Historia y Arqueología Marítima

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Recuerdos Marítimos
Crucero del Bergantín “General Rondeau y el Bergantín Goleta "Argentina”
por Antonio Somellera

Capitulo 1

Revista Yachting Argentino -1943 en varios capitulos.

Capitulo 1 Capitulo 2 Capitulo 3 Capitulo 4
REINTA y seis años han corrido, y todavía bullen en mi imaginación las impresiones que en temprana edad produjeron la vida de marino a que me llevó el entusiasmo que se despertó en mí como en toda la juventud de la época en que, la República se encontró empeñada en la guerra con el Imperio del Brasil.

Como varias veces mis amigos, al oirme referir algunos hechos me han aconsejado escribirlos; ligándose estos a la historia de la mejor época de nuestra marina de guerra, me decido a bosquejar tal cual los recuerda mi pobre memoria, los qu,e tuvieron lugar en un Crucero en que me hallé a bordo del lindo'Bergantín de guerra “General Rondeau”. Sin consultar documento alguno, porque me falta el tiempo, no pretendo escribir historia, sino meramente impresiones de los hechos presenciales a los quince años de edad.

A mediados del año 1828, y cuando habían tenido lugar centenares de combates en el Río de la Plata, en los que siempre el pabellón argentino si no había alcanzado la victoria sobre doble número de buques y cuátruple de cañones, quedaba dueño de las aguas donde había peleado sin denuedo; el.gobierno comprendiendo que ningún resultado daba tanto luchar con un enemigo que poseía la margen Oriental del Plata y aumentaba' cada vez más el número de buques con que dominando los preciosos canales, estrechaba el bloqueo, concibió la idea y trató de llevarla a cabo, de hostilizar al enemigo llevando la guerra a las costas del Brasil.

Al efecto, se preparaban buques de porte que sucesivamente debían hacerse a la mar. En Patagones, las corbetas “Chacabu-co” e “Iparica”, Bergantín “Florida” y Bergantín goleta “Patagones”. En el Salado, corbeta nueva “25 de Mayo”, bergantín “Cacique” y bergantín goleta “Río Bamba”. En Buenos Aires, bergantín “General Rondeau” y bergantín goleta “Argentina”; los que unidos a dos que debía comprar y armar en los Estados Unidos el Comandante don César Fournier, masía goleta “Juncal” en que salió esta comisión formando en todo doce buques, habrían a no dudarse, operado sobre las costas y puertos enemigos de modo tal, que ni él dé Río de Janeiro se habría visto libre de ser bloqueado.

En aquella época, en resguardo de ser apresados por los corsarios argentinos, él comercio marítimo del Imperio se hallaba obligado a hacer la navegación én conyoy y escoltado por uno o dos buques de guerra según la distancia a que debieran dirigirse. Así es que si esa idea hubiera sido realizada en su totalidad, el comercio del Brasil habría sido anonadado, y vístose el enemigo en la necesidad imperiosa de desatender el bloqueo de nuestros puertos para protejer no solo su marina costera sino también para poner los suyos a cubierto de ser estrechados a la vez por una Escuadra de doce velas que debían poner en conflicto al gabinete Imperial, hasta para atender a su ejército, que desde la derrota que sufrió en Ituzaingó; estaba reducido a la defensiva; resultando a más una ventaja que el gobierno habría sabido aprovechar para la negociación de paz que la mediación del de S.M.B. buscaba alcanzar por medio de su ministro cerca de la Corte de Río de Janeiro.

Como el proyecto a que me refiero, es de aquellos que por su carácter los gobiernos guardan en rigurosa reserva, es bien probable que en los archivos nada que lo confírme aparezca, pero si debe hallarse constancia de una subscripción que en esa época fué promovida para proporcionar recursos al gobierno con qué sufragar los gastos de la guerra, y que sin duda, por no dar el resultado deseado, ese plan estratégico no pudo llevarse a efecto; y esto debimos suponerlo cuando vimos que a fines de ese año se aceptaba la paz, bajo idénticas bases a las que en época anterior había sido desechada por la Presidencia del señor Rívadavia. Por otra parte, ese proyecto no debía ser una idea nueva; por que a no haberse sufrido el contraste sucedido a la fragata y dos corbetas compradas al gobierno de Chile; a estos buques por su porte y calado no habría sido posible darles otro destino que el de operar sobre los puertos enemigos en la costa del Brasil, y los que unidos a la barca “Congreso”, bergantines “Constitución”, “Independencia” y goleta “Sarandí”, habrían dado entonces idénticos resultados.

