Historia y Arqueología Marítima

 

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Navegando en el "Guardia Nacional' (DIARIO DE UN TRIPULANTE)

Febrero de 1924

Fuente: Neptunia- Atención del conocido aficionado señor Enrique Marín

Derrota Buenos Aires-South Georgia

Todo está listo a bordo en las primeras horas de la mañana del 23 de febrero de 1924. Nadie diría que en las bodegas de! barco se han cargado 3.000 toneladas de carbón y que el día antes no más era imposible dar un paso sin experimentar las molestias de la sucia carga. Puesta ya al son de mar la nave, espera para zarpar la llegada del Presidente de la República y los ministros de Marina y de Agricultura, cuya visita anunciada oficialmente el día antes, nos ha llenado de un cierto orgullo profesional traducido en el esmero de los uniformes y en la apostura y gallardía con que los oficiales lucen espadas y presillas. La visita es puntual. A la hora anunciada flamea el gallardete insignia del primer magistrado y la despedida se efectúa, breve, emocionante.

Al poco rato, protegidos por los remolcadores, enfilamos el canal de acceso. Unos momentos más y las pitadas de reglamento indican que navegamos, en el instante, con nuestra máquina rumbo hacia las islas de Georgia del Sur, calando el buque a proa 2o'7 y 237 a popa.

Pónese proa a Banco Chico, donde con sorpresa comprobamos la existencia de dos boyas con banderas en las inmediaciones de las que indica el veril y más adelante un par de boyas que fueron consideradas como del citado Banco, en la posición donde sólo debía haber una.

El megáfono transmite, después de parar la máquina, la voz de fondo! y la cadena del ancla cae precipitadamente por el escobén, produciendo un ruido ronco y alarmante. Sitúase el barco sin otra novedad, y breves momentos después la navegación continúa. El cielo completamente cubierto, lloviznas aisladas y el barómetro ascendiendo francamente.

Entre tanto, en la cámara de oficiales se procede a las presentaciones de práctica de algunos pasajeros que viajan en nuestra compañía: hombres de ciencia, hombres de estudio. M. Pierre Idrac, de la Escuela Politécnica y Minas de París, comisionado por el gobierno francés para realizar estudios sobre el vuelo de los albatros, a fin de aplicarlo a la navegación aérea. Es un francés simpático y joven ; oficial de artillería de la guerra, asistió a los combates de Verdún y Charleroi, que recuerda con entusiasmo latino. Estudioso hasta la manía, este hombre, recién casado y con dos hijos, uno de los cuales no conoce, por haber nacido en su ausencia, realiza el viaje con entusiasmo sorprendente.

Los señores Pozzi, enviados por el Museo Nacional de Buenos Aires, para traer a ésta especies animales de la región, y entre ellas un esqueleto de ballena, que constituyó al regreso, una de las delicias del viaje, por su descomposición. . . Para satisfacer la humana vanidad viaja asimismo el señor Mayrhofer, de la Nacional Film, con su aparato cinematográfico, al cual más de una vez, mientras movía su manivela, coqueteábamos vergonzosos y encantados. . . El personal que forma la comisión relevante del observatorio de las Oreadas compuesta por los señores Vladimir de Dobrobolsvy como jefe, Carlos Berg como segundo, los señores Witt e Irrgauz, ayudantes y Otto Kess, cocinero, son también pasajeros de a bordo. Dobrobolsvy es un hombre joven ex teniente de fragata de la marina imperial rusa, miembro de la fastuosa nobleza que tan ruidosa y tristemente se derrumbó en la nueva organización política por cuyo sostenimiento se debate toda Rusia; preparado en cuestiones magnéticas y meteorológicas, por su misma carrera, es un elemento de valor para el cargo que fué designado.

Berg, un sueco que por tercera vez va a las Orcadas, es uno de esos individuos que después de oírlo conversar un rato, quedamos contemplando como queriendo penetrar el secreto interior que lo anima. Es el hombre práctico y experimentado de la comisión. Witt, es el único argentino y su sacrificio de destierro importa la futura felicidad de un casamiento. Irrgauz es alemán, tiene 21 años, huérfano y soldado de la guerra.

uestro primer almuerzo se realiza en medio de un silencio escrutador y de amabilidades propias de personas cuyo nacimiento ignorábamos momentos antes. No obstante, todo sonríe a nuestra curiosidad y un ambiente agradable precede al compañerismo y a las simpatías tan características en la vida marinera.

El río picado, comienza a hacer cabecear la nave y los primeros efectos se sienten entre pasajeros y marineros conscriptos. Es un espectáculo cómico y egoísta; los marinos sonríen con protección y luego con disgusto, mientras la víctima agoniza sin morir en una sugestión desesperante. . .

Los oficiales que componen la plana mayor son, como dijo el ministro de Marina al doctor Alvear en el momento de zarpar, todos elegidos y avezados en la navegación de los mares del Sur. El capitán de fragata Costa Palma es el comandante, ex-agrega-do naval a la legación argentina en Chile y designado recientemente para dirigir el Bahía Blanca en su viaje a Europa. El teniente de navio Rafael Miranda, segundo comandante, joven y estudioso, como lo es el oficial de derrota teniente de fragata Ró-mulo Roverano, perito en cuestiones geológicas y discutidor incansable. Siguen después el teniente de fragata González A'rzac, los alféreces de navio Boeri y Rodríguez Blanco y el alférez de fragata Puente, todos del cuerpo general. La dotación de máquinas obedece a las órdenes del teniente de fragata Marotto y los alféreces Denax, Siges y Pedrozo; el primero y el último forman la comisión de "gamela" (comestibles) y cuya actuación fué durante el viaje desde todo punto de vista digna de aplauso. El médico, es el doctor Juan Córdoba, cirujano de la armada. Pilotín, el señor Siches.

Al día siguiente de partir, el estiramiento de los primeros momentos desaparece y las conversaciones en la cámara son ya verdaderos torneos para combatir las largas horas de navegación, el aburrimiento y los recuerdos.

Vamos con proa francamente al Sur, en plena mar, que se presenta en las primeras horas del tercer día intensamente azul. El barómetro en 764 y el viento del S.O. empuja nubes que cubren el cielo, que casi puede decirse ha permanecido en ese estado desde nuestra salida, no obstante se determina la situación, percibiendo la constancia de una corriente del S, de mínima intensidad.

Estamos próximos al bajo fondo de Subra, sito en los 44o 01' 00" S. y 47° 2' 10" O., denunciado por la carta inglesa (2202 B) en la derrota a South Georgia y por barcos que frecuentaron la ruta en el año 1920, encontrando cachiyuyos y sondeando 8 brazas. Queremos pasar por la zona con máxima luz y para tal objeto, aminoramos la velocidad poniendo el Rv. a 145. En efecto, más o menos en el sitio fijado, alcanzamos a percibir cachiyuyos muertos a la deriva, indicio cierto de la proximidad de rocas; se sondea hasta las 170 brazas sin tocar fondo. Lanzamos ocho botellas para el estudio de las corrientes y nuevamente el buque es puesto a su máxima velocidad: 13 millas largas por hora.

