Historia y Arqueología Marítima

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Un Viaje a Mexico 

 Por Gerardo Broglio

 México es uno de los países que a experimentado, a lo largo del siglo XX, el índice  de  crecimiento demográfico mas elevado del mundo.  Actualmente su tasa de crecimiento oscila en torno al 2% anual.  La mayoría de la población mexicana habita en la franja central del territorio.  La tercera parte de los ciudadanos mexicanos vive en la aglomeración urbana del Distrito Federal, que, con 30 millones de pobladores, es uno de los fenómenos urbanísticos más importantes del planeta.  Generándose un desequilibrio demográfico  provocado por la migración anual de mas de 200.000 personas del campo a la ciudad en busca de mejores condiciones de vida-trabajo. 

Otras urbes importantes son Guadalajara, Monterrey, Puebla, León, Mexicali, Tijuana y Acapulco.

Acapulco, ciudad situada a orillas del Océano Pacifico a 411 Km al oeste de la ciudad de México, unida mediante una autopista; cuenta con una población de 1,5 millones de habitantes en forma permanente y recibiendo anualmente a miles de turistas para visitar y gozar de su encanto y romanticismo.  Allí se conjugan fenomenales edificios de condominio y hoteles ultra modernos que ofrecen a sus visitantes paseos en carruajes tirados por caballos.

Dividida en dos partes llamadas la Antigua Acapulco y la Nueva Ciudad, contiguas y sin limites, unidas por el transito de turistas y moradores.  en donde se va fundiendo de a poco y disimulando el paso de los años en sus construcciones que comienzan desde el estilo colonial español para terminar en un estilo moderno totalmente actualizado.

Goza de una permanente vida nocturna alimentada por los constantes turistas y sobre todo  la juventud, siempre predispuesta para la vida noctámbula, que se reúne en las distintas y variadas discotecas a bailar y saborear el tradicional tequila tan codiciado.

Estando en la ciudad de México, conocí a David, medico especialista en medicina aeronáutica y buzo, quien por gracia de Dios y gozo de sus amistades siempre con una sonrisa para escuchar a quien se le acerca;  le exprese mis deseos de visitar Acapulco y poder bucear.  Me pregunto, cuando iría y sin mas que mi respuesta, realizo un llamado telefónico.   Al otro día en horas de medio día, ya en Acapulco y con la compañía de José Luis todo un anfitrión, que me estaba esperando fuimos a conocer a Alfonso Arnold,  propietario de una agencia de buceo Arnold Bros Acapulco, instalado en la avenida principal a orillas de la bahía de Acapulco.  Mi gran sorpresa fue al enterarme que Alfonso fue jefe de buzos de Jacques Ives Cousteau, un maestro, de mas de 70 años muy bien llevados.  No me alcanzo el tiempo para conversar con tan interesante personaje, entre otras cosas me comento que su casa, es la embajada de los argentinos en Acapulco, ya que allí reciben sus cartas.  También me contó que vivió dos años en Buenos Aires, trabajando como buzo en el puerto, realizando tareas de rescate y que su encanto era pasear por la calle Florida.  Buceo a la par de las ballenas en Puerto Madryn donde admiro su naturaleza y sus aguas.  Alfonso ya casi no bucea, lo hace muy esporádicamente.  En su agencia cuenta con un equipo de buzos que llevan a pasear por las profundidades de las costas de Acapulco a los turistas que así lo requieren. 

