Historia y Arqueologia Marítima

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EL TESORO DEL DRESDEN

 

Por Carlos Johnson Edwards - Publicado en la Revista Marina de Chile ( http://www.revistamarina.cl/revismar/  ) y reproducido por amable permiso de su director, CNIM Jaime Sepúlveda Cox - Marzo del 2010.-

El Dresden en Méjico.

La situación política en Méjico era caótica, los gobernantes eran derrocados continuamente. Alemania había mandado al crucero Dresden, desde Kiel a Veracruz, puerto del golfo de Méjico, para cautelar los intereses y la seguridad de la colonia alemana residente.

Pancho Villa atacaba con sus huestes al gobierno imperante de Victoriano Huerta. En Tampico, otro puerto del golfo, el desorden, el desabastecimiento y el mercado negro imperaban, la situación era dramática e insostenible. El Dresden viaja con abastecimiento hacia la ciudad sitiada para alivio de sus habitantes. A medida que los rebeldes avanzan, el Comandante Köhler convierte el buque en refugio de alemanes y extranjeros. Dado el estado de cosas y la situación de inminente peligro de saqueo, los colonos alemanes entregan al comandante sus joyas, dinero, oro y objetos de valor, iniciativa a la que se unen otras familias de extranjeros como también personajes mejicanos adinerados: todo debía ser puesto a resguardo en un banco, a la vuelta del Dresden a Alemania. El tesoro es embalado en una gran caja que es guardada secretamente en un lugar de las bodegas de la sentina. Días después cae Tampico.

Pancho Villa entra victorioso a una ciudad devastada, asquerosa y macabra, cubierta de cadáveres descompuestos. Poco a poco la calma y el orden se van restableciendo. Los refugiados pueden ser desembarcados. El Comandante recibe la orden de conducir al derrocado presidente Victoriano Huerta y su familia al exilio en Kingston, Jamaica. Ese mismo día llega la noticia que la misión en Méjico ha sido cumplida y el Dresden debe volver a Alemania. ¡Qué gran alboroto y felicidad produjo la noticia!, ya habían pasado siete largos meses desde su partida. La celebración se inicia de inmediato, la banda del buque saca sus instrumentos a cubierta y toca bellas canciones. El capitán Weiblitz interpreta maravillosas piezas en su violín, y el doctor Koch ejecuta al piano la sonata “Claro de Luna” de Beethoven. Avanzada la noche, cansados y afónicos de tanto cantar, la tripulación se va retirando a dormir.

Dos días después el Dresden fondea en Puerto Méjico para embarcar oficialmente al derrocado presidente Huerta. El ex presidente embarca con su familia y una comitiva de ex ministros, políticos y amigos. Tras ellos venía un regimiento de mozos con los más exquisitos manjares, postres, vinos, licores y por supuesto, tequila. La banda tocó hasta el amanecer. La celebración fue en grande pues, según parecía, el exilio era un motivo de celebración para la natural alegría mejicana. Una vez que los exiliados fueron desembarcados en Kingston, el Dresden partió a toda máquina hacia Alemania, sólo faltaba hacer el cambio de mando en Haití. Es el comandante Fritz Emil Lüdecke el encargado de llevar el crucero de vuelta a Kiel. Se recibe la orden de apurar el regreso al máximo, ¡nunca una orden había sido recibida con tanto entusiasmo y cumplida con tal celeridad!.

Se cargaron víveres y carbón en grandes cantidades, elemento indispensable para impulsar el crucero de 118 mts de eslora con sus poderosas turbinas de 15.000 HP. ¡A casa a todo andar! Dos días después se recibe la noticia del asesinato de Francisco Fernando de Austria y su esposa. Seis días después la guerra está declarada. Alemania lucha contra Rusia, Francia, Bélgica, Inglaterra, Japón ... ¿la vuelta a casa?, ¡ni pensarlo!

La orden es prepararse para la guerra, se lanza por la borda lo inútil para el combate incluyendo dos pianos (uno era un Blückner de cola). Estaban preparados para la guerra, pero ahora que se enfrentaban a ella no podían concebir que fuera cierto y que tuvieran que afrontarla. El rumbo ahora es SO y la orden es hundir cualquier barco enemigo de guerra o mercante, privando a los contrarios de abastecimiento, ¡ojalá que lleven el codiciado carbón!, más ahora que el Dresden no puede abastecerse en puerto alguno para no delatar su posición.

Guerra de corso.
Se navega con el nuevo rumbo en pie de guerra, alerta y silencioso, sin luces, al acecho. El 7 de agosto, navegando por el Caribe, divisan un mercante inglés. Es el primer conato de guerra: órdenes, carreras ... todos a sus puestos. ¡Con la velocidad del Dresden es imposible que escape! La carga no tiene valor bélico y se les deja ir previa destrucción de la radio. En el camino se unen 4 cargueros que los abastecen abundantemente. El 15 de agosto se avista un barco inglés cargado de arroz y maíz: es abastecimiento para el enemigo. Se desembarca a su tripulación, unos cañonazos y una carga de dinamita, ¡cómo volaron los pedazos!, se partió en dos y se
fue a pique. ¡Viva!, ¡Viva!, grita la tripulación entusiasmada por su primer hundimiento en esta guerra de corso.