Entre tanto, las primeras ballenas aparecen sobre la superficie del mar y los delfines, en rápida carrera, escoltan a trechos el buque. Gran cantidad de albatros cruzan por entre los palos, cuerdas y proa; permaneciendo en ágiles planeos en las corrientes de aire, que produce la popa en la atmósfera. M. Idrac, encaramado en las jarcias, inmóvil, estudia las evoluciones casi exhibicionistas de los albatros, petreles y cormoranes, con una atención que tiene mucho de mística. Tanto es así, que en vez de contemplar el espectáculo, miro, curiosamente, a M. Idrac. . . Los "plactones", manchas provocadas sobre la superficie del mar por una cantidad innumerable de animales microscópicos, primera etapa en la evolución del hombre, según Darwin, aparecen tiñendo de un tono verdoso las aguas inquietas del Atlántico.

Pocas horas más tarde nos informa el oficial de derrota que hemos entrado en la zona de icebergs indicada por las mismas cartas inglesas y por el descenso de la temperatura del mar observada desde el día 26. Como precaución, se aposta un vigía a proa. La expectativa es grande para aquellos que aún siendo marinos, no hemos tenido ocasión de contemplar esas extrañas formaciones polares que el tiempo construye pacientemente en las ignotas regiones de la célebre "gran barrera". La corriente nos tira hacia el N. E. con velocidades variables cada vez más intensas. El barómetro sufre un incremento negativo en la variación de la presión barométrica, que estaba 6 milímetros sobre la media.' El cielo sigue cubierto, el viento arrecia y en los semblantes de mis compañeros noto, sin que lo perciban, la preocupación de algo anormal que va a llegar.

En la cámara, reunida la oficialidad se comenta animadamente las condiciones del bajo fondo de Subra y el vuelo de los albatros. Se emiten opiniones que M. Idrac soporta y refuta con estoicismo y valentía, entre chascarrillos y bromas. El diario, editado en el detall y bajo la dirección anónima de dos oficiales aparece en medio de ovaciones justificadas: caricaturas, crónicas, revistas y hasta el consabido artículo de fondo de todos los periódicos del universo, anunciando su entrada en el mundo de las letras y jurando por la propia fé en la integridad de sus principios democráticos y de combate.

El viento del N.O. que a mediodía soplaba con fuerza, ronda al O.N.O. llevando el barómetro a 749 milímetros, el mar se arbola y el conjunto, a medida que avanza la noche se acentúa en tal forma que imposibilita la retirada a los camarotes. Estamos en un centro de baja presión y de constantes oscilaciones.

San Telmo en la arboladura Mucho viento y mar augura. Y ante estos dos versos que el teniente Miranda pronuncia sonriendo, todos nos precipitamos a proa para contemplar nuestra fatídica luz mala. Sobre la galleta del palo, la extraña fosforescencia marina apenas se percibe. ..Horas más tarde aparece el temporal en toda su intensidad. Acentúanse sobre la tarde muriente las sombras de la noche, como si fuera el prólogo de una tempestad escénica.

El barógrafo traza un diagrama casi vertical y el viento duro aumenta por momentos. En proporción, el mar arbolado levanta olas de una altura enorme, que con razón .lo han hecho famoso en estas latitudes.

La cresta de las olas apenas se insinúa, es deshecha por las rachas y convertida en una llovizna compacta. No hay nada más' impresionante que ver llegar el huracán impetuoso con esa "inmediación de presencia" divina que sentimos en las cosas más' fuertes que nosotros mismos. Ese "algo" que existe, en las tardes de crepúsculos dorados nos emociona y en los desfogues violentos, de la naturaleza nos amedrenta.

¡ Ah, la vida marinera! Cuántos sacrificios y cuántas penas en esta existencia de lucha, de guerra contra los elementos. En la paz, combatimos, y en la guerra. . . ¿acaso no corremos casi las mismas aventuras?... Siempre bajo la constante amenaza del tiempo, de nuestro buque, del peligro inminente, y por sobre todo, alejados de nuestro hogar, sorprendiéndonos a cada regreso, de cómo crecen nuestros hijos y envejece nuestra mujer, de cómo cambia la propia familia. Todo es deber para nosotros, siempre la norma reglamentaria, imperativa, qus nos dice de honor, de patria, de sacrificio. Sobre el dorado brillo de nuestros galones no podemos admitir otro empañe que el de las brisas marinas.

En el puente descubierto del Guardia, el comandante Costa Palma dirige la maniobra. Hasta ahora habíamos "corrido" el temporal, porque así convenía a la ruta trazada, mas las condiciones del barco y en presencia de lo que pudiera durar, se resuelve ponerse a la "capa". La virada se efectúa rápidamente y con éxito. Presentamos al viento la amura de babor con proa al 307o. El barómetro sufre un fuerte incremento positivo de 1.25 mm. por hora y el viento, que era duro de fuerza 8 y 9, adquiere la fuerza 10, huracanado.

Todos rodeamos a Costa Palma, con la certeza de estar en presencia de algo anormal. Su rostro impasible escruta el horizonte, escudriña la perfecta nebulosidad. Nadie dice una palabra, sólo se oye su voz seca y terminante.

—¿Rumbo?

—307.

—315 — corrige.

Una ola rompe en proa y por un momento no vemos más que el agua que cae, que se precipita por trancaniles e imbornales. Un marinero conscripto, aferrado al andarivel, ha sido sorprendido en el mismo medio del alcázar de proa y mira despavorido a ambas bandas, luego echa a correr, resbalando y cayendo hasta el castillo.

—¡ 320! — ordena nuevamente el comandante.

—¡ Aguántese al rumbo ! — repite.

El timonel maniobra con los ojos fuera de órbitas. La noche es negra; resulta imposible percibir la forma en que se presentan las olas, que cruzan el barco de un lado al otro.

Requeridos por sus diferentes servicios, los oficiales descienden del puente; un paso mal dado, podría serles fatal. En la casilla de navegación, Costa Palma, el segundo comandante Miranda, el teniente Roverano, el alférez Puente y yo, asistimos a la lucha desigual, terrible. La situación del buque es más o menos a 1000 millas de la costa más cercana.

—¡ Señor, el timón no gobierna! — exclama de repente el timonel, con angustia.

—; Toda fuerza adelante! — ordena el comandante.

