Historia y Arqueología Marítima

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Aventuras de piratas en el Siglo XVI

LA VUELTA AL MUNDO DE JUAN DRAKE,  SU TRISTE FIN EN EL RIO DE LA PLATA

por Enrique de Gandía - Secretario de la Junta de Historia y Numismática Americana y del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades. Publicado en la revista YACHTING, Tomo I 1939-1940.

Al conocido historiador Enrique de Gandía, miembro de número de la Junta de Historia y Numismática, debemos esta narración, que une a la galanura, el interés del relato, acrecentado aún más, para navegantes rioplatenses.

La armada del corsario Eduardo Fenton sufrió un verdadero desastre en el puerto de San Vicente al ser atacada por las naves de Flores Valdés que venían al mande del contador Juan de Eguino. El navio Leícester, de cuatrocientas toneladas, gobernado por Fenton, y el “Bonaventure", de trescientas, el cual se hallaba al mando del segundo de Fenton, Lucas Ward, volvieron a Inglaterra con cuatrocientos hombres de menos. En Sierra Leona se habia hundido la pinaza "Elisabeth" y en cuanto al patache “Francis” antes del combate de San Vicente se fue por su cuenta al Río a Plata.

El “Francis" era propiedad del célebre pirata Francis Drake y estaba a las órdenes de su sobrino John. El maestre del navio llamabase Richard Farewether. A su bordo venían dieciseis soldados y marineros y cinco piezas de artillería”.

John Drake reconoció la costa con todo cuidado y sondeó el río, mas quiso la fatalidad que diera en una laja, junto a la boca, y allí la nave se fuera a pique.

Dieciocho días permanecieron los ingleses en aquel lugar hasta que con el humo de sus fogatas llamaron la atención de los indios charrúas los cuales los descubrieron y tomaron cautivos. Al cabo de trece meses de hallarse prisioneros entre los indios, John Drake, el piloto Richard y otro inglés llamado Juan Daclós, “gran luterano”, lograron hacerse de una canoa y huyeron en ella a través del Río de la Plata, hacia Buenos Aires. La travesía fue peligrosísima por los vientos y las corrientes. Por fin llegaron a Buenos Aires, en marzo de 1584, “sondeando el río con una piedra y una cuerda”.

Drake en el Rio de la Plata- Gottfried Historia Antipodium 1655 - Coleccion Alejo González Garaño

Es de imaginar la sorpresa y la curiosidad que la llegada de estos hombres despertó en los vecinos y en las autoridades, de Buenos Aires. Superfluo es decir que enseguida fueron tomados prisioneros y que al cabo de un tiempo fueron despachados a la Asunción para luego ser remitidos al tribunal de la inquisición de Lima.

Las aventuras de John Drake eran en cierto modo las de su tío Francis. Su hazaña principal había sido dar la vuelta al mundo, pirateando y huyendo.

Autores extranjeros han querido comparar este viaje al de Juan Sebastián de Elcano. El parangón es casi imposible, pues mientras Elcano iba a través de mares inexplorados, llenos de misterios, con una emoción, en el alma, que nadie puede describir, arrastrado por una audacia inimitable. Drake se dirigía a puertos perfectamente conocidos donde robaba navios y se procuraba alimentos.

Lo que en Elcano hay de grandioso y de noble, en el viaje de Drake es mezquino y deshonesto. La hazaña del español es una epopeya; la del inglés, una carrera de robos. El primero dejó un recuerdo de dolor profundamente idealista, de encantamiento, de empresa sobrehumana, escalofriante, bella como ninguna otra. El segundo sembró su camino de hurtos sin gloria, de traiciones sin fin. de ataques al débil, al indefenso. No hay en todo su andar un combate brillante, un rasgo épico, una sola acción que cause estupor como las innumerables que hechizan el viaje de Elcano.

Sin embargo, la cruzada de Drake debe ser estudiada y admirada; pero simplemente como empresa pirática. Los hombres que tomaron parte en esta vuelta al mundo pasaron sus momentos amargos y fueron, también ellos, héroes del sufrir.

