Historia y Arqueologia Marítima

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El Transporte "PATAGONIA" va de Estación a USHUAIA 

Por el Capitán de Fragata HÉCTOR A. GONZÁLEZ WARCALDE- Publicado en el Boletin del Centro Naval Nº 705 de Diciembre de 1975

Introducción

Con estas líneas quiero rendir un recuerdo a las esforzadas tripulaciones que nos acompañaron en las navegaciones por la entonces inhóspita costa sur de nuestro país, donde sus poblaciones semi aisladas dependían casi exclusivamente de las comunicaciones marítimas, bastante precarias por cierto, dado los escasos medios con que contaba la Marina para atender sus necesidades por medio de los transportes navales. Estos, como los buques hidrógrafos, tenían a bordo personal civil de marinería, salvo excepciones para ciertos cargos; españoles en su mayoría, provenían de las hermosas rías de Galicia, donde el hombre vive del mar; allí, durante la noche antes del amanecer, salen las flotillas de embarcaciones para dedicarse a la pesca, mientras sus mujeres quedan a labrar la tierra o trabajar en las fábricas de conservas para industrializar el pescado.

Estos gallegos conocían su profesión, eran trabajadores sin horario, siempre fieles, con un espíritu de sacrificio sin límites, y significaban gran ayuda para el Comando. La inclemencia del tiempo no contaba para ellos; trabajaban bajo el frío viento austral, a veces acompañado por nevadas o densa granizada, sin que el rigor de las condiciones meteorológicas interfiriera en su labor. Cualquiera fuera la hora en que se los llamara, se los encontraba siempre dispuestos a cumplir con su deber sin protesta alguna; quizás sólo tomaran un trago de más para calentar su organismo durante la maniobra.

En estas tripulaciones no faltaron criollos de recia formación. Recuerdo, entre otros, al cabo Manzo como patrón de la lancha de sondajes; silencioso, sabía hacer frente al mar en momentos difíciles; al cabo Della Blanca, encargado de faenar el ganado en pie que llevábamos en la cubierta del "1º de Mayo", pues el buque no tenía frigorífica.

Voy a dar un ejemplo de resignación de este personal en el acatamiento de las órdenes de la superioridad. La Nación pasaba entonces por una profunda depresión económica, repercusión de la crisis mundial de 1929. El gobierno nacional debió apelar a recursos drásticos, entre ellos la rebaja general de los haberes para los servidores del Estado. Con el personal marinero a que me refiero, que no era de carrera, fueron expeditivos, ya que se les rebajó a todos un grado en su categoría; ejemplo: el contramaestre del "Patagonia", Don Joaquín, que era suboficial, pasó a cabo principal, debiendo hasta vestir el uniforme de marinero.

El transporte "Patagonia"

El viejo y legendario transporte de la Marina "Vicente F. López" había desaparecido de muerte natural. Durante muchos años prestó sus servicios en la zona más austral de nuestro territorio donde atendía tanto a los intereses mercantes como a la representación política del Estado. En un momento dado no teníamos el barco apropiado para suplantarlo y fue enviado en su lugar el "1º de Mayo" en tan malas condiciones, que pronto debió ser reemplazado por el aviso "M. 9"; éste podía intervenir en el servicio de vigilancia, pero no en el transporte de mercancías y pasajeros.

Nuestra Marina había adquirido en Europa materiales para su flota, armamento que incluía explosivos; para traerlos al país las compañías extranjeras de navegación exigían elevadísimos precios, de acuerdo con el alto costo que imponían los seguros. La Comisión Naval en Europa compró un barco que se podía adaptar para la navegación en la costa sur, con fondo plano, que le permitiera varar en los puertos de grandes mareas; el mismo debía traer al país los elementos para nuestra flota.

El buque elegido, de unas 1400 toneladas de desplazamiento, con una máquina propulsora de 450 H.P. que le permitía desarrollar una velocidad máxima de 8 nudos en condiciones ideales, sin vientos contrarios ni marejada, utilizaba carbón como combustible. Dedicado a la navegación de cabotaje por los países escandinavos, se encontraba en deficientes condiciones de conservación; en seguida de ser tripulado por nuestro personal e iniciar su viaje por diferentes puertos de Europa para cargar el material que debía transportar, comenzó a presentar problemas con averías de toda naturaleza.

