Historia y Arqueología Marítima

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Una expedición de mujeres españolas al Rio de la Plata, en el Siglo XVI

por Enrique de Gandía-Publicado en dos capitulos en la revista Yachting Argentino, 1944


Hemos escogido, para la conversación de hoy, un hecho histórico de la época de Irala, relacionado con la expedición de Diego de Sanabria, que parece arrancado a una de aquellas novelas de aventuras que todos nosotros leimos en nuestra juventud y tal vez hayan contribuido a hacernos amar las historias heroicas de los conquistadores de nuestra América.

El episodio que vamos a referir aún no ha sido analizado en sus detalles. Su fondo sólo interesará a los eruditos. Su forma ofrecería un argumento para un novelista de fantasía. En cuanto a su importancia histórica, diremos, simplemente, que señala —a nuestro juicio— la fecha del comienzo de la colonización rioplatense y que explica el origen de numerosas familias patricias argentinas y paraguayas.

Se trata de una verdadera expedición de mujeres españolas al Río de la Plata en el siglo XVI. Hecho de por sí rarísimo en la historia de la América Hispánica, pues los monarcas esp
añoles, no sólo no fomentaban la emigración al Nuevo Mundo de las mujeres peninsulares, sino que prohibían, por medio de Reales Cédulas, como por ejemplo en el caso de la expedición de Gaboto, que embarcaran mujeres en las naos de los descubridores.

Más tarde, cuando las damas españolas comenzaron a cruzar el Océano en forma regular, para ir al encuentro de sus maridos o de novios desconocidos que las esperaban en ciudades fantásticas, perdidas entre selvas y rodeadas de indios, la Casa de la Contratación de Sevilla tuvo especial cuidado de que las carabelas no admitiesen mujeres de vida airada, de las cuales Cervantes decía —tiempo después, en el “Celoso Extremeño”— que América estaba llena: “añagaza general de mujeres libres...”.

Por el contrario, en los mismos siglos, las colonias americanas francesas e inglesas, se veían aumentadas, periódicamente, con cargamentos de mujeres que eran la escoria de los bajos fondos de Londres y de París. No es éste el momento de dedicarnos al estudio de la colonización de Inglaterra y de Francia en el Nuevo Mundo.

Todos recordamos, entre nuestras lecturas de los dieciocho años, el triste romance de “Manon Lescaut”, del Abate Prevost, que en substancia, al referir cómo se recogía y enviaba a América las mujeres perdidas, tiene más historia que novela.

Pasaremos cuanto antes a describir, en breves trazos, el género de vida que se llevaba en la Asunción después de la expulsión de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, a principios de la segunda mitad del siglo XVI, cuando los españoles del Paraguay, sin frenos capaces de librarlos de las tentaciones de las bellas guaraní, se condenaban el alma con aquellas infieles de las cuales cada uno poseía treinta, cuarenta y aún más, según las indignadas relaciones de los contados puritanos de aquel entonces, que sólo disfrutaban de media docena de indias.

Todo ésto ocurría porque en la Asunción casi no había mujeres blancas, españolas.

Martín del Barco Centenera, en el Canto IV de su poema “La Argentina”, relata que al aproximarse la armada de Don Pedro de Mendoza a las islas Canarias se desencadenó una tormenta y que entonces “el sexso femenil y lacrimoso — Levanta hazia el cielo bozería”. En un documento de mayor autoridad que el poema del discutido Arcediano, Doña Isabel de Guevara recuerda que con Don Pedro de  Mendoza “habernos venido ciertas mugeres” y que cuando Ayolas remontó el Paraná, las mujeres cuaraban a los conquistadores “y les guisaban la comida, trayendo la leña a cuestas de fuera del navio, y animándolos con palabras varoniles, que no se dejasen morir, que presto daría en tierra de comida, metiéndolos a cuestas en los bergantines, con tanto amor como si fueran sus propios hijos”.

No obstante, estas mujeres eran muy pocas: unas, esposas de conquistadores; otras, criadas y amigas caritativas de los nostálgicos expedicionarios.

En nuestras lecturas de documentos relacionados con la historia colonial rioplatense, hemos podido reunir los nombres de algunas conquistadoras que acompañaron al magnífico Adelantado Don Pedro de Mendoza. •

Por todos nosotros conocidas son la Isabel de Guevara, cuya pintoresca misiva a la Reina Juana hállase en la monumental colección de las “Cartas de Indias”; la heroica Maldonada, cuya leyenda fué creada por Ruy Díaz de Guz-mán sobre el episodio del esclavo Androclés, que refiere Aulo Gelio en sus “Noches Aticas”, y por último la desdichada Ana, de la cual cuenta Centenera que durante el hambre de Buenos Aires, vióse obligada a vender su cuerpo por una cabeza de pescado.

Otras mujeres, de existencia más real que las protagonistas de Guzmán y de Centenera, figuran en el Pleito de Juan Osorio, y ellas son una tal Catalina Pérez, “muger de Hernando de Mérida, labrador, vecina de la isla de Tenerife”, según su propia declaración, de veintisiete años, que había embarcado para servir a Don Pedro de Mendoza, y una Elvira Pineda, vecina de Triana, que había sido criada de Juan Osorio.

Estas mujeres no pasaron al Paraguay. Regresaron a España con Don Pedro, junto con una tal María Dávila, que Mendoza recuerda con cariño en su testamento, diciendo que la tal María, a la cual sin duda él debió haber contagiado el mal que entonces los italianos llamaban “francés” y los franceses “de Nápoles”, “va doliente en esta nao” y que “en llegando a Sevilla” le sea dado “lo que les pareciere para que se pueda curar...”.

