Historia y Arqueología Marítima

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VIAJE DE EXPLORACION DE HISTARMAR

EXPEDICION DE HISTARMAR A CURUPAYTY - PARAGUAY

 

 Por Mariano Reguero y Gerardo Broglio para Histarmar.  Resistencia, 5 de abril de 2010

 Fuentes: ABC Color "La Guerra de la Triple Alianza"- Pinturas de Cándido López, "Maldita Guerra" - Nueva Hisotria de la Guerra del Paraguay, de Francisco Doratioto - Emece Arg. pág 232/235

 

 

 En los primeros días de abril de este año, Mariano Reguero y Gerardo Broglio partimos desde Resistencia (Provincia de Chaco, Republica Argentina) con el fin de visitar  Curupayty y Humaitá, en la Republica del Paraguay. Salimos al amanecer rumbo a Las Palmas, localidad distante 70 km al norte de la ciudad capital del Chaco. 

Al llegar a Las Palmas, nos dirigimos a las instalaciones del ex Ingenio Azucarero donde pasamos a buscar a un entrañable amigo y colaborador Gustavo Acosta Díaz Colodrero (conocido ya por Histarmar), para ir directo al puerto. Ya en el mismo, nos esperaba Don Roberto González con su embarcación hecha a su medida. La lancha de aluminio y con un con un motor de 30 hp estaba a la altura de las necesidades para este reconocimiento del Rio Paraguay y los sitios históricos donde se libraron combates decisivos en la Guerra de la Triple Alianza: Curupayty y Humaitá. 

                                         

El embarcadero de Las Palmas sobre el río Paraguay, está ubicado sobre barrancas, por lo que es necesario un artilugio con malacate para arriar e izar la lancha. En el momento de llevar la embarcación al agua, apreciamos la destreza y el gran conocimiento del río que tiene Don González, quien nos explicaba con orgullo que todo el diseño (de hecho muy práctico) lo había concebido él. 

Comenzamos a navegar río arriba por unos 15 minutos. Nos dirigimos a la Republica hermana del Paraguay, cosa que logramos gracias al buen conocimiento de nuestros dos guías. Desembarcamos en una costa más baja que la margen argentina y de inmediato nos reunimos con lugareños a quienes les pedimos permiso y compañía para ver y visitar la zona. El punto donde pusimos pie en tierra estaba a una distancia de unos 3 kilómetros de Curupayty en línea recta, allí nos internamos en el monte para visualizar la zona donde acamparon las tropas y libraron batallas.  

Una vez desembarcados, observamos el monte con ciertos claros de verde.  La humedad está presente en todos los rincones, y a medida que el sol se va elevando el calor se hace más intenso. Acompañados de un lugareño, nos pusimos en marcha apreciando las diferentes alturas que llego el río y cuan inundable es la tierra lindante a la costa. Una buena referencia de ello son los árboles que quedan marcados señalando hasta donde llego el agua. Pronto llegamos a un camino de tierra que nos llevo directo a unos restos de lo que sería parte de una caldera de dos pistones de un antiguo buque a vapor del siglo XIX en medio de una pequeña laguna, roída por el paso del tiempo y sus inclemencias. Aquí probamos, junto a Mariano, un detector de metales subacuático de diseño casero. Caminamos unos 1500 metros  para llegar a este foso con agua donde se encuentra lo que parece ser un pistón de los antiguos buques a vapor del siglo XIX. Lo que parece ser la caldera, se encuentra roída por el paso del tiempo y sus inclemencias.

    

Partes emergentes de la maquina a vapor de un casco de hierro, la tradicion oral dice que son los restos del Monitor acorazado Rio de Janeiro, pero investigaciones mas recientes indican que seria un barco hospital brasileño incendiado y hundido bastante despues de las batallas. Aqui se hicieron las pruebas del detector de metales.

Al pasar el detector a diferentes distancias por debajo del agua y en forma concéntrica respecto a este resto, pudimos comprobar que detectaba con una muy buena sensibilidad, por lo que suponemos que hay más restos en el lecho de la laguna formada. Sacamos fotos y emprendimos la vuelta a la lancha, satisfechos por lo que considerábamos como cumplido con éxito nuestro primer objetivo de esta salida: probar el detector de metales subácuo casero que funcionó, muy bien.  