Se continua navegando rumbo sur. Hay otros encuentros, algunos son hundidos, otros no, eso dependía de la carga y el destino. 25 de agosto. Se recibe una orden en clave; “reunirse con flota en isla de Pascua”. 2 de septiembre, espantosa tormenta que dura dos días. Agotados, fondean en bahía Orange. El frío es insoportable. El barco de apoyo, el Santa Isabel, les trae ropa de abrigo desde Punta Arenas, de lo contrario, con las calderas apagadas, nadie lo habría soportado.

Navegando ahora por el Pacífico rumbo a Pascua se va recuperando la temperatura, abasteciéndose con los barcos de apoyo y enemigos que hunden. 12 de octubre de 1914, Pascua, 4 A.M. Se divisan otros barcos. Al aclarar ven que son parte de la flota alemana. Se saluda al Almirante Herbert Graf Von Spee, comandante del buque insignia Scharnhorst. Lo acompañan el Gneisenau y el Nürenberg, comandados por dos hijos del Almirante (Otto Heinrich), y los transportes Krokodill, Titania y York.

27 de octubre de 1914, isla de Más a Fuera. Max Schmidt, el telegrafista, escucha una débil señal de radio: es el Glasgow, crucero inglés que se comunica con otros barcos ingleses que navegan por el cabo hacia el Pacífico. El Dresden se dirige al encuentro. Es el 1 de noviembre de 1914, 18 horas. Las flotas se enfrentan. El sol se pondrá pronto. Hay un temporal desatado, cuarenta y más nudos de viento. Las enormes olas van en aumento, dificultando cualquier maniobra. El Almirante Herbert Graf Von Spee, ataca con su acorazado el Scharnhorst, al Good Hope comandado por el almirante Sir Christopher Maurice Cradock.

La batalla de Coronel.
El negro cielo de tormenta se ilumina con los fogonazos alemanes. No dan en el blanco, la tempestad dificulta la puntería. Una segunda andanada tampoco acierta, pero una tercera sí. Los cañones más poderosos del Good Hope son inutilizados. La tormenta arrecia, la moral inglesa decae. El Dresden aprovechando la confusión entra al combate disparando sin tregua. Los ingleses responden en forma irregular con su poder de fuego enormemente reducido. Otro buque inglés, el Monmauth, se enfrenta entretanto con el Gneisenau. A poco de empezar el combate el barco alemán acierta una andanada en la torre de proa del inglés destruyéndola y produciendo un gran incendio que permite a los alemanes seguir haciendo blanco en la obscuridad de ese crepúsculo tormentoso. La batalla continúa. Los ingleses con sus barcos terriblemente dañados no se resignan, quieren producir más daño a los alemanes antes de hundirse.

A las 7.50 horas el Good Hope recibe el tiro de gracia y se hunde. El Nürenberg que venía rezagado entra a la batalla encontrándose con el Monmauth fuera de combate, igual lanza una andanada que lo hace escorar y darse vuelta de campana para finalmente hundirse. Los otros dos buques ingleses, el Glasgow y el antiguo Otranto, al no tener ninguna posibilidad en este combate escapan con daños menores. ¡Gran afrenta para la Armada inglesa que hasta entonces había mantenido el dominio de los mares por más de cien años!. El hundimiento de dos de sus acorazados más importantes con mil setecientos marinos y su almirante Sir Christopher Cradock era algo que no podía ser aceptado. Era una cuestión de honor. Era algo imperdonable. No hubo sobrevivientes, la tormenta y la obscuridad no dieron posibilidad de salvamento. Todos los marinos ingleses murieron con sus barcos.

La flota alemana victoriosa se dirige a Valparaíso para reparaciones de los efectos de la batalla, donde son festejados por la colonia y los heridos atendidos en el Hospital Alemán. Al día siguiente enfilan al sur, al encuentro del resto de la flota inglesa, que según informes se está reuniendo en las Malvinas. El almirante inglés Lord John Fisher al enterarse del resultado desastroso de Coronel se dirige a la oficina de Winston Churchill, entonces Ministro de Marina, quien indignado ordena de inmediato el envío de los dos acorazados más poderosos de la marina inglesa, el Invencible y el Inflexible, a las islas Falkland como refuerzo de la flota inglesa. ¡Había que revertir esta afrenta desastrosa!

