interesara en el curioso río Santa Cruz y sus fuentes.

 

LA EXPEDICIÓN DE FITZ ROY

Como no podía ser menos, dadas la época y las condiciones políticas americanas, fue una nave inglesa la que se dispuso a consumar la faena. En abril de 1834 fondeaba en el estuario del Santa Cruz el His Majesty´s Ship "Beagle", comandado por el capitán Roberto Fitz Roy con misión de estudios científicos, razón por la cual llevaba a bordo a un joven Investigador de nombre Carlos Darwin.

HMS Beagle

Tenían el propósito de remontar el río en dirección a la cordillera, con el fin de alcanzar las fuentes. Pero por loable que fuera la idea, no se les ocultaba que era más fácil enunciarla que llevarla a cabo. El desnivel entre las alturas andinas y el Atlántico, muy acentuado en los 280 kilómetros a vuelo de pájaro que media entre ambos, convierten al Santa Cruz en un torrente rápido y fragoso, muy difícil de remontar. En busca del océano, la fuerte correntada describe vueltas y revueltas interminables, como una larga serpiente, deslizándose entre costas elevadas, a veces acantiladas, que por momentos dificultan seriamente la tarea del que decide remontarla, ya que el avance debe hacerse a sirga, es decir arrastrando con cuerdas a la canoa desde la orilla, puesto que es absurdo querer luchar a remo o a vela. Todo ello matizado con una cadena de Islas e islotes que al apretar la corriente complican más las cosas.

Así pues, el capitán Fitz Roy se aprestó a la empresa, que sabía dura y azarosa, por lo cual se preparó adecuadamente. Dejó a la "Beagle" en el estuario y el 18 de abril de 1834 partió al frente de una expedición compuesta por 25 hombres y tres botes, con Darwin incluido en la partida. Fue la más numerosa en la historia del río Santa Cruz. Tal como se esperaba, la travesía fue durísima, sujeta a toda suerte de dificultades, llevando a sirga los botes por un terreno fragoso. Pasando las cuerdas por sobre los hombros y dispuestos en fila india, la emprendieron contra la corriente cinchando como barqueros del Volga.

El mismo Fitz Roy ha dejado detallada la aventura. Poco después de dejar atrás el estuario, cuando aún los remos servían para algo, informa: "Mr. Stokes y yo subimos a la meseta para tener un panorama del río, y pudimos dominar sus sinuosidades en un trecho considerable; pero tambien vimos, por desgracia, gran número de islotes, espesamente cubiertos de maleza, que nos pareció impedirían nuestro avance sí nos veíamos obligados a sirgar los botes..." Y asi fue nomás, o poco menos: "Al ponernos en movimiento probamos primero los remos, pero pronto los reconocimos incapaces para vencer la correntada; desembarcando entonces la partida, toda excepto dos en cada embarcación, amarramos a éstas en fila india, con pocas yardas de separación, y luego, prolongando a tierra un rollo de cabo ballenero, la mitad de la gente se prendió a éste con tiros de ancha faja de lona que les cruzaba el pecho pasando sobre un hombro, y asi avanzaron junta y  firmemente a lo largo de la orilla. El seño del cabo rodeaba un sólido mástil arbolado en el bote delantero, y era atendido por dos hombres, quienes lo arriaban o cobraban según lo exigieran el ancho variable de la corriente o los frecuentes obstáculos. De ese modo, relevando una mitad de la gente a la otra cada hora, dispuesto cada uno a tomar su turno en el cabo de remolque, progresamos firmemente contra la corriente del ría, que más bien parecía aumentar en rapidez a medida que lo remontábamos, hasta que su velocidad, media quedó entre 6 y 7 nudos".

Pronto a la resistencia del río se agregó el de los arbustos y los islotes, creando problemas a los ingleses. Sigue Fitz Roy: "Mientras estuvimos entre las Islas mencionadas, el arrastre resultó dificil y cansador y fueron muchos los matorrales espinosos por entre los cuales la mitad de la gente de sirga arrastró a los demás. Una vez en movimiento no había misericordia; si el delantero podía pasar, todo el resto tenía que seguirlo. Hubo muchos chapuzones y no poco destrozo y desgaste de ropas, calzado y piel. A trechos se hacía alto para descanso y observaciones".

