Historia y Arqueología Marítima

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GUERRA DE VAPORES EN ELPARANA

Vuelta de Obligado

Por el Comandante Mackinnon - 1848 - (Extracto, por el capitan de fragata Teodoro Caillet-Bois) Publicado en el Boletin del Centro Naval.

En 1848 publicó el capitán de fragata Mackinnon su "Steam Warfare in the Paraná”, A narrative of Operations by the Combined Squadrons of England and France in Forcing a Passage up that river", obra muy poco difundida, de la que recién este año ha logrado nuestra Biblioteca Naval adquirir un ejemplar.

 

En dos pequeños volúmenes nos describe las acciones navales de que fué teatro el Paraná después del combate de Obligado, entro las barrancas artilladas por Rosas y los vapores que durante varios meses constituyeron el único medio de comunicación entre Montevideo, donde estaban los almirantes aliados, y el Paraná superior, donde quedaba la división naval con un pesado convoy de mercantes, semi bloqueada por los preparativos que hacía el general Mansilla en el Quebracho, cerca de San Lorenzo. Especialmente interesante es el relato del combate que en este punto sostuvo el convoy a su regreso, el que constituyó el ultimo episodio de la guerra en el Paraná, ya que los marinos aliados debieron convencerse de que el río les quedaba definitivamente cerrado, pese al costoso sacrificio de Obligado.

 

Señala el autor en justificación de su libro que ésta fué la primera vez que se emplearon vapores británicos en operaciones bélicas y que el resultado pudo considerarse todo un éxito, pues se mantuvieron durante largo tiempo con la mayor eficacia lejos de su país, realizando servicios de que eran enteramente incapaces los veleros. Los vapores de Obligado fueron los primeros en surcar nuestros ríos.

 

Para los oficiales que no prefieran recorrerse el libro de Mackinnon en su idioma original damos en el Boletín este resumen, ateniéndonos a su parte histórica y militar y dejando a un lado las numerosas observaciones que trae sobre fauna, flora, situación económica, etc., etc.

Tambien fue publicado en una rara edicion en castellano de la Coleccion "El Pasado Argentino" por la Libreria Hachette en Buenos Aires en 1957, cuyo tomo nos fue facilitado por Daniel Lopez Quesada y de donde se extrayeron los dibujos originales del libro de Mackinnon

LOS PRIMEROS VAPORES DEL PLATA

La Dictadura había implantado sólidamente su régimen de violencia en todas las provincias argentinas, excepto Corrientes; en la Banda Oriental Oribe, al servicio de Rosas, sitiaba a Montevideo. La Gran Bretaña y Francia resolvieron impedir esta intromisión de Rosas en territorio oriental, y sus ministros presentaron un ultimátum que les fué contestado con la entrega de los pasaportes.

El primer acto de hostilidad de las poderosas escuadras aliadas surtas en Montevideo fué el apresamiento sin efusión de sangre de la que al mando de Brown bloqueaba a Montevideo. Siguiéronse luego la declaración del bloqueo de todos los puertos y costas ocupados por el ejército argentino y la toma a sangre y fuego de La Colonia, Martín García y puertos del Uruguay. Una fuerte división naval que incluía tres vapores - Gorgon, Firebrand y Fulton - remontó el Paraná para comunicarse con Corrientes, que representaba la oposición argentina frente a Rosas y donde el prestigioso general Paz disciplinaba un nuevo ejército.

Rosas por su parte cerró los ríos a la navegación extranjera y eligió la Vuelta de Obligado para materializar su decreto con una obstrucción aparatosa de cadenas y lanchones, defendida desde la orilla por la mala artillería que logró reunir. El forzamiento del paso dió lugar a un memorable y sangriento combate, y costó crecidas bajas a ambos adversarios. Constituyó el bautizo militar del buque de vapor, o sea la primera acción de guerra en que haya intervenido éste.

En las operaciones fluviales que siguieron prestaron, como es natural, gran servicio los vapores aliados, a los que se agregaron sucesivamente otros varios enviados de Inglaterra; operaciones que constituyeron la mejor demostración de la eficacia del nuevo medio de propulsión.

El “Alecto”.

Cuando en Inglaterra se supo del aspecto que tomaba la cuestión del Plata y de la intención que tenía el almirante de forzar el Paraná, se ordenó el envío a toda prisa de otros tres vapores: el Alecto, el Harpy, y el Lizard.

El Alecto, sloop de calado muy reducido y de unas 800 toneladas, capitán de fragata Austen, había sido empleado como paquete en el Mediterráneo y se preparaba a ir de estación a las Antillas cuando recibió la nueva y urgente orden que alteraba su destino. Ultimó preparativos precipitadamente y zarpó el 13 de diciembre de 1845. Mackinnon era uno de sus oficiales, su segundo al parecer.

Acostumbrado éste a la navegación a vela, admírase desde un principio de la incansable energía de las máquinas. Antes de llegar a Madeira cruzance con un velero británico salido de Plymouth varios días antes que ellos. Con buen viento economizan combustible desplegando vela y hacen regulares singladuras a pesar de no tener más que arboladura de emergencia. El 27 de Enero del ano 46 anclan frente a Montevideo, con 45 días de travesía.

La primera impresión que registra Mackinnon es la sopresa del asedio cerrado de la plaza. Con toda la poderosa fuerza concentrada en Montevideo, no se posee una pulgada de tierra más allá de las trincheras, y con todos los recursos del Tesoro de Inglaterra los víveres son caros y escasos. La carne de mula se vende al peso en el mercado. Lo que resulta irritante al extremo, ya que a tiro de cañón de las fortificaciones se ven tropas inmensas de ganado gordo que pastan con tranquila abundancia. Mackinnon escucha los primeros relatos de intento exagerados, de las atrocidades perpetradas por los blancos, aliados de Rosas. Tanto éste como Oribe han expedido decreto declarando piratas a los marinos extranjeros que penetren en los ríos, lo que no deja de ser inquietante pura los recién llegados.

Del convoy mercante que después de Obligado remontara el Paraná no hay más noticias que la dada: “por un diario de Buenos Aires, llamado el “British Packet”, describiendo un recio martilleo que le habían aplicado sus tropas en San Lorenzo. Esto, naturalmente, era su versión, que, ateniéndonos a experiencias anteriores, supusimos falsa”.

Sentíase, sin embargo, alguna ansiedad por el convoy ausente, y se resolvió de inmediato que el Alecto se internara en el Paraná en busca de noticias.

Hubo que esperar varios días la correspondencia oficial, que estuvo lista recién el 3 de febrero, día en que se puso en marcha el Alecto. Un camarada de Mackinnon, el teniente Millar, le obsequió con una carta del Paraná (1), que iba a serle de la mayor utilidad, permitiéndole registrar con gran precisión la derrota.

Después de cruzarse con el velero connacional Satellite, el Alecto pone proa a Buenos Aires, donde pasa al habla del bergantín Racer, que bloqueaba al puerto y cuyos botes acababan de llegar con una presa capturada de noche.

Cruza luego para la Colonia para comunicarse con el Melampus, que llevaba ya algún tiempo de estación allí, apoyando a la guarnición de la plaza; ésta se hallaba estrechamente sitiada por los blancoos.

Después de una navegación entre bancos, sobre los que andan a los tumbos, llegan a Martín García, donde encuentran de guardia a la 25 de Mayo, "tomada al enemigo”. Y al otro día se internan en el delta maravilloso, de enmarañada vegetación, poblado de una fauna extraña y variada; frutas tentadoras se les brindan, casi al alcance de la mano, pero detrás de cada una temen la asechanza del astuto enemigo, con el que no han tenido contacto aún. Ni un alma, ¡ Qué pena que un país tan hermoso, rico y salubre, permanezca así perdido para el bienestar de la humanidad!... Queja esta que se repetirá a cada página del libro a manera de leit motiv.

Poco antes de salir del Guazú avistaron por estribor un humo, como de vapor, a gran distancia. Era el Firebrand, metido en otro brazo del delta en busca de ganado, con el que se comunican horas después.

En los dominios del general Mansilla.

'El 8 de febrero ambos vapores están frente a San Pedro, junto a cuyos ranchos ven por primera vez a la caballería federal, no poco asombrada probablemente con los dos cascos negros y humeantes que avanzan contra la corriente sin un soplo de viento.

Dos horas después: Obligado, donde dos o tres meses antes las baterías de Mansilla detuvieran a toda la escuadra aliada. Los aliadas han ocupado allí una pequeña isla, y ambos barcos se detienen un día, lo que les da oportunidad de inspeccionar detalladamente la posición. Su conclusión es que “fue elegida con gran habilidad y perfecto conocimiento del arte de la fortificación. Pero, iqué podían estas ventajas contra el poder y la aplicación científica de al artillería europea?...”

