Historia y Arqueología Marítima

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PRIMITIVOS NAVEGANTES VASCOS

Los Documentos de la Colección Muñoz

por ENRIQUE DE GANDI- Publicado en la revista yachting Argentino.

En la Real Academia de Historia, de Madrid, se conserva manuscrita la extraordinaria plección de documentos de Juan Bautista Muñoz. Estos documentos -en gran parte copias- fueron reunidos para redactar una Historia del Nuevo Mundo. En el jaño 1793 apareció el primero y único tomo. Muñoz falleció. Su colección, desde entonces, es una mina inagotable para los estudiosos.

Hállanse, en la Colección Muñoz, dos extensas Memorias Sobre la pesca del Bacallao. Muñoz consigna su origen. “Huve estos papeles —dice— en San Sebastián, por beneficio del Sr. D. Manuel Ignacio de Aguirre de los S. S. Prior Cónsules”.

 La primera Memoria empieza con noticias generales. Dice que los vascos fueron los inventores de la pesca de la ballena y que persiguiendo los cetáceos hasta Groenlandia llegaron a los bancos de Terra Nova.(Ver >>>>>>..)  Inglaterra apartó de la pesca a los franceses y discutió a los vascos sus tradiciones y prerrogativas. La provincia de Guipuzcoa, a fin de no perder sus derechos, levantó una información en San Sebastián, en el año 1697, ante el escribano de la ciudad, Francisco Carrión, con quince testigos. En 1732 preparó otra información de trece testigos. El autor de la Disertación supone que el primitivo nombre de bacalaos fué puesto por los españoles y no por los franceses. Trae el ejemplo de la palabra petrichería, que se usa en Terra Nova y viene de la voz española petrechos. Cita toponímicos americanos de origen auskérico e insiste en afirmar que si los vascos de Labourt hubiesen llegado a Terra Nova antes  que los españoles no se habría perdido la tradición o el recuerdo de sus luchas.

Los documentos reunidos por Muñoz resumen en forma admirable los privilegios ganados para lasprovincias vascas por sus pescadores. "Ha sido tan reconocido el derecho de los vascongados a la pesca de Terranova —dice el autor de la Disertación - que los reyes de España, en repetidas cédulas, han concedido prerrogativas a la provincia de Guipuzcoa para la conservación de este derecho". En efecto; reales cédulas del 23 de marzo de 1587, 20 y 25 de abril del mismo año, 11 de octubre de 1639 y 15 de julio de 1757, disponen la no embargabilídad de los navios guipuzcoanos que estuviesen destinados a la navegación a Terra Nova. Los navios no podían ser embargados ni por el mismo gobierno español. Por el contrario, el rey se comprometía a darles todos los bastimentos, pertrechos y municiones de guerra que necesitasen, y a no retirarles, en ningún caso, la gente de mar que tuviesen a bordo.

El tratado de Utrecb gue cedía, en su artículo XIII, a Inglaterra, Terranova e islas adyacentes pertenecientes a Francia, significó para los españoles la pérdida de sus pesquerías. Francia se comprometió a entregar el fuerte de Plasencia y toda la isla de Terra Nova y a no alegar, jamás, ningún derecho sobre ella. Los pescadores franceses podían construir andamios y cabañas donde guardar el pescado; pero no fuertes. Sólo podían llegar a la isla en el tiempo de la pesca y sacar el pescado únicamente desde el Cabo de Buena Vista hasta el extremo septentrional de la isla y el lugar llamado Punta Rica. Francia siguió dueña de la isla de Cabo Bretón y de las que se hallan en la embocadura y golfo de San Lorenzo, con facultad para fortificar cualquier plaza. El derecho de los vascongados quedó totalmente libre.

El artículo XV del tratado de Utrech decía así: "Pretendiéndo la España que pertenece a los Cántabros y otros súbditos del Rey Católico algunos derechos para la pesca en la isla de Terra Nova, consiente S. M. Británica en que se conserven intactos e inviolables todos los privilegios pertenecientes así a los cántabros' como a los demás pueblos de España”. El ministro inglés Lord Stahope, declaró al embajador español Marqués de Monte León, en 1716, que Inglaterra no negaba los derechos de los vascos; pero que deseaba cumplir un acta del Parlamento hecha en el décimo año del reinado de Guillermo III. En esta acta se establecía que todos los vasallos de Inglaterra podían pescar y comerciar en Terra Nova, y que ello estaba prohibido a los extranjeros que no residían en el reino de Inglaterra, el principado de Gales y la ciudad de Berwick.

Los embajadores españoles hacían notar, con razón, que el acta del Parlamento inglés era del 1699 y que las disposiciones del tratado de Utrech, del 11 de abril de .1713, por ser posteriores y de carácter internacional, la anulaban por completo. Además, existía un tratado de paz firmado en Berwick, el 20 de septiembre de 1697, entre España e Inglaterra, en el cual se establecía, en el artículo V, que los súbditos de ambos países tendrían plena libertad de navegación y comercio.

España hizo largas gestiones para obtener la libertad de pesca en Terra Nova. El señorío de Vizcaya llegó a enviar un diputado a Inglaterra que fracasó en sus gestiones ante Lord Stahope. En un tratado de 1721, hecho entre España e Inglaterra para aclarar algunos puntos del de Utrech, el representante español escribió estas líneas: "Sobre las pruebas citadas, señor, en fe de los tratados, el Rey, mi amo, condolido de las quejas de sus vasallos, y por la protección que les debe, pide que los vizcaínos no sean molestados en adelante, que S. M. Británica mande a los Govemadores y a sus Nabíos de Guerra que no les interrumpan ni la Nabegación, ni la Pesca: que le restituían enteramente los Nabíos que les han quitado durante la presente guerra y los daños que les han ocasionado". En el mismo tratado consta que “S. M. Británica dará las órdenes para que los Guipuzcoanos y Vizcaínos tengan la pesca del bacalao en los Mares de Terranova y que todo lo demás que no estuviere cumplido tendrá la misma fuerza que si estuviese inserta en el tratado de alianza defensiva entre las tres coronas".

Pasamos por alto otros documentos de la Colección Muñoz, relativos a los viajes de los marinos vascos, por ser exclusivamente diplomáticos, y damos un extracto de una información interesantísima e inédita, sólo mencionada por el marqués de Seoane y algún otro erudito.

"Nos, la M. N. y M. L. Provincia de Guipúzcoa, junta y congregada en nuestra Diputación en la N. y L. villa de Azcoytia, el día veinte tres del mes de septiembre de mil seiscientos y nobenta y siete años, en concurso de los señores cavalleros capitulares de que se compone, con asistencia del Sr. D. Antonio Manuel de Marichalar y Vallejo, caballero de la Orden de Calatrava, del Consejo de S. M. su Alcalde de Casa y Corte, y Corregidor de esta Provincia por presencia de Don Phelipe de Aguirre, nuestro Secretario de Juntas y Diputaciones: Y assí estando xuntos y congregados, por quanto los Naturales de esta Provincia han confirmado siempre el hir a las costas y Yslas de Terranoba, a hacer Pesca de Vacallao y la han egecutado en toidos sus jiages en qualquiera Puerto de la dicha Ysla, sin que los Naturales del Reyno de Francia, ni de ningun otro Reyno, se les haya puesto xamás impedimento ni embarazo, antes bien con tal Uniformidad y concordia con los Franceses, que en concurso con los de esta Provincia se les ha dado se les ha dado siempre preferencia, y antelación en el Puerto a los que primero ler huibiesen ocupado, sin distincion ni prelacion de naciones, ni sugetos y de esta práctica y estilo hay  costumbre asentada de inmemorial tiempo a esta parte, sin que en ninguno se haya visto ni entendido cosa en contrarío, sino siempre una entera libertad y franqueza de poder pescar los Naturales de esta Provincia, en todos y qualesquier Puertos de la referida Ysla de Terranoba, así como han pescado y podido pescar los del Reyno de Francia y combiene al derecho de esta Provincia y al de todos sus hijos el recibir información de esta costumbre inmemorial, y práctica inconcusamente observada por la presenta damos comisión en devida forma al capitán Don Nicolás de Egoabil, Alcalde y Juez ordinario de la N. y L. Ciudad de San Sevastian, para que en nuestro! nombre, voz y representación, por ante qualquier escribano numerario de esta Provincia, reciba información de la costumbre inmemorial y práctica inconcusa que va referida, y de la libertad y franqueza de que han gozado siempre los Naturalesj desta Provincia, en orden a poder Pescar sin distinción en todos los puertos de la dicha Costa y islas de Terranoba, haciendo que los testigos declaren y digan los nombres de los dichos Puertos lo que han visto en sus tiempos, lo que oyeron decir a sus mayores, y más ancianos, y haciendo con distinción y claridad las demás preguntas necesarias para la verdadera provanza de este escrito, costumbre y práctica sin memoria, que para todo ello y recibir juramento a los testigos, le damos esta nuestra comisión, en aquella vía y forma que más se requiera de derecho y mandamos a nuestro secretario refrende y selle con el sello menor de nuestras Armas, que es de su oficio. Por mandado de la Diputación, Don Phelipe de Aguirre”.