Batalla de las Malvinas.
8 de diciembre de 1914, 4.A.M. El Dresden navega encabezando la flota alemana hacia las Malvinas al encuentro de la marina inglesa. 7 A.M. Se divisan las islas. Los oficiales alemanes con sus binoculares distinguen tres barcos ingleses en Puerto Stanley: el Canopus, el Kent y el Glasgow y parece haber otros más, ¡una escuadra entera!. El megáfono grita ¡zafarrancho de combate! Poco después distinguen los mástiles trípodes sin estay ni obenques de los terribles acorazados Invencible e Inflexible diseñados por Fisher.

Von Spee, considerando la gravedad de la situación ordena alejarse, los ingleses tienen mayor poder de fuego, mayor alcance y mayor velocidad. El mar está en calma, la visibilidad es perfecta, no hay lugar para sorpresivos ataques valiéndose de las condiciones climáticas. Los barcos alemanes Scharnhorst y Gneisenau navegan al sureste perseguidos por los ingleses Cornavan, Inflexible e Invencible comandados por Sir Doveton Sturdel. Los alemanes se esfuerzan por mantenerse lejos del alcance de sus cañones a la espera de alguna remota circunstancia que les permita acercarse y atacar. Pero los ingleses son más rápidos. A las 16.00 horas el Scharnhorst recibe certeros cañonazos produciendo enormes daños e incendios.

Von Spee siente que se acerca el fin y ordena huir al Dresden, Nürenberg y Leipzig que eran los más pequeños. 20 minutos después el Scharnhorst se hunde por la proa con las hélices girando a todo dar con la popa levantada casi verticalmente, llevándose a 795 hombres y al Almirante Maximilian Graf Von Spee. No se logra rescatar a nadie. Ahora los ingleses disparan sobre el Gneisenau; con gran estruendo cae la chimenea de proa, el timón se desencaja, el buque gira en círculos sin control. Otra andanada inglesa lo hace escorar a estribor, se da vuelta de campana y queda con su quilla al aire. Algunos hombres se forman sobre el casco y gritan ¡Viva el Kaiser!, ¡Viva Alemania!

A las 17.45 horas el buque se hunde con 800 tripulantes, el Comandante Maerker y el Teniente Heinrich Graf Von Spee, hijo del Almirante. Los ingleses logran rescatar a 187 sobrevivientes, algunos mueren y son sepultados en el mar con los honores de rigor. En otro frente los buques ingleses Glasgow y Cornawall persiguen al Leipzig, y el Kent al Nürenberg. A las 17 horas el Leipzig es alcanzado por las andanadas inglesas produciendo un incendio y averiando las máquinas las que sólo logran un andar de 18 nudos. Lo alcanzan fácilmente, los impactos son certeros y el Leipzig se hunde con 386 hombres. Se desata una tormenta y los ingleses sólo logran rescatar del mar embravecido a cinco oficiales y trece tripulantes.

El Nürenberg es perseguido por el Kent que en un tremendo esfuerzo alcanza velocidades superiores a las de sus especificaciones, logrando hundir al barco alemán a las 19.20 horas, con 322 marinos a bordo y con Otto Von Spee, otro hijo del Almirante. Los ingleses, después de reparar apresuradamente los botes averiados por la metralla, logran rescatar de un mar tormentoso sólo a siete hombres. La desastrosa afrenta de Coronel ha sido lavada con esta rotunda victoria. La escuadra alemana ha sido aniquilada. El Bristol hunde a los buques de apoyo Baden y Santa Isabel, ¡Pero el Dresden se ha escapado!

Huyendo hacia el sur, el Dresden logra alcanzar 27 nudos en un esfuerzo supremo. Los fogoneros son relevados cada cuatro horas, las máquinas se estremecen y parece que van a reventar, las tapas de las calderas están al rojo vivo, el calor es infernal, personal de emergencia estaba listo para reemplazar a los que se desmayaban. ¡Velocidad!, ¡Velocidad!, era la imponente obsesión. Cerca del Cabo, escondidos en un pequeño canal, logran por fin descansar. Días después aparece Albert Pagels, gran navegante y conocedor de la zona a quien el Cónsul alemán, Rodolfo Stubenvauch, ha encomendado el apoyo logístico y la protección del Dresden. Pagels los guía y esconde en bahías y canales que no aparecen en las cartas, los ingleses no logran aceptar que el Dresden se les haya escapado y lo persiguen empecinados ofreciendo fuertes recompensas por algún dato sobre el barco fugitivo. Los esfuerzos por conseguir los 27 nudos que lo salvaron de los ingleses y las entradas a canales muy bajos, produjeron daños y magulladuras en las máquinas y el timón del Dresden. Era urgente hacer reparaciones. Aconsejados por Albert Pagels los alemanes ponen rumbo al estero de Quintupeu, en el golfo de Ancud, frente a la isla Llancahué.

El Dresden y la colonia alemana.

