Historia y Arqueología Marítima

 

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EL CEMENTERIO DE COLINA DOBLE - PUNTA ALTA

 

El cementerio de Colina Doble y el mito del naufragio

Pocos lugares han despertado tanta curiosidad como el cementerio que se encuentra en la intersección de la ruta 229 y el acceso a Villa del Mar, conocido popularmente como “el de las cruces blancas”. En realidad, se llama Cementerio de Colina Doble. Como ya se lo ha expresado en otras publicaciones, esta necrópolis no es otra cosa que el primero que hubo en Punta Alta y que se utilizó hasta que en 1907 se inauguró el actual cementerio municipal. Pese a tener este origen claro, alrededor de este camposanto se urdió un entramado de leyendas urbanas que, como tales, tiene un lejano eco de diferentes acontecimientos ocurridos en diferentes épocas. Los relatos más conocidos hacen referencia a una epidemia ocurrida a principios del siglo XX para explicar el origen del cementerio, aunque también algunos sostienen que los que allí yacen son conscriptos que murieron a causa de una vacuna que se experimentó en ellos con resultado fatal, sin embargo las fuentes documentales han permitido desestimar ambas versiones. 

Una tercera leyenda sostiene que las tumbas del cementerio de Colina Doble pertenecen a los tripulantes de un barco o submarino alemán que naufragó en nuestras costas, en fecha incierta. Pese a todo el trabajo exhaustivo de investigación realizado, no se ha hallado ninguna documentación que de fe del naufragio. En realidad, el mito se originó a partir de la llamativa presencia de dos tumbas similares con inscripciones en alemán y cruces imperiales germánicas, que se destacan del resto.

En este sentido, cualquier observador habrá notado que en el cementerio predominan cruces de hormigón armado, elevadas sobre un pedestal escalonado del mismo material. Esto es así porque existe un reglamento interno que establece las especificaciones técnicas para las sepulturas, de modo que éstas sean uniformes, prohibiéndose la construcción de monumentos, barandillas y crucifijos. La colocación de lápidas de mármol natural o reconstruido, candelabros y otros agregados está permitida previa aprobación del plano correspondiente y siempre que no altere la estructura general.

De esta manera, en el conjunto se destacan ambas tumbas, una muy cercana a la otra. En una, que ostenta la lápida la cruz imperial alemana, se lee “Hier ruht Joh Koldewey”, traducido al español: “Aquí se encuentra Joh(annes) Koldewey”. Debajo se lee “Kapt.d.H.A.L.”, abreviaturas de “Kapitän” (capitán en español), de la Hamburg America Line. Cerca de esta tumba se halla la otra, en la cual se lee “Hier ruht Dr. Th. Walter aus Karlsruhe” que traducido al español es “Aquí se encuentra el Dr. Th(eodore) Walter de Karlsruhe”

¿Quiénes eran estos alemanes, fallecidos en 1916? Consultando las actas de defunciones nos acercamos a la respuesta. En el acta Nº 9 del día 8 de mayo de 1916 el capitán del vapor de pasajeros Patagonia Johannes Wilhelm Koldewey, de nacionalidad alemana, declaró el fallecimiento de Teodoro Rodolfo Walter, médico del citado vapor, a consecuencia de traumatismos graves por accidente ferroviario. En las páginas de La Nueva Provincia es posible conocer un poco más: “Ha muerto ayer de una manera misteriosa, que aun no se ha podido determinar, el doctor Teodoro Walter, médico de los buques alemanes internados en Puerto Militar. Su cadáver, completamente mutilado, fue hallado al anochecer en la alcantarilla del paso a nivel de puerto Militar, frente al polígono de tiro. Se piensa en la posibilidad de un accidente ferroviario, aunque desconcierta la forma en que fueron hallados los miembros, completamente separados del cuerpo y arrojados a cierta distancia de este. La policía se muestra empeñada en aclarar el misterio que rodea a tan desgraciado accidente. El extinto, doctor Walter, pertenecía a una distinguida familia de Alemania. Tenía 27 años de edad y prestaba servicios a bordo del Patagonia, desde antes de la declaración de guerra. Su cadáver fue velado anoche en el Hospital Naval de Puerto Militar. La inhumación de sus restos tendrá lugar esta tarde, en el cementerio de Punta Alta (en referencia a Colina Doble)”.( La Nueva Provincia, 07/05/1916.)

Tan sólo unos meses después se labró el acta Nº 32, con fecha 24 de noviembre del mismo año, en la cual el administrador del Hospital Naval declaró el fallecimiento de Hans Koldewey, capitán del vapor alemán Patagonia, a consecuencia de tétano, según el certificado del Dr. Antonio Silvetti.