Con la llegada de Alvar Núñez al Paraguay aumentaron en unas pocas las mujeres blancas.

Nosotros hemos podido rastrear la existencía de contadas mujeres españolas en documentos del Archivo Nacional de la Asunción.

En una causa seguida a Julián López por desafío a Francisco Gambarrota, se descubre una mujer, cuyo nombre no se cita, que según la declaración de Francisco Gambarrota, estando en la isla de Santa Catalina, rogaba a todo el mundo que dijesen a Su Señoría, el Adelantado Alvar Núñez, que "no quería ni podría servir, y que si pensara estar más ocho días en la dicha isla, que más tuviera por bien de se ahogar en la mar que estar allá, y que por ésto el dicho Julián López tuvo el enojo con este testigo...”. * »

Una tal Leonor Sotelo, "que por otro nombre —dice su padre en su testamento— se llama agora Teresa de Soleto”, fué desheredada en la Asunción el viernes, treinta de enero de 1542, porque "se ha casado y casó escondidamente contra su voluntad y le ha dado (a su padre) grandes trabajos y desasosiegos por cumplir la suya y en todo le ha sido desobediente”, por lo cual, "dende agora para siempre jamás la desheredava y desheredó de todos los vienes que como tal su hija podrá haber y pretender...”.

Pero Hernández, en las declaraciones prestadas en Madrid el 7 de septiembre de 1547, con motivo del pleito y proceso de Alvar Núñez, refiere que "Hernando de Sosa, que era de la guarda que le dava de comer (a Alvar Núñez. mientras éste se hallaba preso en la Asunción) e lo tenía a su cargo, e una mujer que le guisaba. que se dize ysabel de quirós, dixeron que avían sido rogados e requeridos por domvngo de yrala. vizcaíno, que le echasen poncoña en la comida, e la dicha ysabel de quirós lo dixo a este testigo, e que por no lo aver querido azer la quería mal...”.

Esta Isabel de Quirós habitaba "dentro de las casas de Hernando de Ribera”, como consta en una "Información” que se levantó en la Asunción el 16 de julio de 1544 para averiguar quién había entregado una carta a Alvar Núñez, que entonces se hallaba prisionero. Por la declaración de Pedro de Oñate sabemos que a ella se había dirigido un paie de Alvarez Núñez llamado Pedro Conejo, huido luego al Brasil, el cual le había dicho que "sy quería escrevir a españa, que él le llevaría la carta, e que ella le respondió si estava loco, que por donde aví de yr, y que él le tornó a dezir que escriviese si quysiese que él le llevaría la carta...”.

La última mujer española de la cual, por este tiempo, tenemos noticia, es una que aparece mencionada en la "Información” que en contra de Felipe de Cáceres levantó en la Asunción el Obispo Fray Pedro Fernández de la Torre. Los testigos declaran concordes que Cáceres "estuvo amancebado con una mujer española mucho tiempo e que él enviaba por ella a su casa e que gastaba mal e daba por esclabas a yndias...”. El testigo Alonso de Segovia, presbítero, confirma que "oyó públicamente decir quel dicho Felipe de Cáceres tuvo cuenta e conversación con la dicha mujer española antes que fuese casada e después de casada mucho tiempo e que la dicha mujer se lo dixo a este testigo como el dicho contador la tenía, e que una tarde puesto el sol este testigo venía con otros dos amigos suyos que salía de casa del dicho Felipe de Cáceres e que encontró con dos hombres que llevaban a la dicha mujer a casa del dicho Felipe de Cáceres siendo ya casada, e que después dende a buenos días oyó dezir este testigo que una noche viniendo su marido desta mujer a su casa de fuera no la halló en casa e que supo cómo había o estaba en casa del Felipe de Cáceres e que la llevaron a casa de otra mujer casada e que vió este testigo al dicho capitán Domingo de Irala e al capitán Juan de Salazar meterse en las amistades e que a este testigo le llamó el dicho capitán Domingo de Irala para que se fuese con él e que fué e vió al dicho hombre casado que tenía una dagra para matar a su mujer por lo que dicho es...”.

Por el testigo Pedro de Esquivel sabemos que la noche que el "hombre casado” no halló a su mujer en su casa, "otro día se la trajo Domingo de Irala e los metió en paz después de haberlo amenazado que no le hiciese mal...”.

No sabemos de otras mujeres españolas que viviesen en el Paraguay y pudieran, en consecuencia, ser las esposas de algunos de los seicientos cincuenta hombres que, según nuestros cálculos, habitaban por aquella época en la Asunción.

Una tal Ana de Salazar, natural de Granada y posiblemente parienta del Hernando de Salazar que llegó años más tarde en la expedición de Diego de Sanabria, se ahogó en el Río del Paraná, el día de Todos los Santos del año 1542, cuando una barranca cayó sobre la galera en que venía Felipe de Cáceres, acompañando los demás bergantines de Pedro Estopiñan Cabeza de Vaca, que llegaba al Paraguay remontando el Paraná (Cf. la "Relación sacada de la probanca hecha por parte de los Oficiales Reales en el pleyto que tratan con Alvar Núñez sobre las causas sobre que le prendieron ’, del año 1543, inédita).

