Historia y Arqueología Marítima

 

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La Yakul-Kú

 

Por Javier Funes Pautasso, publicado en su weblog http://www.freewebs.com/ebwo/relatosdenutica.htm este sitio no existe más) y reproducido aqui con permiso del autor.

 

            La barcaza carbonera Yakul-Kú no iba nunca a ser recordada por hazañas navales, visitada por enamorados ni fotografiada por turistas. Con 81 metros de eslora y 17 de manga era un casco salpicado de remaches, cubierta corrida, proa y popa iguales y redondeadas, con una minúscula casillita en la popa precedida de 4 escotillas. Tal su sencilla estética que la dejaba lejos de cualquier actividad que no fuese el duro y peligroso trabajo de llevar carbón. Buque ciego de nacimiento, no poseía tracción propia ni timón. Cuando la crisis carbonífera en los años noventa, su utilidad terminó y fue remolcada, vacía, hasta un abra al fondo del puerto en Río Gallegos. Algún proyecto casual de la marina quiso darle la función de pontón pero no tuvo éxito. Finalmente alguien firmó papeles y pagó sellados, y  la Yakul  fue a desguace en Noviembre de 2001.

 

            Dos gruesos cabos la unieron a un par de viejos pesqueros ya despojados de motorización y mobiliario. Un remolcador enorme arrastró la formación, cara al norte, desandando el Mar Argentino del modo como es clásico desde hace siglos, describiendo una amplia curva que cae al nordeste para costear Buenos Aires. El mismo buque de tiro recogió dos chatas semidesarmadas en Mar del Plata para dejarlas en una dársena de Berisso, y arrastró su remolque original hasta un punto no muy distante de Tigre, al cementerio de barcos de la desarmadora-adquirente de chatarra naval. Una vez allí, unos morochos muy sudados amarraron el “paquete” con un solo calabrote, entre gritos, órdenes y puteadas. Luego el cementerio de barcos quedó en silencio, las aguas sucias se aquietaron y no fue sino hasta el día postrer que retornaron entre obreros a desguazar entre martillos, sopletes y otras herramientas. El bullicio era común desde la mañana. Sin embargo, los fines de semana eran días soleados en que el muelle hacía eco de las lanchas particulares que remontaban aguas más felices, o se animaban los alrededores con el paso del tren de la costa. Y vino un Lunes más, pero nadie volvió a aproximarse a los talleres. Ni el martes. Ni en subsiguientes.

 

            Resulta que la chatarrera suspendió todas sus actividades, días antes de la Navidad.  Desde el cementerio de la barcaza y de tantos otros condenados, allí en la profundidad de la noche y entre aguas oleosas y sombras, se vieron los pocos fuegos artificiales de aquellas difíciles fiestas. Apenas dos o tres noches después, un crujido desgarró el silencio de aquel panteón grasiento y abandonado que era el muelle: las sombras se ganaron entre los restos de metales, horriblemente deformadas por la joroba de la bolsa que cada una traía consigo.

 

            Ladrones entran con bolsa vacía. ¿Quién entonces con bolsa llena?

 

            Ladrones salen con bolsa vacía. Si el intruso no lleva sino que trae, algo malo trae. Y el desarmadero dejó de pagar hace meses…

 

            El incendio principió en un viejo pesquero que tal vez alguna vez fue amarillo. En una hora, la columna de humo era tal que opacó el brillo anticipado del alba de los Santos Inocentes. Al arribar Bomberos ya ardían dos remolcadores, dos chatas areneras y varias pesqueras menores y algunas chalanas. La Yakul-Kú, a la postre parte de ese valle de lágrimas, seguía allí, ciega bajo el óxido, tontamente amarrada con un calabrote ya gris de viejo que era, y medio podrido.

 

            Uno de los escuadrones –probablemente el porteño- se veía más numeroso que los otros y maniobró las autobombas hasta llegar casi encima de un casco solitario que pudo ser de una chalana. Concentrando allí la espuma, la barrera discriminó el casco anterior, una mole de maderamen agusanado viejísimo que ardía con un crepitar ensordecedor y disparaba tantas chispas que algunos vecinos, de lejos, confundieron con fuegos de artificio. El Capitán de bomberos de San Fernando hizo a los suyos abandonar el desarmadero, tomar una callejuela de adoquinado que lo circundaba, voltear a pico una pared de ladrillo a la vista y así acceder a la punta de dársena que marcaba la entrada de agua donde flotaban los condenados.

