Historia y Arqueología Marítima

 

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EL TRANSPORTE A.R.A. "VICENTE FIDEL LÓPEZ" Y UNA RECALADA

 EN PUERTO COOK

Texto y Dibujos de J. Martínez Vázquez - Publicado en  Neptunia  1939

UN RESUCITADO

Debido a la gentileza del Ministro de Instrucción Pública doctor Antonio Sagarna, que me había confiado una misión de estudio en las regiones del sur, me encontraba en el año 1927 a bordo del "Vicente Fidel López", pomposamente llamado Transporte Nacional. Lo comandaba el entonces teniente de navio Carlos J. Martínez, gentil marino, de vasta ilustración. Estábamos en ese momento cruzando el temible estrecho Le Maire, corriendo delante de un fuertísimo viento S. W. que sumado a los temibles "rips" de la región, cuyos efectos alcanzan hasta cuatro millas de la costa de Tierra del Fuego, habían encrespado una furiosa marejada, a decir verdad, la normal de este estrecho de tan mala y luenga fama.

 

     

Mientras el barquichuelo avanza con su escolta de espuma, pasando de empinadas cimas a impresionantes precipicios, haré su presentación. De su pedigree pocos datos tengo. Todo lo que voy a referir me  lo han contado y por si acaso, paso por un portoncito, aunque opino que este portoncito no es necesario por haber confirmado la información con distintos arrumbamientos.

Había una vez, en la época de nuestro primea centenario de Mayo, una comisión de armamentos que efectuaba compras en Inglaterra. Entre ellas figuraban grandes cantidades de explosivos. Los fletes para estos eran elevadísimos. Las primas de seguro fantásticas. En la comisión surgió la idea de comprar un barquichuelo viejo y mandar en él el indeseable cargamento.. Se informó de un pequeño vapor, ex-transportador de basura, tierra y ladrillos que yacía en el fondo del Mar del Norte hacía dos años, y que no costaría mucho sacarlo y repararlo lo suficiente para que efectuara la travesía. La idea cuajó y la operación se realizó con grandes beneficios al país, mereciendo la mencionada comisión el más alto elogio por su proceder.

Llegado el cascajo a esta, se pensó que ya había cumplido su cometido y que, cual embalaje correspondía desarmarlo, vendiéndolo como fierro viejo. Pero, no. Todavía no había terminado la segunda vida de este resucitado. Alguien tuvo la idea de mandarlo navegar a los mares que circundan la Tierra del Fuego, considerados por los marinos de todas las épocas como los más malos del mundo!. ¡Allí haría un servicio múltiple. Transporte, atender faros y vigilancia! ¡Diez y ocho años después yo a bordo era testigo de una de sus cotidianas luchas!

Sus fondos habían sido recorridos en distintas oportunidades pero no inspiraban confianza. ¿En cuanto a sus máquinas? Los vendajes que se veían por todos lados, nada bueno presagiaban. Al respecto, me decía el maquinista, "¡No me mire las calderas muy fuertemente, pueden explotar!"

Habiendo sido un barco transportador de basura, el confort era desconocido a bordo. Carecía de los más indispensables elementos de higiene, vejando en forma desusada a jefes y oficiales, con peligro de un relajamiento de la disciplina.

Sus dimensiones eran:

Eslora, 50 metros. Manga, 7.93. Puntal, 5.73. Toneladas 507. Netas, Toneladas 222. Brutas, con carbón 725 toneladas. Carbonera de proa 100, toneladas. Carboneras laterales 63 toneladas. Consumo diario, de 6 a 7 toneladas de carbón. Calado, m. 4.20. Cilindros 13-" 21-" 35" x 24". Todo en pulgadas. Revoluciones del motor 80 por minuto. Velocidad 8 millas.

En cuanto a la dotación era la siguiente:

Comandante, Tte. de Nav. Carlos J. Martínez. Segundo, Tte. de Frag. G. Salas. Cirujano, de la. Dr. Juan Carlos Bello. Oficial de derrota, Alf. de Nav. Mario Maveroff. Ofic. de Detall. Alf. de Frag. José A. Castañaga. Jefe de máquina, Ing. de 3a. Enrique Martín. Jefe Auxil. Ing. de 3* Américo M. Doglia. Contador de 3a Juan N. Peri.

            

La gente de máquina eran 21 hombres distribuidos , en la siguiente forma:

Sub-Oficiales 2. Cabos principales 3. Cabos Primeros 2. Cabos Segundos 2. Marineros 5 y conscriptos 7. La gente de cubierta sumaba, 14 hombres: Un cabo principal o contramaestre. Un cabo primero. Dos cabos Segundos. Marineros siete.. Conscriptos 2. Un señalero. Además había: Un cabo primero, radio telegrafista. Un marinero, radio telegrafista. Un cabo principal, electricista. Un cabo primero, electricista. Dos conscriptos, electricistas. Un cabo primero, enfermero. Un cabo principal, carpintero. Un cabo principal, herrero. Un cabo primero, cocinero. .Dos conscriptos, cocineros. Dos mayordomos segúndos. Un camarero. Dos conscriptos, camareros, tres furrieles, marineros. Un conscripto, furriel. Un conscripto, peluquero.

La dotación se notará, era muy numerosa, pues pasaba de 60 hombres. El barco estaba equipado en forma precaria. Basta decir que el herrero y carpintero trabajaban en cubierta, soportando golpes de olas, chubascos y nevadas.

Como galoneaba de transporte se le había hecho, en lo que fué bodega de popa, cuatro camarotes que solamente ofrecían cuatro humildes cuchetas a los pasajeros. Las otras cuatro las ocupaban, el 3er.. oficial, el doctor y los ingenieros maquinistas. No obstante su nombre, de camarote de 1", carecía de todo. En el corredor, que hacía las veces de comedor, había un lavatorio común que no inspiraba confianza lo que me decidió a lavarme en cubierta usando media lata de querosén que hice preparar al efecto. Para mi, acostumbrado a dormir en los pisos de los yachts y entre goteras, el asunto no tenía mayor importancia. Pero supongo lo que resultaría para un pasajero delicado. Por otra parte esos fueron los días más agradables de mi vida. La gentileza de los oficiales, la camaradería reinante y el espíritu de buena amistad que predominaba a bordo, contribuía a formar un ambiente delicioso.

Pero si nosotros estábamos mal, nos considerábamos muy bien cuando veíamos a los pasajeros de "tercera". Estos pobres infelices no obstante pagar sus precios, se me dijo, $ 60, de Rio Gallegos a Ushuaia dormían todos juntos en la chata empleada en los desembarcos la que cubrían con una lona. Cuando había mal tiempo y peligraba el ganado que llevábamos en cubierta, se metía este en la chata, junto con los pasajeros. ¿...?