Puente se precipita a la bocina de máquinas y transmite la orden. El buque, sin gobierno, se ha atravesado. Al instante, una ola gigantesca, cuya cresta alcancé a divisar por encima de los pescantes de los botes salvavidas, nos toma por el través. El barco se inclina sobre estribor, como para no volver. La luz de navegación de la misma banda, y cuya altura es de 10 metros verticalmente sobre el mar, se sumerge más de un metro en la superficie. El rolímetro parece dormido, acusa 43° Para mantener el equilibrio casi podríamos pararnos sobre los mamparos. Son momentos de cruel angustia. Poco a poco, trabajosamente, vuelve a su posición normal, y el timón, cediendo, coloca al barco de nuevo a la capa. Esta maniobra es realizada a toda máquina, con el fin de que el buque tome cabeza; puesta la mar en la amura, gradúase nuevamente la velocidad, sin poder evitar que las olas rompan hasta encontrarse la buena marcha. Comienzan los partes:

—¡ Señor! — dice el ayudante de guardia — driza de proa de la antena se ha roto y ha quedado en banda.

—Incomunicados — nos dice el oficial, y manda — ¡ Qué se arríe!

—Con permiso — exclama un marinero correntino — se ha torcido el farol de situación y se ha roto el vidrio "catedrático". Es el vidrio catadrióptico.

—'¡ Qué más!

—(Se han cortado las dos drizas de correderas, perdiéndose las hélices; la mesa de la cámara de oficiales saltó de su sitio.. .

El viento arrachado acusa la máxima velocidad de 45 metros por segundo. Una ola enorme, de 10 metros de altura, rompe en la toldilla de popa; destroza el enjaretado del timón, destrinca los cajones de nafta, que caen al mar, y la lumbrera queda deshecha. El agua se precipita en toneladas en las camaretas. Es una avería seria. Inmediatamente el contramaestre Valdez se dispone a subsanar el desperfecto, y una lona trincada como se puede, aminora el embarque. Dispónese de una bomba de achique, y todo el mundo trabaja ansiosamente.

La culebra de la cangreja se despasa y la vela comienza a gualdrapear furiosamente al viento. Desde el puente de mando vemos el espectáculo, sorprendidos, mientras la escota amenazante castiga fuertemente lo que encuentra a su paso. El personal que trabaja en popa acude precipitadamente a aferraría, y pocos minutos después un valiente marinero es izado en la guindola que se balancea temerariamente con los rolidos, al ras de jarcias y palo. . .

Y las largas horas de la noche pasan como siglos, por el cansancio de nuestros nervios sobreexitados.

Con el alba, el temporal amaina; más, por la noche, vuelve a aparecer con igual intensidad. El barógrafo produce curvas curiosas y repentinas, que no son más que las de un fenómeno circulatorio en el hemisferio Sur. Caemos nuevamente a la capa del segundo temporal.

Al día siguiente, I de Marzo, entre chubascos de granizo, capeamos el tercer temporal en las mismas condiciones desfavorables del primero y con más duración. El viento ronda por la mala vuelta, es decir, en el sentido contrario a las agujas de un reloj, y el mediodía del 2 nos sorprende aún con la amura a la defensa

Nuestros cuerpos están ya en un punto de insensibilidad, sobre los que el sueño y el cansancio no obran sino como medio de excitación. Hay momentos que me parece que nunca hubiese dormido.

En medio de todas estas situaciones absorbentes, no perdemos aún el recuerdo de Buenos Aires, pensamos que es Carnaval y que allá, en la gran ciudad, se baila, se ríe,

Por estribor dejamos punta Larsen, por babor Sanders, que marcamos simultáneamente, maniobrando sobre la primera banda y sobre punta Monumento. En plena bahía Cumberland la caleta King Edward, donde fondeamos, se nos muestra como el más seguro abrigo natural que pudiera existir. En el fondo Gritviken, la factoría argentina de pesca de ballena.

La superficie del agua azul se encuentra materialmente oculta por las palomas del cabo, que en millares picotean los desperdicios del cetáceo. Un olor imposible que penetra todas las dependencias del buque con rapidez asfixiante nos produce náuseas, y en los primeros momentos el malestar estomacal se traduce en los mismos efectos del mareo de nuestros neófitos. Todo se paga.

Sobre la costa, la fábrica de aceite comienza el trabajo. Varias ballenas boyando a la vera de la playa, esperan ser descuartizadas por las poderosas máquinas con que cuenta la Pesquera Argentina. Salen y entran balleneros, produciendo el efecto de una intensa vida de trabajo.

El monte Paget emerge su cónica silueta por detrás de la factoría, como dominando el conjunto de la isla. Sobre las escarpadas laderas de la cadena ni un árbol aparece; de cuando en cuando el hilo cristalino de un chorrillo y el semiverde de la vegetación raquítica. Turba y roca son los atributos de esta desolada tierra. Siguiendo la forma de la costa de la caleta aparecen las distintas dependencias de la compañía y más allá, un poco retirado, el cementerio donde reposan los restos de Shackleton. En frente la casa-habitación del "magistrate" inglés que cobra impuestos y mantiene soberanía.

Recibimos a bordo la visita del señor Esbensen, gerente y secretario de la Pesquera. Un momento después el señor Parlas y el jefe de policía. Toda esta gente, aunque alegre por nuestra llegada, nos trae de tierra el frío glacial y la soledad de su vida. Trato de escrutar el menor de sus movimientos para encontrar la explicación de ese temperamento que les permite soportar o vivir diferentemente a mí. No es gran cosa la conclusión a que arribo: es gente que "tout simplement" vive en Georgia del Sur...

No bien me encuentro libre, mi primera visita es al mausoleo del sabio explorador. El camino es molesto. Me entierro en la turba hasta las rodillas, doy tumbos y más de una vez caigo. Por fin, llego al cementerio, circundado de una empalizada pintada con cal. Cruces de madera, algunas de material, sobresalen simétricamente en el reducido terreno; al fondo, una tumba mejor arreglada que las otras, atrae mi atención, llego a ella y leo: "Sir Ernest Shackleton". Nada más pobre, ni quizá más elocuente que esta simplicidad, que este descanso sencillo y apacible del gran hombre. Todo duerme con él; el silencio, la quietud, la soledad de este rincón del mundo, tan a propósito para el largo sueño. ..

Una sincera emoción me embarga, y en un instante recorro su vida aventurera, tan llena de nobles sacrificios e ideales. El fué quien en un bote de isla Elefante recorrió 600 millas hasta Georgia, para llevar auxilio a sus compañeros; él fué quien cruzó a pie los 107 kilómetros de escarpadas montañas de esta isla, con éxito incomprensible; el que vivió entre hielos, que sacrificó toda su existencia en aras de un ideal y que murió al emprender la travesía que quizá pensaba le diera la gloria sin sospechar que ya era suya. .. Sobre la tumba, placas del Guardia Nacional en el viaje pasado, del Yacht Club Argentino, de sociedades uruguayas, se encuentran dispersas; más, ninguno de estos homenajes habla tanto como esa augusta pobreza de la cruz carcomida y de la maleza que, por extraña antítesis regional, crece lozana, pero triste, en el lugar. . .