Gustavo Díaz Colodrero, Mariano Reguero, Guia Paraguayo y  don Roberto González

Pronto, mientras caminábamos de regreso, comenzamos a sacarnos el abrigo que había sido necesario cuando salimos. Este detalle, es para tener en cuenta para ponerse en lugar de un combatiente de aquella época. El calor, los insectos, lo accidentado del terreno son factores que en nuestro próximo punto de visita, Curupayty, incidirían mucho en los atacantes.  

Regresamos nuevamente a nuestra embarcación y seguimos por el majestuoso río Paraguay. Nos habíamos impuesto como meta llegar a Humaitá donde almorzaríamos, parando previamente en Curupayty.  Rio arriba, la embarcación de Don González se abría paso a toda potencia contra la corriente. La brisa que se generaba nos daba de lleno en el rostro; olvidando por un momento el calor, las moscas y los mosquitos. Luego de otros 20 minutos de navegación nos detuvimos, para visitar los monumentos a los caídos en el Cuadrilátero, erigido en Curupayty.  Allí pudimos recorrer las trincheras que el tiempo no pudo borrar dejando que nuestra mente vuele para que en el silencio de la naturaleza imperante deje escuchar los susurros que de esas bravas voces guaraníes en la lucha por la defensa.  

     

Lineas de trincheras actuales, ésta es la última de una linea de tres, la mas protegida.

 Es acá donde uno ya se sitúa cabalmente en el terreno. Es aquí dónde aprecia lo que dicen las crónicas y se comprende en profundidad lo que realmente significo Curupayty. El Ejército Paraguayo de entonces, había concebido una línea continua de defensa  con fortificaciones  conformando un gran campo defendido con líneas de trincheras en toda su extensión llamado Cuadrilátero ya que sus puntos eran Curupayty, Humaitá, Sauce y Angulo. La ingeniería bélica de la época salta a primera vista, en este sector, los fosos que constituyeron las líneas de trinchera se aprecian perfectamente. La altura que dominaba el Ejército Paraguayo estaba bien aprovechada por estas líneas defensivas, tanto en su frente terrestre como el que da al rio Paraguay. Observando desde esta pequeña altura se comprende como fue el ataque, y el costo que tuvo para los Aliados el mismo. Unos 500 metros de campo traviesa desde el monte que separa a las trincheras de las primera línea atacante, fueron causa más que suficientes para entender los estragos que causo la defensa en las tropas aliadas.

 

Asalto de la 4ª Columna . Candido López.

Dejamos volar más nuestras mentes, y retrocedimos en el tiempo al 22 de setiembre  de 1866. A nosotros nos toco un buen día, donde el terreno estaba seco. Pero no hay que olvidar que el 17 de setiembre de aquel año, comenzó a llover hasta el día 20, anegando todo el terreno. Entonces se comprende aun más todo lo que paso, a campo traviesa, con campo anegado, con el lento movimiento de la infantería a pleno mediodía no quedaba duda que entre la metralla, los disparos de fusil y cañón, ese bastión era prácticamente inexpugnable. Caminamos los quinientos metros que separan el monte de las trincheras y en verdad se pude entender lo pesado y difícil del terreno para el atacante.

 

Trincheras Paraguayas - Candido López

La línea de trincheras estaba diseñada con túneles que se comunicaban entre las mismas, fosos donde se instalaba la artillería, y abatíes (arboles derribados con su copa mirando hacia fuera de la trinchera). Aun se puede observar al foso principal, y las dos líneas de trincheras bien definidas. Si el ojo del observador se coloca a una cierta distancia mirando hacia las trincheras, e imaginando a estas camufladas por las copas de los árboles derribados, el atacante no tiene como centrar el fuego en algún punto. Es entonces que un ataque en masa se pudo neutralizar precisamente por la metralla, el cañoneo y los disparos de fusil.  

   

También, pudimos apreciar los rastros de lo que fue el telégrafo en esa época y los restos de la base de la casilla telegráfica, dándonos una idea del adelanto tecnológico para la época que poseían los defensores. Observando todo lo descripto, en un día magnifico y con una gran admiración por el esfuerzo y valor de aquellos seres humanos que lucharon por altos ideales les rendimos nuestro homenaje en un silencio respetable.

            

Pero ese éxtasis fue interrumpido al mirar muestras sombras en el arcilloso suelo de las trincheras. Yo le avisé a Mariano que se fije en su sombra a la altura de su cabeza: era esquirla de una bala de cañón de unos 100 milímetros (calculados a simple vista).

