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Recordar al San Luis

 Fuente: Boletin del Centro Naval- N°   Autor capitán de navio Charles H. Wilbur de la Armada Norteamericana

Traducido al castellano de la Revista del Instituto Naval norteamericano "Proceedings" por el contraalmirante Juan H. Questa de la Armada Argentina.

Arte por Adrian Dueñas

Si los torpedos se hubieran comportado debidamente en el submarino San Luis -aquí como en otros buques de la Armada Argentina en 1982- el conflicto por las Islas Malvinas pudo haber finalizado en forma muy diferente.

¡Recordar al Mainel y ¡Recordar Pearl Harbor! Son exclamaciones muy comunes con referencia a hechos navales que ocasionaron la entrada en guerra de los Estados Unidos de Norteamérica. Más importante ¡Recordar el Lusitania nos retrotrae al recuerdo del buque hundido por un submarino alemán que fue el motivo que nos precipitó en la Primera Guerra Mundial. Quizá sea apropiado, entonces, recordar hoy, así mismo, al San Luis. ¿A qué nos referimos? El San Luis era un submarino empeñado en el conflicto entre Gran Bretaña y la Argentina en la breve guerra por la posesión de las Islas Malvinas en 1982. Los artículos publicados al respecto en la Revista "Proceedings", así como los subsiguientes comentarios y discusiones acerca de los pro y los contras de varios tipos de submarinos, incluyendo tanto los de propulsión nuclear como los que no la poseen, han sido serios y valiosos. Mientras la Armada norteamericana considere al submarino como su mejor plataforma antisubmarina, debemos explotar todas las oportunidades para asegurarnos de que los submarinos de ataque que construyamos sean los mejores que podamos producir. Cada vez más, la capacidad de mejorar la producción resulta ser el factor de más peso en las decisiones sobre planes de adquisición o construcción.

Pero no podemos permitir que la introducción de mejoras en la producción perjudique otras posibilidades, tales como la capacidad operativa. Es también importante que la comunidad naval, los conciudadanos y particularmente nuestros funcionarios federales, electos o en actividad, hayan sido convencidos de que la amenaza submarina no ha desaparecido con el fin de la guerra fría y que se ha vuelto en cambio crecientemente compleja y extendida. Los comentarios de los medios de difusión acerca de la adquisición de un tercer submarino de la clase "Seawolf" (SSN-21) para preservar la base industrial, "a pesar del hecho de que no lo necesitamos" revela el concepto erróneo que prevalece hoy. La amenaza no se ha terminado. Rusia no solamente continúa construyendo submarinos nucleares sino que además se esfuerza en aumentar la lista de los países a los cuales se los vende. Mientras tanto, un número de submarinos de propulsión no nuclear pero que no son convencionales y con máquinas independientes del consumo de aire, están en desarrollo en varios países de Europa, incluyendo Alemania. Tales submarinos complicarán más adelante las tareas de detección, localización y clasificación de las fuerzas antisubmarinas.

Con nuestra nación y sus aliados, empeñados en forma creciente en el comercio mundial y dependientes del petróleo importado, la oportunidad para varios países indeterminados de desbaratar la economía y estabilidad del mundo, sorpresivamente y con un solo torpedo disparado sobre un buque tanque es alarmante. Aquellos países que son proclives al terrorismo mundial, tales como Irán, con sus submarinos de la clase "Kilo" de fabricación rusa, Libia con sus submarinos de la clase "Fox-trot" o alguna otra Marina menos publicitada del Tercer Mundo, con quizá alguno de los modernos buques vendidos por los alemanes a quienquiera que tenga el dinero para comprarlos, están en posición de producir estragos en cualquier momento. Es por lo tanto imperativo que nosotros no solamente enfrentemos esas capacidades de tales submarinos extranjeros, sino que además desarrollemos y construyamos submarinos norteamericanos capaces de contrarrestar esta expansión de los diferentes tipos de submarinos y de sus áreas geográficas de operación.