Vuelvo a bordo, donde el gobernador celebra nuestro feliz arribo. En inglés chapurreamos los brindis, que se continúan horas después en su casa particular con buena bebida que no paga derechos... El frío es intenso, cae ahora la nieve, en la chimenea arden grandes trozos de carbón de piedra, y todo invita a beber tranquilamente en tierra, el buen whisky del señor gobernador. . .

Momentos después me anuncian que el ballenero que debe conducir a Orcadas el personal de la comisión está listo para zarpar .. .

South Georgia: —La caza de la ballena

Son las 22. El cielo, surcado en todo el horizonte por veloces cúmulus, que al pasar por el creciente de la luna, proyectan sombras obscuras, ennegreciendo más que la noche, el conjunto de la bahía.

La nevada ha sido dura y todo blanquea con aspecto de fosforescencia, cuando un rayo, como lamiendo, se desliza tenuemente por la superficie de las cosas. El espectáculo, magnificado por lo que para nosotros tiene de exótico, adquiere por momentos contornos de visión: las altas montañas que rodean el fondeadero, cubiertas de nieve hasta la cima; el agua tranquila sobre la cual navegan a la deriva pequeños trozos de hielo, que se chocan con ruido de cristales rotos ; el graznido de una paloma del cabo, de una avutarda, y allá lejos, imprecisamente, como si fuera el eco de las gargantas rocosas, el aullido aislado, desconcertante, de lobos o elefantes marinos. .. Las luces de la factoría y las de a bordo, se multiplican en la marejadilla de onda en onda, y a veces parece que el reflejo fuera vertical-mente al fondo, y otras, que se quedara en la superficie como boyando.

Vamos a zarpar en el ballenero con el fin de cazar ballenas y leopardos. Fuera, el mar está arbolado, sopla viento fuerte, más los rayos de la luna son tan serenos, que nos contagian su augusta placidez. . .

Lárganse amarras, y al poco rato, enfrentando punta Sapho, barajamos la costa buscando un abrigo que nos permita no sólo pasar el resto de la noche, sino que sea también estratégico punto de partida aprovechable a la primera claridad del día.

Ya anclados, todo es quietud y silencio; estado que provoca en nosotros imperiosos deseos de gritar y movernos hasta romper esa solemnidad que nos rodea; que a algunos entusiasma, a otros exaspera y a los más incomprensivamente, les comunica una nerviosidad cobarde, y a veces femenina... ¡ Skaal! ¡ Skaal! ¡ Skaal!. . . Estos noruegos son terribles, de una resistencia admirable. Viven en el mar, de caza, hasta cinco y seis días consecutivos sin dormir, siempre alerta en la navegación y en la faena; vuelven a tierra el tiempo necesario para cargar carbón y víveres, y otra vez a la mar. . .

¿Cuándo duermen? ¿Cuándo descansan?... Es lo que pregunto; pero, como nadie me entiende o probablemente, porque ellos mismos no lo saben, quedóme sin conocer cuáles son sus horas íntimas y tranquilas. . .

El desplazamiento de un ballenero es alrededor de 150 toneladas. Su velocidad es superior a 10 millas; y consume por singladura (cada 24 horas) de 7 a 8 toneladas de carbón. Carga en sus carboneras 80 toneladas de combustible y en sus tanques 15 toneladas de agua. El número total de balleneros es actualmente de 28.

Es de imaginarse que en tales embarcaciones, la navegación no es muy agradable y que al novicio lo impresiona sobremanera la forma cómo se defiende cuando soplan los terribles temporales australes, en que el viento, como nos tocó al salir de Buenos Aires, alcanzara velocidades de 45 metros por segundo. Más, a poco de navegar, es fácil darse cuenta de sus eximias condiciones marineras y de lo a propósito de su construcción, idea especialísima para los rigores de las latitudes antarticas. Siempre sobre la cresta de las olas, se resiste a quedarse en el seno de ellas, hace cabeza admirablemente : semeja a. veces, una boya, y otras, un submarino. Es un verdadero sport la caza de la ballena, con el encanto inapreciable, de que uno lo ejecuta "de veras", con el peligro consiguiente.

Ya vamos a zarpar al mar libre, cuando sobre la playa, entre un matorral de pajas muy parecidas a la cortadera, alcanzamos a divisar los relucientes contornos de lobos, elefantes y leopardos marinos. No podemos resistir la deliciosa tentación de matar, y en un chinchorro, a los bandazos, llegamos a la costa, maltrechos y friolentos.

Desembarcamos el teniente de navio Miranda, el teniente González (el célebre marinero), Rodríguez Blanco, Mayohofer, de la A'acional Film, y yo. Se trata de cortarles la retirada por la playa a fin de evitar se lancen al agua, lo que burlaría nuestros deseos de conseguir presa.

Avanzamos en abanico hacia el punto donde se concentran el mayor número. Empuñamos, al azar, garrotes, máusers y revólveres. Esvensen, el gerente de la compañía que ha quedado a bordo, nos grita con el megáfono cosas que no entendemos, pero que provocan inusitado movimiento en el pajonal. Junto a una roca, un pingüino real pretende asustarme con su graznido de ganso : un buen palo en la cabeza me reporta horas después el beneficio de un pequeño pero precioso cuero. . .

A poca distancia de los lobos, detenemos la marcha. Estos, advertidos de nuestra presencia, pretenden huir intentado romper el "frente"' que formamos. Un elefante de mar de dimensiones colosales para su especie, abre tamañas fauces, en la que fácilmente caben tres cabezas de hombre y avanza hacia nosotros arrastrándose con relativa velocidad. El peligro consiste para los cazadores en perder pie e incautamente ponerse al alcance de su formidable dentadura. El tiro debe ser certero, para que sea mortal ; en el atlas, en plena nuca, de lo contrario, el animal no muere sino tras lenta agonía que dura varios días.

Es un bello ejemplar cuyo cuero debe alcanzar buenas dimensiones. Suena una detonación, luego otra. No ha sido feliz el tirador, ha dado mal en el blanco, pero los palos terminan la obra cumplidamente. Empieza entonces una verdadera batalla entre hombres y bestias. El garrote gira en todas direcciones, manejado con ardor sin igual, las armas se cargan- nuevamente, y es aquello, todo un torneo. Por sobre los caídos pasamos a castigar a los que quedan: tiros, palos y gritos; de repente un salto felino nos sorprende a nosotros mismos; es que unos colmillos enormes han estado a punto de cogernos. Nos volvemos de goma,

La pequeña manada que viene a nuestro encuentro está compuesta por cinco ejemplares de la llamada azul. Ahora sí, a primera vista, se destaca la de mayor volumen de entre ellas. Al enfrentar la aleta, desvían de golpe la ruta y corren por la banda alejándose por popa. Paciencia. Vira el balleñero, tomando el mar de través; nos trincamos a lo que hay a nuestro alcance. Damos ahora una vuelta grande para que las ballenas vengan nuevamente a nuestro encuentro. A bordo todo está dispuesto, el cable vibra impaciente. Una ola al romper alcanza al vigía. .. Ya están cerca, el blanco se destaca, por suerte de las otras. ¡ Toda marcha!... se ordena. Y mar. ballenero. hombres, nos confundimos en medio de un laberinto. Retumba el cañón y el cable con ruido desconcertante arranca de su sitio... El animal ha sido tomado en la mitad de su cuerpo. Un estampido sordo y ronco se oye a los pocos segundos; la granada ha explotado en el interior. Crujen los fierros, el casco, todo el barco, mientras se le da cable al cetáceo que dispara en contorsiones y cabriolerías incomparables; su velocidad atemoriza. .. Entretanto se dispone a bordo lo necesario para ''cobrar", y mientras el barco "aguanta" con toda la marcha atrás el arrastre que le produce la velocidad de la víctima, va cobrando, acercándose poco a poco. Es un espectáculo que no creo exista otro igual, como emoción, como intensidad. . . .

