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RIO BRAVO EL PILCOMAYO

Por Florencio Gilberto Aceñaloza - Todo es Historia Nº 51 - Julio de 1971

En este extenso articulo, el autor nos lleva por la historia de las expediciones, conquista y colonizacion - o intentos de- de este notable rio.

"Cuantos varoniles esfuerzos y cuántos sacrificios estériles!
Y el rio del Chaco tan salvaje e indómito como el indio Toba que vive en sus orillas
En el desenfreno de sus instintos,
sigue rodando sus aguas con giros engañosos,
ora desbordado y terrible, ora encerrado en cauces desconocidos
siempre artero e implacable
con quien intenta arrancarle sus secretos".


Muchas fueron las expediciones al Pilcomayo. Unas atendían razones militares, otras políticas o científicas. A nosotros, los argentinos, nos interesaba poder definir nuestros límites con la vecina república del Paraguay, y a la vez establecer una efectiva soberanía sobre estos territorios que estaban en manos de tribus hostiles. A los bolivianos los desvelaba su eterno anhelo de la "salida al mar por el Atlántico"; mientras que a las Sociedades Geográficas se le presentaba, el Pilcomayo, cubierto por el velo de la ignorancia. Para ellos era entonces una meta y para todos un fin.

Una década antes de que Lista escribiera la frase que arriba transcribimos, el entonces Presidente de la Nación, general Julio A. Roca había manifestado al finalizar la expedición militar que al mando del Ministro Victorica había batido a los indios desde el Pilcomayo al sur: "...los expedicionarios del Chaco han merecido el bien de la Patria".

Hoy a casi cien años de las principales expediciones vemos con dolor como científicos, militares, técnicos y políticos que actuaron en esta región se encuentran en un peligroso rincón de nuestra historia. El rincón que antecede a la etapa del olvido. Como si los esfuerzos y la sangre allí vertida para efectivizar el poderío nacional hubiera sido insignificante. Por todo ello, como homenaje a aquellos que de una manera u otra permitieron la incorporación efectiva de esta región patria a la dinámica nacional, hemos de traer a algunos de sus protagonistas a contarnos facetas de su epopeya. Epopeya que a veces fue feliz y a veces sangrienta y que, podemos decirlo, culminó con los minuciosos estudios que en el presente siglo arreglaron nuestros límites con el Paraguay.

EL CHACO Y SU CONQUISTA
Si extendemos ante nuestra vista un mapa de la República Argentina de mediados del siglo pasado nos encontraremos con un país desarrollado siguiendo una figura geométrica que nos recuerda a un triángulo. Dejando la Mesopotamia a un lado veríamos que desde Santa Fe hacia Jujuy se extiende una extensa línea de fortines que separaba la región "Civilizada" de la "bárbara". Algo semejante ocurría al sur.

Desde la provincia de Mendoza a la de Buenos Aires se disponían numerosos fortines que "atajaban" el embate de los indígenas. Entonces nuestras fronteras "calientes" no eran las que precisamente teníamos con Chile, Brasil o Bolivia, sino aquellas que nos separaban del indio. Al sur presionaban los ranqueles, al norte los tobas y otras tribus no menos guerreras. Aquí y allá los malones caían a sangre y fuego sobre los arriesgados pobladores que se atrevían a invadir los dominios del indio. Para a duras penas contenerlos, se crearon fortines con tropas "rejuntadas", faltos de vituallas, de un pobre armamento y con soldados poco disciplinados que de puro corazón mantenían a raya al infiel. A la vera de los fortines fueron creciendo los pueblos, muchos de los cuales hoy son fieles reflejos de una férrea voluntad. En el Chaco, Clorinda, o fortín Fotheringham, Presidente Roca, Puerto Bermejo y otras son puntales de esta acción nacional.

Fortin Zalazar, a principios del siglo XX, tipico fortin de avanzada de las tropas nacionales sobre el Pilcomayo

Hacia fines de la década del 70 fue política y económicamente necesario realizar un amplio operativo militar que "apaciguara" al infiel. Estábamos empeñados en lograr esa Argentina libre y "abierta para quien quiere habitar su suelo", y para ello debíamos librar la Pampa al arado y a las simientes que aportaría la inmigración. En el "operativo silencio" no siempre se aplicaron esquemas muy civilizados que digamos. La batalla fue la del remington contra la chuza, la de tropas más o menos disciplinadas contra el montón.

En el sur, donde la "limpieza" se efectuó en terrenos de escasa vegetación, la batalla duró poco: sólo un par de años. En el norte, donde el indio contaba con extensas áreas boscosas, la batalla fue larga. Allí el poder indígena no se doblegó ante los primeros disparos; su aliado era el monte y el desconocimiento que de él tenían los blancos.
Entonces internarse en el Chaco era una aventura de resultados muy inciertos si no iba acompañado de una partida bien armada. Quienes la corrían a pesar de esta prevención sabían que sólo contaban con dos cartas: o salían de él o allí morían. Arriesgados los había y a ellos nos referiremos más adelante.

EL PILCOMAYO
El Pilcomayo es uno de los tantos ríos que aportan sus aguas a la llamada cuenca del Plata. Su nombre, de origen quechua, ha dividido la opinión de los entendidos en cuestiones lingüísticas. Para unos deriva de la voz pillcu que es el nombre de un pajarillo que habita la región fluvial. Para otros deriva de ppillco que según parece significa rojo o rojizo. En ambos el común denominador es mayu o mayo que en dicho idioma equivale a río. Es decir es relativamente válido afirmar en que su traducción tanto puede ser "rio de pillcu" o "del pajarillo" o también "rio rojizo".

Su curso tiene aproximadamente 2.000 kilómetros de longitud y se suele encontrar en la bibliografía la definición de un "Alto Pilcomayo", aguas arriba de los Esteros Patino y un "Bajo Pilcomayo" que comprende el tramo que media entre éstos y el rio Paraguay donde desembocan sus aguas. Nace en las cumbres de la Cordillera Real de Bolivia a la latitud de Potosí y a medida que baja el área montañosa van adicionándosele nuevos afluentes que engruesan su caudal. Una vez llegado al Chaco sigue su curso un rumbo sureste, el que mantendrá hasta su desembocadura. A lo largo del Chaco boliviano presenta una corriente rápida con saltos de agua, característica que mantiene en numerosos puntos donde constituye el limite argentino-paraguayo.

Por debajo de los 23º de latitud sur comienza a divagar hasta que derrama sus aguas en una extensa planicie poblada de totoras, con grandes lagunas y abundantes cauces abandonados conocida como Esteros Patiño en honor a su primer explorador. En el punto conocido como Salto Palmar comienza ese nuevo curso llamado "Bajo Pilcomayo", al que recién hiciéramos referencia, que luego de un centenar de kilómetros desembocará en el río Paraguay.

Estero Patiño, la tumba del explorador Ibarreta.

Las aguas del Pilcomayo son ligeramente salobres, aumentando el contenido de sales en determinadas épocas del año, coincidentes con sus bajantes. Se lo considera navegable hasta la zona de los esteros, donde por falta de un cauce adecuado y por los saltos se torna impracticable la navegación con embarcaciones de cierto calado.

Asi, geográficamente como acabamos de presentarlo, el Pilcomayo impresiona como un río más, casi sin problemas en cuanto a la factibilidad de su reconocimiento. En honor a la verdad hemos de decir que ello no fue asi. Las numerosas expediciones que recorrieron sus costas fueron eslabones de ese magnífico esfuerzo argentino que permitió definirlo. Creemos, sin temor a equivocarnos, que ha sido el río más difícil de conocer de todo el país. Más de doscientos años fueron necesarios para lograr el cabal conocimiento que actualmente de él tenemos.

LOS PREDECESORES
Para los españoles del siglo XVIII era imperioso lograr una vía de comunicación entre el Alto Perú y Asunción que permitiera bajar las riquezas alto-peruanas soslayando el desértico Chaco Boreal. Entonces se tenía la cabal presunción de que algunos de los afluentes del rio Paraguay debían nacer en las cordilleras de occidente.