Robert Fitz Roy

De esa manera, trabajando como galeotes de día y soportando heladas de noche, fueron avanzando. A veces veían avestruces a la distancia y una vez encontraron un guanaco muerto que convirtieron en suculentos bifes que devoraron con hambre canina, cansados de alimentos en conserva. Pero lo que les intrigaba y tal vez preocupaba era la inconsútil, fantasmal presencia de indios. No vieron uno solo, pero abundaban las pruebas de que los tenían cerca. Rastros frescos de indios a caballo arrastrando por el suelo la larga lanza, pisadas humanas y en lontananza el humo de sus fuegos, demostrando que eran seguidos y vigilados, pero sin que uno solo denunciara su presencia en persona. La intriga los Inducía a veces a Investigar, siempre en vano. Una vez vieron una humareda y hacia allí fueron. Dice Fitz Roy: "Luego, prosiguiendo con toda cautela, llegamos ai sitia de donde partiera el humo, pero a nadie vimos, por más que restos de un fuego muy reciente y numerosas pistas en un sitio fangoso de la orilla denotaban que una partida de indios había pasado el río recientemente; y que un humo a alguna distancia sobre la margen sur nos señalaba hacia donde se habían dirigido..." Los Ingleses miraron las pisadas y luego dirigieron la vista al río, desconcertados: "Atravesar un río de unas 200 yardas de ancho, con una correntada de 3 ó 7 nudos, debe ser tarea nada fácil para mujeres y niños. Sin embargo, como en la fangosa orilla viéramos muchas pisadas muy pequeñas, mujeres y niños deben haber atravesado el río junto con los hombres. ¿Cómo lo harían? No hay allí maderas ni juncos con qué hacer balsas.. . "

Tan lento era el avance, que recién el 29 de abril, a los 11 días de la partida, Darwin diviso a lo lejos la silueta de los Andes insinuándose hacia el oeste, arrancando un anhelante ¡por fin! al capitán Fitz Roy. Poco antes, el 24, habían clavado una estaca con una botella amarrada, conteniendo un mensaje sobre tu paso por el lugar. Animados, siguieron el duro camino. De vez en cuando cazaban un guanaco y debían disputarlo a los pumas y aves de rapiña. Por momentos se quedaban sin leña debiendo ingeniarselas para hacer fuego, y aunque lo intentaron no lograron sacar un solo pez del agua, a pesar de ver algunos que les parecieron truchas.

La alegría de tener al frente y a la vista las montañas pronto se disipó. Cuanto más avanzaban hacia el oeste, mas parecía alejarse la cordillera, como un espejismo, mientras el río conserva su anchura, profundidad y caudal como en !a primeras jornadas Con un dejo de desaliento escribía Fitz Roy: :'Durante tres días hablamos estado avanzando hacía esas montañas distantes. distinguiéndolas a veces con toda claridad; pero esta mañana la distancia parecía casi tan grande como en el día que por primera vez divisáramos sus cimas nevadas".

Escaseaban los víveres, los hombres tenían las ropas hechas harapos por los espinillos, destrozado el calzado, las manos despellejadas por la sirga, y para colmo el río pegaba una vuelta hacia el sur, como alejándose de los Andes. Fitz Roy decidió que era hora de volver, pero antes quiso llevar a cabo una última tentativa para alcanzar la meta propuesta de llegar a las fuentes del Santa Cruz. Para ello resolvió marchar un día más a pie, dejando los botes, y adelantar lo más posible en esa jornada. Una pequeña partida, formada por el capitán y los hombres en mejor estado físico, partió en marcha ligera en la postrer tentativa. No logró su cometido. Un error de calculo lo confirmó en su decisión de abandonar la demanda.

Partiendo de la premisa de que el Santa Cruz nace en el lago Viedma y ubicando a éste mucho más al norte de lo que en realidad está, creyó que aún faltaban 150 kilómetros para alcanzar sus orillas, siguiendo las interminables vueltas y meandros del rio. Con los elementos de que disponía y el estado de los hombres, era desaconsejable seguir. Nunca supo que en ese momento se hallaba a sólo veinte kilómetros de la meta.

El 5 de mayo dirigió una última mirada hacia el fondo del valle que no pudo penetrar. Era época de nieblas y el rio aparecía cubierto de blanquecinos cendales. ¿Qué habría más allá? Y con un dejo de nostalgia por lo que no logró alcanzar, llamó al lugar Valle del Misterio. Dieciocho días habían tardado en llegar allí. Embarcaron río abajo y a favor de la Impetuosa corriente, volando sobre las aguas, sorteando rápidos y espumantes remolinos, emplearon tan sólo tres días en llegar al estuario del Santa Cruz y la "Beagle".

