Historia y Arqueologia Marítima

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La explosión del “Fulminante”

El “Fulminante” en su apostadero del río Luján

Extracto del libro de Burzio "Historia del torpedo y de sus buques de nuestra armada". (enviado por O. Sidoli)

 

Formó parte de la "Escuadra de Sarmiento", siendo adquirido con fondos de la Ley de Armamento Naval de 1872. Costo 200.000 pesos fuertes. Fue un buque adquirido por compra directa del Ing. D. Hunter Davidson, quien fuera comisionado por el gobierno argentino para comprar un buque taller de torpedos y minas para ser dedicado a la defensa del litoral. Fue encargado por Davidson y verificada su construcción en Inglaterra, en Yarrow & Hedley de Poplar.  

Llegó al país en 1875 con Davidson como comandante y siempre tuvo tripulación extranjera, tanto el superior como el subalterno, si bien revistaba en la Armada, había sido contratado en Europa y no tuvo ninguna relación con el resto de la Marina. 

Desplazamiento 620 toneladas. Eslora 55 metros; manga 9 metros; puntal 5 metros; calado medio 2,28 metros. Propulsión: Maquinas compound con una hélice. Casco de hierro, proa lanzada y popa elíptica. Aparejo de goleta de dos palos. Velocidad 10,0 nudos. Combustible carbón con 80 toneladas de capacidad. 

Armamento: Depósito de torpedos no automóviles sino de botalón, colocados en dos lanchas a vapor que poseía a tal efecto. También tenía "torpedos de fondo" (o minas submarinas). Los torpedos eran de bronce cargados con 65 libras de dinamita y colocados en la punta de un botalón de hierro de 8 metros de largo. Tenía también dos ametralladoras Hotchkiss montadas en explanadas para maniobras de proa y popa, de 8 cañones cada una. Tripulación: 10 oficiales y 42 tripulantes. 

En 1875 comienza el relevamiento hidrográfico del canal del Infierno con Martín García y Buenos Aires. Trata sin éxito de volar las piedras del bajo de Concordia con sus minas y repara el cable telegráfico entre Montevideo y Buenos Aires. En 1876 es destinado a la Base de Torpedos en el Apostadero del Rio Luján y hace experimentos de torpedos, minas y su fondeo.  

El 4 de octubre de 1877, mientras se manipuleaban explosivos a bordo se produce un incendio, lo que produce su voladura en violenta explosión, falleciendo 12 tripulantes.

  

Lancha llamada “Fulminante”, y luego “Monte León” 

Las lanchas del Fulminante: Hay varias versiones, pero nos quedamos con la del capitán de navío Arguindeguy, quien informa que hubo cuatro lanchas en realidad: La "Lancha Grande"  permanece en el Río Lujan como torpedera de botalón, hasta que en 1890 se entrega al Maquinista Manuel Ruiz que la tiene hasta 1893, luego se pierde su destino. La segunda, llamada "Fulminante", pasa a la "Cabo de Hornos" para la operación en Santa Cruz y al llegar al Cañadón de Misioneros se la bautiza como "Monte León". Hubo luego otras dos lanchas que eran usadas para fondeo de minas llamadas Primera Torpedo y Segunda Torpedo cuyos destinos se desconocen. 

 

El “Fulminante” después de la explosión que lo destruyó el 4 de octubre de 1877  

Incendio y voladura del “Fulminante”

(BURZIO, Humberto, “Historia del torpedo y sus buques en la Armada Argentina”, DEHN, Buenos Aires, 1968, pg. 69/81) 

            El incendio y voladura del buque fue un suceso que apasionó a la opinión pública y al gobierno del presidente Avellaneda, al tomar conocimiento de la nota del comandante General de Marina dando cuenta del desgraciado episodio, dictó la siguiente resolución al día siguiente de la catástrofe: 

                1º Que vuelva todo a la Comandancia General de Marina para que encargue a un Gefe caracterizado de la Armada Nacional la formación de un sumario sobre el siniestro de que da cuenta, recomendándole la mayor brevedad en el procedimiento, en cuento ello sea compatible con el esclarecimiento de la verdad, para poder hacer efectivas las responsabilidades que correspondan.

