Historia y Arqueología Marítima

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A través del Maëlström

(de L´IIlustration) por Georges Parmentier

Indice Historias Buques Mercantes

Fuente: Neptunia 1929 (escrito en la grafía original)

Hace ya un año que el Comandante Guilbaud fué encargado de la misión oficial de constituirse en Bergen, a ponerse a la disposición del explorador Amundsen y partir en busca de los tripulantes del Italia. Sabemos lo que sucedió después, el 16 de junio con el Latham-47. Guilbaud llegó a Bergen, el 17 arribó a Trómso y remontó vuelo el 18 para Spitzberg a donde no llegó.

Con motivo del primer aniversario de esa expedición los dirigentes de los organismos oficiales del tourismo de Noruega han acordado con nuestro compatriota Les Temps, organizar, desde el 6 al 19 de junio un crucero  en recuerdo de aquella acción por las costas de Noruega hasta el Cabo Norte. Este viaje que se realiza en el lujoso yacht noruego Stella Polaris proporcionará a los turistas que observen tanto de ida como de regreso al famoso Maélstróm del cual se habla sin saberse exactamente en que consiste.

El primer francés que osó atravesarlo fué M. Georges Parmentier quien nos 'da sus impresiones sobre ese torbellino cuyo nombre ha entrado en el idioma como el de un fenómeno físico de orden general.

Gravir como uno de los héroes de Edgard Poe es una de las rocas que dominan el Maélstróm. Desde allí se contempla el célebre torbellino donde Julio Verne hizo naufragar el invencible Nautilus, embravecer el monstruo y revivir sobre sus olas las angustias de los náufragos y en que la terrorífica realidad parece pertenecer al dominio de la leyenda. Tal es el sueño acariciado- por mucho tiempo que un conjunto de circunstancias me ha permitido realizar.

Siete cruceros por el mar del Norte me habían conducido a las cercanías del Maélstrom, pero cuando el buque pasaba al largo de la isla de Veroe, el capitán a quien interrogaba me respondía invariablemente "el Maélstrom está allí, a nuestra izquierda, en el fondo de esa pequeña ensenada donde jamás usted verá una vela!" y el buque continuaba su ruta hacia el Norte, pareciendo huir a todo vapor de un peligró invisible. Las gaviotas nos acompañan con su volido silencioso y sus grasnidos roncos, el mar está encalmado, el cielo límpido, adelante como atrás nuestro y al largo de la costa noruega se avistan buques de vapor, y varias barcas dé velas cuadradas y mástiles elevados, barcas sobre las cuales los antiguos Viking contemplaban el mar, pero al oeste nada, el océano despoblado, el océano solitario.

Allí está, el Maélstrom -entre Mosken y la extremidad Sud de la cadena Lofoten, allí pasa el Maélldtrom por los 67°20' Norte y 9°20' E. 'La extremidad de los montes de Lofoten termina en Moskenoes de ahí el nombre Moskenstróm con que los noruegos designan comunmente el Maélstrom.

Moskenstrom es una designación puramente geográfica: Maélstrom es un término descriptivo — el único y el más apropiado para denominar el fenómeno, que los poetas y romanceros han hecho famoso porque él significa "la corriente que muele".

Existen en el mundo otras corrientes temibles, en Noruega se cuentan varias, pero el Maélstrom en todas las épocas ha sido considerada como la más peligrosa y la menos accesible.

Una especie de misterio lo rodea aún. Un misterio que pertenece a la leyenda. Los marinos supersticiosos no osan llamarlo por su nombre y lo denominan "el ombligo del océano" persuadidos que el agua se engolfa en un abismo que atraviesa el globo.

