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PIEDRA BUENA - EL BUEN PATAGON

Por  Felipe Cárdenas (h) - Todo es Historia Nº 13

Vaya esto como modesto homenaje de Histarmar al que creo es el mayor navegante de nuestras costas, al que se debe recordar con respeto y admiracion sin igual. Carlos Mey

En la historia de la Patagonia cabe todo lo bueno y todo lo malo; lo aborrecible y lo sublime; lo más despreciable y lo más admirable. La inmensidad de esa región, sus condiciones de vida excepcionalmente duras y difíciles, su alejamiento de los centros de autoridad política, hicieron de ella, durante mucho, mucho tiempo, una suerte de "Far West" donde todo estaba permitido y cuya ley era, simplemente, la fuerza.
Basta espigar su historia para seleccionar episodios escalofriantes que podrían compilarse para una antología de lo horrible. Bastaría empezar con la tremenda hambruna de la expedición de Sarmiento de Gamboa, a mediados del siglo XVI o con la sublevación que perpetró a mediados del siglo pasado un criminal chileno en Punta Arenas, degollando a media población. O también, no mucho tiempo después, las prolijas matanzas de indios por cuyas orejas cortadas pagaban dinero ciertas compañías ganaderas. O más adelante, los fríos fusilamientos de obreros rurales en huelga.
 
CANIBALISMO, genocidio, masacres, miserias: el meridiano de la maldad humana ha pasado desde antiguo por la Patagonia. Pero también, por compensación de extremos, hay episodios y personajes que merecen una rendida admiración y cuya existencia demuestra que la Patagonia no es la sede de la maldad sino que allí todo, lo bueno y lo malo, se da con una desmesura fuera de lo común. Y esos personajes que convocan nuestra admiración por su valor, su laboriosidad, su filantropía, su generosidad, son los que salvan al pasado patagónico de ser una monótona sucesión de horrores.

Max Brod relata una tradición judía que afirma la existencia de 36 hombres inmensamente bondadosos, los "Lamed Wufniks", cuya existencia justifica el mundo a los ojos de Dios; si los "Lamed Wufniks" no existieran, Dios hubiera destruido el mundo hace rato. . . Es de pensar que Luis Piedra Buena fue uno de esos hombres nacidos para justificar la Patagonia, balanceando los muchos horrores de su historia con su presencia, que llevó a esas regiones, en la segunda mitad del siglo pasado, el arquetipo del caballero criollo y del marino valiente y diestro; del patriota que actúa siempre en función de los intereses superiores de su nación, y del filántropo que pone, en los momentos supremos, a los valores humanos por encima de cualquier otra preocupación. Vida, por otra parte, la de Piedra Buena, que parece tejida sobre la temática novelesca de Emilio Salgari, Julio Verne o Jack London.

Pues en su itinerario se dan ataques de piratas, cacerías de lobos y ballenas, motines a bordo, tormentas y naufragios, largos periplos marinos, exploraciones y descubrimientos. Con la diferencia que Piedra Buena vivió —y a fondo— esos hechos que en los libros de aquellos autores solo eran materia de creación literaria. Vale la pena recordar la historia fascinante de este buen patagón, Luis Piedra Buena, un argentino que en esos desaforados, bárbaros lustros, dio a las regiones australes el ejemplo de una vida que constituye un agradable y alentador "intermezzo" en esa turbia crónica.

Poco antes de su muerte, un amigo suyo le pidió que escribiese una relación de las tripulaciones salvadas por Piedra Buena de naufragios y otros desastres. Trabajosamente empezó a pergeñar en un papel sus hazañas humanitarias: en 1849 (tenía entonces 26 años) salvó en la Isla de los Estados a 25 náufragos de una fragata alemana. El mismo año buscó a los misioneros ingleses de la isla Navarino, a los que encontró muertos, dándoles cristiana sepultura. En 1857 rescató a 42 náufragos de una ballenera norteamericana, cerca de bahía Nueva. En 1872 se prestó a viajar expresamente para buscar a tripulantes de una goleta inglesa, en la bahía Fortescue, los que ya habían sido asesinados por los indios; en esa oportunidad el pailebot que Piedra Buena comandaba varó y debió regresar a Punta Arenas en bote. Al año siguiente salvó con el célebre cúter "Luisito" —del que ya hablaremos— a 6 náufragos de un pailebot inglés perdido en la isla de los Estados. En 1874 salva en Tierra del Fuego a 21 náufragos de un bergantín alemán. En 1877 salva a 22 tripulantes —entre ellos una mujer— de un buque inglés, entre las Malvinas y la costa patagónica. En 1878 salva a 20 náufragos de una barca noruega: pero esta nueva hazaña Piedra Buena ya la ha olvidado y la omite en su relación. En 1882, pocos meses antes de escribir esta formidable memoria, había salvado 11 náufragos de una barca inglesa en la isla de los Estados. En total, 146 vidas humanas, por lo menos, rescatadas a las furias de los mares australes.

