Historia y Arqueologia Marítima

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EL TORPEDERO LA RIOJA Y SU INTERVENCIÓN EN LA BATALLA AERONAVAL DEL RÍO DE LA PLATA

Escrito por el CA Juan Manuel Jiménez Baliani y publicado en el Boletin del Centro Naval Nº 773 de Febrero de 1994. Imagenes del archivo de Histarmar.

Septiembre suele ser inestable en la zona del Río de la Plata. Los prolegómenos que anunciaban la primavera de 1955 no escapaban a esta regla general. No se disponía entonces de satélites que permitieran una más ajustada predicción del tiempo y muchas veces se incurría en errores groseros. Para ese 16 de setiembre se había pronosticado cielo parcialmente cubierto con probables neblinas por la mañana, descenso de la temperatura y heladas en la madrugada.

En ese entonces yo era teniente de navio, Jefe de Artillería del torpedero La Rioja de la Armada Argentina. Desde junio se vivían momentos políticos difíciles. El gobierno se había deteriorado y perdido credibilidad. Después de la fallida revolución que hubo en aquel mes, el descontento era tal que podía preverse algún otro alzamiento. Una serie de actos protagonizados por simpatizantes al gobierno se desarrollaron en esos días: la quema de la bandera, la de la sede del Jockey Club de la calle Florida con sus obras de arte reducidas a cenizas y fundamentalmente los desmanes seguidos de incendios de las iglesias tradicionales. Todo eso había conformado un ambiente de rechazo y rebeldía.

A esto había que sumar la existencia de un estado policial prepotente, las libertades individuales cercenadas, una justicia ineficaz, una persecución ideológica intimidante, hasta llegar a sentir, en carne propia, la opresión asfixiante de personas que controlaban y seguían todos los movimientos que se realizaban.

Nuestra nave formaba parte, junto con los torpederos Cervantes y Garay de la Fuerza Naval de Instrucción, asignada a la Escuela Naval Militar. Teníamos una dotación reducida de personal y en nuestros buques embarcaban cadetes para hacer sus prácticas y afianzar sus conocimientos de la vida de a bordo y de la navegación. Siempre embarcaba el mismo grupo de cadetes y tenían asignado un rol fijo para las distintas actividades: maniobra, rancho, incendio, colisión, combate, desembarco, abandono, etc.

De esta manera, entre la dotación de personal y cadetes, teníamos asegurados en redundancia los puestos claves, que podían ser cubiertos tanto por unos como por otros. El sentimiento reinante entre la oficialidad de la Marina era conocido y salvo algunas raras excepciones, no se dudaba de qué bando estaría en caso de desarrollarse un conflicto. Esto era compartido por los cadetes.

De pronto, me sobresaltó en mi domicilio un timbre insistente que quebró la quietud de la noche y me retrotrajo del abismo del sueño a una vigilia angustiosa. Resultaba difícil que la conciencia entera se apoderara nuevamente de mí, lo hacía de a poco, alimentando despaciosamente las neuronas, hasta que un segundo timbre, me despejó completamente la mente. Pero ¿qué hora era? Miré incrédulo el reloj. Eran cerca de las 0400 de la mañana. ¡Hora insólita para una visita!

Me levanté, me acerqué a la puerta de entrada y sin abrirla pregunté:
-¿Quién es?
Una voz relativamente débil me respondió: -Teniente Pérez de la Escuela de Aplicación de Oficiales, señor.
Abrí la puerta con cierta aprensión. Tenía ante mí a un oficial de marina que no conocía. Vestía el uniforme, pero yo sabía que el uniforme no identifica a las personas. Le pedí ver un documento y me lo alcanzó. Le pregunté, prescindiendo de toda fórmula de cortesía:
-¿Qué pasa? ¿Qué quiere?
Me contestó:
-Me han dado la orden que le informe que se debe presentar de inmediato a su destino. La situación hace que esto sea urgente. Se ha dispuesto el alistamiento de todas las unidades.
-Muy bien. Gracias. Me presentaré de inmediato.
-Lo espero, señor. Tengo en la puerta un jeep estacionado.

No conocía a quién tenía ante mí y un dejo de desconfianza me embargaba. Le dije:
-¡No! ¡Gracias! Tengo el auto en la puerta. Me trasladaré por mis propios medios.

Insistió:
Es que se va a hacer tarde!
Retírese! -le contesté- de inmediato me presentaré a mi destino. Vaya a cumplir con otros deberes que tenga.
No replicó. Un poco decepcionado me dijo:
-Bien, señor. Buenos días -y se retiró.