                2º Que sin perjuicio de los demás incidentes que surjan o puedan surgir del sumario éste será encaminado a la averiguación de lo siguiente que es sustancias:

                               Primero: Si el buque fue abandonado por los Oficiales y por la tripulación, después de agotarse todos los esfuerzos para salvarlo o para aminorar la magnitud del desastre.

                               Tercero (?): Si desde que tuvo lugar la primera explosión, a las 12, hasta las 5 en que voló la Santa Bárbara, nada fue posible hacer para evitar el incendio.

                               Cuarto: Si las tripulaciones de los buques en desarme, ocurrieron oportunamente en auxilio del buque incendiado.

                               Quinto: Que se haga saber al Ministerio de Relaciones Exteriores, a los efecto que haya lugar, la participación que tomó la Cañonera italiana “Constanza”.

                Avellaneda – A. Alsina 

            El incendio y la explosión subsiguiente del “Fulminante”, que se encontraba fondeado y varado por la bajante en la margen izquierda del río Luján, frente a la embocadura del Tigre, ocurrió el día 4 de octubre de 1877 a la hora 12 el incendio y a la 5 de la tarde la explosión de la Santa Bárbara. 

            El ingeniero Hunter Davidson tuvo noticias del siniestro encontrándose en la antesala del despacho del ministro de Guerra y Marina, Dr. Adolfo alsina, a la espera de ser recibido. De inmediato se trasladó al Tigre en compañía de los coroneles de marina Alvaro J. Alzogaray y Luis Py y otras autoridades, a donde llegaron a la hora 3,30 p.m., encontrándose que las llamas cubrían el buque de proa a popa, imposibilitando toda tentativa de sofocar el incendio. Tomaron algunas providencias y ratificaron las órdenes dadas por los comandantes de los buques en desarme surtos en el lugar, menos el encorazado “Los Andes” que estaba varado y la chata con pólvora, que estaba en la misma condición. 

            El comandante de “Los Andes”, teniente coronel de marina Ceferino Ramírez, elevó al Comandante General de Marina, Mariano Cordero, el mismo día del siniestro, un parte relatando los hechos. Informaba que siendo la hora 12,30 p.m. escuchó una fuerte explosión proveniente del vapor “Fulminante”, que en primer momento atribuyó a una de las tantas pruebas de torpedos que habitualmente se hacían, pero que salió de su error al oir gritar al marinero de guardia ¡fuego en el “Fulminante”! 

            De inmediato dio orden de alistar una lancha de su buque tripulándola con el subteniente Aguirre y marineros provistos de una bomba hidráulica y baldes. 

 

            A su vez el comandante del vapor “Pavón”, sargento mayor de marina Lázaro Iturrieta, con sus botes tripulados se juntó al de “Los Andes” y se acercaron al buque incendiado. Mientras tanto el comandante de la cañonera “Constitución”, capitán Juan Cabassa, que regresaba de la cañonera “Bermejo” en esos momentos, fue el primero en conversar con el segundo comandante del “Fulminante” que se encontraba ya en tierra, y al ofrecerle los servicios que podían prestarle los botes le manifestó la inutilidad de la ayuda en razón de que la explosión de un torpedo en una de las bodegas había producido un incendio que estaba a punto de llegar a la Santa Bárbara y que todo volaría. La misma contestación recibió el comandante Iturrieta ante la insistencia de éste de subir a la cubierta, no obstante las llamas que devoraban el buque. 

 

            En vista de ello y en la imposibilidad de echar a pique el buque por estar varado a causa de la gran bajante del río, regresaron los comandantes Iturrieta y Cabassa a dar parte de las ocurrencias y tratar de alejar lo más posible del buque incendiado a las unidades fondeadas en las inmediaciones; una de las primeras órdenes del comandante Ramírez fue disponer que el comandante Cabassa largase las cadenas del ancla a mano y se retirase con su buque, la cañonera “Constitución”, ejecutándose la misma operación con la “Pilcomayo”, llevándolas a las dos a la boca del Abra, alejadas de todo peligro. 

            Simultáneamente con estas medidas dispuso que el sargento mayor Iturrieta con tres embarcaciones bien tripuladas, se dirigiese a salvar las dos lanchas del “Fulminante”. Refiere el teniente coronel Ramírez que “esta operación fue desempeñada con gran peligro de las vidas de todos los tripulantes, pues cuando se hallaban al costado del buque incendiado, sacando el segundo vaporcito, tuvo lugar la explosión de la Santa Bárbara arrojándolos a todos al agua, pero felizmente sin ocasionar ninguna desgracia”. 