Quintupeu es un bellísimo fiordo, solitario, con una estrecha entrada de no más de un cable de ancho, con un saco de tres millas y un ancho de media milla, rodeado de acantilados de unos 600 metros de alto, cubiertos de profusa vegetación, útil para abastecer las calderas del buque una cascada de purísima agua. El 6 de febrero de 1915, al atardecer, llega hasta aquí el averiado Dresden, con las máquinas quejándose y rechinando. Al pasar los enormes acantilados de la estrecha entrada, ven un velero con bandera alemana que resultó ser uno de los barcos de la flota de Carlos Oelkers de Calbuco que venía capitaneado por Enrique Oelkers acompañado del eficiente colaborador Albert Pagels, quien les había informado de la emergencia del buque y traía víveres, carbón y mecánicos para llevarse las piezas dañadas a Calbuco y Puerto Montt.

Esa misma noche empezó la gloriosa estada del Dresden en este maravilloso fiordo. El aire tibio de verano, la banda tocando en cubierta, cerveza, cecinas de las buenas, auténticas, fabricadas por los alemanes residentes y salchichas en fondos con agua hirviendo, ¡no podía haber nada más estupendo después de tantas privaciones!. A la mañana siguiente, muy temprano, se empieza con el desarme de las piezas dañadas. Todo el personal tenía algo que hacer, había que apurarse, era de suponer que no podrían quedarse mucho tiempo, era contra las leyes de la Convención de La Haya. Se sacaron dos pesadísimas tapas de las calderas semifundidas por las tremendas temperaturas a que habían sido sometidas, como también ejes y partes de los comandos del timón. Todo fue trasladado al velero de la flota de Oelkers que partiría rumbo a Calbuco y Puerto Montt. El personal, agotado, se retiró temprano.

 Al otro día se continuó con la labor de desarme de las últimas piezas dañadas con las que partiría al día siguiente a las 5 A.M. el capitán Wiebliz, Pagls y dos marineros en la lancha de vapor del buque, rumbo a la isla Guar para ser entregados a medio día en el solitario estero de Chipué a la Elfeide, la goleta de Pagels comandada por su colaborador Schindling, y llevarlos a reparar a Puerto Montt, estratagema meticulosamente elaborada, con anterioridad, para no delatar la posición del Dresden.

Antes de partir con Pagels, Schindling entrega al capitán Wiebliz una bolsa con correspondencia para el buque, recopilada por muy diferentes y extraños medios. Enfilados a 182º magnéticos, rumbo que mantendrán por 10 millas para luego virar a babor, a la cuadra de la isla Queultín y tomar el nuevo rumbo de 124º hacia la isla Llancahué. Era un día soleado con mar plana y suave viento del NW. El pequeño motor a vapor de la lancha resoplaba acompasadamente, manteniendo una velocidad, con ayuda del viento, de 7 nudos que les auguraba pronta llegada en unas 7 horas. Faltando más de una hora para llegar al cambio de rumbo en la isla Queltin, el capitán Wiebliz, a instancias de los tripulantes, accede a abrir el saco de la correspondencia.

Sobre todas las cartas se destaca inmediatamente una caja dirigida a uno de los marineros tripulantes, Otto Hunger el corneta del buque, quien con gran apresuramiento y ansiedad la abre: era un grueso chaleco con cuello de piel que le había tejido su madre, pues él en una carta, se había quejado del frío de los canales magallánicos. Con gran alborozo se lo pone a pesar de no corresponder a la temperatura veraniega. Al cambiar el rumbo hacia el oeste, favorecida por el viento de empopada, la pequeña embarcación aumentó su andar a casi 8 nudos lo que les permitió llegar al buque con el sol aún alto.

Sobre la cubierta encontraron un misterioso cajón. El aserrín y restos de tablas que lo rodeaban denotaban su reciente construcción. Al preguntar a que correspondía, nadie supo contestar. Cuando el capitán Wiebliz fue a informar sobre su misión al Comandante Lüdeke, le preguntó por el misterioso cajón. El comandante le informó que se trataba del molde que se usaría para concretar la caja que contenía el tesoro mejicano, el que intentaba fondear en Quintupeo ya que no había sido posible depositarlo en un banco en Alemania. “Nuestro destino es demasiado incierto como para continuar con esta responsabilidad”, justificó el comandante.

En la mañana, el misterioso cajón había desaparecido, no quedaba ni rastro de su existencia. Al fondo del buque, en una bodega de la sentina, el Teniente Canaris, Karl Hartwig el torpedero y Gregor Bitter el carpintero, en estricto secreto, envuelven la caja del tesoro con linoleum y lo sellan con brea, para luego introducirlo en el mentado cajón y concretarlo con la mezcla que el carpintero ya tenía preparada. Terminada esta última operación, Bittler introdujo en la mezcla dos ganchos de fierro para posteriormente, y una vez fraguado, izar el pesado bloque con la grúa de torpedos.

Los colonos de Quintupeu.
Imposible que la insólita presencia del Dresden pasara inadvertida a la colonia alemana. Era un maravilloso remezón a la monotonía provinciana, además que todos deseaban atender y reconfortar a estos heroicos compatriotas que habían enfrentado tantos peligros y privaciones. Y así fue que ese atardecer, ya oscureciendo, aparecieron unas luces: era un velero de Oelkers. Al acercarse los focos del buque lo iluminaron. Venía también un velero chilote y otras dos embarcaciones menores repletas de alemanes del sur.

