Historia y Arqueología Marítima

 

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Fragmentos de un Diario de Viaje

AI Capitán de Fragata, D. Alfredo Ordóñez.

A bordo del ''Pampa", transporte nacional, en viaje a EE. UU. de Norte América, el 8 de Octubre de 191.....

por Jacinto Velázquez.

Fente: Neptunia 1931

Domingo. Hermosísimo día. Se adivina que nos encontramos en las proximidades de la línea. Intenso calor. Apenas si alcanza una leve brisa a echar un soplo de frescura sobre las sienes congestionadas. . . .

El sol rutila sobre las espumas de las aguas agitadas al paso del barco.

En la inmensidad del mar azul, soberbiamente azul, que retrata el turquí de este hermoso cielo ecuatorial, sin un fleco de nube, las ondas mansas, se suceden unas a otras, graves, despaciosamente, como si temieran cansarse antes de llegar al final del camino, que nunca encontrarán. La proa del barco rasga la untuosa masa líquida y las crestas de las olas, entonces, deshaciéndose en menudas gotitas de lluvia, bañan la cubierta, como ligero rocío, dejando breve vaho de salino frescor.

Y en tanto que el buque se columpia suavemente, elevando su proa sobre el dorso tranquilo de nuevas olas, una gaviota blanca inicia desde la superficie de las aguas aquietadas un magnífico vuelo en dirección al sol.

Octubre, 13.

¡ Qué impresión inenarrable es la majestad solemne del mar! En este inmenso desierto de agua, ni una columna de humo siquiera se hace perceptible, ni en su cielo el vellón transparente de una nube. ¡ Y qué maravilloso el juego de colores que la luz solar hace experimentar sobre la superficie!

Al alba la inconmensurable llanura líquida se tiñe de un leve color violado que, poco a poco, se va transformando en un verde del más delicado tono, al que sigue una esplendorosa transición entre el rojo y el dorado.

A mediodía, olas pequeñas de un tinte azul de sin igual trasparencia, empapan las bandas del buque, en grácil chapoteo, mientras en el horizonte, inundado de luz, refulgen las aguas como un baño de oro. . .

He aquí el crepúsculo vespertino. El sol se desangra sobre el horizonte. Sus rayos son violentas vetas rojas que atraviesan ondulante, el movedizo añil. Lentamente, el color escarlata se trasmuta en fino sonrosado y mientras por estribor avanzan, despacio, las sombras y a babor se hunde el disco solar, se extiende al ras de la superficie un incomparable azul pálido que, al irisarse con los últimos destellos de la luz diurna, se disuelve en oros, verdes y nácares.. .

Han comenzado a encenderse por babor las primeras estrellas. Allá, abajo, sobre el horizonte, las nubes dibujan ahora, en fantástica locura de colores, mil caprichosas alegorías que se desvanecen poco a poco con las postreras claridades del crepúsculo agonizante.

El puente de mi barco se puebla de sombras. . . No sé. . . Bajo la calma ecuatorial, envuelto en el grandioso silencio del momento, me parece distinguir otras sombras nacidas de aquellas, que se corporizan, delineando, como entre brumas, perfiles legendarios.

Inmóvil, absorto, contemplo el desfile de este mundo que crea la fantasía a mi alrededor ; que vive imaginariamente, con añejo sabor de siglos, mientras voltijean en mi cerebro cálidos recuerdos de lecturas, viejas remembranzas de magníficos relatos, de proezas maravillosas, de antiguas hazañas soberbias de otros hombres y de otros tiempos. . .

Cierro los ojos. . . Yo sueño. . . Y mientras dejo que el espíritu viva, me sorprendo balbuceando, quedo, las estrofas del poeta:

" ¡ Ah! No será, tal vez, que el alma errante

" De los que en la onda amarga perecieron

" Se alza en este instante

" Y vaga por el sitio en que se hundieron

" Las fuertes naves de artillado puente

" Sobre las cuales, por la patria mía,

" Exhalaron el último suspiro

" Riente el labio, altiva la mirada

"Y un reflejo de luz sobre la frente?"

De regreso : 25 de Diciembre, a las 5 horas.