Le dije a mi esposa que tenía que llevarme hasta Río Santiago. Las calles estaban desiertas en esa noche fría y nos adelantamos solitarios hacia Ensenada, por un camino rodeado por pocos edificios y pasando por villas de emergencia, como hay en todos los deslindes de las ciudades. Si por casualidad veíamos algún trasnochado o tal vez un madrugador, acelerábamos, porque lo considerábamos potencialmente hostil.

Manejaba mi esposa y con zozobra recorrimos los últimos kilómetros hasta llegar a las puertas del Astillero de Río Santiago, cuyas rejas de hierro forjado estaban cerradas. Había una guardia militar apostada. Unos focos nos iluminaron, encandilándonos.

Una vez detenido el coche, se acercó al mismo un Oficial de Infantería de Marina, que con un cordón dorado sobre el hombro izquierdo se identificaba como oficial de guardia. Nos observó, reconociéndome.
Dijo:-Buenos días. ¿Hacia dónde se dirige?
Contesté:
-Al torpedero La Rioja, donde estoy destinado.
-Bien -repuso- descienda del auto y diríjase al muelle a pie. Conviene que se apure.
En lontananza, al este, podían vislumbrarse las primeras luces del amanecer que daban una pincelada de color rojizo a las nubes bajas en el horizonte.

Mi esposa, las manos al volante y el motor en marcha, habló por primera vez:
-Señor ¿Podría quedarme en un costado, cerca de la reja, hasta que amanezca y haya luz suficiente como para que pueda regresar sin problemas?
-Señora: ¿Usted sabe manejar bien? -preguntó éste a su vez.
-Sí.
-Entonces, no espere ni un minuto. Dentro de media hora aquí se «arma la maroma». Vayase cuando antes y que tenga suerte.
-¡Gracias!

La vi alejarse y cuando se perdió de vista, me dirigí por los caminos internos del astillero hacia el muelle que en el Río Santiago, frente a la Escuela Naval Militar, nos servía de apostadero.

Cuando llegué, el personal estaba formado en tierra, en dos filas, así como la dotación de cadetes. Presidía la formación el Segundo Comandante, el entonces capitán de corbeta Carlos F. Peralta escoltado por un par de oficiales. De una lista, previamente preparada, iban nombrando los apellidos de quienes constituirían la tripulación que saldría a navegar. Cuando alguien era nombrado, respondía ¡Presente! y se encaminaba a bordo.

Me presenté al Segundo Comandante quien en breves palabras me impuso de mis obligaciones: preparar el armamento para el combate. Tenía dos ayudantes: el permanente que era el en ese entonces teniente Juan R. Ayala Torales y uno temporario, el teniente Federico Ríos, cursante de la Escuela de Aplicación de Oficiales, que había sido designado para esta oportunidad.

Ambos me informaron cual era la situación: La Escuela Naval Militar, con su director a la cabeza, el almirante Isaac F. Rojas, se había sublevado. Se habían unido los oficiales de la Escuela Superior Técnica del Ejército, quienes de improviso se habían presentado en la noche, para ponerse a las órdenes del Almirante.

Una vez que embarcara todo el personal asignado se saldría a navegar. Se preveía que en Berisso, del otro lado del acceso al puerto de La Plata y por cuya boca debíamos fatalmente pasar, existían milicias armadas provenientes de los frigoríficos Swift y Armour, que habían tomado los sitios contiguos, junto con personal de la policía de la provincia de Buenos Aires.

El Comandante, capitán de fragata Rafael Palomeque Barros estaba en el puente y las máquinas estuvieron listas en los minutos siguientes. Mientras tanto, se había terminado en el muelle la asignación de puestos, embarcado la totalidad de los cadetes y aproximadamente dos tercios del personal subalterno.

A nuestro costado de estribor, el torpedero Garaycompletaba el alistamiento y en cubierta se veía circular al personal en forma silenciosa con la seriedad propia de quien se enfrenta a sus propias decisiones y responsabilidades.
Ocupé mi puesto en el puente de mando, donde se encontraba el Comandante y el Oficial de Guardia en navegación. El Segundo Comandante se presentó para dar parte de «Orden cumplida, tripulación designada a bordo». Por la bocina llegó la voz del Jefe de Máquinas, el entonces teniente de navio Enrique A. Depetris:
-¡Máquinas listas!