Es suficiente sin embargo ver una carta náutica para encontrar la explicación natural de este fenómeno fabuloso. Las aguas del océano glacial no tienen otra salida hacia la costa de Noruega que el estrecho pasaje de Fjeldsund situado entre la isla de Hindó (Vesteraalen) y la de Fjeldó que está separada de tierra firme por un estrecho extremadamente cerrado..Llegadas las aguas al- Vestfjord, se dividen en dos corrientes, una que sigue la costa y muere en Saltstrón en la-s vecindades de ,Bodó y la otra que corre a lo largo de la costa oriental de Lofoten. Esta última contornea la extremidad de Moskenoes última de las grandes isla de Lofoten. Allí se encuentra detenida por las mareas oceánicas y forma al pasar por numerosos arrecifes a flor de agua — la profundidad del Maelstrom no pasa de 60 metros •— un torbellino cuyo centro es.la roca Svarvene cerca de Mosken. Cuando a esta lucha se añaden las tempestades del N. O., las aguas afectan un movimiento giratorio de violencia inusitada, se vacían en remolinos que atraen hacia sí, no solamente a las barcas de pesca, sino aún a los navios de gran tonelaje, los absorbe por decirlo así, los quiebra en las roquerías y no devuelven a la costa otra cosa que restos informes, triturados, desgarrados por quién sabe qué cólera infernal que jamás perdona. El Maelstrom — la corriente que muele — merece bien su nombre. Es el siniestro molino del abismo en demencia.

Dentro del corto intervalo que separa el flujo y el reflujo, su furor de destrucción se apacigua, la corriente retoma su intensidad normal hacia el este a una velocidad media de 5O kilómetros por hora, es entonces posible franquearla con la condición de elegir el momento oportuno en que no hay cambios de vientos muy propicios en ese lugar.

La noticia de que un francés acababa de desembarcar para ver y franquear el Maelstrom, no tardó en divulgarse y ser tema de todas las conversaciones. A falta de hotel fui recibido en la casa de un comerciante notable y en esa casa rodeada de verdor y flores desde donde la vista abarca, el magnífico espectáculo de la bahía, reconocí una vez más la hospitalidad noruega colmada por las sorpresas más agradables, más delicadas y más atenciosas hacia los franceses.

El "lensmand" o intendente de Veroe de quien recibí visita a la llegada, quiso ocuparse de los preparativos de mi partida del día siguiente, día eminentemente favorable, sin viento, cielo claro, mar en calma. Consiguió una gran barca de pesca, dotada de poderoso motor, eligió los dos mejores pilotos de la región y se ofreció a acompañarme.

El día fijado, a las 10 horas, llegó la barca con los dos pilotos. Era una barca con puente, amplia, sólida y manguda, con un gran mástil en el centro. A proa en un reducto cubierto donde el intendente colocó su inseparable fusil de caza y nuestros huéspedes las cajas de provisiones, repletas de sandwiches, huevos duros, bacalao seco y botellas de cerveza, nada de asientos. Contra el mástil, en un simple cajón fui invitado a sentarme. Uno de los pilotos se instaló cerca del motor y el otro en el timón. El intendente tomó su puesto a proa para escrutar el horizonte y vigilar los escollos.

Se decidió que entráramos al Maélstróm a las 4 horas, único momento favorable en que podríamos atravesarlo tanto cuanto su violencia lo permitiera y que a las cinco horas arribaríamos a la roca Svarvene, donde comeríamos para regresar enseguida a Veroe.

La bahía de Veroe está defendida por una cintura de arrecifes infranqueables, pero hoy en esta mañana de verano, las olas apaciguadas sonreían a los escollos.

Los cormoranes dibujaban sobre la blancura de granito la curvatura alargada de sus pescuezos negros. Al ruido de nuestro motor, alzaban el vuelo y sus alas desplegadas al ras de los arrecifes hacían pensar en una fuga de extraños acentos circunflejos. Más próximos a nosotros los pequeños pájaros bobos nadaban en triángulo, luego desaparecían de repente bajo el agua para volver a aparecer en la superficie allá, lejos retozando eternamente.

De tiempo en tiempo a popa, un mantel de verde claro denuncia la presencia de anémonas de mar, flores vivientes que extienden sus pétalos tachonados de nácares y rubís.

Redondeamos el Monte Storfjoell y nos detuvimos en la entrada de una de esas cuevas, profundamente cavadas por las olas, tan comunes en estos parajes, donde las aves marinas se reúnen en bandadas innumerables. Penetramos a ella. El 'léndsmand" nos precede armado de su fusil. Suena un tiro que los ecos repiten. Una nube de gaviotas se precipita sobre nosotros lanzando graznidos formidables. Al temor inspirado por la detonación, parece suceder un movimiento simpático de curiosidad. Esos animales tan salvajes, se familiarizan sin embargo pronto con el hombre. Una encantadora gaviota de cabeza negra viene a posarse en mis brazos y aleteando da desesperados golpes de pico en el vacío. Uno no sabe que pensar sobre lo que expresan todas estas manifestaciones emotivas del corazón de un pájaro que se ha posado en nuestra mano y que después resignada y confiada quizá, se deja fotografiar. Le doy enseguida la libertad.