Pero el "Vicente F. López", también tenía sus virtudes. Ellas eran: Poco tonelaje, y reducidas dimensiones, que le permitían meterse en cualquier hueco. Sus líneas lo hacían excepcionalmente marino, y su relativo calado lo habilitaba a buscar refugio en los innumerables recovecos abundantes en aquella accidentada costa.

Tenía un ancla con nueve grilletes y otra con siete. Sin embargo en algunos casos el capitán hubiera deseado poseer más grilletes de cadena considerando que doce no era exagerado para aquellas aguas, donde es muy común echar ancla en 30 o más brazas de profundidad.

En esta oportunidad después de un "tete á tete con el "Mackinlay", en el fondeadero de la isla Picton, famosa por sus lavaderos de oro, donde el balizador hizo entrega de la correspondencia, aportando la alegría a bordo, y luego de un fracaso de acercamiento a la bahía de Slogget, cerca de la punta de la bota argentina, íbamos rumbo a las islas de Año Nuevo, llamadas así porque el famoso marino y explorador inglés James Cook las descubrió el lo. de enero de 1775.

Al E. teníamos la horrible isla de los Estados con sus inmensas barrancas de marrón obscuro, eternamente coronadas de nubes y sus costas formadas de precipicios, murallas de piedras, incesantemente asaltadas por las olas, que al estrellarse levantaban su espuma a más de cincuenta metros de altura, ofreciendo un espectáculo soberbio e impresionante a la vez.

El mar y el cielo entonaban el cuadro con aspecto feroz. El promontorio de San Antonio que nos demoraba al N.E espada de Damocles de los veleros en tiempos idos, se elevaba majestuosamente. Más de un buque sorprendido en el estrecho por las calmas, que sobrevienen de improviso siguiendo a vientos fuertísimos fué arrastrado contra él por la corriente cuya velocidad es de 4 y 5 millas. En otros casos eran vientos huracanados los que no permitían largar paño y la corrida salvadora efectuábase con peligro.

En más de una oportunidad, grandes veleros se escaparon por milagro largando vela tras vela con riesgo de desmantelar y terminaba allí la historia del barco y sus tripulantes, pues quedando al garete iban irremediablemente a estrellarse contra la muralla de piedra, para desaparecer sin dejar rastros, en 40 o 50 brazas de agua.

En este caso el López tomaba el vendaval por la aleta y como esos boxeadores viejos, pero cancheros, se defendía  bien. Después de la entrada del sol, no teniendo donde estar porque el frío era intenso y la cubierta recibía a menudo golpes de ola, fui a la cucheta, proponiéndome leer algo, pero pronto me dormí con el balanceo del barco y el monótono zumbido del viento, verdadero canto de cuna de la región.

La recalada en Año Nuevo

Me recordó Enrique, el asistente del comandante, quien me dijo: —"Señor, el capitán lo invita al puente de mando".

Miro el reloj, son las tres de la madrugada. Me arropé lo mejor que pude, poniéndome botas y saco de cuero. Sabía el frío que me esperaba durante la cruzada, desde nuestra boca escotilla hasta el puente de mando, en una cubierta barrida por las olas y con varios grados bajo cero de temperatura. Al salir tuve grata sorpresa. ¡El viento había calmado! Un cielo completamente despejado, dejaba ver sus estrellas empalidecidas por una luna llena y brillante. De la borrasca sólo quedaba un mar de fondo sobre cuyas grandes ondas ascendía y descendía plácidamente nuestro barco.

Subo al puente de mando. Siendo cerrado en su totalidad por cristales, me encuentro completamente a obscuras. La primer sensación que experimento es el cambio brusco, pues se salta a un silencio absoluto. Los ruidos de afuera no llegan o llegan muy amortiguados. Encandilado' por la luminosidad de la luna tampoco distingo nada. La obscuridad es como el silencio, absoluto. Veo algunas sombras casi inmóviles pero, no las puedo individualizar. Nadie habla y en consecuencia permanezco mudo y quieto. Era lo único que correspondía hacer ante la escena de una belleza inconmensurable que la obra del poderoso ofrecía ante nosotros. ¡Hablar en ese momento e interrumpir la emoción, hubiera parecido un sacrilegio !

Allí, tranquilamente, con una temperatura agradable, sin sufrir el azote del cortante y frío viento, veíase ahora desde el N., a la isla de los Estados. Parecía estar en un diorama, donde el espectador, permanece a obscuras. Teníamos ante nosotros una cadena de montañas completamente nevadas con grandes precipicios, entre ellas. Era un paisaje muerto, silencioso y frío, que inspiraba temor. Era una escena de desolación, que no obstante su aspecto tétrico poseía también su encantamiento. Estábamos ante un infierno de hielo que ni la imaginación del Dante podría concebir. Estábamos ante una de las islas más desoladas del mundo, donde es vedada la vida a todo ser terrestre.

La noche no podía cubrir con su manto este impresionante paisaje, pues la luna brillando con un esplendor pocas veces conocido en otras latitudes, platinaba la maravillosa escena en un noble esfuerzo para aumentar su ya extraordinaria magnificencia. Los destellos blancos que en grupos de a tres despedía el faro de la isla de Año Nuevo, era la única' sensación de vida que se percibía.

Absorbido y casi anonadado por el cuadro no noté que alguien se había acercado, cuando oigo decir: "Lo he mandado llamar para que presencie este soberbio espectáculo". Reconozco la voz del capitán, marino de esmerada cultura, con un sentido exquisito del arte y un terrible celoso del cumplimiento de su deber.

La escena que presenciamos trae como consecuencia una conversación sobre pintura. Hablamos de los distintos maestros franceses que conocía perfectamente bien. Veo con alivio que tiene un concepto sano del arte pictórico y manifiesta además un sólido conocimiento de la literatura francesa. Domina el francés e inglés correctamente. Sus buenas maneras han hecho que se le mire con afecto y respecto en todos los puertos del sur que toca. Es realmente una esperanza de nuestra armada.