La primera tentativa de lograr una vía navegable entre estas dos regiones del reino, según las crónicas, fue la del Padre Patiño. Este cura, residente en Asunción, luego de numerosos cabildeos para obtener el apoyo efectivo para la expedición por parte de las autoridades, llegó a reunir 71 hombres a los que embarcó en tres naves, de las cuales, se decía, la mayor calaba 7.000 arrobas.

La expedición partió desde el puerto de Asunción el 14 de agosto de 1721. Cinco días más tarde estaban en la desembocadura del Pilcomayo al Paraguay y comenzaban a remontarlo casi sin ningún problema porque, al parecer, el río se encontraba sumamente crecido. La flotilla avanzó rápidamente hasta que se le presentaron una serie de saltos y rápidos que impidieron el paso de la nave mayor. Estaban en el extremo sur del gran estero que un siglo más tarde llevaría el nombre del arriesgado misionero.

Con dos naves lograron penetrar en los brazos del estero, mandando el Padre Patiño explorarlo exhaustivamente hasta encontrar el curso que los llevaría al Alto Perú. Así estuvieron varios días hasta que reconocieron el cauce que los llevaría aguas arriba en las inmediaciones de lo que hoy es el punto tripartito. Allí, hostilizados por los indios, tuvieron que regresar hasta donde hablan dejado la embarcación mayor y luego a Asunción.

Los resultados que había logrado la expedición del Padre Patiño fueron alentadores, ya que confirmaron que con embarcaciones de menor calado podrían superarse los inconvenientes que presentaba la zona del estero Patino. El entusiasmo que la crónica del misionero llegó a despertar hace unos cien años, ocultó el hecho de que la misma se había efectuado durante una creciente, al parecer excepcional.

Pasaron veintiún años sin volver a tentar la búsqueda de la vía navegable al Alto Perú. La expectativa creada por la expedición de Patiño prendió en otro sacerdote. Este fue el Padre Castañares quien en 1742 casi logró repetir la hazaña de su antecesor, pero debió regresar a Asunción por la hostilidad de las tribus que habitan las costas del Pilcomayo. Al año siguiente, según crónicas de la época, el Padre Castañares intentó nuevamente navegar el rio, pero esta vez el fracaso fue más rotundo: murió en manos de los tobas junto a sus acompañantes.

Madrejones del río Pilcomayo como el de esta fotografía vieron pasar los expedicionarios que buscaban desentrañarlo.


 


TENTATIVAS BOLIVIANAS
Como ya habíamos dicho, la confirmación de la navegabilidad del Pilcomayo era de gran importancia para el gobierno boliviano por cuanto le abría una nueva y excelente vía al Atlántico, a través de la cual se vincularía con Europa.

En 1844 el gobierno de Bolivia comisiona al explorador holandés Van Nivel para que reconozca el río Pilcomayo en todo su curso y dictamine sobre su navegabilidad. El navegante parte desde la misión de San Francisco, al pie de las sierras chaqueñas, el 30 de setiembre de 1844 al mando de una flotilla integrada por tres piraguas y ocho canoas. Junto al explorador iban 60 soldados del ejército boliviano al mando del oficial D. Gavino Acha, que le servirían de protección y de apoyo.

Hubo desorganización y tal vez algo de falta de decisión. Mucho antes de llegar a la zona de esteros abandonaron las embarcaciones y continuaron a pie, hasta que prácticamente se perdieron en las marañas acosados por indios belicosos. El regreso confirmó el desastre y el fracaso del viaje.

Un nuevo fracaso fue la expedición que al mando del P. Giannelli, bajó desde Bolivia en 1863. Acompañaba a este nuevo expedicionario una tropa de 50 soldados y con ella, según las crónicas, llegó hasta las inmediaciones del Estero Patiño.

Expedicion boliviana en el punto llamado "La Salvacion".

En 1882 una expedición científica parte desde San Francisco de Pilcomayo al mando del francés Dr. Crevaux. Esta como las anteriores organizadas por el gobierno boliviano, fue provista de una pequeña escolta armada que constaba de 17 hombres. El Dr. Crevaux, miembro honorario de numerosas asociaciones científicas, al parecer menospreció el valor y la audacia de los indígenas de las regiones que iba a atravesar. Tal fue así que según relatos llegó a prácticamente impedir que se usaran armas de fuego contra los Indios. No habían recorrido más que un centenar de kilómetros cuando los tobas, haciendo gala de su belicosidad, aniquilaron a los expedicionarios, salvándose solamente un joven de apellido Zeballos que durante 6 meses permaneció cautivo de los indígenas.

El fracaso de esta expedición y la noticia de la muerte del jefe de la misma repercutió dolorosamente en los medios científicos a los cuales estaba vinculado el Dr. Crevaux. Pero a pesar de ello, al año siguiente se organiza una nueva expedición boliviana, con miras a concretar lo que no pudo hacer el infortunado Crevaux. Esta, al mando del Dr. Daniel Campos, partió desde Caixa o Villa Rodrigo el 20 de agosto de 1883 a "las once y cuarto a. m...".

Nueve días más tarde, en las cercanías de donde había sido muerto Crevaux, el Dr. Campos mandó fundar lo que llamó "Colonia Crevaux", a orillas del Pilcomayo. Allí dejó establecida una guarnición, partiendo rumbo a Asunción del Paraguay el día 10 de setiembre del mismo año. Iban junto a él una importante plana mayor de oficiales del ejército boliviano y 128 soldados de combate, todos montados en caballos y muías además de abundantes vituallas y municiones.

Fortín Crevaux en las márgenes del Pilcomayo superior, en el día de su fundación en agosto de 1883.

El viaje fue largo y accidentado. Se perdieron en los esteros de Patiño, hubieron de abandonar la caballada y luego de muchas penurias arribaron a la capital del Paraguay sin haber logrado comprobar la factibilidad de la navegación del Pilcomayo por haber errado su cauce. Famélicos y enfermos llegaron a Asunción el 13 de noviembre de 1883, a escasos tres meses de su partida. Al parecer este fue el último gran esfuerzo boliviano para tentar esta vía fluvial.

Expedicion boliviana al llegar a Asuncion del Paraguay.

     
  LA CAPTURA DE INDÍGENAS

Las alternativas de todos los combates desarrollados entre las tropas nacionales y los indígenas fueron, en no contados casos, actos de barbarie Los vencidos generalmente no tuvieron la conmiseración de los vencedores. Así destacamentos fortíneros fueron arrasados, como también lo fueron las tolderías.

Estas actitudes que no siempre permitieron definir cuál de los contendientes era el más civilizado han quedado abundantemente referidas por narraciones de sus protagonistas. A continuación transcribiremos una descripción de una captura de indígenas por parte de tropas nacionales en el Territorio (era entonces) de Tierra del Fuego. Esta apareció en el Boletín del Instituto Geográfico Argentino de 1891, firmada por el Dr. Polidoro Segers. A pesar de que se refiere a cuestiones aparentemente ajenas a nuestra nota, la destacamos porque muestra facetas comunes de la conquista del Chaco, de la Pampa y del lejano sur.

Narraba el señor Segers: ...A nuestros pies y sobre la orilla del mar entre manchones negros, que revelaban las crestas de las restingas que emergían de las aguas unos veinte individuos se entregaban tranquilamente a la pesca de mariscos sin habernos apercibido cuando los ladridos de los perros llamando su atención les descubrió nuestra presencia en el vértice del Cabo Perlas, al lado de sus viviendas. La alarma que esto les produjo fue espantosa y los pobres indios que se encontraban a una larga distancia en la playa que la marea al bajar había dejado al descubierto, no sabían de qué lado escapar. La confusión aumentó más cuando vieron que los soldados de la expedición bajaban a toda prisa en su persecución la cuesta de la barranca en la cual estábamos.

Triste espectáculo era para mi ver a estos pobres indios inofensivos disparar de un lado a otro perseguidos como fieras por los que representaban la civilización. Como los indios huían en varias direcciones y los soldados temían que escapase su presa, empezaron a hacer fuego sobre ellos hiriendo a algunos, pero logrando sustraerse todos a sus perseguidores, menos uno que, rodeado por cinco soldados armados de remington no pudo adelantar. El infeliz se había atrincherado detrás de una enorme peña y se defendía valerosamente del fuego que le hacían aquellos. A cada descarga salía de su fortaleza improvisada y lanzaba una flecha en dirección de sus verdugos.