 

            Nunca otro barco clamaría ante la tortura de los sopletes y martillos.

 

            Un bombero rubio, alto y con cara de niño se acercó al infame calabrote, blandió un hacha que brilló bajo el reflejo de las llamas allí lejanas y arremetió a golpes, agachando algo la cabeza con cada descarga. No hizo falta demasiado para que el cabo cediera sin ruido alguno, cayendo a un punto oscuro en la cubierta de una chata ya decapitada de toda obra muerta.. 

          En el centro del foco ígneo, la situación seguía sin control. La descarga de espuma terminó. Empezó el bombeo directo de agua de río una vez que la electricidad de planta fue restaurada. Y de nuevo la decisión fue atacar la chalana emparejada al casco de madera, ya consumido casi hasta el nivel del agua.

 

            En la entrada de la caleta que abrigaba al desarmadero brilló un reflector: los bomberos, muy ocupados en su mayoría, no percibieron hasta tarde lo que pasaba.

Un remolcador con motores potentes, un Patrón arriesgado y con problemas económicos y una tripulación borracha son una combinación peligrosa. Sin hacer caso a los altavoces de advertencia, el “remo” avanzó por el estrecho canal entre las unidades incendiadas. Viró como para entrar en dársena, dio contramarcha con una nube de humo y giró graciosamente sobre sí mismo mostrando en popa que lo llamaban El Poeta. Nadie se dejaba ver en cubierta. El remo emprendió una marcha en sentido de la salida, a unos 3 nudos, apenas doscientos metros después y sin anclar paró motores, amarró una de las embarcaciones en línea aún no incendiada –posterior a la chalana que Bomberos quería usar de barrera- y cortó el cabo con esta última. Un hombre gordo y morocho asomó por una escotilla de la timonera y saludó a los del muelle. Sonó la sirena tres veces cortas. Por vez primera bramó el motor de El poeta de manera audible, chorreó humo en espirales más altas y más amplias. De a poco y sin ruido, las naves ciegas y sordas obedecieron, siguiendo al líder formando un rosario de tristeza, un ejército de zombies oscurecidos por el tiempo empezó a enderezar el canal del acceso mientras cada barco mostraba sus escotillas sin vidrio y ojos de buey apenas resplandecidos por el fuego. De inmediato el sector incendiado quedó casi vacío. El Poeta abandonó el área, orlado su casco de una ancha ola de avance. Salido el último barquichuelo a remolque, y de manera casi imperceptible la succión del horrendo convoy provocó el desplazamiento de la Yakul-Kú en el mismo sentido, desde antes libre por obra de nuestro joven bombero. La popa con el nombre (des) pintado en blanco avanzó con lentitud y se lanzó a las penumbras sólo interrumpidas por el fuego distante como por una estela de espuma muy estrecha de El Poeta y el ruinoso producto de su “rescate”. En el muelle afectado, el escuadrón porteño se dedicaba a las primeras llamas en la instalación de tierra. En el otro ángulo, el escuadrón fernandino empezaba la retirada por el mismo muro que demoliera, en apoyo de los porteños.

 

            Nadie prestó atención a la barcaza enorme que se desplazaba con la muda imprecisión de un fantasma. Un andar pesado a la vez que tranquilo la hizo derivar de a poco por la salida de la dársena. Cuando amaneció del todo, los remaches oxidados brillaban bajo el sol estival que bien temprano ya picaba. La mole siguió una corriente algo compleja que la llevaba por un brazo de río poco transitado, aún en Verano, en tanto el incendio era ya noticia nacional.

