Historia y Arqueología Marítima

 

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EL PODER NAVAL REALISTA EN EL PACÍFICO SUR DURANTE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA

Por el Profesor Julio M. Luqui Lagleyze, publicado en el Bioletin del Centro Naval, N° 794 Vol 117, 1999.

La Real Armada Española, se halló presente en todo el proceso de la Guerra de Emancipación de la América Hispana, no sólo por el transporte de las unidades de refuerzo expedicionarias, sino también como el componente militar de los Apostaderos Navales como el del Callao o el de Montevideo, y en el Sur de Chile como la guarnición de los fuertes de Valdivia, Concepción y Chiloé y aun como tropa de línea en los combates terrestres.

Reconocidos jefes realistas, que pelearon en tierra en los distintos frentes, fueron de origen naval. Baste recordar que los primeros mártires de la causa de España en Sudamérica fueron dos marinos: El ex Virrey, Jefe de Escuadra Don Santiago de Liniers y el brigadier de la Real Armada, Gobernador de Córdoba, Don Juan Gutiérrez de la Concha.

En el Río de la Plata, la presencia de la Real Armada que se hallaba concentrada en el Apostadero Naval de Montevideo, fue lo que Impidió que la Banda Oriental se plegara a la Revolución de 1810. Así, marinos fueron también los jefes militares de la sitiada Plaza, el brigadier Gaspar de Vigodet y los capitanes de navio José María de Salazar y Luis de la Sierra, así como varios de sus subordinados que llevaron adelante campañas tanto fluviales como terrestres.

En las acciones terrestres del sitio de Montevideo participaron tropas de la Armada, y en acuarelas de época, del combate de Las Piedras y del Cerro de Montevideo, pueden verse tropas con la bandera Rojo y Gualda con Escudo Real, que era la de la Marina. También participaron estas tropas en las acciones fluviales y los ataques, con fines de saqueo, a las poblaciones ribereñas bonaerenses, tal como el combate de San Lorenzo en febrero de 1812, que se ha hecho famoso, no por su importancia estratégica, que fue poca, sino por ser la primera victoria del futuro Libertador de Sudamérica, el General José de San Martín.

Algunos de los generales y jefes del Ejército Real del Alto Perú fueron oficiales navales, tales como el capitán de fragata José de Córdoba y Roxas, comandante del ejército de vanguardia realista, participante de los combates de Cotagaita y de Suipacha, y luego injustamente fusilado en Potosí en 1810 a la entrada de las tropas patriotas. Fue marino el Mayor General - segundo al mando- en 1811 y 1812, del Ejército Real del Alto Perú del general Goyeneche, el capitán de navio y luego brigadier Miguel Tacón.

En las primeras campañas del Alto Perú, en 1809 y 1810 participaron también oficiales y tropas del antiguo "Cuerpo de Marina", que había sido creado en Buenos Aires en 1807 a causa de la invasión británica. Éstos marcharon al Alto Perú en 1809, en la expedición del mariscal Vicente Nieto, y luego se distribuyeron en el resto de las unidades realistas, como puede comprobarse en las fojas de servicio de estos oficiales que se han conservado en archivos americanos.

Antecedentes: El siglo XVIII

Durante el siglo XVIII surgieron en América las fuerzas armadas virreinales, ante el cambio de doctrina verificado en la concepción estratégica borbónica. En lo externo, los enemigos de España, en vez de llevar a cabo "raids" de corsarios atacando flotas españolas, los puertos o las fortalezas; cambiaron su estrategia por la de las armadas y los ejércitos transportados, las grandes expediciones contra las plazas y puertos españoles del continente.

Esto obligó a España a cambiar su concepto de la defensa de las Indias y merced a este cambio nació el que sería llamado Sistema Borbónico de Defensa. Así la defensa de las costas y los virreinatos a partir de mediados del siglo quedó en manos de una "trilogía" compuesta por las Fortalezas, las flotas de la Real Armada y el Ejército de América compuesto de tropas veteranas de dotación y refuerzo y las milicias creadas y convocadas en caso de necesidad.

El llamado Sistema Borbónico de Defensa privilegió las fortalezas y las plazas fuertes en los principales puertos americanos y puntos de frontera con sus enemigos, o aquellos que por su ubicación o riqueza pudieran tentar a sus oponentes. El sistema era básicamente defensivo y su principal característica era la inmovilidad operativa. Estaba ideado sólo para defender las posesiones de España en cada punto, no para la ofensiva ni para desplazarse de los puntos asignados de defensa (1).

La Real Armada española en el Océano Pacifico Sur, estaba encuadrada en la llamada "Armada de la Mar del Sur". Bajo este nombre se reunían los Apostaderos navales y el pequeño conjunto de navios, fragatas, bergantines y pataches que protegían el Pacífico meridional con base en el puerto del Callao.

Durante el siglo XVIII el número de unidades navales fue muy pequeño, en comparación de las flotas que había en el pacífico Norte, con sede en Acapulco, o en las Antillas y el Mar Caribe. De tal forma en la primera mitad del siglo debieron darse patentes de Corso a particulares para cumpliruna labor defensiva en apoyo de la incipiente armada española en la zona.

La labor de la Armada tampoco era constante, limitándose por lo general a escoltar a los buques en el camino a Panamá, en las épocas de la Guerra con Gran Bretaña.

El centro de la "Armada de la Mar del Sur" era el Perú; su base naval más importante el puerto del Callao y su astillero de mayor desarrollo el de Guayaquil. Dependía del Virrey del Perú y a su frente se hallaba un General y un Almirante, que las más de las veces fueron sustituidos por Jefes de Escuadra y Capitanes de Navio.

A inicios del Siglo (1710), según relata Jorge de Villalonga, en su "Relación de empleos del Virreinato del Perú", las autoridades de la "Armada de la Mar del Sur" eran:

■ 1 General de la Armada

■ 1 Almirante

■ Capitanes de Mar

■ Capellanes de Armada

■ Contramaestres y Guardianes

■ 1 Sargento Mayor de la Armada

Piloto mayor

■ Ayudante del General de la Armada

■ 1 Ayudante del Almirante.

