Historia y Arqueologia Marítima

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HyAM News Nº 4 -2005

EL SEGUNDO HUNDIMIENTO DEL BUQUE DE PASAJEROS MONTE CERVANTES    

 

 

Por el Capitán de navío (RE) Ricardo A. R. Hermelo, integrante de la dotación del Aviso A.R.A. "Chiriguano", en 1954, en la maniobra de reflotamiento del Monte Cervantes , quien amablemente nos permitio publicar este trabajo suyo.


 

Corría el año 1954 y los comandantes del Aviso A.R.A. "Chiriguano y "Sanavirón" recibieron la orden de su Comando Superior, la Agrupación Naval Antártica, de zarpar a Ushuaia para participar del reflotamiento del Monte Cervantes y remolcarlo desde las proximidades del Faro Les Eclaireurs, hasta la ciudad de Ushuaia.

 

   ARA Chiriguano  

  ARA Sanaviron

Ambos barcos zarparon de inmediato y en menos de una semana se amarraron al muelle comercial de esa ciudad. De inmediato el comandante del "Chiriguano", Capitán de Corbeta Adolfo Victor Bluthgen, como jefe más antiguo de la Armada de quienes efectuarían la operación, se puso al tanto de la situación mediante el señor Simoncini, quien  era el que desde varios años atrás trataba de reflotar el casco.

 

En una semana se completó la Orden de Operaciones elaborada por el capitán Bluthgen. La operación incluía a los avisos de la Armada "Chiriguano", "Sanavirón" y el "Guaraní" y el remolcador de Simoncini, "Saint Cristopher", que aún se encuentra en Ushuaia. Recordamos al "Guaraní", que años después se hundió con toda su tripulación en el canal Beagle.

 

 ARA Guarani

Zarparon los cuatro barcos y la primera tarea fue la de pasar el pesado remolque de mar de cada uno de ellos y afirmarlo con los buzos al casco del Cervantes que emergía parcialmente dado vuelta; éste aún no flotaba. El pasaje de los pesados remolques de alambre de acero fue muy prolongado y su maniobra engorrosa, pues debíamos acercarnos con baja profundidad y no tocar el fondo que se veía claramente debajo de nuestros cascos. Al cabo de 12 horas, los cuatro barcos estaban tomados al Cervantes y a la orden de Bluthgen empezaron a tirar, al principio con poca máquina hasta templar los cables y luego con toda fuerza.

 

 

Rodeando el casco hundido, se mantenían varias lanchas con gente de Simoncini que accionaban las bombas para continuar el achique del barco. Luego de más de 10 horas, no nos movíamos del lugar; se pidió que lo buzos bajaran para verificar qué era lo que impedía iniciar la navegación. Simoncini se encontraba en la ciudad en tierra, aferrado a un equipo de comunicaciones para conocer los detalles. Su ansiedad era grande, pues habían sido muy prolongados los esfuerzos y a un elevado costo. Se comentaba que el Banco Industrial le había otorgado un generoso crédito, algo así como 100 millones de pesos de esa época. 

 

Además, algunos pobladores de Ushuaia le habían prestado dinero para la empresa. Debo mencionar que en ese entonces, cuando uno llegaba a Ushuaia, el comentario obligado de todos los pobladores era el reflotamiento del Monte Cervantes. 

 

Los buzos estuvieron trabajando varias horas y cuando informaron que habían dejado liberado el barco, se comenzó a tirar con toda fuerza. De repente, observamos que nos movíamos y fue una algarabía para todos. Se inicia la marcha en dirección al SE hacia la isla Navarino, pues el Cervantes que estaba boca abajo, tenía un calado importante y debíamos franquear y no varar en el trayecto, dar la vuelta al faro Les Eclaireurs y poner rumbo a Ushuaia, donde se había elegido un lugar, para embicar el Cervantes y permitir que Simoncini iniciase el desguace. Los comentarios de ese entonces hablaban de la caja de caudales, donde las pasajeras habían depositado sus alhajas, pero al respecto también se decía que los buzos no la habían respetado y se habían hecho de los valores.

 

El pasaje del Cervantes no era común; por el contrario, se trataba de personas adineradas y esto me lo confirmó una pasajera ya fallecida de la sociedad porteña, quien manifestó que había sido un suceso para la época y había llamado la atención por el interés despertado en conocer Ushuaia y el canal Beagle. Hoy, es fácil comparar frente a los numerosos cruceros de turismo que amarran en el muelle comercial. 

 

Retornando al relato, el conjunto de los cuatro remolcadores y el Monte Cervantes navegaba a una velocidad de 3 a 5 nudos y de repente se produjo la primera novedad. El "Saint Cristopher" informa que se le ha cortado su remolque, hecho que se produce a los 20 minutos de travesía. Casi inmediatamente, observé que saltaba un chorro de agua en la proa del casco, parecido o quizás más importante al de una ballena y el Cervantes empezó a hundirse de proa con un leve ángulo de unos 15 grados.

 

Me encontraba en el puente junto al comandante y, de inmediato, se pararon los motores y generadores del "Chiriguano». Silencio en el puente de mando, salvo la comunicación a la guardia de máquinas por teléfono autoexcitado sobre qué sucedía; la respuesta fue que debido a un gran esfuerzo habían saltado todos los automáticos y que restablecería a la brevedad la planta propulsora del buque. El jefe de máquinas, Tte. Alam, estaba en popa controlando la máquina automática de remolque, y avisó a la voz que se había trabado y fijado el remolque y que no se podía lascar el cable. Al resto de los dos barcos se les cortó el cable de remolque, con lo cual el único barco aferrado al Cervantes fue el nuestro. 

 

Transcurrieron no sé cuántos minutos, hasta que nuestro Aviso quedó inmóvil, unido o fondeado al Monte Cervantes que había tocado fondo. Se aprovechó esta situación para situar el buque propio y como se tenía 150 metros de remolque largados en el agua, se posicionó al Monte Cervantes.

 

En la popa, el segundo comandante, Tte. de fragata Leopoldo Pfister, con el contramaestre y la gente de mar, fabricaron con tambores de gasoil de 200 litros un flotador y luego con soplete, cortaron el cable. Pero el flotador resultó insuficiente y se perdió contacto con el cable.

 

En el momento en que se hundía el Cervantes "por segunda vez", las embarcaciones que estaban unidas con numerosas mangueras para el bombeo, se desprendieron prestamente, salvo una que no lo pudo hacer de inmediato; tengo tan grabado este hecho y aún me parece ver el desesperado esfuerzo de uno que remaba frenéticamente para separarse del hongo de succión y dos o tres con hacha cortando los cables que los aferraban al casco que se hundía. En menos de 10 mínutos, desapareció bajo las aguas en unos 80 metros de profundidad y esta pobre gente se escapó de una muerte casi segura, al vencer la atracción del agua. Realmente fue para todos una experiencia inolvidable, que en particular me ha sido de gran utilidad durante toda mi actividad en el mar.

 

Regresamos a Ushuaia y dicen que el desconsuelo de Simoncini era total. Tiempo después se decretó la quiebra, y creo que sólo queda el silencioso casco del 'Saint Cristopher" como mudo testigo del segundo hundimiento del Monte Cervantes.

 

Ya en tierra, nuestro jefe de máquinas, Tte. Alam, hizo el cálculo que si el Cervantes no se hubiese asentado en el fondo, nuestro barco se habría hundido y la salvación se debió a tener los 150 metros de cable filado por popa. Existen accidentes de remolcadores que se han volcado por una mala maniobra en el tiro de un buque de gran porte.

 

Buenos Aires, 24 de Febrero de 1999