La huida le era imposible: a retaguardia tenia el mar que subía ya y delante cinco bocas que vomitaban fuego. En fin, acribillado por las balas cayó el valiente y por conmiseración fue ultimado con un tiro de revólver en el oído derecho El Reverendo Padre Fagnano, capellán de la expedición, y yo nos habíamos hecho cargo de las criaturas abandonadas y mientras seguía el tiroteo no podíamos menos que protestar indignados contra este acto de crueldad que pasaba a nuestra vista, sin que pudiéramos impedirlo. Como avanzara la noche, y deseosos de dar sepultura al cadáver conseguimos del jefe de la expedición que lo arrastraran hasta el lugar donde nos encontrábamos.

Era un lindo joven, a lo más 18 años de edad, robusto y bien formado. Una melena tupida y negra cubría con sus enmarañados mechones su cuero cabelludo diferenciándose de los demás indios, en que no usaba tonsura y su cabeza estaba cubierta de pelo. Veinte y ocho sblas remington habían acribillado el cuerpo de este valiente, más la bala de gracia".

Más adelante continúa el autor " ..Al poco rato volvía una expedición de soldados que fue en persecución de los fugitivos, trayendo catorce individuos de chusma, pues los hombres aunque heridos se habían escapado: se aseguraron mujeres y niños en el cepo de campaña atándolos unos a otros por los pies con una larga cuerda, se pusieron centinelas a la vista y tratamos de conciliar el sueño. Era en vano, toda la noche las pobres chinas no cesaron en sus lamentaciones..."

Actitudes como la que acabamos de transcribir eran al parecer comunes en la relación hombre blanco-indio. Hoy comprendemos cuál fue la necesidad política de ese exterminio, pero nos preguntamos, ¿no habrá sido inmoral nuestra actitud?

 
     

LAS EXPEDICIONES ARGENTINAS
En 1882 tuvo lugar la exploración del Pilcomayo por parte de un destacado miembro de nuestras fuerzas armadas: el Comandante Fontana.  Este, al frente de una pequeña flotilla partió desde Asunción del Paraguay el 31 de julio con miras a explorar el cauce del no lo máximo posible.

Luego de 9 días de luchar con la corriente llegó hasta los saltos y rápidos del extremo sur del estero Patiño. Ante la imposibilidad de sortearlos hubo de emprender el viaje de regreso a Asunción. Previo a la expedición militar argentina que al mando del Ministro D. Benjamín Victorica constituyera la llamada "Campaña del Chaco" se efectuaron numerosas batidas hasta las costas del Pilcomayo, de algunas de las cuales han quedado interesante narraciones.

Una de ellas fue la que bajo el mando del Coronel Ibazeta actuara, en 1883, en la región chaqueña de Salta, sobre el curso del Pilcomayo superior. Sobre la misma quedan impresas las abundantes observaciones que realizó don Amadeo Baldrich, que oficiaba de ayudante mayor y comisionado del Instituto Geográfico Argentino.

En un principio esta expedición iba a ser dirigida por el Coronel Sola, pero habiendo sido éste electo Gobernador de Salta, hubo de ceder muy a pesar suyo, el mando a Ibazeta. El 11 de junio, "un dia ardiente" según el cronista, partió la expedición desde el fortín Dragones ubicado en el Chaco salteño. Integraban la comisión 127 hombres entre jefes y oficiales, soldados, tres voluntarios, dos indios y dos mujeres. Iban armados con remington y con una provisión de 20.000 tiros, carpas, 250 muías y 200 vacas para el consumo.

En Fortín Victorica completaron la provisión para luego, desde allí, seguir viaje hacia el Pilcomayo a cuyas riberas llegaron el 20 de julio. Durante el trayecto se encontraron con numerosas tribus que en general les brindaron un buen recibimiento. Al respecto creemos conveniente dejar a sus protagonistas que nos cuenten los detalles de este viaje. Decía Baldrich:

"Aquí como en otros lugares que dejábamos a la espalda, los indios parlamentaron con nosotros. Un congreso, curioso por lo abigarrado de los diputados, los trajes y la varie-dad de circunstancias que lo motivaban tuvo lugar al dia siguiente. Los naturales mezcla de Tapietis, Matacos, Orejudos y alguno que otro chiriguano prófugo de sus pueblos por alguna fechoría, armados, y tarrajeados, ocupaban la margen izquierda (del rio Pilcomayo). El rio es allí ancho de 25 metros, pero profundo y da corriente rápida de 3 metros a 3,50 metros por segundo. Las relaciones dieron principio arrojandoseles unos mazos de tabaco. Se terminó por invitarlos a que pasaran a nuestro campo. Vinieron. Serian 500, jóvenes y robustos, pero horriblemente desfigurados pon pinturas con bermellón, azul y negro, y los adornos de plumas en la cabeza o en el rostro simulando una larga barba.

Traían sus arcos templados, sus lanzas y sus grandes manojos de flechas. Los había casi desnudos, otros con casacas sacadas de no sé dónde. Un mataco sobresalía entre la turba: estaba desnudo pero una especie de tirador ceñía su cintura del que pendía una hoja de cuchillo sin mango. Me acerqué a él y poco después era mia su extraña y única pieza de ropa vendida por un mazo de tabaco.

Puesto de observacion en el Km 2 de la picada de Tinfunqué.

Esta actitud de los indios no era pacífica. Se les retuvo a cierta distancia del campo mientras sus jefes pasaban a la carpa del Comandante. Eran nueve y uno de ellos llamado "Llaravillú" pérfido indígena, sirviéndonos de guía más tarde, huyó una noche del campamento después de habernos alejado del río con pretextos varios, dejándonos entre bosques y pantanos.

Los jefes indios nos instaron a que retrocediéramos negándonos derechos a venir a sus tierras: nos preguntaron qué gente éramos, a dónde íbamos, qué buscábamos y si estaríamos allí muchas lunas, diciéndonos por último que avanzando nos matarían los Tobas. Su mímica fue elocuente y enérgica como sus palabras. A nuestra vez preguntamos sobre ciertos datos y al llegar al asunto "Crevaux", "Llaravillú" habló con ellos en voz baja; después alzándola, nos dijo que los jefes nada sabían pero que recordaba algo; "que lo habían muerto allá arriba, en Teuco-to-tojué", y señalaba el curso alto del rio al NNO.

Después se encerraron en un mutismo absoluto. Se les regaló ropa blanca, distribuyéndose entre sus indios carne de dos vacas. Al día siguiente volvieron. Se les compró ovejas y armas por tabaco y ropa. Se les ordenó que se retiraran, pero ellos intentaron desplegarse en circulo para acorralarnos. Fue necesario que los clarines dejaran oír su agudo toque de llamada, que los soldados corrieran a sus armas y a la formación para que los audaces indígenas repasasen el río despejando el frente y destruyendo las posibilidades de un conflicto.

Antes de abandonar aquel lugar se labró un acta sobre la margen de ese brazo extremo occidental del Pilcomayo, bautizado con el nombre de "Canal del Instituto Geográfico", en honor de la Asociación que prestara su contingente poderoso en la memorable expedición Bove-Piedrabuena."

Muchas escenas parecidas a éstas se produjeron durante el curso de nuestro viaje, hasta que al fin, cortadas bruscamente las relaciones, desaparecieron con ellas los parlamentos.

El 29 de julio marchábamos penosamente por un terreno profundamente agrietado. El calor era sofocante y las mulas caían aquí o allá hundiendo sus cascos en las anchas hendiduras del aluvión. Por repetidas veces y siempre en vano habíamos intentado salvar una ancha faja de guadales para ganar las orillas altas de la costa.

De pronto vemos una toldería y a los indios que huyen hacia el bosque. Se les llama, y dos de los fugitivos vienen hacia nosotros y nos siguen hasta las palizadas de una rancheria de tobas abandonada.

Penetramos. Se revuelve todo y un soldado llama la atención sobre una plancha de madera medio carbonizada. El alférez Ayarzú la recoge y después de miles de conjeturas se conviene en que ha formado parte de una canoa... ¿Una canoa? ¿Y de dónde una canoa de cedro en estas alturas?