Son las 14 horas. Ponemos proa a la isla Mosken. A 7 kilómetros de Veroe, a medio camino entre esta isla y la de Moskenes levántanse sobre los arrecifes las rocas macizas e imponentes de la de Mosken que se avistan desde el puente los grandes "paquetes" hasta cerca Bodo, cuando ya los demás arrecifes se han perdido de vista, Mosken aún está allí como para indicar a los pasajeros la corriente fatal, el paso prohibido.

La isla de Mosken eleva a las nubes, como desafiándolas tres enormes blocks de granito. La desnudez de la soledad del Océano ofrece el aspecto de la magnificencia de esas vertiginosas escarpas que no pertenecen al hombre, porque son del mar, del huracán y de las aves marinas. Se les contempla a la distancia, se les admira desde cerca y, nadie osaría abordarlas, Son las 16 horas. La isla de Mosken ha sido franqueada. Súbitamente nuestra barca recibe un choque inesperado. Instintivamente me abrazo al mástil, que se inclina.

—El Maélstrom, grita el "lendsmand". Hasta aquí la travesía ha sido tan dulce, que el agua aparentaba fugar delante de nosotros. Ahora comienza la lucha. Nos rodea una fortísima marejada de olas cortas, violentamente entrechocadas. Al mismo tiempo una fuerza irresistible nos empuja hacia el este, pero nuestro motor es poderoso y sorteándolas prudentemente concluímos por dominar la corriente. Media hora más tarde dejamos atrás la roca Svarvene, donde debemos detenernos a nuestro regreso. Allí, en la extensión de una milla más o menos, es donde se encuentra el centro verdadero, el vórtice. Y ahora tengo ante mis ojos y bajo mis pies al Maélstrom, que no conocía como tantos otros sino por las recitaciones de los poetas y romanceros! La alta mar, castigada por la tempestad, nos daría una idea de él. Lo que más impresiona del Maélstrom no es ni la altura ni el volumen de la marejada, sino la multitud de olas que entrechocan, la inmensa efervescencia lechosa de la espuma y el infernal mugido de las aguas. En la mar la ola obedece al viento, que regula el orden profundo en el gran desorden aparente. El navio desarbolado puede fugar aún con la borrasca, que así se convierte en su más precioso auxiliar. En estos parajes, por el contrario,  cada ola posee su individualidad propia; un genio maléfico parece habitarlas. Hay en ella una voluntad concertada de destruir sin piedad todos los obstáculos que se le oponen para recuperar el lugar perdido, de seguirse a sí mismo en una sucesión ininterrumpida de derrotas y victorias. Es una resistencia flexible dotada de movilidad, la ola insaciable y fugitiva es aquí como la roca, inexpugnable.

Avanzamos dificultosamente. De repente el "léndsmand", situado adelante, ordena acelerar la marcha del motor, y con un gesto indica el peligro que nos amenaza. Es evidente que no somos completamente dueños de la barca. En efecto, todas las olas que nos rodean se profundizan y giran locamente sobre sí mismo. Bamboleada por las ondas encontradas, la barca sin embargo, permanece un instante inmóvil. Se diría que se ha recogido a una actitud defensiva. Luego, bruscamente, brinca sobre un chorro de espuma para precipitarse en seguida a una profundidad tal que no apercibimos más ni Mosken ni la costa. El agua forma una especie de circo en el que las paredes glaucas, lisas y movientes dominan el empalletado. Del fondo de este embudo asciende un clamor siniestro. Al mismo tiempo la barca ha entrado en una espantosa carrera giratoria. Aferrado a! mástil, con los dientes apretados y los ojos cerrados, experimento una sensación de malestar indecible...

Cuando abro de nuevo los ojos, un golpe de mar nos arroja fuera del remolino.

A pesar de este alerta, continúa nuestra ruta a través del Malstróm. He contado una docena de remolinos parecidos, que un hábil pilotaje nos permite evitar.

Cuando el viento sopla a son de tempestad, principalmente en los equinoccios, todos estos remolinos locales, producto del encuentro de la corriente del Vestfjord y de la corriente oceánica alrededor de escollos submarinos, se trasladan a la vecindad de Svarvene y se reúnen en un solo e inmenso embudo capaz de atraer y engullir a grandes navios. En el episodio con que termina "Veinte mil leguas bajo los mares can el Nautilus", Julio Verne no ha hecho más que trasladar a la novela la realidad del Maélstróm.

