Historia y Arqueología Marítima

 

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El hombre que nació tres veces

 

En los años 90 se recuperaron objetos del buque en que viajaba Acosta y Lara. Foto: El País

ANDRÉS LÓPEZ REILLY16 may 2016  Para EL PAIS- ROU

Hace 150 años moría Antonio Acosta y Lara, quien sobrevivió a dos históricos naufragios en las costas uruguayas Sobreviviente de la peor tragedia naval del Río de la Plata.

El apellido Acosta y Lara ha estado vinculado a la historia del país desde sus albores y lo sigue estando en sus muchas ramificaciones. Sin embargo, pocos conocen que el árbol genealógico de esta familia patricia tuvo, hacia fines del siglo XVIII y avanzado el siglo XIX, a una conspicua figura que sobrevivió a dos de los naufragios más famosos que ocurrieron en las costas uruguayas. Este año se cumplen 150 años de la muerte de Antonio de Acosta y Lara, piloto de la Real Armada Española y práctico del Río de la Plata.

Antonio de Acosta y Lara (Sevilla 1786 Gualeguay 1866) se desempeñó también como vigía y capitán del puerto de Maldonado, muy cerca del cual ocurrió la peor tragedia marítima del Río de la Plata, en la que murieron más de 550 personas en el naufragio del buque español Salvador. Antes había sobrevivido al naufragio de la fragata Asunción, ocurrido en 1805 en el Banco Inglés, hoy uno de los principales cementerios navales de la costa uruguaya.

La única foto que se conoce de Don Antonio Costa y Lara. Foto: El País

El Salvador (nombre paradójico si los hubo) había partido del puerto de Cádiz, en España, con destino a Montevideo, transportando casi toda la oficialidad y tropa del 29º Batallón del Regimiento de Albuhera (Extremadura) y un destacamento completo de soldados de caballería, junto con sus armas, correajes y artillería. La intención de las autoridades españolas era reforzar la guarnición de Montevideo, el último bastión de la Corona en el Virreinato del Río de la Plata.

Aunque originalmente esas tropas tenían otro destino, el Rey de España decidió desviarlas a Montevideo tras el primer sitio de la capital.

Desde que ingresó al estuario, el Salvador tuvo su destino marcado. Luego de tres meses de viaje, el capitán no sabía si Montevideo se encontraba en manos de los españoles, por lo que decidió explorar las posibilidades de un eventual desembarco en la Isla Gorriti (entonces Isla de Maldonado). Ancló allí, y luego lo hizo a unas tres millas de Punta Ballena.

El 31 de agosto amaneció con llovizna y neblina. El Salvador fondeó durante la noche y fue arrastrado con el ancla garreando a cuatro millas del sitio en el que había detenido su marcha. El capitán presintió lo peor y tomó la decisión de ingresar el barco en la bahía, encallándolo en una infeliz maniobra contra el bajo conocido como "del monarca" (por el naufragio del buque inglés HMS Monarch ocurrido poco antes), donde fue abatido por la tormenta.

Cerca de 700 almas transportaba el Salvador, de las cuales solo 130 lograrían salvarse alcanzando la costa. La gran mayoría eran militares y de Extremadura, que no conocían el mar, motivos por los cuales no sabían nadar.

En el expediente de época, abierto por Acosta y Lara, se hacen varias anotaciones interesantes. Una de ellas da cuenta que el capitán del barco, el comandante de la tropa y el párroco desembarcaron en un botecito muy convenientemente ubicado en la popa del barco, mientras los demás se ahogaban.

Apenas empezaba a amanecer y teniendo frente a sus ojos ese doloroso panorama, Acosta y Lara pudo observar como la cubierta superior del Salvador se desprendía del resto del casco y empezaba a flotar con la proa al viento. La suerte estaba echada para el navío español

Con el correr de los días, varios cuerpos fueron llegando a la costa. Recibieron sepultura en una fosa común cavada en la Parada 1 de Punta del Este, en la zona de La Pastora. Durante muchos años, Antonio de Acosta y Lara se mantuvo activo, incluso hasta su vejez. Murió en Gualeguay, provincia de Entre Ríos, Argentina.

Piezas de la historia.