Sobre el vapor Patagonia y su estancia en el Puerto Militar, se sabe que fue capturado en razón de las medidas adoptadas por Argentina para resguardar su neutralidad durante la I Guerra Mundial. La nave alemana fue apresada en diciembre de 1914, luego de haber participado en la Batalla de Malvinas, por el crucero acorazado Pueyrredón en aguas del sur del país, por violar la ordenanza que prohibía a los mercantes extranjeros ir armados como cruceros auxiliares. Fue escoltado a Puerto Madryn y luego a Puerto Militar. El buque fue internado el 18 de enero de 1915, es decir, retenidos por las autoridades o por decisión de los propios alemanes. (Carlos Mey:“Las Armadas Sud Americanas durante la Primera Guerra Mundial”, en www.histarmar.com.ar). Finalizado el conflicto, el Patagonia fue cedido a Gran Bretaña como reparación de guerra. Posteriormente rebautizado Valdivia, terminó sus días en las costas chilenas, donde encalló en 1933.

Una vez más, las fuentes documentales desestiman el mito tejido alrededor de las dos tumbas. El cementerio de Colina Doble, no tuvo origen en un inexistente naufragio de un barco alemán, sino que es el primer lugar de descanso eterno que tuvo Punta Alta y la Base Naval.

Fuentes:

- Martel, María Fernanda; “Colina Doble. Primer cementerio de Punta Alta” en “El Archivo”; Año XII; Nº 27; junio de 2012.

 

EL CEMENTERIO DE COLINA DOBLE Y EL MITO DE LA EPIDEMIA

Esta es la cuarta entrega... del especial del Archivo Histórico para La Nueva Provincia.

Transcribimos en su formato original y acompañamos con la fotografía de Mauricio Clermont, colaborador del Archivo.

 Desde siempre el cementerio de Colina Doble, con sus misteriosas cruces blancas ha dado que hablar. Como ya se relató anteriormente en esta columna, uno de los mitos que circuló (y aun lo sigue haciendo) afirma que todas las personas sepultadas allí eran conscriptos que murieron a consecuencia de una vacuna que se les aplicó con resultado fatal. Sin embargo hoy sabemos que esto no fue así, pues las fuentes documentales nos permiten saber que si bien el hecho ocurrió, en 1923, las víctimas fatales sólo fueron un total de 14 conscriptos.

La mitología popular también alimentó otro relato que hace referencia a una epidemia ocurrida a principios del siglo XX, que diezmó a buena parte de la población de aquel entonces. ¿Qué hay de cierto en esto? Rastreando en la historia de Punta Alta encontramos que a fines de diciembre de 1905 se reportaron casos de viruela. En aquellos tiempos era una enfermedad muy temida, dada su alta capacidad de contagio y la ausencia de un tratamiento efectivo de curación. Es de destacar que a lo largo de la historia el virus de la viruela fue el agente que causó el mayor número de muertes humanas: en algunas culturas antiguas estaba prohibido dar nombre a los niños hasta que contrajesen la enfermedad y sobreviviesen a ella, a fines del siglo XVIII mataba a más de 400.000 europeos cada año y en América, junto con otras enfermedades epidémicas, aniquiló al 70% de la población nativa. El descubrimiento de la vacuna, en 1796, fue el comienzo del lento proceso de erradicación de la enfermedad, la cual se logró recién en 1980. Se transmitía de una persona a otra, por el contacto de fluidos corporales infectados o por objetos contaminados, tales como ropa o sábanas. Los primeros síntomas eran fiebre, malestar, dolor de cabeza y a veces vómitos a lo que seguían las erupciones de manchas rojas, que en pocas horas se convertían en abultamientos y luego pústulas, llenas de pus, dolorosas y muy inmersas en la dermis. En la fase final de la enfermedad se formaban costras, que luego se caían dejando marcas, principalmente en el rostro, en forma de hoyos. El 30% de los infectados no sobrevivía.

La primera epidemia. Hacia 1905 nuestra ciudad era un pequeño pueblo que no superaba los 7500 habitantes, con una edificación rala y únicamente densa sobre las calles Irigoyen y Colón. Según se sabe, dos humildes familias recién llegadas de Brasil fueron las víctimas afectadas por esta enfermedad, las cuales a los pocos días de instalarse en Punta Alta comenzaron a presentar los primeros síntomas. Las autoridades municipales de Bahía Blanca (de quién se dependía por ese entonces) ordenaron el inmediato aislamiento de los infectados en una precaria vivienda en la zona de Ciudad Atlántida. Por aquel entonces si bien la atención médica de la población estaba a cargo de dos médicos de Bahía Blanca, Sixto Laspiur y Adrián Veres, que concurrían una vez por semana, fue Aquilino del Álamo, el farmacéutico del pueblo, quien asumió el cuidado de los infectados de viruela, visitándolos, suministrándoles medicación y observando su evolución.

