Historia y Arqueología Marítima

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La goleta “Las damas argentinas" Corsario y pirata

Un relato ignorado.

por Emilio Catella, Publicado en el Boletin del Centro Naval y replicado en la rebista Yachting.


Existen todavía acontecimientos sobree nuestro pasado naval sobre Jos cuales se cierne un gran olvido, cuando no una ignorancia absoluta.

El esfuerzo de algunos cultores de ese pasado, nos ha dado ya a conocer muchos do tales acontecimientos, permitiéndonos así rendir nuestro tributo de justicia y admiración a más de un héroe del mar, cuya actuación se ignoraba hasta entonces. Otros, en cambio, esperan todavía que la mirada escudriñadora del investigador los saque del humillante olvido.

Nuestros archivos, junto a su nutrida información en algunos temas, presentan, en otros, una escasez de documentación como para desalentar al más paciente investigador. Tal acontece con algunos pasajes del período de nuestra historia naval conocido por la Guerra del Corso, notable, sin duda, por el valor y actividad que desplegaron sus protagonistas. Los que en ella actuaron, desde nuestro Gran Almirante hasta el último tripulante, supieron casi siempre hacer honor al pabellón que flameaba orgullosamente al tope de sus mástiles.

El hecho de actuar nuestros corsarios lejos de la Patria torna dificultosa la tarea de seguir su derrotero a través de los mares. Muchos se perdieron en las brumas oceánicas sin dejar más que precarias noticias en crónicas extranjeras, que nos merecen un crédito relativo, dado la escasa simpatía con que los neutrales — no se diga el adversario — les miraban y trataban.

Tal es el caso con un episodio en que figuró una goleta que se llamaba Las Damas Argentinas, de la que sabíamos únicamente que fué apresada por los ingleses a raíz de haber capturado al bergantín Carraboo o Carabao.

Cualquier investigació seria necesita un punto de partida, en este caso lo constituía un único documento de nuestro archivo informándonos indirectamente de su apresamiento. Después, a través de una larga búsqueda... nada.

Hay un refran popul;ar que los niños y los locos tienen suerte...tambien han de poseer el suyo los investigadores puescuando el desaliento me imponía la necesidad de levar ancla para rumbear a pasajes más accesibles, llega inopinadamente a mis manos una versión extranjera sobre el particular.

De inmediato devoré, más que leí, dicha versión, cuyo texto, en inglés, me produjo tantos sinsabores como la investigación misma. La primera y categórica conclusión a que arribé es que el concepto erróneo que sobre nuestros corsarios gravitaba en los comienzos del pasado siglo, se perpetúa en el actual, pues el autor de la crónica, un tal C. II. Snider, trata de piratas, lisa y llanamente, a todos los buques y tripulaciones amparadas bajo el pabellón de las Repúblicas de Buenos Aires o de Colombia. Si bien es cierto que tal calificativo se justifica en el caso que nos ocupa, ello no implica que sea justo englobar a todos nuestros corsarios y marinos de entonces en el mismo concepto.

Descartado este punto, me habia sido posible comprobar, previa consulta de libros, documentos y noticias de fuente autorizada, mucho de verdad en la narración de Mr. Snider, por cuya causa, extractando de ella lo que suponemos de mayor interés, y con el aporte de fuente nacional que he logrado compilar, me animo a ofrecer a los lectores del Boletín, la historia de la goleta Las Damas Argentinas, de su actuación y del desastroso fin que le cupo a su capitán y a 27 de sus 50 tripulantes

Historia y leyenda.

La isla de Saba es un pequeño volcán extinguido, en cuyo contorno las grandes profundidades hacen imposible el fondeo. Sus habitantes viven en la parte interior, o sea el cráter, y los buques que arriban pairean a sotavento del lugar, allegándose a ellos los nativos en sus ligeros esquifes. Estos nativos descienden en mayor parte de habitantes de Escocia y Devon-shire que después de la guerra de los Estuardos buscaron refugio en posesiones holandesas. Jamás les atrajo la piratería, y ello resulta asombroso dado que su isla constituyó durante los siglos 18 y 19 un nido de asociaciones piratescas, de las que se conservan muchas y extrañas tradiciones.