Se echa la lancha

Mientras tanto nuestro buquecito había ido rodeando las islas de Año Nuevo y cuando la alborada del nuevo día se presentó con una sinfonía de rojos, llegábamos frente a la caleta que se encuentra al E. de la isla mayor de Año Nuevo, único punto donde se puede desembarcar. Inmediatamente se dio orden de fondear y echar la lancha al agua. Maniobra difícil esta última, que es interesante describir. La ejecutan los marineros más capaces. La lancha es izada con la pluma al mismo tiempo que la sostienen cuatro guías pasadas por cornamusas o bitas. Estas guías la aguantan en forma diagonal y evitan que con los grandes rolitos y cabezasos del buque la lancha se haga pedazos o produzca serias averías. Dos o tres hombres manejan cada guía y otros están alerta para prestar ayuda donde fuera necesario. El todo lo dirige el contramaestre a fuerza de pitadas. El único que se encuentra en la lancha es el mecánico quien ya ha puesto el motor en marcha, para calentarlo y probar que anda bien. Y así, aguantada desde cuatro lados, la elevan y la corren por afuera de la banda donde es arriada rápidamente. Cuando en su bajada pasa a la altura de la borda los hombres que deben ir a su bordo saltan a ella sin que la arriada se detenga, por ser ese un momento peligroso ya que las guías trabajan parcialmente y nadie aguanta desde afuera para evitar que choque contra las bandas. En este caso fuertes puntales amortiguan los golpes. Dos segundos después la lancha está en el agua y el cabo a cargo de ella, la desprende del gancho que la sostiene. Al instante la lancha arranca alejándose del buque. Esta maniobra se hace con gran rapidez y es uno de los espectáculos de habilidad marinera más interesantes que ofrecen los tripulantes de nuestra armada, pues, como en este caso, se ha llevado a cabo entre grandes e impresionantes rolidos, en una mar prácticamente abierta.

La lancha hace rumbo a la caleta y se pierde de vista en los huecos de las grandes hondas.

Nuestra ida a la isla de Año Nuevo era para relevar un radioelectricista y llevar provista al faro, compuesta de varios capones, carbón, un motor destinado a la luz y muchas otras cosas indispensables, Los tres fareros únicos habitantes de la isla viven en un aislamiento absoluto. El transporte puede arribar cada mes o cada dos meses y en muchas casos con un intervalo mayor. Pero así mismo, no siempre es posible el desembarco. En dos oportunidades anteriores debimos abandonar el fondeadero corridos por el mal tiempo, ante la consternación de los fareros que ansiaban ver caras nuevas, recibir víveres frescos y correspondencia.

En esta oportunidad no fuimos más afortunados. El López se hamacaba violentamente con la mar de fondo y gemía por todos lados. Nuestra lancha despachada a explorar la caleta desaparecía por largo ratos, para verse momentáneamente en la cresta de una ola dentro de un colchón de espuma. Con la venida del día grandes nubes negras se aproximaban. El sol, siempre en derrota, se ocultó detrás de ellas y el viento, soberano de la región, empezó a hacer vibrar las jarcias y obenques con su penetrante y amenazador lamento. En la cara del capitán se revelaba gran preocupación. Nadie hablaba en el puente de mando, pero la insistencia de los anteojos escudriñando la mar lo decían todo. ¡Esa lancha! ¡esa lancha, no se ve! Acaso su gente no ha notado el aspecto del cielo. ¿Porqué no vuelve? De cuando en cuando se percibe algo cerca de las rompientes que parece ser la lancha. La situación se hace molesta. La cadena del López pega alarmantes tirones. La bocina hace vibrar el aire en un llamado de angustia, pero la lancha continúa invisible. Después de media hora de incertidumbre se nota cierto manchón blanco, como una rompiente mayor en las crestas de las olas. Algunos sostienen que es la lancha ya de vuelta, otros alegan que no. Sin embargo la mancha aparece cada vez más grande y más cerca. ¡Es la lancha que vuelve, no queda la menor duda! ¡Ya era tiempo! Se empieza a virar el ancla. Veensen ahora los brazos de la gente en la lancha haciendo señas negativas. Querían decir que no había posibilidad de desembarco. ¡Ya lo sabíamos! Cuando la lancha llegó se puso a sotavento del transporte, cuya gran pluma estaba sobre la banda. El guinche arría el gancho. El marinero Caneja, encaramado en el lomo de ballena de la lancha espera, con los ojos fijos el gancho, el momento oportuno, teniendo en sus manos el gran grillete que une los cables, hechos firmes a la lancha por medio de grandes lardas. Con habilidad de acróbata ensarta el grillete en el gancho del guinche y al instante este gira levantando la embarcación mientras los hombres con fuertes perchas evitan que golpee contra las bandas del transporte.

Se le pasan las guías y con una maniobra más dificultosa todavía que la de echada al agua, vuelve a su lugar sobre la escotilla de la bodega de proa; se impone arriarla en  forma que caiga justamente sobre su cuna, cosa muy difícil teniendo en cuenta el balanceo. Solamente marineros muy expertos y de rápida acción pueden efectuar semejante maniobra, cuando hay mar, sin causar averías a la lancha u otras partes del buque.

Puerto Cook

Mientras se terminaba de trincar la lancha nuestro barco se iba alejando de la isla. El vendaval, que aquí llaman "racha", estaba de nuevo en su apogeo. ¡ El López rumbeaba penosamente hacia la isla de los Estados.

"Vamos a refugiarnos en Puerto Cook", me dice el comandante. Pero donde está el puerto, me pregunto. Sólo percibo barrancas a pique.

Rumbo... se oye decir al oficial de guardia... rumbo, contesta el timonel... rumbo... rumbo...

Están situando el barco. Mientras el oficial de guardia con el taxímetro observa el punto tomado, el timonel grita rumbo cada vez que el rumbo ordenado coincide con la línea de fé en el compás, cosa que sucede de cuando en cuando debido a las guiñadas del buque.

Todos los oficiales, el médico y el contador se encuentran en el puente de mando. Ninguno quiere perder el excepcional espectáculo que ofrece la entrada del puerto Cook. En mi libreta de apuntes hago croquis de la majestuosa isla, cuyos picos alcanzan a 700 metros de altura y sus barrancas cortadas a pique se elevan a unos 100 sobre el nivel del mar.

El transporte se acerca, pero no se ve boquete alguno en esa muralla donde la mar rompe en forma impresionante.

"Ya se divisa la baliza", comunica el oficial de guardia al capitán. Efectivamente, sobre un promontorio más claro que sirve de referencia para recalar, los anteojos denuncian una baliza. El transporte se aproxima manteniéndolo en su correspondiente arrumbamiento, dando la impresión de irse a estrellar contra los precipicios.

  Casi al tocar el promontorio, donde está la baliza, que no es promontorio sino un islote, el Pleamar, cae a estribor y vemos entonces por la proa un boquete alargado, de 300 metros de ancho en la boca, que se va angostando hacia adentro, para convertirse en un corredor.

En él se mete el López, franqueado por paredes de piedra tan cerca que dan la sensación de poder alcanzarse con las manos. Dos millas navega el transporte en ese corredor y por último -desemboca en un especie de picadero con un diámetro de unos 600 o más metros, donde echa sus anclas y dando atrás llega casi a besar las rocas con la popa.

El paisaje que circunda el picadero es muy original. Al fondo, a la derecha unos barrancones cortados a pique. Entre ellos y el "picadero" hay una zona baja llena de matorrales, por la derecha e izquierda montañas de vertientes muy empinadas de las cuales salen verticalmente grandes prismas de piedra. La escasez del sol y la abundancia de lluvia, hace que todo esté saturado de humedad. Aunque existe arboleda, los árboles no alcanzan a las dimensiones de los que crecen en Tierra del Fuego.