Cualquier referencia al conflicto de las Islas Malvinas indica lo poco que se sabe acerca de los medios antisubmarinos británicos y de las operaciones de los submarinos argentinos en estas campañas. Afortunadamente yo tuve una oportunidad única de conocer los hechos y pasarlos a conocimiento de las autoridades norteamericanas de la Armada. ¿Qué sucedió efectivamente y cuáles cosas podemos aprender de estas experiencias?

Un submarino nuclear británico, el H.M.S. Conqueror inició una acción mayor hundiendo al crucero argentino A.R.A. General Belgrano con torpedos a vapor (1) de la época de la Segunda Guerra Mundial. El uso de los viejos torpedos a vapor fue una sensata decisión: Conservar los torpedos más aptos para situaciones de mayor dificultad. Ello también señala que un submarino no necesariamente debe estar equipado con la última palabra en armas modernas con el fin de cumplir una misión real. En este caso el uso de torpedos de la Segunda Guerra Mundial embotelló las fuerzas de superficie de la Armada Argentina en puerto o en aguas costeras, hasta el fin de la guerra. Además el submarino británico no necesitaba ser de propulsión nuclear para haber alcanzado el mismo resultado, aunque como es lógico, estando el submarino Conqueror equipado con dicho medio propulsor, pudo desarrollar la alta velocidad apropiada para el máximo impacto estratégico.

Los británicos gastaron gran cantidad de municiones para proteger a su grupo de combate en superficie de la fuerza submarina argentina, la que estaba equipada con eficientes y modernos buques de diseño alemán dentro de su elenco de cuatro de ellos, carentes de propulsión nuclear. En realidad los informes indicaban que se solicitó a Estados Unidos de Norteamérica proveer de torpedos antisubmarinos y otros medios a los británicos, porque ellos estaban agotando muy rápidamente su provisión de elementos antisubmarinos.

Probablemente la lección apropiada que se desprende de estos hechos es que la mera existencia de una pequeña fuerza submarina puede tener un considerable impacto en la conducción de la guerra en el mar.

Poco tiempo después del conflicto, yo visité la Estación de Torpedos de la Armada Alemana en Kiel, en misión oficial. Estando allí tuve la oportunidad de visitar el vecino astillero H.D.W., donde se hallaban en construcción algunos buques modernos, de propulsión diesel, destinados a la exportación. H.D.W. fue el constructor de los dos submarinos tipo 209 existentes en la Argentina durante la guerra. Los funcionarios de H.D.W. asignaron al Ingeniero Jefe de su Departamento de Sistemas de Combate para submarinos a efectos de coordinar mi visita. Este ingeniero y su contraparte en la compañía H.S.A. acababan de regresar de un viaje a la Argentina. La Empresa H.S.A., había provisto el sistema de combate instalado a bordo de los submarinos vendidos a la Argentina. La Armada Argentina había insistido en la visita de los representantes de ambas empresas a los efectos de explicar por qué uno de sus submarinos se había desempeñado insatisfactoriamente durante la reciente guerra. El ingeniero de los Sistemas Principales de Combate de la H.D.W. me relató lo siguiente:

Los argentinos estaban perplejos porque todos los torpedos lanzados por su submarino San Luis fallaron en dar en el blanco a pesar de haber tenido oportunidades casi perfectas de ataque. Los visitantes ingenieros alemanes y holandeses al principio se enteraron de que, excepto en los primeros días de la guerra, cuando el submarino A.R.A. Santa Fe fue sorprendido en superficie y puesto fuera de acción cuando trataba de reaprovisionar a fuerzas argentinas en la Isla de South Georgia, solamente el A.R.A. San Luis había entrado en acción. Parece ser que el submarino A.R.A. Santiago del Estero no pudo salir al mar porque había sido parcialmente desguazado para proveer partes a su buque gemelo el A.R.A. Santa Fe (ambos fueron primeramente submarinos Guppy de la Armada Norteamericana. Los argentinos dijeron que ellos trataron de ocultar este hecho moviendo al Santiago del Estero en puerto para conseguir que pareciera apto para navegar. Además, cuando el conflicto empezó, el otro buque de construcción alemana, el A.R.A. Salta tenía su batería de propulsión agotada. Aunque estaba en el mar cuando la guerra estalló, fue inmediatamente enviado a un astillero para cumplir el reemplazo de su batería de propulsión y nunca entró en acción.