La ballena ha muerto ya, inyéctasele aire para que boye, clávasele una bandera que marca la propiedad de la compañía y ahí queda, hasta que, dando por terminada la caza, volvamos a buscarla.

En persecución de la segunda no es tan feliz como la de la anterior. Disparado el primer arponazo, éste atraviesa de lado a lado al animal, poco corpulento; la granada explota fuera y una lluvia de pequeños trozos de hierro nos sorprende sobre cubierta... Mal sujeto en consecuencia por los garfios del arpón, el cetáceo, sin estar herido de muerte, pone a la embarcación en peligro. Sumérgese unos 50 metros de cable y hay que dar marcha atrás y trazar una trayectoria de círculo alrededor del cable para contrarrestar la fuerza que tira hacia abajo. Son los momentos de angustia, que nosotros contemplamos con estupor. Unos cinco minutos después, aparece la overa figura sobre la superficie; un segundo arponazo, éste bien certero, termina con ella.

Al tercer día de caza dárnosla por terminada. Juntamos las piezas y con cinco ballenas amarradas a proa, en la que el mar no rompe por el aceite que despiden, iniciamos el regreso a la isla.

Antes de llegar, presenciamos un espectáculo verdaderamente maravilloso, y que el mar nos lo revela como un precioso regalo a nosotros los marinos; dos azules corren a la par; aparecen y desaparecen jugueteando, juntan sus barbas, rozan sus cuerpos. De repente las dos unidas por el vientre, se levantan verticalmente cual largas son, sobre la superficie del mar. Es algo indescriptible. Permanecen así unos segundos y luego, con suavidad, con cansancio, se deslizan hasta las olas que surcan perezosamente. Es el misterio nupcial de las ballenas. . .

De regreso a Gritviken con el producto de la caza, Esvensen, el gerente general de la Compañía de Pesca Argentina me invita a almorzar.

—Venga usted — me dice en su media lengua noruega — le esperaré con un menú que le llamará la atención.

Después de cuatro días de cacería en los insoportables balleneros, no se tiene muy dispuesto el ánimo para aceptar convites, antes por el contrario, lo único que se desea es el momento de estar solo en el cómodo camarote del Guardia para dormir y descansar . . . ¡ Dormir !. . . No obstante, resuélvome. Como buen porteño, llego tarde; el primer plato está servido, todo el mundo en la mesa. ..

Mr. Esvensen vive allí con su señora y su hijita, una preciosa chiquilla de mejillas de cereza y cabellos dorados.

Un sirviente vestido de saco y corbata blanca, sirve el almuerzo con seriedad y corrección, y en el más pequeño detalle, es imposible distinguir diferencias de vida o de confort. Las buenas estufas consumen grandes trozos de carbón de piedra, los "panneaux" que adornan la estancia, colgaduras y alfombras, mantienen la armonía de severos colores; todo es circunspecto y bien : un pedazo de Buenos Aires.

—Delicado este consomé, señora — digo a la dueña de casa.

Esvensen sonríe satisfecho y me contesta: —Pues es de reno. Y me explica que en la isla, perdidos por las montañas, vagabundean cuatrocientos renos, producto de una pareja que no me acuerdo quién, trajo de Noruega. Luego, se suceden platos de carne de ballena, pechuga de pingüino y al último como reparación, una "cotelette de porc" preparada a la francesa. Vinos blanco y tinto, patisserie, frutas (!)... y ¡qué sé yo! Todo delicado; no sé si porque ese día estaba dispuesto a encontrarlo todo bien o porque en realidad, aquello pasaba los limites de mis suposiciones. . . Luego, en las poltronas del "fumoir", gustamos las delicias de cigarros y licores. Esvensen me habla de la pesca, de la factoría, de su vida, de sus largos viajes, mientras yo, escuchando pienso en lo lindo que seria terminar esta traviesa vida mía de marino soltero, en un nido como éste, lejos de los tranvías, de los ómnibus, del ministerio, de la preocupación del prójimo. . .

—Quiero mucho a la Argentina, díceme mi anfitrión; he vivido muchos años por sus costas. Es un país rico, pero que ignora sus riquezas. Usted no se imagina la incalculable riqueza que poseen en la Patagonia: la pesca, es algo que les podría rendir cifras imprevistas. Leyes protectoras, liberales es lo que necesitan dictar, y no crear como ahora, trabas y gravámenes a las industrias, que no sólo dificultan su expansión, sino que la imposibilitan totalmente. Yo he intentado dedicarme a ese trabajo en Buenos Aires. Poseía barcos pesqueros que en la costa argentina recogían buena cantidad de mil variedades de peces; pero, eran tales los impuestos y los inconvenientes para la venta que desistí a las primeras remesas y como yo otros tantos. Eso hace mucho mal a su pais. Y agitando con entusiasmo su calloso dedo índice, agrega: Es que no piensan en otros detalles más importantes. Por ejemplo : la población marinera que necesitan formar... Porque ustedes, son de las naciones que por sus condiciones geográficas, por la larga extensión de costas y por la naturaleza de los mares del Sur necesitan imprescindiblemente gente avezada en la navegación costera, no sólo para la defensa nacional sino para el desarrollo de las industrias que por el momento progresan, multiplicando las necesidades de comunicación y mil otras relaciones derivadas.

Después, perdiendo la ilación de su discurso y excitándose con simpático encono, exclama:

¿ Sabe lo que a veces se me ocurre pensar que necesitarían ustedes ?

—¡ Una guerra !. . . Sí, señor ; no me mire usted así. ¡ Una guerra! Como lo oye. Así aprenderían muchas cosas que les faltan. Adquirirían experiencia de golpe. Se harían más egoístas y previsores.

Y exaltándose más aún, al ver mi sonrisa incrédula y sorprendida, termina con una consideración ante la cual no puedo menos que lanzar una sonora carcajada.

—Es que usted no sabe, me dice, que algunos países, como los hombres, necesitan de cuando en cuando una paliza.

Esvensen, al escucharse, ríe conmigo. Y yo pienso cuánta verdad y elocuencia encierran ciertas cosas pensadas y expresadas tan sencillamente. . .