            Refiere en su parte que al volar el “Fulminante”, el fuego se comunicó a la chata cargada de pólvora de algodón y que de inmediato se trasladó con el comandante Cabassa a su bordo, consiguiendo apagar este principio de incendio arrojando gran cantidad de baldes de agua. 

            Finalizaba su comunicación recomendando la actuación del comandante Iturrieta, de la cañonera italiana “Constanza” que se encontraba fondeada en las inmediaciones, de un cirujano y la de algunos oficiales, que con tres embarcaciones provistas de una bomba de incendio se presentaron a ofrecer sus servicios, que fueron aceptados, ayudando con sus tripulantes a trasladar a lugar más seguro las cañoneras “Constitución” y “Pilcomayo”. 

            El sargento mayor de marina Lázaro Iturrieta expresaba por su parte, que al llegar al costado del “Fulminante” lo encontró abandonado por sus tripulantes y en llamas y que el fuego que había comenzado en la proa se había corrido hacia popa, saliendo de la escotilla de la cubierta baja grandes llamaradas. Solo quedaba por hacer, a su entender, salvar a los dos vaporcitos del “Fulminante”, que se encontraban fondeados y amarrados en su banda de estribor y a más, varados por la bajante, teniendo ya uno de ellos fuego a bordo. Desembarcó el sargento mayor Iturrieta con su personal y caminando sobre el fango, a solo diez metros de la proa del “Fulminante”, lograron salvar la primera embarcación, debido al arrojo del subteniente Aguirre, guardiamarinas Borzone y Pérez y los tripulantes de los botes, no obstante haberse cortado en tres ocasiones el cabo de remolque. Ayudaron en la operación el oficial y agentes de policía de las Conchas. 

 

            En estas circunstancias se emprendió la difícil tarea y muy riesgosa de salvar el segundo vaporcito o lancha grande, encargando de la operación al guardiamarina Borzone con siete marineros, que valientemente se acercaron a amarrar un cabo a la proa del mismo y que al estar en esa maniobra tuvo lugar la temida explosión de la Santa Bárbara que abrió el buque, volando sus fragmentos a 300 metros de altura, uno de los cuales, un hierro, cayó sobre el guigue echándolo a pique, sufriendo varios daños las casas de la ribera. 

            Afortunadamente, la fuerza de la explosión solo se limitó a arrojar a sus tripulantes al agua, por grado o por fuerza, causando algunos daños al bote, pero no impidió que el vaporcito fuera salvado. 

            En la nota que el ingeniero Hunter Davidson pasara al ministro de Guerra y Marina, al día siguiente del desastre, refiere que después de las doce tuvo lugar en el cuarto de máquinas del “Fulminante” la explosión, mientras se encontraban trabajando algunos hombres del personal de maestranza, murieron casi todos; como resultado de ella, voló la cubierta de popa y se abrió el costado de babor, inutilizándose las mangueras y cubriendo parcialmente de llamas el buque hasta su proa. Que en el momento de producirse la explosión, el buque se encontraba varado a consecuencia de una gran bajante, una de las más notables en los últimos años, lo que impidió anegar la Santa Bárbara. 

            Los oficiales y tripulantes que resultaron ilesos o heridos trataron de salvar el buque, pero inutilmente y lo abandonaron, ante el temor de que estallase el explosivo de algodón pólvora, lo que efectivamente se produjo a las 5 p.m. 

            Agregaba en su oficio que no obstante su conocimiento personal del interior del buque, de su trabajo y el cuidado de los oficiales en sus tareas, no encontraba ninguna causa razonable que explicase lo ocurrido, pero pedía se levantase un sumario amplio y severo para indagar responsabilidades, expresando que: “Lo pide ante todo el sentimiento de humanidad –es cuestión del honor de la Bandera Argentina- lo esperarán de V.E. los representantes de la ciencia de la guerra por medio de torpedos donde quieran que se hallen en el mundo y por último la causa de la justicia ruega a V.E. que declare la culpabilidad, o la inocencia, de cualquier oficial o tripulante cuya conducta haya podido influenciar en este desastre”. 