Entre los restos del Salvador llegaron a la playa la cubierta del alcázar y diversas partes del navío, que al ser desguazadas permitieron recuperar 12 fusiles, bayonetas, cartucheras y cerca de 70 uniformes. También se rescataron tres cañones de bronce, uno de hierro de a 12 libras y dos de 18 libras, que fueron transportados en la lancha llamada Candelaria. Con el tiempo, el naufragio se fue olvidando, hasta que en la década del 90 volvió a ser noticia tras el hallazgo de un grupo de buzos locales.

El pecio (resto del naufragio) del Salvador fue localizado accidentalmente por el buzos Héctor Bado y Sergio Pronczuck en marzo de 1993, durante la búsqueda del navío Agamemnon, el buque "preferido" del héroe naval inglés Horacio Nelson, hundido en 1809 en la misma zona.

Los restos del Salvador se encuentran diseminados en una amplia zona, más o menos tapados por la arena, a unos seis metros de profundidad.

Centenares de elementos fueron recuperados del sitio del hundimiento, algunos de ellos en un increíble estado de conservación. Sin embargo, el equipo de rescatistas jamás tocó lo que más les llamó la atención y que pocas veces se preserva durante tantos años: los cuerpos de los que murieron en la tragedia.

De Sevilla al Río de la Plata

La fotografía superior es la única que se conoce de Don Antonio de Acosta y Lara, el hombre que nació tres veces. Llegó al mundo en un hogar sevillano en 1786 y murió en 1866, hace exactamente 150 años. Pero antes volvió a nacer otras dos veces, al sobrevivir a dos terribles naufragios: el de la fragata Asunción, ocurrido en 1805 en el Banco Inglés, y el del barco Salvador, hundido el 31 de agosto de 1812 en la bahía de Maldonado.

Parte del piloto, sobre una tragedia mayúscula

"Se dispararon tres cañonazos para dar aviso al pueblo de nuestro peligro, y se vieron tres o cuatro fogatas en la playa. Se pensó al amanecer mandar algunos cabos a tierra en maderos o cosas semejantes que los condujesen, pero no los había, ya estaban debajo de cubierta, y cubiertos de agua. A esa hora ya estaba el navío muy estropeado, con la borda de sotavento debajo del agua y no teníamos más esperanzas que en los dudosos auxilios de tierra, o en alcanzar la rivera con algún madero, pues el tiempo no daba muestras de abonanzar."

El parte del piloto Antonio de Acosta y Lara revela los momentos de desesperación que se vivieron a bordo del buque Salvador, hundido por un temporal frente a la playa Mansa de Punta del Este, en 1812. La tragedia ocurrió a tan solo 250 metros de la costa.

Más de 550 muertos en Punta del Este

Fue Acosta y Lara quien dejó la descripción más precisa del naufragio del Salvador, barco que había abordado casualmente por ser piloto, vigía y capitán interino del puerto de Maldonado. Acosta y Lara se había trasladado en la noche del 29 de agosto de 1812 al puerto para, al amanecer embarcarse en una lancha de pesca que lo trasladaría hacia el sitio donde estaba fondeado el navío, sin sospechar que la tormenta en ciernes marcaría una página negra en la historia del Río de la Plata.

Acosta y Lara describe el momento del hundimiento:

"En el camino bolví la vista sobre aquel doloroso quadro que acababa de abandonar, y vi la parte superior del buque ú obra muerta voyando ya sobre el agua" (sic).

Quien también se traslada al lugar del naufragio, frente a la playa Mansa de Punta del Este, es el comandante de Marina de Montevideo Don José de Obregón a quien le encomendaron la tarea de recuperar todo lo que fuera posible del buque perdido. Al principio del informe escribe una oración que termina diciendo "una criminal absoluta y general ignorancia de los conductores del Salvador". Para la Marina Española, la tragedia fue una verdadera mancha en una historia de varios siglos.