Pero esta crónica no agota, naturalmente. la silueta de Luis Piedra Buena. Podríamos empezar una semblanza de su vida evocando un episodio que ocurre en el otoño de 1873. en las ásperas costas de la isla de los Estados. Comanda Piedra Buena la goleta "Espora", de su propiedad, que le ha costado años de sacrificios y trabajos. He recalado en la inhóspita isla para instalar allí una precaria fábrica de aceite de foca y pingüino. Acompañado de su corta tripulación comienza los trabajos, entorpecidos por furiosos temporales. El 10 de marzo ocurre la catástrofe: despues de tres días de intensas tormentas, la "Espora" se va a pique.

¿Qué hacer? Esperar en la isla de los Estados que algún buque los rescate es utópico, nadie pasa por allí en navegación regular, y mucho menos en esa época. Intentar instalarse hasta la buena época es también ilusorio: pocas semanas bastarán para que el invierno austral liquide a los náufragos de hambre y frío. Entonces Piedrabuena tomó una resolución increíble: construirá otro barco. . . Así como se lee. Construirá otro barcc con los restos del "Espora", sin otra madera que la que puede recuperarse del buque naufragado, con los escasos clavos que se lograr rescatar de su casco, sin otra brea ni alquitrán que la grasa de pingüinos y focas. "Y sobre todo, sin planos. Es teóricamente imposible construir un barco que flote si no se planea previamente sobre el papel su eslora su manga, su puntal, su calado, su desplazamiento. Pero Piedra Buena era, como Ulises, un hombre fecundo en ardides.

Puso a dos de sus tripulantes, los más inservibles, en la tarea de buscar alimento: huevos de pingüino, carne de cualquier cosa: los mariscos que se encontrasen. Los demás —cuatro marineros, ninguno muy bueno— a ayudar a la construcción del cúter que planeaba en su imaginación. Así pasan todo el mes de marzo, aguantando chubascos y huracanes, viendo con preocupación el avance del invierno que se viene desde el Polo Sur... Se va haciendo la quilla, se colocan las curvas o costillas, se empina el único palo y la jarcia. Piedra Buena es el único que sabe manejar la única sierra existente; es de imaginar el cuidado y atención con que aserra, corta y refila. Su vida y la de siete compañeros está pendiente de ese pedazo de acero... Pasó marzo. Pasa abril. Es una carrera contra el tiempo. Entra mayo. Y el 11 de mayo el pequeño cúter -11 metros de eslora, 4 de manga, 18 toneladas de desplazamiento— se moja en las frías aguas del Atlántico Austral. ¡Y flota!

Construccion del Luisito, por Biggieri

Quince días más tarde la extraña embarcación fabricada con remiendos y deshechos, el después legendario cúter "Luisito", entra triunfante al puerto chileno de Punta Arenas. Se había concretado así una de las hazañas más increíbles de las crónicas navales de todo el mundo. ..

No son muchas las biografías que se han escrito sobre esta extraordinaria figura patagónica. En 1933 el Centro Naval editó un libro en su homenaje, con varios aportes que contribuyeron a echar sobre Piedra Buena —casi olvidado hasta entonces— un poco de luz. Humberto Burzio, R. Caíllet Bois y Ricardo Piccirilli enriquecieron luego los conocimientos sobre su memoria. Pero es el presbítero Raúl Entraigas quien ha conseguido reunir los antecedentes más completos. A su obra —"Piedra Buena, Caballero del Mar"— recurrimos con frecuencia en estos breves apuntes, que solo pretenden difundir al gran público las hazañas de este "buen patagón". como preferimos llamarlo nosotros.