            Adjuntaba en su comunicación la siguiente lista de muertos y heridos: 

E. Jordan, 1er.carpintero

Muerto

Manuel Martinez, marinero

Muerto

Charles Krinston, herrero

Muerto

John Furner, marinero

Muerto

John Franklin, timonel

Muerto

Antonio Romero, marinero

Muerto

Cecil Haig, cabo cañón

Muerto

Eduardo Comesaña, carbonero

Muerto

E. Westman, cabo cañón

Muerto

Charles Bremond, marinero

Herido

Henry Hoy, marinero

Muerto

Carlos Deprichard, marinero

Muerto

John Webb, marinero

Muerto

Pablo González

Muerto

Patrik Warren, marinero

Muerto

 

 

             En el parte del subdelegado del Resguardo del Tigre, Don Miguel Viancarlos, se relataban las tareas ejecutadas junto con los marinos en el salvamento de la chata y los vaporcitos, en la forma expresada por los comandantes Ramírez e Iturrieta, finalizando la exposición con estas palabras: “Se ha hecho notar por su arrojo un cadete del vapor “Pavón”, el cual salvó el segundo vaporcito auxiliar del “Fulminante”, desprendiéndolo de a bordo de éste, en momentos en que la segunda explosión tuvo lugar, salvando providencialmente por hallarse al costado de proa, y haber tenido lugar aquella en la popa. 

                Es de todo punto indescriptible tener la confusión y espanto de que esta población ha sido objeto, durante el día de hoy, así como los buques mercantes fondeados cerca del vapor perdido. 

                Los fragmento de éste se hallaron hasta distancia de diez cuadras, cayendo grandes masas de fierro en la quinta del doctor Vivanco y casa quinta del señor Dolc. 

                En el mismo pueblo de San Fernando se han sentido los efectos de tan deplorable suceso, con la violenta ruptura de los vidrios de la mayor parte de las puertas y ventanas”. 

            Para la diligencia del sumario se designó juez fiscal al coronel de marina Alvaro de Alzogaray. El personal sobreviviente, en número de veintiséis había sido detenido e incomunicado hasta tanto prestasen declaración indagatoria. 

            El capitán encargado del “Fulminante”, Mason Damon, de nacionalidad estadounidense, expresó que solo hacía seis o siete meses que se encontraba a bordo del buque y que la explosión no había sido intencional. Que el día de la misma se encontraba cargando torpedos en el taller del buque el encargado de la tarea John Webb, por orden del capitán Harvey, que no se encontraba a bordo. Que él no dio orden de cargarlos, pero que Webb le pidió dos cajas vacías (torpedos las llama en la declaración), para cargarlas y que las entregó como era la costumbre. 

            Que con anterioridad lo había reprendido por faltar a la licencia y por ebriedad, despidiéndole del buque; Webb lo vio entonces al capitán Harvey quien lo mandó de vuelta, con la orden de volverlo a ver por si era factible que lo retomase, a lo que accedió, pero reprendiéndolo severamente. Agregó que en el momento de la explosión subía a la cámara y su primera orden fue utilizar la bomba de incendio, mangueras y baldes, pero que estos elementos habían desaparecido; que con el primer maquinista bajó para abrir las válvulas de inundación de la Santa Bárbara, pero como el buque estaba varado no fue posible extraer agua. En vista de ello tomó las providencias para salvar a los heridos, pues el fuego cubría la proa. Por entonces ya estaba solo con el primer maquinista y los heridos, pues la tripulación había abandonado el buque casi en seguida de producirse la explosión e incendio. Bajó de nuevo a la Santa Bárbara para tratar de manejar las válvulas de extracción de agua, pero inútilmente. Consultó entonces con el primer maquinista sobre la conducta a seguir, pues en el taller de electricidad había un tarro de mercurio fulminante y abajo en la bodega un tanque con pólvora de algodón, y careciendo de medios para evitar el incendio y ante el peligro de una nueva explosión, determinaron ambos bajar a tierra para no perecer. 

            En su declaración el ingeniero de torpedos Federico Harvey, con siete meses de estada a bordo, expresó que en el momento de la explosión se encontraba en uso de licencia; que lo que se cargaba a bordo no eran torpedos sino cajas para experiencias. Expresó que a su juicio el estallido no había sido intencional. 