El paraje es completamente desierto. Hay una casilla donde hallamos una cajita de hierro dentro de la cual, en sobre abierto, encontramos una recomendación del Ministerio de Agricultura. Se informa que se han dejado sueltas varias cabras y se ruega no se las incomode pero como le fecha tiene siete años de antigüedad y nadie vio cabras, se deduce, sin mayor esfuerzo, que ni las cabras pueden vivir en la isla de los Estados.

Algunas cruces símbolo de la muerte, únicas señales de vida que encontramos, me recuerdan el trágico presidio que se había establecido en esta angustiosa y desolada isla, que terminó con una sublevación de los presos a fin del siglo pasado. Después de exterminar a la mayor parte de sus superiores, se fugaron en botes hasta Tierra del Fuego, donde fueron perseguidos.

Cuando las partidas los encontraron, quedaban muy pocos sobrevivientes. El hambre, el frío, y la lucha entre ellos, habían terminado con la mayor parte. El único resultado beneficioso que produjo esta sublevación fué el retiro del presidio de tan inhumano lugar.

Fiel a mi misión, no malgasté un segundo. Mis lápices y pinceles no descansaron un solo momento. Mientras los demás componentes de la tripulación se largaban a caminar por los matorrales de la isla, con peligro de caer en una de sus turberas, yo, con el convencimiento de que jamás se me presentaría oportunidad igual, trabajé durante todas las horas de luz. El resultado fueron tres estudios al oleo y varios croquis al lápiz y tinta. Paso por alto que estos trabajos se efectuaron con intenso frío y bajo lluvia, debiendo tener los colores en los bolsillos para que no se helaran y que al anochecer, cuando volvía a bordo estaba medio congelado.

Mientras tanto el transporte hacía agua, o mejor dicho cargaba agua. Una pipa puesta a unos quince metros de altura sobre el nivel del mar acumulaba el agua de un chorrillo, de donde con manguera se llevaba a los tanques del López.

Durante la noche la escena resultó más formidable. El zumbido del viento que se atornillaba entre los precipicios iba en aumento. El López no obstante sus dos anclas y otras tantas espías, se sacudía violentamente, al recibir las fuerzas de las rachas. El penetrante lamento del viento al que se agregaban algunos alaridos de lobos producían un malestar desagradable y llenaba de preocupación.

Habla un geólogo

Ya que en mi calidad de pintor, sólo puedo dar una impresión ocular de la isla y deseando hacer llegar a los lectores la palabra de un hombre de ciencia, fui en estos días a ver al doctor Horacio J. Harrington, que en un tiempo fué alumno mío, para que me diera un remolque y aclarara con sus conocimientos algunos puntos.

El hoy doctor Harrington no fué de aquellos alumnos que pasan por las aulas como las aguas, sino de aquellos que por su comportamiento y consagración al trabajo dejan los más gratos recuerdos y son un verdadero estímulo en la dura pero noble labor de la enseñanza, en que no siempre el grano que se echa con tanto entusiasmo, germina de acuerdo a las esperanzas depositadas en él.

El Dr. Harnngton es el primer geólogo recibido en el país, y después de completar sus estudios en esta, ganó una beca para continuarlos en Inglaterra durante dos años. Lo encontré en su despacho rodeado de piedritas  lupas y no obstante su juventud, tiene ya ese aspecto de hombre de ciencia que individualiza a los naturalistas entre la generalidad. No soy afecto a los preámbulos y de entrada le manifesté el objeto de mi visita. Con toda amabilidad aclaró las informaciones solicitadas para los lectores de Neptunia.

He aquí lo que me dijo:

"La isla de los Estados fué descubierta en 1615 por la expedición de Van Schouten y Le Maire y es llamada así en honor de los Estados de Holanda, nacionalidad de la expedición. La visitaron, en 1619 los hermanos Narval, en 1767 Bougainville, en 1778 Cook. A Foster se le deben la mayoría de sus nombres toponímicos y recién en 1826 y 1834 se efectuaron los levantamientos de su carta marina por los capitanes Kendal y Fitz-Roy. Hasta 1881 no vuelve a ser recorrida. Entonces el teniente Bove y el botánico Dr. Spegazzini, más tarde del Museo de la Plata, fueron a ella. En 1901 toca la expedición polar de Nordenskjold y el botánico Dr. Skotsber de la misma hace interesantes estudios. La última expedición argentina salió de esta en el mes de diciembre de 1933, compuesta de tres naturalistas, a bordo del oceanógrafico "San Luis". Entre ellos estaba yo."

"La isla es una antigua montaña que se ha hundido paulatinamente en el mar, y era continuación de la cordillera fueguina. Las profundidades medidas en los fjords, o sea, antiguos valles glaciares invadidos más tarde por el mar, son considerables. Así en puerto Parry se ha sondado 80 brazas. Los montes más altos de la isla alcanzan a 700 metros pero se creían más altos. Sus bahías son los únicos fjords típicos que tenemos en la Argentina. Sus laderas, empinadas como en todo valle de glaciar alpino al llegar a una altura, que es aquí de 350 metros, se hacen suaves. Más hacia arriba vuelven a convertirse en paredes escarpadas. Entre Puerto Cook y Puerto Vancouver hay un itsmo de solo 500 metros constituido por acumulaciones de sedimentos glaciares. El interior de la isla se halla literalmente cubierto de lagos pequeños y grandes, diseminados en diversas alturas y ella está totalmente constituida de roca pórfido cuarcifera de origen volcánico».

«La flora es la misma de la Cordillera fueguina a lo largo del Canal Beagle. Bosques húmedos constituidos exclusivamente por coigüe, ñire y canelo siendo el primero el que predomina. Extensos turbales cubren gran parte de la isla, son turbales vivos y en general de pocos metros de espesor. El bosque es muy húmedo y gran parte de sus gruesos troncos, completamente descompuestos, se rompen al apoyarse en ellos. Los musgos prolíferan enormemente con las consiguientes molestias para el que debe caminar sobre ellos. Siendo pobre la flora no alcanza a 150 especies de plantas vaculares. Entre ellas hay violetas, helechos, una pequeña orquídea blanca y la notable y diminuta atrapamoscas, descripta ya por Darwin. El apio salvaje, que se encuentra allí fué nuestra principal fuente de vitaminas. Los pájaros abundan pero no las especies. Entre ellos encontramos algunos viejos conocidos. El chingólo y el zorzal aunque un tanto cambiados. También llega allí el carancho y el cuervo de cabeza roja conocido en Corrientes por "iribú". Salvo algunos roedores y las nutrias, la isla se halla enteramente desprovista de mamíferos terrestres. La nutria misma vive más en el' agua que en la tierra. Este animal es carnívoro, parecido al "lobito" del Paraná y nada tiene que ver con la nutria común de la Provincia de Buenos Aires".