Afortunadamente los enfermos se recuperaron satisfactoriamente, sin lamentar víctimas fatales pero por aquellos días La Nueva Provincia expresaba su indignación por la falta de atención por parte de las autoridades ante un tema tan alarmante para la sociedad. “(las familias infectadas) Fueron pues trasladadas a una casa abandonada, casi una vieja tapera y situada a una legua del pueblo. Allí se les dejó entregadas a su desgracia. Ni un médico, ni un enfermero, ni un representante de la autoridad se llega hasta el rancho para llevar el auxilio de su ciencia o el socorro humanitario. Tan solo el boticario de Punta Alta se acerca cada dos o tres días por semana para enterarse del estado de los enfermos y llevarles algunos medicamentos. Ahora pregunte el lector, ¿no hay médico, no hay representante de la autoridad municipal, no hay personas humanitarias que socorran a esas familias?¿Acaso es humano que para evitar el contagio se arroje al campo, en el más fatal desamparo a familias que ya tiene la desgracia de una enfermedad peligrosa?”

La viruela otra vez. En abril de 1936 la viruela volvió a presentarse en Punta Alta y la mantuvo en vilo durante varios meses. La primera víctima fatal fue Isabel Pérez de Sabattini, a quien le siguió Juan García. Luego otras familias contrajeron la enfermedad, las cuales pertenecían al sector comprendido entre las calles 25 de Mayo y Paso, Villanueva y Alberdi; foco que se trasladó después a Irigoyen al 700 donde estaba instalada la Sala de Primeros Auxilios. En poco tiempo los infectados ascendieron a un total de veinte por lo que las autoridades municipales dispusieron personal técnico de salud para que recorra la ciudad y vacune en los domicilios. También se tendió un cordón sanitario, obligando a todo aquel que viaje de y para Punta Alta a presentar el correspondiente certificado de vacunación expedido por autoridad competente. Dicha medida provocó gran rechazo en la población, pues a ello se le sumaba la negativa por parte de las autoridades de derivar a los enfermos al Policlínico de Bahía Blanca para que reciban una mejor atención.

Cruzada popular. Ante la situación dada, la comunidad puntaltense se puso la enfermedad al hombro y realizó una cruzada en la que vecinos y médicos formaron la Unión Vecinal Pro-Defensa Sanitaria de Punta Alta. Los primeros se encargaron de reunir los fondos necesarios y los médicos, entre los que estaba Enrique Bianco, León Silbering, Ramón Ayala Torales, Juan Carlos Aguirre y Enrique Marseillán, se abocaron a tomar las medidas necesarias para combatir la enfermedad, que incluyó la desinfección de las viviendas, la vacunación de las personas y la habilitación de un lazareto, en Arroyo Pareja, para aislamiento de los enfermos.

Allí fueron asistidos por el doctor Bianco, dos enfermeras de la Congregación Siervas de Jesús, sor Evarista y sor Luz, un cabo enfermero, Julio Echegoy, y personal de limpieza y cocina. Para principios de junio el estado sanitario de la población tendía a normalizarse y del total de los infectados, que llegaron a 25, la mayoría se fue recuperando. La viruela había pasado, dejando un saldo de cuatro personas fallecidas: Isabel Pérez de Sabattini, Juan García, Teodoro Martínez y Guillermo Hans.

Entonces, en relación a la versión de la epidemia como causa y origen del cementerio de Colina Doble, podemos descartarla, ya que la cantidad de víctimas por la viruela fue mínima en comparación con las 1270 tumbas que posee dicha necrópolis. Para más datos, ninguno de ellos fue sepultado en Colina Doble.

Fuentes: - Amarfil Romina; “Epidemia en Punta Alta. Viruela negra. 1936” en “El Archivo”; Año IX; Nº 22; octubre de 2009. - Martel, María Fernanda; “Colina Doble. Primer cementerio de Punta Alta” en “El Archivo”; Año XII; Nº 27; junio de 2012. - Martos de Rodríguez, Susana y otros; Boletín Histórico Nº 26; Comisión de Reafirmación Histórica de Bahía Blanca; Bahía Blanca; 1998.Ver más

 
 

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