            El primer maquinista Guillermo R. Wilson, con tres años de estada en el buque, manifestó que no pudo armar las bombas por haber desaparecido las mangueras y que las válvulas no pudieron abrirse por encontrarse el buque varado. Que producida la explosión, permaneció con Damon alrededor de veinte minutos a bodo y que en ese tiempo nadie vino en su auxilio, pero que pocos minutos después de estar en tierra le dijo el capitán que uno de los oficiales de los buques fondeados vino a ofrecerle auxilio, y que el capitán Damon se trasladó el telégrafo de la estación de ferrocarril para enviar un telegrama al jefe de la División de Torpedos para darle cuenta del siniestro. 

            El dictamen del juez fiscal especial, coronel de marina Alvaro de Alzogaray, fue el siguiente: 

                La primera explosión ocurrida a la hora 12 tuvo como resultado que el buque se abriera hasta flor de agua, quedándose incomunicada la proa con la popa.

                La cubierta fue lanzada a gran distancia, desapareciendo con ella las bombas, baldes y mangueras contra incendio.

                Que no obstante que la opinión general atribuye el origen del incendio de la explosión al estallido de una de las cajas de experimentos, que se dice cargaba un joven llamado John Webb, encargado especial de esta operación, es indudable que esta no ha podido ser la causa, por cuanto la cantidad de pólvora de algodón seca con la que maniobraba el marinero Webb no pasaba de diez a doce libras, insuficiente para causar los graves destrozos de la explosión. 

                Que las cajas se preparaban en el taller de experimentos y la ruptura se produjo a varios pies de distancia de la ubicación del mismo, quedando intacta la capa correspondiente al lugar del taller.

                Que la explosión debió partir del tanque de hierro situado debajo del despensero, donde había depositadas mil libras de pólvora de algodón, húmeda en un 25% de agua.

                Los mayores efectos de la explosión coinciden con la ubicación de ese tanque.

                Que las declaraciones coinciden de que fue una sola explosión y que de haber sido dos, el espacio de tiempo entre una y otra hubiera sido largo ya que la distancia del taller al tanque era de veinte a veintidós pies con obstáculos difíciles de salvar, la máquina, un mamparo de hierro, depósito de cable eléctrico y calderas.

                Que no obstante que el Ing. Hunter Davidson cree que el incendio fue intencional no hay pruebas que abonen la presunción.

                Que debe recordarse que el tanque estaba expuesto, a los rayos solares del lado de babor y que a pesar de tratarse de pólvora de algodón humedecida al 25%, esta pudo evaporarse con el calor, quedando entonces la pólvora a merced de los rayos solares sobre el hierro.

                Que el capitán del buque Mason Damon al producirse el incendio, mandó armar las bombas, mangueras y baldes y al maquinista que abriera las válvulas de la Santa Bárbara para dar entrada al agua; la primera no pudo hacerse por haber desaparecido o destrozado con la explosión y lo segundo tampoco por encontrarse el buque varado en el fango.

                Que en el primer momento la tripulación solo atinó a largarse al agua, tomando los botes y que ninguno tenía puesto asignado en el rol de incendio.

                Que el oficial Damon a cargo del buque en la creencia de que era inminente la explosión mayor del tanque de hierro, abandonó el buque en compañía del primer maquinista, siendo el último en hacerlo. Que su creencia de que los hechos ocurrirían así se basaba en que en la mañana de ese día el encargado de preparar las cajas de experimento le había pedido dos vacías y se las había entregado como de costumbre.

                Que el Ing. Jefe de la División de torpedos Hunter Davidson y el ingeniero de torpedos Federico Harvey se hallaban en Buenos Aires en comisión el primero y en uso de licencia acordada, el segundo.

                Que los comandantes de los buques en desarme Tte. Cnel. Ceferino Ramírez, de “Los Andes”; Capitán Juan Bassa, de la cañonera “Constitución”, y Sarg. My. Lázaro Iturrieta del vapor “Pavón”, han cumplido dignamente con su deber poniendo fuera de peligro los dos primeros las cañoneras “Pilcomayo” y “Constitución”, salvando la chata cargada con pólvora de algodón cuya toldilla estaba ardiendo por el fuego del “Fulminante” y salvando el último las dos lanchas a vapor pertenecientes a este buque. Del mismo modo se han comportado los guardiamarinas Santiago Borzzoni, Ramón Pérez y Subteniente Juan Aguirre y la tripulación que los acompañaba.