Debe aquí hacerse presente que aquel proyecto en nada habría disminuido el número de buques, que entonces era bastante crecido, con que contaba la Escuadra Nacional en el Plata, siendo ellos por su calado más a propósito para operar con ventaja sobre los del enemigo, y que, habríamos con la superioridad podido bloquear a Montevideo a no dudarse.

EL CRUCERO

En una tarde del mes de Junio de 1828 cerca del anochecer, con buen tiempo y viento galeno del N.E. dimos la vela. El bergantín “General Rondeau” armado con nueve cañones por costado y una coliza de a 24, al mando del comandante don Juan Coe, con cerca de doscientos hombres de tripulación incluso veinte y cinco infantes de guarnición. El bergantín goleta “La Argentina”, con cinco piezas de costado y una coliza de 18 al mando del comandante Crinphel y la corbeta corsario “Gobernador Dorrego”, con dieciseis cañones en batería y como ciento ochenta hombres de tripulación; quedando fondeados en los Pozos los buques mayores de nuestra escuadra y los menores en balizas.

Navegábamos con todo paño portable, llevando a la cabeza nuestro buque, cuando como a la medía noche, entre los bancos Ortiz y Chico, avistamos a la enemiga en vela y en número de quince. Bien pronto y cuando aún no estábamos al alcance, rompieron el fuego en toda su línea el que por aquella causa no fué contestado sino por tres cohetes voladores, con el objeto de hacerles creer que éramos una división que hacía señales al resto de la escuadra, hasta que llegando a buena distancia los tres contestamos con un fuego nutrido tratando de cortar su línea. Esto nos habría sido fácil a no ser que la “Dorrego”, luego de descargar su batería de babor arribando todo, viró por redondo y se puso en retirada, quedando por veinte o treinta minutos batiéndonos, sin sufrir más daño que el de algunos agujeros en las velas. Teniendo órdenes especiales nuestro comandante, de escoltar a la corbeta hasta ponerla fuera del alcance del enemigo, ambos virando por avante, nos dírijimos nuevamente al puerto, sin que ni los buques de mayor marcha y fuerza nos persiguieran, fondeando al amanecer en los Pozos, donde encontramos a nuestra prófuga compañera. Fué llamado su capitán a bordo donde el comandante Coe le reconvino acremente sin salir de los límites de buena cultura.

Al tercer día del de nuestra primera salida, y al ponerse el sol, el almirante Brown con toda la escuadra nos acompañó hasta el paralelo de la Ensenada, donde fondeó esta y seguimos con proa al E. los tres buques que debíamos, según lo había prometido el capitán de la corbeta, forzar la línea enemiga a todo trance.

Serían las once de la noche cuando favorecidos por un viento Norte de todo paño, que, por su mucha marcha el “Rondeau” acortaba para ir en conserva de la corbeta y bergantín goleta, avistamos a la escuadra enemiga; pero esta vez llegamos a su paralelo cuando aun no toda se había puesto en vela y a un tiempo ellos y nosotros rompimos el fuego, teniendo ellos el barlovento porque su línea la habían establecido lo más próximo que habían podido hacia el veril del Ortiz; así es que, cuando todos estuvieron en vela, ya les habíamos forzado el paso, maniobrando el “Rondeau” y la “Argentina” de modo de proteger su escape a la “Gobernador Dorrego”, que.a toda fuerza de vela esta vez se batía bien, no obstante la algarabía de voces de mando que se oían en medio del estruendo del cañoneo y melancólico canto de los marineros que, con- la sonda, de tiempo en tiempo avisaban el agua en que se navegaba.