Se habla de Crevaux... se busca, se pregunta a los indios guias que observan con una mezcla de curiosidad y temor nuestros ademanes y palabras exaltadas en un idioma extraño que escuchan quizás por la primera vez. No se encuentra algún otro vestigio, pero los nuevos guías nos dicen que más arriba, en los toldos del cacique "Pelo" o Pedro, ya que el Mataco no pronuncia la R sino como L. hay armas como las nuestras, relojes...

Después que el Comandante rechaza mi idea de una pesquiza a la toldería que está a 200 metros, abandonamos ese sitio donde acababan de fulgurar las llamaradas de un mundo de ilusiones y vamos a clavar las tiendas del campamento sobre el rio, frente a las rancherías de "Pelo". Esa tarde se nos presenta el indio en persona: Ofrecemos vacas, ponchos y tabaco si nos hace la entrega de las armas y objetos "de unos cristianos que se murieron por aquí" le decimos, para inspirarle más confianza.

Pero el Indio es astuto: su mirada es viva, Investigadora, penetrante y a veces llamea en un rayo de desconfianza bajo sus pestañas recias y negras; y, si él es en realidad uno de los matadores de Crevaux, concibe con rapidez el peligro que entraña la entrega de los objetos y niega por fin rotundamente por boca de su Intérprete que sus gentes hayan muerto a alguien, agregando que son los del cacique "Lahsnaigs".

Posteriormente he llegado a convencerme que esos dos jefes han sido los factores principales o encubridores, por lo menos del bárbaro crimen, en venganza de la muerte de un grupo de indios por los soldados bolivianos del Capitán Gareca, en quienes éstos sospecharon ser aquellos los autores de un robo de anímales. Error desgraciado que costó la vida al Ilustre francés y con él a sus desdichados compañeros y una quincena de Infelices indígenas.

Propuse retener en rehenes en nuestro campo al cacique; pedí por nota al Jefe, soldados para pasar el rio y hacer las Investigaciones sobre los restos de Crevaux y paradero de los dos prisioneros de su expedición Blanco, el marinero argentino y el timonel francés. El teniente Carranza me acompañó con su adhesión en mis propósitos, ofreciéndose ese joven y valiente oficial a acompañarme en mis Investigaciones.

Pero todo fue inútil, y momentos después marchaba el cacique y yo recibí una contestación que mataba las esperanzas más risueñas. Era necesario resignarse. Había hecho cuanto estuvo de mi parte para vencer las resistencias del Jefe; pero éste, a su vez, en el cumplimiento estricto de lo que él creía su deber, obraba de conformidad a sus instrucciones, aun cuando pensara de distinta manera.

Al día siguiente se acampaba en "La Vuelta del Escarmiento". Los lugares de la tragedia palpitante de Mr. Crevaux quedaban a la espalda, y el genio de las brumas del Pilcomayo dejaba caer de nuevo la punta del denso velo del misterio alzado a nuestro paso, que cubrirá tal vez por siempre el paradero de los huesos del ilustre sabio.

Las probabilidades de éxito más o menos feliz, emprendiendo algunas pesquizas acababan de disiparse como un copo de humo bajo el casco de la primera cabalgadura de la columna que abandonaba aquellos sitios salvajes.

El mes de agosto se inauguró con el primer combate. La vispera del 1º se paso en parlamentos. Los Tobas querían pasar a nuestro campo para conocer a los oficíales y quedarse esa noche mientras durmiéramos para cuidarnos. Se rechazó la "generosa" oferta, y un indio, colocándose a distancia respetable arrojó sendos puñados de polvo en dirección nuestra. Era a la vez el signo de descontento y el guante de reto caballeresco de los Tobas.

La noche del 31 de julio fue, pues, de cruel expectativa. Ellos disponiéndose quizás para un golpe de mano, nosotros preparados para rechazarle. El 1ºv de agosto nos vino el último parlamento con siete agoreras o brujas. Los hombres nos exigieron el inmediato desalojo del terreno y éstas nos maldijeron con sus signos al retirarse. En tanto llegaban grupos de indígenas de todas direcciones. A las 11 a.m. había reunidos unos 800, entre ellos 152 de a caballo, mientras nuestro campamento quedaba defendido por 60 hombres, por el envío de dos comisiones que nos privaban de 40 soldados.

Media hora después, una guerrilla india que pasaba el río para atacar nuestro flanco Izquierdo, lo repasaba en confusa derrota. La lucha se generalizó entonces, siendo vivísimo el fuego de nuestros remingtons sobre los grupos enemigos, a 250 metros, que lo sostuvieron por espacio de 15 minutos con 12 ó 14 armas de retro y boca-carga. Por fortuna, mientras nuestras balas destrozaban sus líneas, las suyas pasaban por lo alto silbando furiosamente, ya que creían que el arco que describe el proyectil de un arma de precisión, es igual al de la flecha en igual distancia.

Poco después, la derrota era completa, y el Mayor Moscoso les hacía los últimos disparos más allá de la "Vuelta de Escarmiento". Dos combates más nos esperaban en las jornadas subsiguientes. En el último esperaron a la vanguardia en emboscada y al caer ésta a un claro de la playa, una descarga de fusiles vomitada a 50 metros, la recibió.

 

UNA BATIDA PUNITORIA

La muerte de un blanco por parte de los indios generaba, en la mayor parte de los casos, una violenta represión a la tribu de los responsables. Las tropas de los fortines, o en el mejor de los casos reclutadas en una mezcolanza con indios amigos partían de inmediato a "capturar" a aquellos que directa o indirectamente hablan tenido participación en el hecho.
A continuación veremos una descripción de una partida punitorla con palabras de Adalberto Schmled. "Dos días antes de llegar a la Misión Franciscana nos encontramos en la casa de Bailón con una comisión que iba a castigar a los indios Coyagé por el asesinato de un peón acoplador de cueros y el rapto de su mujer y de tres chivos, perpetrado un mes antes. La comisión consistía de un sargento de policía que la dirigía y un vigilante; además formaban parte de la misma el señor Ríos, patrón del peón asesinado, 3 peones y 35 indios Toba y Pilagá. armados de flechas, lanzas, escopetas y remlngton
Inducidos por la lástima que nos inspiraba el armamento relativamente deficiente de tan reducido número de cristianos (pues con los indios acompañantes no podían contar en caso de peligro) les prestamos unas armas de repetición y tres muías. Sin embargo no pudimos menos que censurar la práctica de batir indios con indios, que si llegaban a vencer, cometerán en nombre del Gobierno Argentino atrocidades mucho mayores que el asesinato de los Coyagás"

 

La lucha fue corta pero tenaz y fatal para los indios, que perdieron unos 60 hombres en esos ataques infructuosos, limitándose después a seguirnos ya precediéndonos, ya por los flancos y la retaguardia: un cordón constante de hábiles espías que nos seguía doquiera que fuera la columna, esperando apoderarse de vacas o cabalgaduras rezagadas. ..

El 5 de agosto llegamos al antiguo puerto de "Yguopeyte" luego "Santa Bárbara" y hoy colonia "Crevaux", situada a los 21º15´14" de latitud S y 64°38'56" de longitud O, donde encontramos las sepulturas del Mayor Trigo y seis compañeros, miembros de la expedición Rivas, muertos por los Tobas, que a su vez se habían ensañado con sus víctimas, violando sus fosas y esparciendo sus fúnebres despojos...

Al día siguiente abandonamos aquel sitio sombrío y desolado y el 8 estábamos a la vista de la plaza de Calza situada a los 21º47'30" de latitud S y 64º56'59" de longitud O. Donde encontramos a los miembros de la Expedición Boliviana que acababa de llegar a la Asunción. En mi carácter de Comandante Mayor de la Comandancia de la Expedición, fui portador de una nota para las autoridades de aquel punto, solicitando hospitalidad por unos días. La contestación hace honor a los unos y a los otros: fue noble y amplia.

La fuerza boliviana fuerte de 250 hombres de linea salió a recibir a la nuestra en las orillas del pueblo. A 80 metros de nuestra línea desplegaron al frente en tiradores pasando sus jefes y oficiales a retaguardia. Momentos después nuestra exigua columna con la bandera expedicionaria desplegada, luciendo sus colores sagrados y su sol dorado, marchaba a la cabeza de la brigada, penetrando asi hasta la gran plaza central en medio de dianas, y acampando más tarde en el extremo O de la población.