La Armada de la Mar del Sur se componía entonces de una "Capitana", una "Almiranta" y un patache. A principios del siglo la Capitana y la Almirante eran los navios Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de la Concepción.

Como tropa al servicio de la Armada y la defensa del Puerto, la costa y aun de la Capital del reino, existían en el Callao 7 compañías con sus oficiales, "sin que haya habido Cédula particular ni general que lo confirme. Las han creado los Virreyes"(2).

En 1724 existían en el Presidio del Callao 500 plazas en 5 compañías con un Maestre de Campo. La plaza contaba además con 4 condestables y 22 artilleros. El comandante del Batallón era el mismo Maestre de Campo de la plaza del Callao.

Hasta mediados del siglo no se produjeron mayores modificaciones en el estado de la Armada o aun del Ejército, salvo alguna modificación en época del Virrey Marqués de Villagarcía en que la tropa arreglada se estructura para la defensa del Reino contra las incursiones del almirante inglés Anson en 1740. En 1743 se unen a la fuerza del Callao las fragatas Esperanza y San Fermín, de 50 cañones cada una (3).

La organización de las fuerzas militares virreinales comenzó a producirse en época del Virrey José Antonio Manso de Velasco, Conde de Superunda (1745-1761). Con él empieza a notarse la existencia de un Ejército y Armada regulares. En 1745 en un informe el Virrey dice que:

"La Escuadra naval de esta Mar estaba compuesta de dos navios de Guerra nombrados la Esperanza de 50 cañones y el San Fermín de 40 al cargo del Jefe de Escuadra...

Subsistían desarmados y sin uso dos navios fabricados en Guayaquil sumamente quebrantados y defectuosos y así mismo cinco galeotes que se construyeron en el mismo astillero, siendo Virrey el Exmo. Sr. Marqués de Villagarcía, que se reconocieron igualmente inservibles, se acordó se vendiesen y una balandra se mantenía de cuenta de la Real Hacienda sin otro empleo que el de conducir piedra de la Isla (de San Lorenzo) para reparar la fortaleza del Callao."

En 1746 se produce el maremoto que destrozó y hundió todas las naves en el Puerto e inundó la ciudad y fortaleza del Callao. Los buques fueron sustituidos por el Castilla y el Europa enviados desde España de 62 y 64 cañones.

Para una mejor organización Manso disolvió las plazas de la Armada y el Ejército que consideraba inútiles y los gastos abusivos y en su lugar estableció la Comisaría de Guerra y Marina encargada de velar por la buena marcha de los ramos respectivos, para ello Manso trajo de España destacados militares de carrera que se distribuyeron en los distintos puestos claves de la administración militar.

Al mismo Virrey se debe la reconstrucción de las fortificaciones de Lima y Callao que fueron destruidas por el terremoto y maremoto de 1746 y el inicio de la construcción de la fortaleza del Real Felipe del Callao en el puerto de Lima para el cual dictó un reglamento particular en 1753. Junto a este reglamento publicó otro "Para las dotaciones de los navios de la Real Armada que internaren y sirvieren en la Mar del Sur." Éste es el primero por el que se rigieron los empleos de la Armada en aquellos mares y que complementa a las Reales Ordenanzas de la Armada.

El Presidio o Castillo del Callao contaba con siete compañías de Infantería y la Artillería que servía la fortaleza. Las guarniciones de Chile, ocho compañías de Infantería y cinco de Caballería dependían aún del Virreinato peruano, que pagaba el situado a las guarniciones de Valdivia, Chiloé y Talcahuano además de sufragar los "agasajos" a los "Indios amigos" araucanos.

El sucesor de Manso fue el Virrey Manuel de Amat y Junient, quien gobernó varios años (1761-1776) e inició la cadena de Virreyes Militares que lo serán todos hasta 1826. Amat concluye la organización militar de su antecesor dando acabada forma al Ejército y Armada virreinales al que dedicó su especial preferencia y que inició tras la proclamación en Lima del estado de guerra con Gran Bretaña y Portugal. Para la tarea de militarizar el país logró el apoyo de influyentes personajes y la colaboración de gremios e instituciones para sufragar los gastos de las unidades militares.

En 1770 las naves que se hallaban en el Callao eran tres fragatas de entre 40 y 50 cañones nombradas:

El Águila

La Liebre

■ Santa Rosalía

Había además tres navios nombrados:

Septentrión (74 cañones)

Astuto (60 cañones)

San Lorenzo (74 cañones)

En 1774 se dio un nuevo reglamento para los oficiales y la Armada de la Mar del Sur que reemplazó al del Conde de Superunda.

El sucesor de Amat, el Virrey Agustín de Jáuregui y Aldecoa, estableció una escuela para la formación de oficiales en el Callao en 1783 y reglamentó los estudios de los mismos, lográndose reunir a veintisiete cadetes provenientes de las familias principales de Lima. Para la época de Jáuregui la Armada de la Mar del Sur se hallaba en franca decadencia, ya que incluso para la simple tarea de traer dos regimientos enviados de España, desde Panamá a Lima, el virrey se vio en apuros.

Para fines del siglo la Armada no había mejorado en su estado. Así en la relación del Virrey Francisco Gil de Taboada y Lemos, Conde de Lemos, dejada a su sucesor Ambrosio O'Higgins, aquél señala que la principal necesidad de la Armada en el Mar del Sur es precaverse de las navegaciones de los ingleses en el Pacífico y el contrabando realizado por éstos, así como la posibilidad de que tomaran algún punto de la costa. Se mantenían entonces en servicio dos fragatas y el virrey propuso reemplazar una por 4 bergantines de 12 a 16 cañones que era el mismo gasto y cubrían mejor las dilatadas costas del Pacífico Sur. Para iniciar sus reformas incorporó los bergantines Peruano y Limeño.