En este naufragio, que fué comentado durante largos años por todos los pobladores de la Asunción, se ahogó también una tal Luisa de Torres, “enamorada, difunta, que Dios perdone...”. Así la recordaba, nostálgicamente, el 5 de enero de 1543 —-en un documento del Archivo Nacional de la Asunción— el apuesto Sebastián de Valdivieso, que se presentó a reclamar algunas ropas que había dado para lavar a esa pobre mujer.

Ño es de extrañar, por lo tanto, que con una escasez tan grande de mujeres blancas, y una abundancia tan increíble de jóvenes indias — que según uno de aquellos conquistadores sólo se diferenciaban de las mujeres de España en que iban desnudas— el propio Domingo de Irala y todos los soldados del Paraguay entretuviesen sus ocios con el mayor número posible de mujeres guaraní, hasta el extremo de que bien pronto la Asunción fué denominada por sus mismos pobladores el Paraíso de Mahoma.

Ahora bien: a fin de que se comprenda el porqué de la expedición, o remesa, de mujeres españolas que constituye el tema de esta conversación, hemos de recordar, rápidamente, no la “Memoria” de Pedro Hernández, ni tampoco los datos contenidos en las “Cartas de Indias”, por todos nosotros conocidos, sino probanzas y relaciones, hasta ahora inéditas, que, inexplicablemente, permanecen olvidadas en los archivos.

Alvar Núñez, el mortal enemigo de Irala, no es el único testimonio que nos dice en su "Relación General” que los conquistadores de la Asunción vivían con docenas de indias a la vez. Martín González confirma las cifras de Alvar Núñez en diversas de sus Cartas; y Francisco González Paniagua, en un documento inédito del 18 de febrero de 1545, escribe que "acá tienen algunos a setenta” (mujeres) y que "sino es algún pobre, no hay quien baje de cinco e de seis; la mayor parte de quince e de veynte. de treynta e cuarenta”. En el mismo año, el 25 de febrero. Alonso Angulo refería a Juan Távira que “hay algunos entre nosotros que tiene a veinte y a treinta y a cuarenta y de adelante, hasta sesenta (indias')...”.

En un extenso "Memorial”, hasta la fecha inédito, que se conserva en el Archivo de Indias, el clérigo Martín González, generalizando los casos aislados, acusa a los conquistadores de la Asunción de quemar a algunas indias con tizones, haciéndoles ciertas crueldades que no nos atrevemos a descubrir, y a otras "tienen colgadas de los pies y las dan humo a las narices...”.

Agrega el clérigo González, que: "visto por estas mugeres que los españoles las tratan tan mal, de muy aburridas y como gente que no tiene tanto entendimiento como conviene, muchas determinan de matarse a sí propias, unas comiendo tierra, otras ceniza y carbones y pedazos de ollas y platos y otras no comen ni beben por acabar la vida más pronto; otras se van a los bosques y se desesperan con cuerdas, y viendo ésto algunos de los españoles las meten en unos cestos grandes con cuerdas colgadas en alto, y allí les dan que hilen y trabajen y duerman, y así están apartadas, de donde no pueden comer tierra ni lo demás...”.

El origen de estos males no podemos achacarlo a los sentimientos de los españoles, que se pervertían al llegar a estas tierras, sino al medio ambiente en que ellos vivían y que, hasta un cierto punto los hacía irresponsables de sus actos.(???!!) La explicación la hallamos en una Carta del clérigo Francisco de Andrada, del 1 de marzo de 1545 —tan poco conocida como los documentos que citaremos más adelante—. Francisco de Andrada, como si quisiera disculpar a sus feligreses, nos dice que "hallamos, señor, en esta tierra, una maldita costumbre: que las mujeres son las que siembran y cojen el bastimento, y como quiere que no nos podíamos aquí sostener con la pobreza de la tierra, fué forzado tomar cada cristiano indias destas, desta tierra, contentando sus parientes con rescates para que les hiciesen de comer”.

Si bien es cierto que en la Asunción se vivía en un continuo sobresalto a causa de los disturbios políticos y de los posibles levantamientos indígenas, también es verdad que todas las delicias de aquellas tierras paradisíacas, como la dulzura del clima, la facilidad de la vida y, sobre todo, la extraordinaria abundancia de mujeres, hacían que muchos conquistadores, que en su remota aldea española no pasaban de la categoría de gañanes, al verse dueños de un harem se olvidasen de su patria y de su familia, prefiriendo la muerte antes que abandonar aquel inimaginable Paraíso de Mahoma.

No es lo que acabamos de decir una deducción que nos pertenezca, pues somos unos convencidos de que la historia no puede tener más filosofía que la que fluye de los mismos documentos. Nuestras palabras repiten, en términos modernos, lo que con giros antiguos expresó un profundo observador de aquel entonces, Jerónimo Ochoa de Eizaguirre, en una Carta al Rey del 8 de marzo de 1545:

“Es tanta la desvergüenza y poco temor que hay entre nosotros en estar como estamos con las indias amancebados, que no hay Alcorán de Mahoma que tal desvergüenza permita, porque si veinte indias tienen cada uno, con tantas o las más del la creo que ofrenda, que hay hombres tan encenegados que no piensan en otra cosa, ni se darán nada por ir a España, aunque estuviesen aquí muchos años, por estar tan arraigados en nosotros este mal vicio...*'.

Todas estas noticias y gritos de alarma se divulgaron en España cuando en el año 1545 llegaron a la Península el ex Adelantado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, el escribano Pedro Hernández, los Oficiales Reales Alonso Cabrera y Garcí Venegas, el procurador de los pobladores de la Asunción. Martín de Orue, y otros conquistadores de la Asunción que a más de distribuir las numerosas cartas y relaciones de la gente que quedaba con Domingo de Irala, prestaron largas y emocionantes declaraciones en las formidables probanzas con que comenzaron a combatirse, en un pleito interminable, Alvar Núñez y los Oficiales Reales.