Decir las finezas de que fuimos objeto seria algo más que difícil. El tiempo que pasamos allí en razón del placer experimentado fue breve. Horas endulzadas por los Gefes superiores, que accediendo en un momento de nobilísima delicadeza del alma, a nuestra solicitud, conmutaron la pena de muerte a cuatro soldados del batallón "Tarija", que debían ser ejecutados en la tarde de nuestra llegada, por el delito de deserción ...

El 11 dejábamos a Calza, a Yacuiva, Ytiyuro y Tartagal, costeando la altiplanicie al Este del último cordón de la Cordillera Chiriguana, llegando a Dragones el 1º de Septiembre casi a pie, marchando por jornadas cortísimas por la extenuación de los animales, pero sin dejar un solo hombre muerto en el largo trayecto de 400 leguas, de penosas marchas, por un país desconocido y salvaje". Hasta aquí, el relato de Baldrich.

Sigue, más adelante, este autor explayándose sobre la vegetación, características del suelo y de la morfología del Pilcomayo, en toda la extensión que pudo reconocerlo. La agudeza de las observaciones es notable si tenemos en cuenta que el viaje no fue precisamente planeado para obtener datos científicos de este mundo desconocido. La narración precedentemente transcripta y las observaciones referidas fueron, sin lugar a dudas, factores que deleitaron a más de un auditorio.

Vista de lo que fue el Fortion Nuevo Pilcomayo en 1930

UNA GRAN BATIDA
También, en una de las sesiones del Instituto Geográfico Argentino del año 1885 se da cuenta de una escueta crónica que había aparecido en "La Nación", donde se hacia referencia una gran batida efectuada por tropas nacionales sobre los márgenes del Pllcomayo. Al frente de estas tropa se encontraba el Comandante Gomensoro. Este jefe le imprimió a la expedición un tinte parecido al del mejor "western" italiano.

En principios la comisión tuvo por objeto buscar a un cacique llamado Mesagchi, que luego de haber hecho algunas picardias se había sometido nuevamente al gobierno nacional. Al mando de una tropa de 50 soldados y tres oficiales de caballería, Gomensoro cruzo el Bermejo el 16 de julio de 1884 a la altura de la población Presidencia Roca. Luego de haber recorrido un marañoso camino llegó hasta el asentamiento del mencionado cacique y junto a él y su tribu se aprestaba a regresar cuando los acontecimientos tomaron un giro inesperado. Presentáronse ante Gomensoro unos guerreros Orejudos del cacique Emata, quien por su intermedio le intimaban a que perentoriamente se retiran de esos territorios bajo la pena de ser todos muertos si no acataban la orden.

Era una falta de consideracion que Gomensoro no estaba dispuesto a tolerar, asi que de inmediato decidió darle un merecido castigo al atrevido cuyos toldos se encontraban en la zona de Canangray, a orillas del Pilcomayo. Allí lo esperaba Emata al frente de unos mil Indios, según la crónica, la relacion era un soldado para 20  Indios, pero aún así no se  amilanaron. Las armas nacionales eran sables y remingtons, pero solo contaban con una dotación de 200 proyectiles cada uno. Se dispararon los fusiles casi una media hora y luego atacaron sable en mano. La derrota de los indios fue total perdiendo 4.000 flechas y arcos, 1.000 ovejas, 80 vacas, 80 caballos y dejando en el campo 23 prisioneros y 58 muertos. Entre estos últimos se encontraba Emata y tres de sus más valientes capitanejos.

Al parecer Gomensoro tenía un raro hobby ya que según la noticia luego de la batalla hizole cortar la cabeza a Emata para obtener el cráneo que llevó para su "colección particular", en la cual tenia a sus más conspicuos derrotados...Por los prisioneros que había logrado se entera que varias tribus de la costa del Pilcomayo se encuentran preparando un gran ataque a las incipientes poblaciones que se habían establecido en las costas del Bermejo. Estando en el baile no le quedaba otra oportunidad que bailar: sobre la marcha decidió dar un castigo ejemplar a las tribus de la costa del Pilcomayo.

 

Con la tropa casi carente de municiones inicia su viaje "represivo" hacia Fortín Fotheringham, hoy Clorinda. La primera oposición la encuentra con el cacique Diauroy, quien al frente de unos 1.300 indios le presenta combate. Aquí igualmente al caso anterior, la inferioridad numérica no fue inconveniente para las aguerridas tropas de Gomensoro, quienes a pesar de casi no contar con municiones, causaron 30 muertos y muchos heridos a los indígenas. Además les capturaron 40 caballos y 250 ovejas.

Siguiendo el Pilcomayo, aguas abajo, nuevos combates se le presentaron y nuevos triunfos obtuvo. Así cayeron ante él los 600 indios que le opuso el cacique Camaich Olek, los que le presentaron los caciques Naloy, Michogdy, Mascoy, Pesagdy y Achldy.

El balance de esta mortífera y contundente campaña demuestra la efectividad de las tropas. El viaje duró aproximadamente dos meses, recorriéndose unas 400 leguas. Se destruyeron 21 tolderías, lograron hacerle 230 muertos al enemigo, le tomaron 30 prisioneros, 2.000 ovejas, 300 caballos y 100 vacas al solo costo de un soldado muerto y un herido. Una represión en términos bíblicos...

LOS ESTUDIOS GEOGRÁFICOS
El conocimiento parcial obtenido del Pilcomayo por las expediciones mencionadas fue un aliciente para otros investigadores que deseaban lograr un acabado conocimiento de este curso fluvial. La mayoría de ellas fueron propiciadas e incluso financiadas por diversas entidades nacionales entre las que se destacaba el Instituto Geográfico Argentino. También hubo apoyo por parte de sociedades geográficas como la de París, que ayudó al explorador M. Arturo Thouars. Este controvertido francés participó como agregado en la expedición boliviana del Dr. Campos en 1883. Años más tarde, en 1885, 1886, 1887 y 1892, efectuó numerosos viajes por diferentes puntos del Pilcomayo, elaborando un plano sobre su curso. Todos estos viajes contaron con el apoyo oficial argentino, del Instituto Geográfico y de la Sociedad Geográfica de París de la cual era miembro.

Como se comprende, aclarar el enigma del Pilcomayo no era solamente un problema científico. También lo era político. Nuestro país atento a ello, insistió de diferentes maneras, comisionando incluso a técnicos destacados para que establecieran la relación que existía entre el curso superior y el que resultaba luego de abandonar a los esteros de Patiño.

 Asi fue que partieron en 1885 el Mayor de la marina argentina D. Feilberg, fracasando en su cometido al llegar a la zona de rápidos; el capitán F. Fernández que en 1886 prácticamente repite el trabajo del Mayor Feilberg, luego de haber investigado 138 leguas del curso del rio. A pesar de haber recibido el encargo de investigar la desembocadura del Pilcomayo al Paraguay los ingenieros G. y A. Sol, efectuaron entre los años 1889 y 1891 diversas operaciones geodésicas y levantamientos topográficos de varios brazos del rio y en los bordes del estero Patiño.

Mapa del Pilcomayo elaborado por el Dr. Thoaurs en 1903.

Siguiendo los esquemas de los anteriores exploradores, en enero de 1890 inicia su trabajo de exploración el ingeniero hidrógrafo Olaf Storm, quien había sido comisionado por el Ministro de Guerra y Marina. A pesar de que este investigador no sobrepasó la zona de los esteros, es interesante destacar que había logrado una concepción bastante clara de lo que podría ser el curso del Pilcomayo y las posibilidades de su investigación. Había concluido que:

"1) El Rio Pilcomayo no es navegable para el comercio.
"2) El brazo occidental es el brazo principal de los dos que se unen en Las Juntas.
"3) El Río Pilcomayo no tiene una creciente regular y periódica".