Me obliga a cargar mi petaca y tomándome cariñosamente del brazo, exclama:

—Dejémonos de estas cosas. Discúlpeme. Como rara vez hablo en esta isla con personas como usted, cuando me visitan las aprovecho, para saciar todos mis deseos contenidos de charla. Vamos, le mostraré a usted la factoría. ..

A poco de caminar sobre la nieve y cuando lejos de su señora, cree que ésta no podrá oírlo, guiñando un ojo me pregunta, insinuante y con toda picardía:

i Siempre muchas muchachas por la Avenida de Mayo ?

La isla de Georgia del Sur, abarca una extensión de 1070 kilómetros cuadrados de abruptas montañas, que imposibilitan las comunicaciones con el interior. Por eso, su población se encuentra diseminada en la costa donde los abrigos naturales protegen contra la constante inclemencia de mar y vientos y aseguran cómodo asilo a las poblaciones.

Mil quinientos hombres y cinco mujeres constituyen el número de los habitantes de Georgia, divididos en las distintas factorías existentes. Por expresa disposición no se permite al personal que tenga consigo sus mujeres; las que residen, son de los gerentes o administradores a quienes se les ha concedido ese privilegio.

La primera pesquería que se instaló en South Georgia, es la de la Compañía Argentina, cuyo gerente, desde el año 1904 hasta 1914, fué el célebre Larsen (padre), ex-comandante del Antartic en la expedición cuyo salvataje hizo la corbeta Uruguay. Desde 1922 está al frente de la misma el señor Esvensen, quien ha sido ya gerente de compañías noruegas y capitán de buques mercantes que efectuaban la travesía a la isla.

Cinco compañías existen en total: dos noruegas en puerto Hywik y Stromness. con tres y cinco balleneros, respectivamente: otra noruega, flotante, con dos balleneros; y dos inglesas en Seith y Prins Olaf, con cinco y cuatro balleneros cada una. El personal de las estaciones varía entre 270 y 365 hombres, siendo esta última cantidad el total de la Pesquera Argentina.

La caza, reglamentada por Inglaterra, merma de año en año en proporciones alarmantes. De ahí que las restricciones sean hoy día severas, con el fin de provocar el resurgimiento del cetáceo, sobre todo, de aquel que en la industria contribuya con un porcentaje mayor de aceite. La ballena "blue", que es una de las más grandes, pues alcanza a veces 35 y más metros de largo por 5 de diámetro, lo proporciona de buena calidad; su persecución no está prohibida, y es la que más se persigue. En cambio, la "gibosa" no puede cazarse. El cachalote y la boreal, aunque permitida, rara vez se consigue encontrar un ejemplar. Una ballena azul produce 250 barriles de aceite, la blanca 100. También se persigue a los lobos y elefantes por el mismo producto y se ha llegado a sacar, en una sola época, hasta 6.137 barriles, que importan 30.685 libras esterlinas.

En cuanto al aceite, es de varias calidades, que en el comercio se aprecian diversamente: el o y el 1, denominados de grasa, porque se fabrican con el tocino y partes limpias. El 2 y el 3, de huesos, carne y grasas viejas. El 4, de residuos o de segundo cocimiento. El más solicitado es el de calidad o. El precio mejor oscila en los 0.50 centavos el kilo, usándose, para la fabricación de la margarina, glícerina y lubrificantes.

La producción total el año pasado, fué de 350.000 barriles, que implican 60.000 toneladas. En el mes de marzo del corriente año, la Pesquera Argentina, sola, llegaba a 35.000 barriles, más o menos, cantidad menor que en otras épocas. Inglaterra, de aquella isla que algunos creyeron improductiva, percibe como impuesto 1.000.000 de pesos anuales.

En efecto, una usina de 20.000 caballos proporciona fuerza motriz y luz a toda la población. Los guinches que izan las ballenas sobre la playa de descuartizamiento, son a motores eléctricos de gran potencia; y el sistema de calderas divididas para los distintos cocimientos que producen las diversas clases de aceite es de lo más completo : en un pabellón, para el de mejor calidad, entra el tocino, etc., en otro, en frente, carne y órganos y en una plataforma elevada se trituran los huesos que caen en la respectiva caldera. En otro, cuerpo de la fábrica de guano, renglón importante de la factoría, he visto cargar en la fragata Fortuna, 12.000 bolsas con destino a Inglaterra. Más alejados, los depósitos con sus caños de vapor, que los mantienen a temperatura adecuada, y más allá, la población con sus dormitorios, comedores, almacén, iglesia, chiquero con 200 cerdos, tambo que parece un invernáculo, en fin, no falta nada. A esto habrá que agregar la fábrica de arpones, herrería, astillero, carpintería, etc. Un pequeño pueblo que se basta a sí mismo, sin ampulosos nombres democráticos...

Esvensen, amablemente me explica el menor detalle, y a medida que habla va repartiendo órdenes en todas las dependencias, en el mismo tono, cariñosamente. El día se obscurece, y la pitada fabril que termina el trabajo se repite en la lejanía por las gargantas de las montañas. Georgia va a dormir.

Derrota South-Georgia a Ushuaia

Cumplido ya el objeto de nuestra recalada en Georgia y después de diez y siete días de estadía en la isla, es necesario zarpar con destino a Ushuaia, máxime cuando la estación invernal que se aproxima puede reservarnos ingratas sorpresas. Y en efecto, una helada mañana, el 17 de marzo, levamos ancla, recogemos las amarras y con el barco casi en lastre, ponemos proa al sur de las Malvinas.

Navegamos en pleno Antartico, soportando los intensos vientos polares y las corrientes marinas de Georgia y del cabo de Hornos, que como la de Humboldt, nos obliga a marchar con varios grados de abatimiento. Poco a poco, la costa solitaria desaparece entre la colina que la envuelve, y su último picacho, el Paget, que casi adivinamos en lontananza, nos deja en el ánimo una impresión de soledad y desamparo.

Aunque soy marino, el hecho de surcar con este pequeño barco las aguas antarticas, me llena de un cierto orgullo profesional, traducido en mi apostura de pavo real en el puente de mando. Como tengo compañeros que no son tontos me adivinan el perdonable "faible", y he aquí, porqué creyendo satisfacer mi vanidad, por turno, vienen a decirme en la casilla de navegación:

—j Pero usted está haciendo una verdadera "peludiada" !.. .

(1) Fotografía tomada el año 1898 durante la travesía de este transporte hasta Punta Piedras conduciendo la comisión e invitados que hicieron entrega del cofre con la bandera de guerra ofrecida al acorazado San Martín por una subscripción pública iniciada por la sociedad La Argentina. Esta comitiva se embarcó a las 20 horas en la Dársena Sud en el transporte Azopardo, Cap. Teniente de Fragata Félix Ponsati, y fué conducida al Guardia, fondeado en balizas exteriores transbordándose por la escala de gato de éste, mientras los faros de la fragata Sarmiento recién arribada a nuestro puerto, iluminaba la escena con sus poderosos reflectores El Guardia, en lastre, poco después se puso en marcha. Era su capitán el Teniente de Navio José Moneta y entre sus oficiales figuraban los alféreces Carlos Rivero y Carlos M. Valladares. A este último se le ve de guardia en el puente.

