Historia y Arqueologia Marítima

Antiguos Navegantes de los Mares Australes 

Este trabajo fué realizado por el Sr. Carlos Baldassarre, Director del Museo de la ciudad de Río Grande, Tierra del Fuego, Argentina y es una colaboración para este sitio web.

Ver: NAUFRAGIOS OCURRIDOS EN LA COSTA SUR ATLÁNTICA DE TIERRA DEL FUEGO, ISLA DE LOS ESTADOS Y CABO DE HORNOS

Y estos dos mares que pretenden

pasando de sus términos juntarse, exclamaba Ercilla

baten las rocas y las olas tienden; mas esles impedido el allegarse:

por esta parte al fin la tierra hienden

y pueden por aquí comunicarse.

Magallanes, señor, fue el primer hombre

que abriendo camino le dio nombre...

 

Alonso de Ercilla;  La Araucana.

                Efectivamente, en uno de los viajes más trascendentes de la historiografía naval, don Hernando de Magallanes (1520) da con el tan anhelado brazo de mar que lo comunicaría directamente con el archipiélago de las Filipinas (Islas de la Especiería),  luego de surcar las aguas del océano que bautizara Pacífico. Y tras el descubrimiento del estrecho que – años después – la cartografía reconocería con su nombre, se revitalizó la leyenda de la misteriosa Terra Australis incógnita , la cual, vigente desde la Edad Media, perduraría hasta principios del siglo XVII cuando quedó definitivamente demostrada la insularidad de Tierra del Fuego.

            Fue así que por enigmática y lejana, gélida e inhóspita, azotada por los vientos y bañada en aguas tempestuosas, la Isla Grande mantuvo intactos sus secretos durante siglos, siendo reconocida sólo desde sus costas, fiordos y canales,  más aún, cuando el interés de los europeos (hasta la segunda mitad del siglo XVIII) se centralizó casi exclusivamente en el estrecho de Magallanes y más tarde en el Pasaje Drake, como rutas comerciales de navegación entre el viejo continente  y los puertos americanos del Pacífico y  Lejano Oriente.

            Inmersa en el imaginario popular de todo el mundo y sustentada por las plumas de Antonio de Pigafetta, Charles Darwin y / o Julio Verne, Tierra del Fuego conserva hoy en día la magia y el encanto que le confirieron las innumerables páginas en las que se inscribe la historia de este vértice austral del continente americano.

                       Luego de su descubrimiento o mejor dicho simple avistamiento en el siglo XVI, la corona española intentó consolidar su soberanía sobre el mencionado paso marítimo (amparándose en los derechos  adquiridos tras  las Bulas Papales,   1493 y el Tratado de Tordesillas, 1494) enviando para ello las expediciones de Frey García Jofre de Loayza (1525) que seguiría la ruta de Magallanes y en la que se registró el primer contacto entre europeos y alacalufes (indios canoeros del archipiélago fueguino); Simón de Alcazaba (1534) con el compromiso de colonizar Tierra Firme desde el paralelo 36º hasta el Estrecho de Magallanes, bajo el nombre de Nueva León ; Alonso de Camargo (1539) y Juan Fernández Ladrillero (1557) quien encabezando la expedición ordenada por el gobernador García Hurtado de Mendoza partió del puerto de El Callao, Perú, y atravesando el mencionado estrecho  en sentido oeste – este, tomó posesión de él en el nombre del rey de España, del virrey del Perú y del gobernador de Chile.

Ahora bien, durante el último tercio del siglo XVI, ante el asedio constante de los piratas ingleses se planteó nuevamente la necesidad de afianzar el dominio español sobre la ruta magallánica. En 1577,  el corsario Sir Francis Drake, reconocido como “el azote de Dios” zarpa del puerto de Plymouth con una flota de cinco navíos destinada a una aparente gestión comercial con los turcos, pero con el verdadero propósito de reconocer la ruta austral y saquear las colonias españolas establecidas en Chile y Perú.

Este primer ataque a las costas americanas del Pacífico, demostró la vulnerabilidad de las posesiones españolas y la posibilidad que ofrecía el Estrecho de Magallanes a ingleses, franceses y holandeses de acceder al imperio español sin ser advertidos, por lo que la corona se vio obligada a reforzar el sistema defensivo de sus posesiones ultramarinas.