"Abundan, como es lógico, toda clase de aves marinas, petreles, albatros, golondrinas y palomas de mar, teros de agua, gaviotas, patos vapor, avutardas y vigués de pecho blanco, etc., y lobos marinos de un pelo y algunos elefantes marinos".

"En cuanto al mar, desde antiguo el Estrecho de Le Maire, tiene fama de peligroso y al recorrer las costas de la isla se comprueba lo cierto de su triste fama".

"Todas las playas de arena muestran restos de antiguos naufragios. Mástiles, tablones, hierros, etc. Los peligros son mucho menores en la actualidad debido al nuevo balizado y a la desaparición de los veleros. La corriente fría del polo se bifurca en dos al chocar con la isla de los Estados y el encuentro de las dos corrientes con la otra corriente formada por la marea da lugar a los llamados escarceos de marea, "tide rips", "races", etc. La isla de los Estados es uno de los lugares del mundo donde estos fenómenos adquieren su máximo desarrollo. El espectáculo de los "tide rips", alrededor de esta isla es simplemente fantástico. Con cero viento y cero mar, (raras calmas de la región) se observan líneas de rompientes en pleno mar y sobre profundidades de 100 o más brazas, que se asemejan a las rompientes que se producen a lo largo de toda playa. En otros casos las olas son cónicas y el mar parece que hirviera. Si se trata de días ventosos o de temporal, entonces los "tide rips" son unas especies de infiernos líquidos donde peligran aun los vapores de gran tonelaje. Al pasar del Sud a Norte junto al Cabo San Juan en un día de relativamente poco viento, la corriente de marea era tan fuerte en los "tide rips" que hubo necesidad de aumentar la velocidad del buque hasta 11 millas para evitar que fuera arrastrado hacia atrás."

"Los temporales son por otra parte muy frecuentes, entonces el buque encuentra refugio en los puertos de la costa norte, pero aun en esas profundas bahías de paredes acantiladas se hace sentir a menudo la furia de los temporales".

"Es fácil de comprender entonces el origen de tantos restos de naufragios en las inhospitalarias costas de la isla".

Y así terminó mi amigo, Dr. Harrington, su breve disertación sobre la famosa isla.

EL TRANSPORTE A.R.A. "VICENTE FIDEL LÓPEZ" ESCAPA DE PUERTO COOK

Durante la comida, el capitán me dijo: "¡La situación se está empeorando, de seguir así me veré obligado a dejar el puerto para capear el mal tiempo" mar afuera".

—"Pero comandante", no pude menos que exclamar, "este es un fondeadero abrigado. Estamos a gran distancia del mar, al que se llega por un estrecho corredor. ¿Qué peligro puede haber?"

—"Así parece, sin embargo, hay antecedentes de barcos fondeados aquí que han pasado por muy malos momentos y de uno se dice que naufragó. La mar de fondo entra y rompe con tanta fuerza, que ni cabos ni anclas aguantan".

Oia al capitán y no comprendía, no obstante conocer su serenidad y resolución en los momentos difíciles. ¿Cómo es posible, que semejante puerto, con aguas tranquilas como las del lago de Palermo, pudiera ser peligroso? ¡Parecía inverosímil que buque alguno corriera peligro en él!

Nos fuimos a dormir embargados por intensa preocupación. Una mar de fondo sospechosa iba en aumento, las cadenas chillaban y las espías de popa gemían.

El picadero acuático que nos servía de -puerto ya no resultaba tan apacible.

El viento siempre en aumento entraba arremolinado y sacudía .violentamente al transporte. Se efectuaron guardias de navegación y las máquinas estaban bajo presión. El capitán pasó la noche en pie. Todo estaba listo para zarpar de' inmediato. Pero, que se hubiera hecho con la impenetrable obscuridad que nos rodeaba. Tal vez se hubiera apelado al faro y con él encontrar el boquete de salida, cosa difícil.

La llovizna que acompañaba al viento cerraba toda visibilidad. En cuanto la claridad del día siguiente se hizo presente, el capitán ordenó largar las espías de popa y virar el ancla.

La tripulación estaba nerviosa. íbamos a dejar una vida apacible, a lo menos aparente, para encararnos con una peligrosa situación. Por su parte, el capitán había resuelto no permanecer una noche más en ese fondeadero, donde si las cosas empeoraban hubiera sido imposible salir sin contar con la luz del día.

Poco después, nuestro cachirulo se metía en el corredor rumbo a la boca.

Todos pensamos en la edad del viejo López. En sus calderas llenas de parches, en sus achacosas máquinas y en sus dos años descansando en el fondo del Mar del Norte.

El viento huracanado que nos azotaba venía del W. N. W. y las olas pegaban de lleno en la salida. Mucho antes de llegar a ella, el transporte subía y bajaba por la acción de las grandes ondas del mar de fondo que se metían en el corredor. Todo estaba bien trincado y el veterano perfectamente amarinerado se disponía a vencer una vez más a su noble rival, el mar.

Me encontraba en cubierta tomando los últimos apuntes, cuando se acerca el contramaestre Canedo y me dice: "Ahora lo va a ver al López, guapazo el mocito. Luego agregó: "Refugíese, ya estamos de Pascua".

Efectivamente, el López enfrentaba en ese momento la boca de entrada y aunque las islas de Año Nuevo amortiguan mucho la mar, por estar frente a ella, la proa de nuestro humilde cachirulo se elevó como si fuera a efectuar un "decollage". Poco duró su levantada, pues casi enseguida cayó en el seno de la ola, dando una enorme panzada que lo hizo vibrar desde la quilla hasta la perilla. Fué una dura embestida, pero obligada. No se podía disminuir máquina. ¡Había peligro de perder el gobierno y ser estrellado contra los precipicios!.

Las condiciones difíciles durarían poco, el tiempo suficiente para alejarse de la temible costa, luego se disminuiría máquina y se vería lo que correspondía hacer.

EL LÓPEZ RESPONDIÓ BIEN

El López respondió a las esperanzas en él depositadas. Con tenacidad de noble burro se fué alejando gradualmente de la isla entre grandes estremecimientos y su cubierta continuamente barrida por las olas.

Nadie podía estar en ella. Para ir de un lado a otro se esperaban los momentos oportunos. La mayor parte del tiempo tenía dos pies de agua sobre cubierta. Las islas de Año Nuevo estaban a barlovento, pero no podíamos verlas. Lo impedía una cortina de espuma que arrastraba el vendaval como si fuera polvo.

Debido a lo sumamente baja que es la cubierta del López, lo único que se percibía desde ella era esa espuma. Las condiciones marineras del cachirulo por otra parte demostraban ser asombrosamente buenas. Embicaba una muralla, corcoveaba como un potro, temblaba todo, desaparecía la mitad bajo la rompiente, pero pronto reaparecía, sacudiéndose, para arrojar a grandes chorros por los imbornales, el agua que lo ahogaba y quedaba listo para reiniciar la lucha con la ola siguiente.