Martín de Orue también se preocupaba en obtener numerosas Reales Cédulas que reglamentasen el buen gobierno de la Asunción: Cédulas interesantísimas que nosotros extractamos en nuestra “Historia de la Conquista del Río de la Plata y del Paraguay” y que aún permanecen inéditas, por falta de un Editor o Institución que quiera ordenar su publicación.

El piloto Juan Sánchez de Vizcaya, que lo mismo que el ordúñez Martín de Orue no olvidaba a sus compañeros vizcaínos abandonados entre las selvas del Paraguay, presentó en Madrid, el 19 de noviembre de 1545, una extensa “Relación” en la cual, refiriéndose a “la gente que en aquella tierra queda con muy gran peligro... e más de quince mil naturales convertidos a nuestra santa fé católica”, hacía observar al Rey que “si su magestad no manda proveer aquella tierra para el tiempo que piensan ser proveídos, pensando que el navio que vino no llegó a salvamento, pensarán de nunca ser socorridos, por donde los indios de toda la tierra se pueden juntar contra los cristianos y echarlos de la tierra...”.

Por estas razones, la Casa de la Contratación pensó en seguida en una expedición de socorro al Río de la Plata, la cual, a más de llevar un Gobernador que substituyese a Alvar Núñez, y las Reales Cédulas cuya promulgación había tenido Martín de Orue, conduciría también un cargamento de buenos colonos y honradas doncellas. Esta expedición colonizadora debía distribuir un poco de paz en aquel “pueblo de más de quinientos hombres y de más de quinientas mil turbaciones”, como había llamado a la Asunción Jerónimo Ochoa de Eizaguirre en su Carta al Consejo de Indias del 8 de marzo de 1545.

De este modo tuvo su origen la capitulación formada con Juan de Sanabria, en la villa de Monzón, el 22 de julio de 1547.

En esta Capitulación, Juan de Sanabria, como flamante Gobernador y Adelantado del Río de la Plata, se comprometía a llevar en sus naos cien hombres casados con sus mujeres e hijos, otros doscientos cincuenta solteros, “y si quisieredes llevar otros ciento y cincuenta lo podáis hacer”. Además, se obligaba a fundar un pueblo en la costa de Santa Catalina y otro “a la entrada del Río de la Plata”, teniendo su gobernación doscientas leguas sobre el Río de la Plata, con parte del Brasil, y la Mar del Sur, las cuales debían comenzar a contarse desde el grado treinta y uno hacia la línea equinocial. Pero al día siguiente de firmada la Capitulación, el Rey expidió una Real Cédula a Juan de Sanabria concediéndole el permiso de llevar ochenta hombres casados con sus familias al Río de la Plata, en vez de los cien a que estaba obligado, y que en lugar de los casados que dejaban de ir, llevase veinte doncellas.

Así se planeó y originó la primera remesa de mujeres solteras al Río de la Plata.

Es sabido que Juan de Sanabria no pudo emprender su ansiado viaje porque la muerte se lo impidió.

Su hijo, Diego de Sanabria, de acuerdo con lo estipulado en la Capitulación de su padre, heredó todos sus derechos y obligaciones, los cuales le fueron confirmados desde Valladolid el 12 de marzo de 1549.

Mientras Diego de Sanabria preparaba su expedición, el Rey nombró Gobernador interino del Río de la Plata, en la Villa de los Cigales,' el 25 de octubre de 1549, al Licenciado Alaníz de Paz; y el 8 de enero del año siguiente le ordenó que “vuestra ida sea con toda brevedad en los dos navios que al presente están puestos para aquella provincia”, pues “soy informado que vos la dilatais”.

Pero tampoco pudo hacerse a la vela el flamante Gobernador Alanís de Paz.

Por una Real Cédula del 11 de marzo de aquel mismo año de 1550, dirigida a Don Francisco Mejía, Fiscal de la Casa de la Contratación, sabemos que los dos barcos en que un tal Juan de Aramburu llevaba al Río de la Plata a Alanís de Paz y al primer Obispo del Paraguay, Fray Juan de Barios —que nunca llegó a hacerse cargo de su puesto— no pudieron levar anclas, pues en ellos se había embarcado más gente de la registrada y la que “enviaba era escandalosa y tal que no convenía a nuestro servicio que pasase a la dicha provincia”.

Por todas estas razones, Juan de Salazar, nombrado Tesorero del Río de la Plata, en Madrid, el 23 de mayo de 1547, tuvo que adelantarse a Diego de Sanabria y a Alanís de Paz y partir de San Lúcar el 10 de abril de 1550 como capitán de una nao y dos carabelas. En estos navios habían embarcado trescientas personas, “entre las cuales venían cincuenta mujeres casadas y doncellas”, la madrasta del Adelantado Diego de Sanabria, que quedaba en España, Doña Mencía Calderón, con sus hijas Mencía y María, y otras damas que veremos figurar más adelante.