La breve descripción que de aquel combate nos da Mackinnon en nada difiere de la que dan nuestros autores, por lo que la omitimos.

‘Es profundamente sensible, añade, que una gran parte de los artilleros de Rosas en este combate fueran ingleses. Suponemos se les haya forzado a pelear..etc. Párrafo éste que no vale la pena tomar a pecho, y sí únicamente como un elogio a nuestros artilleros Thorne, Álzogaray, Palacxio, Eduardo Brown, hijo del almirante, etcétera.

“A corta distancia había establecido el enemigo un campo de observación. Es pintoresca la apariencia de sus jinetes, poncho y bonetes colorados, que en todas direcciones surcan la llanura. Se divisan tropas inmensas de caballos y vacas destinadas a su uso, las que están - desgraciadamente - fuera de alcance para nuestra gente hambrienta.

“A pesar de las legumbres plantadas en el huerto que los nuestros han creado en la pequeña isla ocupada por ellos, la escasez de provisiones frescas - en medio del país de la abundancia - es tal que se ha declarado el escorbuto entre los marineros.

“Felizmente el Firebrand, cuando lo encontramos, realizaba precisamente una incursión que ha tenido cumplido éxito; se trajo un amplio stock de vacas y ovejas, con lo que hoy reina la abundancia. Para el Alecto obtenemos treinta ovejas, que buena falta nos hacen después de nuestro largo viaje, y que Montevideo sitiada no estaba en condiciones de ofrecemos a precio razonable.

“De arriba llega hoy noticia de que el general Paz avanza del Paraguay hacia Corrientes con un ejército poderoso, con lo que en pocos días más de navegación esperamos hallarnos en país amigo.”

El Tonelero. - Bautismo de fuego.

En la mañana del 10 de febrero reanudó el Alecto su viaje, con una hora de ventaja sobre el Firebrand, demorado por un desperfecto de máquina. Poco después de las 9.30 divisan un cuerpo de caballería, moviéndose lentamente hacia la ceja de una barranca baja arenosa situada a tan sólo unos 400 ó 500 yardas del canal. Los anteojos muestran que arrastran cañones al sitio en cuestión, donde se divisan varias troneras.

“A medida que nos aproximamos, podemos apreciar que la posición está admirablemente elegida, no dejando percibir más que las bocas de los cañones, listos a romper el fuego así que estemos en sus sectores.

“Mucho antes de llegar a. su alcance los tenemos dentro del nuestro (el Alecto tiene tan sólo tres piezas de a 32, sea una giratoria a proa y una- por banda, a popa de las ruedas) ; pero hay orden de no comenzar el fuego antes que ellos.

“Esperamos, pues, llegar a la línea de mira del primer cañón,cuando un copito blanco en su boca anunció el comienzo de la acción; no había llegado a nosotros la bala que ya les habíamos contestado con nuestras dos piezas, y el fuego pronto se hizo general. La batería enemiga constaba de cuatro piezas de a 9 y sostuvo un fuego bien dirigido. Uno de los primeros impactos atravesó la chimenea con vibrante zumbido. El pescante proel de la aleta fué partido en dos y arrancado, fragmentándose el proyectil e hiriendo a cinco hombres. Un tercer proyectil cortó la braza de proa, contra la que se apoyaba el piloto Mr. Dillon al gobernar desde lo alto de la caja de ruedas, y éste fué precipitado al suelo. Hubo aun varios impactos en el casco, lastimando las palas de la rueda y las maderas de la cámara, pero en definitiva ninguna avería de importancia.

“El Alecto, entretanto, no perdía tiempo, pero sus blancos eran tan minúsculos, y tan grande la variación de distancia, que poco daño pudo devolver. Un jinete que se mantenía expuesto a son de desafío recibió un balazo de lleno en el muslo.

En esta escaramuza empleamos por primera vez los cohetes, que constituían una novedad en el armamento del Alecto. El único a bordo que algo sabía de su uso era el artillero, Mr. Hamm, pero como sus instrucciones no fueron obedecidas en la ocasión, poco efecto se obtuvo. Eran tremendos el rugido, conflagración y humo con que se proyectaban estos proyectiles...

“Estuvimos 25 minutos bajo fuego y es extraordinario que a tan corta distancia no hayamos recibido mayor daño.

"Seis millas más allá pasamos a una milla del campamento del general Mansillia, lo que a todos nos hizo venir el agua a la boca, con la esperanza de que lo fuéramos a quemar. Pero lias estaba vedado hacerlo. Entretanto oímos a la distancia un cañoneo que supusimos ser el del Firebrand e

con el Tonelero. (¡Más tarde supimos que el Firebrand no había contestado a las piezas de campaña, y había tenido un herido grave, que murió ulteriormente, pero que al llegar al campamento de Mansilla había fondeado y le había enviado, a título de simple demostración de poder, algunas de sus grandes granadas, que causaron un verdadero desparramo

Los centauros federales.

“A partir de este punto nos mantuvo constante y vigilante compañía una patrulla de caballería, que avanzaba al paso cuando el terreno era recto y firme, y daba uno que otro galope si había que rodear algún obstáculo. Cuando se les cansaban los caballos enlazaban el primero que les venía a tiro y se le enhorquetaban sin ceremonia. Si anclábamos al oscurecer, acampaban frente a nosotros lo mejor que podían y así esperaban el amanecer.”

Estando fondeados unas doce millas debajo de “San Rosario" se les llegó de noche, en una minúscula chalupa, un frances que temiendo ser asesinado había abandonado todo lo que tenia para refugiarse a su bordo. Díjoles que en el Rosario los militares querían tirotearlos, pero que las habitantes se oponían tenazmente, por temor a la destrucción del pueblo. Visto esto no creía les hicieran fuego. Pero que en cambio se había destacado un pelotón de caballería a las barrancas de San Lorenzo, varias millas más lejos, para molestarlos allí lo más posible y que por último los cañones con que acababan de batirse en el Tonelero eran trasladados con gran prisa y trabajo tabien a San Lorenzo, donde la configuración de las barrancas era que en opinión general nada resistiría a un cañoneo desde las mismas. Este francés viejo fué la única inteligencia que recibio el Alecto durante esta navegación en río enemigo. Teniendo alguna idea los marinos de las dificultades de arrastrar artillería a través de sesenta millas de campo salvaje, se preocuparon mucho de este punto; pero de cualquier modo nada ganaban con esperar, y al amanecer prosiguieron su navegacion, que se arrimaba a tiro de pistola de la barranca a pasar.

Para entonces las marineros habían intimado, a espaldas desus oficiales y mediante gestos a falta de conocer el idioma, con con los centauros enemigos, que ahora seguían la marcha del vapor desde la inmediata orilla con la mayor confianza; los más característicos tenían ya sus apodos...

A las 7.30, al doblar una punta, "tan arrimada al canal que de la caja de rueda pudiera haberse saltado a tierra" se descubre bruscamente la ciudad de Rosario. Dos cosas llaman inmediatamente la atención de los marinos. Un bullicio en el agua, a babor, casi al pie del casco, la población femenina de la ciudad tomando su ablución matinal, en el traje donado por madre naturaleza; y algo más lejos - asunto menos agradable seguramente para los marinantes - una fuerza respetable de caballería, formada en la playa, en el punto precisamente hacia el cual apunta la proa.

Cada hombre estuvo inmediatamente en su puesto, protegido en lo posible y armado de fusil, y hubo un momento de ansiedad, pues esta tropa podía ocultar una batería; las anchas bocas de los cañones de a 32, cargados a metralla, se asestaron al medio de esa caballada.

Felizmente no hubo disparo y pronto quedó atrás el Rosario. La patrulla de vigilancia fué allí relevada y los nuevos jinetes se manifestaban más hostiles que los anteriores.

San Lorenzo.

“A partir de allí las islas comenzaron a cambiar de carácter, más altas y firmes, evidentemente superiores a cualquier crecida muchas de ellas. Interpusiéronse varias millas de islas de esta clase, y luego el canal volvió a arrimarse a los acantilados, que terminaban en la llamada Barranca de San Lorenzo. El canal, que encima de Rosario tenía unas 1500 yardas de ancho y así se mantenía hasta media milla de San Lorenzo, se estrechaba entonces a 1000 yardas a causa de una isla.