Pues era patagón y de ley. Había nacido en Carmen de Patagones, en 1833, cinco años después de la famosa batalla que nuestros paisanos y unos pocos corsarios al servicio de la Argentina ganaron a la flota del imperio del Brasil. No es exagerado suponer que en el hogar de los Piedra Buena —su padre era santafesino, su madre de Patagones.— se viviría, como en el resto de la población con el recuerdo mil veces evocado de ese suceso glorioso que había sacudido la plácida vida del pueblo. Y del otro suceso que acaeció dos años después, en 1829: el sitio de Patagones por el bandolero español José Antonio Pincheira. O del que llenó de seguridad a la población un año después de nacido nuestro héroe: el refuerzo de 200 blandengues que dejó Juan Manuel de Rosas después que concluyó su Expedición al Desierto.

Todos estos hechos y su situación de único puerto de mar desde Buenos Aires hasta Tierra del Fuego daban a Carmen de Patagones una característica especial: argentina por sus bautismos de fuego pero cosmopolita por el intenso tráfico que llegaba a sus puertos. No es extraño, pues, que Piedra Buena sintiera desde niño el llamado del mar. Once años tenía cuando un marino norteamericano, conocido de sus padres, lo admitió en su pailebot para llevarlo a Estados Unidos y orientarlo allí en ei aprendizaje del duro oficio del marino.

W.H. Smiley y un joven Piedrabuena

Cinco años estuvo Piedra Buena en Estados Unidos, cursando estudios navales, familiarizándose con el idioma inglés —la "lingua franca" de los hombres del mar, en aquel tiempo— y haciéndose duro para sus futuras tareas. A los 16 años regresa a Carmen de Patagones. Es en 1847. Al poco tiempo ya empieza a navegar en un cúter que él mismo ha construido, con dinero facilitado por su padre. Pero fue otro marino norteamericano, W. H. Smiley —una figura legendaria en los mares australes— el que formó al joven argentino en la práctica de la navegación. Varios años andará Piedra Buena con Smiley por los mares patagónicos, haciendo tráfico comercial, cazando focas o ballenas, aprendiendo a curtirse al lado de su maestro. En 1852 será ascendido a primer oficial: tenía 21 años y ya había recorrido largamente las costas patagónicas, Tierra del Fuego y hasta algunas tierras de la Antártida.

En 1858, hecho ya su aprendizaje a fondo, convertido en un marino completo, comanda su primer barco. Y en 1859 cumple un acto que preanuncia una de sus actividades más pertinaces, la que coloca a su figura como uno de los hombres que evitó la pérdida de la Patagonia. Comandando el velero "Nancy", Piedrabuena remonta el río Santa Cruz hasta llegar a una isla. Allí encuentra una tribu tehuelche, gente amiga y conocida de Piedra Buena de sus andanzas anteriores; entonces realiza el acto trascendente a que nos referimos. Iza la bandera argentina en un mástil que hace levantar y la saluda con salvas de artillería y de fusilería. Después construye un rancho y deja a tres hombres para custodiar la enseña nacional. Así, esa bandera enarbolada ante el asombro de unos pocos indios, significa, ni más ni menos, la soberanía del sur patagónico para la Argentina... Cuatro años después, durante una estadía para cazar y pescar en la isla de los Estados, Piedra Buena graba en el mismísimo Cabo de Hornos, sobre una roca acantilada, la siguiente inscripción: "AQUI TERMINA EL DOMINIO DE LA REPÚBLICA ARGENTINA. EN LA ISLA DE LOS ESTADOS (CABO COOK) SE SOCORRE A LOS NÁUFRAGOS. NANCY, 1863. CAP. L. PIEDRA BUENA". Y a su lado, una plancha de cobre pintada con los colores patrios, clavada en la roca...

La preocupación por la soberanía argentina en la Patagonia y la preocupación por el salvataje de los náufragos: la inscripción define bien las dos nobles obsesiones de Luis Piedra Buena. Pero para entender esto en su real dimensión conviene señalar la situación de la Patagonia hace más de un siglo. No es fácil imaginarlo. Por de pronto, era una región desconocida; si sus costas habían sido recorridas largamente a partir de Hernando de Magallanes, el interior patagónico era tan misterioso como lo era, en su época, el Tibet o el Sahara. Además, no pertenecía a la Argentina —ni a ningún país— ni de hecho ni de derecho: sus soberanos eran las tribus que la habitaban. En Chile, los araucanos habían firmado varias veces formales tratados con la autoridad española primero y luego con las republicanas, institucionalizando así una frontera que marcaba hacia el sur el dominio indio.