El Cervantes largó amarras y lo siguió el Garay. Nosotros, que éramos los que estábamos amarrados a muelle, lo haríamos en último lugar.

Se retiró la planchada y el Comandante ordenó: «Ocupar puestos de maniobra». El Oficial de Guardia tocó el gongo correspondiente. Hubo un gran movimiento y cada uno se dirigió al puesto que tenía asignado. Una vez que se informó: «Personal en puesto de maniobra», el Comandante dio su segunda orden: «¡Largar amarras de proa y popa! ¡Máquinas adelante despacio! ¡Todo timón a estribor!».

El barco se puso en movimiento, viramos en el río y pusimos proa a las Cuatro Bocas, en una de las cuales, la noreste, estaba el silo copado.

Nos trajo a la realidad el Comandante, que ordenó;«¡Máquinas adelante toda fuerza!». El buque fue tomando velocidad y casi de inmediato, ordenó: «¡Ocupar puestos de combate!». Cuando sonaron los gongos fue como si un incentivo especial pusiera en movimiento ese gran engranaje que es un buque. Los desplazamientos se hicieron a la carrera y cada tripulante ocupó su lugar.

Los puestos de artillería estaban todos cubiertos y la cadena de abastecimiento de munición formada. Los vigías atentos dirigían sus prismáticos a los silos, de cuyas aberturas sobresalían personas que no distinguíamos si estaban armados, pero que por la información que teníamos, así lo suponíamos. Nos fuimos acercando rápidamente y cuando se ordenó todo timón a babor para tomar el canal de acceso, fue el momento de mayor tensión.
-»Si disparan desde el silo, repeler el ataque» - me había ordenado el Comandante.

Todas las armas estaban dirigidas hacia ese objetivo, pero no hubo necesidad de hacer fuego, ya que viramos y nos fuimos alejando sin que nada sucediera. Más tarde supimos que estaban armados pero si pensaron realizar alguna acción, la decidida intimidación nuestra fue suficiente para que depusieran su actitud.

El vetusto malecón del canal de acceso está formado por postes de leño enterrados en el fondo que sobresalen del nivel del río a ambos lados del canal. Configuran como una avenida en cuya margen norte a mitad del recorrido se encuentra el semáforo que mediante señales visuales indica la altura del río.
Este recorrido, realizado tantas veces, nunca nos pareció tan largo y aunque el buque iba a alta velocidad - no en vano en su juventud había ostentado el récord mundial - su pasaje se hacía interminable. Las máquinas transmitían todo su poder propulsor a las hélices y despedían por la chimenea un humo color habano con flecos blancos, que quedaba como estela aérea hacia popa.

Sobrepasamos el semáforo, pero todavía restaba bastante para salir del canal. Seguimos navegando a toda máquina y cuando faltaban unos 300 metros para abandonarlo, aprovechando el sector del humo, apareció de improviso, sin que los vigías se hubieran alertado, una escuadrilla de cuatro aviones Gloster Meteor, leales al Gobierno y que comenzaron a disparar sobre nosotros sus ametralladoras de 20 milímetros.

El Comandante dio la orden de : «¡Comenzar el fuego! ¡Fuego a discreción!

Repelimos el ataque con los cañones Bofors de 40 milímetros pero el vuelo de los aviones era rasante y se hacía difícil dar en el blanco. Siendo aviones a reacción, la velocidad relativa era grande, hacían una suave picada apuntando bien a la fuente de humo y sus disparos letales perforaban el costado por encima y por debajo de la flotación, la cubierta, la chimenea y los mamparos de uno a otro costado.

Los aviones hicieron tres pasadas y el resultado fue que se produjo en los buques un verdadero estrago, tanto en el personal como en el material. Los impactos que habían perforado el casco por debajo de la flotación fueron el verdadero problema. Chorros de agua inundaban en varios lugares el buque, que de no haberse procedido con presteza hubiera corrido peligro de naufragio. La pericia y la actividad del Jefe de Control de Averías , el en ese entonces teniente Jorge Forteza hicieron que el buque mantuviera su flotabilidad y estabilidad.

Mientras tanto, el buque había salido del canal de acceso y comenzado a hacer maniobras evasivas en el río, limitadas por su propio calado. Desde el puente pude ver en proa, solitario, al cadete Barrantes quien con una anticuada ametralladora Mads 7,65 apuntaba, detrás del precario montaje, a los aviones y disparaba ráfagas de unos pocos tiros, tras los cuales se atascaba el mecanismo y debía luchar con sangre fría para destrabar el conjunto, mientras los proyectiles enemigos volaban en derredor.