Mas sobre el naufragio de El San Salvador, fuente :

http://abcblogs.abc.es/espejo-de-navegantes/2014/01/23/el-naufragio-del-salvador-la-huella-espanola-por-las-aguas-del-mundo/Publicado por el ene 23, 2014

El naufragio del «Salvador», la huella española por las aguas del mundo

Este barco no maniobra. La falta de marineros, ya que para trasportar más tropa desembarcamos en Cádiz a parte de la tripulación; hace que las maniobras que necesita el barco se hagan con mucha lentitud. No hay suficientes marineros. El barco, un tal “Salvador”, aunque todo el mundo lo llama aquí Triunfo”, ha dado un testarazo bien fuerte. El golpe con el fondo marino ha hecho crujir de arriba a abajo toda la nave. El viento aúlla  fuera y casi todos aguantamos en la cubierta las idas y venidas de la nave. Muchos rezan porque termine ya de una vez este infierno. Muy atrás, y mucha agua desde que zarpamos desde nuestra Cádiz. Destino: Montevideo. A bordo de este barco capitaneado por José Alvarez, nos encontramos los soldados del 29 regimiento de Albuhera, al mando del coronel de los reales ejércitos Don Jerónimo Galeano e Ignacio La Tusy. Con nosotros también va casi toda la oficialidad del batallón. También un destacamento completo de soldados de caballería. Dragones junto a sus armas, correajes y artillería que están mandado según dicen mis compañeros por dos oficiales. Comisionados a la banda oriental del Río de la Plata; venimos según dicen, a sofocar una revuelta en contra del gobierno de España. Cada vez es más difícil mantener las colonias en ultramar y aquí que venimos.  El teniente, me dice que la intención de las autoridades españolas era reforzar la guarnición de Montevideo, el último bastión de la Corona en el Virreinato del Río de la Plata. Pero a ninguno de nosotros nos gusta estar embarcados en estas moles de madera. Y menos nos gusta la mar cuando se mueve de esta manera tan lejos de nuestra patria…

Estas bien pudieron ser las palabras de cualquiera de los soldados del batallón que horas más tarde perecerían naufragados frente a una lejana playa, de un lejano país. Al amanecer y en medio de un gran temporal, el “San Salvador” se hunde para siempre, encallando en un banco de arena de la Rivera del río de la Plata. Estaban junto a la costa, encontrándose en la bahía llamada “de Maldonado”. Con excepción de la isla de Gorriti, toda la Bahía está abierta a los frecuentes vientos del océano Atlántico. Ese día el “El Triunfo” era un simple cascarón de nuez a merced de los vientos. Muchos pueblos de Castilla y Extremadura, de las cuales eran oriundos los hombres de la tropa, ni habían escuchado esta tierra en su vida. El caso es que allí murieron muchos de sus hijos. El Salvador fondeó durante la noche y fue arrastrado con el ancla garreando a 4 millas del sitio en el que había detenido su marcha. Cuando ocurren este tipo de cosas la situación suele terminar muy mal. Abatidos por los fuertes temporales, las anclas son arrojadas por la borda desesperadamente… El capitán presintió lo peor y tomó la decisión de ingresar el barco en la bahía, llevándolo a la muerte en una infeliz maniobra contra el bajo conocido como “del monarca” (por el naufragio del buque inglés HMS Monarch ocurrido pocos años antes). Allí quedaría abatido por la tormenta. Vista la situación, y una vez atrapados. El resultado es que casi todo el batallón pereció. En acto de servicio, dando su vida por la España y el gobierno de entonces. Curiosamente en regencia y el Fernando VII mariposeando por allí. Centenares de hombres se arremolinaban entre las aguas que golpeaban el casco de la nave. La costa, en la lejanía. A ver quien era capaz de llegar hasta allí con la mala mar existente. Cuestión de vida o muerte.

Carte de la Riviere de La Plata.

Tan sólo 130 hombres sobreviven finalmente. Según el contador del navío se habían embarcado 110 cajones de los cuales no se detallan sus contenidos. Allí se encontrarán cubiertos de arena, sumergidos todos los pertrechos; armas, sables, pistola, gran cantidad de cañones y culebrinas con su respectiva munición. Vajillas, pertrechos e intendencia…Con el Salvador herido de muerte, su capitán ordenó echar abajo los mástiles para desarbolar la estructura de las velas y de esa manera ofrecer menos resistencia al viento, empezaron por los mástiles y terminando por los masteleros. Desde la costa sólo se escuchaban los gritos del navío y unos cañonazos que pedían auxilio. El relato del naufragio es llevado a cabo por el que en ese entonces era piloto, vigía y capitán interino del puerto de Maldonado Don Antonio de Acosta y Lara. Consta de un documento que este le manda al entonces Comandante General de Marina de Montevideo. Como siempre los documentos y los archivos nos legan la historia. Quien también se traslada al lugar del naufragio es el comandante de Marina de Montevideo Don José de Obregón a quien le encomendaron la tarea de recuperar todo lo que fuera posible del naufragio. Al principio del informe escribe una oración que termina “…una criminal absoluta y general ignorancia de los conductores del SALVADOR…”. Deja bien claro el porque y el como del naufragio. General ignorancia lo llama, el caso es que más de un barco da con la quilla en esa bahía en el margen de entrada al siempre traicionero Río de la Plata, la desembocadura de uno de los más grandes de Sudamérica.