A la cabeza de la línea y a nuestro costado de barlovento, distinguíase por su buen andar, un bergantín que alumbrado por el centellear de vivo fuego, nuestro comandante reconoció ser el “Niger”, que hacía pocos meses le había tomado el enemigo, en ocasión que, confiado en su buena marcha, aventuró su salida de este puerto, siendo entonces corsario y que cayéndole una densa niebla y calma, al amanecer, despejada aquella, se encontró en medio de la escuadra enemiga y fué apresado. Puso todo empeño en maniobrar de modo de cortarlo para darle el abordaje, pero su comandante evitaba el lance, cargando vela para conservarse en la protección de los demás, cuando de orza nos acercábamos, especialmente de un lugar que toda su batería era de grueso calibre, y con cuyos dos buques él combate por esa causa fué reñido; para lo que nuestro buque se mantenía con mayor y trinquetes cargados hasta que habiendo la “Gobernador Dorrego” salido del alcance de los fuegos enemigos fueron cazadas y en conserva; habiendo perdido de vista a los enemigos, los tres buques seguimos nuestro viaje.

El atender al servicio de las dos piezas que por costado yo mandaba, y a la maniobra del palo trinquete que venía a rendir a los cabilleros de las tablas de jarcia del mayor, que como capitán de tope de aquél, estaba a mi cuidado, me había rendido lo bastante para aceptar, como un gran placer, una buena taza de café, que no fué como la de los oficiales acompañada de licor espirituoso.

Nuestra pérdida fué de seis hombres, muertos o heridos, pues todo era lo mismo; porque la inteligencia de nuestro médico era tal, que como lo primero creo que clasificó a los últimos, y se desembarazó la cubierta de esos estorbos bien pronto, a pesar que desde que se había mandado zafarrancho de combate, veíase en la mesa de nuestra cámara, abierta la caja de cirujía y extendidas hilas, cabezales y vendas. Resultaron algunos agujeros en las velas, la empavesada de babor despedazada y alguna cabullería cortada.

Después de darse una ración doble de caña a la gente, permanecimos todos en cubierta hasta que la venida del día nos, dejó ver el horizonte, en el que a nuestro sotavento solo vimos a “La Argentina”; fuimos sobre ella, y a la bocina se le dió la consigna de reunión en la altura de Río Grande, e hicimos rumbo a la boca del Salado, llegando a este como a las diez de la mañana. El viento había saltado al N.O. muy fresco; puestos en facha se hizo señal de que conducíamos pliegos; pasaba más de hora sin aparecer ninguna embarcación de tierra, cuando la escuadra enemiga en dos divisiones bordejeando, se dejó ver en nuestra busca, y que sin duda creían poder encerrarnos en el saco de San Borombón, y dejando que se acercasen esperamos para dejarlos burlados; así fué que cuando ya llegaban a distancia de tiro, mareamos .en vela y cazando juanetes y trinquetes, salimos por medio de ellos en una empopada que nuestro buque navegaba entre dos aguas sin poder contestar a los fuegos que de ambos costados nos hacían; trataron de seguirnos, pero bien pronto los dejamos por la popa y seguimos viaje para fuera del río.

Ningún contraste sufrimos, sino es que se mencione el vuelco de dos tinetas en que teníamos colocadas las balas en defecto de baleros, que habiendo faltado los taquillos que las aseguraban en cubierta, dejaron que entre agua corrieran de un costado a otro, por lo que nos vimos en trabajo para evitar nos magullasen los pies, y que costó mucho para ser vueltos a poner en su lugar.

En ese día, debo decir, qué por primera vez veía las espumosas y transparentes olas, que la cortante proa del ligero “Rondeau” dividiéndolas con fragor, parecía que su velocidad las hacía hervir a sus costados, dejándolas en línea espiral por la popa en estado de ebullición hasta perderse de vista en el horizonte; y sobre un cielo celeste, plateadas nubes que impelidas por el recio viento, corrían con nosotros a la par, como si quisiesen empujarnos a que con más prontitud que ellas, llegásemos a las costas enemigas.

Estaba para sentarme a la mesa, cuando se me presentó una tarjeta de mi comandante, invitándome a comer con el. Esta distinción hecha a un Guardia Marina, bien pronto tuvo su explicación: era la galante reparación que mi jefe quería darme, por que en la noche del combate habiéndose embicado una gonada de a 20 de las dos piezas que por costado yo mandaba, en momentos en que, para enderezarla mis artilleros, con el objeto de hacer fuerza a un tiempo dieron la voz tan común en los buques mercantes, y al pasar este por mi espalda, al decir ¡silencio! quiso indicármelo, y ligeramente había tocádome esta con la bocina; cosa que me había impresionado y por ello héchoselo saber al primer teniente. Inútil es decir que quedé plenamente satisfecho.