Una vez destrabada su arma, presentaba estirada banda de proyectiles en la posición correcta y continuaba con otra corta ráfaga, después de apuntar a la pasada a veloces aviones, hasta que un nuevo inconveniente interrumpía sus tiros.
Su actitud temeraria y a la vez heroica es digna de mencionar como ejemplo del espíritu de cuerpo y de la disciplina que reinaba. Con uniforme de faena y gorra sin casco, era un blanco fácilmente distinguible. Los aviones lanzaron también en una de las pasadas sus bombas, con mala puntería. Los piques se veían en todas direcciones pero felizmente para nosotros ninguna logró objetivo. Caían a 50 ó 100 metros de distancia.

El montaje de proa de la Bofors 40/60 era comandado por mi ayudante el teniente Ayala Torales, que en el fragor del combate no reparó lo cerca que había estado de la muerte: una esquirla le había perforado la funda de la gorra.
Vimos como después de la tercera pasada los aviones de alejaban, sin daños de regreso a su base, que presumíamos y presumíamos bien, era Morón. Nosotros habíamos quedado bastante maltrechos. Felizmente no había sido tocado el buque en sus partes vitales y el armamento respondía en su totalidad. Pero teníamos muertos (como el cadete Guillochón) y heridos graves (como el cadete Maañon) que abarrotaron la enfermería, no preparada para tan crítica circunstancia.

Tripulacion y plana mayor.

También aquí se registraron actos de entereza y solidaridad. Uno de los cadetes heridos que estaba en enfermería, hijo de un médico, aunque estaba imposibilitado de hablar, por señas indicaba a los camaradas que se mantuvieran en reposo con calma y tranquilidad, para disminuir la pérdida de sangre, hasta que pudieran ser atendidos con torniquetes u otros medios primarios.

Pusimos proa hacia el Pontón Recalada tratando de alejarnos lo más rápidamente posible de esa zona que no nos permitía maniobrar con libertad y con peligro constante de varar. Seguramente los aviones se reabastecerían de combustible y munición y regresarían para efectuar nuevos ataques. Alejado momentáneamente el peligro se reparó someramente lo que se pudo y se dio orden de permanecer a la orden en los puestos de combate.

El Comandante, en un ángulo del puente, sentado frente a una pequeña mesa, desplegaba formularios de varios colores: verdes, azules, rosas, blancos, en los que escribía serena y parsimoniosamente, concentrado en esa tarea. Yo no sabía lo que él estaba haciendo, pero más tarde me enteré que los que llenaba con tanta dedicación, eran formularios que se usaban en la Escuela de Guerra Naval durante los Juegos de Guerra, para registrar el detalle de todas las acciones que se llevaban a cabo, especialmente aquellas que correspondían a la «Rápida apreciación de la situación».

No habían pasado 40 minutos cuando el vigía alertó:
-¡Aviones por la banda de estribor!
Eran sólo cuatro puntos que orbitaban en el horizonte pero acortaban distancia con rapidez.
El Comandante, ordenó:
-Hacer sonar gongos de combate - y por los parlantes - Blanco: aviones al uno seis cero. Cuando entren en distancia, fuego a discreción.

Esta vez no nos tomaron por sorpresa; el buque comenzó a virar primero a estribor, luego a babor, haciendo un recorrido en zig-zag y en algunos casos virando a toda máquina 180 grados si era necesario, tratando de presentar a los aviones el costado de babor o estribor para minimizar el efecto de los impactos, ya que sabíamos que las ráfagas en el sentido de la crujía eran las que mayor daño producían, sobre todo en el personal.

  

Plana Mayor del "LA RIOJA"

Nuevamente tuvimos impactos efectivos con munición perforante, algunos a la altura de máquinas, produciendo averías en los destiladores, de manera que comenzó a contaminarse el agua de calderas. Pero estábamos todavía en el río, con aguadulce, que aunque tiene limo, una vez evaporada deja poco sedimento.

Cuando se produjo la primera pasada de esta segunda incursión yo estaba en el casillaje de popa junto con el Segundo Comandante evaluando los daños producidos y al escuchar el tableteo de las ametralladoras aéreas hicimos un perfecto cuerpo a tierra (en realidad, «cuerpo a cubierta») mientras sentíamos pasar los proyectiles sobre nuestros cuerpos.