       

Rendimos nuestro silencioso homenaje a los caídos frente a los monolitos erigidos en su homenaje. Dado el escaso tiempo que disponíamos decidimos volver a la embarcación para seguir a nuestro próximo punto: Humaitá. Calculábamos unos 45 minutos desde donde nos encontrábamos (siempre río arriba). Pero el destino quiso que no: faltando solamente unos 15 minutos para llegar, ocurrió un imprevisto ya que se rompió el manchón de la hélice del motor, cuestión por la que tuvimos que regresar a muy poca velocidad río abajo hacia Las Palmas. 

Casi dejándonos llevar por la corriente, lamentamos por un momento no poder visitar Humaitá pero no podíamos negar el positivo balance que arrojó esta incursión para Histarmar. Volvimos en paz, conversando y entre los cuatro y disfrutando de una magnifica tarde soleada en el río Paraguay.

 

Llegamos sin problemas a Las Palmas, apreciando la inestimable guía de Gustavo y Don González, conocedores de la historia no escrita y los secretos que guarda el río.

     

Gerardo Broglio, Roberto González y Gustavo Díaz Colodrero.... y una vista del río Paraguay.

  

Del libro "Maldita Guerra" - Nueva Hisotria de la Guerra del Paraguay, de Francisco Doratioto - Emece Arg. pág 232/235

La situación militar paraguaya y el conocimiento del contenido del Tratado de la Triple Alianza frustraron los objetivos que se había propuesto Solano López cuando comenzó la guerra. Como alternativa, buscó una solución política para el conflicto que no lo disgustase. Algunos interpretan que para el líder paraguayo, el encuentro de Yataytí-Corá fue una manera de ganar tiempo mientras terminaba las trincheras de Curupaytí, que había empezado a construir el día 8 de septiembre porque esperaba un ataque enemigo en ese punto. De hecho, esas trincheras le costaron caro a los aliados, y solo pudieron ser terminadas por el tiempo que se ganó con la conferencia. Pero esto no fue la causa principal del encuentro sino una consecuencia del mismo. Si el objetivo hubiese sido el de ganar tiempo, Solano López habría disimulado su respuesta, pidiendo algunos días para estudiar las condiciones de paz en vez de rechazarlas.

La noticia del encuentro de los dos jefes de Estado tuvo repercusiones en Buenos Aires, y la prensa creía que la lucha llegaba a su fin. Sin embargo, este no era el caso. El 22 de septiembre Mitre ordenó el ataque a Curupaytí, cuya trinchera de defensa tenía dos kilómetros de extensión, con un foso de cuatro metros de ancho por dos de profundidad, además de un muro de dos metros de altura. En su interior había entre 4 mil y 5 mil soldados y cerca de noventa cañones, una parte de los cuales apuntaba hacia el río y la otra hacia la tierra.

Trincheras de Curupa'yty. Imagen que refleja el estado las fortificaciones paraguayas tal cual se encontraban en los primeros años del siglo XX. La presencia de soldados en «maniobras militares» permite apreciar la magnitud y suficiencia de las excavaciones. Estas eran solo una parte del espectacular sistema defensivo que hizo de Curupayty un bastión inexpugnable. Sus instalaciones nunca fueron tomadas a viva fuerza, sino •sencillamente- fueron abandonadas por los paraguayos. Reproducido del «Álbum Gráfico del Paraguay». Edición de Arsenio López Decoud.

El día 22 de septiembre el ataque a Curupaytí comenzó sin que fuera alterado el plan original de los aliados. La escuadra bombardeó esa posición y Tamandaré intentó cumplir su promesa de "desbaratar en dos horas" la artillería enemiga. El ataque de las naves fue ineficaz debido a la altura de la fortificación; esta superaba los nueve metros, y obligaba a que los cañones brasileños utilizasen un ángulo de tiro que hacía que las bombas cayesen más allá de las posiciones enemigas, sin que lo supiese Tamandaré.

Cuadro de Cándido López. Asalto por agua a Curupaitý.