Aun hoy en día es común escuchar de labios de los nativos una conseja que — afirman ellos — no es tal sino un hecho rigurosamente histórico. Refiérese a un antiguo pirata que mantenía estrechas vinculaciones con los gobernadores y algunos comerciantes de Saba y San Eustaquio; el tal pirata comandaba una goleta velera que enarbolaba pabellón holandés cuando tropezaba con barcos de Su Majestad Británica, y el inglés cuando se cruzaba con embarcaciones del rey de Holanda. Después de ejercer su profesión con gran provecho durante largo tiempo, fué desenmascarado y apresado por las autoridades británicas, las que rápidamente lo juzgaron y ajusticiaron.

La ejecución se llevó a efecto en la rada de Basseterre, isla de San Cristóbal (que los ingleses llaman Saint Kitts), cosa que corroboran las autoridades de la misma, y en dicho lugar, al abrirse en 1916 cimientos para una gran fábrica de azúcar halláronse numerosos esqueletos, pertenecientes a los infortunatos piratas. Mr. John Simmons, jefe de correos de Saba, ha narrado en varias oportunidades con amplitud de detalles esta historia, asegurando poseer papeles y documentos de la época que atestiguan su rigurosa veracidad.

A raíz de haberse alejado el flamante Elisabeth of Saba, comenzó a causar extrañeza entre los habitantes de la isla la atracción que su peñón pasó a ejercer en barcos de todas las banderas. Lo mismo acontecía en San Eustaquio, donde también llegaron barcos, deteniéndose a sotavento de Orangetown, puerto de la isla, para seguir viaje bien pronto, cuando 110 se hundían por averías u otras causas.

Sólo dos personas conocían perfectamente el motivo de tal atracción; eran éstos los comerciantes Styles y John Martin (2), agente éste último, junto con un hermano, de la goleta Elizabeth ex Bolívar. Tales comerciantes, por lo que se deduce, se encargaban de desembarcar con premura y sigilo las mer-

A fines del mes de Octubre 1827 se apareció frente a la isla de Saba una goleta de sospechosa apariencia, baja y larga, fuerte guinda, pintada de negro. Mantúvose al pairo a sotavento de la misma, y cuando los isleños se le aproximaron pudieron comprobar que estaba armada con un largo "32 libras” (el Long Torn de las historias piratescas) colocado en crujía. En la popa leíase: “Bolívar-Baltimore” (3).

Entre su tripulacion- unos 50 hombres de las más diversas razas — venía un personaje conocido de los isleños por su tráfico con los barcos, en esa isla y en la cercana de San Eustaquio. Este les pidió impusieran de su presencia al gobernador, el cual se vino desde su residencia al barco, permaneciendo largas horas en la cámara del comandante. Una vez que hubo regresado, los nativos libres y esclavos dedicáronse toda la noche a descargar fardos de mercadería, intercalados con bolsas de azúcar y café. Al amanecer, cuando el barco se preparaba a partir, los isleños observaron con la consiguiente sorpresa, que su popa ya no ostentaba el nombre Bolívar-Baltimore sino el de Elisabeth of Saba. .Por lo visto, el gobernador de la isla habría efectuado un pingüe negocio mediante el simple expediente de otorgar al barco un registro holandés, negocio que por otra parte estaba muy en boga en aquella época.

A raíz de haberse alejado el flamante Elisabeth of Saba, comenzó a causar extrañeza entre los habitantes de la isla la atracción que su peñón pasó a ejercer en barcos de todas las banderas. Lo mismo acontecía en San Eustaquio, donde también llegaron barcos, deteniéndose a sotavento de Orangetown, puerto de la isla, para seguir viaje bien pronto, cuando no se hundían por averías u otras causas.