Eramos un grupo los que estábamos tendidos en el suelo y como el espacio era pequeño, mientras apretaba la cara contra el piso, mi nariz y mi frente estaban pegados a la suela de los zapatos de un marinero.

Cuando nos incorporamos pudimos comprobar que los proyectiles habían pasado a sólo 50 centímetros encima de nuestros cuerpos. No había tiempo para el miedo. Corrimos a nuestros puestos de combate y llegamos allí antes de la segunda pasada. En el puente estaba el teniente Ríos, que momentáneamente ocupaba mi puesto y daba las órdenes de repeler a viva voz a los montajes más próximos.

Otra vez tiraron sus bombas, sin eficacia alguna. O bien tenían poca instrucción y no dominaban el sistema, o lo usaban muy displicentemente, cosa que no sucedía con sus armas rápidas. Hicieron todavía una tercera pasada antes de alejarse rumbo a su base, donde preveíamos que aterrizarían, se reabastecerían y volverían a decolar para una nueva misión.

El cielo se había cubierto con nubes grises, el sol brillaba por su ausencia y nos concentramos en la tarea de reabastecer las piezas de artillería y recomponer las dotaciones. Se mantuvo el puesto de combate y ese mediodía triste y lleno de presagios se hizo un frugal «rancho volante» al «pie del cañón», como velando las armas.

Un alivio momentáneo había sucedido a la excitación del combate, que duró poco, porque a los 40 minutos, se repitió otra incursión con otras tres pasadas. Los daños y la confusión consiguiente se sucedieron, pero rápidamente se restableció el orden y la disciplina. Así, con intervalos de 40 minutos se repetirían los ataques hasta que en el séptimo, un avión se alejó de la formación dejando una estela de humo. Evidentemente había sido tocado. Días después supimos que había caído en proximidades de Villa Elisa.

El Comandante, demostrando una tranquilidad que irradiaba y transmitía a todos, entre incursiones, ubicado en su rincón preferido del puente seguía confeccionando los formularios multicolores que se iban acumulando en un bibliorato que había habilitado al efecto. Hubo necesidad de disminuir un tanto la marcha, siempre teniendo como destino final el Pontón Recalada. Fueron minutos de tensa calma. Había poco viento y el cielo se encapotaba cada vez más. Los vigías, en el puente de señales, tenían los ojos cansados de tanto tratar de distinguir aviones contra ese fondo sobre el que se mimetizaban con facilidad.

Alrededor de las 1500, el vigía anunció:
-Tres aviones por el través de estribor.
Nuevamente se dio la orden de combate, sonaron los gongos y listos a disparar cuando se estuviera en el límite de la distancia, mientas el buque danzaba nuevas maniobras evasivas.

Casi una hora después se repitieron las hechos anteriores. En la novena incursión otros impactos, más raleados esta vez, produjeron nuevos heridos y averías y hubo bombas que salpicaron por babor y estribor.

Después de dos pasadas se alejaron los tres aviones, uno de ellos perdiendo altura por un momento, haciendo señas con el movimiento de rolido de las alas recuperándose luego para ponerse a la cola de otro, con evidentes indicios de haber sufrido alguna avería en algún lugar no vulnerable.

El Comandante ordenó:
-¡Alto el fuego! Retirada momentánea de puestos de combate. Cubrir guardias de navegación con una guardia reforzada en señales.

No lo sabíamos, pero intuíamos que éste había sido el último ataque de los aviones por ese día. Poco a poco se fue retomando la rutina de navegación que continuaba firme hacia el destino que se había fijado. Sobrepasamos el Pontón Recalada y el Comandante decidió seguir las aguas del Cervantes, que se dirigía hacia Montevideo.

A las 2000 se produjo el cambio de guardia y me correspondió la de Oficial de Guardia en el puente de navegación , de manera que mi tarea consistió en mantener una distancia razonable con el matalote de proa.

Habíamos entrado en aguas salobres, allí donde el Río de la Plata se une con el Océano Atlántico y comenzó a hacerse sentir la avería del destilador. La contaminación con agua salada hizo que la misma se extendiera por las tuberías que corrían a lo largo de todo el buque. Por otro lado, las vibraciones del combate y la multitud de impactos recibidos había hecho que en diversos lugares se produjeran filtraciones por las que empezó a aparecer, como sedimento del vapor, un sarro blanquecino.