La información comenzó en San Sebastián, el 26 de septiembre de 1697. El capitán don Nicolás de Egoabil, por testimonio del escribano Francisco de Carrión, “hizo comparecer ante si al capitán Martin de Zapiain, marinero, natural y vecino de esta ciudad, de quien haviendo entre todas cosas recibido juramento en forma de derecho, so cargo de él, prometió decir la verdad, y siendo preguntado por el thenor de lo contenido en dicho comisión: Dijo, que en orden a lo que en ella expresa lo que sabe es que en todo el tiempo de su memoria, que la tiene de quarenta y ocho años a esta parte, ha visto el que los Naturales de esta dicha Provincia han continuado siempre el hir a las costas, islas de Terranoba, a hacer Pesca de Vacallao y la han egecutado en todos sus viages en qualquiera puerto de las dichas costas y yslas de Terranoba, como son en el Traspaz, en el de Santamaría, en el de Cunillas, en el de Placencia, en el de Perú de Plasencia, en el de Perú Paradis, en el de Martinis, en el de Nurca-chu-mea, en el de Buruandía, en el de San Lorenzo-chumea, en el de San Lorenzo andía, en el de San Pierre. en lo de Fortuna, en lo de Miquele Portu, en el de Chasco Portu, en el de Señoría, en el de Opor Portu, en el de Tres Islas, en el de Portu-choa, y en el de Echaide Portu que todos son puertos de las dichas costas y yslas de Terranoba, y que el dicho Puerto de echaide Portu lo descubrió Juan de Echaide, natural y vecino que fué en esta Ciudad, a quien le conoció el testigo, sin que en ninguno de los dichos Puertos de parte que sepa, ni haya visto ni oído el testigo, se le haya puesto embarazo ni impedimento alguno en jamás a los Naturales de esta dicha Provincia de Guipuzcoa, en el uso libre de la dicha pesca de va-callao por los naturales del Reyno de Francia, ni de otro algún reino... hasta este presente año, que lo han embarazado Franceses, y que a demás de haverlo visto assí el testigo en su tiempo, oyó decir lo mismo al dicho Juan de Echaide... que murió aora quarenta años poco más o menos, siendo al tiempo de edad de más de setenta años, y a Esteban de Ibarron, natural y vecino que también fué de esta ciudad, que murió aora avrá veinte años, siendo al tiempo de cerca de ochenta años, y a Martin de Echaide, natural que fué de esta dudad, que murió aora veinte y cinco años, poco más o menos, siendo al tiempo de edad de más de setenta años, y a otros muchos viejos y ancianos, vecinos de esta ciudad, que decían haver ellos visto y practicado lo mismo en todo su tiempo, y a demás de haverlo visto ellos assí, oyeron que decían lo mesmo sus mayores y más ancianos haverlo ellos también practicado y visto lo mismo”.

La declaración de Martin de Zapiain tiene especial importancia por sus revelaciones. Era un marino de larga práctica. Hasta esa fecha había hecho veintiséis viajes a Terra Nova.

El segundo testigo, Antonio de Ortuega, "dijo que este testigo de los Puertos de esta M. N. y M. L. Provincia de Guipuzcoa a las costas, yslas de Terranoba, ha hecho treinta y seis viages a la Pesquería de Bacallao...”. Tenía cincuenta y seis años. Repitió los nombres de los puertos mencionados por Zapiain, confirmó lo dicho por él y agregó que había oído citar iguales tradiciones "al capítan Pedro de Ribas, natural y vecino que fué de esta ciudad, que murió aora veinte años siendo al tiempo de edad de ochenta años, y a Juan de Merquelin, natural y vecino que fué de esta ciudad, que murió aora veinte años, poco más o menos, siendo al tiempo de edad de cerca de setenta años.»*'.

El tercer testigo, Juanes de Narbu, “natural y vecino del lugar de San Juan de Luz, Reyno de Francia; Dijo que este testigo, assí en los Navios de los Naturales de esta M. N. y M. L. Provincia de Guipuzcoa y de sus Puertos como en los Navios de los Naturales de la Provincia de Labourt y de sus Puertos, ha hecho treinta viages a las costas y yslas de Terranoba, a la Pesquería de Vacallao”. Mencionó los veinte puertos con nombres vascos señalados por los testigos anteriores "y que además de haverlo visto el testigo en su tiempo, oyó decir lo mesmo a sus mayores y más ancianos vecinos del dicho lugar de San Juan de Luz, decilios nombres no se acuerda al presente, que ellos en su tiempo havían visto también que los naturales de esta dicha Provincia de Guipuzcoa, havían hecho su pesca de Pescado Vacallao en dichos Puertos en concurso con los Franceses, uniformemente, sin diferencia, prelación, ni distinción alguna de Naciones, ni sugetos, como lo ha visto el testigo en su tiempo, dándosele la preferencia y antelación en el Puerto a loé que primero lo huviesen ocupado...”.

El testigo Bernardo de Murieberquez, de San Juan de Luz, depone que hizo siete viajes a Terra Nova "y que en ellos, aora puede haver trece años, poco más o menos, que en concurso con los franceses, vió que Juan de Zuloaga, vecino que fué de esta ciudad, con un navio de los naturales de esta M. N. y M. L. Provincia de Guipuzcoa, hizo su Pesca de Pescado Vacallao, en el puerto que llaman de Señoría”.

También lo volvió a ver hace cuatro años en el Puerto de Plencia, "y lo uno y otro a vista, ciencia y tolerancia de los Franceses, sin que se le hubiese puesto embarazo ni impedimento alguno en dicha su pesca, antes bien, se hubieron con los franceses como sí fueran amigos, siendo así que estaba declarada la Guerra entre esta Corona y la de Francia...”.

El testigo Sabat de Aguirre, natural de Guetaria, en la provincia de Labourt, "ha navegado a las Yslas y costas de Terranoba, doce Viages, y que en el primer viage que assí hizo vió que el Navio de Santa Engracia, de doña Gracia de Atocha, viuda, vecina de esta ciudad, y otro en que estaba embarcado por capitan Juan de Zuloaga... agora doce años, poco más o menos, ambos Navios hicieron su pesca de Pescado Vacallao en concurso con los franceses en el Puerto que llaman Portucho, que es en las mesmas costas yslas de Terranoba, donde concurrieron en el mesmo tiempo y Puertos y en la mesma Pesca otros tres navios de Labourt, y en el uno de ellos se halló el testigo...”.

El testigo Domingo de Guetuceaga, vecino de San Sebastián, “dijo que este testigo en su tiempo ha hecho tres viages... a las Yslas y Costas de Terranoba, a la pesca de Vacallao, el primer viage agora quarenta y cinco años, poco más o menos, siendo capitán de la Ñau, en que el testigo fue embarcado, Francisco de Salorte, vecino que fué de la villa de Deba... y que en dicho primer viage hicieron su Pesca de Pescado Vacallao en el Puerto que llaman Balsamün, en concurso con franceses, que dicho Puerto es en las mesmas costas y Yslas de Terranoba, y que el segundo viage hizo... siendo capitan del Navio... Pedro Ribas, vecino que fué de esta ciudad, y hicieron su Pesca en el Puerto que llaman Yslote... y que el tercer viage hizo siendo capitán del Navio, Martin Perez de Uztarroz, vecino que fué de esta Ciudad, e hicieron su Pesca de Pescado Vacallao en el mesmo puerto llamado Yslote...”.

Además, "oyó decir al dicho Martin Pérez de Uztarroz, que murió aora diez y seis años, poco más o menos, siendo al tiempo de edad de setenta años, y al dicho Pedro de Ribas, que murió aora veinte años, poco más o menos, siendo al tiempo de edad de setenta años, y a Esteban de Ibarron, vecino que fué de esta ciudad, que murió aora veinte y quatro años, poco más o menos, siendo al tiempo de edad de cerca de ochenta años, y a otros muchos viejos y ancianos, vecinos que fueron de esta ciudad, que decían haver ellos visto y practicado lo mesmo en todo su tiempo, y que a demás de haverlo visto ellos assí oyeron también que decían los mesmos sus mayores, y más ancianos, haverlo ellos practicado y visto lo mesmo, siendo como fueron todos ellos personas de buena fe, y crédito, sin que los unos ni los otros, ni el testigo, huviesen visto, oído, ni entendido cosa en contrario a la libertad, uso y costumbre que han tenido siempre de tiempo inmemorial a esta parte los naturales de esta dicha Provincia, de haver pescado y podido pescar en concurso con Franceses, y sin contradicción de ellos, ni de otra Nación alguna, en las referidas islas y costas de Terranoba, y que de lo referido siempre ha havido y hay pública voz y fama y común opinión assí en esta dicha Provincia como en el dicho Reyno de Francia, de tiempo inmemorial a esta parte, sin cosa en contrario...”, Esteban de Azcorra, natural de San Sebastián ... con dos viajes a Terra Nova, “el primer viage agora treinta años y el segundo agora veinte” declaró una serie de noticias semejantes a las de los testigos anteriores.

Pedro de Aguirre Landa, vecino de San Sebastián, hizo cinco viajes a Terra Nova, “el primero aora quarenta y ocho años, poco más o menos, y los demás después, que el último fué aora treinta y siete años”, repitió detalles ya conocidoa le y se refirió a Martin de Echaide, hijo de Juan de Echaide.

Antonio de Aramburu, natural de San Sebastián, hizo un viaje “aora quarenta y dos años”, en un navio guipuzcoano “que se nombraba San Martin, cuyo dueño hera Martin de Vildosola, vecino que fué de esta ciudad”. Su declaración no trae nuevos datos, excepto el nombre de un viejo marino que también había viajado largamente a Terra Nova: “Domingo de Ibarburu, vecino que fué de la villa de Motrico de esta dicha Provincia, que murió aora treinta e dos años, poco más o menos, siendo al tiempo edad de setenta años...”.