Si estas conclusiones se hubieran tenido en cuenta más de lo que fueron probablemente se hubiera logrado evitar la tentación opositora de otros investigadores. Casi contemporáneo a la expedición de Storm fue la del capitán de la marina A. Page. Este, con una pequeña flotilla se interna en el Pilcomayo el 12 de marzo de 1890. El 21 del mismo mes, a pesar de la bajante del río, la expedición logra llegar al punto conocido como "Las Juntas". Allí, luego de varios cabildeos deciden internarse por el llamado Brazo Oriental. La bajante que poco a poco se iba haciendo notar constituyó la mayor dificultad para la navegación. Tal es así que para poder continuar tuvieron que ir construyendo tramo a tramo pequeños diques con troncos, para elevar el nivel del agua.

El tiempo fue pasando, a mediados de junio se encontraban bien distantes de cualquier punto de apoyo, y con las provisiones casi agotadas. El día 27 de junio ante esta perspectiva agravada por el frágil estado de la salud del médico de la expedición Dr. Vignoli. el capitán Page decide enviar una canoa en busca de víveres y que a la vez sirva para evacuar al enfermo. Este esfuerzo fue inútil por la muerte de Vignoli. Page comenzó a sentir los efectos del paludismo estando a la espera de los refuerzos que había solicitado con el oficial Zorrilla, que había bajado en la canoa. Como éstos se moraban inició el regreso algunos de los tripulante! "Bolivia" con destino a Pilcomayo. La desgracia! acompañó en el viaje ya que las penurias que debían ser por la falta de provisiones sumaban los sucesivos ataques de la enfermedad del capitan.  Este falleció en el caminí días antes de llegar a destino.

Al frente del "Bolivia" quedo el naturalista inglés J. Graham Kerr con la esperanza del regreso de Zorrilla. Así fueron pasando los días sobresaltados por la cercanía de indios y totalmente desnutridos hasta que el 4 de octubre llegó hasta sus oidos el lejano sonido de la trompeta de caballería. Era el destacamento de salvación venia a rescatarlos de esa pesadilla.

Los resultados que logró la expedición se malograron totalmente con la muerte de su Jefe. A pesar de ello surgió una interesante narración por parte de Mr. Kerr, quien al principio decia: "... Aqui estamos en el medio del Gran Chaco sobre el cual se ha extendido siempre un velo de misterio, debido al completo fracaso de la mayor parte de las expediciones que tuvieron en vista su exploración, la misteriosa desaparición de algunas y el sangriento destrozo de otras por los indios, que han sido llamados los mas feroces y traicioneros del mundo".


El Dr. Daniel Campos, jefe de la expedicion boliviana.

La sed en la expedicion boliviana

Dramáticos momentos les tocó vivir a los expedicionarios de una columna capitaneada por el Dr. Daniel Campos luego de haber haber pasado el Estero Patiño.  Siguiendo indicaciones de los indios se perdio en los momentos que se extienden entre dicha zona y el río Paraguay.  Allí, lejos del cauce del Pilcomayo y de las salvadoras aguas de alguna perdida laguna, comenzaron a sufrir los embates de la sed una estoica manera. Digna de antología es la narración que de duros momentos realizó el Dr. Campos cuyos párrafos principales, continuación transcribimos.

"Un sol de aurora, débil al principio, como gigante en su cuna, empezaba a encender sus vibradores rayos.
Cadavéricos, silenciosos, la llama de la fiebre en los ojos y cruzándonos miradas ya sombrías como nuestro destino, ya tristes un adiós anticipado, emprendimos la jornada.
Diríase que era un desfile de la muerte.
Nos mirábamos y no podíamos conocernos en el primer momento.  La desecación de nuestra piel daba a todas nuestras líneas la rigidez de mármol; los pómulos en la parte superior más salientes, coprimidos abajo: la nariz con el perfil y el frío de la muerte: de los secos labios, exhalando como un estertor, un anheloso y ardiente soplo más que aliento, y no viéndose en todo este conjunto más destello de vida que el fulgor sombrío de los ojos encendidos: he ahi el aspecto de cada uno de los expedicionarios.

Nada hay, más aterrador y siniestro como el suplicio de la sed. La fiebre que es su primera manifestación, recorre una escala de pasiones encontradas, desde la súplica hasta la amenaza, desde la plegarla hasta la blasfemia, desde la cólera hasta el anonadarmiento, hasta debilitar en esta dantesca lucha su intensidad con la agonia y sumergirse en el hielo de una muerte lenta y convulsiva.

Con treinta horas de sed marchábamos adelante a lo desconocido, a lo abrumador, a lo siniestramente aventurado, persiguiendo una suprema cuanto fugaz esperanza, como sonámbulos que corren al abismo huyendo del horror de su propio destino".

Luego de estas consideraciones continúa: "A las cinco horas de marcha se precipitaba ya la catástrofe. Los infantes a quienes les cupo ese día caminar a pie. aminoraban el fatal término. Se hinchó la garganta de algunos soldados, la lengua de otros se esponjaba hasta privarles el habla. Algunos veían que todos los elementos, árboles, suelo, atmósfera, compañeros, todos giraban penosamente formando vertiginosos circulos. Dos o tres se habían desplomado ya exánimes, sin buscar la sombra de los árboles, con hojas amargas en la boca, pidiendo se les matara ahí porque ya les era imposible continuar.

¡Hermanos! la muerte por piedad. Habían balbuceado desde el fondo de su tribulación a los que penosamente se arrastraban por cerca de ellos.

En un grupo particular un nacional de Yacuiva (Tarija) había sacado un medallón de plata de la Virgen, e improvisado una especie de rogativa íntima, profunda conmovedora".

Observaciones trágicas, pero con una poesía particular eran todas éstas. Un expedicionario traía consigo un niño de trece a catorce años, ambos iban juntos a retaguardia como temiendo que la muerte los sorprendiera separados: ambos tenían los ojos encarnados. Yo juzgo que se abrazarían sollozando, que el padre bendeciría al hijo, que se despedirían evocando en el solemne acto las santas imágenes de la madre, de la casa, de los hermanos ausentes.

¡Ay! ¿Y en qué corazón, envueltas entre sangre y lágrimas no estaban palpitando en aquellos momentos, aquellas mismas imágenes que constituyen la vida de nuestra vida?
¡La esposa! ¿Qué será de ella? ¿Quién amparará la orfandad de los hijos? ¿En ese hogar derruido no imperará como soberano el infortunio? ¿No le azotarán los aquilones? La justicia nacional no le dará desdeñosa la espalda?

Con estos pensamientos que lastimaban las horas más solemnes de mi vida, pero serenando mi espíritu porque se había resignadamente refugiado en Dios, seguía adelante, cuando cerca de los pies de mi animal hallé a un soldado tendido en el suelo.

Al verme, quiere incorporarse ayudado de su rifle, interpreto mal su intención que la creo hostil y cuando trato de precipitarme adelante agua señor, ¡agua por Dios! exclama y cae desfallecido A pocos pasos otro soldado con su rifle tirado al suelo, se mantiene en pie, como una masa inerte, abrazado de una rama cuyas púas aceradas no le importan nada.
Diríase que sintiéndose morir se aferraba a la vida con toda ia vehemencia de una suprema voluntad.

Creíle muerto y acercándome sentí su lenta respiración. ¿Qué hace Ud.? ¿Por qué no se echa un rato en este verde?, ie dije: ¡Ah!. si, si, ahorita. . ¡De este rio no puedo tomar!
 

Era el delirio de la fiebre".

Pozo para agua potable, en Fortin Güemes


UNA FRUSTRADA INTENCIÓN
"Si se me niega apoyo soy capaz de irme solo! Mi convicción, basada en mis estudios es firmísima. El Pilcomayo es navegable!" afirmaba con empecinamiento Ramón Lista, cuando en 1897 solicitó el aval del Instituto Geográfico Argentino, su más querida creación. La autoridad de su palabra era notoria y gracias a ella y a su fe logró lo que quiso, sin tal vez darse cuenta que comenzaría la última de sus exploraciones.

Ramón Lista era un trotamundos. Su ambición era descorrer ese tenue y a veces espeso velo de ignorancia que cubría grandes extensiones de nuestra patria. Asi fue visto analizando los fríos ventisqueros de la Patagonia, los rios de la Tierra del Fuego y el territorio santacruceño. Allí se desempeñó en 1836 en un alto cargo gubernamental.