“Como éste era el último punto del dominio argentino (sic, quiere decir de Buenos Aires) y el más adaptado - según Rosas - a la ofensiva contra el río, se había resuelto hacer allí un gran esfuerzo para molestar, y destruir si fuera posible, el convoy escoltado por los aliados. Pero sus preparativos no estaban listos todavía, y tan sólo había una muchedumbre de paisanos o gente de campo, allí retenidos para ejecutar las órdenes de Rosas.

“Ibamos a desfilar pacíficamente, atentas nuestras instrucciones, cuando algunos de estos paisanos, más inconscientes que el resto y creyéndose ocultos por un matorral, dispararon deliberadamente sus largos mosquetes contra la caja de ruedas. La contestación fué instantánea, una salva de fusiles, mosquetes y cañones, que mató a uno de los ofensores y desparramó al resto. Agrupáronse nuevamente unas mil yardas tierra adentro, pero sólo eran visibles desde la arboladura o chimenea; se les disparó asimismo con todo éxito una granada, reduciendo la carga probable.

Intervino luego una quebrada, originando su eclipse temporario, pues debían dar un rodeo para arrimarse nuevamentea la barranca. Antes de que pudieran hacerlo enfrentamos una a partida, la guardia de San Lorenzo, la que, ignorante de hostilidad manifestada por sus hermanos de armas, se preparaba confiadamente al borde de la misma barranca, delante de un rancho o casa de campo.

 Más atrás veíase mucha tropa fuera de servicio, junto con tropillas y ganado. Para entonces habianse alistado los soportes de cohetes de 24 y 12 libras y todo el mundo se dispuso a observar su disparo, confiado al artillero Hamm. Por fin se aplicó la mecha, y al cabo de pocos segundos de desagradable fuego de culata lanzóse el cohete fuera del tubo con tremendo ímpetu, zafó por cinco pies el borde de la barranca, dividió a la guardia en dos grupos, derecha a izquierda y fué a meterse como flecha de fuego en medio del rancho, que quedó instantáneamente envuelto en llamas. Rota el asta, siguió luego una trayectoria fantástica, pero aun destructora, entre las tropas en descanso a retaguardia.

"Durante algunas millas aún navegó el Alecto a la vista de costa firme “Argentina", pero tan sólo lo acompañaba un grupo de jinetes, con el que casi llegó a la misma relación amistosa que con la primera patrulla.’'

A las 11 h. llegaban a la punta extrema de San Lorenzo, y se abrio la boca del río Carcarañá. Habláronse con algunos hombres a quienes equivocadamente supusieron desertores. Siguiéronle luego una tras otras en ese mismo día accidentado, dos escenas novedosas, una nube de langostas y un tremendo pampero. Durante la fuerza de este último un pañuelo de seda tenido de una punta a manera de cataviento, quedó inmediatante hecho trizas...

La Costa entrerriana.

“Febrero 12. El canal se acerca ahora a la costa entrerriana y a las 7 llegamos al comienzo de la barranca de Punta Gorda que se eleva sobre el río desde 15 hasta 50 pies. La rueda va a no más de 10 yardas de la orilla., y en cierto trecho no hubiéramos podido apuntar con los cañones a la cresta de la barranca. .. Es, pues, concebible la situación expuesta de toda nustra cubierta. Hacemos una barricada de bolsas y coys para el timonel, se retiran los sondadores de estribor, y al de base se le improvisó una planchada protegida por el casco.

“Una partida, de jinetes armados se acerca a la barranca y nos contempla con asombro, sin demostrar la menor hostilidad.

“Hacia el extremo superior de esta, barranca el canal se vaa a la otra margen, y en esta travesía de una milla la popa del barco, parte la más vulnerable y menos armada, queda totalmente  expuesta al tiro de enfilada de la barranca. Una buena batería allí instalada podría interceptar totalmente el tráfico río.

Otra hora de marcha, nos lleva a una nueva barranca, de carácter tan formidable como la de Punta Gorda. La altura es parecida, 60 a 70 pies, y en cierto paraje el canal se arrima tanto que un hombre en la barranca hubiera podido meter fácilmente una piedra en la chimenea.”

En dos ocasiones acercáronse a la orilla grupos graciosos de amazonas, contemplando admiradas el paso del vapor. Luego avistáronse tres veleros de la escuadra aliada, la corbeta francesa Coquette y los bergantines británicos Philomel y Dolphin. Poco después de medio día el Alecto ancló junto a estos últimos, frente a la ciudad de Paraná, capital de Entre Ríos. En la margen occidental del Paraná, a unas tres o cuatro leguas dentro de un riacho, fuera de vista, estaba la ciudad de Santa Fe.

Está de más describir la satisfacción de los barcos británicos con las cartas y noticias de Inglaterra traídas por el Alecto, las primeras desde tres meses. El Alecto, por su parte, supo que el general Paz se batía en retirada ante Urquiza, dentro de la provincia de Corrientes, habiéndosele dado vuelta la suerte. Lo que implicaba una .amenaza para el barco en el caso de que Urquiza se decidiera a utilizar sus cañones en las barrancas de esa provincia, que se afirmaba .ser peores que todas las vistas hasta allí. Súpose también que el comodoro Hotham había remontado con el Gorgon hasta donde pudo, siguiendo luego con la goleta Obligado, apresada en el combate de este nombre.

Como las despachos que llevaba el Alecto fueran de importancia., siguió viaje esa misma tarde, y como el excelente piloto manifestara que no conocía el río más allá, lo piloteó ahora el capitán  Sullivan, del Philomel, que acababa de levantar un plano del río (Recién a principios del siglo XX fueron relevados los planos de Sullivan por los que levantó nuestro M.O.P.).  Bajo su hábil dirección siguió la marcha aun después de anochecer, y llegó a las diez de la noche al fondeadero donde estaban el vapor Gorgon y su tender el Fanny. Esta navegación nocturna refleja un alto mérito sobre la habilidad profesional de Sullivan.

Siendo urgente tener noticias del general Paz, aliado de los aliados, se resolvió luego que el Alecto se alijase en lo posible, descargando provisiones y equipos en el Gorgon, y tratase de llegar a Corrientes. Al día siguiente siguió pues su marcha por el canal, cada vez más tortuoso, con Sullivan siempre de baquiano. La vegetación se iba haciendo tropical, el calor de día en día más sofocante, y más molesta la plaga de los mosquitos.

El convoy de Montevideo.

Cerca del límite entre Corrientes y Entre Ríos avístase a distancia una regular tropa de caballería, sin poder discernir si son amigos o enemigos. Una nube de caranchos se cierne sobre el  paraje, lo que induce a creer se haya librado por allí algún combate.

La navegación se hace cada día más difícil, y son continuos los tumbas y varaduras. Altérnanse los trechos de costa brava, donde el barco pasa rozando la maleza, con las travesías, donde el caudal de agua se distribuye entre extensos bancos y el canal da bruscos y  recodos. En un paso no hay mas de doce pies de agua.

En estos parajes fué donde el Alecto alcanzó, a los trece días de su salida de Montevideo, parte del convoy de veleros que iniciara viaje desde Montevideo aproximadamente al mismo tiempo que el Alecto de Inglaterra. Lo que basta a destacar - dice autor - la enorme ventaja de la propulsión a vapor en estos rios.

El convoy estaba escaso de víveres, y había hecho su aparición el escorbuto. ¡Fenómeno extraño éste de la indolencia general del marinero por buscarse el sustento en regiones donde pulula la vida animal!

Algunas millas más adelante iban dispersos otros grupos de veleros, más activos o empeñosos, pero cuya gente no estaba en mejor estado de salud. Y al atardecer del mismo día dieron con el cuerpo avanzado del convoy, los más rápidos y mejor equipados. Más que por las noticias de Europa afanábanse los pobres diablos por encontrar nuevos oyentes para el lamentable relato de sus privaciones, “de las que sin embargo eran ellos mismos las principales culpables por su indolencia”.

Varada del “Alecto”.

El Alecto pasó la noche al ancla con el convoy. Una partida de pesca, inmediatamente destacada, recogió en un solo lance de red enorme cantidad de pescado.

Al día siguiente continuó el vapor su marcha, llevándose un oficial francés del San Martín, que llegaría así a Goya, veinte millas tan sólo más arriba, en busca de carne fresca para el hambriento convoy. Lleváronse también varios botes a remolque.