Nicolás de Zerobi, maestro tonelero, vecino de San Sebastián, “dijo que este testigo agora veinte y quatro años, desde el Puerto del Pasage xurisdicción de esta ciudad, hizo en el Navio nombrado San Juan, su capitan Francisco de Miape, y dueño doña Gracia de Atocha, viuda, vecina de esta ciudad, viage a las Yslas y costas de Terranoba a la Pesquería de Vacallao...” y que vió hacer su pesca a “Juan de Merquelin, difunto vecino que fué de esta ciudad con un navio de los naturales de esta M. N. y M. L. Provincia de Guipuzcoa, en concurso con otro navio de naturales Franceses, que se hallaba en el mismo Puerto de Portucho, sin que por dichos naturales Franceses se les hubiese puesto embarazo alguno en dicha Pesca de Pescado Vacallao...”. Además “ha visto que desde los Puertos de esta dicha Provincia han salido muchos y diversos Navios en diferentes años de los naturales de esta Provincia a las dichas Yslas y costa de Terranoba...”.

El capitán Blas Pisón, natural de San Sebastián, hizo tres viajes: “el primero agora treinta y seis años, y el segundo aora veinte y quatro años, y el tercero, agora veinte y tres años”. No trae datos nuevos.

El testigo Juan Bautista de Zuaznabar, natural de San Sebastián, no navegó a Terra Nova; pero como era armador, vió partir y volver muchos barcos que se dedicaban a la pesca del bacalao.

Francisco de Ibarron, vecino de San Sebastián, marinero, hizo quince viajes a Terra Nova. Su declaración coincide, en los pormenores, con las de otros testigos.

Thomás de Elogui, natural de San Sebastián, ha visto siempre a los guipuzcoanos, de cuarenta e ocho años a esta parte, ir a las costas de Terra Nova y a la Tierra de Bretón, a hacer la pesca en los puertos ya citados. Recuerda a su suegro, Pedro de Sazonera, muerto hace quince años, siendo de setenta y cuatro; al capitán Bernardo de Aguirre, muerto hace veinticuatro años, siendo de setenta, y a Martin de Egoabil, muerto hace treinta y dos, siendo de setenta: todos ellos muy prácticos en los viajes a Terra Nova.

Martin de Aguirre, vecino de Guetaria, en la provincia de Labourt, dijo que veintidós años antes embarcó en el puerto de Pasages en el navio San Juan de Mayot, de doña Gracia de Atocha y del capitán Francisco de Murabe, vecino de Lequeitio, y que hizo otros siete viajes en navios de provincia de Labourt sin que jamás los franceses atacasen a los españoles. Esta información tiene un valor único en la historia de la marina vasca y española. Ella demuestra, por vez primera en estos estudios, cuán intensos eran en el siglo XVII los viajes de los pescadores vascos a Terra Nova y al Labrador.

También nos permite revelar una serie desconocida de nombres de antiguos pescadores, hasta ahora ignorados a todos los estudiosos de estos temas.

Las declaraciones que hemos glosado pueden completarse con las contenidas en otro testimonio hecho en la ciudad de San Sebastián, el 21 de febrero de 1732, para “recibir información de los Navios que de naturales y vecinos de ella navegaron desde estos puertos a Terranoba, a la Pesquería de Vacallao, después del año pasado de mil seiscientos y noventa y siete...”.

El testigo Francisco Santos, vecino del lugar de Pasage, dice que el navio San Juan Bautista, perteneciente a don Domingo Perez de Isaba, difunto, vecino que fué de esta ciudad, y a otros naturales de ella, siendo su capitán Domingo de Mirándola, salió de San Sebastián para Terranoba en abril de 1705 “llevando por precaución de los Turcos, capitán de vandera francesa, y la maior parte de la Dotación de Marineros y naturales de esta Provincia de Guipuzcoa”. En el viaje no tuvieron ningún contratiempo.

Don Nicolás de Echeveste, vecino y comerciante de San Sebastián, “dijo que los años de mil seiscientos y noventa y ocho; mil seiscientos y noventa y nueve, y mil setecientos, interesó el que depone en una octaba parte y porción del Navio nombrado San Francisco y San Ignacio, de porte de ciento y sesenta toneladas... y en el resto de él Don Domingo Perez de Isaba, Doña Josefa de Gorriaran menor, Don Antonio de Arnife Sarobe, Don Francisco de Echverría, Francisco de Goroztiza, todos difuntos, naturales y vecinos que fueron de esta dicha ciudad, cuia administración corrió a cargo y cuidado del dicho Don Domingo Pérez, y aprestado por ente, a costa y expensas del que depone y demás sus expresados interesados, navegó dicho navio los años referidos... y a la buelta del primero trajo y descargó en el Puerto y Muelle de esta ciudad, dos mil quinientos y quarenta y un quintales de dicho vacallaos, y al del segundos, dos mil quatrocientos y sesenta y un quintales, no sabe en que parajes de aquella costa logró dichas Pescas, ni los terrenos en que hizo la sequería, y en el año de mil setecientos navegó a la Bahía de Cádiz, con Fierro y otros frutos de este País, y en todos los referidos tres viajes, con Vandera Francesa y Capitan de esta nación, y esto mesmo de navegar con semejante vandera y capitan, navios privatibos de naturales y vecinos de esta ciudad, después acá lo han practicado el testigo, en algunos en que ha interesado y aenido a su cargo, y ha visto practicar lo mesmo y presentemente a varios comerciantes de esta.ciudad para presebarse del riesgo de ser apresados de los Turcos, con quienes los Franceses mantienen su amistad, y correspondencia, cuia precaución ha hecho preciso el horror que a su esclavitud tienen los Mareantes, especialmente en Navios que para defenderse de ellos no tienen la bastante fuerza, como en lo regular sucede con los mercantiles...”.

El testigo Esteban López, vecino de San Sebastián, dejó constancia que por la amistad de cuarenta años que tuvo con Don Domingo Pérez de Isaba, supo que navegó a Terra Nova, aprestado y armado por dicho Pérez de Isaba, en los años 1698 y 1699, el navio San Francisco y San Ignacio, de ciento sesenta toneladas, que volvió con carga de bacalao y viajó con bandera francesa para no tener encuentros con los turcos.

Antonio de Artide, marinero, natural de San Sebastián, “dijo que este testigo desde este Puerto, hizo con Plaza de Pescador quatro viages a Terranoba, a la Pesquería de Vacallao, en el Navio nombrado San Pedro, perteneciente a Don Sánthiago de Arribillaga, difunto, natural y vecino que fué de esta ciudad, en los años de 1699 y 1700, 1701 y 1702, llevando por precaución de los turcos por capitán de vandera francesa; es a saver, en los dos primeros viages, a Andrés Darreche, y en los otros dos a Martin de Azcaya, y en todos quatro viages con tripulación de Marineros naturales de esta dicha ciudad y Provincia de Guipuzcoa”.

Agrega que "este testigo hace memoria fija que en el dicho año de 1702 salieron de este Puerto, para la pesquería de Vacallao Terranoba, el Navio nombrado San Ignacío perteneciente a Don Antonio de Amife Sarobe, difunto, vecino que fué de esta ciudad con tripulación de Marineros naturales de ella, y de esta dicha Provincia de Guipuzcoa, y después que hizo su Pesca y sequería en el cabo de Santa María estando para levarse, lo apresaron los Ynglesés y hasta ocho Marineros naturales de esta ciudad de su Dotación que fugitibos saltaron a Tierra les recogieron y trageron a bordo el dicho naval San Pedro y se acuerda también este testigo el dicho Don Antonio de Amife Sarobe, haviendo ido en persona a Lisboa, rescató a el dicho Navio San Ignacio, que con su carga de Vacallao, fué conducido a este puerto, donde vió descargados que este testigo se embarcó a quinto viage, para la dicha Pesquería de Vacallao, el año de 1703 en el mesmo Navio nombrado San Pedro, llevado también por precaución de los turcos, por capitan de Vandera francesa a Juan de Penoya, que navegando para Terranoba frente a villa Viciosa, en Asturias, combatieron fuertemente com dos fragatas de Texlingue, que los precisáron la darse a la costa con el dicho Navio San Pedro en la Ensenada que llaman los Tazones, donde! se perdió...”.

El testigo Esteban de Garieder, marinero, natural de San Sebastián, declaró haber hecho dos viajes a Terra Nova, en 1701 y 1702, en el navio San Pedro de don Santiago de Arribillaga con bandera francesa.

El testigo Nicolás de Sasoeta, marinero, natural de San Sebastián, declaró que embarcó en 1702 en el navio San Ignacio, con bandera francesa, y recordó que "hallándose ya con el Vacallaó dentro de la Bodega del dicho Navio, aprontado para lebarse a buelta de su viage, el dieciocho de septiembre de aquel dicho año de la celebración de la Natibidad de nuestra Señora, fué apresado el dicho Navio por otros tres del Rey de Inglaterra, en el dicho parage de Flinillas, y motibado de esto, salió a Tierra todo el equipage del dicho a Navio de San Ignacio, y caminando por la costa dieron algunos Marineros con Navios franceses y otros que llegaron a manos de los Ingleses, y este testigo alcanzó a un Navio Francés, y en él bolbió embarcado a Bilbao...”. También confirmáis que el dueño del navio, Don Antonio de Amife! Sarobe, fué a rescatarlo a Lisboa.

Bartolomé de Mendizabal, marinero, natural de San Sebastián, fué compañero del testigo anterior y repitió sus mismas noticias.

Juan Bautista de Munoa, maestro carpintero, natural de San Sebastián, dijo que por el mes de abril del año pasado de mil y setecientos y seis, salió de este puerto el navio nombrado San Juan Baptista, perteneciente a Don Domingo Perez de Isaba, difunto, vecino de San Sebastián, y al comando del capitan Miguel de Ziburu, con bandera francesa, le volvió sin estorbo alguno.

 El testigo Miguel de Bordachipia, natural de San Sebastián, mareante, compañero del anterior, confirma su declaración.