No vamos, ahora, a hacer la historia de Drake basados en los documentos ingleses, pues ello significaría salimos del lema que nos hemos propuesto. Referiremos su vuelta al mundo fundados en un testimonio precioso que los investigadores ingleses desconocen: las propias palabras de Juan Drake. Este documento tiene una importancia insuperable y sería de desear que los autores europeos y norteamericanos completaran sus apuntes sobre Drake con la relación que aquí glosamos sucintamente.

Juan Drake hizo la historia de su vida en la declaración prestada en Santa Fé el 24 de marzo de 1584 ante el escribano Francisco Pérez de Burgos V el intérprete “Juan Pérez, inglés” (John Peters) “vecino de la ciudad de la Asunción’’. Dijo que era sobrino de Francisco Drake y que tiempo atrás (15 noviembre de 1577) había partido con su tío en una armada de cinco naos y ciento sesenta hombres. Su tío. Francisco Drake, era “natural de Timemguen, cien leguas de Londres", tenía el título de caballero y había sido despachado por la reina de Inglaterra y su Consejo. Con él venían otros diez caballeros de los cuales se acordaba los nombres del almirante “maestre Guiter ”. del “maestre Guillen’’, del “maestreThomas” y del “maestre doctor. ... naturales de Londres.

Desde Plymouth los cinco navios fueron directamente al cabo Bojador donde estuvieron seis días y los moros les cautivaron dos ingleses. Del cabo Bojador se dirigieron al cabo Blanco y allí hicieron su primera presa: un navio portugués al cual le robaron el pescado y cuatro quintales de bizcochos. En la isla de Mayo, del Cabo Verde, fueron más afortunados, pues apresaron una nao de mercaderes de cien toneladas con sus buenos paños de Holanda. La armada se aumentó entonces a seis navios y todos juntos tomaron el camino del Río de la Plata sin tocar en ningún puerto intermedio.

Seis días estuvieron en el Río de la Plata (del 14 al 20 de abril de 1578), cargando leña y agua dulce, al cabo de los cuales y de una segunda exploracíón del estuario que duró hasta el día 27, salieron de nuevo a alta mar y enderezaron las proas a la bahía de San Julián. En el camino, en el mes de julio se les hundió el navio tomado a los portugueses con todos sus tripulantes y mercaderías. En la bahía de San Julián permanecieron unos sesenta días, cargando agua y leña y lobos". Uno de los cinco navios se quemó y entonces lo deshicieron para leña". Otro navio quedó perdido, hechado al través porque su capitán — ‘‘maestre Thomas Anter” — había querido amotinarse y Francisco Drake le hizo cortar la cabeza como si esta escena fuera un pálido reflejo de la tragedia que en la misma bahía le tocó vivir a Magallanes.

Los ingleses vieron en este lugar muy pocos indios: unos siete u ocho que les mataron dos hombres. Quince días más tarde, las tres naves de Francisco Drake embocaron el Estrecho. A la salida, un navio se perdió por el mal tiempo y el otro volvió a cruzar el Estrecho y huyó a Inglaterra. Juan Drake decía que el maestre de dicho navio lo habían tenido preso en Londres y no lo ahorcaron por intercesión de Francisco Drake.

La nao capitana quedaba sola con unos cincuenta hombres. Drake no perdió sus ánimos. Un día y una noche estuvo en la isla de la Mocha, en la costa de Chile, peleando con los indios. Los salvajes combatían con picas y flechas. Drake quedó herido, perdió dos hombres y tuvo que seguir viaje sin poder cargar ni agua ni leña. Dos leguas antes del puerto de Valparaíso, tocaron tierra y “un indio que estaba pescando” les enseñó el puerto. Llegaron a Valparaíso a la noche siguiente y al otro día se adueñaron de un navio de ciento veinte toneladas cargado de vino, provisiones y oro. De los once hombres que lo tripulaban, nueve echaron en tierra y dos se llevaron consigo. Era aquel el mes de diciembre.

Unas diez leguas antes de llegar a Coquimbo, se detuvieron para hacer aguada y salidos algunos hombres a caballo por la costa, los indios mataron a un inglés “y le llevaron la cabeza".