Hay sobrados fundamentos para suponer —y también afirmar— que estas mujeres eran todas honestas y de buenas familias y que entre ellas no había ninguna aventurera. Ya hemos dicho que a Alanís de Paz no se le permitió hacerse a la mar porque en su navio había embarcado “gente escandalosa”. Dos años después de la partida de Salazar, en 1552, Diego de Sanabria, que siempre en España seguía preparando su viaje al Paraguay, recibió un Memorial, fechado el 26 de junio y firmado por el Secretario Juan de Samano, en el cual se le mencionaba diez y seis “personas que su magestad manda que no pasen al Río de la Plata” y “los que pasaban sin licencia en los navios de Miguel de Aramburu y se ha de tener aviso para que no tornen a pasar”.

Es interesante recordar que entre las diez y seis personas cuyo viaje al Río de la Plata se prohibía, hay doce de apellidos vascongados y otras como un “Lope Cabezón, clérigo, que yba en hábito de soldado”, varios casados que pretendían embarcarse sin sus mujeres (tal vez para librarse de ellas se animaban a hacer el viaje a América), “un fulano Montaño, vecino de ciudad Rodrigo, y una mujer que llevaba consigo en hábito de hombre”.

Volviendo a la expedición mandada por Salazar, hemos de referir que llegó sin novedad a la isla de la Palma, donde las cincuenta damas y doncellas comenzaron a gustar de las emociones del viaje presenciando una sublevación a bordo, que si no hubiese sido por los buenos oficios de Hernando de Salazar —en cuya información de méritos y servicios hállase referido este hecho"— habría terminado con la deposición del jefe. Sosegados un tanto los ánimos, aquellos tres navios de colonos y damiselas partieron de la isla de la Palma el 15 de junio de 1550 y se dirigieron a las costas de Guinea en busca de vientos favorables. Pero “una noche tormentosa” —recuerda Hans Staden en sus memorias— desaparecieron las dos carabelas por lo cual —ahora es Salazar quien habla— “quedé solo con la capitana y conmigo todas estas señoras y mugeres y donzellas y hasta cien hombres, los más gentes del campo”.

En las costas de Guinea, los expedicionarios descubrieron con terror que la escasa provisión de agua dulce ya no bastaba para apagar la sed, pues eran muchos días que “venían a cuartillo para cada persona”. Además, se hallaban perdidos frente a las costas de Africa, sin saber a qué altura estaban ni qué ruta debían tomar. La situación era en verdad desesperante y es de imaginar los rezos que todas aquellas damas y doncellas elevarían al cielo para salvarse de semejante perdición.

En estas circunstancias, la Virgen del Buen Aire pareció apiadarse de aquella buena gente haciéndoles aparecer en el horizonte, el día 25 de julio, un navio que rápidamente se les aproximó ganando el barlovento.

Juan de Salazar, los oficiales y todos los tripulantes, decidieron, de común acuerdo, esperar aquella nao para recibir de ella alguna ayuda y saber en qué latitud se hallaban. Así lo hicieron, mas el navio misterioso, con las velas henchidas, detúvose en frente del español y levantó en la popa una bandera “con una cruz blanca en campo azul ques la ynsínia de Francia”.

¡No era un amigo, sino un corsario francés que los robaría y tal vez mataría a todos!

Hernando Campos, en la Información de Hernando de Salazar, hecha años después en Santa Cruz de la Sierra, el 29 de diciembre de 1562, recuerda que entonces los españoles intentaron huir; pero que ello fué materialmente imposible; y el propio Juan de Salazar, en una Carta, todavía inédita, fechada en la laguna del Mbiazá, el 1 de enero de 1552, refiere que la nao francesa “se levantó y arribó sobre nosotros, con muchas trompetas, vanderas y atambores”, aterrorizando con sus disparos de artillería a las inocentes damiselas, y que sólo cuando los franceses, con gran sorpresa oyeron “los lloros y gritos de las mugeres y niños” y vieron “cuan mal les respondíamos, porque ni había artillería ni diez arcabuces, dejaron de tirar y quisieron saber qué gente éramos...”.

Es difícil, aún para los historiadores, revivir el estado de ánimo y las emociones de los hombres que actuaron en épocas tan alejadas de la nuestra, pero en este caso no se precisa mucha sutileza para imaginar cómo debieron sorprenderse los corsarios franceses al darse cuenta de que habían apresado un cargamento de damas que se dirigían al Paraguay.

Juan de Salazar, en sus Cartas citadas, escri be que los franceses se adueñaron de un batel que en aquellos momentos él había despachado a la costa vecina a aprovisionarse de agua; pero por otros testimonios menos interesados en evitarse responsabilidades, se sabe que cuando los españoles se vieron en manos de los franceses, acordaron enviar una pequeña delegación al navio enemigo, compuesta por un genovés llamado Bernardo de Vivaldo, que entendía muy bien la lengua francesa, y otros soldados, a pedir que les dejasen proseguir su viaje en santa paz.

Mientras ésto ocurría “diónos la noche en rostro”, circunstancia que el navio español aprovechó para ganar al francés el barlovento y ponerse en condiciones de poder huir, sigilosamente, dejando abandonados en poder de los franceses a Bernardo de Vivaldo y a los demás soldados españoles; pero Hernando de Salazar se opuso tenazmente a ello, alegando que “no era de caballeros ni cumplían con sus honras” cometiendo esta traición, y que más valía “que se perdiesen las haciendas y no perdiesen sus honras...”.

De este modo, entre agrias discusiones de unos que pretendían huir y otros que se negaban a abandonar a sus amigos, llegó la mañana.

¡Triste mañana aquella para los pobres españoles y las pavoridas doncellas, perdidos frente a las costas de Guinea, sufriendo los horrores de la sed y en poder de corsarios que podían atentar al honor de las damas y degollar a los conquistadores!