Al arribar al país, en un principio se lo consideró falto de condiciones para la navegación por la costa sur y se lo destinó a viajes locales hasta Puerto Belgrano pero, ante la falta de un buque para reemplazar al "Vicente López", se decidió efectuar una seria reparación y transformar al "Patagonia", como se llamó al nuevo transporte. En Dársena Norte, en los Talleres de Marina, se iniciaron los trabajos. Se construyó una cubierta adicional sobre los camarotes y cámara existente, destinada al alojamiento de oficiales; arriba la timonera y cámara para el comandante, quedando para pasajeros la antigua cámara y camarotes adyacentes. El personal de marineros vivía en un sollado interior y la maestranza tenía camarotes laterales sobre la cubierta principal. Si bien con la nueva construcción se daba una buena comodidad para los oficiales, también al buque se le quitaban condiciones marineras al elevar la sobre-estructura.

Se efectuaron reparaciones en máquinas y calderas, tanques, etc., subsistiendo el carbón como combustible, y se cambió la larga cadena que llevaba la transmisión desde la rueda de gobierno del puente hasta el tornillo helicoidal en popa, que daba movimiento al servomotor que gobernaba la pala del timón.

Zarpada para Ushuaia

Reunida la nueva Plana Mayor de oficiales e integrada la tripulación, personal civil contratado, en su mayoría españoles, viejos marineros de Galicia, como ya dijimos, completas las bodegas con carbón, barriles de vino y cajas de whisky, se nos dio orden de zarpar para Ushuaia en un frío día de fines de julio.

La noche anterior, encontrándome de guardia, llegan tres camiones del Ejército. Traían un preso; era un suboficial que había matado a un superior y había sido condenado a presidio por tiempo indeterminado. Esposado y fuertemente custodiado fue introducido a bordo, donde entraron los soldados marcando el paso, con la consecuencia de que se quebraran los largueros de la frágil planchada de nuestro buque. Recibido el preso y la custodia de tres hombres, que debían acompañarlo hasta Ushuaia, se retiró el destacamento tras prevenirme sobre la peligrosidad del sujeto.

Al zarpar se le dio más libertad y se le quitaron las esposas, hasta ser entregado al penal; su conducta fue ejemplar, sin motivar queja alguna, tanto que durante el viaje fue compañero de truco de sus guardianes. Tiempo después, uniformado con el conocido traje de la prisión, desde una chata que ayudaba la descarga, juntamente con otros reclusos, me saludaba militarmente con toda amabilidad, no demostrando encontrarse mal en ese ambiente, nuevo para él.

Después de compensar compases en el Río de la Plata salimos al mar; éste nos recibió con una fuerte sudestada, por lo cual embarcamos gran cantidad de agua en cubierta. No tardó en presentarse el jefe de máquinas, para avisar que se había salado el agua dulce de la totalidad de los tanques, tanto para el servicio de calderas como de uso general. El comandante resolvió regresar a la rada de La Plata, donde nos esperaba la chata-aljibe con algunos operarios del arsenal de Río Santiago. Los venteos de los tanques sobre cubierta, en apariencia perfectamente colocados con sus tornillos, interiormente carecían de tuercas que los ajustaran a las chapas y por consiguiente permitían el acceso del agua de mar al interior de los tanques.

Apenas atracada la chata-aljibe, tuvimos la primera deserción: el mozo de oficiales, un yugoeslavo, cruzó la borda con sus bártulos sin otra explicación que "yo no sigo el viaje". Superados los inconvenientes citados, levamos anclas en demanda del Atlántico y llegamos a Bahía Camarones, donde fondeamos con un fuerte viento del oeste. El motivo de esta escala fue el pedido de un oficial que había solicitado 24 horas para solucionar un problema de índole personal. Continuamos a lo largo de la costa patagónica en lento viaje; tomábamos la guardia con faro a la vista y después de cuatro horas la entregábamos con el mismo faro. Así pasaron las jornadas hasta enfrentamos con el estrecho de Lemaire; al arribar no había buen tiempo, pero por la noche las cosas empeoraron y una brusca caída del barómetro ya nos indicaba una fuerte tempestad.