Miguel de Zubieta, mareante, natural de San Sebastián, fué uno de los que embarcaron en el navio San Ignacio, con bandera francesa, apresado por los ingleses. Declara “que todo el equipage del dicho Navio San Ignacio se escapó a tierra y este testigo, corriendo la costa, encontró a un navio francés, donde se embarcó y viniendo navegando lo apresaron sobre el cabo de Machichala xunto a la Bayexa, dos Fragatas Texlinguetas, y le llevaron a Texlingue de prisionero es testigo, y de hallí por la Francia, a pie, se restituyó a su casa, y se acuerda que después pasó el dicho Don Antonio de Amituesarobe en persona a Lisboa y rescató á el referido Navio San Ignacio, que con su carga de vacallao fué conducido a este puerto...”.

Miguel de Goicoechea, vecino de San Sebastian, declara que el navio San Juan Bauptista hizo dos viajes a Terra Nova, en 1705 y 1706, con toda felicidad.

El testigo Pedro de Erdocia, vecino de San Sebastián, confirma las palabras de los deponentes anteriores.

Don Joaquín Pérez de Isaba, vecino y comerciante de San Sebastián  "dixo que los años de 1708 y 1709, aprestado en este Puerto y Muelle porta padre, Don Domingo Perez de Isaba, navegó a Terranoba a la pesquería de Vacallao elI Navio nombrado San Francisco y San Ignacio, y los años de 1705 y 1706, el nombrado San Juan Bauptista, uno y otro pertenecientes a el dicho  Don Domingo Perez de Isaba y otros comerciantes naturales y vecinos de esta ciudad”. Los viajes fueron hechos sin contratiempo.

 Han terminado las declaraciones de los testigos. En síntesis ellas demuestran que durante todo el siglo XVII y parte del XVIII los pescadores vascos navegaron constantemente a Terra Nova, que también hacían estos viajes los vascos de la I costa francesa y que con frecuencia tenían que cuidarse de las naves de Inglaterra. Nunca, hasta este momento, se ha hecho una mención tan minuciosa de los viajes de los vascongados a Terra Nova en los siglos XVII y XVIII, de sus navios, de sus propietarios y, en especial; de los marineros y pescadores que tomaban parte en tan audaces  excursiones. Juan Bautista Muñoz recibió los documentos que hemos glosado en el año 1783. En uno de ellos, el autor de una Disertación expresa su esperanza de hallar otros testimonios.

 "En los Consulados de Bilbao y San Sebastián —dice—, en varias casas particulares y en San Juan de Luz, pueden hallarse documentos y memorias muy útiles a este fin: Qué gloria sería hacer una colección de ella, que fuese concluyente sobre el derecho de estas provincias: que objeto más dignó de la sociedad". Nosotros hemos intentado esta búsqueda sin otros resultados que los contenidos en este libro.

LOS VIAJES HISTORICOS  PRIMITIVOS

Los viajes de los navegantes vascos han sido tratados por los historiadores en dos formas diferentes. Unos han aludido a ellos sin precisar fechas ni detalles. Los otros han señalado hechos concretos. Los primeros se caracterizan por sus afirmaciones vagas, inseguras, fundadas en tradiciones que por lo común son errores largamente repetidos. Los segundos han buscado la exactitud histórica, indudable e irrebatible.

De los primeros nos hemos ocupado en otras páginas de este trabajo. Entre los segundos mencionamos estos autores especializados en las búsquedas en los archivos: Ducéré, Courteault y Colas. Hay, en estos autores, una propensión a aislar los vascos franceses de los vascos españoles. No puede discutirse que ambos han estado separados por las fuerzas políticas de España y de Francia y que el pequeño río Bidasoa ha sido, en muchas oportunidades, una honda barrera. Pero también es indudable que los Pirineos, en vez de separar, han atraído a los vascos de uno y otro lado.

Aparte de ser ellos un mismo pueblo con un mismo idioma, han existido otros vínculos que los han unificado en la acción: el compañerismo en las pescas de Terra Nova; catorce tratados de comercio en los siglos XVI y XVII entre ambas regiones de Euzkadi aprobados por las juntas del Norte y del Sud del Bidasoa, y una intensa influencia gascona que desde antiguo se hizo sentir en la parte española. Desde el siglo XIII muchos documentos de Guipúzcoa fueron escritos en gascón. Los nombres gascones abundan en San Sebastián, como el del Monte Urgull y el de la calle Embeltran. En cuanto a la influencia de los vascos españoles en Francia y otros países ha sido más intensa y duradera.

Leonce Goyetche refiere que los vascos de uno y otro lado de los Pirineos enseñaron a los holandeses la pesca del bacalao. En torno el año 1660, el marino Michelana, de Cubibure, instruía a los holandeses, en sus navios, en este género de pesca. Según Cleirac los ingleses aprendieron la pesca del bacalao también de los vascos. No hemos podido comprobar la afirmación de Goyetche, de que en Amsterdam fueron levantadas estatuas a los arponeros y capitanes vascos y que muchas de ellas aún existen y muestran las modas de los antiguos trajes vascos.

En cambio, es sabido que el Fuero de San Sebastián, del año 1150, habla de la exportación de vinos, lanas y hierros, como de un hecho tradicional: signo de que el comercio y los viajes por mar de los vascongados databan de antiguo.

En los mismos años las ciudades de Brujas y Dordeach realizaban importaciones de géneros procedentes del Cantábrico. Los viajes comerciales de naves vascas a los puertos del Norte, en especial al de Gravelingas, son conocidos desde la época de las cruzadas, sobre todo después de la conquista de Constantinopla en 1204. La bolsa de comercio de los vizcaínos fué la segunda que se estableció en Brujas. La primera fué la de los teutones, en 1340; la segunda, la de los vizcaínos, en 1348; la tercera, la de los habitantes de Nuremberg, en 1361; la cuarta, la de los catalanes, en 1389, y la quinta la de los venecianos en 1415.

Los vascos contaron con una factoría en la Rochela, desde el siglo XV, la cual se hallaba en uno de los muelles principales, donde hoy se levanta la iglesia de San Salvador. El Cartulario del Consulado de España en Brujas hace conocer la intensidad del comercio que los vascos mantenían con Flandes desde el siglo XIII. En la ciudad de Brujas los vascos construyeron en el siglo XV un magnífico edificio de estilo renacimiento italiano con columnatas y graderías adornadas con estatuas. Actualmente se conservan los subterráneos y el nombre de la plaza donde hallaba el edificio: Place des Viskaiens.

El Consulado de los vascos, en Brujas, en el siglo XV estaba separado del de Castilla y podía considerarse autónomo. El marqués de Seoane cita, al efecto, una real cédula de Enrique de Castilla, del 1458, en la que se habla de “los dichos cuatro Cónsules y los de la dicha costa de Vizcaya y Guipúzcoa" y consta que “los dichos vizcaínos y los de Guipuzcoa pueden asimismo de entre sí elegir, si quisieren, para librar sus pleitos y causas cuantas quisieren, hasta el número de cuatro los intituyen, por un convenible nombre cualquisieren".

El Hansa alemana tuvo agentes en San Sebastián, como lo prueban documentos guipuzcoanos del siglo XIV y el nombre de la calle de los Esterlines en que se hallaban establecidos. Todavía el 19 de abril de 1491 consta por una real cédula de Fernando e Isabel, dada en Sevilla, que “los cónsules de la nación del nuestro noble e leal condado de Vizcaya e de la leal provincia de Guipuzcoa” hallábanse “en la villa de Brujas, que es en el condado de Flandes”.

Los autores franceses que sólo destacan los méritos de los navegantes vascos del Norte del Bidasoa olvidan la importancia extraordinaria que tuvieron en el comercio y en las navegaciones vascos de las actuales provincias españolas. Muy pocos son los que reconocen la influencia vasco española y llegan a escribir que “los progresos introducidos en la pesca costera vinieron para las costas de Vendée, del Norte de España. Hasta mediados del siglo XVIII la pesca de la sardina se practicaba a bordo de “bizkaínas”.

El nombre de San Juan de Luz se encuentra por vez primera en el cartulario de Bayona bajo la forma de Sanctus Johannes de Luis, en el año 1186, y en los Roles Gascons del 1315. Ducére, el descubridor de estos hechos, declara que desde la edad media “on ne trouve ríen qui soit partículiérement propre a Saint Jean de Luz”. Piensa que su población marítima debió estar estrechamente unida a la de Bayona, cuando menos “ses contingents de matelots”. “II étail, en effet, impossible —agrega— que les flottes nombreuses que celle-ci mettait en mer, sois pour le service du roí de Castille, soit pour venir en aide au rol d’Angleterre, n’appelassent dans leurs équipage tous les marina du littoral. Bayonne seule n’y aurait pas suffi. Ces escadres, on les trouve partout, soit a la croisade de Richard Coeur de Lion, soit aux siéges de Séville, soit au blocus de La Rochelle (1242), soit a la bataille de Lécluse, mais toujours avec le titre de flottes bayonnaises et sans qu'il soit fait mention des autres ports de la obte".

Desde el 1451, en que Bayona y el país de Labourd se convierten en franceses, se pierde el rastro de sus navegaciones y de sus armamentos. El cambio de embocadura del río Adour obligó a los armadores de Bayona a refugiarse en San Juan de Luz y en San Sebastián. Es tan sólo desde el 1520 que se encuentra en los registros de las deliberaciones de la villa de Bayona la mención de expedíciones que se dirigían a pescar bacalao a Terranabes.

Las poblaciones vasco-españolas son más antiguas que las francesas. No vamos a referirnos a las grandes, sino a las pequeñas. Pasajes en sus orígenes era un conjunto de casas de pescadores.