El tiempo corre, la marejada se hace más fuerte, los remolinos son más violentos y más peligrosos. El "lensmand" da orden de regresar y ponemos proa a Svarvene.

Comparado con Mosken, su majestuoso vecino Svarvene, aparece como el reverso de una majestad; son la parodia y el gesto. Mosken tiene sus líneas nobles y correctas, en conjunto compone una armonía. Svarvene no ofrece, respecto del espectáculo, sino una enorme dislocación. Se diría que un eterno castigo se cierne por encima de esta lúgubre roca.

Svarvene es, a la vez de cómplice, el cementerio del Maélstrom. Es allí donde el remolino arroja los despojos y los cadáveres. No hay en ella una bahía, una caleta, una anfractuosidad cualquiera que no haya sido testigo de luchas desesperadas sin fin, como lo muestran los mástiles quebrados, las planchas rotas, los remos triturados, y en la época de las grandes pescas, en febrero, los numerosos barcos arrojados y encallados en los arrecifes que la rodean,

Para los que se libran de esos peligros la Administración previsora ha edificado en la orilla, frente al Maélstrom, una cabana de madera para refugio, aprovisionada en forma.

Adosada a la roca, que parece amenazarla con un vertiginoso hundimiento, allí está la cabana de cara al mar. Una espesa capa de tierra, donde se estremece raquítica verdura, recubre el techo que proteje contra el asalto de los vientos. I,a misión de esta cabana tranquiliza al náufrago, pero si el tiene la suerte de arribar a ella sano y salvo, habrá debido hundirse en la costa, encontrándose frente a nuevas dificultades ante un cordón de arrecifes donde mugen las olas espumosas irguién-dose a su frente, oponiéndose a su paso. Deberá ascender la rampa escalando la pendiente resbaladiza de granito, luchar aun contra la marejada, y cuando al precio de esfuerzos sobrehumanos se encuentre frente a ¡a puerta de la cabana, descubrirá a sus pies una abertura tallada circularmente en la roca, especie de pozo natural de paredes negras y brillantes con una enorme piedra en el fondo. Un tablón estrecho y mal asegurado sobre los ángulos entrantes de granito le servirá de puente. Cuando ese tablón se haya podrido por la humedad, el desgraciado que lo atraviese no escapará de! Maélstrom sino para desaparecer en este otro abismo. Siniestra casa cuyo umbral está defendido por una "marmita de gigantes".

Su interior se compone de una sola pieza alumbrada por cuatro ventanas dobles. El mobiliario es simple.

Terminada la inspección y ordenado todo, regresamos a Ja barca anclada en las inmediaciones para tomar los cestos, y después d

vina ascensión penosa y a menudo peligrosa a través de un caos de piedra, desenvolvimos las provisiones sobre el paraje más elevado de la isla.

Eran las siete horas.

El sol comenzaba a incendiar las primeras nubes del atardecer. Eo observábamos declinar detrás de la muralla endentada de los montes Lofoten (Lofolweggen), pero tan lentamente que parecía una bola de fuego saltando de cima en cima. Podría 4iaberlo llamado el final de un hermoso día que no quiere terminar. Detrás de nosotros, bañado en la luz del astro poniente, Mosken levanta al cielo su mano de granito teñida de rosa. A nuestro frente las últimas rocas de Moskenoes, igualmente tocadas por el" astro, se iluminan una a una como faros. En lontananza las monta-

ñas perfilan sus vaporosas siluetas. El orien-te cargado de brumas da la ilusión de un jar' din espectral donde, en la inefable agonía del día, se esfuerzan por florecer aun los lilas cre-pusculares. Las aves marinas han ganado ya sus refugios nocturnos. No se avista un vapor, una vela, sobre la extensión inmensa del mar. En las desiertas aguas y rocas estamos completamente solos, salvo frente al Maéls-trom, que llena los aires con su siniestro cía-mor y rueda a nuestros pies en olas eternamente encolerizadas.

A las once estábamos de regreso en Veroe, donde la población nos hace un cordial recibimiento.

Los viejos pescadores de la isla afirmar» que soy el primer francés que ha franqueado el Maélstróm.

 

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