Fue necesario usar agua de mar para alimentar las calderas y para que las turbinas a vapor pudieran seguir funcionando, se rompía así con uno de los «mandamientos» de los maquinistas. El Jefe de Máquinas ante esa circunstancia de fuerza mayor se encomendó a la Virgen y pidió indulgencia por lo que se veía forzado a hacer. La noche era muy oscura. El cielo se había cubierto totalmente y no había luna. El mar estaba relativamente calmo y navegábamos con máquinas a media fuerza.

Se vislumbraron las luces de la ciudad y nos dirigimos hacia la entrada del puerto. Cuando se lo avistó, el Comandante se hizo presente en el puente y se puso a contemplar la proa y las maniobras que a poca distancia se producían. Acomodó sus anteojos, en la posición correcta con el dedo mayor de su mano derecha, gesto habitual en él, y atentamente siguió los acontecimientos del Cervantes que había pedido asilo y en esos momentos cruzaba el antepuerto para internarse. Ordenó parar máquinas y mantenernos en esa posición.

Previamente había atracado a muelle en Montevideo el Garay y se podía ver este puerto en plena actividad. Observamos cómo un remolcador tomaba a su cargo la maniobra del Cervantes que tuvo que virar para poder atracar a muelle al costado del Garay.

Aparentemente era nuestro turno. El Comandante ordenó: «Máquinas adelante despacio» y fue dando las órdenes al timonel para que el buque entrara al antepuerto. El La Rioja estaba completamente iluminado por sus propias luces y por un foco que dirigía su haz desde tierra hacia nosotros.

Un remolcador de puerto se acercó lentamente por nuestra proa. Cuando estuvimos en medio del antepuerto, el Comandante ordenó: «Parar máquinas. Dar una ligera palada hacia popa», con lo que frenó la poca arrancada que teníamos y luego, nuevamente: «Parar máquinas».

Cuando el remolcador observó que estábamos detenidos, se acercó por la amura de babor. Cuando estuvo a pocos metros de nosotros, el Comandante caminó hasta el alerón de babor. El patrón del remolcador estaba parado en su puente elevado. Se miraron ambos. Una atmósfera especial vibraba en el ambiente. Se estableció el siguiente diálogo:

-La Rioja: le paso remolque para entrar a puerto.
- Atraqúese a mi costado de babor. Le voy a pasar los muertos y los heridos graves.- Tengo orden de llevarlo a puerto. Una vez que haya atracado puede desembarcar a muertos y heridos. Hay ambulancias esperando.
- Atraqúese. Primero le pasaré los muertos y heridos.
El aire era helado y soplaba una brisa insistente. En los ojos del patrón surgió un brillo especial. En ese instante ambos hombres se habían comprendido. Ese fue el segundo fugaz en que las palabras estaban de más. Por eso se pasó a los hechos, mucho más elocuentes.

El remolcador maniobró de manera de ponerse de la misma vuelta y atracó a nuestro costado de babor. Se colocaron defensas y se tomaron los cabos para sujetarlo en posición. La marejada hacía que el remolcador se moviera bastante con respecto a nosotros y entre ambos costados el agua salpicaba.

Se encendió un foco en cubierta en el medio del buque y se abrieron unas portas. Se pasó una planchada improvisada entre el buque y el remolcador y empezaron a desfilar camillas que trabajosamente pasaban de un buque al otro, embarcando en el remolcador los heridos primero y por último, los muertos.

Terminada la penosa maniobra, el patrón hizo un último intento por cumplir las órdenes recibidas:
-Ahora le paso el remolque para que lo tome.

Por toda respuesta, el Comandante, que había observado pálido, desde el alerón, todo lo que se desarrollaba en el medio del buque, a medianoche, bajo la iluminación de unos focos precarios y que tenía algo de fantasmagórico, ordenó:
-Largar amarras del remolcador. Apagar todas las luces, inclusive las de navegación. Sigilosa. Máquina atrás toda.

Se escuchó un murmullo desde el remolcador, como si su patrón dijera: -«Comprendido».

En ese preciso momento supe que si hubiera tenido ocasión de elegir el Comandante que me condujera al combate, hubiera elegido, sin ninguna duda al capitán Palomeque. Tenía lo que para mí era el perfil ideal: serenidad, audacia, criterio, humanidad, autoridad y convicción de lo que hacía.

Nos alejamos del remolcador, primero lentamente, luego con mayor celeridad. Atrás quedaban las luces del puerto y la ciudad. En el remolcador pobremente iluminado quedaba el testimonio de nuestra ofrenda del combate. Con el corazón apretado de dolor vimos empequeñecerse sus luces y cómo prontamente éste ponía proa al puerto.