Zapato de cuero del naufragio “San Salvador”. Como ocurre con otros naufragios de la época, nótese la calidad de los restos orgánicos que siempre se suelen dar en los yacimientos arqueológico submarinos

Según los documentos históricos, la ineptitud del Capitán y el pánico de gran parte de la tripulación, determino el desarrollo de uno de los desastres náuticos mas grandes en este sector de las colonias de España. Como ocurrió con miles de naves Españolas a lo largo de la historia. Desde que se aventuraban a explorar y dibujar las costas del mundo, abriendo nuevas rutas por los siete mares, naufragaban aquí y allá. Y allí quedaron. Para siempre. En el olvido. Entre las fuertes corrientes y los sedimentos, de esos ríos que iban a desembocar  a la mar, en sus inesperados bancos de arena se encuentran muchos de los naufragios de las naves hispanas que descubrieron el mundo.

Rutas de exploración de los marinos Españoles por el mundo. Sala del Museo Naval de Madrid

bolsa de cuero del naufragio san salvador

Entre los restos del naufragio llegaron a la playa la cubierta del alcázar y diversas partes del navío, que al ser desguazadas permitieron recuperar 12 fusiles, bayonetas, cartucheras y cerca de 70 uniformes. También se rescataron tres cañones de bronce, uno de hierro de a 12 libras y dos cañones de a 18 libras, que fueron transportados en la lancha Candelaria. Junto a lo recuperado se embarcaron hacia Montevideo algunos de los cajones con las pertenencias de los pasajeros. Fue lo único que apresuradamente se pudo recuperar de aquel naufragio. En la mente quedaban las muertes de todos los compañeros allí naufragados. En aquel banco de arena tan lejano de sus tierras. A partir de ahora el “dueño” del mismo es el paso del tiempo, la acción de la mar y las corrientes, que colmataran de arena poco a poco el yacimiento arqueológico. En su interior quedarán conservados todo, desde los más pequeños enseres, hasta la estructura y la quilla del casco, convirtiéndose para los marino de guerra, en lo que denominan como “tumba de guerra”. Una de tantas, de las miles que los buques de estado de la Corona de España, tiene repartidos por todo el mundo.

Relación de las pertenencias y armamentos existentes en el naufragio del “San Salvador”. Legajo original. Archivo Don Alvaro de Bazán. Expedición a Indias Asuntos partculares

Para el caso de buques hundidos en acciones de guerra, tenemos un interesante debate en esto del patrimonio cultural y arqueológico submarino. Tradicionalmente, se les otorga el estatus de tumbas de guerra. El saqueo de los mismos, en la mayoría de los países culturalmente avanzados, supone un delito. A raíz de la convención sobre la protección de la Convención de la UNESCO, se incide en una mayor protección necesaria sobre este tipo de yacimientos arqueológicos a nivel mundial. El papel que España y Europa jugaron en un mundo desde el punto de vista cultural, cuando sus barcos navegaban por medio mundo adquiere una dimensión vital. Los barcos, pertenecientes a las Coronas Inglesas, Francesas, suecas o Españolas se dejaban a sus tripulaciones y sus barcos en medio mundo. Encallados o naufragados. Perdidos o hundidos. En el caso del Salvador, la nave estaba cargada con  con soldados como son los de la Alhuera.  Con ellos naufragaban sociedad, economía y cultura. Lamentablemente ni todos los buceadores guardan un respeto por esas “tumbas de guerra”, ni todas las autoridades actúan con arreglo a la ley y al espíritu de la misma (la preservación material de lo yacimientos arqueológicos, y la protección moral de los mismos).  En el caso de los países latinoamericanos, ya hemos tenido la oportunidad  de debatir abiertamente en “espejo de navegantes” sobre el tratamiento que se dan a estos yacimientos en algunos casos. Políticas estatales que favorecen la intervención de empresas cazatesoros por el interés mercantilista, al permitir vender parte de ese patrimonio arqueológico que según acertadamente como dice la UNESCO en su preámbulo pertenecen a la humanidad. Es decir de todos los ciudadanos. No de unos pocos, que con el pretexto de intervenir en un pecio (y con precedentes desastrosos desde el punto de vista científico, a tenor de la actuaciones que han realizado los cazatesoros en la historia y a lo largo del mundo), se cometen barbaridades, que los arqueólogos ya están hartos de denunciar públicamente. Precisamente la desembocadura del río de la plata ha sido una de las zonas del mundo mas rastreadas por los cazaterosos y sus colaboradores. Lo curioso es que no se dan por aludidos. al mejor estilo de las leyes pirática del pasado. Los principios generales de UNESCO y de la cultura entorpecen sus objetivos principalmente privados.

