Historia y Arqueologia Marítima

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SALVAMENTO EN EL MAR

Por Pablo Osvaldo Polack, publicado en el Boletin del Centro Naval Nº  704, de Septiembre de 1975

Un violento temporal azotaba el Pacífico sud, cuando el buque argentino "Río Jáchal" (ex "Campana"), dejaba el estrecho de Magallanes en demanda del puerto de Valparaíso. Las olas barrían las cubiertas con tal ímpetu que el agua, penetrando por los ventiladores de las cabinas, inundaba camarotes y compartimientos.

Los pasajeros, entregados al descanso, recibieron esa noche en lugar de aire, una lluvia negra que surgió a presión por las rejillas. Sucios, mojados y llenos de excitación, los hombres que salieron a investigar se reunieron en un pasillo que, si bien, convertido en un río, les brindó la satisfacción de estar juntos. Al principio permanecieron callados, agobiados por la zozobra e incertidumbre; luego, impelidos quizá por la pena que sentían por ellos mismos, estallaron en murmullos de protesta.

Una joven, con un chiquitín de meses en sus brazos, miraba al niño con tanta dulzura y temor, que sus ojos reflejaban un cielo claro y húmedo a la vez. Su aparición tuvo la virtud de calmar los ánimos, y solícitos le dirigieron expresiones de una confianza que estaban muy lejos de sentir. Envuelta en una bata, había huido del camarote llevando al hijo que ahora les mostraba, arrullándolo entre risas y llantos.

Ante la presencia de la joven, se irguieron espaldas y cabezas, y cobrando osadía, hablaron de presentarse de inmediato ante el capitán para exponer sus quejas. ¡Era inconcebible —decían— que una madre pasara por semejante trance!
El primer comisario, que pasaba portando una máquina de escribir y un montón de papeles arruinados por el agua, al oírlos les dijo:

—Les aconsejo que no vayan. Un poco más al norte se está hundiendo un barco y están muy ocupados.

Esas palabras tuvieron la virtud de volver a demudar los rostros y los clamores murieron como por encanto. En medio del repentino silencio, sonó una risita irónica: Provenía de un marinero español que, cargado como una hormiga, acompañaba al comisario.

Los ojos del grupo se clavaron en ese hombre que se mantenía de pie, no sin alguna insolencia, mostrando su mojado y reluciente impermeable negro. Todo en él evocaba al mar. Las arrugas de su rostro, saturado de yodo y salitre, requemado por el sol, se asemejaban a las grietas de las piedras. Era como la mayoría de sus compañeros, que dieron sus primeros pasos en las playas de su tierra natal jugando con guijarros y caracoles. Hombres cuyas almas se hundían en el mar, como si el mar los hubiera engendrado. Sus vocablos eran estandartes que señalaban su vida en los sollados de los buques, y sus manos callosas, endurecidas por el trabajo, también sabían tenderse para ayudar a un compañero. Llenos de una melancolía sin límites que brotaba por sus ojos como un jugo amargo, navegaban y navegarían siempre, enviando a España la mayor parte del dinero que ganaban para el sustento de su mujer y de sus hijos. Los menos podían traer a sus familias a la Argentina.

—Mientras el agua venga de arriba, no es nada, exclamó el marinero chapoteando con sus botas en el agua.

Sus ojos, semiocultos por el ala del "sudeste", iluminaban pensamientos llenos de burla, mientras por los poros destilaba la fatiga de dos días de trajín continuo.

Con un dejo de ironía y desprecio, uno del grupo exclamó:

—Mientras un gallego habla, no hay peligro; malo es cuando está mudo. Vamos al salón, donde les está prohibido entrar; más tarde veremos al capitán.

Esa fue la noche que los pasajeros de ese viaje la bautizaron como "la noche triste". El capitán, que llevaba dos noches de mal dormir, con los ojos irritados y el gesto adusto, paseaba su mal humor por el puente. Respecto de sí mismo, decía que vivía en completa paz con su conciencia, aunque a menudo amargaba la vida de los demás.

El oficial de guardia permanecía callado, atento a todo y observando cada gesto de su capitán, para obrar instantáneamente a la menor insinuación, temeroso de que cualquier meditación inoportuna lo distrajera y le valiera un recuerdo lleno de tristísimas resonancias.

El capitán ponía toda su alma en obrar de manera que su sola presencia infundiera temor. Con gesto adusto y la mirada siempre llena de reproches, imponía una disciplina que aceptaban algunos como normal en un buque donde pasajeras de ojos ardientes, buscaban colmar con los jóvenes oficiales sus ansias de aventura y distracción, que ya llevaban en el subconsciente antes de embarcar, con las que llenarían así sus pobres vidas.

La caja de cadenas se había inundado y no tenía desagote. Este contratiempo hizo que el capitán buscara ávidamente dónde poder descargar los rayos que tenía acumulados. Los marineros trabajaban como galeotes para achicarla con baldes, mientras Cipriano, el contramaestre, con el eterno cigarrillo en los labios, les gritaba, tratándolos de lerdos e inservibles.