Sólo dos personas conocían perfectamente el motivo de tal atracción; eran éstos los comerciantes Styles y John Martin (2), agente éste último, junto con un hermano, de la goleta Elizabeth ex Bolívar. Tales comerciantes, por lo que se deduce, se encargaban de desembarcar con premura y sigilo las mercaderías, despachando luego de inmediato los barcos, siempre que éstos no prefirieran hundirse o estrellarse contra las rocas. Al acontecer tal cosa, que por lo demás era frecuente, los escasos tripulantes de las malhadadas naves repetían invariablemente la misma historia: “viaje terrible. . .; agua en la bodega. ..; venta forzosa de carga  para arbitrar fondos de repación ... y necesidad de alijar el buque para encontrar la vía de agua...; etc.” Tales trabajos resultaban siempre estériles;el barco se hundía, invariablemente en aguas profundas, o bien, rotos los cables, se destrozaba contra las restingas.

Tales desgracias, maguer su ininterrumpida sucesión, justrificaban hasta cierto punto la recalada de los barcos; sin embargo los isleños lograron aclarar el caso de uno de ellos que se deshizo en la forma ya conocida llevando un curioso cargamento: trozos de rocas volcánicas embalados en cajones con etiqueta francesa. El gobernador de Saba afectó mostrarse tan intrigado como sus súbditos, y concluyó por sentar la teoría de que tal vez fueran geólogos franceses quienes recogieran dichos materíales con fines de estudio, no pudiendo luego arribar a su patria. Para muchos, sin embargo, las tales muestras geológic as habían sido embarcadas en San Eustaquio, de lastre, despues de efectuar sigilosamente el desembarco de la carga.

A todo esto la Elizabeth volvió en una o dos oportunidaes a la proximidad de ambas islas sin motivo aparente, manteniéndose a distancia, y alejándose a las pocas horas. Los isleños presentían que no era ajena a los siniestros que se produccían repetidamente en los contornos; más aún, muchos la consideraban como única causante de los mismos.

Habría de llegar el día en que la verdad quedara en descubierto. El 13 de agosto de 1828 llegó a Saba un barco de regular porte y de construcción inglesa al parecer; tripulándolo sólo seis hombres, de habla española y portuguesa, y llevaban a su bordo dos miembros de la familia Martín, quienes se apersonaron al gobernador. Este envió enseguida una nota a su colega de San Eustaquio anunciándole otro caso de salvataje para su jurisdicción. Al siguiente día llegó de la citada isla un barco con gente para tripularlo y llevárselo. Todo lo que del citado buque pudieron observar los isleños, es que no presentaba señales de avería, y que tenía recién pintado en la popa el nombre de Aurora.

El apresamiento.

Los isleños suponían ya que el Aurora constituiría un eslabón más en la cadena de barcos que iban a terminar allí su existencia, cuando llegó inopinadamente un buque de guerra Inglés, cuyos 18 cañones amenazaban disparar sobre el volcán. Era el sloop Víctor, de Jamaica, al mando del capitán Lloyd. Este desembarcó con un pelotón de marineros y se apersonó bruscamente al gobernador, el cual emergió de la entrevista visiblemente preocupado. Apenas embarcado el oficial inglés, el Víctor partió rumbo al sur.

No cabe duda de que las autoridades inglesas tenían vehementes sospechas respecto a la conducta del gobernador de Saba, como así también de su colega, de San Eustaquio, según veremos, pues no se explicaría en otra forma la actitud, más que enérgica, ostensiblemente hostil, del capitán Lloyd.

A cuarenta millas del extremo norte de la isla inglesa de San Cristóbal, el Víctor alcanzó a una goleta larga y pintada de negro que se balanceada suavemente al impulso de una brisa débil. Situada a barlovento del barco inglés, no dió mayor importancia a los tres disparos de aviso que se le hicieron, pero cuando el inglés viró presentándole la batería de costado lista para disparar, izó enseguida los colores holandeses, y fingiendo aparentar que recién respondía al timón, tomó rumbo a San Eustaquio, escoltada por el inglés. Este podía haberla hundido fácilmente de una andanada, que tal era su intencion en caso de sospechas pero el pabellón holandés salvó a la. goleta de tal percance.

Cuando la goleta llegó bajo los cañones de Orangetown, arrió la insignia holandesa, e izó en su lugar la entonces familiar de la República de Buenos Aires; cargó luego las velas y fondeó, cosa que imitó su captor.