En 1180 pertenecía al término jurisdiccional que el rey de Navarra destinó a San Sebastián. Alfonso VIII separó en 1203 la población de Fuenterrabía y señaló la desembocadura de la ría como línea divisoria. Hasta el 1400 tenía el nombre de Canal de Oiarso. Más tarde tomó el nombre de Oyarzum. En 1491 comenzó a usarse el nombre de Pasajes: “en el puerto de Oiarse llamado el Pasaje”.

En el año 1131 las naves vizcaínas aparecen en el sitio de Bayona puesto por Alfonso I de Aragón. Su presencia no faltó en 1248, en el sintió de: Sevilla. El 4 de mayo de 1296 los pueblos de Santander, Castro, Urdíales, Bermeo, Guetaria, San Sebastián, Ondarrabia y Bayona resolvieron dirimir todas sus contiendas “para que el comercio prosperase”. Giovanni Villani hace saber que en el año 1304 los navegantes vascos entraron en corso en el Mediterráneo con navios que sirvieron de modelo a los catalanes e italianos. A fines del siglo XIII el rey Felipe de Francia dió a Pasajes una flor de liz para su escudo. El 29 de agosto de 1350, en la batalla de Winchelsea, en la Mancha, las naves vascas se destacaron por su belleza y su valor. En el Océano los vascos llegaron con frecuencia y en distintas épocas a las islas Canarías. Por el Oriente los historiadores rusos conocen que navegaron en el Mar Negro.

En 1371 las naves Vascas aplastaron en la Rochela a los ingleses. La Junta de Usarraga firmó en 1482 un tratado con Inglaterra en el cual se establecía que en caso de una guerra con Castilla, la Brovincia de Guipuzcoa permanecería neutral como un estado independiente. Estas resoluciones obedecían a la transcendencia que tenían el comercio y los viajes de los vascongados.

Antonio de Nebrija, en la Crónica de los Reyes Católicos, escribió de los marinos vascos que “los que moraban en el Condado de Vizcaya y la provincia de Guipuzcoa son gentes sabias en el arte de navegar y esforzados en las batallas marinas, y tenían naves y aparejos para ello, y en estas tres cosas eran más instructos que ninguna otra nación del mundo". Fray Martín de Rada, en 1580, dejó constancia que un navegante de San Sebastián, llamado Juan de Ribas, llegó a Terra Nova antes que Jacques Cartier. La relación de Rada parece referirse al tercer viaje de Cartier.

 También dice que otros navegantes vizcainos andaban por esas costas. El hecho no debe sorprendernos. Sabemos por Vargas Ponce, en una nota a su Colección de documentos que se conserva en la Real Academia de la Historia, de Madrid, que en los archivos de Orio había constancias de viajes a Terra Nova desde el año 1530, con los nombres de los navios y capitanes. Uno de ellos, Juan de Urdaire, en 1550 era ballenero y años más tarde llegó a almirante.

Los viajes de Cartier dejaron en Terra Nova nombres como Brest, Tou tes Yslas, Cap do Thiennot, Sallynes, Baye, Sainct Laurens, La ripuiere Sainct Jacques, Hable Jacques Cartier, Honguedo, Riuiere d’eau doulce, Ripiuere de Saguonay, Ripiuere de Baroques, Le cap des Sauuaiges, Isles d’Angoulesma, Lac dangoulesme, Stadacone. Sabido es que el primer viaje de Cartier tuvo lugar en 1534. Estos nombres pasaron a mapas de fechas posteriores. Pero Cartier no fué tampoco el primero en llegar a esas tierras.

El mismo declara que en junio de 1543 encontró en el río de Saint Jacques “une grande Nave qui astoit de la Rochelle” que pescaba salmón. La presencia de pescadores del Cantábrico y hasta de Portugal era continua. En 1541 Roberval llegó a Canadá y tuvo que reprimir “a quarrell betweerie some of his countreymen and certain Portugals’'.

Los primeros navegantes, después de Juan Caboto, que recorrieron las costas del Canadá y de Terra Nova fueron los Corte Real en los años 1500 y 1501. No consta que hallaran otros navegantes; pero el 3 de agosto de 1527 John Rut contó en la Bahía de San Juan once buques normandos, dos portugueses y uno bretón. En el mismo año, la audiencia de la isla Española daba cuenta al rey, con fecha 19 de noviembre, que andaban por las costas de Terra Nova “cincuenta naos castellanes e francesas e portuguesas”.

En 1636 los españoles que entraron en Socoa, Cibouie y San Juan de Luz aprisionaron catorce naves que acababan de legar de Groenlandia con barbas de ballena y grasas crudas. Cuéntase que en este año de 1636 un vecino de Ciboure de nombre Frangois Soupite enseñó a los pescadores a cocer a bordo las grasas de las ballenas sin necesidad de desembarcar en tierra. En 1649 el armador de San Juan de Luz, Martin de Lafont, hizo apresar un navio inglés que entraba en la rada por haberse apropiado de sus barcos pesqueros otras naves inglesas.

En 1755 la pesca de la ballena y del bacalao había decaído enormemente. Goyetche recuerda que en la primera mitad del siglo XVII en San Juan de Luz se habían armado treinta naves con unos treinta y cinco a cuarenta hombres cada una para la pesca de la ballena y que otros treinta balleneros con cincuenta hombres se habían dirigido al Spitzberg. A mediados del siglo VXII en San Juan de Luz había más de ochenta balleneros y tres mil tripulantes. Todo desapareció, lo mismo que una sociedad vasco-holandesa fundada en El Havre, en 1632 para la pesca de la ballena.

En la costa vasco española las actividades pesqueras no eran menores. Pascual Madoz identificó a un pilote de Zarauz, Matías de Echebeste, que entre 1545 y 1599 hizo veinticinco viajes a Terra Nova. En 1621 se sabe que en el puerto de Pasajes invernaban de cincuenta a sesenta buques balleneros, algunos de San Juan de Luz. En 1625 la Compañía de Ballenas de San Sebastian disponía de cuarenta y un balleneros, doscientas cuarentas y ocho chalupas y mil cuatrocientos setenta y cinco marineros.

Las persecuciones inglesas hicieron gran daño a los pescadores vascos. Como ejemplo recordamos que en una sola oportunidad —en 1613— dos galeones armados apresaron doce navios guipuzcoanos que pescaban en las costas de Groenlandia. El tratado de Utrech fué uno de los golpes decisivos para su hundimiento. Los reyes de España no favorecieron nunca, en forma efectiva, las pescas de los vascos. En 1578 el capitán Sancho de Achiniega revelaba que en la costa de Vizcaya “no hay el número de marineros útiles, ni el de naos ni navíos que serían menester y convenía que hubiere para servir en las ocasiones que a V. M. se le ofrecieren...”. Y así fué siempre.

El Consulado y la Casa de Contratación de Bilbao no pudieron salvar el desastre. Sus ordenanzas, aprobadas por los Reyes Católicos en Medina del Campo, el 21 de 9 julio de 1494, y llamadas, con justicia, monumentó de sabiduría mercantil, fueron adoptadaspor muchas plazas comerciales de Europa. El gobierno de Isabel II se incautó del Consulado y  lo pasó a una Junta de Agricultura, Industria y Comercio, llamada posteriormente Consejo de Agricultura, Industria y Comercio, de pendiente del Ministerio de Fomento. La Junta se instaló en la sede que pertenecía al mismo Consulado desaparecido.

José Toribio Medina ha reunido en un pequeño libro una serie de documentos relacionados con un viaje que Ares de Cea realizó a la tierra de los Bacallaos en 1541. Este viaje fué originado por las noticias que el gobierno español tuvo de la forma en que se preparaba la tercera expedicion de Jacques Cartier. Muy poco había hecho el rey de España, hasta entonces, para asegurarse la posesión de esas tierras. Ares de Cea partió de Bayona, en Galicia, probablemente en el mes de agosto de 1541, con un maestre, un piloto, nueve marineros, cinco grumetes y dos pajes. Llegó a Terra Nova y se encontró con Cartier. No se conocen los pormenores del viaje. Sólo se sabe que estuvo de regreso en Bayona el 17 de noviembre de 1541.

Hay en la historia de la geografía unas expediciones apócrifas que por referirse a Terra Nova no pueden olvidarse. La primera es la de Lorenzo Ferrer Maldonado, andaluz de Gadix. Este capitán, del cual se conservan no pocos documentos en el Archivo de Indias, escribió una curiosa relación que los geógrafos españoles consideran falsa y que los extranjeros, en su mayor parte, aceptan como un documento auténtico. En síntesis, el capitán Lorenzo Ferrer Maldonado refiere haber partido de los Bacallaos, “por llevar necesidad de bastimentos”, en el año 1588, rumbo a Frislandia. Pasó frente a las costas del Labrador, cruzó el estrecho de Davis y la Bahía de Baffin desembocó en el Océano Glacial, cruzó el estrechas de Bering y entró en el Pacífico. Este viaje, que  permitía, con una sola nave y en un solo viaje, llegar con mayor rapidez que por el estrecho de Magallanes, desde España a las Filipinas, fué considerado apócrifo por Fernández de Navarrete, Colson y otros autores. Los críticos hallan en la relacion de Ferrer Maldonado detalles erróneos y discutiblesy demuestran que su carácter novelero le  hacía inventar descubrimientos científicos que  nunca realizó.