Grande fue el alboroto cuando empezaron a subir los recién llegados por la escala de cuerdas que les tendieron del buque. Las risas, los gritos, las bromas interrumpieron el ya malogrado silencio del fiordo. El teniente Max Schmidt, telegrafista, afirmado en la borda observaba. Una joven alta, delgada y de pelo oscuro, llamó su atención. Mientras subía, la muchacha da un traspié y cae al agua. Max Schmidt no lo piensa dos veces y se lanza desde los 4 metros de altura de la cubierta del Dresden. Rápidamente la logra rescatar y la ayuda a subir por la escala. Llegado arriba ella agradece muy confundida a su salvador. El teniente le dice que no fue nada, pero su corazón desbocado, dice que fue todo, ¡que no puede ser más!

La banda empezó a tocar. Los colonos empezaron a servir salchichas, cerveza, kuchens, tortas, strudels. El teniente Schmidt cuando volvió a cubierta su náufrago no estaba. De pronto gritos, risas y aplausos ¡Greta, Greta ven aquí! Greta que se llamaba la niña rescatada, venía vestida de marinero, única ropa seca que podía haber en un buque de guerra. Max no podía quitarle los ojos de encima ¡No podía haber algo más lindo en el mundo que ella, con su pelo mojado y vestida de marinero! Poco a poco, la fiesta se fue armando, empezó el baile, Max sin saber como se encontró con Greta, como atraído por un imán, quiso decirle algo pero no pudo, ella le sonrió ¡Ay que sonrisa! Ella empezó a hablar, pero él no podía concentrarse en lo que decía, sólo le fascinaba su forma de hablar el alemán su acento, sus palabras arcaicas era todo una música encantadora.

Era explicable, los colonos habían llegado 70 años antes con Pérez Rosales. De repente sus manos se encontraron instintivamente, él la retiró, ella se la tomó firmemente, ¡Fue la gloria!, estertores, escalofríos le recorrieron todo el cuerpo. Ahí a popa se abrazaron y se besaron. Max estaba frenético de amor, ella también pero de pronto, ella reaccionó ¡No podía ser, si apenas se conocían! y se apartó zafándose avergonzada. El se desconcertó, luego controlándose, le pidió perdón. Su adoración y respeto eran mucho más grandes que su deseo. Volvieron a la fiesta que estaba que ardía. La banda había empezado a interpretar otros ritmos de moda que desafortunadamente eran franceses e ingleses. Entre risas y bromas los marinos enseñaban a las niñas a bailarlos. Ya algunas parejas estaban empezando a dominar estos nuevos pasos. Al poco tiempo ya todos bailaban con los naturales errores que producían muchas risas. El nivel de felicidad y alegría no podía estar más alto.

Avanzada la noche aparece en la cubierta de baile el teniente Canaris sorprendido por la alegría reinante y algo contrariado por estos bailes de países enemigos da por terminada la fiesta y de paso avisa que no habrá visita de los colonos pues se trabajará en el armado de las primeras piezas que  llegarían en la mañana. Como a las 10 A.M. llegó la goleta con las piezas reparadas con las que trabajaron todo el día colocando y ajustando. Al atardecer, terminada la faena, Bittler el carpintero baja con un gran embudo de madera a la lancha acoderada al crucero con otros botes a remolque cargados de barriles. Max, que observaba al preguntar a Bittler qué preparaban, le dice que van a buscar agua dulce. Max baja a la lancha incorporándose al grupo. En la rivera sur a la salida del fiordo se encuentra una cascada que cae de más de cien metros de altura con una purísima agua sobre las rocas desmembrando el chorro en una ducha debido a la gran altura. El espectáculo era grandioso. El carpintero ayudado por dos marineros instala su embudo sobre una roca recibiendo el agua, la que con
una gruesa manguera, va llenando los barriles. Estaban en esta faena cuando silenciosamente se acerca una goleta que también venía por agua. Sobre la cubierta Max reconoció a algunos de los colonos y entre ellos a Greta, de inmediato tomó una cuerda y la amarró al extremo de la manguera, luego subió a la cubierta de la goleta llevando el otro extremo de la cuerda para que cuando terminaran de llenar los barriles ellos pudieran abastecerse también.

Gentil fue el gesto del teniente Schmidt, pero su interés principal era estar con Greta, lo que logró, pues los barriles eran muchos ¡bendito el Dresden por consumir tanta agua! Terminada la faena Max ayudó a colocar la manguera en los barriles de la goleta. Un fuerte pitazo quedó rebotando en los empinados acantilados colindantes. Era el cazatorpederos chileno Condell que se dirigía decididamente al Dresden. De inmediato parte la lancha
con el agua hacia el buque, por más que apuran la máquina, con la pesada carga, apenas avanza. Antes de llegar se cruzan con la torpedera que va de vuelta y los saluda. Al subir les informan que los han notificado que están contraviniendo el acuerdo de La Haya y que tenían que zarpar cuanto antes.