                Que el comandante de la cañonera Italia “Confianza”, el cirujano de la misma y los oficiales han prestado importantes servicios ayudando a su tripulación a conducir a lugar seguro las cañoneras “Constitución” y “Pilcomayo”. Del mismo modo el subdelegado del Resguardo del Tigre Miguel Biancarlos, que ayudó a apagar el fuego comunicado a la chata donde estaba depositada la pólvora de algodón.

                Que el capitán del “Fulminante” Mason Damon si bien trató de salvar el buque, no hizo lo mismo con las dos lanchas amarradas a su costado y que la tripulación del buque carecía de la disciplina y del conocimiento como para actuar en la emergencia por no haber recibido instrucciones ni tener asignado puesto en zafarrancho de incendio. Pide dos meses de arresto en un buque de la armada.

                Al Jefe de la División Torpedos Hunter Davidson no puede imponérsele castigo por su ausencia justificada en el servicio de ese día y por el hecho de su carácter de particular, colocado fuera de las Ordenanzas.

                Libertad para el resto de la tripulación, que si bien no tuvieron serenidad se le da por cumplida su pena con la prisión sufrida.

                Que el contramaestre del buque que no reunió a la tripulación como era su deber, abandonó el buque siguiendo a los demás marineros a tierra y que ni siquiera trató de reunirse con su comandante, debe condenársele a dos meses de prisión en un buque de la armada.

                Que el guardiamarina Santiago Borssone se encuentra comprendido en el art. 85 de las leyes penales de las Ordenanzas, “pero en atención a su poca edad y a la irreflexión que es consecuente y teniendo en cuenta el valor que incuestionablemente ha demostrado en el cumplimiento de sus deberes y de las órdenes que le fueran dadas por el Mayor Iturrieta, soy de opinión que debe imponérsele dos meses de arresto en uno de los buques de la armada, haciéndolo saber en la orden general por conducto de la Comandancia General de Marina”. 

            Elevado al gobierno el sumario y sus conclusiones por la Comandancia General de Marina, se dictó el decreto siguiente, determinando responsabilidades en el episodio ocurrido: 

                Departamento de Marina.

                Bs. Aires, Diciembre 28 de 1877.

                Visto el presente sumario y examinando en sus fundamentos y conclusiones el dictámen fiscal y la vista del auditor de guerra y considerando:

                1º.- Que la explosión del “Fulminante” no puede ser atribuída a un hecho o persona determinada y según lo que resulta del sumario.

                2º.- Que, producida la explosión, no les fue posible impedir la propagación del fuego, por haber aquella arrojado a gran distancia las bombas y aparatos accesorios.

                3º.- Que, no obstante, en el intervalo que medió entre las dos explosiones, se señala la falta de disposiciones que pudieran salvar una parte de las existencias del buque, resultando que la tripulación no tenía señalado de antemano su puesto para los casos de incendio.

                4º.- Que si bien los experimentos que se supone tuvieron lugar ehn el taller de torpedos, debieron rigurosamente ser autorizados o vigilados en cada caso por sus Gefes, no puede imputarse la explosión a la falta de esta vigilancia, desde que queda demostrado por el lugar de la ruptura y otras circunstancias señaladas que dicha explosión se produjo a distancia del taller mencionado.

                5º.- Que, sin embargo, el desastre producido, por lo mismo que no puede suponerse intencional, induce la presunción de que las precauciones tomadas no fueron tan escrupulosas como el caso lo requería: presunción que se robustece por la manera como resultan practicados los experimentos y por la falta de disposiciones dictadas en previsión de un caso de incendio como se ha notado ya.

                6º.- Que el Gefe e ingeniero de la División de Torpedos se hallaban ausentes con licencia cuando tuvo lugar la explosión. 

EL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA

Resuelve:

                1º.- Que se haga saber al Capitán Davidson  y al Ingeniero Harvey, la irregularidades que aparecen en esta investigación, para que tomen incidencias que eviten su repetición en casos análogos.