A inicios del siglo XIX, el Ejército y la Armada virreinales del Perú se caracterizaban por su inmovilidad operativa, enclaustrados en sus bases y estrictamente articulados al sistema de fortalezas y puntos de apoyo neurálgicos. En parte el sistema respondía a las necesidades bélicas del momento, puesto que terminadas las sublevaciones indígenas de 1780, el único enemigo de temer eran los ingleses, quienes sólo podían llegar por mar y atacar o sitiar plazas fuertes como la única posibilidad de lograr una "cabeza de playa". La penetración por otros puntos, selváticos o desérticos, era militar y humanamente imposible, ya que los rigores del clima y la falta de víveres frescos acabarían con cualquier ejército no conocedor del territorio. Por consiguiente el sistema excluía la hipótesis de un conflicto interno prolongado y, más aún, la posibilidad de una guerra civil; tampoco estaba concebido para real ¡zar desplazamientos a grandes distancias en el interior del continente y carecían sus fuerzas de adiestramiento e instrucción alguna para ello.

Las sublevaciones indígenas pusieron en alerta la organización del sistema y éste respondió como estaba previsto con la creación de nuevas milicias en los puntos de fricción y el desplazamiento de algunos efectivos de refuerzo desde los centros militares del continente. La insurrección fue exterminada en corto tiempo y el sistema volvió a funcionar en normalidad. Las nuevas unidades formadas en la necesidad fueron licenciadas y enviadas a sus casas. El sistema parecía efectivo y no asimiló la posibilidad de una insurrección interna prolongada ni la posibilidad de una guerra civil. Ni siquiera el caso de Estados Unidos fue debidamente tomado en cuenta. Era impensable una cosa igual en el Imperio Hispanoamericano; nada hacía prever la catástrofe de 1810.

Una nave de la época

El Apostadero del Callao

El "Apostadero del Callao de Lima en la Mar del Sur", tenía un Comandante General, que era Jefe de Escuadra de la Real Armada, Comandante en Jefe de la Marina, Presidente de la Junta del Apostadero e Inspector de su tropa, Escuela Náutica, Matrículas, Arsenal y demás ramos pertenecientes a ese "fijo establecimiento marino".

Bajo sus órdenes tenía una Auditoría de Guerra de Marina, con un Auditor, fiscal, escribiente y escribano; una Secretaría con su ayudante secretario, escribiente fijo, primer piloto, segundos escribientes, un primer sargento y un primer condestable, un portero, un artillero de preferencia de los bajeles de guerra y un intérprete de lenguas.

La Mayoría del Apostadero, tenía un oficial de órdenes, que era teniente de fragata, un ayudante alférez de navio, dos escribientes, uno del Real Cuerpo de Artillería de Marina y uno del Cuerpo de Pilotos.

La Junta del Apostadero, fue establecida por la Ordenanza para entender en todos los asuntos económicos relativos a la construcción, carena y armamentos de los bajeles, surtimientos del arsenal y demás materias de esa naturaleza, además de hacer de juzgado de Presas. El Presidente de la junta era el comandante en jefe del Apostadero, y tenía como vocales al Ministro principal de Real Hacienda de Marina, al subinspector del Arsenal, al ingeniero hidráulico, al oficial de órdenes del apostadero y los dos oficiales de guerra de más graduación con destino en él. Como asesor funcionaba el auditor de guerra de Marina y como secretario el de la Comandancia General del Apostadero.

Existía un Cuerpo de Pilotos y Escuela Náutica cuyo director era el ayudante del comandante en jefe del Apostadero; tenía un primer maestro y oficial encargado, que era un alférez de navio, un segundo maestro, un "instrumentario" y 17 primeros pilotos matriculados para el servicio de la Marina Mercante, 25 segundos pilotos, 10 pilotines, 13 alumnos de la escuela, 8 prácticos de la Costa y de portero un artillero de Mar. La Guía de Forasteros del Virreinato, del año 1804, señalaba que:

"Hay en esa Escuela surtido de obras hidrográficas y otras relativas a Marina que se venden con equidad, y que se las provee por la dirección de trabajos Hidrográficos establecida en Madrid con el objeto de cuidar el grabado y renovación de las cartas marítimas, y de preparar y publicar las que convengan para nuestra navegación y comercio con los Derroteros necesarios para su ilustración y demás obras marinas que se den a la luz. Los Capitanes y patrones y pilotos de las embarcaciones mercantes españolas deben usaren sus navegaciones estas cartas con preferencia a las extranjeras..." (4).

Por las Reales Órdenes de 23 de mayo y 22 de julio de 1797, había dispuesto el Rey, resolver la renovación de este "fijo establecimiento de su Marina Real"; confiando el mando de los asuntos gubernativos y económicos a uno de sus Brigadieres de la Armada; "cuyo empleo de comisión, por ordenanza general de ella reasume con los cargos y funciones del título de comandante general de Escuadra, todas las obligaciones y autoridades prescritas igualmente a los capitanes generales de los tres departamentos de nuestra península, y así como estos tienen determinada la extensión de sus costas para cuanto es correspondiente a la jurisdicción militar de marina, del mismo modo por real resolución del 25 de junio de 1801 lo están a la de esta capital de Apostadero todos los puertos desde San Carlos de Chiloé, siguiendo las costas de Chile, Perú y Choco hasta el extremo septentrional de la Provincia de Veraguas".

En otra Real Orden de 22 de enero de 1801: "mandaba S.M. que conviniendo manifestar al público en el Estado de los errores que noten en las cartas, de los bajos y sondas que descubran situaciones de costas y observaciones astronómicas que hagan en sus viajes con el fin de ir perfeccionando las cartas y derroteros y asegurar más y más por este medio la presteza y seguridad de los viajes de Mar."

La Capitanía del Puerto del Callao estaba al mando de un capitán de fragata que contaba con un ayudante, un escribiente y un pilotín, además de un asesor que era el auditor de guerra del Apostadero y dos cabos (es decir jefes o encargados) de matrículas. De la Capitanía del Puerto del Callao dependían los otros capitanes de puerto de la Mar del Sur, estos eran los de: Concepción de Chile, Guayaquil y Valparaíso.