El buque no iba adelante, pero se debatía bien contra las olas, cabeceando y rolando violentamente; avanzada la noche empezamos a tener problemas con el timón, pues la nueva cadena de transmisión de la timonera al servomotor colocado a popa había sufrido alargamientos, lo que hacía que zafase del rolete que movía a aquél, quedando el buque sin gobierno. Ya la cadena había sido acortada en Camarones, y como en medio del temporal no se podía arreglar este inconveniente, hubo que instalar un hombre de guardia con un gancho para colocar la cadena en su sitio cuando zafase. Para mayor complicación, el jefe de máquinas comunica al comandante que el carbón de las carboneras tocaba a su fin.

Como persistía el mal tiempo, se resolvió virar y poner popa al mar; tras esperar la llegada de tres grandes olas que trajeron relativa calma posterior, pusimos proa a bahía San Sebastián, donde entramos a la mañana siguiente, gobernando a mano con el timón de emergencia de popa y con las últimas paladas de carbón. Como el mal tiempo subsistía, fondeamos a reparo de la costa, para iniciar en seguida el trasvase de carbón de la bodega a las carboneras; mientras tanto se acortaba la cadena de transmisión del timón, quedando éste listo para ser utilizado. El estado del tiempo había mejorado y nos permitió el cruce del estrecho sin mayores molestias; en el puente festejamos con una copa la entrada al Beagle.

Casi un mes después de la salida de Buenos Aires largábamos las amarras al semi destruido muelle de la ciudad. Allí nos esperaba el comandante del aviso "M. 9" y su oficialidad, a quienes debíamos relevar tras nueve meses de estadía. Antes de zarpar el aviso, hubo comidas de despedida y presentación de la Plana Mayor del "Patagonia"; se comía bien, se bebía buen whisky escocés y los mejores vinos chilenos. Nos mantuvimos al margen de las desavenencias entre el gobernador y el jefe del presidio, y en el año en que nos tocó actuar no se produjo roce alguno que pudiera afectar las buenas relaciones con la población.

Cierto día recibimos la invitación de una tal Mme. Bertha, para comer. Ella tenía dos pupilas, la Poupée y Patoruzú, que así la llamábamos por su parecido con el indio de la historieta de ese nombre. Concurrimos a la comida con el comandante, el gerente del Banco de la Nación, el subprefecto y algún otro personaje que no recuerdo. La comida se desarrollaba en un ambiente grato y fino. Mme. Bertha nos contaba que había actuado en la Opera de Asunción y no se hizo rogar demasiado cuando le pedimos que cantara un aria, pero al hacerlo lanzó dos o tres resonantes gallos, lo que hizo que cuerdamente renunciara a continuar cantando. Patoruzú atendía la mesa con todo esmero y corrección, hasta que un traicionero clavo que sobresalía de la misma, le rasgó su fino y recién estrenado pijama de seda; en ese momento perdió el control y largó unas palabrotas de grueso calibre.

Vida en Ushuaia

Teníamos que adaptarnos a una nueva vida, que dependía de la población y de las condiciones climáticas. Al iniciarse la primavera, con la salida del sol se levantaba un viento de tal violencia, que uno no podía asomarse al exterior; como el viento desaparecía por completo con la puesta de sol, resolvimos cambiar nuestro horario de vida: salíamos para la ciudad al anochecer y dormíamos durante la mañana. Nos despertábamos contemplando a nuestro frente los Montes Marciales, que se levantan dando protección a Ushuaia; su colorido, cambiante con las estaciones del año, se presentaba de un hermoso blanco en invierno, pasando al acercarse el verano a un tono verde dado por sus montes de hayas, coronado por un casquete blanco. Al regreso de un viaje a Río Gallegos, en abril, se nos presentó un paisaje admirable, con un fondo rojizo dado por las hojas de sus bosques, tal cual lo podemos contemplar en el gran cuadro de Paolillo existente en el salón de lectura del Centro Naval.