Al día siguiente ya todas las reparaciones están listas. Todos están barriendo y lavando el buque preparándolo para la fiesta de despedida. Pasado el almuerzo llegaron unas niñas de la colonia para ayudar a la decoración. A las 6 P.M. empezaron a llegar los colonos con sus manjares y exquisiteces para esta última celebración. La fiesta fue grandiosa con mucha música, comida, cerveza y bailes. El le tomó la mano sacándola de la fiesta hacia algún lugar más tranquilo. Ella se resiste un poco, sospecha lo que podría pasar. Max la lleva a uno de los botes que está en su calzo, se resiste más, ya no le cabe duda, el la abraza y la besa, ella lo mira y ve su expresión de ansiedad y piensa que podría morir, él la lleva hacia el bote, ella entona mentalmente la canción nacional alemana “Deutchland, Deutchland Über Alles....” y se deja llevar.

En el bote ella sólo pudo agradecer a la patria por tan gloriosa licencia. Cuando los enamorados bajaron del bote ya era muy tarde, no había nadie en cubierta, pero luego escucharon unas voces que hablaban muy bajo, luego el chasquido de algo que caía al agua, se asoman por la borda y ven un gran bloque que se va hundiendo iluminado por el resplandor de las noctilucas. Ella le pregunta que sería eso, él se encoge de hombros, pero sospecha qué podría ser. ¡El tesoro!

Partida incierta.
14 de Febrero de 1915. Llegó la hora de partir. A las 8.30 A.M. el Comandante Lüdeke da la orden de levar anclas, luego reversa con timón a estribor, después avante y timón a babor. No era prudente pretender dar vuelta en redondo dentro de la media milla de ancho de Quintupeu. Era una hermosa mañana con cielo azul y nubes blancas, una neblina espesa como de un metro de alto cubría el agua, la que se agitaba perezosamente con el movimiento del buque. El Dresden avanza pesadamente como arrastrando un ancla o una gran masa de güiros. No, nada de eso, eran sólo los güiros del alma, no querían partir, no querían cortar con los recuerdos que los unían a estos dichosos días pasados en este maravilloso estero. En cambio, ¿qué les deparaba el destino?, ¿a dónde iban? En ningún caso a casa, nada bueno podía esperarse, carbón escaso, abastecimiento remoto, perseguidos, solos sin barcos de apoyo.

En las embarcaciones de los alemanes residentes, que los escoltaban, sentían haber cumplido con la lejana patria ayudando a estos heroicos compatriotas, pero también había tristeza, remotas eran las posibilidades que las amistades y amores pudieran continuar. Sin embargo los recuerdos perdurarían para siempre. Más aún, para algunas muchachas, que al pasar los meses, disimulaban embarazosos abultamientos, subproducto de tanto fervor patriótico. Al pasar la estrecha entrada del estero Wieblitz, el navegante dio el rumbo de 284º verdadero y velocidad económica de 16 nudos. Las embarcaciones que los escoltaban fueron quedándose atrás, ninguna podía soñar con ese andar. Antes de una hora las embarcaciones que los escoltaban ya habían desaparecido en el horizonte, el superior andar del Dresden los había separado cerca de 10 millas. El navegante, corrigió el rumbo al 301º después de pasar la isla Liliguapi para enfilar el paso entre el bajo Admistía y la isla Tabón, luego al 296º para enfilar el canal Chacao.

Teniendo la isla de Abtao a la cuadra por estribor, notaron un aumento de velocidad que la corredera no acusaba. Las demarcaciones demostraron que la velocidad era de más de 20 nudos. Era la hora de la vaciante, la corriente corría vertiginosamente hacia el océano. Al acercarse al canal ésta fue aumentando. El capitán mandó a toda marcha para tener mejor gobierno del buque en esas turbulencias. El Dresden parecía volar sorteando los escollos que Pagels había marcado en la carta. ¿La velocidad?, sobre los 35 nudos. La tripulación observaba atónita. Los barquinazos, la corriente y los remolinos estremecían al buque. Al salir al océano abierto el capitán disminuyó la marcha, lo que produjo una calma que contrastaba con la tensión de momentos antes. La tripulación aplaudió y gritó. Luego de pasar el banco Aguiles y con la isla Doña Sebastiana a la cuadra por estribor, el capitán cambia el rumbo al 344º verdadero, hacia el norte, sin un destino preciso, esperando encontrarse con el carguero Gotha que supuestamente les daría carbón y víveres. Lo esperan ansiosamente, a veces a la deriva con las máquinas paradas para ahorrar combustible.