El viaje de Lorenzo Ferrer Maldonado es más defendible que el de Juan de Fucas, griego, natural de Cafalonia, llamado realmente Apóstolos Valerianos. Fernandez de Navarrete dice que según opiniones tomó el nombre de Juan de Fuca  por haber sido dependiente de los banqueros alemanes Fúcares; pero no hay de ello ninguna prueba. Juan de Fuca, según una relación que hizo al viajero inglés Michael Loch, en Venecia, en 1596, habría hallado un estrecho en la costa norteamericana del Pacífico, a los 47 ó 48 de latitud, y siguiendo su curso habría llegado al golfo de San Lorenzo y Terra Nova. Como es notorio, el canal de Vancouver, en el Pacífico, no tiene ninguna comunicación con los grandes lagos ni con el Atlántico. El viaje de Fucas fué una mentira.

 La obsesión del paso del Noroeste no sólo preocupó a los navegantes ingleses, franceses y españoles, sino también a los pobres pescadores vascos. -Tal vez fueran consultados por los marinos que perseguían el tan anhelado estrecho. Quizás llegara a sus oídos, en otra forma, la ilusión del paso  interoceánico. El hecho es que muchos lo buscaban y no pocos estaban convencidos de su existencia. La relación de fray Martin de Rada, del 1580, consigna una serie de leyendas históricas y geográficas, entonces palpitantes, que demuestran cuán agudo era en aquellos pescadores el ansia de hallar el estrecho del Noroeste. Esta relación, por otra parte, nos revela el gran número de pescadores  vizcaínos que en la primera mitad del siglo XVI llegaban a las costas de Terra Nova.

Cerramos este capítulo con un punto que se refiere al espíritu de la hidalguía vascongada. La pesca de la ballena no era un oficio que significase una disminución de la nobleza de todos los vascos. Sabido es que el Fuero Viejo de 1452 reconoció a los vizcaínos “generalmente” hidalgos, y que el Fuero Nuevo o reformado de 1526 los declaró “notoriamente” hidalgos. Los oficios mecánicos y el comercio no impedían entre los vascos la perfecta hidalguía. En cuanto a la pesca en Terra Nova podemos presentar la información de hidalguía para ingresar en la Orden de Calatrava del almirante guipuzcoano don Antonio de Alliri en que consta, de un modo concluyente, que el comercio con Terra Nova y la pesca en esas regiones eran lícitas entre nobles y actos positivos para fundar nobleza e hidalguía.

La historia de los pescadores vascos y de sus lejanas excursiones tenía a fines del siglo XVIII y a comienzos del XIX más especialistas que en la actualidad. La enciclopedia francesa y la Histoire des peches, des découvertes et des établissements del Hollandais dans les mers du Nord, traducida del holandés al francés por Bernard de Reste, despertaron la curiosidad erudita de Guillermo de Humboldt. Cuando este sabio recorrió el País Vasco en la primavera del 1801 pudo escuchar en todas las aldeas de la costa y en todos los centros donde había viejos conocedores de archivos, la tradición de viajes remotos y de pescas audacísimas. No es extraño, por tanto, que las páginas escritas por Humboldt hace cerca de un siglo y medio, conserven, todavía hoy, como expresión sintética, no sólo una emoción vivida, sino la exactitud de una tradición realmente histórica. Lo mismo ocurrió en el año 1802 con Martin Fernández de Navarrete. En unos párrafos, pronunciados por él en la Real Academia de la Historia, comprendió, mejor que ningún otro historiador, la fuerza jurídica que animó, durante siglos, las pesquerías y navegaciones de los vascos. Los historiadores posteriores se han limitado a repetir noticias sabidas, o a negar, en un afán de hipercrítica, la antigüedad precolombina de los viajeros vascos. La nueva valoración que se hace de fuentes y tradiciones tal vez fije, de un modo estable, la auténtica trascendencia de las empresas náuticas más osadas e in-comprendidas que los hombres hicieron en el mundo.

La leyenda de Cristóbal Colón y el Piloto Desconocido

Una vieja tradición de los primeros años del descubrimiento de América refería la historia de unos náufragos, arrojados por la tempestad a las costas de América, que regresaron al Viejo Mundo y antes de morir revelaron a Colón la existencia del continente americano. Sobre este relato se han escrito infinidad de comentarios. Para unos es una verdad; para otros es una leyenda. El P. Bartolomé de las Casas fué de los primeros en recoger esta tradición como un hecho posible.

Dice que era “una vulgar opinión que hobo en los tiempos pasados, que tenía o sonaba ser la causa más eficaz de su final determinación... Quiero escribir aquí lo que comúnmente en aquellos tiempos se decía y creía y lo que yo entonces alcancé... Era muy común a todos los que entonces en esta Española isla vivíamos, no solamente los que el primer viaje con el almirante mismo y a D. Cristóbal Colón a poblar en ella vinieron, entre los cuales hobo algunos de los que se la ayudaron a descubrir, pero también a los que desde a pocos días a ella venimos, platicarse y decirse que la causa por la cual el dicho almirante se movió a querer venir a descubrir estas Indias se le originó por esta vía”.

Los colombistas modernos han llegado a identificar al piloto desconocido con el navegante Juan Scolno, que en 1477 llegó a Islandia. Luis Ulloa, el autor de esta tesis, cree, además, que Scolno y Colón son una misma persona con el piloto anónimo. Esta identificación —la de Colón con el piloto— se basa en un pasaje harto curioso de Juan de Castellanos. Las teorías explicativas se han olvidado de "averiguar la nacionalidad del piioto desconocido. El P. Las Casas declara: “No me acuerdo haber oído señalar el que fuese, aunque creo que del reino de Portugal se decía”. López de Gomara estampa estas palabras: “Hé aquí cómo se descubrieron las Indias por desdicha de quien primero las vió, pues acabó la vida sin gozar dellas y sin dejar, a lo menos sin haber memoria de cómo se llamaban, ni de dónde era, ni qué año las halló”.

Sin ir más lejos, la mayoría de los historiadores han tenido suficiente para ignorar la nacionalidad del piloto anónimo. Los más, basados en el testimonio del Inca Garcilaso, lo llaman Alonso Sánchez de Huelva. No es extraño que con estos elementos los críticos hayan juzgado risible el aspecto de la tradición que declara ser vasco este piloto informador de Colón. Hemos visto, en otras páginas, con qué respeto, aunque incredulidad, recogió Guillermo de Humboldt, en 1801, en las provincias euxkaras, la tradición que presentaba como vascongado al famoso nauta desconocido. Segundo de Ispizua, tan olvidado por su modestia y tan combatido por quienes no lo igualan, fué el primer historiador que exhibió los fundamentos de la nacionalidad. vasca del piloto ignorado. Sus textos son bien conocidos por los americanistas; pero una nueva lectura les da un valor insospechado.

En efecto: el mismo López de Gomara, después de confesar que ignora el nombre y otros pormenores del piloto anónimo, dice: “Unos hacen andaluz a este piloto, que trataba en Canaria y en la Madera cuando le acontesció aquella larga y mortal navegación; otros vizcaíno, que contrataba en Inglaterra y Francia, y otros portugués, que iba o venía de la Mina e India, lo cual cuadra mucho con el nombre que tomaron y tienen aquellas nuevas tierras”. Gonzalo Fernández de Oviedo escribe: “Quieren decir algunos que una caravela que desde España pasaba para Inglaterra, cargada de mercancías y bastimentos, assí como vinos e otras cosas que para aquella isla se suelen cargar... Unos dicen que este maestre o piloto era andaluz; otro le hacen portugués; otros vizcaíno...”.

Esteban de Garibay, en su Compendio historial de España, del año 1586, declara que la nao era “vizcaína o según otros andaluza o portuguesa”. El P. Juan de la Victoria, en un manuscrito existente én la Real Academia de la Historia, de Madrid, cuenta que en 1488 Colón tuvo noticias, en la isla de Madera, de "una nao vizcaina muy derrotada, que había sido con temporal arrojada a las islas de las Indias Occidentales y muertos en su casa (de Colón) el piloto y cuatro marineros, de puro molidos...”. El P. Feijó refiere: “Sabido es que el primer origen del descubrimiento de las Indias Occidentales, hecho a fines del siglo décimo quinto, se debió a una tempestad, que arrojó azia aquellas partes al piloto Vizcaíno Andalouza el qual, muriendo después» en los brazos del famoso Colón, le pagó la caridad del hospedaje con la noticia bien reglada de aquel hallazgo...”. No es extraño que el P. Henao le cierre los testimonios con estas palabras: "El conocimiento del Nuevo Mundo se debe a una nao vizcaína que dió noticias de las Indias Occidentales al argonauta cristiano Cristóbal Colón”.

La autenticidad de la historia del náufrago  desconocido que informó a Colón será siempre un punto discutible. No la aceptarán jamás los autores italianos por un motivo de amor patrio.  Dudan de ella quienes saben cuán fácil es inventar y difundir calumnias para disminuir los méritos ajenos. En lo que respecta a nuestra opinión si nos dejamos llevar por los sentimientos, estamos dispuestos a declararla apócrifa. Pero si entramos a analizar críticamente, las posibilidad de su autenticidad debemos reconocer que el piloto anónimo pudo ser un personaje real. Nada, en efecto, se opone a este viaje: la historia pudo ser conocida y divulgada por personas próximas a los acontecimientos. Un sirviente, un compañero, un espía, pudieron enterarse de ella en cualquier forma. Estos pormenores no constituyen obstáculos.

No debemos analizar, tampoco, los errores que pudieron cometer los cronistas al referirla. Lo único que interesa es el hecho de un viaje a América antes de Colón por un navegante que a su regresos descubrió el secreto al futuro almirante. Ahora bien: tanto el viaje como la revelación del secreto son dos hechos muy posibles. También es posible la identificación de Colón con el piloto desconocido, como afirma Juan de Castellanos, basado en informes de compañeros del descubridor.