Quienes lo conocieron llegaron a manifestar que: ". era un escéptico quizás, pero no a fondo, con un escepticismo tranquilo, peculiar a muchos servidores buenos de este país, que descuentan de antemano los beneficios de la gratitud pública. y. no obstante, consagran sus esfuerzos al bien de la mayoría. "Guardaba una especie de culto por su carrera; estaba orgulloso de ella. Su mayor aspiración era contribuir como el que más, al progreso de la geografía nacional, que absorbía todo su espíritu" (S. París, et al en el Bol. Inst. Geogr. Arg. t. XIX. 1968).

Lista salió para ei Pllcomayo teniendo como mira recorrerlo aguas abajo desde la zona del Chaco boliviano hasta su desembocadura en el Paraguay. Su misión era concreta: probar la navegabilldad del río y refutar a aquellos que sin haberlo hecho habían emitido opiniones contrarias. El 20 de noviembre de 1897 partió desde Oran con destino a Yacuiba de donde pensaba tratar de llegar al Pilcomayo.

En Oran contrató a sus dos únicos y principales ayudantes: Alberto Marcoz y Simón Reyes, y una considerable tropa donde llevaban las provisiones y elementos necesarios para la aventura. Según las crónicas de la época el mismo 20 de noviembre llegó la comisión al río Bermejo, en la localidad de Embarcación. Allí pasaron la noche en la casa de un señor de apellido Reyes a quien Lista hizo entrega de un sobre que contenía los antecedentes del viaje.

Al día siguiente salieron de Embarcación rumbo a Mlraflores, donde pernoctaron en la casa del comisario de la localidad. El 22 de noviembre abandonaron la mencionada localidad desconociéndose el destino de los viajeros hasta que el día 28 Marcoz regresó a Embarcación con la noticia de que Lista se había "suicidado" preso de una profunda depresión moral motivada por la falta de agua.

Al parecer los peones no fueron muy convincentes en sus declaraciones, porque de inmediato se los puso entre rejas y se comenzó a indagar el asunto. El Instituto Geográfico Argentino formó, al tener noticias de la infausta muerte del explorador, una comisión investigadora integrada por calificados miembros: los señores Santiago París, Julio Garino, Miguel López, Jorge Navarro Viola y Carlos Correa Luna. Este último fue quien elaboró un detallado Informe con las actuaciones de la comisión en el lugar del hecho y las conclusiones a las que arribó.

Según las declaraciones prestadas por Marcoz, los expedicionarios perdieron el rumbo en el medio de un bosque impenetrable, a corta distancia de Miraflores. El cansancio del día más la falta de agua produjo un estado de animosidad en el grupo. Al día siguiente, siempre según Marcoz, luego de mal dormir emprendieron la marcha para lograr el camino de Yacuiba. A las dos de la tarde ya completamente extenuados y sedientos habían decidido abandonar las cabalgaduras y continuar a pie.

Lista en un determinado momento había llegado a manifestar: "Alberto, estamos perdidos. Perdóneme y no me eche la culpa a mí; es el Destino que Dios nos ha deparado y no tenemos más que resignarnos". Entre otras recomendaciones le pidió que avise a su cuñado que no desamparase a sus hijos, y otras con respecto a sus amigos. Horas más tarde, en una etapa de mayor desesperación habría dicho: "Alberto yo me mato, no resisto más". Luego de esto, detrás de un árbol aplicó su Winchester en la mandíbula y se disparó un tiro que le destrozó el cráneo. ¿Dónde quedaba el arriesgado trashumante de la Patagonia? ¿Un par de días de sed eran suficientes para deprimirlo? Las declaraciones en verdad no convencieron a nadie; cuando la Comisión Investigadora ahondó un poco los antecedentes "morales" del citado Marcoz, se dio con que éste realmente no era considerado una bella persona.

Días antes de la partida con Lista, había propuesto Marcoz a dos pobladores de la zona, los señores Lamadrid y Mendoza que se asociaron a él para concretar "un negocio". Este consistía en asesinar a un viajero acaudalado que próximamente llegaría desde Buenos Aires. Además les había aclarado que la faena seria muy segura y casi sin responsabilidades porque detrás de él se encontraban el comisario, el juez de Paz y el cura de Oran. Era una excelente sociedad integrada por "respetables", que a pesar de no ser tanto, harían la parte que les correspondiera si alguien llegaba a dudar de sus declaraciones.

La cuestión fue que la comisión actuó, hasta cierto punto con energía, y logró que ambos peones fueran remitidos a la ciudad de Salta donde se les Inició proceso por asesinato. Ignoramos cuáles fueron los resultados de éste, pero hemos alcanzado a detectar una noticia bastante curiosa. A poco tiempo de la captura de los principales implicados apareció muerto el testigo de cargo Lamadrid, por manos anónimas. Es de suponer que los restantes socio de Marcoz hicieron lo que correspondía.

UN CABEZA DURA
En los primeros días del soleado mes de mayo de Tarjija, el 8 para ser más preciso, partía en busca del Pilcomayo la expedicion que comandaba el Ing. Enrrique Ibarreta. En principio sus acompañantes eran cuatro argentinos y dos bolivianos; tal vez nunca imaginaron la triste aventura que iban a correr en los traicioneros cauces del estero Patiño.

El 3 de junio de 1893, la expedición salía de San Francisco de Pilcomayo integrada por los compatriotas Tomás Moyano, Florentino Leiva, Telésforo Burgos y Belisario Antolín, el] español Martin Beltrán y los bolivíanos Eloy Rivera y Ceferinop Ayala. La misión era comprobar la navegabilldad del Pilcomayo a pesar de los riesgos empresa debía afrontar.

En San Francisco logró Ibarreta un par de embarcaciones especialmente acondicionadas para la aventura. Tenian 3 metros de largo, dos de ancho y uno y medio de alto, exteriormente estaban protegídas por una envoltura de lona y cuero, que serviría para amortiguar las flechas que eventualmente le arrojarían los Indios, y ademas sobre el borde presentaban numerosas troneras a través de las cuales se podrían disparar las armas que portaban.

Cuando pasaron por fortin Crevaux se les incorporaron otros tres bolivianos: un niño de 14 años llamado Manuel Diaz y los peones Rómulo Giraldez y José Sánchez. Desde San Antonioo hasta Crevaux tuvieron la agradable compañía de seis indios Tobas "civilizados". Tres de ellos eran mujeres y al parecer Ibarreta pensó utilizarlas como intérpretes en el viaje. Ese deseo se frustró cuando al llegar la expedición a una zona de rápidos, que se encuentra al Sur de Crevaux, las indias le pidieron autorización para regresar.

Días más tarde los expedicionarios llegaron a la zona nada por los indios Chorotis quienes, según la cróica, se agolparon en las barrancas del río para contemplar a los intrusos. La actitud contemplativa era un decir, ya que adornados por pinturas guerreras y con sus mejores armas a la vista, no tranquilizaban a los víajeros. A pesar de que éstos se enconraban bien armados, un logico temor los invadia.

En un determinado momento, Ibarreta, ya cansado de la larga procesión que por la costa los acompañaba, armó una poderosa bomba con un par de cartuchos de dinamita, a los que hizo explotar en el rio. El desbande que ésta produjo no fue óbice para que los indios nuevamente se reagruparan y que de todas formas trataran de atraer a Ibarreta y su gente a la costa. El vasco bien sabía cómo habían terminado anteriores expediciones por, casualmente, confiar en los indígenas.

Con las precauciones del caso el viaje seguía normalmente su curso. Creemos interesante hacer conocer la narración que del mismo, tiempo después, realizó el peón Leiva: ".. .Encontramos al principio del viaje barrancas muy altas. La correntada era fuerte y hacia difícil el gobierno de las embarcaciones. Unas veces éramos arrojados sobre bancos de arena y otras sobre la costa. Necesitábamos mucho trabajo para poner luego a flote las embarcaciones. "En los rápidos del Pílcomayo encontramos un salto de una altura de tres metros; hicimos pasar las embarcaciones mediante largos palos de quebracho que colocamos en forma de escalera.

"Más tarde encontramos otro salto de un metro de altura; al pasarlo, en la misma forma que el anterior, prodújose un rumbo en una de las chalanas". Ya en territorio argentino, aparecían los indios en las barrancas, en actitud inofensiva. Su número llegó a ser de 1.000 algunas veces. Quedábanse admirados ante la vista de las chalanas; y algunos bajaban a la orilla para entregarnos caza y pescados a cambio de tabaco.