En el Callao existía un Arsenal de Marina cuyo comandante, un teniente de navio, mandaba la tropa que guarnecía el Puerto, a los oficiales de Mar, la Marinería del Depósito, Presidio y rondines y -decía el reglamento- "como tiene el gobierno de aquel sitio está fiada su custodia y la de las dos lanchas cañoneras a su celo y vigilancia." El Arsenal contaba con su ayudante, capellán, primer profesor médico cirujano, contramaestre mayor, guardián y seis jefes de rondines. El comandante del Arsenal hacía las veces de "Subinspector de Pertrechos" estando a su cargo las recorridas de aparejos de los buques, el Almacén General, los de Depósito y con capacidad de inspeccionar toda obra del Arsenal y cuidar de los obradores de tonelería, velamen y demás necesarios. Si las naves mercantes nacionales o extranjeras se hallasen en necesidad de pertrechos debían solicitarlos al comandante del Arsenal y si no eran necesarios para el servicio de la Armada eran provistos.

El Arsenal contaba además con ayudante, que era un alférez de navio, un interventor de almacenes que era un contador de fragata, escribientes, guarda almacenes, segundo contramaestre y dos peones y artilleros de mar.

El Apostadero del Callao, como otros de América, contaba con un ramo de ingenieros hidráulicos, que tenían a su cargo la construcción de carenas y recorridas de bajeles y sus arboladuras, reconocimiento de embarcaciones, avalúos de ellas y demás géneros y pertrechos correspondientes a la Marina. Tenía el ramo, además de un oficial encargado, escribiente, un pilotín, un maestro mayor de maestranza, que era un alférez de fragata graduado; un capataz de carpinteros y otro de calafates. Según la guía de 1801, tenían toda la maestranza necesaria según las ocurrencias y atenciones del Apostadero.

El Ministerio Principal de Real Hacienda de Marina, que se  hallaba dentro del Apostadero y era el encargado de administrar los fondos de la Marina y el Situado de los apostaderos navales, tenía un ministro principal, que era el mismo Comisario de Guerra y Marina, el cual tenía a sus órdenes a un comisario de Provincia, un oficial segundo, un contador de fragata agregado, un meritorio, un portero y un artillero de mar como ordenanza.

Por último dependía del Apostadero el Hospital Real de Bellavista, que tenía un contralor, un cirujano mayor de la Marina Real y Mercante, un ayudante del Director, un primer profesor, un capellán mayor, un comisario de entradas, médico cirujano, un practicante mayor y sirvientes según el número de enfermos.

En el Apostadero se hallaba además una Guarnición de Artillería e Infantería de Marina que en 1818 estaba compuesta de dos compañías de Artillería de Marina de 100 plazas cada una con 5 oficiales y una "Compañía de Fagineros" o de "cargadores auxiliares de Marina" de 100 plazas con capitán, teniente y alférez. La Guarnición, sumada a tropas de tierra reunía unas 400 plazas que entre otras tareas tenían las funciones de custodiar a los prisioneros patriotas que se hallaban en las Casas-Matas (5).

Las Fuerzas Navales:

En los primeros años de la Guerra de Independencia el Virreinato del Perú se hallaba gobernado por el capitán general Don Fernando de Abascal y Sousa, primer Marqués de la Concordia, quien no tenía una visión del todo clara en los aspectos marítimos de la Guerra y la necesidad de contar con una fuerza naval importante para hacer frente a los patriotas. Por otro lado en los primeros años de la guerra tampoco la fuerza naval de éstos era lo suficientemente importante para preocupar la atención del Virreinato. Por ello las pocas acciones navales se limitaron a conducción de expediciones a Guayaquil o Chile, como la del brigadier Pareja destinada a la reconquista de este reino en 1812/1813, en tanto el Océano Pacífico era dominado cómodamente por la pequeña escuadra del virreinato de Lima que servía como elemento disuasor de otros alzamientos en territorios realistas.

En Chile en época de la "Patria Vieja" quedaron en poder de las fuerzas navales realistas las pocas unidades armadas en Corso por el gobierno de Santiago, las fragatas Perla y Tomás o Tomasa y el bergantín Potrillo todas las que se pasaron al bando realista al arribar la expedición de Pareja a Chiloé y unidades que actuarán en los siguientes años desde el Apostadero del Callao o desde Valparaíso y Valdivia.

A fines de la campaña del brigadier de la Real Armada Antonio Pareja en Chile aparece provisoriamente en servicio, venido desde España el navio Asia que volveremos a encontrar durante el resto de la contienda. Pero éste lo hace desde España o desde México al Pacífico Sur y no forma parte de la dotación permanente de la Escuadra de la Mar del Sur.

Al hacerse cargo del Virreinato el general Pezuela, el estado de la Marina -según propias palabras del Virrey-, era poco más que lamentable, no había fondos, no había material flotante pero sí había un aparato burocrático espectacular, con varias decenas de miembros de la Real Armada, sólo para mover expedientes y papeles. El propio Pezuela anotaba en su diario que el número de personal del Callao era muy crecido en comparación con la fuerza naval real que poseía, por ello se vio en la obligación de aumentar las fuerzas útiles y escribir al Rey para que remitiese dos buenas fragatas de guerra, a la vez que poner al personal en funciones operativas (6).

En el primer año de su mandato el general Pezuela sólo contaba con el referido bergantín Potrillo y debió hacer lo que pudo para la ampliación y mejora de la escuadra realista, comprando algunas pequeñas unidades mercantes, artillándolas, construyendo lanchas cañoneras y otras unidades menores, además de recibir algún buque llegado desde España.

De las guías de Forasteros de Lima se puede seguir la evolución de ese aumento. Así en época del inicio de las Campañas Corsarias patriotas, las fuerzas navales con base en el Apostadero del Callao eran:

Corbeta Sebastiana: de 26 cañones, su comandante el teniente de Navio José Villegas.

Corbeta Castor. Armada en Urca con 10 cañones, su comandante el teniente de navio Ramón Bermúdez y Valledor.