La Argentina, que había ensanchado su frontera en tiempos de Rosas, mantenía una vaga presunción de derechos sobre el enorme territorio, pero ellos no estaban acreditados en ningún acto posesorio. Territorio desconocido, territorio carente de jurisdicción concreta. Chile, desde luego aspiraba a quedarse con toda esa vasta geografía, que le permitiría acceder al Océano Atlántico. Interrumpida esporádicamente, sus grupos de gobernantes habían sabido llevar con relativa coherencia una política constante tendiente a chilenizar la Patagonia. La potencia mundial más importante de la época —estamos hablando de un siglo atrás— enviaba de tiempo en tiempo a exploradores, misioneros y mercaderes a husmear lo que había detrás de esas pampas ventosas y desde sus Malvinas miraba con interés esa vasta vacancia geográfica.

Por otra parte, el extremo sur de la Patagonia, la Tierra del Fuego y sus proximidades era —sobre todo en las épocas de pesca de ballenas, lobos marinos y pingüinos— un lugar de cita de buques de todas las banderas, una suerte de "tierra de nadie" expuesta a cualquier rapiña. Paso obligado entre el Atlántico y el Pacífico, toda esa zona tenia, de hecho, una especie de "status" internacional donde el inglés era la lengua más común.

En realidad, es un milagro que la Patagonia sea argentina. Hace un siglo, todos los hechos inducían a suponer que en pocas décadas más, la parte sur del continente tendría cualquiera de estos tres destinos: 1º) ser una posesión chilena, como ocurría desde 1843 con la zona de Punta Arenas; 2º) ser una posesión británica, como ocurría desde 1838 con las Islas Malvinas; 3º) ser un estado independiente con el clandestino apoyo de alguna potencia europea, como estuvo a punto de ocurrir con la aventura de Orelie Antoine.

Nuestro país salía recién de largas y dolorosas luchas civiles: estaba fragmentado y debilitado y la atención de los gobernantes y la opinión pública se dirigía hacia temas candentes, muy alejados de problemas tan remotos como el que podía constituir la posesión de la Patagonia. A su vez, Chile era una potencia cuyo poderío militar y económico nos sobrepasaba largamente y había tenido durante medio siglo el inmenso beneficio de la paz interna, dirigida por una lúcida y patriota oligarquía.

Si hace un siglo se hubiera planteado el futuro nacional de la Patagonia, pocos hubieran sido los que apostaran a la alternativa argentina. Y sin embargo, la Patagonia es argentina. ¿A qué se debió este "tournant" de su destino posible ? A muchos factores pero también a la acción generosa y empecinada de hombres como Piedra Buena, que adivinaron la importancia de no ceder nuestros derechos y afirmarlos, por el contrario, con hechos concretos que ratificaran la voluntad nacional de recoger esa descuidada herencia de la colonia. Hombres como Piedra Buena y algunos pocos más: por ejemplo Manuel Alvarez, juez de paz de Carmen de Patagones, que en 1862 dirige un extenso memorándum a Rufino de Elizalde —ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Mitre— llamando la atención sobre la ocupación chilena del estrecho de Magallanes.

 Alvarez recomienda algunas medidas para evitar que progrese esa ocupación y recomienda utilizar los servicios de Piedra Buena, dueño del pailebot "Nancy" a quien elogia como marino experto y como patriota. Aconseja Alvarez que se reglamente la cacería de lobos y ballenas en el sur para evitar la extinción de esas especies y señala que los indios cercanos a Punta Arenas ven con desagrado las fundaciones chilenas.

A pesar de que el "Memorándum" de Alvarez no tiene mayor repercusión en las esferas oficiales. Piedra Buena viaja a Buenos Aires con su "Nancy"; conversó con las autoridades pero de sus gestiones solo hubo un resultado: el cambio de nombre del buque, que desde entonces se llamó "Espora" y enarboló bandera argentina en lugar de la norteamericana que hasta entonces izara. Desde ese momento el "Espora" de Piedra Buena es el vigía del sur patagónico: mantiene tratos cordiales con los indios, especialmente con el cacique Casimiro, curioso espécimen que será el aliado argentino sobre las costas del estrecho de Magallanes, de cuya astucia y capacidad hablan largamente el explorador británico H. Musters y el perito Enrique Moreno. Llegará Piedra Buena a transportar a Casimiro a Buenos Aires en 1864. donde le presentará al presidente Mitre, para acentuar su "argentinización".