Con el primer oficial pegado a sus talones, terminaban un trabajo para iniciar otro y así pasaron la noche. Al rayar el alba, la gente comenzó con sus tareas cotidianas, arrastrando los pies, pero con la firme voluntad de continuar y dejar al buque impecable como siempre.

Los camareros y ayudantes, provistos de toda clase de elementos de limpieza, rivalizaban entre sí, fregando mamparos, pisos y cielorrasos. La honda respiración del capitán, que aparecía cuando menos lo esperaban, los alentaba, haciendo que redoblaran sus esfuerzos. De ese modo trataban de liberarse de la conmoción visceral que les producía su presencia.

El buque marchaba ahora como un cronómetro. Hasta las gotas de lluvia que caían sobre bordas y pasamanos en la cubierta de pasaje, desaparecían casi instantáneamente bajo el lampazo de los marineros que recorrían constantemente el buque. Lo mismo se hacía con vidrios, mamparos y trancaniles, mientras con secadores de goma se repasaban las cubiertas.

Un poco más al norte, el buque de bandera chilena "Huemul", pedía auxilio desesperadamente. El temporal lo arrastraba hacia la muerte y sus S.O.S. cada vez más espaciados, no eran más que un llamado estéril a la Providencia. Sabían que entre esas montañas de agua, con viento huracanado y visibilidad nula, ningún barco podía acercárseles. A pesar de ello, el "Río Jáchal", abandonando su posición de capa, orientó su proa hacia las coordenadas indicadas.

Al amanecer del siguiente día, sobre la última posición del "Huemul", sólo hallaron un mar ondulante y desierto. El capitán trazó en la carta rumbos tales que toda la zona podía ser observada. Provistos de prismáticos y catalejos, los oficiales de guardia y los que estaban libres, colaboraron en la búsqueda hasta entrada la noche, pero todo fue inútil; el mar había acabado con vidas y angustias, sumergiéndolos en la lejanía infinita de donde es imposible regresar, y borrando luego todo vestigio de su obra. Abandonando el lugar, continuaron viaje con destino a Valparaíso, de donde se zarpó a las pocas horas de haber llegado. El buque, atrasado en su itinerario, debía ganar tiempo.

Un compás de silencio reinó a bordo cuando volvió a recibirse otro pedido de auxilio. Esta vez no era el mar que destrozando un buque lo arrastraba hacia el abismo, sino el fuego. La "Lautaro", cargada con salitre, se había incendiado mientras navegaba frente a la costa del Perú. El siniestro del '"Huemul" y las angustias pasadas, parecían ya inmensamente lejanas. Ese es el secreto del marino, que esconde en el fondo de su alma los sinsabores del mar.

El buque escuela "Lautaro" de la marina chilena, llevando cadetes en viaje de instrucción, había zarpado de Valparaíso con destino a San Francisco de California. El viento que antes como amigo hinchara sus velas, era ahora un enemigo que avivaba el fuego en sus bodegas. Cuando lanzaron su S.O.S., el buque ya estaba perdido.

Esos cadetes, que habían sentido en sus primeros días de viaje la beatitud de vivir un sueño, estarían ahora llenos de inquietud aferrados a la angustia que producen los siniestros en la inmensidad del mar. El "Río Jáchal", trepidaba a impulso de sus máquinas. Esta vez, un mar tranquilo le permitió desarrollar su máxima velocidad y en pocas horas llegó al lugar indicado.

Era el atardecer. El sol, que rápidamente marchaba al ocaso, mostraba un horizonte limpio y brillante. Del sur oeste, comenzaban a elevarse nubes precursoras de mal tiempo que llenaban de inquietud.

En el círculo mágico de mar y cielo, apareció muy lejos un punto oscuro por la banda de estribor y por la proa la inconfundible silueta de la "Lautaro". El punto negro, al estar más cerca, se vio que era un gran cajón a la deriva, Se pensó seguir de largo, pero al sugerirse la idea de que pudiera haber en él algún náufrago, se disminuyó máquina y se cambió el rumbo para observar. Apenas el "Río Jáchal" cayó a estribor, se elevaron bengalas del lugar donde estaba la "Lautaro". Eran los que desde el ápice de su júbilo, habían caído en profunda desesperación, con sólo pensar que podían no haber sido vistos. Todas sus ansias concentradas en el buque que llegaba, los impulsaban a verlo como esencia de vida y esperanza.

Nada había en el cajón, y sin perder tiempo, nuevamente a toda máquina, se orientó la proa hacia la "Lautaro", que comenzó a mostrar en el crepúsculo el fuego que salía de sus entrañas, y a su alrededor, los botes salvavidas sobrecargados de gente. Muchos estaban en el agua asidos a las guirnaldas salvavidas de los botes. Haciendo sotavento por estribor, los botes se acercaron al pie de la escala real.