Para ello, el virrey del Perú, Francisco de Toledo, encomienda a Pedro Sarmiento de Gamboa (1579) la misión de impedir el paso y establecimiento de piratas y corsarios en el cuestionado pasaje. Es así como este último registra el primer encuentro con los selk´nam (indios nómades pedestres de Tierra del Fuego), toma posesión de los puertos de Ntra. Sra. del Rosario, Ntra. Sra. de la Candelaria, del río San Juan y del estrecho de Madre de Dios o de Magallanes, para luego dirigirse a España y presentarse ante el rey Felipe II con un proyecto de fortificar esa supuesta única vía de acceso al Pacífico.

            Adjudicándole entonces a esta zona una importancia estratégica que en realidad no poseía, el Consejo de Indias designó a Diego Flores de Valdés como  Capitán General de la Armada y a Pedro Sarmiento de Gamboa como Capitán General del Estrecho y Gobernador de las poblaciones que en él se establecieran. En febrero del año 1584 los expedicionarios alcanzaron la boca oriental del mismo e inmediatamente procedieron a la fundación del primer asentamiento, ubicado en las cercanías de Cabo Vírgenes y al que bautizaron como Ciudad de Nombre de Jesús. Durante el siguiente mes de marzo, se fundó el segundo asentamiento sobre la punta de Santa Ana, denominado Rey Don Felipe.

            Pero estas dos colonias españolas del estrecho tuvieron una vida efímera condicionada a su vez por la hostilidad del clima, la inhospitalidad del medio, la falta de pertrechos y dificultad para su abastecimiento; hecho que desembocó definitivamente en el abandono de todo proyecto colonizador en la región e incluso, de la vía marítima que éste representaba.

            Como contrapartida, naves inglesas, francesas y holandesas, comenzaron a surcar libremente dichas aguas desde los albores del siglo XVII, acumulando consecuentemente gran cantidad de información sobre sus peculiaridades geográficas, condiciones de navegabilidad, accidentes costeros y características climatológicas en general.

            A este período pertenece la famosa expedición holandesa dirigida por Jacob Le Maire y Willem Schouten (1616), la cual azarosamente atravesó el estrecho que separa a la Isla Grande de Tierra del Fuego (que llamaron Tierra de Mauricio de Nassau) de la Isla de los Estados,  que denominaron Statenlant  (Tierra de los Estados) en alusión a las provincias de los Países Bajos que estaban luchando por su independencia. Pero el éxito de la empresa se coronaría aún más, cuando al continuar la navegación hacia el sur develaron la existencia de uno de los accidentes geográficos más famosos del orbe: el Cabo de Hornos.

            Tres años más tarde, Bartolomé y Gonzalo García del Nodal efectuaron el primer reconocimiento español de la nueva ruta y la primera circunnavegación del archipiélago fueguino, alcanzando el Mar del Sur por el Estrecho de Le Maire,  rodeando el citado Cabo de Hornos y retornando a España a través del Estrecho de Magallanes.

            Se suceden entonces las exploraciones de corsarios y piratas, la mayoría de ellos al servicio de los Países Bajos. En febrero de 1624 lo hace la expedición de Jaques Le Hermite, preparada contra España y Portugal al finalizar la Tregua de los Doce Años. Once barcos, artillados con trescientos cañones y 1637 tripulantes. Y en febrero – marzo de 1643, Hendrick Brower, al mando de cinco naves y mil ochocientos hombres se lanzó al océano con la esperanza de afianzar la colonización holandesa en Chile, pero al acercarse al Estrecho de Le Maire fue arrastrado por los vientos y derivado hacia la Tierra de los Estados, correspondiéndole el mérito de haber certificado la insularidad de la misma.

            Posteriormente, hacia fines de siglo y buena parte del XVIII,  se desvanecieron todos los ánimos colonizadores, los cuales, amedrentados por las rigurosas condiciones del medio nunca llegaron a canalizarse. 

            El 10 de enero de 1765, a los 54º de latitud sur (cerca del Cabo San Diego, en la Península Mitre),  se produce el naufragio del navío “Purísima Concepción” que iba de Montevideo a El Callao, llevando caudales. Sus náufragos levantan el puerto de la Consolación e improvisando un astillero construyeron la goleta San José y las Animas, con la que llegaron a Buenos Aires. Durante su estadía en la isla, los marinos mantuvieron un contacto pacífico con los aborígenes, de quienes recibieron las primeras referencias sobre la existencia del canal Onashaga, que fuera posteriormente “descubierto” y bautizado como Canal Beagle.

            Por otro lado, en las últimas décadas del siglo XVIII, ante la nueva corriente del pensamiento que se identifica como la Ilustración, las actividades tanto mercantiles y corsarias fueron sucedidas por expediciones con fines científicos y como producto de ellas, comenzaron a divulgarse diversos estudios de índole geográfica, etnográfica y naturalista, sobre esta región austral del continente americano.