Pero una vez más se puso de relieve la amabilidad de los franceses, que aunque corsarios no dejaban de ser galantes con las señoras, y la hidalguía de los españoles, que preferían perder la vida antes que permitir que se mancillase el honor de las doncellas.

El Capitán Juan de Salazar y el piloto del navio, Juan Sánchez de Vizcaya, se trasladaron en una chalupa a la nao francesa y allá hicieron sus capítulos, conviniendo que los franceses se apoderarían de todos los bienes de los españoles; pero que no tocarían ni el honor de las mujeres ni las armas de los soldados.

Así se hizo. Transbordaron los corsarios al navio español y mientras las damas y damiselas se agrupaban atemorizadas y silenciosas, ahogando los sollozos, en la popa del navio, los franceses pillaban todo lo que hallaban a la mano.

Un testigo de la Información de méritos y servicios de Hernando de Salazar, nos refiere que éste “se puso con sus armas a la boca del cotillón, adonde estaban aquellas señoras, para ampararlas”, y que al ver que un francés quería desmandarse tomando “cierta hacienda de aquellas señoras el dicho capitán Hernando de Salazar saltó con él con sus armas y defendió que el dicho francés no tocase a aquellas ny a sus haciendas y trató mal al dicho francés que se desmandó, y que en ésto le parece a este testigo que el dicho capitán Hernando de Salazar puso su persona en riesgo por estar como estaba entre sus enemigos...”.

Después de ésto, los franceses, capitaneados por un tal “Escorce” —un normando que por lo que pudieron entender los españoles, navegaba a las órdenes de un Francisco Martín que vivía en la Rochela— hicieron un gentil saludo a las damas y damiselas, y bajo la mirada altiva y fiera de los españoles, se volvieron a su navio, dejándolos a todos por completo desamparados y tan perdidos como antes.

Según una Información inédita que Doña Mencía Calderón levantó ante Juan de Salazar el 14 de agosto de 1550, para probar cómo viniendo en el patax San Miguel habían sido robados por un navio francés, todos los tripulantes masculinos no salvaron de su equipaje más que lo que traían puesto.

Juan de Salazar, en su Carta fechada en el Puerto de Santos y San Vicente, el 25 de junio de 1550, recuerda tristemente que cuando por fin se vieron libres de los corsarios franceses, anduvieron navegando muchos días por debajo de la línea del Ecuador, “sin saber el piloto dónde estaba, por no tener en su carta de marear pintada la tierra de Santo Tomé”, y agrega, con una emoción en el estilo que él sin duda no sospechaba, que así navegaron “como gente perdida y desesperada de ver jamás tierra... .

Abandonados en pleno Océano, sin un mapa en que figurasen las costas del Brasil, sin agua y sin provisiones, aquellos hombres y aquellas mujeres pensarían en la patria lejana, maldiciendo el instante en que resolvieron buscar fortuna en las misteriosas y remotas selvas del Paraguay.

Durante aquellos largos y sofocantes días del Trópico, en que la nao, lentamente, avanzaba al azar, llevada por cálidas brisas, casi imperceptibles, aquellos hombres y aquellas mujeres, cuyos ensueños de felicidad parecían ir al encuentro de una muerte ignorada y horrorosa en la soledad del Océano, se consolarían mutuamente diciéndose dulces palabras de cristiana resignación. Luego, durante las noches estrelladas, en que la opalescencia lunar crea sobre las aguas todo un poema de fulgores, dejarían volar la imaginación hacia las costas cuya proximidad presentían, aferrándose, por instinto, a un hilo de esperanza que les hacía comprender que no podían morir de aquel modo, de hambre y de sed, perdidos en la inmensidad del mar.

La prolongada navegación, tan rica en dolores y emociones, debió realzar en la ilusión de los hombres la belleza de aquellas mujeres, de las cuales cada caballero habíase erigido en protector, compartiendo sus sobresaltos y sufrimientos.

Así nacieron no pocos amores, que más tarde se resolvieron en promesas de matrimonio cuando el patax “San Miguel”, como por un milagro hecho a intercesión de Nuestra Señora, llegó el día de su fiesta, el 8 de septiembre de aquel año de 1550, a la isla de Año Bueno, a unas treinta leguas de Santo Torné.

Pasado el peligro de morir olvidados en pleno Océano, aquel centenar de hombres y aquellas cincuenta mujeres debieron afrontar nuevos obstáculos antes de llegar a la isla de Santa Catalina y ponerse en marcha, tierra adentro, rumbo al Paraguay.

Cincuenta días estuvieron en la isla de Año Bueno, embarcando agua y provisiones, y de allí navegaron otros tres meses hasta la isla de Santa Catalina. Hans Staden, el único arcabucero alemán de aquella expedición, recuerda en sus memorias que cierta vez creyeron “que debíamos perecer sobre las rocas” —tan grande era la tormenta que estaban pasando— y que entonces hicieron una balsa de barriles vacíos, pusimos la pólvora adentro, cerramos los agujeros con tapones y atamos encima nuestras armas”, para que, en caso de naufragar, los sobrevivientes hallasen “sus armas en la costa, adonde las olas debían echar los barriles... .