El capitán Lloyd desembarcó por segunda vez en esas veinticuatro horas, y tal como lo luciera, en Saba, se apersonó al gobernador de San Eustaquio, el cual, de resultas de la entrevista, dejó plena libertad de acción al oficial inglés. Este embarco parte de su gente en la goleta capturada y tomó rumbo a San Cristóbal, sin que cañón alguno de Orangetown protestase sobre neutralidad oficial o jurisdicción territorial.

A lodo esto los isleños de San Eustaquio daban por sentado que la goleta cautiva era la Elisabeth of Saba, pues conocían perfectamente sus características y detalles, como así también a algunos de sus tripulantes que lograron desembarcar e internarse en la isla a despecho de la vigilancia inglesa; comprobaron sin embargo con asombro que no era así, ya que ostentaba en la la popa el extraño nombre de Las Damas Argentinas -sus lenguaraces tradujeron “Argentine Ladies” -

En cuanto a los tripulantes que no lograron escapar, fueron encadenados a un grillete de cadena de quince brazas, y en esa forma conducidos a San Cristóbal. El capitán corsario, José Lázaro Buysan (s), natural de Mallorca, protestó airadamente ante el capitan Lloyd por el trato cruel de que era objeto su tripulación, invocando su calidad de corsario de Buenos Aires y exhibiendo, al serlo exigida, una patente vieja y arrugada que, observada atentamente, se comprobó datar de febrero 1826 y deber caducar al año (4). Estaba, pues, 18 meses fuera de fecha. El oficial inglés no prestó mayor atención a las protestas, y el viaje continuó en las mismas condiciones.

El Víctor y su presa anclaron en la bahía de Basseterre, San Cristóbal, y de inmediato el capitán corsario y 39 tripulantes de Las Damas Argentinas fueron sometidos a un jurado, bajo acusación de actos de piratería en alta mar.

El juicio.

El jurado procedió con rapidez y energía, costumbre natural en los ingleses, interesados ahora en mantener un tráfico regular y tranquilo en los mares que antes devastaran con sus piratas, y acumuló contra Las Damas Argentinas tal cantidad de cargos que el fallo, no podía resultarles benévolo, máxime cuando no disponían de ayuda privada ni de funcionario alguno del Gobierno bajo cuyo pabellón se amparaban. Por otra parte los hermanos Martin, que mantenían con ellos estrechos vínculos comerciales, buscaron únicamente la propia defensa, desinteresándose por completo de la suerte que pudieran correr sus representados.

El juicio demostró que la goleta había sido construida en Baltimore, siendo uno de esos barcos renombrados por su velocidad que se denominaban clippers. Habíasela bautizado con el nombre de Bolívar y enviado a Saint Thomas, Antillas danesas, al mando de un oficial de Quincy, bajo pabellón americano. En esta isla y en algunas adyacentes se proveyó de una tripulación de 50 a 60 hombres y se procuró, no se sabe por qué medios, una patente de corsario de la República de Buenos Aires, en febrero de 1826. Cambió más de una vez de nombres, capitán y registro, haciéndose presente en ocasiones por las proximidades de Saba y San Eustaquio, y una vez en Saint Thomas por reparaciones.

Era uno de los tantos barcos — dice el juicio — que operaban con patentes de Buenos Aires y Colombia, nominalmente contra embarcaciones españolas y portuguesas, pero en realidad apropiándose de todo lo que caía a su alcance, sin distinción de banderas; enviábalas a proximidad de Saba o San Eustaquio, donde los hermanos Martin, con la “buena voluntad” de los gobernadores, servían de agentes a los piratas y se encargaban de vender o destruir las presas, previa evacuación de su mercadería.

Estos piratas, — seguimos con el juicio — hacían figurar sus presas como derelicts — barcos abandonados al garete — y disponían de su mercadería no sólo en Saba y San Eustaquio, sino también, aunque en menor escala, en Saint Martin o San Bartolomé, islas estas dos últimas que estaban repartidas entre holandeses, franceses y suecos.