Para llenar el tiempo libre, que sobraba, pedimos la "Enciclopedia Espasa", que nos llegó un día con el transporte "Pampa"; la ubicamos en el comedor de pasajeros, adonde concurríamos a mediodía a la hora del copetín y donde sosteníamos una amplia conversación. A veces se presentaba un tema en que teníamos contradicciones o dudas y recurríamos a la consulta que decidía la Enciclopedia. No teníamos radiotelefonía, pues no existían estaciones transmisoras en todo el sur patagónico; la correspondencia y los diarios llegaban hasta Río Gallegos, donde nos juntábamos con ellos cuando efectuábamos el no muy frecuente viaje hasta allí.

Aun con la inclemencia del tiempo tratábamos de mantener el espíritu, para lo cual salíamos a la vela, a cazar y a la pesca de centollas y mejillones; éstos, en baja marea, se conseguían en abundancia en la isla Casco. A veces el final era duro, pues refrescaba y el viento venía de tierra, debiendo regresar a remo, tras larga lucha.

La tripulación, aunque fiel, tenía debilidad por el alcohol, y así el pañolero se fue bebiendo todo el destinado para uso de la enfermería y el cocinero Medaglia, con muchos años de servicio, sufrió un ataque de enajenación mental, pretendiendo arrojarse al mar en Bahía Garibaldi desde unos riscos de mil metros de altura; hubo que embarcarlo de vuelta para Buenos Aires, con pena nuestra, pues perdíamos un excelente cocinero, habilísimo para preparar cualquier ave de caza que conseguíamos por la zona; las avutardas y el pato "a vapor" pasaron por nuestra cocina. Medaglia los aderezaba con abundante vino, dejándolos orear por más de 24 horas y así se podían comer con gusto, atenuando el marcado sabor a marisco que tenían a causa de su alimentación.

Con Burzio en Bahia Garibaldi

Los patos abundaban en los canales y las avutardas en las llanuras fueginas; los primeros, de gran tamaño, no menores que un ganso, se reunían en grandes manadas formando grupos compactos; sumamente ariscos, era difícil acercarse a ellos, pues en seguida emprendían veloz carrera; no vuelan, sino que golpeando con sus cortas y fuertes alas sobre el agua y con la ayuda de sus patas, se deslizan a gran velocidad, produciendo un estrépito y dejando una estela cual rápida lancha a motor. Tirando con fusil al montón, siempre quedaba uno herido.

Darwin los cita en su libro "Viaje de un naturalista alrededor del mundo", que efectuó en la "Beagle", y los llama "steamers" en vez de "caballos de carrera", nombre aplicado por los navegantes que pasaron con anterioridad, Cook, Byron y otros, que no conocieron el vapor como medio de propulsión. Fitz Roy, también un experto naturalista, les dedica unos párrafos y relata que los tripulantes los encontraban sabrosos, prefiriéndolos a la carne salada que llevaban a bordo. Hábiles para zambullirse, en una ocasión en que huyó la manada quedaron dos pichones, que al pretender aprehenderlos nos esquivaron sumergiéndose, en tal forma que murieron antes que perder su libertad.

Luego del cocinero tuvimos otra baja en la tripulación, el cabo 1º Fernández, quien seguía en antigüedad al contramaestre; atacado de melancolía, no hablaba. Vigilado en su camarote, en un descuido intentó eliminarse arrojándose por la borda al mar; remitido a Buenos Aires, posteriormente murió. Casado en España, tenía una hija a quien no conocía y hacía años que no veía a su familia. Sus compañeros ignoraban detalles de su vida, por ser muy reservado; revisándole el gabán, se le encontró en el forro una apreciable cantidad de dinero.

A medida que iba pasando el tiempo, y por diversas causas, nos fueron dejando varios oficiales: el guardiamarina, el segundo maquinista, el médico y el 2o comandante, quedando yo en tal cargo. Mientras estuvo el médico no hubo mayores problemas de salud, ya que éste sabía solucionarlos, pero en seguida de su partida éstos aparecieron: el electricista se cayó al pañol, sufriendo múltiples fracturas en las piernas; el suboficial de cargo en máquinas, afectado de una úlcera, se encontraba en estado dedicado, por lo cual al llegar a Río Grande decidimos embarcarlo en el '"sloop" "San Juan" que se encontraba en San Sebastián y regresaba a Buenos Aires.