Hacia mediodía llegaron en efecto a una estancia que los recibió amistosamente y les brindó toda la carne que necesitaban. Allí supieron de la derrota y prisión de Don Juan Madariga, segundo de Paz, en un encuentro con Urquiza. Así como también de las hábiles maniobras de retirada de Paz, por las que la caballería adversaria, acostumbrada a terreno arenoso seco, se vió llevada a la región pantanosa de la Laguna Iberá, donde perdió gran parte de sus caballadas. Interesaba muy especialmente a los marinos británicos saber que Urquiza no quedaba dueño de la situación y de las barrancas, pues el regreso hubiera podido volverse singularmente peligroso.

Los botes volvieron aguas abajo cargados hasta la regala, y a la tarde llegó un chasque de Corrientes confirmando noticias. Frente al Alecto quedaba el sitio donde habían acampado los 4000 soldados paraguayos que recientemente reforzaran al general Paz. Chozas rudimentarias hechas con estacas y paja, en un recinto increíblemente reducido, medio acre (unos 2000 m.“). “Las costumbres de esta gente son tan sencillas, tan pocas sus exigencias, que no sintieron la insuficiencia de las comodidades para un cuerpo de gente como el que allí se congregó”.

Febrero 18.—En marcha nuevamente, con el Fanny siempre al costado y con destino a la capital de la provincia. Rebaños inmensos hasta donde alcanzan los gemelos, pero que ahora no excitan tanto como antes la codicia de los marinos, pues están abundantemente aprovisionados.

En proximidades de Bellavista, en momento en que los tres sondadores sondan simultáneamente 3, 2 y 2,5 brazas, la quilla roza el fondo y el barco, tras de varios tumbos, queda sólidamente encajado, resultando inútil cuanta tentativa se hace por zafar.

Y como fuera urgente la entrega de los despachos, Mackinnón recibió aquí de su capitán la orden de alistarse inmediatamente para bajar a tierra y comunicarse con el primer alcalde o autoridad, pidiendo caballos, guía y escolta para llevar al comodoro en Corrientes el correo de Su Majestad Británica.

La empresa, si bien grata a cualquier oficial de marina por la distracción que implicaba después de una tediosa navegación, no dejaba de tener sus bemoles. Por más que los informes diesen por amiga a la provincia, no debe olvidarse que los piratas británicos habían navegado hasta entonces casi constantemente entre márgenes hostiles, donde no se hablaba más que de degüello, idea ésta que no era fácil ni prudente quitarse de la cabeza. El ejército de Urquiza, por otra parte, no estaba a más de veinte millas de la costa del Paraná.

En lo que sigue veremos los episodios finales de la guerra de vapores en el Paraná, especialmente el combate del Quebracho, que puede considerarse como punto final a las veleidades de los aliados de forzar la navegación de los ríos contra la voluntad de Roass.

Por tierra a Corrientes. - El chasque de la reina de Inglaterra

Bajó pues Mackinnon a la orilla y le costó mucho trepar la barranca. En seguida divisó, a pocas cuadras de distancia tres jinetes hacia quienes se dirigió, abiertos los brazos en seña, de que no llevaba armas. Esperáronlo éstos con evidente desconfianza, y resultaron ser tres muchachos, uno de los cuales con una gran espuela gaucha por única vestimenta. Después de un ‘‘ Viva Patria” (sic) destinado a inspirarles confianza, el marino intentó por medio de gestos inducirlos a que se arrimaran a la barranca para ver los apuros del Alecto. Costóle no poco trabajo, y el resultado fué que los muchachos después de contemplar con muda sorpresa al gran casco, cuyas ruedas chapaleaban el agua desesperadamente, salieran disparando como cohetes tierra adentro.

A la hora se llegó al buque una partida de gauchos, con el comandante de la vecina aldea de Bellavista, Don Oriental Martínez, quien con toda hidalguía se puso a disposición de los marinos.

Al día siguiente inició el chasque sus singladuras terrestres, partiendo de Bellavista - aldea de tres galpones y una guardia. Iba armado de dos pistolas y una escopeta de dos caños,  acompañado de un postillón gaucho y de otros dos hombres por escolta y guía; uno de éstos era hijo del comandante Martínez y otro el sargento de la guardia.

El trayecto hasta Corrientes, 32 leguas, le costó dos días al galope, sin más incidente que un encuentro con un grupo de “montaneiros blancos”, bandidos de ambos ejércitos, que no se metieron con ellos. Todas las postas y estancias los recibieron con hospitalidad, les renovaron cabalgaduras y les dieron facilidades, y el arribo del chasque de la Reina de Inglaterraai las calles de Corrientes, a todo galope y cubierto de polvo, resultó sensacional.

En las campos que atravesaron pastaban ganados innumerables, enorme riqueza que el cierre de los ríos y las guerras continuas mantenían prácticamente sin valor. Y el marino británico no puede menos de reflexionar sobre lo que sería aquello a manos de gente emprendedora y perseverante como sus compatriotas.

Corrientes.

Después de una presentación formal al Presidente Don José Madariaga, Mackinnon fué conducido al comodoro Sir Charles Hotham, a quien entregó sus balijas (sic); recién entonces pudo descansar de las 80 millas de la última travesía.

Al día siguiente, después de vagar un par de horas por las calles polvorientas de la población, emprendió Mackinnon el regreso aguas abajo, en un guigue del Obligado (Barco apresado por Jos aliados en Obligado y al que habían rebautizado así. Con él había remontado Hotham hasta Corrientes cuando no pudo avanzar más con el vapor Gorgon) y llevándose un baquiano que resultó inútil. Sin mayor dificultad llegaron en unas 8 horas al Alecto, que encontraron anclado, pues había logrado zafar. Y tres días más llevaron al vapor a Corrientes, cuyos pobladores se resistieran hasta entonces a creer que existiera la maravilla de que tanto habían oído hablar. “Fué éste el primar buque de guerra británico que haya llegado a Corrientes, a mil millas del mar".

HMS Gorgon

Establecióse la natural peregrinación al vapor, anclado en 17 brazas a pocas yardas de la orilla, y se recibió a bordo, con las debidos honores, un grupo de delegados paraguayos, que iban a utilizar el regreso del Alecto para trasladarse a Montevideo en misión oficial y que habían manifestado el deseo de conocer el barco. Entre otras personas de distinción visitaron al barco la madre, esposa e hijas del general Paz, entoncees en campaña.

Mackinnon aprovechó después el tiempo para explorar la población, en la que tropezaba con la grave dificultad del idioma, hasta que topó con un escocés Thomas Paul, que llevaba 40 años de residencia allí, desertor probablemente de Whitelocke. Este viejo colono, que no había perdido las esperanzas de volver al terruño, le pidió dos favores: el de un trozo de carbón, para convencer a los paisanos - con quienes tuviera al respecto larga discusión - de que en su país se quemaba una piedra negra; y el de un periódico inglés, aunque fuera de veinte años atrás.

Regreso a Montevideo.

El Alecto zarpó de regreso después de unos cuatro días de permanencia en Corrientes, con el Fanny al costado y el Obligado a remolque. Después de virar en la cancha aguas arriba, pasó como una flecha delante de la población y desapareció en contados minutos.

Aguas abajo hubiera sido desastrosa una varadura, pero iba en el timón la única persona en Sud América capaz de garantizar la seguridad del barco, el capitán de navio Sullivan, que acababa de relevar la totalidad del río hasta Corrientes y gracias al cual dentro de poco iba a conocerse la hidrografía del Paraná mejor en Londres que en Buenos Aires.

En una semana llegó el Alecto sin tropiezos a la Bajada, donde estaba anclado el bergantín Dolphin y donde se desprendió aquél de sus remolques. Durante la travesía se había cruzado por segunda vez con el bergantín Philomel, que en el mes trascurrido desde el anterior encuentro había adelantado sesenta millas solamente. También se cruzaron con el vapor Gorgon...

Al otro día desfila el Alecto frente a las barrancas entrerrianas, donde se decía que Urquiza había montado algunos buenos cañones de la goleta Chacabuco, volada por el Firebrand meses antes. Sin embargo, tan sólo se dejan ver allí fuerzas de caballería que no rompen hostilidades. Algo más lejos comunícase con el vapor Firebrand, que le entrega, como lo hiciera ya el Gorgon, un pelotón de infantes de marina para Montevideo (En el prólogo de la obra laméntase el autor de que después de Obligado se retiraran las tropas de los buques, para llevarlas a Montevideo. Esto impidió - dice - la destrucción de las nuevas baterías que se armaron en el Quebracho).

Infórmale este barco al mismo tiempo saber por desertores que veinte cañones vienen de Buenos Aires por tierra a San Lorenzo, donde se hacen importantes obras. El Firebrand halagó a los enviados paraguayos con un novedoso saludo de luces azules en penóles y supertructivas.