Una vez en aguas profundas el Comandante, ordenó poner rumbo sudeste. Habíamos recibido órdenes de regresar a Río Santiago, para cooperar en la evacuación de la Escuela Naval Militar y debíamos encontrarnos a las 0400 en Rada La Plata. Comenzamos a navegar a la máxima velocidad que podíamos en las condiciones en que se encontraban las máquinas: 21 nudos. No obstante a la 0100 recibimos la orden de regresar a Pontón Recalada. La evacuación se había realizado ya con otros medios.

Navegamos, a partir de ese momento a media fuerza y cuando llegamos a las inmediaciones del Pontón Recalada el Comandante ordenó fondear y encender las luces de navegación. Se dio por terminada la sigilosa y lo llamó al Jefe de Comunicaciones y le dijo:
-Emita el siguiente mensaje para que sea recibido por el mayor número de corresponsales: «He dispuesto el bloqueo del Puerto de Buenos Aires. Todo buque que llegue al Pontón Recalada deberá fondear en las inmediaciones bajo apercibimiento de hacer uso de las armas, si no es acatada esta orden».

Se cubrieron guardias de buque fondeado y los libres de guardia se dirigieron a sus lugares de descanso. Cuando llegué a mi camarote y me acosté en la cucheta, comenzó a trabajar la adrenalina que había producido durante ese tenso y denso día. No podía conciliar el sueño y cuando por casualidad caía en él, pronto me despertaba sobresaltado soñando que éramos atacados.

Tomamos un frugal desayuno. No había cenado la noche anterior y ni me había dado cuenta. No me apetecía ni sentía necesidad de ingerir bocado alguno. Subí al puente en el momento en que el Comandante daba orden de levar. Un cielo plomizo nos cubría y una calima diluía las siluetas a una o dos millas de distancia. Los vigías seguían observando el horizonte y particularmente en la dirección noroeste desde donde podía venir un nuevo ataque aéreo.

Una vez que el buque estuvo libre del fondo se dirigió hacia un mercante que se aproximaba al Pontón. Por medio del foco le transmitió: «¡Fondee!». Éste recibió el mensaje, pero siguió navegando. El Comandante ordenó cubrir puestos de combate y se aproximó al buque lo suficiente como para poder hablar a viva voz mediante el megáfono y apuntándolo con los cañones navales de 120 milímetros, le dijo:-»He establecido el bloqueo del Puerto de Buenos Aires. Está prohibido el acceso, Fondee o haré fuego»-. El buque, un transporte carguero de bandera extranjera, fondeó de inmediato. A éste le siguieron otros dos: uno de pasajeros y otro carguero.

El tiempo se mantenía muy cubierto. El día transcurrió por un lado en la tensa espera de nuevas incursiones de aviones (que para nosotros se habían transformado en fantasmas malignos), dirigiéndonos de uno a otro buque que arribaba para hacerlo fondear y recorriendo el fondeadero para mantener el conjunto en sus puestos.

Mientras tanto, los depósitos salinos que surgieron en diferentes lugares después de la avería del destilador sólo se habían podido reparar en una minúscula parte y lo que fuera incipiente sarro se fue transformando en hongos porosos gigantescos y duros que parecían de piedra pómez, y que dificultaban el funcionamiento de muchos mecanismos. Pensábamos que si éstos se paraban, nunca más volverían a funcionar, de manera que aun sabiendo que se estaban produciendo daños, había que continuar manteniéndolos en servicio. El conjunto de esos hongos que surgían aquí y allá, sobretodo en el compartimiento de máquinas, daban un aspecto sobrecogedor como de escenario de una película de terror. Día a día aumentaban de volumen y por momentos parecían que iban a estallar.

El tercer día, 18 de setiembre, amaneció con bancos de niebla, lo que por un lado alejaba el peligro de los aviones y por otro dificultaba el control del conjunto de barcos detenidos, que en ese momento superaban la docena. Como se mantenía silencio radioeléctrico no recibíamos ni emitíamos mensajes y poco o nada sabíamos de otras unidades. Escuchábamos la radio y por medio de noticiosos propalados por emisoras uruguayas, muchos de ellos contradictorios entre sí, tratábamos de hacernos una idea de cuál era la situación real.

Una incógnita: se sabía que la Flota de Mar, que había abandonado su zona de operaciones en el sur se dirigía hacia las aguas del Río de la Plata, pero se desconocía si lo hacía como nuestro aliado o leal al gobierno. Nosotros estábamos jugados y manteníamos un cerco férreo al acceso del puerto de Buenos Aires. Con el transcurrir de las horas el tiempo fue mejorando. Algunos buques menores de la Fuerza Naval del Plata, rastreadores y patrulleros más algunos BDI de otros apostaderos se nos habían unido.