Todo esto lo veía sacando la cabeza por la boca escotilla que daba a la camareta de popa, sufriendo como tributo, dolorosos azotes de agua en la cara. Deseaba tener una impresión para trasladarla a la tela, como complemento de los croquis que efectuaba.

Aunque el espectáculo era magnífico, y me recordaba un huracán que también estudié desde un velero en las cercanías de las islas Bermudas, el frío me venció. Helado hasta los huesos debí meterme en la sala de máquinas en busca de un poco de calor.

EL HOMBRE DE LA MARIPOSA.

Allí todo marchaba normalmente y nada sugería la impresión de la tempestad. Solamente los grandes golpes y estremecimientos del casco denunciaban la lucha que se realizaba afuera. Cada hombre estaba en su lugar.

Los foguistas atendiendo las hornallas, los engrasadores aceitera en mano iban haciendo equilibrios de un lado al otro cumpliendo su misión, los paleros atendiendo a los foguistas y el Ing. maquinista de guardia vigilando todo. Esta gente seguía la rutina de su labor sin revelar la menor preocupación. ¡Un mecánico torneaba una pieza nueva con la misma tranquilidad que en el taller!.

Sin embargo, entre los hombres de guardia había uno que merece especial atención. Es el hombre de la mariposa. Silencioso, sin hablar ni mirar a nadie con las manos en la palanca estaba completamente consagrado a su misión. Cada vez que el López queda con la popa en el aire, la hélice, al no encontrar resistencia inicia una gran acelerada, que de llegar a su máximo, podría producir serias averías en las máquinas, ejes, bujes o en la misma hélice. Entonces funciona la mariposa o sea la válvula que cierra el vapor. Este hombre de la mariposa tiene que compenetrarse de la enorme responsabilidad que recae sobre él.

Es el hombre del momento! De é! depende la vida de todos. Unos segundos de atraso en la cerrada del vapor, un solo descuido y se corre el peligro de una seria avería que detendría la máquina, lo cual representaría una catástrofe, puesto que el López quedando al garete, se iría a estrellar contra los precipicios de la isla, donde desaparecería con toda su gente, sumándose uno más de los misterios del mar. El hombre de la mariposa es un hombre joven, de entera confianza del jefe de máquinas, que responde en forma admirable a esa confianza.

Me hubiera quedado todo el día en la sala de máquinas, pero el estómago con pertinaz insistencia me recuerda que no por haber mal tiempo se le puede olvidar. Así que me dirijo al pasillo que nos sirve de comedor.

El cocinero manda decir por el mozo que no ha podido hacer más que polenta. Pues que venga la polenta y será bien recibida se le hace contestar.

En nuestra mesa ni se pensó en poner los violines y nos trincamos como pudimos. Eramos cuatro. Los de los extremos apoyaron los pies en los mamparos y los del centro en las espaldas de éstos. En un bolsillo el pan y el vaso de vino en el otro. El doctor tenía la botella en lugar del pan. Haciendo prodigios de equilibrio apareció el camarero con una olla llena hasta la mitad de polenta, de la cual nos servimos como mejor pudimos teniendo el plato bien apretado contra el cuerpo.

Después de esta frugal comida que no nos conformó, fui a ver como andaban las cosas afuera.

El López había disminuido su velocidad, pero en la cubierta era imposible estar. Además solamente se veía la misma monotonía gris salpicada por las manchas blancas de las rompientes, esto y el frío me decidieron buscar la cucheta para descansar. Tenía el cuerpo molido a causa de los golpes y de los esfuerzos hechos para mantener el equilibrio.

Poco dormí. Fui despertado por el camarero quien me dijo:

—"El comandante lo invita al puente de mando".

Ante una invitación tan gentil, que anhelaba, pues desde el puente era el único punto donde podría trabajar, no me hice esperar.

Jugando a las escondidas con las olas que barrían la cubierta, pude llegar hasta la escalera, prendiéndome fuertemente de todo lo que tenía a mi alcance. Mi "viaje" resultó penoso, porque además de tener que ir encorvado para disminuir la presión del viento y evitar que las rompientes me dieran en la cara, llevaba los elementos de trabajo que solamente me permitían disponer de una sola mano para avanzar.

 EL PUENTE DE MANDO.

El puente de mando del López es lo mejor del buque. Es todo el buque. Es el mejor puente que he visto en mi vida. Más de un comandante u oficial se consolaba pensando en el puente de mando del López, cuando recibía orden de embarque en éste.

Este puente está totalmente cubierto y cerrado por cristales. Radiadores de vapor le dan una temperatura agradable en esas desoladas y heladas regiones. Los instrumentos registradores, como termómetro y barómetros se encuentran en casillas con rejillas al exterior. Los taxímetros tienen una ventana especial.

Al verme llegar, se acerca el comandante y me dice: "Lo he invitado porque palpito sus deseos de ser testigo de una borrasca en estas regiones, consideradas tan malas por todos los marinos del mundo". Luego agrega, "El barómetro ha bajado tanto, que jamás he tenido conocimiento de algo igual. El viento sigue aumentando su fuerza. Adelantamos una milla por hora".

Miro alrededor. En el puente de mando solamente está el capitán, un marinero a su lado para trasmitir órdenes, y en un rincón el oficial de guardia, alf. José A. Castañaga mirando meditabundo el mar. En la timonera el timonel, solo, con los ojos concentrados en el compás y completamente ajeno a todo lo que acontece afuera.

Al observar el mar, no obstante apreciarse mejor las olas desde el puente de mando, poco se ve y el todo está envuelto en una maza blanquizca.

No llueve, pero el mar humea, como dicen en estas regiones cuando el agua se levanta pulverizada por la acción del viento. En otras palabras, es una lluvia de abajo para arriba. Grandes manchas blancas que aparecen y desaparecen por momentos, nos revelan las rompientes de las olas que vienen atacando sucesivamente.

Cada vez que el López embica una de ellas se sacude con violencia dando la impresión de que se va a partir. Pero siempre sale airoso de la contienda.

Yo que he navegado en el 1" de Mayo, rolador como él solo, en el matusalénico Río Negro cuando tenía 83 años de edad, que he visto al Chaco dar una guiñada de 180 grados en estos mismos parajes, al "Antonio Delfino" temblar en estas aguas y a muchos otros barcos en sus malos momentos, jamás he estado  a bordo de un buque que se defienda tan bien como el viejo y querido López.