Fué el Aurora el que vino a probar los manejos de Las Damas Argentinas. Cuando arribó a San Eustaquio para ser hundido en la forma usual como derelict, el comandante de San Cristóbal, cuyas sospechas se iban robusteciendo, envió a su ayudante a Orangetown, con misión de efectuar una prolija investigación. Este encontró al Aurora anclado en la rada, y al revisarle el casco pudo deletrear sin dificultad el nombre de Carraboo (s) debajo del de Aurora. Este descubrimiento aclaró uno de los tantos misterior del mar, ya que dicho barco se consideraba perdido, después de habérsele avistado por última vez meses antes en Gibraltar.

Además supo el ayudante que, cuando el supuesto Aurora ancló en perdición (in distress) frente a Orangetown, el gobernador de San Eustaquio constituyó una corte de presas, ordenando que una tercera parte del cargamento, valuado en unos 140.000 dólares, fuera desembarcado y depositado como fianza del salvamento. Uno de los industriosos Martin colaboraba en este negocio.

En conocimiento de tales informaciones, el suspicaz ayudante volvió inmediatamente a su isla y las puso en conocimiento de su jefe. Y así fué que, antes de que la referida tercera parte pudiera desembarcarse, llegó a San Eustaquio el aviso inglés Emulous, que se llevó expeditivamente al Carraboo con toda su carga a San Cristóbal, arribando a Basseterre poco después que el Las Damas Argentinas tripulada por gente del Víctor.

El jurado arribó a la conclusión de que el Las Damas Argentinas, conjuntamente con otro barco francés, había abordado al Carraboo en las afueras de Gibraltar, desarmando a sus tripulantes y trasbordándolos a la propia bodega, excepto oficiales y pasajeros, que gozaron de libertad en cubierta. El capitán pirata manifestó a los prisioneros que se incautaba de sus barcos por llevar contrabando y artículos de lujo de España, y que ambos serían enviados para adjudicación a una corte de presas. Dos días después, sin embargo, a la vista de las Canarias, prisioneros y pasajeros fueron embarcados en dos botes con la orden de dirigirse a Lanzarote, tierra la más cercana.

Justo es mencionar que en la emergencia el comportamiento del capitán Buysán estuvo muy lejos del espíritu piratesco que se le atribuía. Poco antes de despachar los botes entregó 20 dólares al capitán Cook del Carraboo, y 10 al del barco francés. Si bien esta compensación resultaba pequeña frente a la pérdida de sus barcos, el corsario les manifestó cordialmente que “les vendría muy bien una vez en tierra”; y añadió luego a título de despedida: “los piratas no tratan a sus víctimas en esta forma”.

Pero el jurado, haciendo caso omiso de estos atenuantes, continuó acumulando cargos y más cargos contra sus desamparados acusados. Se comprobó que el pirata bahía comenzado sus andanzas apresando a un falucho español cargado de hierro, concluyéndola con la captura del Carraboo, a través de una serie de presas de diversas nacionalidades, entre ellas el barco americano Perú de Nantucket.

La sentencia.

Con estas pruebas, jueces y comisionados de San Cristóbal se expidieron somera y enérgicamente. Para nada influyó en su ánimo la circunstancia de que tales piratas no fueran culpables de asesinato o tortura en sus prisioneros, no pudiéndoseles comprobar siquiera el menor maltrato. Fueron condenados simplemente, según el veredicto, por convicción de piratería y por haberse apoderado de barcos y mercaderías sin derecho.

La sentencia, más que un acto de justicia constituyo un ultraje a la humanidad por la crueldad puesta de manifiesto en la misma.

Dos de los piratas, que hablaban inglés y que se ofrecieron como testigos de la corona (7), un herrero que al reparar la goleta en Saint Thomas quedara en deuda con su enganchador y fuera traspasado por 30 dólares a los piratas, dos mozos y cinco marineros embarcados por la fuerza en las Canarias, fueron perdonados, con la condición de servir durante diez años en la marina británica con buena conducta; el cocinero fué dejado en completa libertad por comprobarse que había sido apresado en un barco portugués. En cuanto a. los demás, fueron condenados a la pena capital. Uno de ellos, llamado Peter White, manifestó también haber sido embarcado por la fuerza-; sin embargo, por más que su defensa fué apoyada por el capitán y muchos compañeros, el tribunal le impuso la misma pena.