No había aun llegado el sol al Ocaso, cuando fué ocultado por un denso cordón de nubes obscuras, y la mar privada de la luz prismada, cambiando sus colores por las tibias tintas del anochecer, daba con doble causa, mayor melancolía a esa hora en que la despedida de un día que no vuelve, causa en el navegante, sin saber por qué, ese éxtasis misterioso que absorbe las facultades del alma dejándolo taciturno. Esto hizo que, el crepúsculo en ese día abreviando el tiempo de su duración, casi súbitamente las tinieblas de la noche se extendieran y no dejasen ver más que el ceniciento tono con que en la densa obscuridad se muestran laá olas más próximas al buque, que embistiéndolas con su potente fuerza, las dividía y arrojaba por ambos costados, produciendo estas masas espumosas de agua al chocar con las otras, una ebullición fantástica de la que se producen fosfóricas luces, que eran el anuncio del próximo mal tiempo.

El cielo habíase cubierto de compactas nubes, y dándonos la sonda echada desde proa de mano en mano la certeza de que habíamos caído al Océano, para cuya operación se había disminuido el velamen, y orzado lo necesario para que las gavias vaciasen viento, quedando casi en un punto, y terminada, mareamos en vela, refrescando cada vez más el viento. La ejecución desla voz de mando del teniente de guardia se dejó oir por los sonoros silbos del pito del guardián, y los gavieros seguidos de los marineros de facción treparon veloces por las jarcias de barlovento; se aferraron los juanetes y tomó una faja de rizos a las gavias y bergantina, completándose estas medidas preventivas para pasar una noche de mal tiemo, con trincar las piezas de batería y con dobles aparejos nuestra gran coliza.

Yo pertenecía a la guardia de estribor que en esos momentos se hallaba de servicios, y comó el más subalterno, mi puesto en cubierta era a sota»-vento, donde el agua que embarcaba el buqué por proa y portas, cubría con frecuencia seis y siete tablas de cubierta, por lo que constantemente mis pies estaban en agua, cosa que nada agradable me era; pero mi severo superior en la guardia, un teniente Toll, a quien le llamábamos “guinda ver-deona” por su color y agrio carácter, creo que se complacía en verme sufrir, no solo entre el agua, sinó al derrame del viento de las velas en noche de invierno. Nunca me pareció más largo que esa noche el tiempo de una guardia; así fué que cuando el timonel dió las cuatro dobles campanadas y los pitos de los guardianes llamaron a cubierta a la guardia de babor, sentí un contento que me hizo olvidar el sinsabor pasado.

No bien había sido relevado, cuando ya estaba en la cámara despojándome de las ropas que destilaban agua; tomé mi cama, sintiéndome agradablemente mecido .por el movimiento que las grandes ondas de una mar embravecida hacían que se columpíase el buque, quedando bien pronto profundamente dormido, hasta que el timonel vino a despertarme —lo que no debió costarle poco— diciéndome: que era la media noche y entraba de servicio.

El viento rugía con violencia en los palos y aparejos: bramaba el mar, y la ola que batiendo en la amura de barlovento, al remontar lanzaba sobre el buque grandes masas de agua que a impulso del viento se convertía en copiosa lluvia, unido a un fuerte bandazo que hizo, crujir los maderos y mamparos de la cámara que había quedado en tinieblas desde que el timonel subió con la pequeña linterna oculta bajo su capote de lona, rodando silletas, baúles y cuanto se hallaba mal asegurado, no me dejó dudar de que estas cuatro horas en cubierta iban a ser peores que las primeras. Así, pues, subí a relevar a mi único compañero guardia marina, un joven de apellido Athuel, el que por el contento de ir a tomar el abrigo y descanso en su camarote me dió un abrazo, que nada se lo agradecí. No veía- en cubierta a mi antipático teniente Toll; esta vez iba a tener de compañero a un teniente Bosthon, hombre afable, y que habiendo permanecido algunos años en el país poseía bien, el idioma, por lo que me encontré agradablemente recompensado de haber dejado el camarote confortable, mayormente, cuando habiendo tomado mi puesto a sotavento, este me llamó a barlovento, donde por mi estatura, la borda me abrigaba del .viento y del agua.