Creyendo que había preparado suficientemente el terreno, la escuadra dio la señal para que las fuerzas terrestres atacasen las posiciones paraguayas. Tal como había sido planeado, poco después de las 12 avanzaron cuatro columnas paralelas: dos argentinas, a la derecha, y dos brasileñas. El ataque central correría por cuenta de las dos columnas centrales, una de cada nacionalidad y bajo el mando de los generales Paunero y Albino Carvalho, mientras que las laterales eran lideradas por el general Emilio Mitre y por el coronel Augusto Caldas. Eran casi 20 mil aliados, y los efectivos argentinos y brasileños eran prácticamente equivalentes. Según un testigo paraguayo, los aliados avanzaron con vistosos uniformes y bandas de música para acompasar el avance de la infantería; los oficiales montaban caballos y, por sus "relucientes uniformes de gala", se convirtieron en blancos fáciles de los tiradores paraguayos. "Era impresionante verlos avanzar con tanta gallardía, como si fuesen a una fiesta o a un desfile militar", dando la impresión de que estaban seguros de la victoria.

El Ejército del general Porto Alegre comenzó a atacar por la izquierda, pero se retrasó a causa del barro y debió enfrentarse a la artillería paraguaya, que Tamandaré dijo que había destruido. Luego de algún tiempo, Mitre envió a dos ayudantes para conocer la verdadera situación de la tropa brasileña, que luchaba valerosamente, y ellos volvieron diciendo que Porto Alegre había tomado la trinchera. La información no era verdadera, pues los ayudantes habían confundido el primer foso —que fue sobrepasado por los atacantes—, con la trinchera principal. Basándose en esa información equivocada, Mitre ordenó el segundo ataque a las fuerzas argentinas, las cuales debían apoyar la supuesta ventaja que había obtenido Porto Alegre, quien debía estar necesitando refuerzos. Las columnas atacantes llevaron a cabo sucesivas embestidas, en las cuales soldados y oficiales actuaron valientemente. Las tropas de asalto se vieron sorprendidas por la violencia inesperada del fuego enemigo —que diezmaba sus filas—, así como por innumerables trampas, pero a pesar de ello continuaron avanzando entre los cuerpos de los compañeros caídos y llegaron a alcanzar el foso de la trinchera principal. Luego de horas de combate, los soldados aliados le dieron la espalda a Curupaytí y comenzaron a huir. Esto obligó a que Mitre recurriera a las fuerzas de reserva, que salieron de los montes donde estaban escondidas y retomaron el ataque.

Mitre dirigió el ataque al alcance de las bombas enemigas y tuvo que cambiar de caballo porque el primer animal fue herido por una esquirla. En otro momento, el comandante en jefe fue salpicado por el barro que provocó la cercana explosión de una bomba. Al contrario de Solano López, que evitaba estar al alcance de los tiros, los demás altos jefes aliados, Flores, Osório, Porto Alegre, Caxias, Paunero, Emilio Mitre y el conde d'Eu, también se expusieron al fuego enemigo en otros momentos de la guerra. Lo que impresiona en Curupaytí —y esto fue destacado por testigos paraguayos del combate— es la sangre fría de los soldados aliados, que avanzaron durante horas para llenar los huecos que dejaban los compañeros muertos, teniendo conciencia de que probablemente también ellos morirían. En Curupaytí cayeron ilustres figuras argentinas y brasileñas, cuya pérdida sería sensible para el Ejército aliado; allí perecieron jóvenes de la élite porteña, como Domingo Fidel Sarmiento — "Dominguito"—, hijo del futuro presidente Domingo Faustino Sarmiento, y Francisco Paz, que era hijo del vicepresidente Marcos Paz. La dramaticidad del combate queda reflejada en el relato de José Ignacio Garmendia, quien al final de la acción encontró ensangrentado a Martín Vinales, del 1er Batallón de Santa Fe, y al preguntarle si estaba herido recibió como respuesta: "No es nada, apenas un brazo menos; la patria merece más".

Cuando el sol ya se ponía en Curupaytí y casi no había más reservas aliadas para ser utilizadas, Mitre ordenó el toque de clarín de retirada. La orden apenas ratificaba una situación de hecho, pues había una desbandada de los atacantes que Porto Alegre, "transfigurado de rabia", intentaba contener en pleno campo de batalla con la intención de emprender un nuevo asalto. Cuando se retiraba, Porto Alegre le dijo a Arthur Silveira da Mot-ta: "he aquí el resultado de la falta de confianza del gobierno brasileño en sus generales y de haber entregado sus ejércitos a los generales extranjeros", e hizo una serie de imputaciones contra Mitre, responsabilizándolo por el desastre.