Y las autoridades internacionales lo establecen categóricamente, con suma razón, detalle y sentido al establecer que “Comprobando que la cultura se encuentra en el centro de los debates contemporáneos sobre la identidad, la cohesión social y el desarrollo de una economía fundada en el saber”. Que reconociendo la importancia del patrimonio cultural subacuático como parte integrante del patrimonio cultural de la humanidad y elemento de particular importancia en la historia de los pueblos, las naciones y sus relaciones mutuas en lo concerniente a su patrimonio común. Que convencida de que el público tiene derecho a gozar de los beneficios educativos y recreativos que depara un acceso responsable y no perjudicial al patrimonio cultural subacuático in situ y de que la educación del público contribuye a un mejor conocimiento, aprecio y protección de ese patrimonio…Y podríamos seguir con muchos principios que en espíritu y  forma ofrecen una postura propia de países desarrollados culturalmente, en donde lo público adopta  una dimensión fundamental. Se excava, interviene en nombre de la ciencia. Se divulga y expone para todos sus ciudadanos, no para el capricho de un particular que desea tener un artilugio sacado del mar en su colección privada. De ahí que en las legislaciones modernas sobre patrimonio, el comercio del patrimonio arqueológico se encuentre prohibido.

En marzo de 1993 el San Salvador, hallado en la bahía de Maldonado de casualidad, como suele ocurrir en muchas ocasiones. El equipo que lo localizó, buscaba él Agamemnon, navío de guerra británico naufragado cuarto años después de la batalla de Trafalgar. Y que para todos los lectores, les sonará posiblemente entre otras cuestiones, por ser una de las naves preferidos del Almirante Horatio Nelson. En un accidente calcado al del navío Español “San Salvador” al encallar en un banco de arena y muy cerca precisamente del barco Español. De ahí que encontrasen de casualidad. Las fuentes, en el caso del Agamemnon, nos hablan de “que los hombres lloraban como niños al abandonar la nave”. El Capitán Jonás Rose de la arada Inglesa nos habla que el barco se encontraba ”sumamente debilitado, con las cuadernas que se mueven mucho, los codos y los baos se mueven bastante, cada cubierta se desplaza mucho y están desgastadas, los sitios de cada clavo se mueven y dejan entrar agua de mar, …”. Era, nunca mejor dicho, el canto del cisne de un barco legendario.

En la zona, inmersa en accidentes para la navegación también nos encontramos con el “Sea horse”. La existencia del naufragio del porte del barco de línea británico atrajo desgraciadamente a muchos “exploradores y aventureros” en pos precisamente de su leyenda. Estos realizaron diferentes expolios y pillajes a lo largo de la historia sobre los cuales nunca sabremos su contenido. Uruguay ha sido uno de esos países en los que se arrendaba y se vendían concesiones para buscar y extraer de los pecios que fuesen vendibles, desatando la nefasta “fiebre del oro, sobre las aguas uruguayas” que ya denunciaban en diferentes medios de comunicación , responsables de las prefecturas del país. No deja de llamar la atención el testimonio que un conocido “aventurero” de la zona, el señor Collado, realiza al ser entrevista por la prensa y detallar la extracción de 3000 monedas con la efigie de Fernando VI, rey de España. Parece que encontrar oro no es el fin de su trabajo, sino que es la excusa de “un espíritu aventurero de búsqueda incansable”.  En 1997, ante el incremento de la demanda, se crea en Uruguay la Oficina de Trámites de Buques Históricos Hundidos (TRABU). En esta oficina se presenta la solicitud de una zona de búsqueda y se llegaba a un contrato con el gobierno, por el cual Estado se queda con el 50% de lo extraído de los naufragios. Todos los gastos durante la etapa de búsqueda y rescate corren por cuenta de los cazatesoros. Curiosamente como casi siempre, todas las dianas y objetivos de estos “ladrones de la historia” tiene de nuevo su ojos puestos sobre pecios de origen o al servicio de la Corona de España. Tal cuestión ha sido denunciada en la prensa Uruguaya y tildada claramente como venta ilegal de objetos procedentes de barcos históricos naufragados” con metodologías como las de “disponer sobre el naufragio y con un martillo y un cincel sacaban objetos que aparecían después a la venta en la feria de La Paloma”. Desde el punto de vista histórico y arqueológico dichas actuaciones son completamente reprobables, por diferentes cuestiones.