Bergantín Potrillo: de 16 cañones, su comandante el teniente de fragata Simón Londoño.

Corbeta Peruana: desarmada en estado de carena.

"Varadas, cuatro lanchas cañoneras y dos botes de fuerza, en la bahía un lanchón para todo auxilio" (7).

El día 8 de septiembre de 1816 llegó al puerto de Arica y el 21 al puerto del Callao, el primer refuerzo de los esperados por Pezuela, la fragata Venganza al mando del capitán de navio Tomás Blanco Cabrera, la fuerza de la nave era de 7 oficiales de guerra, 2 guardias marinas, 6 oficiales mayores, 27 oficiales de mar, 71 hombres de guarnición de infantería y artillería de mar y 166 tripulantes de gente de mar. Poco después la Venganza saldría a campaña luego de ser habilitada y en compañía de la Sebastiana y el Potrillo merced a un préstamo de 500 mil pesos del Comercio de Lima.

Otros de los buques que prestaron servicios en esos días fueron las fragatas mercantes armadas Cazadora y Carmen que hacían viajes desde Panamá trayendo refuerzos de tropas que venían de la península; la fragata mercante armada Tomasa del Gobierno de Chile; el pailebot correo Abascal que hacía de enlace con Chile y conducía pertrechos de Guerra;

En 1817 el Virrey tomó los recaudos para aumentar las fuerzas navales y logró que el comercio contribuyera nuevamente a la compra de una fragata y armado de un bergantín, pagando el Real Consulado todos los gastos y mantuviera los buques. Se fletó la corbeta Veloz en 4.500 pesos y fue comprado por el Rey en 28.000 pesos el bergantín Cicerón que fue rebautizado Pezuela. Este último había sido construido en Guayaquil de maderas fuertes y  sobresalientes. La Veloz cargó 30 piezas de artillería y el Pezuela 22 de a 12.

Luego se armó además a la fragata mercante Águila para lo que pudiese ocurrir en el Callao y se fletaron buques pequeños para iry venir a Talcahuano; las fragatas Palafoxy Margarita; los bergantines Justiniano y Santa Mariana; que llevaban tropas de refuerzo a dichas plazas además de armas y municiones. La ruta a Panamá era cubierta por las fragatas mercantes Bretaña, Resolución y Preciosa habilitadas para ir a buscar las tropas que desde España venían en refuerzo de Lima.

Para la época en que San Martín llevaba a cabo la formación déla "Escuadra Libertadora del Perú", las fuerzas navales del Apostadero realista habían aumentado siendo entonces:

Fragata Venganza: de 38 cañones, su comandante el capitán de navio Tomás Blanco Cabrera.

Fragata Esmeralda: de 38 cañones, su comandante el capitán de fragata Luis de Coig

Corbeta Sebastiana: Ahora con 36 cañones.

Bergantín Potrillo: de 16 cañones, comandante el teniente de navio José Aldana.

Bergantín Pezuela: de 18 cañones, comandante el teniente de fragata Ramón Bañuelos. En 1820 su comandante sería el teniente de fragata Pedro Fernández Tavira.

Bergantín Maypú: de 18 cañones comandante el teniente de fragata Francisco Sevilla.

Fragata mercante armada Veloz: de 30 cañones comandante el teniente de navio Luis Pardo

Fragata armada Presidenta: de 20 cañones, comandante el capitán de fragata graduado Joaquín Bocalán.

Fragata armada Cleopatra: de 32 cañones, comandante el capitán de fragata José Villegas.

Fragata armada Resolución: de 36 cañones, comandante el teniente de navio José de la Cagiga.

Bergantín armado Cantón: de 5 cañones, capitán Jerónimo Abrisqueta.

Paylebot Aranzazú: con un cañón giratorio de a 24, capitán Juan Agustín Ibarra.

Cuatro lanchas cañoneras, dos botes de fuerza u "obuseros", otras lanchas con piezas de varios calibres y un lanchón para el servicio del puerto (8).

Pero en las Guías de 1820 y 1821, aparece la llegada de la fragata Prueba de 44 cañones, al mando del capitán de navio graduado José Villegas; la fragata Resolución, el bergantín Pezuelay la corbeta Sebastiana, como armadas en pontón y el Potrillo como desarmado.

La misión de la Escuadra Realista.

La misión de la Real Armada en el Océano Pacífico puede ser resumida en cuatro objetivos, que trataremos de analizar:

1) Defensa del litoral marítimo virreinal,

2) Acciones navales contra las escuadras y buques patriotas.

3) Transporte y protección de Expediciones militares, y

4) Guerra de Corso.

Antes de pasar a relatar los hechos es necesario tener en cuenta la situación de la Real Armada Española al inicio de la guerra para tener una idea del porqué del resultado en general negativo de su accionar.

En una fecha tan cercana de los hechos como es el 1800, la Armada Española contaba con más de 50 navios, otros 50 entre fragatas y corbetas, y un centenar de buques menores. Quince años después quedaban sólo 16 navios, cuatro de ellos solamente en condición de navegar.

Se ha hablado en sentido más o menos figurado de que la batalla de Trafalgar fue el sepulcro de la Armada Española, sin embargo ello no es exacto, al menos desdé un punto de vista material. En Trafalgar la escuadra española que resulta vencida es una fracción minoritaria de la Armada y pierde un total de 10 navios, lo que dadas las cifras de unidades existentes, no constituía una parte importante de las mismas.

Pero el golpe mortal a la Armada fue en lo moral; por todas partes y todos los estamentos de la Marina se extendió la convicción de que era inútil tratar de vencer a la potencia marítima inglesa y desde allí comenzó el desarme moral. A la escasez de medios y a ese desarme moral es atribuible el resultado del accionar de la Real Armada.

Defensa del litoral marítimo.