En un puerto situado a nueve leguas de Arica “tomaron dos hombres y cuatro barras de plata y seis carneros”. En Arica robaron las cuarenta barras de plata que hallaron en un navio y el vino y las provisiones que encontraron en otro. Al día siguiente las dos naves de Drake salieron de Arica en dirección a un puerto distante diez leguas donde apresaron una buena nao de sesenta toneladas; pero vacía. Los tres navios navegaron hasta unas veinte leguas antes de llegar al Callao y allí Drake resolvió quedarse solamente con su nao capitana. Para ello abandonaron los dos navios apresados, “el uno con sus velas en alto la buelta de la mar y él otro al garete, sin belas ni gente en el uno ni en el otro”.

Antes de entrar en el puerto del Callao detuvieron a un barco cargado de sedas y otras mercaderías; pero no le tomaron nada, excepto a un portugués que conocía la entrada del puerto. Con este práctico penetraron en el Callao una noche del mes de enero y rápidamente apresaron seis navios de los doce o trece que había en el puerto; pero como no llevaban más que pan y vino los dejaron y sólo se quedaron con uno de ciento treinta toneladas que traía sedas y jubones desde Panamá.

A la mañana siguiente, al salir del Callao, tres navios españoles persiguieron a Drake, llegaron a una legua de distancia y viendo que el inglés los esperaba para el combate no osaron atacarlo y se volvieron al pueblo.

En ese instante Drake aprovechó la oportunidad para caer sobre un navio pequeño y quitarle el piloto, el cual tuvo que guiarlo hasta el puerto de Paita. En este lugar los ingleses asaltaron un barco y le tomaron otro piloto. En la punta de San Francisco les fue fácil apresar un navio en el cual viajaban dos frailes con sus negros esclavos y un caballero español. Los ingleses los llevaron a su nao y les dieron de comer; pero como uno de los negros aseguraba que en el navio había oro, echaron a los dos frailes y al caballero en un batel y se llevaron al navio, amenazando al contramaestre que le habían de ahorcar si no decía donde estaban el oro y la plata. El contramaestre juraba que no había ni oro ni plata, los ingleses registraron el navio y cuando se convencieron que, en efecto, no había nada, azotaron al negro que había dicho tal embuste. En seguida dejaron partir a ese navio y al mismo día, a las siete u ocho de la noche, capturaron una nao de ciento veinte toneladas que iba a Panamá y que se defendió “un rato con los arcabuces”. En esta nao hallaron bajo cubierta gran cantidad de plata y un poco de oro. También les tomaron harina y tocino y Drake distribuyó la vajilla de la nao entre todos los ingleses.

Después de esta presa, Drake tomó el camino a México y llegó a unas islas próximas a Nicaragua sin otro encuentro que un navio de quince toneladas que se dirigía a Panamá cargado de maíz. En las islas de Nicaragua se detuvieron unos cinco o seis días para cargar agua y leña. Luego corrieron la costa hasta Guatulco y en el trayecto toparon un navio de sesenta toneladas que descendía al Callao. En este navio viajaba un caballero "que se decía don Francisco de Zárate”. Los ingleses lo llevaron a su nave y durante tres días lo trataron muy bien, a tal punto que el propio Francisco Drake “le daba su cámara de popa donde durmiese". De esta nao los ingleses sólo se quedaron con "cinco o seis fardos de paños y sedas” de un mercader flamenco, “mucha cantidad de roscas biscochadas” y “una negra que se dezía María”, esclava de don Francisco de Zárate. Tambíén se llevaron al piloto de la nao.

En Guatulco tomaron cuatro o cinco fardos de paños y alguna clavazón a una nao de cien toneladas cargada de ruanes y lencería. Luego bajaron a tierra y aprisionaron, a dos o tres españoles; pero los dejaron enseguida, lo mismo que al portugués apresado en la isla do Mayo.

En el mes de abril “se hicieron de nuevo a la mar syempre al norueste y al nornordeste” y anduvieron hasta mediados de junio, llegando a los 48" con 'grandes tormentas, todo el cielo obscuro y lleno de neblinas”. En el camino Francisco Drake llamó a unas islas que estaban en 46'1 y 48- San Bartolomé y San Jaime.