— !Uf!. . . — contesto, ya en la cuenta. Y la tontera — con ventaja para mi discreción — se pierde dentro de sí misma como la cola del macho fatuo cuando intenta y se frustra en ocasiones.. .

El tiempo, muy calmoso y con tendencia a cerrarse con niebla, nuestra mortal enemiga de todo el viaje, se mantiene en un estado indeciso, ora aclarando y cerrándose a ratos. Inmediatamente se dispone tratar de evitar los ''bancos de niebla" (extensiones de niebla compacta) para lo cual abrimos el rumbo con frecuencia.

Dos horas después de zarpar, por el través de babor, un enorme témpano de unos 1500 metros de largo y 70 de alto pasa como a 50 metros del buque. Al instante, se toman todas las precauciones debidas: varios vigías a* proa, doble guardia de oficiales en el puente y vigía en la torre de observación.

A. mediodía* navegando con viento NNO. fresco, el cielo se cubre totalmente y la niebla baja se presenta cada vez más cerrada. Estando de guardia en este cuarto, anoto lo siguiente en el diario de navegación:

"A las 13 horas se pasó por el través de un iceberg; a 13 horas 10 minutos por estribor otro iceberg; a 13 horas 30, dos "pack"; a 14 horas se avistó por la amura de estribor y entre la niebla cerrada un iceberg; a 14 horas 10, dos icebergs; a las 15 horas dos icebergs grandes por estribor y dos por babor", etc.

En el cuarto de guardia siguiente se aclara la niebla, para volverse a cerrar horas después. Sin embargo, para fortuna nuestra, no hemos entrado aún en la zona máxima de hielo, de manera, que bien pudiera ser, la tomáramos con tiempo despejado.. La enorme cantidad de témpanos hallada, es, por otra parte, explicable. La época avanzada se señala en aquellas latitudes por los desprendimientos de lo que se llama en el círculo polar, "la gran barrera", es decir, la muralla de hielo que circunda la región del polo; estos témpanos desprendidos son llevados por la corriente y los vientos hacia el centro del Atlántico, hasta muy al Xorte, en regiones que como la latitud que coincide con el Chubut no es propicia para su duración. La corriente de Humboldt, o sea la que pasa por el cabo de Hornos los empuja, como digo, al centro del Atlántico en una trayectoria que muestra el sentido de su dirección por el SE. de las islas Malvinas. También es otra razón, la de que este año, en las regiones antarticas no ha habido materialmente verano. No se han registrado deshielos comunes a la época y muchas bahías, como la de Scotia en las Oreadas, no han roto su dura capa de hielo.

Las islas del Atlántico Sur, como Georgia, ofrecen por el Norte un gran reparo para los hielos que vienen del Sur. En consecuencia, por los costados Este y Oeste los témpanos se acumulan en su paso hacia el Norte, produciendo los extensos ''campos de hielo" que las rodean. Nuestros cálculos y predicciones nos indican como zona máxima en toda la región, unas 10 millas al Oeste de Georgia hasta otras tantas de la extremidad austral de las Malvinas y en dirección Este.

Es difícil distinguir los icebergs entre la niebla, de noche y de noche con niebla. Tal es así, que después de un cierto tiempo de observar, la vista se irrita sobremanera, se excitan los nervios, siendo muy fácil confundir o sufrir verdaderas alucinaciones. En las noches claras o por lo menos despejadas, el "ice-binck" o sea una especie de fosforescencia que despide el blancor del hielo, es visible a largas distancias, más cuando hay niebla, suele verse — si se ve — la masa sólida, un poco, pero tenuemente, más obscura que la atmósfera; de noche esta diferencia es casi imposible percibirla. Otras formas de distinción son las de escuchar la rompiente del mar sobre la masa dura, el eco que producen las pitadas de a bordo sobre las superficies planas, la baja de la temperatura del agua al aproximarse un témpano, pero todo ello, en la práctica, no es aceptable, porque no puede servir como indicio seguro la no comprobación de estas formas, y por otra parte, en el tiempo que se realiza la experiencia, es muy posible, que uno adquiera la certeza por el mismo e instantáneo hundimiento de la nave en el caso de colisión. . .

La niebla se cierra cada vez más y la extensión de los "bancos" a medida que nos aproximamos a la zona máxima, es más larga. Vivimos en una constante zozobra e inquietud. Los témpanos se multiplican en número y la marcha lentísima del Guardia lleva miras de no terminar nunca; hace dos días con sus noches que nadie descansa a bordo.

El médico no hace más que exclamar: "¡ Ay, Dios de mi alma!. . . a cada ruido del cenicero de las máquinas. El comandante cuando escruta el horizonte, pone una cara napoleónica (de Waterloo) que para mí es todo un barógrafo. El teniente Miranda se restrega las manos, compone el pecho y me pregunta con una exclamación: —\ Cómo estarán en Buenos Aires !... Boeri le dice a un pasajero un tanto timorato : —-Si nos escapamos de ésta. .. El pasajero suspira y el alférez sonríe guiñándome un ojo... El médico se levanta y se va al camarote...

El contador Dufour, que viene del puente con paraguas (!), entra en la cámara rojo de frío. —¿Y?... — inquirimos.

i Y. .. — repite — no se ve ni la proa! La obscuridad de la noche se cierne súbitamente sobre nosotros y la atmósfera lechosa se hace más densa, estamos rodeados de témpanos, el barco no camina. Toda la tripulación escudriña ávidamente como con una venda en los ojos.

—Prefiero mil temporales y no estas nieblas australes — exclama un compañero. Y tiene razón; en el temporal se ve, se defiende al barco, calcúlase la ola, el viento, la fuerza, todo; en la niebla, nada puede hacerse, sino detener la marcha y esperar a la buena de Dios, no suceda lo terrible: el choque contra un iceberg.

Rodríguez Blanco está de guardia. —A estribor, ¡ cuidado! — exclama de repente.

Todos buscamos en la penumbra el témpano anunciado. Ninguno lo distingue. Pero a unos sesenta metros se yergue la mole blanca amenazante.

Todo el timón a la banda! — Grita el comandante. El buque vira, más en el preciso momento que evita la catástrofe, la voz del alférez Puente se oye enérgica: —i Cuidado a babor!... A cincuenta metros no más, traicioneramente, el mar rompe con estrépito sobre el veril de otro témpano. Ya no es posible virar. Costa Palma se precipita a la bocina de máquinas:

—'i Toda marcha atrás! — ordena. Sentimos la campana de máquinas, las revoluciones de la hélice, vemos la espuma del agua que llega hasta la proa, pero el buque sigue avanzando... El témpano viene hacia nosotros con una velocidad de dos millas por hora... Faltan unos veinte metros para llegar a él.