El Firebrand. acompañó al Alecto para desfilar frente a San Lorenzo, lo que hicieron al siguiente aclarar, a toda, velocidad. No hubo tiroteo, pero pudieron cerciorarse una vez más de lo fuerte de la posición y del serio peligro que entrañaría una vez que se montaran allí cañones de grueso calibre. Se estaban realizando evidentemente obras de gran solidez, pero sólo cinco troneras estaban listas todavía. La altura, de la barranca permitiría barrer las cubiertas con balas, metralla y mosquetería; la proximidad del canal a la barranca era especialmente peligrosa para los vapores, por la inclinada incidencia de los impactos, que fácilmente dañarían sus partes vitales, máquinas y calderas; averías éstas que significaban varada segura, y perdición por lo tanto del  barco.

En cuanto al campamento de Mansilla, según el Firebrand, se había trasladado mucho más arriba. Diez minutos después San Nicolás pudo percibirse desde el tope. Los federales tardaron en advertir al Alecto y entonces éste se hallaba ya por su través. Demostraron notable actividad al desarmar sus piezas de campaña, meterlas en carros y largarse al gran galope con la intención de interceptarlo en el Tonelero. Pero a la veloeidad que llevaba el vapor resultaba vana esta persecución y pronto fue abandonada.

El Tonelero se encontró desierto esta, vez, y poco después anclaba el Alecto en Obligado, junto a la corbeta Comus.

Otra singladura los llevó a Martín García a través del dédalo de islas del Delta. La siguiente se empleó en sortear con ayuda de botes los bancos de esa región, y terminó con todo en una recia varadura, que costó a los marinos una noche de fatigas. Llegaron finalmente a Montevideo espués de 39 días de ausencia, en los que habían recorrido sin averías de máquina cerca de 2500 millas, y recibieron de rondón orden de alistarse para una segunda expedición al Paraná, con provisiones para la escuadra.

El aspecto de la ciudad había cambiado sensiblemente en el intervalo. Mejor aprovisionada, desde el mar, daban alegría, a sus calles multitud de soldados y marinos y había aumentado la actividad comercial, lo que se notaba especialmente en los muelles y desembarcaderos que surgían por todos lados, bien hechos y eficientes muchos de ellos.

San Lorenzo. - El combate del “Alecto”.

Muy poco descanso tuvo, pues, el Alecto, y zarpó a los dos días, abarrotado de mercaderías y con el malvenido remolque de tres pesadas goletas. Desfavorable el viento, el sólo trayecto hasta La Colonia le costó dos días. Más allá cambió el viento, con lo que las goletas se ayudaban con sus velas.

En el Tonelero no había tropas, pero sí numerosos peones que estaban erigiendo obras; contáronse diez troneras asestadas al río. Como estas obras se destinaban evidentemente a molestar al convoy cuando bajara, el Alecto abrió fuego contra ellos y desparramó a la gente. Un proyectil de a 32 atravesó de parte a parte las obras. Los cohetes a la Congréve funcionaron irregularmente, debido acaso a remolinos de viento sobre la barranca. Poco daño al enemigo, en resumen, pero excelente ejercicio para los artilleros. Diez millas más arriba se les presenta un desertor que había estado escondido durante cuatro días entre las islas. Poco después se cruzan con el Philomel, cuyo capitán, Sullivan, Ies informa que va para Montevideo y que el día antes ha franqueado las baterías de San Lorenzo, arrimado lo más posible a ellas, rozando casi la barranca. Gracias a lo cual pasó ileso, debajo del fuego de las baterías, cuyos cañones sólo alcanzaron a agujerearle una vela.

El Alecto se preparó a enfrentar a su vez al peligroso paraje, aguas arriba y con un pesado remolque. Para aumentar su fuego de artillería, pasó a babor el cañón de estribor, abriéndole una. porta en la borda de la toldilla.

Los patrones de las goletas, alarmados, manifestaron su decisión de cortar el remolque y regresar a Montevideo a menos que se abarloaran sus barcos a sotafuego del Alecto. Como esto último no fuera posible a causa de las palas de la rueda, el capitán Austen tuvo que notificarles que los hundiría a balazos como llegaran a cortar el remolque durante la acción.

El viento amaneció contrario, y refrescó aún al asomar al sol, con lo que el pesado remolque daba escasamente un nudo. A las 8 avistaron las baterías a unas ocho millas de distancia,

 “Desde temprano nos escoltaba, al paso, y deteniéndose a ratos, un escuadrón de caballería a lo largo de las barrancas. A las 2 hs. p.m. estábamos aún a milla y cuarto, y poco después ensayamos, con el giratorio largo del castillete, un tiro, que explotó corto en algunos centenares de yardas. A las 2,30 p.m., nuestras granadas comenzaron a dar en blanco, y diez minutos más tarde los tres canones y los cohetes estaban en plena actividad-. Contestáronnos los 'primeros cañones de las baterías con bala maciza hasta que estuvimos en la angostura, ciertamente a menos de 250 yardas, cuando nos acribillaron con tarro y racimo de metralla. Para entonces sus piezas nos enf ilaban de proa y de popa sin que pudiéramos contestarles, pues teníamos bastante que hacer con las del través. Así permanecimos unos veinte minutos, avanzando apenas, ofreciéndonos al fuego de siete cañones de a 18, varios de ellos asestados en depresión sobre nuestra cubierta.

“En este período agotamos nuestros tarros y racimas de metralla, quedando reducidos a proyectil esférico. Durante los últimos minutos cambiamos un vivo fuego de mosquetería. Paulatinamente nos fuimos adelantando, al ensancharse el río y disminuir la corriente, y el fuego concluyó por cesar, después de una hora y quince minutos de duración. No tuvimos, cosa, asombrosa, una sola baja, y él único contuso fué precisamente el comandante, con un violento golpe en el muslo producido por rebote de una bala de racimo.

“En cuanto al pobre “Alecto’’, quedó bastante maltrecho y algunos impactos tuvieran efectos curiosos.”

Uno deshizo cinco remos de repuesto dentro de la bodega de proa. Otro atravesó a ambas ruedas cerca del eje, sin tocar las palas, lo que resulta milagroso. Otro atravesó la flotación y cometió en el interior diversos desaguisadas, como el de romper en varios fragmentos dos proyectiles de a 32 que estaban en la chillera. El personal se condujo con admirable sangre fría, lo que el autor atribuye enteramente a la enseñanza metódica del Excellent (buque-escuela de artillería).

Aun cuando se dispararon de 70 a 80 proyectiles, poco fué probablemente el daño producido, sobre todo en la angostura, pues a causa de la gran elevación de la barranca era preciso dar exactamente en su cresta o en la caña de la pieza enemiga; los artilleros enemigas podían sentirse tranquilos debajo de las trayectorias.

Las goletas, cuyos tripulantes habían permanecido arrinconadas tras de las estivas, dominados por el terror, sufrieron muy poco.

La escuadra en Paraná.

Cerca de Punta Gorda presentáronse en la orilla cinco desertores de Urquiza, que fueron recogidos. Informaron que los cañones de San Lorenzo habían sido traídos de Buenos Aires, y que sus artilleros daban por segura la destrucción de todo buque que intentara desafiarlos. Lo que estaba de acuerdo con la cantidad de gente, sin excluir damas, que se habían visto en todas las barrancas, atraídas sin duda por el espectáculo anunciado.

En Paraná encontraron a la escuadra, mandada por Trehouart, a la que entregaron cantidad de materiales y - no son alivio - las molestas goletas.

Malas noticias de la guerra en Corrientes. Como el Madariaga capturado por Urquiza fuera hermano del gobernador de Corrientes, una facción en la ciudad, temerosa de que el afecto ‘paternal indujese a éste a una política desacertada, se proponía quitarle el gobierno. Habíase producido, pues, una casi revolución, cuyo efecto era paralizar al general Paz en su persecución de Urquiza, quien se había visto ya obligado a abandonar al territorio correntino. Parte del ejército había tenido que enviarse la capital con el fin de dominar la situación tumultuosa. Se consideró necesario que el Alecto remontase hasta Goya para proteger el comercio, ya que la bajante, de todo modo, impedía llegar a la capital.

Navegación difícil. - El convoy en Goya.