El capitán no se mueve ni se moverá del puente de mando. Parece tranquilo, al menos nada revela que esté preocupado. El comandante Martínez es un distinguido caballero y nadie reconocería en él al destacado elegante de los salones de nuestra alta sociedad. Hombre enérgico en los momentos difíciles, jamás envuelve sus acciones con aparatosidad. Reposado, de pocas palabras, nunca alza la voz para dar una orden y tampoco le vi perder la calma en las situaciones más apremiantes. En cierta ocasión encontrándonos bloqueados por una tormenta de nieve en el canal de la Magdalena, que cerró toda visibilidad, no se movió del puente de mando durante treinta y seis horas. Su único reposo consintió en sentarse de cuando en cuando en una silla que había hecho llevar al efecto. Los cigarrillos, que incesantemente se seguían unos tras otros agotándose con rapidez, eran la única seña reveladora de la nerviosidad que lo consumía.

En esta oportunidad viéndome con los elementos de trabajo y sabiendo lo que representaba para mi poder efectuar los estudios de una borrasca, sin sufrir los efectos de ella, puesto que estaba perfectamente reparado y con una temperatura agradable, después de las frases comunes de cortesía, se alejó dejándome libertad de acción, lo que permitió consagrarme de lleno a mi labor.

"No se como he podido efectuarla operación"

Haría dos horas que me encontraba en el puente de mando, cuando el oficial de guardia, alférez Castañaga, informa al capitán que el barómetro ha bajado a 707. ¡Asombroso, increíble!

El capitán ordena al alférez Castañaga que tome la velocidad del viento. Este, un guapo muchacho, se dispone a subir con el anemómetro al puente de señales, punto más alto del transporte. Dos marineros lo acompañan para sostenerlo cuando opera.

Pasa largo rato antes de que volviera. Parece fatigado y sólo atina a exclamar: "No se como líe podido efectuar la observación. Por milagro no hemos sido arrancados los tres del puente. Cara al viento no se podía respirar".

Efectuados los cálculos el informe es asombroso. Rachas de 140 kilómetros. Promedio de velocidad 120 kilómetros la hora. . .

¡Bravo, nuestro querido cachirulo está capeando un huracán!

Tenia razón el contramaestre Caneda cuando decía: "Ya lo va a ver al López, guapazo el mocito!

Con el andar del reloj fué desapareciendo la luz y la noche se hizo con absoluta ausencia de esas transiciones decorativas peculiares al ocaso de cada día.

Pero, poco después se produjo un fenómeno inexplicable de estas regiones. Junto con la luz se suelen ir las nubes y en muchas oportunidades el viento. Sin embargo, esta vez se mantuvo firme, aunque no con tanta fuerza.

Cerca de media noche el cielo está completamente limpio y como las estrellas brillan mucho y el horizonte es muy claro, el oficial de derrota, alférez de navio Maveroff, aprovecha la oportunidad para situarse con varias de ellas.

Se comprueba así que hemos navegado a una velocidad media de una milla por hora.

Debemos reconocer sin embargo, que la mar no obstante ser muy mala no estaba en relación a la fuerza del viento, porque nos encontrábamos al reparo de Tierro de Fuego. Gradualmente nos fuimos acercando a ella. Una vez próximos, el transporte pudo desarrollar hasta 4 millas por hora ya que las olas no eran tan altas y la fuerza del viento también había disminuido.

Perdida las esperanzas de arribar a Río Grande al día siguiente, el capitán resolvió no forzar la marcha y mantener al López a una velocidad moderada para combinar su arribada con la marea alta del día posterior.

UNA ENTRADA PELIGROSA.

Cuando me levanté por la mañana siguiente, el cielo estaba de nuevo encapotado y el viento volvió a aumentar, lo que ahora no nos preocupa por haber saltado dos cuartas más al sur y venir del W. cuarta al S. o sea bien de tierra la que el transporte va barajando lo más cerca que puede.

Como el día es frío, monótono, sin ninguna particularidad y sin ofrecer nada interesante permanezco en ''nuestro comedor", complementando mis dibujos y asentando mis impresiones, mientras un oficial ponía botones a su ropa interior, otro planchaba y un tercero remendaba, haciendo todos uso en común de la mesa de comer, acompañados de los lamentos de los tres únicos pasajeros de "primera" que permanecían completamente mareados en sus cuchetas y que por la relativa calma habían cobrado ánimos suficientes para quejarse. Su desesperación llegaba al colmo cuando nos oían comer y hacer chistes.

Así terminó el día y llegada la noche nos fuimos a dormir.

Al siguiente, que amaneció como el anterior, encapotado, arribamos frente a Río Grande, debiendo "serruchar" una o dos horas antes de que la marea fuera lo suficientemente alta para permitir la entrada.

El canal es muy angosto y está franqueado por bancos de un lado y temibles escollos del otro. Tres juegos de enfiladas, hechas con balizas colocadas en tierra, ayudan mucho, pero se debe navegar con precisión y si es posible a toda marcha. La corriente superior a seis millas por hora, puede hacer perder el gobierno y embicar el barco sobre las rocas que bordean el estrecho aguaje de entrada.

Además, cualquiera que sea el viento, las olas son lo bastante altas en la barra para que el buque corra el peligro de golpear en el fondo.

Llegada la hora conveniente, el comandante hizo poner proa a la barra. Nuestra entrada fué excepcional. La borrasca sumada a la luna llena produjo una marea que no se recordaba en los últimos veinte años. Se puede comprender lo que resulta de una súbita altura del nivel del mar metiéndose por una boca, apenas de cíen metros de ancho, en un río casi seco. En lugar de producirse la esperada corriente de seis millas esta pasaba de diez, velocidad que no alcanzaba a desarrollar nuestro cachirulo.

Al efectuar la última enfilada y ya dentro de río, muy próximos a su margen izquierda, comprobamos con asombro que íbamos a una velocidad insospechada.

Recién se tenía puntos de referencia para apreciar la excepcional fuerza de la corriente que tomándonos de sorpresa nos metía por el boquete de entrada como un bólido. Al terminar la última enfilada se imponía una virada a babor de cerca de 90°. Considerando el poco ancho del río se comprenderá la situación comprometida de nuestro buque.

Cuando el capitán ordenó todo a babor, el contramaestre que estaba al timón ejecutó la maniobra pero el barco no respondió. Afortunadamente las mismas fuerzas de la corriente hacían un violento remanso, el cual se encargó de alejar nuestro cachirulo de la orilla izquierda, pero dejándolo sin gobierno. Completamente al garete el López iba derecho al muelle.

¡Fondo! ordenó el capitán.

Sala, el primer oficial, que estaba a proa listo para la maniobra, ya se había percatado de la difícil situación y cumplió al instante la orden. Por suerte el ancla cayó bien, al mismo tiempo que el capitán había corrido al telégrafo y ordenando: "Atrás a toda fuerza". Pero el López arrastrando el ancla y sin demostrar querer disminuir en algo su velocidad, continuaba hacia adelante rumbo al muelle!