Va apareciendo, opaca, gris y a duras penas, el alba de este día, con hosca cara de no querer saber nada de festejos. Mar de fondo hace rolar el barco como en las grandes "giornate" de Cabo Harteras, ¡ ya tan lejos! Fortísimos chubascos, descargan con breves intervalos. La niebla está cerrada. Acompañamiento musical de broncos y breves silbatos, anuncian nuestra presencia a lo invisible. Malo, malo...

Diciembre 26, 10 horas.

Santa Catalina, golfo querido y temido, has sido benigno a la ida y has sido benigno al regreso. Gracias a Dios y a tí, Recalada y la Dársena Norte nos abrirá sus amorosos brazos, recibiéndonos en su seno, dentro de tres días.

A las 15 horas.

Este capítulo de mi diario podría intitularse : "De cómo sólo cinco palabras trasmitidas por telegrafía sin hilos son capaces de hacer variar de rumbo, sin ganas, al mejor capitán". Y se podría agregar: "...sobre todo si el navio lleva a popa la bandera de guerra y el que firma el "radio" tiene en la gorra unos sunchos de oro más anchos que la Broadway o la First Avenue". ..

Todo lo dicho anteriormente quiere decir que Recalada a Dársena Norte no nos recibirá amorosamente, como habíamos pensado, engolosinados, hoy, a las diez. Nos mandan — así, como suena, nos mandan — ¡ oh, maravilloso invento de Marconi! a Puerto Militar y como obedecer es la única misión del marino, pues... ¡ chitón! y una vuelta de timón para caer unos graditos más a babor. Sobre cubierta, con el cuello del gabán subido hasta las orejas y la gorra calada rumbee nomás p'allacito, rumbee nomás...

Diciembre 27, a la madrugada.

Mal nos tomó la entrada al Río de la Plata. En las últimas horas de la tarde de ayer comenzaron a sentirse los primeros golpes de agua, de violencia tal que nada bueno prometían. El rolido adquirió intensidad no sospechada y a eso de las diez de la noche, el temporal había desencadenado todas sus furias. Mar y viento de proa. El barco escoraba hasta lo inverosímil y la for-tísima marejada que teníamos por delante imprimía al navio violentos cabeceos al asaltar el castillo de proa con olas enormes que reventaban arrasando con todo, a la altura del palo.

Embarcábamos agua por las bandas en cada rolido, de suerte tal que la cubierta se inundó y que con las formidables "metidas de cabeza" aquella iba y venía, encajonada en los pasadizos, convertida en turbulenta avalancha, invadiendo los sollados de proa y las cámaras de popa.

Tras los chubasqueros empapados, en el puente, protegidos por gruesos abrigos de goma y encerados, el Comandante, los oficiales de guardia y de derrota y su ordenanza — yo — chorreábamos agua de cielo y agua de mar. Silenciosos, tensa la atención puesta en el brutal balanceo, cuatro pares de ojos avizoran, a través de la tempestad, la emboscada que tiende en la noche siniestra el mar embravecido. . .

En mi puesto, yo, el último de sus tripulantes, sufro con el barco. Si, sufro. Sufro cuando la proa, bramando contra el viento, se hunde con rabia en el seno monstruoso de las olas enfurecidas; sufro cuando oigo que la hélice, girando fuera del agua, castiga el aire, loca, cimbreante, haciendo vibrar con lamentos casi humanos las cuadernas; sufro cuando siento la jauría suelta del huracán rugiendo en los cordajes; sufro por que no sé cómo ayudarte, porque no te puedo ayudar, ¡ barco valiente y querido!, porque aquí, en este puesto, no soy sino una pobre cosa inútil que nada puede hacer por tí sino presenciar tu duelo a muerte — tú, solo, desamparado — ¡ con los elementos desencadenados contra tí para vencerte y aniquilarte!