                2º.- Que se pongan inmediatamente en libertad a todas las personas detenidas con motivo del presente sumario.

                3º.- Que se aperciba al Capitán Damon por su inacción durante el intervalo que medió entre las dos explosiones, sin atender a más responsabilidad, teniendose presente la circunstancia enunciada  en el 6º considerando de la vista Fiscal.

                4º.- Que el contramaestre del “Fulminante” por la consideración aducida a fs. 196 vuelta, y atenta su propia declaración, sufra un arresto de 15 días en uno de los buques de la Armada.

                5º.- Que el Guardia Marina don Santiago Borzone sufra un mes de arresto a bordo de un buque de la Armada, por estar convicto de haber faltado a la verdad contra sus superiores.

                6º.- Que el mismo Guardia Marina sea agraciado con una demostración después de cumplir su arresto, en recompensa de su comportamiento valeroso. 

                7º.- Que se haga saber por la Comandancia General de Marina, que los Gefes de los buques en desarme, Teniente Coronel D. Ceferino Ramírez, Capitán D. Juan Cabassa, Sargento Mayor D. Lázaro Iturrieta, el Guardia Marina Pérez, el Subteniente Aguirre, el Ayudante Biancarlos y las tripulaciones de dichos buques han cumplido digna y valerosamente con su deber.

                8º.- Comuníquese a quienes corresponda y publíquese.

                                                                                              (firmado) AVELLANEDA

                                                                                                                R. de Elizalde 

            Por el artículo 7º del decreto se disponía que por la Comandancia General de Marina se hiciera saber que los jefes y oficiales de los buques en desarme, que enumeraba, habían cumplido “digna y valerosamente con su deber” en la emergencia, así como las tripulaciones y el ayudante Biancarlos. En atención a ello la Cámara de Diputados de la Legislatura de Buenos Aires dispuso el otorgamiento de una medalla de oro por la conducta valiente y abnegada a los comandantes Láxaro Iturrieta y Ceferino Ramírez, Capitán Juan Cabassa, Guardiamarina Santiago Borzone y ciudadano Juan Gamba. 

            En la sesión de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación, del 5 de octubre de 1877, el diputado Lucio V. Mansilla presentó una minuta en la que expresaba: 

                Al Poder Ejecutivo de la Nación:

                El Congreso de la Nación tiene el honor de dirigirse al Poder Ejecutivo de la Nación haciéndole presente por unanimidad, que vería con satisfacción que entre los asuntos que deben incluirse en la prórroga figurase un proyecto de ley tendiente a reemplazar inmediatamente el vapor torpedo “Fulminante”, que estalló el día 4 del corriente, haciéndose astillas, sin que hasta ahora se sepa cual ha sido la verdadera causa de este accidente fatal, que priva a la Nación de uno de sus primeros elementos de defensa costándole preciosas vidas, pero poniendo de manifiesto la resolución de los marinos argentinos. LUCIO V. MANSILLA. 

            Por su parte, el diario La Prensa, en su edición del día siguiente al de la catástrofe, el 5 de 0octubre de 1877, hacía justicia a la tentativa de salvamento del buque por los marinos de los buques fondeados, al decir: 

            De nuestra joven y naciente marina puede decirse que si ella ha tenido ayer una pérdida importante, ha sabido salvar su honor y conquistarse la palma del valor heroico. 

            El decreto mencionaba el valor demostrado por el Guardiamarina Santiago Borzone, pero le imponía un castigo, por comentar el episodio atribuyéndose la iniciativa en el salvamento de una de las lanchas del “Fulminante”. Su juventud y locuacidad al referirse al suceso deformó aspectos de su intervención personal, al transformar en el comentario las órdenes recibidas del comandante Iturrieta en propias inspiraciones, de lo que se rectificó por escrito ante su superior, cayendo en consecuencia bajo la sanción de uno de los artículos de las Ordenanza Navales. El decreto del presidente Avellaneda, a la vez que lo condenaba a sufrir un mes de arresto en un buque de la Armada, expresaba subsiguientemente que debía ser agraciado con una demostración después de cumplir el arresto, en recompensa por su comportamiento valeroso. 

            La moción de la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires se refiere a un vecino del Tigre, para el que se pide, junto con los marinos, una medalla de oro por su valiente proceder. 