Púsose en marcha una vez más el incansable vapor, con una sola goleta, que llevaba tropas uruguayas. Cruzóse nuevamente con los bergantines amigos Dolphin y Fanny, y ya al día siguiente sufrió una formidable varadura, quedando el buque escorado hasta sacar las palas de una banda fuera del agua. Una maquina quedó averiada por las partículas de arena que entraron con el agua aspirada. Tremenda era la fuerza de la corriente, atravesada al buque, y ella se encargó de ir socavando el banco que lo había aprisionado, comenzando de popa a proa. Libre la popa, se impidió al barco que se aconchase nuevamente, mediante un ancla con robusto cable; éste vibraba fuertemente y sudaba gruesas gotas de alquitrán.

Avanzada la noche zafó la proa y el buque derivó bruscamente a aguas hondas; pero la maniobra estaba prevista: fondóse el ancla de leva a la vez que cortaba la boza de la de proa, filándosele a éste el cable, al que se había ajustado una gruesa guindaleza.

La reparación de la máquina averiada iba a exigir varios dias, y el tiempo apremiaba, pues se pronunciaba la bajante. El comandante Austen resolvió subir a Goya con una sola máquina.

La marcha resultaba muy lenta, y a veces era tal la fuerzade la corriente que hacía retroceder al Alecto. Incidencia de este penoso viaje que duró una semana, fué la pesca  de una monstruosa raya, cuya sola carne, sabrosa, pesaba 135 libras.

A cuatro millas de Goya, y a la vista de los mástiles del contingente allí anclado, nueva varadura, que exigió dos días de trabajo.

a corriente improvisó contra el casco un banco que llegó a emerger del agua, y que ella misma se encargó de barrer más tarde en un par de horas.

Gran alegría causó en el convoy la llegada del vapor con noticias y provisiones. Los comerciantes sentían gran aprensión por el estado de anarquía del país y los estancieros ingleses y norteamericanos se apresuraban a faenar sus haciendas y a liquidar sus asuntos para abandonar el país bajando con el convoy, que se consideraba sería la última oportunidad de hacerlo.

Había pues gran abundancia de carne. En el puerto varios barcos cargaban, con prisa desesperada, cueros, tasajo, crin y otros productos.

Uno de los colonos que liquidaban sus negocios era un inglés Davidson, casado con criolla pariente del gobernador, que además de una estancia de 60 millas cuadradas tenía una destilería de caña de azúcar. Con motivo de la matanza en gran escala que estaba terminando, este hombre emprendedor había improvisado una instalación a vapor para extraer jugo o tuétano de los huesos de un centenar de novillos metidos en una cuba; el combustible empleado consistía en “huesos y carne... ¡sí, señores, carne!, las partes peores del animal... Triste cosa ciertamente es ver a estos extranjeros, con toda su empresa., capital e industria, trabajar día y noche para liquidar su propiedad, en suelo y clima tan fecundos, hermosos y saludables...”

En Goya, “miserable colección de ranchos, con una que otra casa buena”, los marinos ingleses fueron huéspedes del alcalde, Don García, en un sabroso almuerzo.

El convoy permaneció allí casi dos semanas ultimando preparativos, y entretanto llegó de Esquina un chasque con noticias que causaron excitación: “Urquiza había puesto en libertad a su prisionero Madariaga (al que muchos suponían asesinado), y se venía a Goya en camino a Corrientes, con proposiciones amistosas para esta provincia. Su llegada poco después confirmó la noticia. Un arreglo pacífico tendría por efecto aclarar de hecho los asuntos del Río de la Plata, pues la única pretensión de Rosas a cerrar el río es que posee sus dos márgenes, lo que ya no será cierto si se verifica esta alianza. "Muchos, sin embargo, de los residentes antiguos dicen que sólo se trata de una astucia de Urquiza para ganar tiempo, pues es de corazón hechura de Rosas, o de una maniobra de este último para conseguir que los productos de Buenos Aires se exporten de contrabando a través de Entre Ríos...”

El descenso del convoy.

El 6 de mayo emprendió el convoy la marcha aguas abajo. En la víspera había llegado la flotilla correntina con la orden de partida, pues el río bajaba rápidamente. “Traían también la noticia de la captura de la goleta Obligado, al mando de un oficial inglés, bajo las baterías de San Lorenzo, cada vez más formidables, según díceres, pero no pudieron darnos detalles”,. Varios barcos quedaron rezagados y se les dió punto de reunión en Santa Fe el 19.

Las aguas bajaban rápidamente y un paso, que no tenía ya agua suficiente, tuvo que franquearse arrastrando fuertemente.

Con excepciones contadas los pilotos correntinos son los mentirosos e ignorantes más grandes del mundo... ” El invierno se venia y hubo día tan frio al parecer como los del enero inglés j repentinamente hubo que acudir a gabanes y tricotas. En Esquina estaban al ancla las ingleses Dolphin y Fanny y los franceses S. Martin y Prócida, que nos confirmaron la perdida del Obligado

Dias despues llegaron sucesivamente dos nuevos vapores el Lizard y el Harpy, salidos de Inglaterra con un mes de intervalo. Ambos habían tenido fuerte refriega con las barrancas de San Lorenzo, pues la captura del Obligado, que llevaba abajo la orden de detener a los barcos que pretendieran remontar el rio, había impedido naturalmente que les llegara esta orden. El pobre Lizard había sufrido fuertemente y dos oficiales y dos hombres habían sido muertos, amén de muchas heridos. El Harpy se había recostado hábilmente a las barrancas, con lo que tan sólo pocos cañones pudieron apuntarle; tenía un solo herido, su comandante, y causó una gran desilusión a la población del Rosario que se había trasladado en coche y a caballo hasta San Lorenzo para presenciar su destrucción. Decíase que Rosas consideraba definitivamente cerrado el río a los salvajes ingleses.

La batería de cohetes.

Estando el convoy al ancla frente a Santa Fe, Mackinnon recibió del comodoro Hotham orden de alistarse a instalar una batería de seis cohetes a la Congreve en una isla frente a. San Lorenzo. Esta batería se erigiría en vísperas del pasaje, sin que lo notara el enemigo, de modo a tomar a éste de sorpresa.

El día 25 de mayo movióse el gran convoy y, arreado por los vapores, fué a anclar a cinco millas de San Lorenzo, último de los rendez-vous. La noche antes el Gorgon, adelantado a son de exploración, se había visto tiroteado con bala roja y obligado a alejarse; sus botes habían reconocido ya la islita, que tenía unos 900 yardas de ancho y estaba cubierta de arbustos, pajonal y césped, pero dominada completamente por los cañones de la barranca. Entre otras observaciones habían registrado la abundancia - poco tranquilizadora - de rastros de tigre.

Cinco días después los jefesHotham y Hope, con Mackinnon y otros oficiales, se disponían, al oscurecer, a salir a su vez en una embarcación para explorar la isla, cuando notaron, precisamente en ésta, señales de cohetes que eran contestadas desde las barrancas. Como consecuencia la expedición se dejó para la otra noche, reforzándose la partida. Los vigías informaron que pasaban constantemente grandes canoas entre la barranca y la isla.

La exploración de la noche siguiente no tuvo sin embargo incidencia de importancia y resultó muy satisfactoria. La isla, en su margen próxima a la barranca, era accidentada, permitiendo ocultar perfectamente a personal y material. Ultimáronse pues preparativos, mientras se esperaba el viento favorable al convoy, el que se presentó dos días después (2 de junio), rondando firmemente al S0.

A 22 hs alejose del Alecto la expedición, veinte hombres hacia la isla. El traslado de los materiales a la orilla opuesta, en medio de la más densa oscuridad y en el constante temor de una emboscada, ocupó varias horas de trabajo. Después de lo cual entregáronse al bien ganado sueño, seguros de quedar invisibles para las barrancas, junto al bote, perfectamente oculto en una zanja de la orilla.

El convoy no se movió ese día sino al siguiente, con lo quo los artífices se pasaron un día ocioso en su zanja, observando el movimiento en la barranca: Mansilla, en coche y seguido por todo un estado mayor de jinetes, inspeccionando prolijamente las baterías, pieza por pieza.

A las diez de la mañana siguiente oyóse un primer cañonazo, del Gorgon, y casi un minuto después, otro: Era la señal convenida. En segundos estuvo todo el personal, con los tubos, arrastrándose hacia la orilla del canal. Allá los armaron en un santiamén y les colocaron los cohetes, que se habían dejado convenientemente enterrados.

La batería así improvisada ocupaba unas 300 yardas, y sólo asomaban de la cresta, y apenas, las bocas de los tubos, de modo que únicamente un impacto directo podía destruirlos. Atornilláronse las astas y se tuvieron listas las mechas. Se despejó a machetazos la maleza a retaguardia en previsión de incendios (por más que después se vió que el efecto de la llamarada de culata iba más allá de lo que se creía). Todo esto logró hacerse sin que se alarmaran las barrancas, donde la gente se agolpaba para observar en dirección de la escuadra. Tentadora era para los coheteras la aglomeración de gente en la barranca, inconsciente del peligro.