Algunos de los condenados, en las horas que antecedieron a su ejecución, escribieron largas cartas de despedida a parientes y amigos. Uno de ellos, apellidado Japoroni, entrególe al capellán de la prisión una misiva para su madre, tan sentimental que arrancó lágrimas de emoción a cuantos la leyeron. Otros, la mayoría, huérfanos de afectos y lazos familiares, se entregaron con verdadera unción a los oficios cristianos, confesándose todos sin excepción ante el capellán. Algunos se colgaron del cuello crucifijos y escapularios antes de dirigirse al petíbulo.

Epílogo.

A las cuarenta y ocho horas del fallo, comenzaron a hacerse efectivas las ejecuciones. El capitán mallorquino José Lázaro Buysan, sus dos tenientes, de nacionalidad española, y ocho hombres de su tripulación fueron llevados en dos carretas hasta la punta superior de la bahía que rodea la. rada de Basseterre — lugar donde Hood venciera a De Grasse en 1782 — y ahorcados simultáneamente. Dos días más tarde otros diez sufrieron igual suerte; y al siguiente, con el ahorcamiento de los siete restantes, se dió por satisfecha la vindicta de Su Majestad Británica.

El lugar donde se elevó el patíbulo fué un silencioso bosquecillo de palmeras, por el cual durante mucho tiempo evitaron transitar los negros de San Cristóbal, por estar poblado según ellos de “jumbies” (fantasmas). Fué en dicho lugar donde, al abrirse en 1916 los cimientos para una fábrica de azúcar, se encontraron los esqueletos de los infortunados piratas, conjuntamente con algunas reliquias, crucifijos, medallas, etc.

Mientras tanto, el Damas Argentinas, ex-Bolívar, ex-Isábel de Saba, etc., permanecía anclado en la bahía, frente al patíbulo, con su bandera a media asta, y, a medida que veintiocho de sus tripulantes pasaban a las tinieblas de la eternidad, su “32 libras” subrayaba con salvas el trágico destino de aquéllos.


(1) Conocemos la actuación de un bergantín Bolívar, el cual no tiene relación alguna con el homónimo del que nos ocupamos. — E. C.

(2} - Los señores Martin nos son conocidos. Eran agentes de algunos de nuestros corsarios durante la guerra con el Brasil. — E. C.

(3)— Este nombre no se menciona en ninguna de nuestras crónicas navales.

(4)— Ignoramos cómo y por quién obtuvo Buysan dicha patente de cvorso

(5) — “Carabao" según otros documentos. — E. C.

(7) — De estos dos "testigos de la corona" (o sea delatores que se salvaban del castigo denunciando a sus compañeros) tenemos noticia en un documento relativo a los agentes en las Antillas suecas y que es al parecer informe de un funcionario del Almirantazgo a su superior. (Copia facilitada por el cap. de frag. T. Caillet-Bois). Tal comunicación, fechada en Lancaster  el 18 febr. 1829, dice entre otras cosas:

. "De los prisioneros traídos recientemente a Inglaterra en el “Plummer" podría obtenerse alguna información importante respecto a la conexión supone existir entre tripulaciones de buques piratas y ciertas personas en las islas San Eustaquio yv Saba ’. . .

Mas adelante: . . .“Después de examinar los documentos disponibles relativos a lospiratas por quienes fue capturado el bergantín británico "Carabao"se desprende que fué capturado por un corsario llamado “Las Damas Argentinas"cuyos agentes eran dos personas de nombre Martins, que se diceresiden en San Esutaquio. Por último: “Y como según documentos disponibles dos de los tripulantes de las Damas Argentinas” (que en juicio a varios de esa tripulación en San Cristóbal fueron admitidos de testigos para la Corona) aparecen corno detenidos en esta isla para dar testimonio contra otros de la tripulación que puedan ser capturados, me permito sugerir que esas dos personas que podrían acaso añadir alguna información a la ya disponible en el asunto que implica a los S. S. Martins". . . etc. — Fdo. Chas Jones. E. C.
 

 

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