            El diario la Prensa, en su número del día siguiente del desastre, registra con el estilo periodístico de la época –título a una columna con no menos de diez subtítulos menores- la crónica de su enviado especial que fuera destacado al Tigre al tenerse conocimiento de trágico episodio, que lo redactó con bastante exactitud como hemos comprobado al cotejarla con las constancias sumariales y declaraciones de testigos. De ella transcribimos el episodio de la bandera del “Fulminante”, guardada hoy en el Museo Histórico nacional, que enarbolada en el asta de popa de la nave incendiada, flameaba mientras el fuego se abría paso hacia la Santa Bárbara. 

                …Entre tanto nuestros oficiales habían salvado ya unos botes de los que el “Fulminante” tenía colgados.

                El Juez de Paz de las Conchas, señor Pavía, vio de la azotea que la bandera nacional seguía flotando a popa del buque en medio de las llamas.

                Entonces, en son de broma, empezó a hablar de quien iría a traerla, o de quien no iría.

                Alguno de los que allí estaban se adelantó diciendo que si le daban diez mil pesos él la arrancaría.

                Pero como el Juez de Paz bromeaba el ofrecimiento quedó en nada.

                A la sazón un vecino de las Conchas, argentino, llamado Juan Gamba, hombre aún joven y de muy pocas palabras dijo en voz alta:

                -“Yo voy a traer de balde mi bandera”…

                Eran las 4 y 10 de la tarde, se espera por momentos la explosión de la Santa Bárbara y todos creyeron que Gamba hablaba de más.

                Pero cual no sería la sorpresa de todos al verlo lanzarse a una pequeña canoa y bogar con arrojo y brío hacia el “Fulminante”.

                Todos lo seguían ansiosos hasta que se perdió de vista.

                Apenas desembocó al Luján el que se creía solo sintió más fuerte su espíritu.

                El “Fulminante” no estaba solo.

                Velaban su sangrienta y lúgubre agonía dos botes con la bandera nacional.

                En ellos estaban Ramirez, Cabassa e Iturrieta con sus subalternos.

                El hombre de la canoa avanzó con serenidad, llegó a la popa del “Fulminante” y vió que el asta bandera ardía ya.

                Se empinó y colgándose de la bandera la arrancó de raíz con el asta, volviendo a las Conchas entre los víctores de los oficiales que lo habían visto y el vecindario que no creyó en su valor.

                La concurrencia de espectadores lejanos lo llevó en triunfo al Juzgado de Paz, donde fue depositada la bandera.

                Eran las 4 y 25 minutos.

                A las 5 la Santa Bárbara había volado, el peligro que todos preveían había sido desafiado victoriosamente; pero aún quedaba el vecindario inquieto. 

 

 

Bandera Nacional de guerra del “Fulminante” 

            Al referirse a este heroico y espontáneo acto de valor, el Auditor General de Guerra y Marina, doctor Cosme Becar, manifestaba en su dictamen del 14 de diciembre de 1877 que obra en las actuaciones del sumario: 

                Es digno también de honrosa mención el individuo que arrancó la bandera del buque, viniendo a ello ex profeso, minutos antes de volar; pues aún cuando ella debió desaparecer con el buque en que flameaba, fue un sentimiento errado pero heroico, el que inflamó el espíritu del vecino que fue quizás a sepultarse pero a intentar salvar la bandera de su patria cuyo honor él creía comprometido. 

            Ignoramos si en alguna ocasión se ha rendido un homenaje a este auténtico héroe del pueblo: su ejemplo debe ser recordado especialmente en el Tigre, por constituir una bella página de su tradición. 

            La bandera del “Fulminante” afortunadamente se conservó y, como hemos dicho, forma parte del valioso acervo del Museo Histórico Nacional, donado el 29 de agosto de 1905 por el vicealmirante Rafael Blanco a su director, doctor Adolfo P. Carranza, quien la había recibido del capitán de fragata Juan A. Aguirre, el mismo que de subteniente había participado en el rescate de las lanchas, que a su vez la había recibido del teniente coronel de marina Ceferino Ramírez. 

            La Bandera es de lanilla; mide 1,72 metros de largo por 1,32 metros de ancho, teniendo un sol estrellado, pintado en su centro.           

 

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