El combate.

Pronto viéronse del lado del río humaredas, cada vez más densas, señalando la aproximación de los vapores, y por fin asomó el botalón del Gorgon, seguido a poco de las del Fulton, Alecto, Firebrand y Gassendi.

“Vista magnifica ia de estos hermosos vapores, metiéndose en la boca de! lobo, a media fuerza y maniobrando sus grandes cañones a granada (shell guns) como en un ejercicio. Avanzaron en forma lenta e imponente, hasta que las baterías estuvieron casi a su alcance, lo que ocurría naturalmente antes de que el enemigo pudiera contestar... ”

“La señal convenida, larga y ansiosamente esperada de los coheteras, llegó al fin. Uno de los oficiales se adelantó, clavó el pabellón británico en la arena y saludó al adversario.

Cortesía perdida, que en la barranca nadie miraba para la isla. Pero otra cosa fué cuando se inició el fuego escalonado y rugiente de los cohetes. El primero pasó a unos siete metros sobre la cabeza de los desprevenidos artilleros de la barranca, otro rozó sus cabezas, dos cayeron cortos y el quinto pareció abrirse camino entre la muchedumbre para ir a rebotar en medio de la caballería a retaguardia.

Indescriptible fué el pánico, pues era la primera intimación de hostilidades desde la isla, el sitio se despejó como por encanto, en momentos precisamente en que comenzaban a picar las granadas del Gorgon. Tres oficiales se adelantaron sin embargo inmediatamente a la barranca, con anteojos, en busca del origen de esta agresión inesperada pero... nada veían fuera de un copo de humo que derivaba lentamente sobre el río. Parecieron dar con la banderita plantada a sotavento de los coheteros, la observaron atentamente y luego se retiraron. Todo lo cual ocurrió en un abrir y cerrar de ojos.

Entretanto avanzaban los vapores y pronto estuvieron dentro del alcance de las baterías, las que comenzaron a hablar a su vez. Pero una nueva andanada de los cohetes salió rugiendo entonces, y de una espesa humareda desprendiéronse las flechas de fuego, tocando casi las perillas del Gorgon. Una. de ellas acertó con un armón, que explotó, aumentando la confusión en la barranca,

“Para entonces habíase incendiado el pasto a retaguardia de los coheteros y fué necesario apagarlo. Luego pasaron el Fulton y el Alecto, protegidos por la batería de cohetes; ninguno de ellos recibió un solo impacto.

“No teniendo blanco momentáneamente, el enemigo asestó su artillería a la. isla, pero desviados por la banderita, labraron el suelo a su alrededor con los proyectiles. Los barcos continuaban el fuego y una granada gruesa del Firebrand dió en la cornisa a pocos pies debajo de la batería gruesa, penetrándola y explotando con violencia: grandes masas se desprendieron y cayeron pesadamente al río. Hazaña que la gente de los cohetes celebró con hurras, a pecho descubierto, sobre el parapeto natural de su batería. Los artilleros enemigos supieron a partir de entonces a qué atenerse a su respecto, pero su fuego resultó totalmente innocuo para la isla.

“Asomóse luego el pequeño Dolphin, guiando al convoy. Otra salva de cohetes para el valiente bergantín, que pasó con escasas averías.”

Imaginativo dibujo del libro de W.H.G. Kingston "Our Sailors"

“El fuego enemigo se distribuía entre muchos barcos, y lo molestaban grandemente los cohetes. Pero éstos se estaban agotando, y gradualmente fueron retirándose tubos de la batería para enviarles al gaviete. Cuando se hubo disparado el último cohete, la partida se retiró a la embarcación y se desprendió de la isla, alejándose del fuego.”

Los apuros del convoy.

El bote tenía orden de ponerse en seguridad. Pero cuando hubo derivado más allá de la isla, despejándosele la vista hacia la barranca, vió, con gran disgusto, que una barca inglesa roncera, la Caledonia, había quedado varada. Sirvióle esto de pretexto para volver al fuego. Mientras remaban vigorosamente, para ir a las barrancas, un pequeño pailebote varó a su vez en el mismo banco, siguiéndole otro, y luego otro, como los carneros de Panurgo. Total cuatro barcos amontonados y . bien encajados» en el banco.

Mientras los del bote decidían a cuál dirigirse, un cuarto pailebote se desprendió del convoy, enderezando hacia ellos. Estaba evidentemente maltrecho, destrozado el aparejo y casi sin gobierno; su tripulación, presa del pánico, se ocultaba tras de la estiva de cueros en cubierta. Como cien metros más lejos iba a tocar, consideróse que su caso era el más apurado y a él enderezó la embarcación; era urgente soltar inmediatamente el ancla, lo que se indicó a los poltrones de abordo con unos cuantos balazos. La cabeza del timón estaba rota y fue remendada en un santiamén, mientras se arreglaban otros desperfectos. Cinco minutos después se levó nuevamente, y se logró poner en salvo ese barco paraguayo, cuya carga valía unos 50.000 dólares.

El capitán del Firebrand les ordenó entonces ir a quemar a los barcos varados. Al efecto el Lizard remolcó al gaviete aguas arriba, pues era fuerte la corriente, y en esta maniobra tuvo que acercarse peligrosamente a la barranca, que felizmente solo pudo oponerle piezas de campaña por haber desmontado el Alecto al único cañón grueso por ese lado.

Los malaventurados barcos se convirtieron bien pronto en una inmensa hoguera, y la partida incendiaria se alejó una vez más del peligroso paraje. En su retirada recogieron varios fardos de mercaderias y vieron en una isla del sur un lanchón, que al principio supusieron enemigo, pues notaban, en él movimientos sospechosos, como de armas. Resultó ser un lanchón correntino cargado de hacienda que iba remolcado por el Alecto y cuya boza había cortado un disparo. El cable salvado vino al pelo para sacarlo de entre el matorral.

Vieron luego muchas canoas del enemigo cruzarse a la isla, con la intención evidente de apagar los incendios, y los ex-coheteros se detuvieron en las inmediaciones, con el propósito de complicarles la faena en lo posible. Pero no hubo necesidad: las hogueras crecieron en intensidad hasta caerse los palos del Caledonia, lo que pareció testimonio suficiente de que los federales no lograrían su propósito. Con lo que dieron por terminada la jornada (Los argentinos lograron apagar el incendio en uno de los barcos).

El resto del viaje no tuvo peripecias. El Firébrand, por su calado, debió arrimarse a las barrancas de San Nicolás, paraje también temible; pero no había allí preparativo alguno. En el Tonelero, donde esperaban otra refriega, manteníanse en protección del convoy el Gorgon, el Gassendi y el Alecto, acoderados en actitud belicosa frente a las troneras que el Alecto tiroteara al remontar el río. No hubo allí la menor hostilidad, como tampoco, en Obligado.

De la obra de Mackinnon se desprende que los británicos dieron enorme importancia al resultado de los cohetes, atribuyéndoles los honores de la jornda. El autor prueba con cifras que el fuego de los seis tubos, cuarenta cohetes por minuto, equivalía a la artillería de dos buenos buques en rapidez de fuego y eficacia, sobre todo contra tropas de caballería.

Los encuentros en el Paraná fueron, según dijimos, el bautismo de fuego del vapor como buque de guerra y constituyeron en opinión de Mackinnon un señalado éxito.

Expedición al Uruguay.

La estada en Montevideo fue esta vez de dos a tres semanas. Mackinnon observa, entre otras cosas, que “la plaza abunda en marinos de toda nacionalidad, entendidos y avezados, pero desprovistos totalmente de moral, dispuestos a cualquier expedición siempre que haya beneficio pecuniario. Alardean abiertamente de sus mismas bribonadas, que, con el relato de temerarias hazañas, forman el tópico general de las conversaciones, como en el tiempo de los bucaneros, cuyo espíritu parece no haberse extinguido todavía en ese rincón del mundo..."

El 27 de junio el Alecto zarpó nuevamente, esta vez para el río Uruguay con despachos y provisiones para el Acorn y en cooperación con el general Fructuoso Rivera.

