Historia y Arqueología Marítima

 

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CADETE EN LA SARMIENTO (Viaje de 1938)

Por el CAlm FRANCISCO LUÍS D. MORELL- Publicado en el Boletin del Centro Naval N° 785 Vol 115, 1997

Por pertenecer al grupo de oficiales, cada día menos numeroso por razones obvias, que efectuaron el viaje de aplicación en la fragata Sarmiento, he creído de interés testimoniar aspectos de la vida a bordo de esa famosa nave, que ocupó un lugar de privilegio en la Argentina no superado por ninguna otra, tal vez porque no habiendo aparecido aún el explosivo desarrollo de las comunicaciones, que ha globalizado todas las expresiones de la vida, los viajes estaban rodeados de un halo de prestigio y solemnidad que hoy no tienen.

Me tocó cumplir el último viaje de instrucción en el año 1938, a partir del cual la Sarmiento, luego de un período de navegaciones en el país, pasó a ser museo.

El hecho de haber sido construida a fines del siglo pasado, y no haber sufrido transformaciones de importancia que alteraran su estructura, hizo que la vida a bordo conservara muchas pautas del siglo anterior, hoy superadas y aunque algunas naves de nuestra Marina tales como transportes, hidrógrafos y remolcadores de mar mantuvieron condiciones de habitabilidad semejantes, no cumplieron, por lo común, singladuras tan prolongadas como las que los viajes de instrucción imponían a la Fragata.

Comencemos por el alojamiento. El de cadetes se limitaba a una camareta, de unos 10x13 metros con ojos de buey a ambas bandas y una lumbrera de generosas dimensiones en su centro, que daba a la cubierta superior. La ubicación del compartimento era más o menos equidistante de los palos mayor y mesana.

Un pasadizo en la banda de babor hacia proa, la vinculaba con la enfermería de cadetes y al final, con el baño. Lo del baño era relativo pues en navegación las restricciones de agua dulce eran tales -unos cien litros por día- en nuestro caso para treinta y seis cadetes, que tal nombre tenía visos de eufemismo.

Tal era la escasez, que dado que los ojos de buey estaban próximos a la línea de flotación, los abríamos y esperábamos que en un rolido el agua entrara a raudales e hiciera de ducha de agua de mar. Pronto aparecían los problemas de piel pues el hombre no está hecho para bañarse en agua salada.

Los jardines, nombre marino de los w.c. quedaban justamente a la altura del palo trinquete por lo que para acceder a ellos había que recorrer buena parte del buque.

Un pequeño compartimento ubicado en una cubierta inferior a la camareta estaba destinado a guardar los uniformes de Paseo y la ropa de civil.

Dos mesas por banda, orientadas de proa a popa con bancos de respaldo rebatible a sus costados servían para el desayuno, almuerzo, té, comida y estudio también y sobre todo para el cálculo astronómico que día por medio debíamos hacer la mitad de los cadetes en los dos crepúsculos, a la mañana y al mediodía.

Dormíamos en coys que se colgaban de los ganchos de los baos y en el centro de la camareta, dos haches de cadena enfrentados posibilitaban nueve lugares más de sueño, tres en cada una de las verticales y tres en la horizontal. Esta cadena, según se decía, estaba cristalizada pues cada tanto se rompía y allá íbamos los nueve al suelo, rogando caer en espacio suficiente para seguir durmiendo.

A falta de otros lugares no era raro que, si se gozaba de permiso de sueño por haber tenido guardia nocturna, se despertara con un profesor dando clase debajo de nuestro coy. Pero el sueño de cadete permitía superar eso y mucho más.

Adosadas a los costados del buque, una hilera de cajonadas hacían de asiento e igual número de taquillas constituían la única facilidad que teníamos para guardar libros y demás pertenencias.

Un último destino de la camareta era el de servir a modo de boite para las fiestas de a bordo para lo cual se la oscurecía de manera tal que era una proeza circular por ella.

Para quienes hoy emplean situación satelital y aún para los que usaron los métodos abreviados que fueron comunes a partir de la generalización del H-0 214, les costará trabajo imaginar lo farragoso que resultaba el método Saint Hilaire sobre todo para el cálculo con estrellas, reglamentario en nuestra Armada.

Había que comparar los relojes acompañantes de cada cadete con el cronómetro, tomar nueve alturas, tres para cada astro, durante un crepúsculo breve como son los tropicales en la zona en la que por lo general se realizaron buena parte de los viajes de instrucción, e iniciar el cálculo que comprendía nueve columnas, cada una de alrededor de veinte renglones de sumas y restas, entradas a la tabla de navegación, al almanaque náutico y a veces a las tablas de identificación de estrellas. Todo ello insumía aproximadamente una hora, salvo para aquellos superdotados para el cálculo que podían hacerlo en un tiempo más breve.