 

            Tal vez varó en ese mismo brazo del río o en otro u otros. Mil lanchas y botes habrán pasado a su lado, pero el casco desvencijado no mereció ni una mirada de desaprobación. Refugió ratas, alguna víbora y pájaros por decenas, enganchó ramas de sauces llorones, o quizá la corriente le hizo derivar sobre algún canal antiguo y sin dragar. Pero la correntada de 2003 fue más fuerte de lo acostumbrado. La desembarrancó si estaba varada, la empujó a la ancha mar si libre, y la Yakul-Kú desapareció de la vista de todos. En su otra dimensión, la administrativa, hubo reuniones, inspecciones, policía, juicios, seguros y un inacabable expediente convenientemente extraviado, sin contar que en el desarmadero todos la dieron por quemada con las demás, o hundida. La Baja por Destrucción Total llenó su formulario. Y en medio de esos trámites era solo el mar testigo inquieto de ese extraño barco que se atrevió a decidir cuándo y cómo había de morir.

 

            Cuántos marinos quisieron tener ese poder y no lo detentaron.

 

            Y la Yakul-Kú siguió su sobrevida. Tal vez…

 

            …continuó su ruta hacia el Atlántico, y entre golpe y golpe de mar se vencieron sus escotillas o fueron arrancadas desde la serviola, si es que las tenía. Así, en medio de un temporal cuyos estruendos taparon el débil estertor del hierro podrido, la barcaza empezó a desaparecer ola tras ola, y en medio de una madrugada violenta del Atlántico hubo una última ola para ella. O…

 

            …entró en el Mar Argentino y la corriente la derivó hacia la nada, y una noche de Luna Nueva y nubes mudas algún descuidado Petrolero la rozó, le reventó alguna docena de remaches y la Yakul empezó a embarcar agua, lentamente, y pasando las horas terminó sepultada en espumas bajo el frío del océano de invierno, o…

 

            …entre oleajes y óxido el agua se filtró de a poco –para mí, una de las dos probables- y navegó según las corrientes medio escorada, ora a Babor ora a estribor, como una bañera mal desagotada, siempre con un poco más de agua adentro, zigzagueando entre las cuadernas. Tal vez pasó las cuatro estaciones en alta mar, mucho más allá de donde se ve desde la costa. Algunos pesqueros la vieron ocasionalmente, algún navegante solitario la evitó, tan fea que ni una fotografía le mereció. Tal vez algún gran navío llegara a avistarla, moribunda, con un último francobordo de medio metro desapareciendo cada tanto por alguna ola atrevida, y no mereció más que un comentario despectivo en un idioma áspero. Alguna mañana de borrasca terminó de sumergirla, ya rendida, aún reteniendo bolsones, descendiendo en un mar ajeno entre burbujas, posándose en el fondo sin mover arena, sacar guijarros ni asustar peces, apoyándose en el arenal casi pidiendo permiso, su proa apuntando a la nada (¿a Gallegos?). O…

 

            …fue descubierta por algún aventurero y llevada como trofeo del mar a una tierra lejana, revividos sus remaches y repintada, tal vez convertida en casa flotante o museo; yate o algún barco de paseo para una laguna amistosa o un río doméstico. O…

 

            …muy posiblemente siga ahí –esta es la otra posibilidad que evalúo factible- y se esté hundiendo lentamente en el arenal de un médano costero en Samborombón, O…

 

… flote a la deriva como desafiando al tiempo y al destino, y se haya vuelto una leyenda para los pescadores de los barquitos del Muelle 10 que dicen que el que la ve tiene desgracia o mala pesca (hay muchos de esos, la única mala suerte es tener que escucharlos) una cosa molesta que ya hizo gastar radiogramas a los Guardacostas de Prefectura sin que nada decida la comandancia, tal vez esperando que el casco maldito se hunda un día para siempre.  O los Petroleros que van a Comodoro ya la conocen, y protestan de que algún día ese casco va a causar una desgracia. O los cruceros sonrientes la cruzan a lo lejos, sin tan siquiera percibirla. Tal vez un oficial novato es enviado a controlar con largavistas si hay señales de vida, o la merodeen en un gomón para comprobar su desolación, y luego se alejan entregándola a su propia soledad.

 

            Lo cierto es que cualquiera de nosotros puede llegar a verla en un mal (buen) día y –de ser así- es mejor evitarla, dejar que siga su capricho hasta que el día de mañana decida dejarse hundir. O tal vez no sea así, y los vientos del rudo Invierno atlántico la internen para siempre en el mar infinito.

 

6 de enero de 2008

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