En ese momento el capitán tuvo una felíz inspiración. El todo fué cuestión de un relámpago, fracción de un segundo. "Mantenga a babor", dijo al timonel y al mismo tiempo volvió hacer funcionar el telégrafo con "Adelante a toda fuerza". La palada de agua que la hélice mandó sobre el timón, fué lo suficiente para desviar la popa hacia el lado deseado.

Inmediatamente, sumóse la fuerza de la corriente en el trabajo de hacer bornear el buque. La situación no estaba salvada todavía. Ahora la carrera era entre la popa y el muelle: ¿Zafaría ella de éste? ¿Concluirá el borneo antes de llegar a él? El capitán con las manos en el telégrafo mantenía. "Todo adelante." Inmutable, con sajónica serenidad, sin pestañar, esperaba los acontecimientos, de los cuales dependía con seguridad la suerte de su carrera, sin revelar la angustia que lo consumía. Todos estábamos inmóviles y silenciosos, nos mirábamos como preguntándonos: ¿Qué nos depara el destino?

La mayoría de la gente del muelle corría a salvarse porque la embestida parecía inevitable y en la relatividad de las cosas, el humilde cachirulo se había convertido en un agresivo monstruo de hierro dispuesto a aplastarlos.

Cuando el buque se atravesó la suerte era dudosa todavía. ¿Presentaría antes de ser abatido sobre el muelle?

En ese momento recibió sobre la banda toda la fuerza de una corriente de diez millas que sumada a la virada efectuada sobre el ancla le produjo una escora que nos pareció de 45°. dándonos la certeza de que tumbábamos.

La cadena chilló, los escobenes chillaron, todo el cachirulo chilló, pero nada sucedió y pegando la popa un formidable giro, en el tiempo de un parpadeo el transporte presentó a la correntada dando un último tirón y quedándose tranquilo, aunque con media marcha adelante porque era dudoso que el ancla sola aguantara.

Se puede apreciar lo que fué la salvada, si digo que el coronamiento del asta bandera pasó por sobre las cabezas de los pocos valientes que permanecieron en el muelle.

Recordando el episodio me dijo más tarde el oficial de guardia: "Se me achicaron los ríñones cuando vi la popa ir hacia el muelle! Si el capitán no hubiera tenido la rapidez de acción y ordenar toda fuerza adelante, logrando así la salvadora virada uno o dos segundos antes de que la popa llegara al muelle, no quiero ni pensar lo que hubiera acontecido.

Media hora después, cuando la corriente había perdido mucho de su fuerza, entró un pequeño cachirulo chileno que hace la carrera a Río Grande. Su capitán, un experimentado marino noruego, con veinte años de navegación en esa región, también fué sorprendido por la excepcional corriente. Pero demasiado confiado én su capacidad, no tuvo nuestra suerte. Su barquito perdió el gobierno y arrastrado por la corriente fué a embicar en la orilla izquierda, unos cien metros aguas arriba del muelle, donde por momentos pareció que se tumbaba. El viejo lobo noruego pedía auxilio con la sirena, auxilio que no se le podía prestar. La situación era mala, pues con la extraordinaria marea se varó fuera del cauce del río, el que ya se había desbordado e inundado la población.

Esa noche, de sobremesa en rueda de oficiales comentando este segundo episodio de la tarde, uno dijo: "¿Vieron la figura que hizo ese cachirulíto? Sin embargo, los armadores no le dirán nada. Ellos están en antecedentes de las dificultades con que deben luchar los navegantes de estos pagos. Cartas carentes de exactitud, nieblas, rachas, corrientes violentas, borrascas, chubascos, rocas desconocidas y otras calamidades que son las pesadillas de los pobres marinos de aquí. Por eso, cuando un capitán llega con su casco abollado, por haber dado contra piedras o muelles, jamás se le reprocha".

Luego continuó. "Nosotros no contamos con esa consideración. Para el marino de guerra no hay tolerancia. El reglamento es inflexible. Al menor accidente una cruz en su carrera y ya sabemos lo que le espera"...

El marino que hablaba, estaba amargado. Una furiosa tempestad lo había arrojado con un pequeño remolcador, que tenía a su mando, sobre la costa patagónica.

Fué sumariado, postergado, y aunque contaba con el afecto de sus colegas, que lo conocían como un muchacho valiente, aviador temerario, y buen camarada, estaba decidido a pedir el retiro en cuanto el transporte llegara a Buenos Aires. El mismo capitán se había interesado por el muchacho y más de una vez hablamos sobre la tristeza que lo embargaba, al ver cortada su carrera, a la que se había dedicado con gran cariño y entusiasmo.

UN PERSONAJE IMPORTANTE

No puedo hablar del López, sin un recuerdo para el personaje más importante de a bordo. PANCHO. Pancho tenía sobre sí la seria responsabilidad de resguardar al López de todas clases de acechanzas. A decir verdad que lo hizo muy bien. Pancho era grandote, lanudo y con cara bondadosa. Pero Pancho era rebelde. Obedecía a todos o no obedecía a nadie. ¡El pertenecía al López y no a la gente del López! Con rara inteligencia comprendió mis deseos y me posó. Inmóvil, permaneció mirándome hasta que terminé mi croquis. Es verdad que lo engañé. Antes le había arrojado unas piedras para que las fuera a buscar, cosa que le agradaba mucho y estaba esperando que se la arrojara nuevamente. Pancho era muy querido por los de a bordo y sumamente popular en todos los puertos que tocaba el López. Era el primero en bajar a tierra y el último en subir a bordo. Pancho era mimado por las mujeres de los cafetines. Cuando ellas veían a Pancho entrar muy ufano en el café, sabían que el López había arribado y que esa noche irían los marineros, sus amigos. En cada puerto Pancho tenía una cucha, esa cucha estaba en el cafetín. Todas las mañanas iba a la orilla, miraba atentamente al transporte, luego Vivíase al café, donde se le halagaba. El día designado para zarpar, Pancho iba como todas las mañanas, miraba al transporte como siempre, pero se quedaba en la orilla, llevando control del movimiento de botes y en el último se embarcaba. ¿Cómo sabía Pancho que el transporte zarpaba ese día? Es algo que siempre intrigó a la gente de a bordo. Lo cierto es, que nunca falló.

EPILOGO

Sería largo detallar las gauchadas del López, formarían un libro de muchos capítulos, todos interesantes, que pondrían de manifiesto las hazañas de nuestros marinos en las desoladas regiones del sur. Por unos años continuó su noble labor. Luego fué radiado. En una visita que hice a Río Santiago hace poco, lo encontré arrumbado, escorado, pero mis lápices inquietos, ante la presencia del viejo amigo no pudieron quedar inactivos, y con la rapidez que permitía el paso de la lancha en que estaba, volvieron a recordarlo nuevamente sobre el papel.

 

 

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