Para la situación por el sol, el problema era mucho más llevadero, y sobre todo para la del mediodía por la meridiana.

La guardia de puente se cumplía en toldilla, a la intemperie, y lo único protegido era la carta en un tambucho apoyado en la borda. Desde allí y mediante dos grandes ruedas de timón, un cabo de mar y marineros mantenían el rumbo en forma manual.

Cuando se entraba a puerto o se preveía un temporal, el comando del buque se pasaba al puente de proa y el gobierno se hacía por medio de la máquina de timón a vapor.

En ocasiones, y dentro del horario de gimnasia nos hacían realizar la maniobra de aferrar y largar paño en el palo mesana. Organizados de manera que los más livianos y pequeños subieran a las vergas más altas, los que siguieran en peso a las más bajas y los más corpulentos de todos a maniobrar con los cabos en cubierta. Cumplíamos esa tarea no sin prevenciones, pues para los no duchos no resultaba del todo tranquilizador verse allá arriba, apoyados los pies en el marchapies y el cuerpo en la verga sin ningún elemento de seguridad en caso de una pisada en falso cuando las manos están ocupadas con el paño. No obstante siento la satisfacción de haberlo hecho.

El recuerdo de esta experiencia trae a mi memoria que en la travesía de Burdeos a Lisboa, navegando con mar gruesa, cayó al agua desde la verga más alta del palo de proa -peñol del sobrejuanete del trinquete- en lenguaje náutico, el marinero Orellana siendo infructuosos los esfuerzos por recuperarlo. Sirvan estas líneas de homenaje a todos aquéllos que perdieron la vida en las rudas faenas del mar.

La comida era buena, como ha sido invariablemente norma de nuestra Armada. Claro está que se notaba la falta de leche fresca, reemplazada por la condensada que terminaba haciéndose intolerable y la falta de pan lo que era compartido con el resto de los buques de guerra con excepción de los acorazados y cruceros que poseían excelentes panaderías.

El lavadero sufría frecuentes averías. Recuerdo que para compensar su aleatorio funcionamiento, adquirimos en Panamá por quince centavos de dólar unas camisas de la India, que se usaban una vez y se arrojaban al mar pues si se tiraba de alguna parte de ellas, ésta se quedaba en nuestras manos.

La heladera fue otro problema, ya que no obstante ser reparada en puerto, se averiaba invariablemente al primero o segundo día de navegación y a partir de entonces debíamos despedirnos de tomar bebidas frescas.

Nuestro paso por Europa, con escala en Burdeos y Lisboa, durante los meses de agosto y setiembre, coincidió con un momento considerado como el de máxima tensión hasta entonces desde el final de la Primera Guerra Mundial en razón de la invasión de Checoslovaquia. Producto de los sueños paranoicos de Hitler en su intención de configurar la Gran Alemania; ya había tenido el antecedente de la anexión de Austria al Tercer Reich en los primeros meses del año, dando fundamentos a esos temores. No era raro pues que la situación europea fuera tema obligado de conversación y que varios argentinos que se encontraban en el viejo continente se acercaran a la Fragata y expresaran su intención de regresar al país. En aquellos años 3 de peso fuerte no fueron pocos los argentinos que pudieron residir temporariamente en países europeos.

Contrariamente en los Estados Unidos, que habíamos visitado en el mes de julio reinaba un ambiente de absoluta tranquilidad. Un ejemplo pequeño, pero indicadorde lo anterior, que el tiempo convirtió en una paradoja, fue ver en los dormitorios de la Escuela Naval de Annapolis que visitamos durante nuestra estadía en Washington, los capotes de algunos cadetes en cuyas mangas conservaban brazaletes con la cruz svástica, que les habían sido obsequiados en Alemania durante un crucero por Europa realizado hacía poco tiempo.

En las Canarias, el clima estaba fuertemente influido por la suerte de la Guerra Civil, que en ese momento ya preanunciaba el triunfo de las armas nacionalistas. A poco de zarpar, descubrimos un polizón a bordo que, desesperado, pedía que no se volviera a Tenerife para entregarlo, pues sería fusilado. Hubo que mostrarle el compás para que apreciara que no se iba a hacer tal cosa sino desembarcarlo en el próximo puerto neutral.

Cualesquiera hayan sido las restricciones e incomodidades de los días a bordo de la querida fragata Sarmiento, estoy seguro de que el recuerdo de su paso por ella se conserva como uno de los momentos más felices de la vida de quienes tuvimos el privilegio de protagonizarlos.

 

 

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