A la tierra que se hallaba en 48’’ le puso por nombre la Nueva Inglaterra. En ella quedaron un mes y medio para arreglar el navio y aprovisionarse de agua y de leña. Por el mucho frío no subieron más al Norte de la Nueva Inglaterra y de allí navegaron al Sudoeste hasta la isla de los Ladrones ‘‘questá en nueve grados”. En estas islas salieron cien canoas de indios a combatir a los ingleses; pero estos les mataron unos veinte y se fueron en nueve días a otra isla que se hallaba en siete grados donde permaneceron un día para cargar agua y leña.

Veinte días emplearon hasta las islas del Maluco. Allí rescataron durante una semana clavo y gengibre con los indios y motos y no se atrevieron a tomar un navio de portugueses' porque las islas estaban artilladas.

Siguieron viaje y en una isla que está en cuatro grados de la banda del Norte”; toda despoblada, no hallaron más que agua, leña y algunos cangrejos. Sin embargo tuvieron que detenerse en ella, por los malos vientos, un mes y medio. Cuando pudieron hacerse a la vela dejaron en la isla a dos negros y a la negra María tomada a don Francisco de Zárate, “para que poblasen con arroz y semilla y fuego”. De allí se fueron a la isla de Java.

En el camino el navio encalló en una isla situada en 5" ó 6". La costa de esta isla estaba tan cortada a pique que por la popa del navio “no se hallaba fondo en más de 300 brazas para echar el ancla”. A fin de aligerar el navio y poder desencallar, los ingleses arrojaron al mar ocho piezas de artillería, diez toneladas de especiería, cinco toneladas de clavo, gengibre y pimienta y dos pipas de harina. Por último se pusieron a rezar y entonces, al cabo de veinte horas, el navio desencalló y aunque “quedó haciendo alguna agua” pudo continuar el viaje.'

En la isla de Java los indios les dieron arroz, vacas, gallinas y cazaban a cambio de telas y paños. Quince días después reanudaron la navegación y en dos meses y medio doblaron el Cabo de Buena Esperanza. En la costa de Guinea no hallaron buen puerto y como, además, había viento contrario, se fueron a Sierra Leona, donde se detuvieron cinco días para limpiar el navio, tomar agua y leña. Decía Juan Drake que si hubieran tardado dos o tres días más en hallar agua, las cincuenta y nueve personas embarcadas en el navio habrían muerto de sed.

Desde Sierra Leona Drake enfiló la proa directamente a Inglaterra y sin tocar ningún puerto ni ver ningún navio, llegaron a Plymouth ‘'adonde descargaron todo el oro y plata y lo llevaron al castillo” de la ciudad.

Francisco Drake se fue a Londres con la mitad de la plata y oro; pero su sobrino, “por ser mozo”, no sabía “lo que le dió a la reyna ni con lo que se quedó el dichoso Francisco”.

Esta es la historia de Juan Drake, joven de unos veinte años que, como sabemos, había terminado por caer preso en Buenos Aires.

El 12 de octubre de 1585, el tesorero Hernando de Montalvo escribía al rey de España repitiéndole la aventura del Padre Rivadeneira y contándole que Juan Drake y el piloto Richard —-que habían escapado de los charrúas para ir a las manos de los españoles— se hallaban prisioneros en la Asunción, en poder del teniente general Juan de Torres Navarrete, y que nadie trataba con ellos, pues los inquisidores los habían mandado a buscar desde Lima.

Hernando de Montalvo comprendía perfectamente que para seguridad de Buenos Aires era necesario que se construyese una fortaleza ‘‘con su artillería y municiones”. Por tanto le pedía al rey en la carta citada que la hiciese levantar cuanto antes; pero “de piedra y de ladrillo y cal, porque de tapias de tierra no es defensa más que sólo para yndios y no para franceses ni ingleses porque traen artillería”.

Fue, pues, la llegada a Buenos Aires de Juan Drake lo que dió origen a la idea de construir un fuerte capaz de rechazar los ataque enemigos.

En cuanto al banco en donde Drake hundió su patache, se llamó, desde entonces, “Banco del inglés”.

 

 

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