Mucho nos tememos que el “San Salvador” correría la misma suerte. Desde hace años el equipo dirigido por Héctor Bado (conocido entre otras cuestiones por el rescate del águila del Graf Spee) parece que tiene los derechos sobre dicha tumba de guerra.

Sobre el pecio, el equipo de búsqueda, lo localizó partido en dos y con gran parte de su armamento, tal y como dejan claro sus testimonios. Aún tenía siete cañones de bronce, fabricados por la fundición Domingo Soriano en 1801.  Por otro lado parece que también les sorprendió la existencia de diferentes aparatos de enemas en muy buen estado. Es curioso, pero recientemente en la lista de Naufragios de las redes sociales Facebook, cuyo moderador es el arqueólogo Gállego Miguel San Claudio, fue objeto de varios debates por los allí participantes del estado de conservación y existencia de dichos aparatos. A tenor de la documentación existente, entre lo encontrado figuran monedas de plata españolas acuñadas en México y Perú en 1805, hebillas de plata, cañones, balas, palanquetas (balas de artillería naval), restos de vestimenta, artículos personales y material quirúrgico, pero quizás lo más impactante sería la presencia de madera del barco. Lo sorprendente, ya que se encuentran en excepcionales ocasiones, d

iLa conservación del material óseo se da en condiciones excepcionales, dado principalmente por la falta de oxígeno, el agua muy fría o cualquier otro condicionante físico-químico. Resulta chocante esta realidad existente en la bahía de Maldonado, en una zona poco profunda y cercana e incluso accesible desde la propia playa. Si fuera así, sería de los escasos testimonios que tenemos sobre militares uniformados españoles naufragados, que aún conservan sus esqueletos. Esto si que daría pie más a titular como “tumba de guerra”, más que nada por la evidencia física de soldados que dieron en su momento su vida por su patria.

En todo caso, y amén de diferentes conjeturas, aún esta todo por intervenir desde el punto de vista científico. Como suele ocurrir con muchos de los pecios de pabellón Español desplegados por todo el mundo, a los que siempre llegan antes los cazatesoros que los arqueólogos. En La costa de Maldonado, que fue una trampa mortal para los antiguos navegantes, aún quedan decenas de barcos de origen, tradición y cultura Española. Se calcula que en el Río de la Plata hay unos 1.200 navíos hundidos desde el siglo XV de todos los tipos. Las tormentas y la ausencia de cartas náuticas precisas hicieron que aquellos frágiles barcos de madera se perdieran en el fondo del mar, cargados de historias y metales preciosos.

A día de hoy,  al visitar la fortaleza General Artigas, que corona el Cerro de Montevideo es posible ver el estandarte de Campo Mayor del regimiento español. En el mismo se puede apreciar un antiguo grampon de gules, como escudo de armas. Jerónimo Galeano, coronel del Regimiento La Albuera, combatió al frente de una compañía de hombres sobrevivientes del naufragio. Otra quizás hubiese sido la historia si 500 soldados profesionales hubieran sobrevivido al naufragio más cruento de la historia del Río de la Plata. Pero vemos que a la larga España no se encontraba en situación de mantener sus colonias. Eran los ciclos de la historia, y los marinos y soldados del “San Salvador” perecieron en ella. Aún se encuentran en el fondo del mar. Olvidados por todos. También para la historia. Desgraciadamente para ella y para todos los que amamos a la misma.

 

  

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