Se acoderaba el primero, cuando esa tarde, serena hasta entonces, se llenó de silbidos; el mar se encrespó y los botes sobrecargados, con la borda al ras del mar, comenzaron a hacer agua. Muchos nadaban sosteniéndose de las guirnaldas salvavidas. Hacía horas que se turnaban con los del bote para evitar una permanencia excesiva en el agua.

El primer oficial, de pie en la plataforma más baja de la escala para ayudarlos a embarcar, fue el primero en tener contacto con ellos. Aferró manos frías y manos ardientes, manos fuertes y manos débiles, y vio ojos serenos y otros con lágrimas. Algunos estaban semidesnudos, rojos, cubiertos de ampollas, quemados por el sol y el salitre.

Llenos de cansancio y de anhelo, con pasos torpes, subieron sin ayuda hasta la cubierta donde los aguardaba el médico. En algunos, la piel del pecho y de la espalda comenzaba a desprenderse. A la luz de los focos, la escena cobró visos fantásticos. En total eran ciento trece.

La "Lautaro" quedó abandonada, convertida en una hoguera, a la deriva. A su alrededor, las ondas oscuras reflejaban su agonía, y en grave contemplación, ahora con quietud de ánimo, sus ex tripulantes volvían a cubierta para darle el último adiós. Caminaban tambaleantes hasta apoyarse en la borda, pensando quizá no en el mar, ni en los senderos donde crujen las conchas marinas, sino en algo más íntimo: el hogar. Esas emociones iban despertando en ellos un deseo incontenible de hablar, de expresar lo que sentían y comenzaron a exaltarse, buscándose entre sí. Con más libertad de espíritu en ese ambiente nuevo, miraban a su alrededor como si contemplaran un espectáculo que recién comenzara a interesarles.

Antes, la preocupación y el agotamiento les impidió percibir en su plenitud la tragedia que habían vivido, pero ahora la sentían en toda su magnitud. Como siempre, las más curiosas, las que no perdieron el menor detalle de lo ocurrido, fueron las pasajeras, que luego se ofrecieran para cuidar a los náufragos en estado delicado.

En El Callao, los náufragos desembarcaron y el "Río Jáchal" continuó viaje a los Estados Unidos. Veinticinco días más tarde amarró nuevamente en el puerto de Valparaíso, de donde debía zarpar al día siguiente. Temprano, llegó una invitación oficial para asistir a un cóctel y cena en el Centro Naval.

Esa tarde fue como todas: mucho trabajo a bordo y febril movimiento en el muelle, apenas sin tiempo para un esparcimiento un poco más allá de los límites del puerto, lo que traía aparejado un estado de singular ausencia por la aridez de esa vida tan discorde con la soñada; y así haciendo abstracción de todo lo que no fuera trabajo, transcurrieron las horas. Cuando ya llenos de fatiga no se deseaba más que un poco de silencio y descanso, los invitados debieron prepararse para asistir a la cena.
Caminaron lentamente por las calles casi solitarias haciendo escasos comentarios, y con la esperanza de que todo terminara pronto, llegaron hasta las puertas del Centro Naval.

El silencio rodeaba al edificio, sin escucharse en él la más leve pulsación. Alguna que otra voz distante resonaba en las sombras hasta perderse al fin. Traspusieron el umbral. Nadie en la entrada, nadie en la escalera que conducía al hall. Cuando pisaron el último escalón, la esencia misma de la vida pareció surgir de pronto. Hombres, vistiendo uniformes hasta de la más alta graduación, cruzando rápidamente el hall iluminado, formaron dos hileras, dejando un angosto pasillo que debían recorrer los invitados.

La sorpresa hizo que los recién llegados levantaran la vista llenos de turbación. Fue como un rumor de frondas que se agitan inesperadamente bajo el aliento de la noche. La emoción borró el cansancio, la abulia y todo pensamiento ajeno a lo que sus ojos estaban viendo: manos tendidas y saludos militares. Algunos de los huéspedes respondiendo quizá a la expresión de una ya pasada silenciosa desesperación, abrazaron a sus salvadores con la efusión del padre que ha esperado a un hijo por largo tiempo.

Así dieron forma a un sentimiento en ese hall adornado con banderas de ambos países; y cuando el salón blanco abrió sus puertas, la banda militar ejecutó los himnos argentino y chileno. Las horas parecieron fundirse anulando la noción del tiempo, cuando sentados frente a una mesa de blanco y cristales, los manjares y el buen vino hicieron elevar el tono de las voces.

Tarde ya, llegaron grandes ramos de flores en agradecimiento hacia los marinos argentinos. Uno pequeño de rosas blancas, conmovió al periodista que leía las tarjetas. Sus ojos mostraron la sombra de un sueño, al pronunciar como un íntimo soliloquio:

—Señores, lo que aquí está escrito es conmovedor dentro de su inmensa sencillez. . . ya que sólo son tres palabras. Es un anónimo, pero yo diría que lleva el nombre de todas las madres del mundo. . .

Esos marinos, que escuchaban atentamente, sintieron que algo tocaba sus corazones al oir que el periodista pausadamente leía: "Una madre agradecida".

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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