En lo referente a la defensa del litoral marítimo del Virreinato, en determinadas oportunidades la Real Armada cumplió su misión y en otras oportunidades no. Por un lado sí fue exitosa en evitar en los primeros años de la guerra la amenaza de invasiones patriotas y rechazó con fortuna los ataques al Callao llevados a cabo tanto por el Almirante Brown como por el almirante Cochrane; se mostró incapaz de evitar la invasión del Virreinato por mar y detener el desembarco del ejército unido libertador en Pisco.

Acciones navales contra Escuadras y Buques

En lo referente a las acciones directas contra la escuadras o buques independientes, las acciones fueron pocas, ya fuese porque al partir en busca de los buques patriotas en la mayoría de los casos no se producían encuentros por la mayor velocidad o astucia de las naves independientes y en los pocos contactos directos que se produjeron, la inferioridad numérica de la Real Armada fue la determinante de la pérdida de dichas acciones, aunque en algunos casos saliesen airosos o al menos escapasen de las naves patriotas. Entre las pocas campañas que se llevaron a cabo se cuentan:

Las campañas de 1816: Llevada a cabo la primera por el bergantín de guerra Potrillo con la fuerza de 18 piezas de artillería, tres oficiales de guerra, tres mayores, ocho de mar, 62 marineros y 19 hombres de tropa, y a las órdenes del teniente de navio Ramón Bermúdez, con el fin de perseguir corsarios en los puertos de la costa Norte del Virreinato hasta Paita. El Potrillo en esa época era el único buque de guerra con que contaba el Callao.

La segunda consistió en la habilitación de la fragata Venganza y dos bergantines para el servicio naval contra las escuadrillas de Buenos Aires que se hallaban en el Pacífico, gracias a un préstamo de 500 mil pesos del comercio de Lima. Zarpó el 12 de octubre con la corbeta Sebastiana y el bergantín Potrillo para cuatro meses salieron en busca de las fuerzas navales de Brown y a combatir además a los balleneros ingleses y norteamericanos. Luego de la Campaña debía pasar por Valparaíso y de allí regresar al Callao reconociendo todos los puertos de la costa. A finales de diciembre arribaron a Chile luego de su campaña de dos meses por el pacífico donde no encontraron a las naves de Buenos Aires. Estando en Valparaíso fueron retenidas por el presidente Marcó que tenía noticias del supuesto arribo de una escuadrilla de Buenos Aires destinada a invadir el reino.

La campaña de 1817. A fines de 1816, ante los insistentes pedidos del presidente Marcó del Pont, que pedía auxilios por su situación y que se reforzase la escuadrilla destinada a Chile, a principios de 1817 se fletó la corbeta Veloz y el bergantín Pezuela, los que luego de la acción de Chacabuco, llevaron en convoy a las fragatas mercantes Palafoxy Margarita y el bergantín Justiniano que llevaban tropas de refuerzo a dichas plazas además de armas y municiones, y reunirse con la fragata de guerra Venganza, corbeta Sebastiana^ bergantín Potrillo que allí se hallaban para proteger Talcahuano y la provincia de Concepción, todos a órdenes del capitán de navio Tomás Blanco Cabrera para que además bloqueasen el reino de Chile y no dejasen salir a los insurgentes, estrechando el bloqueo de Valparaíso y Coquimbo. Como buque de enlace se mantuvo al bergantín Santa Mariana procedente de Talcahuano con noticias del gobernador de la plaza y del comandante de la escuadrilla del Rey.

En idénticas fechas se ordenó armar la fragata mercante Águila para lo que pudiese ocurriren el Callao donde no había quedado ningún buque de guerra y que se fletasen dos buques pequeños para ir a Talcahuano y venir con noticias de la provincia y los buques de guerra.

Campaña de 1818: En 1818 la fragata mercante armada Palafox al mando del teniente de navio Luis Pardo con 18 cañones y 36 soldados, y el bergantín Justiniano al mando del capitán Antonio Ibarra, con 8 cañones y 21 soldados salen del Callao en persecución del corsario anglo-americano Águila. Como no lo hallan regresan a fines de enero.

Transporte y protección de Expediciones

Con respecto al Transporte y protección de Expediciones militares, la Real Armada se mostró más efectiva y produjo mayoritariamente resultados positivos, contándose sin embargo con una gran derrota como fue la de la expedición de la fragata María Isabel capturada con casi todo su convoy en 1818.

El gran aporte de la Real Armada fue la conducción de los refuerzos militares desde la metrópolis hasta América durante casi 10 años, aportando al Ejército Real en el Perú y Chile un total de 7.984 hombres a lo largo de la Guerra. Pero no todos ellos llegaron a destino, no sólo por los que pudieron fallecer en el trayecto, víctimas de las enfermedades de las travesías, sino aquellos que fueron retenidos en otros puntos del continente y no llegaron al Perú como la expedición de la María Isabel aniquilada en el Pacífico chileno.

Entre 1816 y 1817 las tareas de transporte se limitaron a viajes entre Panamá y el Callao o el Callao y Valparaíso, luego Valdivia, Concepción o Chiloé transportando, llevando o trayendo en unidades mercantes armadas, las tropas de refuerzo a los distintos puntos donde fuesen necesarias.

Entre estas acciones la gran expedición del período fue sin duda aquella que llevó al ejército del general Ossorio, en 1817 con la intención de recuperar el reino de Chile luego de Chacabuco, que fue el último gran esfuerzo de la Real Armada Española del Virrey del Perú. El detalle de la expedición se agrega como anexo al final.

Desde la pérdida del reino de Chile y ganado el dominio del Mar Pacífico por los patriotas, la misión de la real armada se limitó a la defensa costera de posibles desembarcos, pero no logró evitar el del Ejército Libertador en 1820.

Corsarios Realistas

El último de los objetivos de la Real Armada es el referido a la acción Corsaria, la propia y la del adversario patriota. España se ha autoproclamado siempre como nación "anticorsarista" o "anticorsaria", por efecto sin duda del daño que durante siglos sufrieron sus territorios, buques y tesoros por la acción de marinos privados al servicio de las potencias rivales en especial Inglaterra. Pero pese a esta declamación anticorsaria, la propia España ha hecho uso en varias oportunidades de corsarios en sus guerras y empresas para llevar adelante sus escuadras o defender sus tesoros o su comercio. Así durante la Guerra de Independencia es posible hallar actividad corsaria realista.