 El LA RIOJA retornando a Rio Santiago, mostrado los daños.

Tres o cuatro buques de desembarco de infantería que habían venido desde la isla Martín García también habían sido atacados por aviones. En estos buques habían embarcado cadetes y oficialidad de la Escuela Naval, después de evacuarla a través de los lodazales de la Isla Santiago, contigua a la Escuela.

En el patrullero Murature enarbolaba su insignia el almirante Isaac F. Rojas que era el oficial más antiguo de ese grupo heterogéneo de naves de poco porte y poder de fuego. En horas de la tarde se vislumbraron en el horizonte las siluetas imponentes de los grandes buques de la Flota de Mar. Lentamente se fueron aproximando. Tanto por la calidad como por la cantidad la desproporción con respecto a nosotros era abismal. Era un tigre de bengala ante un gato faldero. No obstante el desconocimiento que teníamos sobre quién comandaba la Flota, a qué sector habían adherido y cuál sería su actitud frente a nosotros, no cundió el pánico y nos aprestamos a resistir cualquier eventualidad.

El almirante Rojas le encomendó al capitán Sánchez Sañudo que con el rastreador Robinson, otro de los buques de la Fuerza Naval del Plata, se dirigiera al crucero, en ese momento paradójicamente llamado 17 de Octubre, para determinar las intenciones de la Flota de Mar. Tuvo lugar el encuentro y a viva voz hubo un intercambio de información entre el buque insignia de la Flota y el rastreador Robinson cuando desde éste último se transmitió al Murature: Catalina.
Nosotros desconocíamos el significado de esta señal. Los buques que en compacta formación se aproximaban y que habían detenido sus marchas, iniciaron una serie de evoluciones. Por un momento pensamos que adoptarían una disposición de combate y que en ese caso era preferible encomendarse a Dios.
Primero, se alejaron y luego se fueron encolumnando en una línea de fila y se encaminaron hacia nosotros. No sabíamos qué actitud adoptar.

Desde el crucero se transmitió el siguiente mensaje: «Pasaré por su banda de estribor para rendirle los honores correspondientes, como prescribe el ceremonial marítimo para los Comandantes en Jefe de la Flota».

Supimos más tarde que este mensaje era respuesta de otro enviado por el Murature en el que se requería información sobre qué oficial venía en el comando táctico. A cargo de estos buques estaba el entonces capitán de navio Agustín P. Lariño.  Comprendimos también que Catalina significaba «Estoy con ustedes» de acuerdo a una consigna previa secreta establecida por el almirante Rojas.

Al pasar frente al patrullero Murature con toda la majestad de sus portes, el buque insignia de la Flota de Mar saludó con salva de 21 cañonazos a quién reconocían como su comandante superior y bajo cuyas órdenes se ponían. Fue un momento emocionante e imponente. Todos teníamos la certeza de ser partícipes de un hecho histórico.

Los sucesos posteriores son conocidos. El almirante Rojas, con un escueto Estado Mayor se trasladó el 19 de setiembre al crucero, que desde ese momento pasó a llamarse General Belgrano donde enarboló su insignia y se declaró «Comandante en Jefe de la Marina de Guerra en Operaciones», y así, desde ese conjunto cohesionado en el que se encontraba el grueso de las unidades navales argentinas, pudo proseguir las acciones que culminaron con la rendición incondicional del gobierno.

El presidente se había refugiado en la Embajada del Paraguay. Las riendas del gobierno quedaron nominalmente en manos de una Junta Militar compuesta por los generales Forcher, Manni, Sampayo y Sacheri, que tuvieron que ir al crucero en aguas del Río de la Plata y firmar los documentos de rendición, después de haber aceptado un ultimátum.

Finalmente, el 23 de setiembre de 1955 los buques entraron a la Dársena Norte del puerto de Buenos Aires, donde una abigarrada multitud de ciudadanos vitoreaba a la Armada Argentina en medio de un flamear de banderas celestes y blancas, como si por fin nos hubiéramos reencontrado en un destino común.

  

El La Rioja en cambio, entró directamente a dique seco en los Talleres Navales de Dársena Norte para reparaciones generales. Había dado todo de sí y se hacía acreedor de un merecido descanso.

 

 

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