Una noche Max Schmidt, el telegrafista, sale a cubierta a tomar aire. Ahí se encuentra con Otto Hunger, el corneta, que hacía su turno con un grueso chaleco de lana y cuello de piel. Max le hace una broma sobre lo arropado pues no hacía frío. Otto le dice que se ha propuesto ponérselo una vez al día en recuerdo de su madre que se lo tejió. Max se ríe, ¿qué vas a hacer cuando lleguemos al trópico? Sudar, contesta Otto. Max se queja de cansancio. Otto viendo la cara de sueño del telegrafista le ofrece reemplazarlo por un rato. En la radio no pasa nada, de pronto una señal muy débil. El tableteo de morse se repite insistentemente, va anotadas las letras ... es incomprensible, parece una clave, despierta a Max que dormía en un sillón. Max toma los fonos apresuradamente y empieza a anotar una serie de letras, sin significado aparente. Trata de adaptarlas a las claves que conoce, sin resultado. De pronto recuerda que Greta le había dicho que un tío tenía una radio transmisora y que trataría de mandarle un mensaje. Según su tío de noche sería más fácil. Mirando las 5 primeras letras del misterioso mensaje se da cuenta al invertirlas en el orden dan Greta. Con esa clave sólo faltaba invertir el resto: “ich liebe dich. Greta”. Emocionado se lo muestra a Otto. Quiere contestarlo pero sin delatar al Dresden. Luego de pensarlo contesta: “yo también, Max”, en español no sospecharán que es el Dresden, y agrega riéndose “espero que no se note el acento”.

Febrero 27. Abordan un velero inglés y lo hunden luego de transbordar a sus tripulantes: llevaban algunos víveres, pero nada de carbón. La banda tocó en cubierta como desagravio a los nuevos huéspedes. Corearon canciones, algunas conocidas por ambos bandos, creando una alegre camaradería entre estos enemigos. Marzo 4. Un velero peruano accede a llevar a la tripulación del velero inglés a Valparaíso. Hay despedidas y muestras de afecto, ya eran amigos. Marzo 8. Se divisa un buque de tres chimeneas, es el crucero inglés Kent que los sigue por unas cuantas millas. Max Schmidt escucha por la radio: “Encontramos al Dresden”.

Marzo 9. Llegan a la isla Más a Tierra del archipiélago Juan Fernández con los últimos restos de carbón que les quedaban. A las 8.30 fondean en bahía Cumberland. La tripulación baja a tierra y es recibida amigablemente por los isleños con corderos y langostas. En retribución la banda del Dresden tocó varios conciertos al atardecer.

  

Marzo 14. Es avistado por el oeste el buque inglés Glasgow, luego el Orama y el Kent. A las 8.50 los buques ingleses izan sus banderas de combate y rompiendo el fuego enfilan por la popa del Dresden. Los alemanes contestan, pero la superioridad del enemigo es abrumadora. Al poco de haberse iniciado el combate los cañones de popa quedaron inservibles. El Teniente Hartwig, el torpedero, al notar que se estaba iniciando un viento del noroeste mandó izar el ancla de popa para que el buque borneara enfilando la proa al enemigo para poder utilizar la artillería que aún estaba operante. Las andanadas inglesas arreciaban. En el Dresden se declaró un incendio incontrolable, el Comandante Lüdeke ordena desembarcar a la tripulación para luego hacer estallar la santabárbara de proa. A las 11.34 del 14 de marzo de 1915 el Dresden se hunde por la proa con la bandera de la Marina Imperial Alemana al tope.

La emoción de la tripulación en los botes era incontenible, no podían aceptar lo que veían: ese compañero, ese estupendo e invencible coloso hundiéndose, hundiéndose para siempre. Alguien se acerca nadando a los botes. Lo ayudan a subir, se trata del Teniente Hartwig que se había quedado en el buque hasta el final esperando que el borneo del crucero favoreciera el enfilamiento de los torpedos hacia el enemigo. Otto Hunger, el corneta, con su brazo izquierdo chorreando sangre intenta ponerse de pie, sus compañeros deben ayudarlo: toca a silencio. Nada puede ser más dramático que ese toque entrecortado interpretado por un moribundo. Los hombres dejan de remar y levantan verticalmente sus remos mientras el desolado sonido de la corneta hiere sus corazones. Todos quieren llorar pero eso es algo inconcebible para estos orgullosos marinos, marinos de guerra, ¡caballeros del mar!

En tierra se hace un recuento. Hay quince heridos graves, siete leves, dos muertos y cinco desaparecidos. Más tarde también muere el corneta Hunger. Los isleños proporcionan la madera para los ataudes de los muertos. Todos se forman marcialmente para el funeral. El comandante Lüdeke dice unas palabras mencionando a cada uno de los fallecidos, especialmente habla de Otto Hunger por su heroico gesto de despedida del Dresden. Luego se hicieron los disparos de rigor con escopetas prestadas por los isleños; esta vez no hubo toque de silencio. Luego, cumpliendo con el último deseo de Otto Hunger, su corneta fue lanzada al mar, en el mismo lugar del hundimiento del Dresden.