Por fin, el mismo día de Santa Catalina, del año 1550, llegaron a esta isla, donde hallaron un cristiano que vivía solo entre los salvajes. Se llamaba Juan Fernando —dice Hans Staden— “era un vizcaíno de la ciudad de Bilbao”. Además se encontraron con una de las dos carabelas que se habían separado de la nao capitana en las costas de Guinea. Esta carabela venía al mando de Cristóbal de Saavedra, hijo de Hernandarias de Saavedra, Correo Mayor de Sevilla. En cuanto al tercer bergantín, mandado por un caballero de Cáceres, llamado Juan de Ovando, nadie —dice Juan de Salazar en su carta del 1 de enero de 1552— “supo dar nuevas ni hasta la fecha no tengo nuevas de él”.

Por esta misma Carta se sabe el número exacto de hombres y mujeres que llegaron a la isla de Santa Catalina: ochenta hombres y “cuarenta mujeres doncellas y niños”.

Durante el viaje debieron morir unos veinte hombres y unas diez mujeres. Salazar agrega que no tenían “ningún médico, ni cirujano, ni barbero, ni medicinas, ni las sacamos despaña: cada día seremos menos...”.

Hans Staden recuerda que en este tiempo sufrieron “mucha hambre; tuvimos que comer lagartijas, ratones y cuantos animalejos podíamos conseguir...”.

No obstante, el amor se sobreponía a todas las penurias y enfermedades. Por la misma Carta de Salazar consta que en el Mbiazá, que era el antiguo Puerto de los Patos, un caballero de Plasencia llamado Hernando de Trejo, “hase casado con Doña María de Sanabria, hija de Doña Mencia Calderón y hermana del Gobernador Diego de Sanabria”.

Si quisiéramos dirigir nuestras investigaciones al mismo corazón de Hernando de Trejo, podríamos sospechar de los verdaderos sentimientos amorosos de este caballero, pues por un documento firmado por Ochoa de Luyuan-do y dado a suplicación de Juan de Salazar, el oficio de Alguacil de la Provincia del Paraguay debía corresponder a la persona que casase con Doña María de Sanabria.

Hernando de Trejo y la hija de Doña Mencía Calderón fueron padres, al poco tiempo y siempre en la costa del Brasil, de un niño que andando los años se hizo franciscano y llegó a ser el primer Provincial criollo de su Orden y tercer Obispo de Tucumán: nos referimos a Fray Hernán de Trejo Sanabria”.

También se llevaron a cabo en la costa del Brasil otros casamientos. Ruy Díaz Melgarejo, huido del Paraguay por ser amigo de Diego de Abreu y enemigo de Irala —hombre de una ferocidad ilimitada, del cual decía Tellez de Escobar que para hacerse temer de los indios les cortaba las narices— se enterneció a la vista de aquellas mujeres blancas que acababan de cruzar el Océano para enjambrar en el Paraguay, y se casó con Elvira Contreras, en tanto que la madre de esta joven, Doña Isabel, todavía en estado de merecer, se unió al fundador de la Asunción, Juan de Salazar. Otra hermana de Doña María de Sanabria —la casada con Hernando de Trejo—, también llamada Mencia, casóse con el sevillano Cristóbal de Saavedra.

Antes de proseguir la odisea de estas damas y caballeros en su viaje a la Asunción, creemos interesante recordar el triste fin que tuvo Doña Elvira Contreras, esposa de Ruy Díaz Melgarejo. Este sorprendió cierto día a su mujer con un clérigo llamado Juan Fernández Carrillo, ex confesor de todas aquellas damas durante el viaje a través del Océano, y los mató a estocadas. Ruy Díaz Melgarejo, cuarenta años después, en Santa Fé, por octubre de 1595, recordaba en su testamento, con dolor, a su pobre esposa, y al referirse a sus hijos, decía: “habidos en Doña Elvira de Carbajal, mi legítima mujer, ¡qué Dios haya!...”. En estas palabras, como advierte Groussac en una nota a “La Argentina” de Guzmán, se descubre “la mellancolía del perdón tardío y acaso del arrepentimiento .

Los esfuerzos que Juan de Salazar tuvo que realizar para llegar al Paraguay son dignos de toda una novela. Los resumiremos en pocas líneas.

De los dos navios que había en la isla de Santa Catalina, uno se hundió en la costa de la isla y el otro entrando por la barra del Mbiazá, por lo cual Salazar tuvo que quedarse allí y enviar a la Asunción a Hernando de Salazar. Este llegó al Paraguay “vísperas de Santiago” del año 1552, abriéndose el camino a través de los bosques con un machete en la mano y siguiendo el curso de los ríos Itabucú, Ubay y Paraná. Poco después llegó a San Vicente, procedente de la Asunción, el alemán Ulrich Schmidel. El primer historiador del Río de la Plata —que tal vez desde entonces pensaba escribir algún día su movidas memorias— y el fundador de la actual capital del Paraguay, de
bieron abrazarse llenos de emoción, pues ambos eran antiguos compañeros desde los tiempos en que habían embarcado en la poderosa armada, esfumada como un sueño, del desgraciado Don Pedro de Mendoza.

Sin embargo, Juan de Salazar, en su Carta inédita escrita en la Villa de San Vicente y Puerto de Santos, el 30 de junio de 1553, se refiere a Schmidel con poco afecto, diciendo: “...en esta nao que iba a Lisboa con azúcar (que por el propio Schmidel sabemos que se hizo a la vela el 24 de aquel mismo mes y año) va un alemán que vino de la Asunción que se llama Uz; (abreviatura de Ulrich) lleva uno destos esclavos y yo sé cierto lo ha de dar al piloto della que se llama Juan de León por su flete... El alemán dicen ha heredado diez mil ducados, e también ha sido llamado...”.