Diego Gutierrez de Costa Rica, Arnold, yo y Ruben Palacios de Comodoro Rivadavia

Luego que presente mis credenciales de buzo, me probaron el equipo a utilizar y andando al bote, que nos llevaría hasta un lugar llamado El Corsario, dicha denominación se debe porque allí naufragó este barco de 60 metros de eslora en el año 1947.  Llegamos luego de una corta navegación en la lancha cuyo timonel era Coco.  Anclamos,  nos equipamos y al agua.  Me acompañaba y guiaba Javier, un buzo del equipo de Alfonso, siempre predispuesto a mis requerimientos.  Comenzamos lentamente la inmersión hasta que llegamos al fondo  que se encontraba a 5 metros, todo estaba OK, nos deslizarnos  y de pronto nos encontramos con El Corsario que se encuentra entre 6 y 10 metros de profundidad.  Este imponente barco,  ya casi sin figura por la degradación y proliferación de la vida vegetal y animal;  goza, hoy, de una tripulación de pulpos, morenas, peces trompetas y  rayas entre otros, que en el marco de una abundante flora marina brindan un paisaje inolvidable

Contábamos con una visibilidad de 6 metros, quizás poca, ya que el día estaba nublado, pero de muy buena calidad sumamente nítido. 

Gozando de ese estado de indeterminación que sentimos al bucear; recorrimos todo el contorno y superficie del majestuoso y silencioso Corsario. Sus moradores curiosos nos observan y se ocultan, vuelven a observar y vuelven a ocultarse.   Al quedarnos quietos y en apnea (conteniendo la respiración) se asoman todos; mostrándonos su colorido y hermosura.  Los pulpos camuflados y tímidos espían detrás de su mimetisación.  Las morenas de un tamaño mediano siempre temibles, curiosas y ágiles para deslizarse dentro de su cueva para seguir al asecho de un posible almuerzo.

Seguimos más profundo hasta llegar a los 20 metros,  la flora y fauna fue cambiando y  con menor visibilidad, casi  reducida a un metro y medio, seguían las morenas y algunos pulpos muy bien ocultos.  Luego de casi una hora y ver que ya se agotaba el aire en los tanques decidimos regresar a la superficie lentamente.

Al llegar,  muy cerca de nuestra embarcación, nadamos hasta ella, nos ayudaron a sacarnos el equipo y arriba  de la misma, con toda la satisfacción de haber cumplido con lo anhelado y tratando de retener en mi mente todas las imágenes de esta feliz experiencia.

Regresamos al embarcadero en compañía de los pelícanos que se daban un festín de sardinas a nuestro alrededor.

Luego de descansar una hora, nos invitan a realizar una nueva inmersión en la isla de Acapulco, situado delante de la bahía en frente de la ciudad y playa vieja. Hacia allí salimos.  El viaje fue más largo que el anterior, llegamos a la parte Este de la isla, anclamos, nuevamente el rito de cambiarse y equiparse.  Esta vez me acompañaría y guiaría Temo, otro buzo del equipo de Alfonso.

Como siempre comenzamos lentamente la inmersión y fuimos adentrándonos en un banco de coral suave y ligero, lleno de colores, vida y silencio, las esporas  nos saludaban con sus constantes abrir y cerrar, como si alguien nos guiñaba un ojo. Mas pulpos chicos. Las rayas deslizándose como platos voladores en el fondo del mar, mas colores. Llegamos a una formación rocosa con grietas y de pronto algo me llama la atención,  me acerco y era un frasco de vidrio teñido por su permanencia en el mar de color rosado viejo.  Lleno de conchas, esporos, caracoles en su interior, lo saqué para llevarlo a la superficie.  En ese momento recordé que el vidrio no se degrada nunca en la naturaleza; solamente quedaba sacarlo y tenerlo de adorno, como un testigo fiel del paso de los años y del hombre por la naturaleza.

Llegamos a los 18 metros de profundidad; con una visibilidad bien nítida de 2 metros.  Al igual que la inmersión anterior, transcurrida casi una hora y ya con poco aire  emprendimos  lentamente el retorno.

Tal vez, trasmitir lo que uno experimenta al bucear; sea difícil.  Pero resulta lo mas parecido a fluctuar, en ingravidez meciéndose suavemente al compás de las distintas corrientes que se forman al unísono de una sola orquesta; la que a uno lo acompaña y la que somos capaces de oír.  Es tal vez acunarse en un ambiente lleno de colores y de vida en total silencio con uno mismo y en armonía con la naturaleza.