En la boca del Uruguay pasaron un fuerte ruinoso, "con troneras vacías". El río allí tiene casi cinco millas de ancho, enontraron el Acorn algo debajo de San Domingo (Soriano). Días después llegó a la próxima ciudad de Mercedes el Gral Rivera con la noticia del arribo a Buenos Aires de un nuevo ministro británico, lo que hizo concebir grandes esperanzas pues todo el mundo estaba harto de la guerra contra el desgraciado (wretched) pueblo del Plata.

Después de esto súpose que una división enemiga iba en lancha para atacar a Rivera en Mercedes; se avisó inmediatamente a éste y se hicieron preparativos para auxiliarlo.

El 9 de julio pasaron a estacionarse algo más arriba, en el Uruguay, con la misión de cortar el contrabando entre Entre Rios y la Banda Oriental. Dos días después, escaseando el agua, Mckinnon fue destacado en bote a llevar despachos al buque frances Pandour.

Al primer día de remar se encontró en una isla con un. oficial francés, destacado con una partida y una presa, para proteger esa isla, amenazada por el enemigo. El teniente Grandin, así se llamaba, era hombre débrouillard, de excelente gusto lityerario, y supo hacer a la perfección los honores de la isla ante la breve recalada forzosa por mal tiempo.

Aunque ambas costas eran a la sazón hostiles no hubo más que una o dos incidencias sin importancia con los blancos orientales y el emisario llegó a su debido tiempo al Pandour, capitán 'Parque, anclado en Pavsandú para cooperar con Rivera y proteger una isla enfrente, donde se habían instalado varias familias. Paysandú tenía unas 200 ó 300 casas, grandes algunas de ellas, pero arruinadas y completamente desiertas.

Al regreso de Mackinnon el Alecto se ocupó durante varias dias en el bloqueo del río Negro. Los marines se sirven abundantemente del ganado que pulula en las márgenes, sin que puedan  impedirlo los jinetes blancos. Visitan cantidad de barcos de tráfico mercante legal de Montevideo al Entre Ríos. Aunque saben que al otro día las cargas se trasbordarán a la otra orilla, no hay modo de detener este contrabando legal.

Alístase una embarcación, el viejo lanchón correntino que tantas miles de millas les ha servido de cola, y Mackinnon es enviado con ella a la boca del Román Grande. donde le llega luego la  orden de regreso, pues el Alecto va a ser relevado por el Lizard en la vigilancia del Uruguay.

Montevideo y Buenos Aires.

"La ciudad de Montevideo estaba a la sazón en el estado discordante y caótico concebible. Sus gobernantes de facto : los altos funcionarios de las dos naciones más poderosas de Europa, pues el gobierno local estaba enteramente sometido a su influencia, listo a emitir proclamaciones, dictar o derrogar leyes, hipotecar las rentas, y a cualquier otro acto que se le dictara.

“Los habitantes estaban divididos en muchas clases. Primero los especuladores, cuyo comercio en hilados, tejidos, porcelanas, etc. estaba totalmente paralizado por las hostilidades; esta clase condenaba altamente a la guerra, por ineficaz a la vez que por ruinosa para ellos. Quejábanse de haber acordado extensos créditos y perdido por ende grandes sumas de dinero, fiados en la intervención armada de Inglaterra. Luego los contratistas: Estos hacían su agosto con la amplia circulación del cuño de John Bull, quien pagaba lo que le pedían por las necesidades de sus buques y marinos. Los contratistas consideraban como un baldón al honor nacional de Inglaterra que la guerra se terminara sin la deposición del detestable Rosas. Los nativos de la ciudad eran pocos, principalmente tenderos y empleados de las casas inglesas, y sus opiniones no se tenían en cuenta. El resto de la población se componía de bascos, italianos y negros libertos.

La nueva misión asignada al Alecto fue la conducción a Buenos Aires de Mr. Hood, que se realizó el 30 de agosto. Mr. Hood desembarcó inmediatamente para una conferencia con Rosas.

Singular fué en la circunstancia la situación del Alecto. Rodeado en la rada de barcos ingleses ocupados en el bloqueo, su bandera blanca lo ponía en libre comunicación con la capital del país al que durante seis meses había combatido incesantemente.

Mientras alsrunos oficíales del Alecto estaban paseándose en tierra, en las baterías que protegen el frente del río, una pequena embarcación trató de forzar el bloqueo recostándose a la orilla. “ Los botes del Firébrand, uno de los bloquea dores, se adelantaron inmediatamente y hubo mucho tiroteo, acercándose los perseguidores a la ciudad hasta que las baterías rompieron fuego sobre ellas.

Congregóse mucha gente a presenciar el episodio,... y cualquiera supondría, que había de ser violenta su exasperación contra este insulto a su capital. Pues bien, los oficiales del Alecto, que se encontraron en medio de ellos y que se daban buena cuenta de la peculiaridad su situación, aseguran que no hubo el menor síntoma, de hostilidad”.

Mackinnon habló con varias comerciantes y supo con la consiguiente sorpresa, que “el bloqueo no les ocasionaba inconveniente alguno. La mayor parte de los artículos de lujo y necesidad eran  muchos mas baratos v abundantes en B. A. que en Montevideo: y en definitiva, el bloqueo tan sólo lo era de nombre. Al principio habían tenido ciertamente algruna dificultad en exportar los productos de bulto como cueros, sebo, etc.; pero habían concluido por pasarlo todo por Montevideo, sea por contrabando, sea sobornado a las autoridades de esa ciudad con el provecho de los derechos de aduana hasta obtener la admision. Rosas mismo envío varios cargamentos a Inglaterra y otros países a través de la aduana de Montevideo”.

Después de varios días el enviado británico se reembarcó en el Alecto, terminada su misión, que constituyó un fracaso y una gran desilusión para cuantos deseaban el fin de esta guerra estéril y ruinosa.

Y al mes siguiente, habiéndose enfermado Mackinnon, emprendió el regreso a su tierra en el bergantín Dolphin, después de una estada en el Plata que no alcanzó en total a un año y actividades accidentadas que le dieron más oportunidad de ver, desde la cubierta del Alecto, que de entrar en relación con hombres y cosas.

Nos hemos limitado a condensar los relatos del autor, sin comentarios. Diremos ahora que algunos de sus juicios se nos antojan superficiales, como que el tiempo fué poco, escaso el c¡ontacto con la gente del país y joven el escritor (no nos da su grado, pero debía ser teniente; a los dos años, en 1848, era commander o cap. de fragata.). Es visible el cambio que van subiendo sus ideas acerca del personaje central de la cuestión del Plata, cuya implacable tenacidad concluye por imponerse a dipllomáticos y almirantes pese a todas las crueldades y violencias de su sistema de gobierno.

Otra conclusión a que llegamos es a que la guerra de vapores en el Paraná terminó con el triunfo de Rosas, ya que el descenso del gran convoy demostró con sus peripecias que, lejos de quedar abierto el río, como lo proclamaron  los aliados después de Obligado, su navegación se hacía de día en día más peligrosa. El envío del convoy no se repitió, y las operaciones fluviales quedaron virtualmente terminadas.

Del prólogo del libro extraemos este parangón entre Buenos Aires y Montevideo, que resume todo lo visto y oído al respecto por su autor, o sea su juicio al terminar la permanencia en el Plata:

" Chocante era el contraste. En Montevideo con toda la civilización que se supondría traída por los jefes, militares y civiles, de las dos grandes potencias europeas, la ciudad era excesivamente sucia y la policía peor que inútil; constantemente cometíanse crímenes en pleno día, así contra los habitantes como contra marineros y soldados europeos.

En Buenos Aires, por lo contrario, reinaba la mayor seguridad de vida y propiedades; lia policía estricta y eficaz hacía que la ciudad resultara tan segura, sino más, que las calles de Londres. Un gobierno vigoroso imponía el debido respeto a las leyes; y los oficiales britanicos se sentían no sólo más seguros en sus personas, por más que estuvieran en ciudad enemiga, sino aún tratados con más cortesía que en Montevideo. Sean cuales fueren las fallas de Rosas, él puede jactarse de que su ciudad es la del orden y seguridad, mientras que Montevideo, bajo otras influencias, es presa de la anarquía”.

Cierra el marino inglés su libro con un corto epílogo que resulta ambiguo por lo extraño al tema tratado pues se resume en el consejo a los oficiales jóvenes de tratar humanamente al subalterno, “como se ha practicado con el mayor éxito en la escuadra del Paraná”. Nos inclinamos a considerarlo como una crítica muy velada a la política errónea de las potencias europeas en el Plata: “ ... Si miramos hacia atrás en la vida y analizamos la causa de todo mal que nos haya ocurrido, encontraremos generalmente alguna falla de nuestro propio temperamento...."

 

 

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