¡ Ah, no ! ¡ No sucumbirás ! ¡ Dios no lo permitirá! ¡ Te quiero demasiado y eres demasiado valeroso para que te rindas, no importa la lucha desigual en que te has trabado! ¡Puja, viejo "Pampa", que en tus entrañas no faltará quiénes den a tus bríos el calor necesario para que no desmayes! Xo importa que el sacudón bárbaro de las palas de tu hélice batiendo en el aire y entrando de golpe en las aguas haga retemblar con espantosos remezones tu casco indefenso. ¡ Rola, "Pampa" amigo, con ciega ira y loco furor, pero substrae tus amuras al puñetazo artero de tu contrincante! ¡ Oh, ; Qué sorda rabia de desesperación y de impotencia siento que me invade; amarrado a los chubasqueros del comando, bajo el diluvio que cala mis huesos! ¿ Por qué los rugidos del viento ahogan mi voz en la garganta? ¿Por qué no puedo hacerme oír de tí, navio, hermano mío? ¡ Oh! ¡ No importa! ¡Deja que brame el mar, "Pampa"! ¡ Yergue tu roda sobre las crestas cubiertas de espumarajos de esas montañas de agua que se arrastran traidoras para sorprenderte! ¡Húndele tu proa y haz que sus moles formidables se desplomen deshechas sobre tu recio torso de titán! Pelea, viejo barco, enloquecido en la lóbrega noche del Atlántico mientras iluminan tu drama las fosforescencias de sus olas inmensas, que desprenden siniestros adornos azulados, para que se dibujen un instante, en la lividez del escenario portentoso, de la cubierta, de las drizas, del castillo y del puente en que me encuentro, bajo su trágico fulgor!. . .

Diciembre 29.

De pronto, ante el pensamiento de que la arribada inminente traía aparejada la terminación de mi vida marinera, un mundo de recuerdos se agolpó en mi mente y sentí, achicárseme el corazón y oprimírseme la garganta.

El cariñoso afecto de mis camaradas; la energía paternal de mis superiores; la sencillez de las costumbres de a bordo, las charlas sabrosas en el descanso, la faena diaria, más llevadera porque es compartida su dureza, las distracciones, tan simples, tan gozosas, los juegos tan llanos y tan varoniles, la silenciosa angustia del partir y la alegría jubilosa del llegar, la modorra de la tarde caliginosa, los relevos en las madrugadas ceñudas bajo el temporal, la noche tropical, en puertos de la línea, poblados de rumores inquietantes..., los faros amigos, diciéndonos, desde lejos, en mudo lenguaje, sus nombres, eme sonaron, un día, en mis oídos, con exquisita cadencia: Martinica, Sandy Hook, Ambrose, Farewell.. . las guardias de timón, en la alta noche, fijos los ojos con ausencia hipnótica, en el cuadrante luminoso de la brújula, mientras busca la roda del navio, dócil y obediente a la rueda, su rumbo tras la línea de fé, los guiños cariñosos de las estrellas cuyos nombres — que suenan en mi espíritu con voz tan familiar: Canopus, Sirio, Navio — los oigo repetir con indecible encanto; las recorridas solitarias en cubierta en los días de fiesta con el barco amarrado y su tripulación en tierra, silencioso, desierto, la intimidad absoluta con el buque y el mar, amigos y camaradas los dos, grave y tranquilo el uno, turbulento e instable el otro, la melancólica cantilena susurrada a media voz durante las guardias de puente mientras mece el mar al barc¿> y acuna su paso, cantando en sus amuras su canción de siglos, el miraje eterno de las aguas de los horizontes remotos, tras de los cuales entrevi otros hombres, donde me fué dado cultivar otras costumbres, donde me enseñaron nuevas rutas en el mar de la vida y donde aprendí, tal vez, a amar. . .

Fuíme a apoyar sobre la borda de babor, en mi sitio predilecto, bajo el puente de comando. Miré al mar. Una inmensa quietud surgía de sus aguas tranquilas y se derramaba en el crepúsculo vespertino, saturado de calma, vencido por las primeras sombras de la noche que caía.

No podía acostumbrarme al pensamiento de que todo esto, que yo creí que me pertenecía íntegramente, que yo creí definitiva e inalienablemente mío, muy luego no sería en mi vida sino un lejano y melancólico recuerdo y sentíme presa de un quebranto invencible. Un desasosiego inenarrable se apoderó de mi corazón. Allá, arriba, en millones de puntos titilantes las estrellas, mis lejanas amigas, sembraban los abismos del espacio y comprendí en su tembloroso parpadeo que ellas también hermanaban con mi hondo dolor y, desde la inmensidad sin límites del orbe en que brillaban, se asociaban, silenciosas, a mi congoja infinita.

 
 

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