            Entre las más notables pueden destacarse las atribuidas al marino James Cook, poseedor de una gran riqueza de conocimientos astronómicos, matemáticos y geográficos, quien a lo largo de tres viajes consecutivos (1768 – 1779) registró sistemáticamente una gran cantidad de importantísimas observaciones, al tiempo de cumplir también con órdenes de carácter estratégico emanadas del Almirantazgo británico. Fueron sus noticias las que sin lugar a dudas desataron una verdadera invasión de balleneros y foqueros al Atlántico Sur, estimada en más de un centenar de barcos navegando por las islas Georgias a fines del siglo XVIII.

            Una vez producida la independencia nacional, el gobierno de Buenos Aires advirtió la necesidad de implementar una serie de medidas, tendientes todas a frenar la explotación de los recursos marítimos de la Patagonia por parte de las flotas extranjeras, y entre ellas creó la Comandancia Político Militar de las Islas Malvinas y de las adyacencias del cabo de Hornos en el mar Atlántico (el 10 de junio de 1829) a través de un decreto firmado por el Gobernador Delegado Martín Rodríguez y por el ministro Salvador María del Carril. Fue designado para ocupar dicho cargo Dn. Luis Vernet, quien entre 1829 y 1833 se convirtió en un adelantado de la soberanía nacional, afirmando los derechos argentinos en las aguas y costas australes.

            Aunque en realidad la Argentina, dedicada en ese momento al ordenamiento de sus asuntos internos (luego de haber logrado la independencia) demoró mucho tiempo en emprender la colonización de los territorios meridionales. Ante ello, Inglaterra, que desde hacía muchos años se había movido libremente por las costas patagónicas, Tierra del Fuego, Islas Malvinas y demás archipiélagos del Atlántico Sur, declaró la región de interés estatal.

            Es así como el Almirantazgo británico ordenó el más grande relevamiento de la historia de Tierra del Fuego y zonas aledañas. La primera expedición partió del puerto de Plymouth el 22 de mayo de 1826, integrada por las naves S.M. Adventure (al mando del capitán Phillip Parker King, comandante a su vez de la exploración) y la Beagle, al mando de Pringles Stokes (quien al suicidarse en diciembre de 1828, es sucedido por Roberto Fitz Roy). Los trabajos duraron aproximadamente nueve años y comprendieron dos expediciones de varios viajes cada una, que como se dijo, representan el más completo estudio de hidrografía patagónico – fueguina. 

            En 1848, aparece en escena un marino oriundo de Carmen de Patagones quien por su accionar fue considerado como un verdadero custodio de los intereses soberanos nacionales : Dn. Luis Piedra Buena, el “caballero del mar”. Intrépido navegante, recorre la región controlando y persiguiendo a piratas, usurpadores e inescrupulosos cazadores de focas y lobos marinos, quienes hacían presa de ellos en forma salvaje e indiscriminada.

            En reconocimiento a ello, el Estado Nacional, le otorga en propiedad la Isla de los Estados y una extensión de tierra sobre el río Santa Cruz, incluyendo la isla Pavón; por lo que hasta su muerte, acaecida en 1883, surcará los mares australes al rescate de innumerables náufragos de todas las nacionalidades que le valieron múltiples distinciones y agradecimientos por parte de gobiernos extranjeros.

            Es así que,  a fin del siglo XIX, esta zona entró de lleno en el tráfico marítimo mundial, favorecida por el uso del Estrecho de Magallanes, el paso del Le Maire y el cabo de Hornos, que mantuvieron su vigencia hasta la apertura del Canal de Panamá, habilitado comercialmente en el año 1914. Se produjeron entonces una infinidad de naufragios, accidentes y controversias, como producto de un desconocimiento generalizado sobre la región, por lo que el gobierno argentino ordenó la Expedición Austral Argentina (1882 – 1884) a cargo del capitán de la marina italiana Dn. Giácomo Bove;  y por ley 1.263 / 82 y decreto 1.848 / 83 organiza la División Expedicionaria al Atlántico Sur, que comandaría el coronel de la Armada Augusto Lasserre y a quien se le encomendó la instalación de dos subprefecturas marítimas, la determinación de los sitios para la ubicación de faros y balizas, y el reconocimiento de los recursos existentes, tales como: guano, fosfatos, salitre y fauna marina. 

             Y fue a través de estas medidas que comenzó a efectivizarse el control de las vías navegables en aguas australes, apoyando a las mismas con señalamientos costeros y reafirmando presencia en asentamientos navales, alrededor de los cuales nacerán las ciudades patagónicas y fueguinas.