Es este un punto de la vida del almirante que la historia jamás logrará aclarar en forma definitiva Los viajes accidentales a las costas de América; en especial a Terra Nova, eran frecuentes en aquellos tiempos. El mismo don Hernando Colón, en la biografía de su padre, el descubridor, cita unos casos que más tarde repitió el P. Las Casas. Don Hernando recuerda unas tradiciones de la Antilla y agrega que "aún fué a buscar esta isla cierto Diego de Tiene (sic por Teive), cuyo piloto, llamado Pedro de Velasco, natural de Palos de Moguer, en Portugal (sic por Andalucía) dijo al Almirante en Santa María de la Rábida, que salieron de Fayal y navegaron más de ciento cincuenta leguas al Sudoeste, y al tornar, descubrieron la isla de Flores, a la que fueron guiados por muchas aves a las que veían seguir aquella ruta; siendo tales aves terrestres y no marinas, de donde se juzgó que no podían ir a descansar más que en alguna tierra: después, caminaron tanto al Nordeste, que llegaron al cabo de Clara, en Irlanda, por el Este; en cuyo paraje hallaron recios vientos del Poniente, sin que el mar se turbara, lo que juzgaban podía suceder por alguna tierra que la abrigase hacia Occidente.

Más, porque ya era entrado el mes de Agosto, no quisieron volver a la isla por miedo del invierno. Esto fué más de cuarenta años antes que se descubriesen nuestras Indias. Luego se confirmó por la relación que hizo un marinero tuerto, en Santa María, que en un viaje suyo a Irlanda, vio dicha tierra, que entonces pensaba ser parte de Tartaria y se extendía hacia el Poniente, la cual debe de ser la misma que ahora llamamos tierra de Bacallaos, y que por el mal tiempo no se pudieron acercar a ella. Con lo cual, dice que se conformaba un Pedro de Velasco, gallego, quien afirmó en la ciudad de Murcia, que yendo por aquel camino a Irlanda, se aproximaron tanto al Nordeste que vieron tierra al Occidente de Irlanda; la cual tierra creía ser aquella que un Fernán Dosmos intentó descubrir del modo que narraré fielmente como lo hallé en escritos de mi padre...”.

He aquí, pues, dos marinos: Pedro de Velasco y el marinero tuerto de Santa María, que fueron arrojados por las tempestades, o llegaron por haber desviado la ruta, a unas tierras que ellos creían ser de Tartaria y eran las de los bacalaos.

Las comunicaciones remotas entre Irlanda y la América del Norte no pueden negarse y han quedado, bajo formas de leyendas y mitos, en la antigua literatura celta. No nos corresponde, en estas páginas, ahondar estos temas, ya estudiados, admirablemente, por Beauvois y Gaffarel. Nuestro propósito ha sido el de indicar, ligeramente, con todas las reservas críticas imaginables, la dudosa posibilidad, recogida por los primeros cronistas de Indias, de que un navegante vizcaíno haya revelado a Cristóbal Colón la existencia de América.

La Tierra del Labrador

Al Norte de Terra Nova se extiende la Tierra del Labrador. Los mapas, según su origen, la designan con este nombre y con los de Labrador, Terra Laboratoris, Terredu Laboureur, etcétera. Históricamente el nombre de Labrador proviene de su descubridor oficial: Joao Femandes Lavrador. En un pleito del año 1506, sobre unas tierras de la isla Tercera, uno de los demandados, Pedro Barcellos, declaró que “houve um mandado d'el rei para ir a descobrir eu e un Joao Fernandes Lavrador, no qual descobrimento andamos bons tres annos e quando tornei a dita ilha achei em poder dellas (tierras) os filhos de Joao Vallado, etcétera”. Es decir, que según el testigo Barcellos, él y Juan Fernandes Lavrador habrían navegádo, por orden del rey, durante tres años. Ahora bien: en el mismo pleito consta que Barcellos volvió de su viaje de descubrimiento en el año 1495. No hay ninguna duda, en consecuencia, que no bien se supo en Portugal el hallazgo del Nuevo Mundo, el rey envió a Pedro Barcellos y a Joao Fernandes Lavrador a explorar el Océano. Ambos nautas recorrieron las costas de América durante tres años y en 1495 ya se hallaban de regreso.

Este Joao Fernández aparece mencionado en otros documentos. El 28 de octubre de 1499 el rey don Manuel I lo designa donatario con estos términos: “A quantos esta nossa carta virem fazemos saber que Joham Fernandes, morador em a nossa Ilha Terceira, nos disse que por servido de Déos e nosso se quería trabalhar de ir a buscar e descobrir algunas ilhas de nossa conquista a sua custa e vendo nos seu bom desejo e proposito alem de lho termos em servido a nos apraz e lhe prometemos, esta de lhe darmos como de feito daremos a capitanía de qualquier ilha oy ilhas assim provoadas como despovoadas que elle descobrir e echar novamente...”.

También figura Joao Femándes en una carta patente del rey Enrique VII de Inglaterra que otorga el señorío de las tierras que descubriesen a unos comerciantes de Bristol y a unos escuderos de las islas Azores.

Un atlas de Lázaro Luiz tiene una leyenda que dice: "A Terra do Lavrador que descobriu Joao Alvares”. Este Joao Alvares es otro navegante que no debe confundirse con Joao Femandes. Llamábase Joao Alvares Fagundes y el 13 de marzo de 1521 recibió un alvará del rey don Manuel I que le hacía merced de las islas que había descubierto, junto a la tierra de los Corte Real. El documento, en la parte que nos interesa, dice así: “Da banda do norte, as tres ilhas no bahía danguoada na costa nordeste e sudueste a as ilhas a que elle pos nome fagundes sao estas, a saber; Sam Joao e Sam Pedro e Santa Anna e Santo Antonio e as ilhas do archipelago de San Panteleao com a ilha de Pitiguoem e as ilhas do archipelago das onze mil vírgenes. E a ilha de Santa Cruz que está no pé do Banco. E outra ilha que se chama tambem de Santa Ana que foi vista e nom apa-droada das quees térras e ilhas lhe fazemos doa-gao e mercé...”.

Estos nombres son muy útiles para saber cómo se fué formando la toponimia de las costas de Terra Nova. No hay duda que Joao Alvares Fagundes recorrió las costas del Labrador y de Terra Nova. Así consta en una obra del 1570: “Haverá 45 ou 50 annos que de Vianna se ajuntarao certos homens fidalgos, e pela informado que tiveram da Terra Nova do Bacalhau se determinaram a ir provoar alguma parte della, como de feito foram em uma nau e uma caravela e, por acharem a térra muíto fría, donde íam determinados, correram para a costa Leste-Oeste té darem na de Nordeste-Sudueste... e é no cabo de Brito logo na entrada da costa que corre ao Norte em urna formosa bahia donde tem grande provoacao...”.

En 1548 la hija y el yerno de Joao Alvares  Fagundes también dejaron constancia que su padre “foi descobrir a Terra Nova, fazendo muita despeza e tomando dinheiro emprestado...”,

Según los documentos mencionados la gran península del Labrador debe su nombre al navegante portugués Joao Fernandes Lavrador. Esta explicación es la más lógica y aceptada. No queremos ensayar nuevas teorías; pero dejamos constancia de un hecho olvidado y que en aparienciá puede tener alguna relación con el nombre de la tierra del Labrador: muchos de los primeros na vegantes que recorrieron sus costas eran originaríos de la provincia francesa de Labort. El país de Labourd, en la Gascuña, toma su nombre del latín Lapurdum. La semejanza entre el nombre de la provincia francesa de donde partían los primitivos pescadores de bacalao y de ballenas y el de la tierra donde la pesca se realizaba es muy estrecha; Sólo señalamos el hecho como una coincidencia.

Las Naves Vascas

No se ha escrito todavía un estudio histórico sobre las naves vascas y su arquitectura. Los selíos y los escudos de las poblaciones del Cantábrico han dado algunos modelos. Referencias dispersas de documentos e historiadores agregan detalles sobre su solidez. En estas páginas no vamos a íntentar una nueva investigación. Ella nos alejaría del tema tratado. Sólo queremos aludir a la tradición de siglos que siempre ha reconocido a los vascos su habilidad en construir espléndidas naves.

Es sabido que en 1481 los vascos cedieron a los Reyes Católicos, en su lucha contra los moros, cincuenta naves. Los astilleros, a fines del siglo XV, se hallaban en Vilcaya entre Olaveaga y Bilbao. En 1540 se construyó en ellos una galeaza de mil doscientas toneladas. En el siglo XVI los astilleros del Nervión de Ripa, de la Salve y de Olaveaga botaron naves de alto bordo, algunas de quinientas y seiscientas toneladas. Más tarde se desarrollaron grandemente los astilleros de Bermeo, Lequeitio y ría de Mundaca. De este modo se construyeron naves también en las costas de Guipuzcoa, Castro Urdíales, Asturias y Galicia.

Juan Escalante de Mendoza, en un Itinerario de navegación de los mares y tierras occidentales, del 1575, dirigido a Felipe II habla de las naves vascas en esta forma: “Está verificado que las mejores naos que antiguamente se solían hacer, en |o más general era en la canal de Bilbao, que es en la provincia de Vizcaya, aunque creo que esto está ya algo estragado, porque como allí lo han tomado por oficio y granjeria, y las hacen no para navegar ellos en ellas, sino con intento de tornarlas luego a vender para esta navegación en los Amares occidentales, suelenlas hacer algunas veces flacas y febles, sin respectar en ello lo que deben; pero con todo esto no se puede negar que los mejores maestros y aderezos de madera, clavazón, brea y cáñamo que hay para esta fábrica de navios ordinaríos es en Vizcaya y sus comarcas, y en lo más general los den la mejor traza, quenta y medida que puedan tener para mejor y con menos rriesgo y peligro poder navegar”.