Charles Darwin

LAS PRIMERAS CONCESIONES

La circunstancial energía que demostró España a fines del siglo XVIII para poblar la costa patagónica fue un producto solitario del entusiasmo pasajero, y después de la tentativa de los Viedma no se volvió a insistir en el asunto. Posteriormente las colonias americanas se independizaron y el gobierno de Buenos Aires heredó intacta la incuria y el desinterés por el lejano sur, que siguió tan abandonado como siempre, abierto a cualquier apetencia del exterior. Naturalmente, la guerra de Independencia primero y las contiendas civiles después tornaron problemático que pudiera dedicarse tiempo, hombres y armas a aquella extensa desolación.

El Intento más serio por incorporar los territorios australes al patrimonio nacional efectivo lo llevó a cabo Juan Manuel de Rosas en 1833 con su expedición al Desierto, que alcanzó la línea del Río Negro y destacó una avanzada hasta Valcheta. Con ser mucho, era demasiado poco frente a los miles de kilómetros que se desplegaban, solitarios, hacia el sur. En 1843, silenciosamente, una fuerza chilena se internó en el estrecho de Magallanes y fundó Fuerte Bulnes, antecesor de la actual ciudad de Punta Arenas, iniciando el largo conflicto limítrofe con la vecina república trasandina, que una vez titulamos, desde estas páginas, el secular diferendo.

En 1865, bajo la presidencia de Bartolomé Mitre, se establecieron colonias galesas junto al río Chubut, cuya comunicación con Buenos Aires estaba limitada a la vía marítima. Era un ad-lanto pero aún quedaba mucho por hacer. Y parte de ese mucho lo hizo un hombre solo, que asumió sobre sus espaldas toda la responsabilidad de asentar la soberanía argentina efectiva en el sur. Luis Piedra Buena, marino de raza y patriota de abnegada energía, fue el primero en comprender que las tierras australes corrían serio peligro de deslizarse del dominio argentino hacia otra potencia sí no se tomaban recaudos. Con aprensión contemplaba el lento avance chileno, cuyas pretensiones pronto se extenderían a toda la Patagonia, y dedicó su vida a la defensa de ese pedazo de suelo patrio, sacrificando para ello su comodidad, fortuna y seguridad.

Desde 1859 se había metido por el río Santa Cruz, ocupando una Isla a unos veinte kilómetros de la desembocadura, a la que bautizó con el nombre de Pavón. El presidente Mitre, que pese a los problemas emergentes de la guerra con el Paraguay prestó oídos a las advertencias de Piedra Buena sobre las amenazas que se cernían por el sur, resolvió oficializar el dominio y ya hacia el fin de su mandato, el 6 de octubre de 1888, logró que él Congreso aprobara la ley Nº 269, por la que el establecimiento del intrépido marino junto al río Santa Cruz fue la primera ocupación permanente que bajo pabellón argentino se asentó en aquellas reglones.

Las crecientes fricciones con Chile, cuyas apetencias sobre la Patagonia aumentaban bajo la conducción del canciller Adolfo Ibáñez, aconsejó la conveniencia de poblar la zona del Santa Cruz, de modo que a mediados de 1871 se autorizó a don Ernesto Rouquaud a colonizar ambas márgenes del río. Entre fines de 1872 y principios de 1873 el pionero estableció una factoría en el Zanjón de los Misioneros, sobre la costa sur del estuario, con el fin de explotar la pesca. Ya para entonces la presión de Chile era Intensa y firme. Ibáñez presentó al embajador argentino, don Félix Frías, propuesta tras propuesta cuyo denominador común era la total despreocupación por los ámbitos geográficos: ya pedía la reglón hasta el Santa Cruz, como creía más cómodo trazar el límite a la altura de Puerto Deseado o Comodoro Rivadavia, para finalmente pedir todo lo que quedara al sur del Río Negro.

La concesión otorgada a Rouquaud y sus posteriores actividades movilizaron al gobierno chileno, que tras protestar ante el argentino, intentó ocupar la reglón con fuerzas propias. Por un momento pareció que una guerra entre Chile y Argentina era algo inevitable, fatal.

 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

Direccion de e-mail: histarmar@fibertel.com.ar