Los heridos embarcados en el Orama, fueron trasladados al hospital Alemán de Valparaíso. Entre éstos estaba el doctor Koch, herido en ambos brazos; el capitán Wieblitz, con una pierna destrozada que hubo de serle amputada y Max Schmidt, el telegrafista. El resto de la tripulación fue embarcada en los cruceros Esmeralda y Zenteno de la marina chilena para ser llevados a Valparaíso y posteriormente a la isla Quiriquina donde permanecen prisioneros hasta el final de la guerra. Algunos lograron escapar, entre ellos el teniente Canaris y el torpedero Hartwig. Al término de la internación alrededor de 60 marinos permanecieron en Chile. Augusto Böegel, el maquinista del Dresden, recibió en 1970 la Cruz al Mérito Bernardo O’Higgins por su labor en la comunidad de Puerto Varas.

Epílogo.
En enero de 1987 llegamos en mi yate Antares acompañado por mi hijo Cristian y May, mi nuera, a la caleta los baños, al lado norte de la isla Llancahue. Realmente fue agradable caminar por un piso que no se movía después de varios días de navegación. Mientras esperábamos la comida, una vez cumplido con el relajante baño termal, empezamos a hojear un libro de recuerdos que tenía este simpático hotelito, en el que los clientes anotaban las impresiones de su estadía y experiencias; había notas referente a la belleza del entorno, como otras con graciosas tallas y bromas; una de Pablo Hunneus nuestro amigo escritor y navegante que había estado poco antes en su gran Poseidón, un motor-sailor, más motor que sailor, construido por él mismo y un carpintero chilote. Pero había una que nos llamó la atención pues ocupaba varias páginas con comentarios y caricaturas muy graciosas de un grupo de jóvenes con trajes de hombre-rana. Mientras nos divertíamos con estas bromas, se nos acercó un alemán muy rubio, de aspecto muy alemán, pero que curiosamente hablaba como chilote.

Este señor, con su pintoresco modo de hablar, nos contó que el grupo que veíamos en el libro, se trataba de una familia de descendientes de alemanes que venía todos los años en un velero a bucear en Quintupeu. Luego nos contó la historia del tesoro del Dresden y él sospechaba que estos señores lo buscaban, pues según se decía, el comandante del buque le había comunicado la existencia del tesoro a un miembro de la colonia alemana y que pasado una cierta cantidad de años, al no ser reclamado, podrían encargarse de él.

“Bueno” -dijo con una sonrisa maliciosa- pero hace ya un par de veranos que no vienen”. Luego contó, en tono confidencial, que hacía varios años unos pescadores, buceando, encontraron el tesoro y se las ingeniaron, con una balsa hecha con tambores, sobre la cual instalaron un guinche. Cuando habían logrado levantarlo, con gran esfuerzo y se preparaban para subirlo a la balsa, se soltó la chicharra del huinche y la mole se precipitó hacia el fondo. Uno de ellos, no resignado a perderlo intentó sujetar el cable pero le cortó tres dedos, otro quiso trancar la manivela, que giraba vertiginosamente, con un remo, pero éste no resistió y le quebró un brazo. Otro al llegar a casa encontró a un hijo muy enfermo y se había muerto misteriosamente la vaca que daba leche a toda la familia. Dado el cúmulo de desgracias desistieron, considerando que sobre el tesoro había un maleficio.

Toda esta historia del Dresden y su tesoro despertó la inquietud que me llevó a investigar sobre el tema. Leí sobre la historia de Méjico, sobre la guerra del 14 obteniendo sólo algunos datos muy incompletos. Luego cayó en mis manos el libro de María Teresa Parker “Tras la estela del Dresden”, el que me completó todos los datos que me faltaban, pero nada de Quintupeu y el tesoro. Extrañamente la semana del 7 al 14 de febrero de 1915 no aparece en la Bitácora del buque como tampoco en ninguna de las memorias escritas por sus marinos.

¿Por qué será? ¿Tal vez estaban contraviniendo el acuerdo de La Haya o será por lo del tesoro? En enero de 1996 durante la última regata de Chiloé, cumpitiendo con el yate Marjoly de Alonso Baeza y Augusto Compte, nuevamente me alojé en el hotelito de los baños. Mi primer impulso fue ver el libro de recuerdos, quería ver nuevamente esas caricaturas y comentarios que me interesaron motivándome a dar origen a estas líneas. Al pedir el libro, el que me pasaron era otro naturalmente, no podía ser el mismo, habían pasado 9 años. Pedí los anteriores, tuve que revisar varios antes de llegar al que me interesaba.

¡Gran sorpresa! las páginas ya no estaban. ¡Habían sido cuidadosamente eliminadas!
What happened?
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Un grupo de chilenos buceando en el “Dresden” rescataron, entre otros objetos, la corneta deOtto Hunger, la que fue enviada a Alemania donde yace en un museo.-----

 

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