Después del naufragio del bergantín en la barra de Santos, Salazar logró que un flamenco de San Vicente, llamado Pero Rose, “que aquí tiene un ingenio de azúcar”, le prestase un carabelón pequeño” con el cual trajo a San Vicente a las mujeres y soldados que habían quedado en la isla de Santa Catalina. Luego Salazar se aprestó a emprender con todas aquellas mujeres el viaje a la Asunción; pero el Gobernador portugués Toml de Sosa, que acababa de llegar con cinco navios, quedóse prendado de aquellas damas españolas, les hizo dar cien ducadas de la hacienda del Rey de Portugal, “las mandó aposentar y honrar lo mejor que pudo”, y ordenó, al mismo tiempo, que ningún español pudiese salir de la población, so graves penas, “hasta tanto que él avisase al rey a la reyna de Portugal”.

Juan de Salazar, en su Carta escrita desde el Puerto de Santos y San Vicente, el 25 de junio de 1553, suplicaba al Rey de España “que no nos quedemos olvidados en esta tierra donde la mayor parte de los que en ella viven son malhechores desterrados de Portugal”.

El Consejo de Indias no echó al olvido la gente de Salazar detenida en el Brasil. El 9 de octubre de 1553, por medio de una Real Cédula, se recomendó a la Casa de la Contratación que todos los navios que fueren al Río de la Plata tratasen de recoger a Doña Mencia Calderón y a la gente que se hallaba con Juan de Salazar. También se encargó al Embajador español en Lisboa, Luis Sarmiento de Mendoza, que pidiese al Rey de Portugal la libertad de los españoles confinados en el Brasil. El portador de esta Cédula al Embajador Luis Sarmiento de Mendoza, fué un genovés llamado Bartolomé Justiniano, al cual se le entregó asimismo, entre otros documentos, el título de Gobernadonio de 1553, suplicaba al Rey de España “que no nos quedemos olvidados en esta tierra donde la mayor parte de los que en ella viven son malhechores desterrados de Portugal”.

Justiniano llegó a San Vicente, donde se encontró con Salazar, pero a pesar de su salvaconducto, los portugueses no le permitieron ponerse en viaje hacia el Paraguay. Entonces, Salazar tomó una resolución extrema, que el mismo nos relata en su Carta del 20 de marzo de 1556, escrita desde la Asunción. Combinó en secreto una huida de San Vicente con Ciprian de Goes, seis soldados portugueses y una docena de españoles. También formaban parte de esta curiosa expedición internacional mandada por un español, un genovés y un portugués, la mujer de Goes, la de Salazar, que era Doña Isabel de Contreras, dos hijas suyas y otras tres mujeres casadas.

No se sabe el destino que tuvieron muchas de las mujeres restantes. Algunas de ellas debieron adelantarse al Paraguay cuando Hernando de Salazar se dirigió a la Asunción. Otras vinieron con Hernando de Trejo, el cual llegó a la Asunción con un grupo de españoles y portugueses, varios meses después que Juan de Salazar, a mediados de 1556, y no pocas de ellas debieron quedarse en el Brasil, casadas con pobladores de aquella costa.

Cuando el Gobernador Tomé Sosa se enteró de la huida de Juan de Salazar, incitó a los indios tupí a que asaltaran a los españoles a unas doce leguas de Santos y San Vicente. Así lo hicieron los salvajes, poniendo gran espanto en la pequeña comitiva; pero el jesuíta Manuel de Nobrega, que tenía una reducción entre los indios, calmó a los tupí “diciéndoles que Dios se enojaría y así el Rey de Portugal”, si atacaban a los españoles.

La expedición, al cabo de cinco meses de grandes penurias, llegó al Guairá, donde Salazar, como dice él mismo en su Carta citada, se detuvo ‘‘a descansar las mujeres”.

Allí se encontraba el Capitán García Rodríguez de Vergara, que, desde dos años antes, se había dirigido a aquel lugar por orden de Irala para buscar metales preciosos. A los pocos días, Bartolomé Justiniano se adelantó a la Asunción con el título de Gobernador para Irala, llegando a la capital del Paraguay por el mes de septiembre del año 1555.

Juan de Salazar llegó con sus acompañantes un mes más tarde, Irala lo recibió amablemente, sin acordarse de sus desavenencias en tiempos de Alvar Núñez. Las damas y damiselas, bien curtidas por aquel viaje que había durado, desde la salida de España, nada menos que cinco años largos, no traían la belleza y las buenas maneras que tenían al partir; pero para los españoles de la Asunción, habituados a las indias medio salvajes del Chaco y del Guairá, aquellas mujeres blancas debieron parecer Vírgenes como las de los altares de las iglesias de España.

Todos apresuráronse a casarse con ellas, lavándose ahora de vez en cuando, cambiando los bruscos modales que habían adquirido con el trato de los indios, por otros más gentiles y amanerados, y tornando a pensar en los blancos coletos recamados que desde tantos años no habían vuelto a usar... En fin: aquellas mujeres fueron para los pobladores de la Asunción un hálito de vida que infundió en aquellos hombres nuevas esperanzas e ilusiones. Fueron un soplo de poesía para los románticos conquistadores, que a fuerza de chapurrear en guaraní habían perdido la costumbre de tratar con mujeres vestidas como Dios manda y referir a damas auténticas, en sonoro castellano, las bellas aventuras que su fantasía idealizaba.

La llegada providencial de aquellas mujeres representa la influencia civilizadora más grande que en aquellos años experimentó el Paraguay e inicia la era de la verdadera colonización.

 

 

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