"Pocos días antes de llegar a los Esteros de Patiño, un fuerte viento norte arrojó con mucha violencia las chalanas sobre la costa; sólo pudimos sacarlas con ayuda de los indios.
"Calcúlese que hacia fines de agosto entramos en los Esteros de Patiño donde encontramos totorales tan tupidos que tuvimos que abrirnos camino a fuerza de machete; trabajábamos con la mitad del cuerpo en el agua".

Habiendo disminuido notoriamente la provisión de víveres, el día 12 de septiembre Ibarreta reunió a su tripulación e ".. .hizonos presentes la crítica situación en que nos encontrábamos, y nos manifestó que él se quedaba a cuidar las chalanas, y que los que quisieran marcharse podrían ir con Beltrán, comisionado para presentarse al gobierno de Formosa y desde alli transmitir telegramas a Bolivia y Buenos Aires, pidiendo auxilio y protección al gobierno argentino; que tenía el firme propósito de llegar al rio Paraguay con sus chalanas".

Los compañeros de Ibarreta no querían dejarlo solo en medio de esta región inhóspita, pero el se encargó de convencerlos aduciendo que ni bien notara que el río tratara de crecer, seguiría aguas abajo. Eligió como acompañantes al peón Burgos y al muchacho Díaz: "Yo estoy decidido a no abandonar mis chalanas y puedo vivir acá durante un año", había dicho con vascongada terquedad Ibarreta. Contaba para su defensa un buen winchester con una provisión de 1.000 tiros, café, té, y una media arroba de sal.

En chalanas formadas con troncos de arboles ahuecados se movian los expedicionarios.

Según pudo saberse meses más tarde, los indios Orejudos al ver un grupo tan reducido, mediante engaños atrajeron a Ibarreta y a sus compañeros con el fin de hacerles conocer unas plantaciones que poseían muy cerca de la zona donde acampaba el explorador. Al cacique Damongay se le atribuye la responsabildad de la muerte del grupo, ocurrida cuando todos se encontraban descansando. Por las declaraciones de unos indios que se habían tomado prisioneros se supo que a Ibarreta y a Burgos los remataron a golpes de macana, mientras que al joven Díaz lo degollaron alevosamente.

Mientras sucedía esta desgracia, el grupo que salió en busca de refuerzos comenzó a sufrir las penurias del viaje. El cansancio, la sed y la falta de alimentos fue haciéndose notar entre los compañeros de Ibarreta. El primero que murió fue don Tomás Moyano, quien, según la narración de Leiva, les suplicaba que hicieran algo por su mujer, radicada en Salta.
El segundo en caer fue Eloy Rivera, siguiéndole luego Ceferino Ayala. Beltrán, que hasta entonces habia sido el jefe del grupo hubo de quedarse en el camino con un fuerte ataque palúdico, junto a uno de sus compañeros que quedó para atenderlo. Ambos, al parecer, sufrieron la misma suerte que Ibarreta, pero en manos de los Pilagás.

Antolin, otro de los expedicionarios, quedó rezagado por el cansancio perdiéndose para siempre en los esteros. Sólo quedaban con vida, y muy escasas energías Leiva y Glraldez quienes prácticamente agotados alcanzaron una misión evangélica ubicada en territorio paraguayo. Desde allí se dio la primera alarma acerca de los peligros que podría estar corriendo Ibarreta. Casi de inmediato se Inició la campaña de rescate. El entonces Ministro del Interior Dr. Felipe Yofre instó al Gobernador de Formosa para que prestamente acuda en auxilio de Ibarreta. Este comisionó al comandante Monteros, subprefecto de Corrientes, para que en el buque "Riachuelo" tratara de alcanzar, con la premura del caso, el punto donde debía encontrarse el explorador.

El viaje resultó un fracaso debido al bajo nivel de las aguas del Pilcomayo. Sólo se logró confirmar la presunción del asesinato de Ibarreta al tomarse unos indios prisioneros que poseían algunas armas y una cartera confeccionada en cuero fino, que poseía las iniciales P. E. de I.

Junto a la expedición fluvial, el gobernador Uriburu fletó, el 18 de enero de 1899, al teniente coronel Daniel Bouchard del 12 de caballería, quien al frente de una tropa de 30 soldados batió intensamente la zona de Patino, logrando atrapar a los responsables y cómplices del asesinato.

Caserío del llamado Fortin Descanso, el la linea del Pilcomayo

TRABAJOS DE LA COMISIÓN DE LIMITES

La discusión de nuestros limites con la hermana República del Paraguay es otra historia. Haremos solamente una corta reseña de los pasos seguidos en esta cuestión.

El mayor problema para el arreglo de nuestros límites era definir si a éste lo constituía el Río Verde, como pretendíamos, o el Pllcomayo inferior como deseaban los paraguayos.
Para lograr una pronta definición sobre el problema, el 3 de febrero de 1876 se firmó en Buenos Aires el Tratado de Límites con el Paraguay, siendo el representante argentino para esta cuestión el Dr. Bernardo de Irigoyen. Si bien los limites, en general eran bastante claros, se estipuló en el tratado que aquellas regiones que podrían plantear pleitos se resolverían mediante el arbitraje internacional, nombrándose para ese caso al presidente de Estados Unidos.

La comision mixta argentino-paraguaya durante los trabajos de reconocimento del río Pilcomayo.

Dos años más tarde, en 1878, el presidente norteamericano R. Hayes se expide sobre el problema Rio Verde-Pilcomayo, adjudicando al Paraguay todos los terrenos comprendidos entre ambos cursos de agua.

Si bien en principios se pensó que el problema ya estaba solucionado al establecer como límite internacional al Río Pilcomayo, pronto nos dimos cuenta que no era asi. Este rio que se perdía en cauces divagantes en el Estero Patiño creaba un nuevo problema: ¿Cuál de todos los brazos era el que serviría de limite?

Teniendo en cuenta el interrogante planteado en que se conviene, el 11 de septiembre de 1905, crear una comisión conjunta que dictamine sobre el problema. Para esto se designan dos representantes por país. Por el nuestro lo fueron el Ing. Domingo Krause y el Capitán de Fragata Tomás Zurueta, mientras que por el Paraguay estaban el Capitán de Fragata D. Elias Ayala y el Ing. Augusto Calcena.

Vista general del campamento general de Baradero, de la comision mixta.

Casi de inmediato a su designación, la comisión se abocó al problema, haciendo un reconocimiento preliminar del rio para elaborar un plan de trabajos coherente. Entre 1906 y 1908 se trabaja sin descanso levantándose mapas del curso inferior del Pilcomayo y de la región del Estero Patino. Estos constituyeron la principal base para el arreglo definitivo, siendo elevado por sus autores el 13 de marzo de 1909.

Miembro de la comision de Limites, en el Patiño

Exploracion preliminar del cauce del rio Pilcomayo, efectuada en 1905 por unas lanchas del monitor acorazado "El Plata", de la armada argentina.

Casi contemporáneamente a las actuaciones de la comisión de límites la región de los Esteros Patinos era estudiada por los hermanos Adalberto y Arnaldo Schmied quienes por "encargo de su padre" se dedicaron a recorrer la reglón y a levantar un detallado mapa consignando las características geográficas de la zona.

Adalberto Schmied dentro de las totoras de Patiño, junto a una mula caída.

Por último, antes de finalizar este relato, creemos necesario hacer mención a los trabajos que en el presente siglo, entre la década del 20 y la del 40 llevaron a cabo los geólogos Augusto Tapia y Rafael Cordini. Ambos trataron de aclarar científicamente el panorama geomorfológico resultante de la acción del Río Pilcomayo en la región de Patino y además trataron de analizar las perspectivas y posibilidades en aguas subterráneas potables como así también las características texturales de los suelos del área de influencia del Pilcomayo.

Creemos que esta corta reseña, a pesar de todo, no constituye más que una simple narración de hechos; de este magnífico esfuerzo nacional que lamentablemente hemos tenido un poco olvidado. Rescatarlos de antiguas publicaciones, como acabamos de hacerlo, será nuestro mejor homenaje a aquellos que lo realizaron. ♦

 

 

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