Durante esos años, Piedra Buena no tiene ningún cargo oficial. Es un simple capitán y propietario de un buque mercante que se dedica a la cacería de lobos y pingüinos y al transporte de cargas generales entre Carmen de Patagones y el sur de la Patagonia, incluyendo Malvinas, con algunos viajes a Buenos Aires. Estos últimos estaban incentivados por un propósito no comercial ni patriótico, pero ciertamente muy grato: su noviazgo con Julia Dufour, hija de un marino francés. En 1868 contrajo matrimonio con ella en la iglesia de la Merced de Buenos Aires: tenía Piedra Buena 30 años y era considerado ya como el mejor marino de los mares patagónicos. Era un hombre de buena estatura, ojos claros, barba corta y espesa y una melena echada para atrás que se hacía escasa sobre la ancha frente; algunos de sus retratos asocian un vago parecido con el general Ulysses Grant. Quienes lo conocieron atestiguan que era muy bondadoso, preocupado siempre por el bienestar de los demás, sobre todo de la gente que de él dependía, lo cual no excluía una energía férrea en todo lo que tuviera que ver con su oficio de marino. Habilísimo en todas las especialidades del arte de navegar, era excelente carpintero, componía relojes con consumada ha-blidad y conocía sus barcos hasta el último tablón.

En 1864, el gobierno de la Nación parece comprender —¡por fin!— la utilidad que puede tener Piedra Buena en el sostenimiento de los derechos argentinos sobre la Patagonia: el presidente Mitre firma su despacho de "capitán sin opción a sueldo", es decir, oficial honorario. Ya era algo. Al menos estaba respaldado por un cargo oficial. Y en ese carácter Piedra Buena arriba a la isla Pavón, en el río Santa Cruz, donde funda un establecimiento permanente. Casimiro y sus indios asisten al izamiento de la bandera argentina y reconocen a un "veedor" o delegado que Piedra Buena deja allí y que se ocupará tanto de mantener el establecimiento como de traficar con los pobladores. Pese a rencillas y hasta alguna tragedia que ocurrió en esa lejana población, el establecimiento de Piedra Buena en la isla Pavón se mantuvo varios años como un centro de civilización y además, como una espina pertinazmente elevada en el talón chileno, casi sobre el estrecho de Magallanes. "Los indios aunque son regateadores —relata el explorador inglés Musters— reconocían la equidad con que se los trataba en el establecimiento de Piedra Buena."

Una espina, decimos. Piedra Buena soñaba con plantar sobre el estrecho de Magallanes, no solamente su establecimiento de la isla Pavón sino una fuerza militar que custodiara su entrada. En 1868 logró hablar con el presidente Mitre, que ya terminaba su mandato y éste prometió poner a su disposición material para construir un faro y un cuartel que alojaría a una pequeña fuerza. Piedra Buena esperó en vano la concreción del ofrecimiento. Finalmente entrevistó al presidente Sarmiento para actualizar el asunto.

Pero el nuevo presidente echó un balde de agua fría sobre los proyectos de Piedra Buena. Relata éste en sus "Memorias" que el sanjuanino le dijo lo siguiente: ".. .que no teníamos marina; que costaba mucho mantener un buque de guerra; que estábamos pobres; que ese territorio era desierto ; que debíamos concertarnos y que más bien ese territorio les convenía a los chilenos por ser el paso del Pacífico; que si poblaba la guardia proyectada, habían de vivir como perros y gatos con los chilenos; que no había gente que darme. No me dijo que fuera ni que me quedara, pero (me indicó) que procediera con prudencia con las autoridades chilenas."

Indudablemente Sarmiento no había comprendido, la trascendencia que significaba la posesión efectiva de la Patagonia. Eran otras preocupaciones las suyas y además pesaba sobre su ánimo un reparo, más bien una sombra del pasado, con referencia a esa región: la defensa que había hecho en Chile de las pretensiones del país trasandino sobre la Patagonia. Ahora, el Sarmiento presidente de 1868 veía sus manos atadas por la apasionada pluma de Sarmiento exiliado de 1845...