Corríamos el tiempo en gavias a las que se habían tomado dos fajas mas de rizos, trinquete y trinquetilla, con proa N.N.E. y dando la corredera nueve y media millas por hora a pesar de la mucha mar del S.E.

Nuestro largo y raso bergantín, de palos bien volcados hacia popa, parecía un pez que herido por arpón lanzado por el nervudo brazo del pescador, corre hendiendo las olas del océaño; tal era como con su bien cortada proa embestía la cima de las montañas de agua, para deslizándose en la profundidad de extensa onda, arremeter luego a la otra; por lo que fué necesario cerrar las escotillas arpa evitar que el agua que corría no entrase por ellas.

Duros eran estos momentos de prueba para los setenta y tantos paisanos que componían nuestra tripulación; que extenuados por el mareo, los que se hallaban en cubierta eran obligados a estar de pié, y que no teniendo la habitud del marinero, no podían neutralizar el frío con el paseo o evitar con ligeros movimientos los golpes de agua que batían la cubierta hasta el palo mayor, de cuyo lugar a popa no es permitido pasar a los marineros, sino en un caso de que lo requiera alguna maniobra. De toda la plana mayor, era yo el único hijo del país, así es que por un sentimiento de nacionalidad, me había declarado el protector de ellos, mucho más cuando todo se mandaba en el idioma inglés, por lo que les servía para ello de intérprete en las diferentes tareas.

Así navegamos tres días y al cuarto fui despertado con la agradable noticia de “buque a la vista” que desde la cruceta de trinquete había anunciado el vigía de tope: subí a cubierta y participé del contento representado en todos los semblantes. El tiempo había abonanzado y nuestro andador beigantín con viento más que galeno a toda vela hacía más de once millas, por lo que bien pronto el buque anunciado lo vimos como un punto en el horizonte por la proa.

El sol, que después de tanta ausencia, coloreaba el cielo con sus rayos, vino a dar mayor alegría al brillante cuadro que ofrecía la. cubierta del “Rondeau”. En tanto que el comandante y algunos oficiales dirigían los anteojos para reconocer el buque avistado; las conjeturas se sucedían y sé hacían apuestas. Es de guerra, decían unos; mercantes, otros; de guerra o mercante lo tomaremos, se oía en boca de todos. Le entramos demasiado pronto para que pueda ser de guerra, repetía de tiempo en tiempo el segundo comandante,  que en el castillete de proa se mantenía sin quitarse el anteojo. No faltó quien, ya calculando el precio de la presa, dedujese cuántos pesos fuertes iba o tocarle por su parte: este era un hijo de la Gran Bretaña.

Los tres prolongados toques de pito, terminados por la voz grave de ¡groge! trajeron a ambas guardias a formar a sus respectivos costados, y luego de terminar el reparto en presencia del contador y oficial de servicio, se procedió, tomando la tripulación en baterías sus puestos, a renovar las cargas de las piezas por causa del mal tiempo que habíamos sufrido, quedando al cascabel los porta-cartuchos, chifle y demás útiles de cada cañón.

Empezaba el sol a secar nuestra cubierta, cuando el vigía gritó: —¡tierra por la proa! y pocos minutos después fué reconocida la costa de Río Grande, que con los rayos de aquel se ostentaba como una faja de plata brillante al poniente.

Con amuras a babor, cortando las aguas se convertía en blanca espuma, y lamiéndolas con la boca de los cañones de sotavento, ganaba la distancia nuestro bergantín de tal modo, que bien pronto nos ratificamos ser una zamuca a la que dábamos caza; así fué que a las ocho desplegamos - al viento el pabellón de la Patria, (como entonces se le llamaba), y en menos de una hora más, nos hallábamos al habla dé nuestra presa, que obedeció en el acto cuando se le mandó ponerse en facha, haciendo el “Rondeau” igual maniobra para arrear un.bote, en que se embarcó el segundo comandante acompañado de un teniente y el carpintero, que iban a la operación de tomar posesión de ella, y reconocer la calidad de vida de este buque, que su capitán considerándolo de mucha marcha, creyó podría escapar, entrando por la barra del Sud.

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