Debíamos remitirlo temprano por automóvil, pero llegado el momento se me presenta el enfermero, algo alarmista, y me dice: "Si lo movemos se muere", a lo cual le contesto: "Si permanece a bordo, al parecer también", y ordené acompañarlo hasta la bahía. El embarque fue muy dificultoso, lo llevaron en una camilla a pulso sobre el agua, hasta conseguir colocarlo en la lancha que esperaba a cierta distancia de la playa. Años después tuve el gusto de verlo en el "Pampa", ya jefe de máquinas, completamente recuperado.

Encontrándonos amarrados en Ushuaia, una medianoche de frío y ventoso invierno, desde nuestros camarotes sentimos gritos. En un lugar donde reina el silencio, intuimos que algo extraño pasaba y salimos rápidamente. Nos asomamos a cubierta y vemos al bote del transporte "Pampa", amarrado formando 90° con el "Patagonia", que se había volcado lanzando al agua a sus ocupantes, varios oficiales y marineros. Resultó que al regresar a bordo desde el muelle de la ciudad, el bote de servicio, para acortar camino a su buque, atravesaba por encima de nuestros largos cabos de amarre, que a consecuencia del viento se distendían y hundían en el agua para en seguida tesar; este juego tomó al bote, con la consecuencia antedicha. Cuando llegamos con nuestra lancha, encontramos a un oficial abrazado a la cadena del ancla del "Patagonia", otros se habían tomado de los cabos causantes del accidente, sufriendo los vaivenes de los mismos, es decir, se hundían cuando aflojaban las amarras y salían a la superficie al tesar éstas. Llevados al "Pampa", los más afectados fueron tratados con inyecciones y los que se encontraban mejor, reaccionaron con unos buenos tragos de cognac; por suerte todo resultó bien y no hubo pulmonías.

Los viajes a Río Gallegos

Cada mes y medio, aproximadamente, efectuábamos un viaje redondo, alternando a veces por el Lemaire, otras por los canales; entrábamos a caletas y bahías, recogiendo los balones de lana que cosechaban los aislados pobladores. Durante los meses invernales, con escasas horas de luz, había que calcular bien la llegada al próximo puerto o refugio, dada la poca velocidad del buque y que no se contaba entonces con ninguna señalación para la navegación; ésta se hacía a ojo. Cuando se descargaba una tormenta, a menudo con granizo, se debía parar la máquina hasta que despejara. Cierta vez, viniendo de Punta Arenas por el Brecknok para tomar el canal Ocasión, se descargó una granizada que en pocos momentos cubrió el puente y cerró en absoluto la visibilidad; parada la máquina, cuando despejó nos encontramos al pie de un enorme farallón negro, miramos hacia el agua trasparente para ver si el buque pasaba libre de la roca, y la corriente misma nos abrió de ella.

La costa se veía desolada, sin señal de habitantes, salvo cada tanto la armazón de palos donde los indígenas formaban sus carpas en la época de caza o pesca, colocando sobre ellas cortezas de hayas o cueros de guanaco. Cuando fondeábamos al anochecer, no tardaba en aparecer la canoa indígena de los alacalufes, que debía estar observándonos; pedían yerba, azúcar y pan. No habían cambiado mucho desde que los describiera Fitz Roy, salvo que su desnudez la tapaban con una miserable vestimenta, sin progresar en cuanto a vivienda.

El Patagonia y el Bahiense, a su popa, con una buena helada.

Río Grande

En la capital de Santa Cruz terminaba nuestro recorrido. Entonces era la característica población patagónica, sus calles sólo afirmadas por el ripio que los fuertes vientos arrojaban contra el rostro del transeúnte que se atrevía a desafiar las inclemencias de la zona; no había protección alguna y la llanura daba curso libre a las violentas ráfagas. El buque les traía de Tierra del Fuego las rajas de leña que utilizaban como combustible para combatir el frío; las casas adonde concurríamos eran confortables y abrigadas.