De todos modos, el viaje de Piedra Buena a Buenos Aires en 1868 le había significado dos conquistas importantes: una, la mujer que amaba, que ahora regresaba con él al sur para acompañarlo en sus empresas. La otra, la concesión en propiedad de la Isla de los Estados (al sureste de Tierra del Fuego) y de la isla Pavón con sus adyacencias, en el río Santa Cruz, por una ley del Congreso Nacional cuya importancia no radicaba tanto en el valor de las tierras concedidas como en el concreto acto de soberanía que ella implicaba.

En cumplimiento de esa ley, Piedra Buena asentará por un tiempo su hogar en la isla Pavón y en la Isla de los Estados fundará una estación de salvataje, con guarnición permanente. Y seguirá por esos años —tal vez los de mayor actividad— con sus incansables viajes en busca de una fortuna que le era esquiva. Pues una y otra vez sus esfuerzos para hacerse de una sólida posición económica fracasaron: de los dos buques que tenía, uno se va a pique y cuando compra un cargamento de cobre semihundido en las Malvinas, la autoridad inglesa se incauta de la carga. . . Cada viaje de Piedra Buena es una aventura. En una oportunidad debe luchar contra un buque pirata que pretende saquear un navio que está naufragando y al que el marino argentino corre a prestar ayuda. En otra oportunidad, las autoridades chilenas de Punta Arenas —que lo aborrecen cordialmente— deben recurrir a su indiscutible baquía para salvar a la tripulación de un buque que ha naufragado en los canales fueguinos y allá va Piedra Buena descuidando sus intereses, su hogar y hasta su propia seguridad. Otra vez debe andar tras de unos desertores chilenos que han escapado del presidio de Punta Arenas y amenazan la tranquilidad de los escasos pobladores de la zona.

En la década del 70 la figura y el nombre de Piedra Buena tienen ya una relevancia que excede los límites nacionales. Porque su afincamiento en la isla Pavón constituye para los chilenos una valla insuperable para sus aspiraciones territoriales. Son frecuentes sus choques con la autoridad de Punta Arenas, que informa a Santiago de Chile desfavorablemente sobre Piedra Buena y sus actividades ; el ministro argentino en Chile, Félix Frías, influido por esos informes y la carencia de otras fuentes de noticias, llega a creer que Piedra Buena es un aventurero.

Mas tarde cambia de opinión: Frías, defensor incansable de nuestros derechos sobre el sur patagónico, llegó a tener correspondencia con nuestro héroe y a pedirle información sobre esa región, poco menos que desconocida. En 1875, ante un pedido de Frías para que viaje a Santiago de Chile, Piedra Buena, que está al borde de la ruina, vende su "Luisito" y su casa de Punta Arenas para trasladarse a la capital chilena, "pues no quiero —escribe al ministro argentino— que esta clase de servicios se me paguen". Una relación cada vez más estrecha se anuda entre estos dos argentinos que comparten idéntica obsesión: el antiguo secretario de Lavalle que lleva en Chile la delicada representación del gobierno argentino y el marino patagón, conocedor insuperado de la región en litigio. Piedra Buena será una fuente inapreciable de elementos de juicio para Frías, reforzando su posición y nutriendo su energía con datos e informes.

Así fue como Félix Frías, con sus enérgicas protestas —apoyado por el presidente Sarmiento y el ministro de Relaciones Exteriores Carlos Tejedor— logró que quedara sin efecto la ocupación que los chilenos hicieron en 1873 de lo que hoy es Río Gallegos, medida que, de haber persistido, significaría la pérdida para el dominio argentino de buena parte de la provincia actual de Santa Cruz.

Fue en este mismo año 1873 cuando su "Espora" naufragó en la Isla de los Estados y allí mismo construyó el "Luisito", episodio al que nos hemos referido más arriba. Y poco después vivió otro suceso que da cuenta de su filantropía y su pericia marina. Habia regresado una vez más a la Isla de los Estados para fabricar aceite de pingüino. Era una época de grandes tormentas y un día avista un bergantín inglés destrozado contra las rocas: seis náufragos estaban en los escollos, casi muertos de frío y hambre. Imposible acercar el cúter hasta las rocas: el mar lo hubiera despedazado. Pero Piedra Buena no podía dejar a esos infortunados librados a su suerte. Construye entonces una balsa con latas de aceite vacías y con un cabo sostenido a bordo se va acercando —él y un marinero— a las rompientes hasta rescatar, uno a uno, a los náufragos. Más aún: aunque su proyecto era aprovechar la estación para fabricar aceite, en vista del estado de los náufragos no trepida en abandonarlo todo y regresar a Punta Arenas, hasta dejarlos en total seguridad. Veinte días de extenuante lucha contra los elementos, con su tripulación a media ración, hasta llegar a puerto; y por supuesto, la pérdida del negocio con el que Piedra Buena había proyectado levantar sus ruinosas finanzas. . .