La respiración se suspende, el corazón no late, la vida se concentra íntegra en los ojos... Ya está, ¡adiós!... Y cierro los ojos. Pero en el instante en que la proa va a tocar, las máquinas obligan al barco lentamente a alejarse. Cuatro minutos dura la maniobra. Ya nos consideramos salvados, libres del peligro, cuando el contador Dufour, exclama: —i Por popa!. ..

Y en efecto, detrás, por sobre el castillo, aparece un iceberg que la luz de las camaretas (que no es necesario apagar) alcanzan con su resplandor. Es de volverse loco. Ya ni veo cómo se evita. Con la conciencia de que esa noche es la última de todos nosotros, bajo a la cámara, donde sobre una silla el sueño aplastador me rinde...

Cinco días con sus noches se mantiene la niebla cerrada, ocultando a nuestra vista, los témpanos que en número increíble rodean el barco. Navegamos en medio de una verdadera ciudad de hielo. Cuando, por momentos, la niebla aclara, se maniobra sobre éste o aquél témpano, teniendo cuidado de que la popa no verile o que la mínima velocidad no anule el gobierno del timón. Cuando la niebla se cierra entonces, a ciegas, avanzamos por entre el semillero de los solitarios navegantes con algo de esfinge en su presencia desconcertante. Y por la noche, cerrado el horizonte, el interrogante de esta travesía se presenta a nuestro espíritu con toda la profundidad de las cosas fatales, infinitamente bellas...

Pero la calma marinera es un don precioso que se adquiere en el perenne contacto con la naturaleza y sus elementos: en las largas horas de la guardia aprendiendo a desafiar los peligros habituales, no falta quien impíamente alardee de buen humor y valentía. En los espíritus timoratos, el chiste entra como saeta, la broma parece una blasfemia y las miradas de encono, producen malévola fruición en quien lo dice. Se improvisan juegos de vocablos, se habla con desprecio de la muerte, se ridiculiza una que otra creencia mediocre, en fin, gustamos el indeleble placer de desconcertar. . .

—-¿Qué tal, cómo están las cosas? — me pregunta alguien cuando desciendo a la cámara en busca de un café hirviente que me produzca calor.

—Mal, mal, mi amigo — contesto —; esto está serio. He oído decir al comandante que nos volvemos a Georgia. ..

— ?

—Y convendrá lanzar al mar unas botellas fijando el sitio, por si nos fuéramos a pique. . .

—Hay que ser cortés con el mundo. ¿ Cómo vamos a dejarlo ignorar nuestra muerte? Piense que en París pueden llegar a saber que navegamos, ¿y cómo es posible no comunicarles el hundimiento?...

En cuanto a las cuestiones particulares, no se aflija; los testamentos en botellas son válidos. . .

Como mi oyente está nervioso e irritante, paso por alto su contestación, que no queda bien insertar en crónicas periodísticas. Así, enojado, se pone deliciosamente ridículo, y las risas de mis compañeros ahogan sus protestas de indiferente coraje. . .

Tantos días de mal tiempo debían tener una compensación : la última noche que cruzamos la zona de hielo, es de luna llena.

¿Cómo describir la belleza incomparable y la extraña poesía del cuadro ? ¿ Cómo transmitir la intensa emoción del espectáculo, único en la vida? Paréceme imposible. Sólo puedo decir que hay momentos que la conciencia de la diminuta personalidad humana se hace profundamente cierta, más en otros, el alma se ensancha tan infinitamente, que se inunda de verdadera luz espiritual. . . Y la figura de Walt Witmann aparece tras el conjunto, abrazando en su propio amor el mundo maravilloso...

El mar casi cubierto de témpanos, de las formas más caprichosas que puedan imaginarse, sobre cuyas aristas y relieves, la luna, más de plata que nunca, arroja su tonalidad incolora.

Sobre la superficie del agua, multiplicándose en caricias de onda en onda y sobre la nave, ennegreciendo el humo de las chimeneas y proyectando fantásticas sombras sobre cubierta. Es tal el silencio y la quietud del momento que nadie, por suerte, se atreve a romperlo con banales comentarios. Se diría que el buque carbonero al deslizarse tan calladamente sobre las aguas antarticas, se escuchara a sí mismo la vibración de su alma errante. . .

Dos días después, a media noche, el faro de Año Nuevo nos produjo intensa alegría. Al día siguiente cruzamos el Lemaire. Pocas horas después el canal Beagle.

La vegetación regional se presenta aquí feraz y lujuriosa, en un raro esplendor tropical. Acostumbrando a soñarla a través del helado manto de nieve, el contraste Seduce y más semeja visitar las herborosas costas brasileñas o las selvas misioneras que los australes confines de la patria.

Los f'agus, cooíbos, heléchos y margaritas, alfombran las montañas, cruzadas de trecho en trecho por el hilo brillante y cristalino de los hielos, que desde lo alto se deslizan serpenteando con capricho hasta el cauce del canal. Más arriba, nieve eterna, veteada por la franja azul de los años que deja un pedazo de cielo en la blancura.

Cae ya la tarde. Las tardes patagónicas son interminables. Siempre es día, languidece y nace dentro de su misma luz; crepúsculos y auroras en perfecta continuidad se suceden perennemente. La naturaleza expuesta en su primitiva y salvaje desnudez ofrece al viajero los artísticos encantos de su forma y los profundos tesoros de su espíritu; imposible apartar la misteriosa atracción de poseerla toda, de comulgar con ella en el sagrado rito de la unidad de las cosas, en un divino arranque de infinita sensualidad.

A lo lejos, en un recodo del canal alcanzamos a divisar Ushuaia. La triste y solitaria capital fueguina.

El monte Olivia agigantado por la semi-claridad, deja observar su imponente silueta que se destaca nítida y majestuosa entre el grupo de montañas que circundan la bahía. Al pie verdes valles y bosques se extienden hacia la costa. Un poco al Oeste, el metálico caserío del pueblo semeja colección de juguetes infantiles ubicados algunos con simetría y luego sin concierto.

En el primer plano, las pequeñas casas, alineadas sobre la costa, parecen más bien esperar algo del canal que de la tierra, se diría, en constante ansiedad por lo que llega...

Al costado de la población se destaca el Presidio y Cárcel de Reincidentes, atrayente y misterioso. Ningún otro edificio de importancia.

Fondea el "Guardia Nacional" con tres grilletes, suenan las tres pitadas de saludo que contestan desde tierra y la bandera argentina que debiera flamear por la llegada de un buque de la armada, queda olvidada en el casillero del Correo, a cuyo jefe, un español, no le interesa el emblema azul y blanco. ..

Bajamos a tierra. Al hollar el primer guijarro de la tierra fueguina, el aire precipitadamente invade los pulmones.

Con placidez sonrío.

FIN

 

 

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