Aquí nos esperaba la correspondencia y los diarios de Buenos Aires, con noticias atrasadas y a veces malas; alguna novia, cansada de esperar, dejaba al ausente por una persona de presencia más real. En cierta ocasión nos encontramos con tres maestras venidas de Buenos Aires que eran la sensación en el pueblo; gran entusiasmo, gran amistad, pero no duraron mucho las ilusiones, pues al regresar en el siguiente viaje habían desaparecido; los novios las reclamaron y volvieron allí donde el clima es más benigno.

Al llegar fondeábamos el ancla y un anclote por popa, amarrando frente a la Prefectura; cuando bajaba la marea el buque quedaba en seco, varado hasta la próxima pleamar. Cuando desenmbarcábamos para ir a la ciudad nos embarrábamos un poco, y para evitar esto el 2º comandante, en el siguiente viaje, cobró bien los cabos de tierra, acercando el buque a la costa lo máximo posible, siendo entonces más cómodo desembarcar. Sucedió que una semana después llegó el día de zarpar; se había citado el pasaje a hora apropiada para largar amarras con la pleamar. Todo listo a bordo y efectuada la despedida, se empezó a cobrar cable de ambas anclas, pero el buque no se movía; la marea llegó a su más alto nivel, sin que variara nuestra posición: estábamos sólidamente adheridos a tierra. ¿Qué había sucedido? El día que atracamos coincidía con la más alta marea de sicigia, que era allí de unos 12 metros sobre el nivel medio, y a la semana siguiente, cuando pretendimos zarpar, teníamos la más baja marea de cuadratura; no hubo más remedio que despedir el pasaje y esperar otros siete días, para que se dieran condiciones favorables de marea.

El gobernador de Tierra del Fuego, hombre muy original en su lenguaje, nos acompañó en un viaje. A la hora de embarcar el pasaje, aburrido de no tener rol alguno y como las condiciones para el embarque no eran fáciles dado el viento y la correntada, se colocó en posición de ayudar; había unos 30 ó 40 pasajeros esperando el momento de subir a bordo y dice el gobernador con su característico lenguaje y fuerte voz ronca: "Suba primero el hembraje, después los huífanos" (por supuesto que esta última palabra no figura en el "Diccionario de la Lengua Española").

Entre los pasajeros había de diferentes categorías; a aquellos que pagaban algo se los acomadaba en camarotes, a otros se les asignaba un pañol y los de última clase (gratis) se los alojaba en la chata de carga, colocada sobre la bodega de popa, sujetada por un fleje que iba de banda a banda; allí, cubiertos por una lona impermeable, se defendían de los golpes de mar y del frío. Al enfrentar el estrecho de Magallanes un fuerte viento y oleaje nos tomó por estribor, haciendo rolar violentamente al buque, al mismo tiempo que embarcaba abundante agua en su cubierta. Ya de noche, hago una ronda por la desierta cubierta y con gran sorpresa veo la chata, con sus pasajeros en el interior, que a consecuencia de los violentos golpes de mar se había corrido y se encontraba sobre la borda en inminente peligro de caer al agua, con ignorancia absoluta de los inocentes pasajeros que reposaban en su interior. De inmediato aviso al comandante y cambiamos el rumbo poniendo proa al cabo Espíritu Santo; mejorando las condiciones, se volvió la chata a su lugar, quedando firmemente amarrada.

La cámara de pasajeros tenía un piano, por supuesto que en un estado lamentable. Como a bordo, formando parte de la Plana Mayor teníamos al mismo oficial que nos deleitara en los años de la Escuela Naval como eximio ejecutante de música bailable (hoy contraalmirante), se resolvió poner el piano en condiciones y en Río Gallegos conseguimos el hombre para tal fin. Llegado éste frente al barco, se nos presentó el problema de su subida a bordo, dado que era persona de avanzada edad; la foto muestra la solución: armando las plumas de carga, fue izado y depositado en cubierta perfectamente, sin demostrar temor por la aventura.
 

El Afinador subiendo a bordo

Llegó el verano, el sol calentaba, y me tentó una zambullida en el río, ya que la temperatura ambiente era agradable; me largo de cabeza y una vez sumergido sólo atiné a nadar rápidamente en "crawl", para abandonar las heladas aguas y regresar a bordo donde me contemplaban los admirados tripulantes.