Pero —como bien señala Entraigas— el año 1873 le reservaba al menos una satisfacción: cuando vuelve a la isla Pavón se entera que un argentino, el subteniente Valentín Feilberg, había recorrido en toda su extensión el río Santa Cruz hasta su nacimiento, llegando a plantar la bandera nacional en el Lago Argentino. Ahora era indiscutiblemente argentino todo el río Santa Cruz, desde su nacimiento hasta su desembocadura, en cuyas proximidades Piedra Buena montaba guardia desde 1859 ...

Algo lamentable pasaba con Piedra Buena. A medida que su larga lucha por la argentinización efectiva de la Patagonia iba triunfando en los hechos y en la conciencia de nuestros gobernantes, su posición económica particular se iba tornando cada vez más desastrosa. El año 1874 fue para él de ruinosas operaciones: algunas cacerías de lobos y pingüinos se vieron interrumpidas por salvatajes de náufragos a los cuales no pudo dejar de trasladar a Punta Arenas. El llamado del ministro Frías a Santiago de Chile —dejado sin efecto posteriormente pues nuestro representante diplomático fue llamado a Buenos Aires— le significó la liquidación de su único barquito. Estaba pobre de solemnidad, como cuando empezara su carrera; pero ahora estaba cargado de hijos y su mujer, en Carmen de Patagones, recibía escasamente el dinero necesario para sostener su hogar.

En 1875 viaja Piedra Buena a Buenos Aires, llamado por el gobierno a instancias de Frías. Gobernaba ahora Avellaneda: los tiempos encrespados de Mitre y Sarmiento parecían ceder paso a lustros más pacíficos. Una fiebre de progreso empezaba a prender en el país y comenzaba a advertirse la importancia de la Patagonia, como un "hinterland" indispensable de la pampa húmeda. Adolfo Alsina desde el Ministerio de Guerra y Marina, y Julio A. Roca desde la frontera de Río IV planean, cada uno a su modo, la solución definitiva del problema indígena; los colonos galeses del Chubut ya están cosechando trigo; una empresa británica pide apoyo para establecer una línea regular marítima entre Buenos Aires y Santa Cruz. Hay un nuevo interés por la inmensa región que hasta poco antes se desdeñaba.

Piedra Buena y Frías conferencian largamente en Buenos Aires. Aquel le suministra toda la información geográfica y económica que éste necesita para proveer a nuestro gobierno de argumentos jurídicos que sostengan nuestros derechos. Probablemente por sugestión de Frías e indudablemente presionado por su situación económica, Piedra Buena solicita en diciembre de 1875 su ingreso al servicio activo de la Marina Nacional. ¡Difícilmente podía un argentino presentar mejores títulos y antecedentes! En febrero de 1876 Avellaneda firma el decreto que lo da de alta en nuestra incipiente Marina, como Capitán. Y de inmediato empieza Piedra Buena a prestar servicios, primero como piloto de la "Rosales" y luego como comandante de un viejo cascajo, la "Santa Cruz", a la que se encarga recorrer las costas patagónicas.

Es en  la "Santa Cruz" donde Piedra Buena realizó otra de sus obras más trascendentes: la formación de futuros expertos en la región que lo obsesionaba. Jóvenes oficiales que recién se iniciaban como marinos se fueron haciendo al lado de Piedra Buena, recogiendo los innumerables datos que él había asumido a través de una vida entera, recordando los secretos de las bahías, los golfos, las restingas, los canales. El primer viaje de la "Santa Cruz",—mediados de 1876—-, urgido por uno de los innumerables incidentes con los chilenos, fue toda una hazaña: el buque hacía agua por todos lados ("entraba como un manantial por los fondos del casco" recordará risueñamente Piedra Buena años más tarde) y fue menester bombear continuamente, durante todo el periplo, para evitar que el buque se hundiera. Fue en uno de esos viajes que nuestro héroe estrechó amistad con el famoso perito Moreno y con el capitán Moyano, uno de los más grandes exploradores patagónicos. Moreno diría de él: "Patriota como el que más, con voluntad de hierro, sacrificando sus propios intereses, ha conservado durante veinte años flameando a orillas del Santa Cruz la bandera que le recuerda lo que más quiere. Antes que su familia y su prosperidad ha estado para él su patria; y a conservarle esos dilatados territorios abandonados por la desidia ha destinado, sin parar en sacrificios, los mejores años de su vida".