Pocas personas saben que la costumbre de calcular la capacidad de una nave por toneladas es de origen vasco. En el mismo Itinerario de Juan Escalante de Mendoza consta que “en hablar y medir se nos quedó de los mareantes vizcaínos; de ciertos toneles que en su tierra y en sus naos antiguamente acostumbraban a cargar, y así ellos se dan a entender por toneles, y nosotros, en nuestra naegación, por toneladas; pero no es todo una mesma cosa, ni medida, porque diez toneles de Evizcaya son doce toneladas de las nuestras y así va a decir de lo uno a lo otro veinte por ciento...”. Estos toneles que llevaban los vascos en sus navios servían para ser llenados de aceite de ballena.

Los vascos no olvidan, entre sus tradiciones, una anécdota del príncipe don Felipe, entonces rey de Nápoles. Cuando tuvo que dirigirse a Inglaterra, para casarse con la princesa María, hija de Catalina de Aragón, rehusó la nave de los embajadores ingleses y la que también le ofrecía don Alvaro de Bazán, para hacer el viaje en la nao Nuestra Señora de la Concepción, del regidor perpetuo de Bilbao, Martin Ximenez Bertendona. Esta nao había sido construida en el astillero de Uribitarte y había traído de Flesinga a Laredo al emperador Carlos V.

Las actividades marineras de los vascos eran en la Edad Media las más antiguas e intensas del Cantábrico. Los reglamentos de cofradías de pescadores hacen sospechar la existencia de otras cofradías en el siglo X. La falta de documentos no permite llevar tan lejos las investigaciones. Comparados con sus vecinos de Galicia, los vascos estaban mucho más adelantados en la construcción de naves. La Historia Compostelana, de la primera mitad del siglo XII deja plena constancia que en Galicia no había gente capaz de construir navios.

Es por estos motivos que el arzobispo de Santiago de Compostela envió unos emisarios a Génova y a Pisa para que trajesen arquitectos de naves.

Así llegó a Galicia un genovés llamado Augerio u Ogerio, maestre de navios. En el año 1115 Oyerio construyó dos buenos biremes con los cuales pudo combatirse a los musulmanes.

Este viaje de Ogerio a Galicia representa, en la Edad Media, la primera llegada de marinos italianos al Atlántico. Las primeras navegaciones genovesas a Inglaterra empiezan en tiempos del rey Eduardo I, entre fines del siglo XIII y principios del XIV. En este tiempo, como hemos comprobado en capítulos anteriores, los pescadores vascos perseguían a las ballenas en lo más lejano del Atlántico.

La Pesca del Bacalao

La vida de los pescadores vascos, admirable por su heroísmo, sus sacrificios y sus ilusiones, ha sido objeto, en estos últimos tiempos, de algunos estudios detenidos. Los tripulantes de las naos eran contratados por medio de documentos extendidos ante escribano. En el archivo de protocolos de Marquina se conserva un contrato fechado "en la villa de Loqueitio a diez y nuebe dias del mes de Diziembre de myll e quinientos y ochenta y tres años por ante y en presencia de mi Martin de Yturaste escribano de Su Magestad del número de la dicha villa”.

El contrato se realiza, por una parte, entre ‘‘Joanes de Suciondo, vezino de Cububuru, hijo de Perocho de Suciondo, su padre, que es en el reyno de Francia, maestre de la nao nombrada Catalina de Sant Vicente, que al presente está surta e amarrada en el puerto del Pasaje aprestándose para seguir su biaje a la pesquería de Terra Noba, e de la otra varios marineros de apellidos vascongados.

En cada nave destinada a la pesca del bacalao embarcaban unos veinticinco hombres. Las naves por lo común eran de unas ciento cincuenta toneladas. Cuando contaban cien toneladas los hombres no podían pasar de veinte, y si descendía a las veinticinco toneladas los tripulantes eran de doce a dieciseis.

En 1574 Cristóbal de Barros atestiguaba que "las naos que van a la pesquería de bacallaos a Terranova parten de esta costa en fin de marzo y principio de abril y vuelven a ella mediado septiembre y en octubre”. El mejor bacalao era el que se pescaba entre el mes de marzo y fines de junio. Desde Pasajes y otros puertos del Cantábrico los bacalaos y grasas de ballenas eran remitidas a Castilla y Aragón y hasta a Inglaterra y los Países Bajos.

Los tripulantes de cada barco cumplían una labor extremadamente dura: pesca, decapitación de los bacalaos, apertura en canal, salazón y sequería.. Muchas veces estos trabajos se realizaban en el mar. Lo común era que tuviesen lugar en la costa de Terra Nova: Plasenciá, Cabo Raze, Bahía de los Expertos. Los puestos más conocidos para las sequérías eran Plasencia, Sombrero Rojo, Bahía de la Fortuna, Bahía de los Expertos, Cabo Bretón, Bella Isla, Islas Fouges y de San Pedro.

Los principales criaderos de pescado en el Atlántico eran —y siguen siendo—: el banco de Terra Nova, a unas veinticinco leguas de la costa, treinta brazas de profundidad y mil ochocientas sesenta millas de España; el Banco Rockall, a unas cuatrocientas ochenta millas de España; el Banco Parcupine, a unas seiscientas quince millas; el Banco Great Solé, a unas cuatrocientas millas, y el Banco Little Solé, a unas doscientas noventa millas. El Banco Rockall se halla a unas trescientas millas al Oeste de Escocia; el Banco Parcupine, a unas ciento cincuenta de Irlanda, y los Great y Little Solé, a unas doscientas de Inglaterra y Normandía. También se pesca el bacalao en toda la costa del Cantábrico, desde Normandía hasta Galicia.

La Pesca de la Ballena

La pesca de la ballena fué organizada y reglamentada por los pescadores vascos en forma perfecta. Se sabe que cada pueblo tenía unos límites hasta donde podía alcanzar y herir una ballena. A veces se suscitaban entre los vecinos de dos poblaciones pleitos ruidosos que iban a ventilarse a la Real Cancillería de Valladolid. Las villas de Bermeo e Ibarranguelua firmaron una escritura de transacción para la pesca de la ballena el 6 de septiembre de 1547; pero en el 1612 se originó un fuerte pleito entre los vecinos de Ibarranguelua y otros de Bermeo y de Lequeito.

Las cofradías de pescadores encomendaban a un vigía que desde lo alto de una atalaya escrutase el mar y avisase la presencia de ballenas. El anuncio de cetáceos se hacía por medio de señales o con un tambor. Los atalayeros estaban en funciones desde el l9 de noviembre al 15 de marzo. Si otra persona descubría la ballena recibía una recompensa que por lo común era un quintal del cetáceo. En 1554 Guillermo Rondelet refería que cuando se divisaba una ballena subían a una barca unos diez remeros y varios arponeadores. La barca se aproximaba al cetáceo hasta que un arponero le clavaba el arpón. Entonces se aflojaba la cuerda y la ballena arrastraba la barca. Pronto se desangraba y moría. La ballena muerta flotaba y así era remolcada con facilidad a la costa.

La distribución de la ballena se hacía según las costumbres de cada localidad. El primer heridor solía recibir dos quintales del animal; los cinco siguientes, un quintal, y cada jabalina, cinco libras. Otras partes de la ballena eran donadas la parroquia y para obras del puerto, ayudaría viudas de marineros, ancianos e impedidos, mantener luces en la costa, etcétera. La ballena era vendida en el muelle con la presencia de los mayordomos de la cofradía y del escribano público. Cuando la ballena había sido avistada y comenzada a cazar por los pescadores de dos pueblos, unos y otros recibían la mitad.

Las chalupas que en la pesca de ballenas no se alejaban grandemente de la costa llevaban dos arpones con sus arponeras, dos jabalinas grandes y dos medianas. Los buques balleneros embarcaban más hombres. Es una tradición que en los grandes barcos los pilotos eran bretones; los maestres de chalupa y arponeros, vascos, y los trinchadores, labortanos. La alimentación de a borbo era cecina y galleta. La bebida, sidra y agua. La sidra de San Sebastián era consumida en grandes cantidades, especialmente cuando los barcos se dirigían a Groenlandia y Terra Nova. En el año 1625 consta que los barcos que salieron a la pesca de la ballena cargaron tres mil seiscientas ochénta barricas de sidra.

Cada barco llevaba una lancha que servía pan acercarse a la ballena y arponearla. En los largos viajes, la cecina —carne salada y seca— solía producir escorbuto. La vida no podía estar más rodeada de peligros. Cuando la ballena se sentía herida, se zambullía y huía. La lancha, arrastrada por la cuerda del arpón, podía volcarse o hundirse a cada instante. El timonel la enderezaba, un marino mojaba la cuerda para que no se incendiase con el roce de la madera, y los otros tenían los remos listos. Cada vez que la ballena subía a la superficie para respirar, recibía un nuevo arpón y jabalinas. También se aproximaba la lancha y el cetáceo era herido a lanzadas.

Cuando la ballena muerta no podía ser arrastrada a la costa, era subida a la nave y descuartizada. Un hornillo servía para derretir la grasa. El aceite llenaba pronto muchos barriles. Con frecuencia ocurría que el fuego se comunicaba a los residuos y se producían incendios que a veces hundían la nave.

Poco sabemos de las leyendas y superstición de los pescadores vascos. Eran muy religiosos y su fe no les dejaba admitir fábulas de monstruos marinos, de islas perdidas y de fuerzas misteriosas que, en cambio, aterrorizaban a los navegantes de Indias. A lo sumo, en el instante de hundirse el navio, se encomendaban a la Virgen de su pueblo y le ofrecían un pequeño barco que recordase el milagro.

 

 

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