El marco legal que contenía al Corso de la Corona Española era la Ordenanza sobre Corso del ls de mayo de 1794 que se publicó el 23 de septiembre del mismo año, enviándose al Virrey del Perú 10 ejemplares de la misma. El documento consta de 57 artículos y se dispone que quien desee armarse en Corso contra los intereses de la Corona, debe recurrir al ministro de Marina de la Provincia pertinente y obtener el permiso y patente formal. En 1808 se envían a Lima 19 patentes de Corso en blanco para armar corsarios en el Perú.

Luego de la restauración de Fernando en el trono, en el año 1816 se dan otras disposiciones por el Consejo del Almirantazgo para estimular el corso en los particulares y a la vez perseguir a los buques armados "insurgentes". Por la Real Orden del 8 de noviembre de 1816 se reiteraron algunos aspectos y se precisan otros sobre el Corso. A los armadores en Corso se les facilitarían la artillería, pertrechos, pólvora y demás que necesiten pagándolos a los precios corrientes o de su avalúo. La tripulación extranjera no debía exceder de la tercera parte de la dotación y pueden embarcarse en ellos los oficiales de la Real Armada y otros individuos matriculados, que gocen de fuero de inválidos. Los buques mercantes armados en Corso para la corona se hallaban exentos de ser embargados bajo ninguna circunstancia y para obtener la matrícula de Corso debía montar la artillería suficiente, el número de individuos, los accesorios para el manejo de ella, y la suficiente cantidad de armas blancas y de chispa.

La actividad de los corsarios realistas no se limitó al ataque de las naves corsarias patriotas de Chile o Buenos Aires, sino que además debían las naves españolas llevar acciones contra otros peligros, incluso de naciones que eran aparentes aliadas de España. Estas acciones incluían la de evitar el contrabando en las costas del virreinato, actuando contra buques corsarios y contrabandistas ingleses y franceses, perseguir a los buques balleneros norteamericanos que llevaban a cabo cacerías prohibidas por la Corona y aún vigilar y cuidarse de las actividades de los buques de la estación  británica en el Pacífico que realizaban una poco velada actividad en favor de los Patriotas.

Desde inicios del siglo hemos hallado referencia sobre los siguientes buques corsarios al servicio de la Corona Española.

Fragata Víctor, propiedad de Don Domingo de Inda, es armada en corso según el decreto del gobierno de Lima del 12 de julio de 1805, para perseguir contrabandistas, se anuncia su salida en Corso en 26 de julio de 1805, su comandante el Capitán Manuel Joseph Gómez. Sale del Callao el 22 de agosto armada de 22 cañones de a 8 y 152 hombres entre ellos ocho oficiales mayores. Actúa aún en el año 1806.

Los Tres Amigos: propiedad de Don Pedro Elizalde de San Sebastián, se arma para corsear por los mares de Europa y América. Ese mismo año se arman en San Sebastián un bergantín, una goleta y tres lanchas destinadas a Lima como corsarios armados.

La Ramoncita: construida por la compañía Almozza y Arizmendi en 1809 entra en el Callao donde proceden a darle otro aspecto, la arman en bergantín luego de lo cual se hace a la mar y captura a la fragata inglesa contrabandista y corsaria Wultur.

Bergantín Flecha: está armado en Corso según la Memoria de Abascal en 1809.

Primera Cantabria: apresa a la fragata ballenera americana Atlas en 1811. En 1813 sale del Callao para Quilca con tropa y pertrechos.

Navio Mercedes: aparece mencionado como Corsario español en 1812.

Xaviera: aparece mencionada como corsaria española entre 1813 y 1814.

Santa Teresa: bergantín corsario, sale el 30 de junio de 1813 del Callao al mando de su capitán Juan Villa.

Fragatas Cleoptara y Tagle: corbetas mercantes armadas en Guerra, que en 1817 realizan campañas corsarias desde el Callao a Panamá.

Fragata Palafox y bergantín Justiniano: el primero al mando del teniente de navio de la Real Armada Luis Pardo con 18 cañones y 36 soldados, y el segundo al mando del capitán corsario Antonio Ibarra con 8 cañones y 21 soldados salen del Callao a fines de 1817 en persecución del Corsario anglo americano Águila. Como no lo hallan regresan a fines de enero de 1818.

Fragata Warren: fue tomada como presa por el gobierno real de Chile hacia 1814 en Talcahuano y llevada al Callao para ser usada como corsaria. En marzo de 1817 fondeó en el Callao la fragata mercante americana Sidney procedente de Baltimore al mando del capitán J. Mannerch con privilegio real para que vendiera su cargamento en Lima y con una real Orden para que se le entregara la fragata Warren y su cargamento. Pezuela anotó en su diario que:

"Por las noticias traídas por ese buque se supo que en el puerto de Baltimore se armaban buques con bandera de Buenos Aires para hacer el Corso en el Mar Pacífico con el fin de destruirla fuerza del Rey y aniquilar el comercio procediendo, por parte del gobierno norteamericano, de mala fe y sin consideración a la paz que tenía con el gobierno español".

Buques corsarios de bandera española fueron armados en otros puntos del Pacífico, como los dos que en agosto de 1817 armó el gobernador de Guayaquil con una dotación de 100 hombres, o los que desde Chiloé armó el gobernador Quintanilla, construidos con maderas de la isla y que surcaron el pacífico chileno oponiéndose junto a las lanchas cañoneras realistas, al bloqueo levantado por los patriotas hasta 1826 en que se rindió como último bastión de España.

Conclusión

Para concluir vamos a parafrasear a dos grandes historiadores navales, el capitán de fragata de la Armada argentina Héctor R. Ratto y al almirante de la Armada española Julio F. Guillen y Tato. Ambos vieron la historia de la Real Armada Española desde dos puntos de vistas distintos, pero no contrarios, y trataron de explicar el porqué de la inutilidad de la acción de la Real Armada en el proceso americano.