En realidad, si el ataque hubiera ocurrido el día 17, como estaba planeado, es probable que el resultado hubiese sido favorable a los aliados. En ese momento, la construcción de las nuevas trincheras estaba lejos de ser terminada y el terreno por donde marcharían los atacantes no estaba tan embarrado; esto es, los aliados no hubieran encontrado obstáculos infranqueables. Es verdad que el día 17 la escuadra no hubiera podido actuar contra Curupaytí, pues para Tamandaré la lluvia crearía dificultades insuperables, pero de todos modos el bombardeo no tuvo ningún efecto sobre el fuerte, aun con buen tiempo. Lo que comprometía la acción de la escuadra no eran las condiciones meteorológicas sino el desconocimiento de las posiciones paraguayas y, sobre todo, la falta de un comando que estuviera a la altura de los nuevos desafíos militares.

Las estadísticas oficiales que suelen citar los historiadores de la Argentina y del Brasil indican que el ataque a Curupaytí produjo 2.011 hombres fuera de combate entre los brasileños, 411 de los cuales resultaron muertos, y 1.537 bajas entre los argentinos, con 587 muertos. Sin embargo, escribiendo en 1982, el coronel brasileño Claudio Moreira Bento afirma que hubo 4 mil soldados imperiales muertos, siendo este un número que reitera un observador neutral, como el representante español que estaba en Buenos Aires en 1866. Azevedo Pimentel participó del combate, y dice que hubo 2 mil muertos brasileños y otros 2 mil argentinos. Según Thompson, los paraguayos perdieron 54 hombres y los aliados 9 mil, mientras que para Centurión los muertos aliados solo alcanzaron a 5 mil. José María Rosa y Arturo Bray llegan al extremo opuesto de los números oficiales argentinos y brasileños, afirmando que los atacantes muertos fueron 10 mil. Los cadáveres aliados se arrojaron en fosas que habían sido abiertas para armar trampas contra los atacantes; una vez que esas fosas estuvieron llenas, los cuerpos fueron arrojados al río Paraguay. Según Centurión, uno de los batallones encargados de ese trabajo, el número 36, enterró y arrojó al río más de 2 mil cadáveres.

Cuando terminó la batalla, de las trincheras de Curupaytí salió un batallón para recoger las armas y despojos que habían dejado los aliados en el terreno, así como también para apresar a los heridos. Los soldados paraguayos les preguntaban a los argentinos y brasileños heridos si podían caminar, y mataban a quienes respondían en forma negativa. Eran pocos los que conseguían caminar, pues de lo contrario hubieran retrocedido para encontrarse con sus compañeros; de esta forma, apenas hubo "una media docena" de prisioneros. Los soldados del batallón paraguayo volvieron a la trinchera vestidos con los uniformes argentinos, con relojes de los muertos y con libras esterlinas, pues hacía poco que los aliados habían recibido el sueldo. Posteriormente, esas libras fueron "compradas" por Elisa Lynch con papel moneda paraguayo. Varios batallones paraguayos se vistieron con los uniformes de los aliados muertos y se armaron con los 3 mil fusiles capturados. Las tropas aliadas no se movieron mas por todo un año.

Después de la batalla de Curupa'yty. Una terrible visión de la guerra. Cándido López, el pintor argentino, nos ofrece esta cercana experiencia personal, pues en Curupa'yty había perdido el brazo derecho. Los paraguayos cumplimentan con el famoso «requecho» que seguía a los combates y de tan triste memoria para quienes habían vivido en el Paraguay las revoluciones campales de los primeros años del siglo XX.
En la escena pintada por el «pintor manco», los soldados paraguayos despojan a los > muertos de sus prendas, les revisan los bolsillos y i matan a sus adversarios, con la crueldad con que la guerra dotaba generosamente a los soldados. O algunos lo hacen -tal vez- por sentimientos humanitarios hacia aquellos que yacen horriblemente mutilados y ya fueron abandonados por sus compañeros.Oleo conservado en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Reproducido del álbum «Cándido López». ' Edición del Banco VELOX. (ABC Color - Asuncion)

 

Este sitio es publicado por Carlos Mey -  - Martínez - Argentina

Direccion de e-mail: histarmar@fibertel.com.ar