El gobernador de la Isla de los Estados

Así se titulaba el personaje que embarcamos en Río Gallegos. Tenía permiso del Ministerio del Interior para establecerse en la isla; debía acompañarlo otro poblador, que le falló a último momento, y un chico de unos 14 años; a éste el comandante resolvió no dejarlo abandonado allí. Una mañana entramos a Bahía Crosley, pusimos en la lancha al solitario poblador, sin más que una reducida cantidad de víveres y algún abrigo; creo que allí existía una choza que serviría de refugio. Zarpamos, dejándolo en la inmensa soledad de la isla; cuando se despedía desde la playa y su silueta se perdía, sentí angustia por la suerte de este hombre. Tiempo después fue rescatado por el hidrógrafo "San Juan", que trabajaba en la zona.

Río Grande

Para este puerto teníamos destinada gran parte de la carga embarcada en Buenos Aires: bordalesas de vino y cajones de whisky "Dewar"; al fondo, frente al muelle, había dos importantes almacenes. El pueblo quedaba varias cuadras más adentro; en la otra margen del río estaba el frigorífico. El acceso al puerto impresionaba, sobre todo cuando soplaba viento del Este; se navegaba siguiendo las enfilaciones, por un canal bordeado por las rompientes, y se atracaba a muelle frente a la Prefectura. Aquí también al bajar la marea quedaba el buque varado, apoyando sobre la tosca del fondo. En la bajamar la tripulación se dedicaba a la pesca de róbalos, que atrapados en las lagunas que formaba el lecho del río eran fáciles presas, consiguiendo espléndidos ejemplares sin mayores dificultades. Más tarde se sentía el fuerte aroma de la clásica calderada gallega, que preparaban con abundante condimentación. Cerca, frente a Cabo Domingo, estaba la Misión Salesiana, a cargo entonces del Padre Crema, que tenía más de 80 años de edad y sólo lo acompañaban viejísimas monjas. Tenía un colegio donde educaba a los últimos onas. Hace unos meses, en telegrama procedente de Chile, "La Nación" publicaba la desaparición de "la última ona", mas la réplica no se hizo esperar en el mismo diario, aclarando cierto señor que ella era argentina, a quien conocía y había dado albergue en nuestra tierra, mencionando que hasta había efectuado un viaje a Buenos Aires.

Con los escolares onas de "La Misión" en Río Grande.

Visitamos La Misión con motivo de un excelente almuerzo a que se nos invitó, servido por las hábiles manos de las monjas; allí conocimos un grupo de niños onas, que nos dijeron que eran los últimos que quedaban; se los alimentaba y daba educación escolar. Tendrían una edad promedio de 12 años, aparentando muy buena salud; por ello, pienso que después de 43 años que han pasado, pueden sobrevivir los que se encuentran presentes en la foto que se agrega.

La Misión sirvió de refugio a los náufragos del "Piedra Buena", barco de nuestra Marina que terminó su vida en las restingas frente a Cabo Domingo. Los malos tiempos agotaron sus reservas de carbón y buscando un fondeadero quemaron en calderas toda la madera existente a bordo; según cuentan, hasta el piano fue a parar a la hoguera. Consiguieron llegar hasta la vista del faro y fondear, con tan mala suerte que, al bajar la marea, el buque comenzó a golpear contra el fondo y se hundió. La tripulación consiguió llegar a la costa que tenía enfrente y buscar asilo en La Misión; allí vivió por unos meses, hasta que le fue enviado desde Buenos Aires el auxilio para conducirla de regreso; no eran tiempos tan lejanos, ya que llegué a conocer a su comandante en el Centro Naval.

Pasaba el tiempo y el prometido relevo de media tripulación a los tres meses y el total a los seis, no se cumplió; continuábamos nuestra monótona vida con escasas noticias del mundo, mientras se acercaba otro invierno.Un día llegó la orden de regresar con el buque; no recuerdo si hubo despedidas, pues en seguida de completar carboneras partimos, para atracar en Dock Sur otro frío día del mes de julio. Había transcurrido un año desde nuestra zarpada de Buenos Aires.

EL "PATAGONIA" EN SU PRIMER EXPEDICION ANTARTICA.

 

 

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