Dijo Ratto refiriéndose a los almirantes españoles de la época que:

"Los halagos de la "Villa y Corte", los mandos políticos en Capitanías Generales y los cargos administrativos en las colonias del allende el Océano, los malograron. Fueron glorias postumas, no verdaderos almirantes. A pesar de dominar un mundo, los jefes españoles estuvieron lejos de dominar el marque rodeaba a sus vastísimas posesiones..."

Este enunciado es cierto en parte, pero por ende, no lo es todo, es cierto que muchos de los marinos españoles desde Trafalgar se dedicaron a la Villa y Corte y que vivían de sus glorias y fuera de la realidad, pero la versión tradicional que considera a los marinos españoles unos "señoritos incapaces" burócratas del coloniaje de la administración española, minados por el afrancesamiento y las sociedades secretas, además de no ser cierta es hasta injusta, pues "señoritos de botón de ancla" -al decir de Guillen-, fueron La Sala, Liniers, Gutiérrez de la Concha, Córdoba y Rojas, Gurruchaga, Thompson, Zapiola, Ruiz Huidobro, Blanco Encalada, etc. etc. etc..

Los oficiales de la Real Armada sabían perfectamente que América se había perdido desde los tiempos de Trafalgar, y sin buques, sin pertrechos, sin marinería y con dotaciones minadas por el escorbuto, indisciplinadas y nada hechas a la Mar, a dos tercios de ración todos, de Capitán a Paje y con más de cincuenta pagas atrasadas, ¿Qué iban a hacer los más sino sucumbir desoyendo las reiteradas insinuaciones de las Sociedades Secretas?

Todos reconocían que "sin dominar el mar, serían fuegos fatuos las batallas que se ganen en América", pero nadie daba los fondos. Los jefes españoles estuvieron lejos de dominar la Mar, porque ésta no se domina sino con buques y éstos no existían. Así según expuso uno de sus almirantes "por falta de medios, la Marina sólo espera su sacrificio y postración en los momentos más críticos".

Mucho tuvo de culpa en ello no sólo la política de las cortes y el gobierno, con su frase "Marina poca y mal pagada", sino también los comerciantes gaditanos y americanos realistas, afanosos en pedir barcos para sus negocios, pero cerrando bien su bolsa a la hora de poner para la Marina, y aún los virreyes, más preocupados en ahorrar que en plantear una verdadera política marítima, hasta que fue ya tarde.

La frase aludida de "marina poca y mal paga" fue el axioma de la época y esto se mostró sin dudas en América donde los virreyes se cebaron en ella y mientras que al ejército se le pagaba, incluso de las rentas del Almirantazgo, o del derecho de Corso, a la marinería y tropa embarcada con sus oficiales se les debían más de cincuenta pagas y apenas percibían la ración entera. Con tan sólo media ración se navegaba el inhóspito Cabo de Hornos y mientras los de tierra la percibían íntegra, sólo la mitad percibían los marinos de Talcahuano, en tanto que en la Habana se enterraba de limosna a los oficiales de la Armada que morían, como en muchas otras partes, de hambre.

Por hacer economía en los Apostaderos, Pezuela no quiso comprar el navio de la Compañía Inglesa de las Indias, que luego sería el San Martín de la Escuadra Libertadora y con el cual hubiera podido Sión evitar, al menos retrasar el desembarco, ya que alguna vez reconoció que "Un navio y dos fragatas bastarían para destruir el ejército del General San Martín".

Imagen de la desgraciada nave San Telmo, que partiera junto con otras dos hacia Peru desde España, y se cree que fue destruída en la Antartida.


Bibliografía

Albi de la Cuesta, Julio: "La Defensa de las Indias" Ediciones Cultura Hispánica, Madrid 1987.

■ "Colección Documental de la Independencia del Perú ", (CDIP): Tomo VI "Asuntos Militares", en 9 volúmenes, tomo XXII: "Documentación oficial española" en 3 volúmenes. Lima 1971.

■ García Camba, Andrés, general: "Memorias para la Historia de las armas españolas en el Perú", 2 tomos Biblioteca Ayacucho, c. 1920

■ Gómez Ruiz.M. y Alonso Juanola, V: "El Ejército de los Borbones",tomo III. Vol. I, II parte Virreinato del Perú, "La Armada de la Mar del Sur". Servicio Histórico Militar, Madrid 1992.

"Guías de Forasteros del Virreinato del Perú", años 1793 a 1821, Biblioteca Nacional del Perú, Lima.

 Luqui Lagleyze, Julio Mario: "El Ejército Realista en la Guerra de Independencia", Buenos Aires 1995

  "Historia y Campañas del Ejército Realista" Tomo I Buenos Aires, 1997

 Pezuela, Joaquín de la, Virrey del Perú: "Memoria de Gobierno de...", Sevilla, 1947.

  Torrente, Mariano: "Historia de la Revolución Americana", 3 tomos, Madrid 1829-1830.


(1) Al respecto ver la obra de Julio AIbi de la Cuesta, "La Defensa de las Indias" ICI, 1987.

(2) "Relación de Empleos", informe de Jorge de Villalonga al rey de fecha 4 de noviembre de 1710. AGÍ leg. Lima.1489, citado por V.Alonso Juanola y M. Gómez Ruiz en "El Ejército de los Borbones", tomo III , vol **, pág 299.

(3) Carta del 2 de enero de 1741, AGÍ Lima 1489. cit. Gómez Ruiz y Alonso Juanola, op.cit, pag 302.

(4) "Guía de Forasteros del Virreinato del Perú", año 1804. Biblioteca Nacional del Perú, Lima.

(5) ídem anterior, año de 1818.

(6) Pezuela, Joaquín, Memoria de Gobierno del General.....Virrey del Perú, Sevilla 1947.

(7) Guía de Forasteros de Lima, año 1815/16. Biblioteca Nacional de Lima.

(8) Guías de Forasteros de Lima, años 1819/20

 

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