Entre 1875 y 1878 viaja continuamente Piedra Buena, ya con el "Santa Cruz" —verdadero buque-escuela— o con la "Santa Rosa" al sur patagónico llevando misiones científicas, misioneros, correspondencia y proveeduría para las pequeñas poblaciones que empezaban a afincarse en la vasta región. Pero los problemas con Chile se acentuaban y el gobierno argentino había comprendido, por fin, que era necesario dedicar una suma de energías para mantener la presencia nacional en la Patagonia. El nuevo ministro de Guerra y Marina, Gral. Julio A. Roca —ya señalado por muchos como futuro presidenta— llama a Piedra Buena a mediados de 1878 y le pide que se encargue, ya de manera oficial, de la instrucción de nuestros futuros marinos. Pone a su disposición el buque que le parezca más apropiado. Piedra Buena elige una goleta de construcción, noruega a la que bautiza "Cabo de Hornos". En este buque servirá al país durante los últimos años de su vida. Ya no tenía otro sueño que ese: su mujer había muerto pocos meses antes.

Varios viajes hace Piedra Buena con el "Cabo de Hornos" cargado de cadetes. Colabora con la expedición de Roca, transporta presos, lleva cargas a las guarniciones australes. Y culmina estos trajines cuando en 1881 es designado jefe militar de la expedición geográfica dirigida por el italiano Giácomo Bove, que se proponía entrar por primera vez en las zonas antarticas. Esa misión dio oportunidad a Piedra Buena de volver a Punta Arenas, donde tantos amigos y recuerdos había dejado, a pesar de haber sido el antagonista caballeresco pero firme de las pretensiones chilenas. Pero fundamentalmente, enseña. Con una disciplina rigurosa pero nunca inhumana va inculcando en los "aprendices" —como se llamaba entonces a los cadetes— el oficio de la gente de mar. Y señalemos de paso que Piedra Buena jamás se complicó con las crueldades que se cometieron por entonces con muchos indios de la Patagonia; por el contrario, trató de hacer marinos a algunos, casi siempre sin éxito.

En 1883 tenía Piedra Buena cincuenta años. Pero su salud estaba quebrantada. Tantas andanzas, tantos esfuerzos sobre el puente de tantos buques habían acabado por minar su organismo. Durante varios meses permanece en Buenos Aires mientras el "Cabo de Hornos" es reparado. Pero su comandancia es solo nominal. En realidad, está gravemente enfermo, aunque trate de disimular su estado y concurra periódicamente a inspeccionar los trabajos de su barco.

Ha alcanzado una notoriedad que, aunque no es para él halagadora, no deja de satisfacerlo. En 1875 el emperador de Alemania le había enviado un hermoso telescopio como homenaje por los náufragos que había salvado en el curso de su carrera; tres años más tarde es la Reina Victoria de Inglaterra la que le regala unos binoculares de plata por el mismo motivo. El Centro Naval y el Instituto Geográfico Argentino lo incorporan como socio honorario. Y aun el gobierno de Gran Bretaña le ofrece la fabulosa suma de 10.000 libras esterlinas por la Isla del Estado, cuya propiedad le pertenece; pero Piedra Buena se niega a venderla.

Ya era una leyenda. Tal vez hubiera completado el mito de Piedra Buena una muerte como la que probablemente soñaba, en los mares australes, al frente de su buque, entregado a la inmensidad de ese océano que él conocía meridiano a meridiano... El destino le brindó un final más pacífico-: el 10 de agosto de 1883 fallecía en Buenos Aires en su casa de la calle Tucumán.

Había contribuido poderosamente a salvar para la comunidad nacional la integridad patagónica. Había formado a hombres con vocación patagónica y enseñado, con su ejemplo, cómo debe servirse a la Patria. Había dejado el recuerdo de su nombre en innumerables episodios de humana solidaridad. La memoria de Luis Piedra Buena, el buen patagón, quedaba en todas las caletas y costas del lejano sur. ♦
 

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

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