El hecho de que estos buques estuvieran en tales condiciones al Iniciarse el conflicto muestra lo poco preparada que se encontraba la Armada Argentina para la rápida y decisiva respuesta de la primer ministro británica Margaret Thatcher a la usurpación de las Islas Malvinas. Ello también pone de manifiesto una limitación de los submarinos con propulsión a baterías. Otra conclusión clara es que todo el intenso esfuerzo antisubmarino británico se concentró sobre un solo y pequeño submarino argentino en el mar.

Cuando los ingenieros visitantes examinaron el San Luis encontraron dos deficiencias principales, de las cuales todos los submarinistas deberían tomar nota. Primero, debido a una deficiente sincronización en el alineamiento se transmitió información azimutal incorrecta desde el periscopio a la consola de control. En efecto, cuando el comandante tenía al blanco centrado en su retículo, la computadora de datos del torpedo ubicaba a ese blanco en un lugar erróneo y desorientaba a dicha arma consecuentemente. Los submarinos de la Armada norteamericana evitan este tipo de problemas muy comunes de alineación, efectuando pruebas de precisión en el alistamiento operacional de la flota (F.O.R.A.C.S.), consistente en una simple evolución que reestablece el alineamiento de todos los sensores y componentes de los sistemas de combate. Lección: No olvidarse de realizar con frecuencia este tipo de pruebas (F.O.R.A.C.S.).

Los ingenieros (un alemán y un holandés) fueron informados de que todos los torpedos habían corrido desordenadamente después de ser lanzados, evolucionando sin control en lugar de estabilizarse en un rumbo determinado. Ante este caso los argentinos concluyeron correctamente que seis corridas erráticas, hechas por seis torpedos diferentes no parecían ser un problema imputable a los mismos. Más probablemente la dificultad debería estar en el submarino lanzador. La investigación reveló un interesante ejemplo de error humano: parece que el San Luis tenía un suboficial encargado del control de fuego que era particularmente consciente. Él realizó pruebas del sistema muy rigurosamente, según las prácticas usuales a bordo, (ésta es la razón por la cual los argentinos estaban tan desconcertados cuando sus ataques fracasaron). ¿Cómo pudo fallar este equipo tan bien mantenido y verificado? Esto también explica por qué ellos siguieron atacando repetidamente. Cuando este suboficial realizaba su mantenimiento preventivo, una de sus prácticas era asegurarse de que los muchos cables y conexiones hicieran buen contacto. Uno por uno, él o un ayudante retiraban un cable y limpiaban su conector y el punto donde éste iba conectado, luego unían a ambos. Uno de esos cables era un doble conector de entrada que proveía poder para los torpedos colocados en los tubos de lanzamiento.

En los sistemas modernos, controlados eléctricamente, el torpedo se alista para disparar con corriente continua provista desde el submarino, merced a la cual se hace arrancar al giróscopo y se permite que el torpedo reciba indicaciones de control de fuego, tales como rumbo y profundidad de su corrida. Cuando es lanzado, el torpedo cambia a potencia interna y se desconecta el cordón umbilical que envía las señales de control de fuego desde el submarino. Alguien había reconectado el ya dicho cable doble de entrada, pero lo había hecho al revés. Como consecuencia de ello, la polaridad en el giróscopo del torpedo, que había sido montado con energía eléctrica desde el buque lanzador, se invirtió cuando dicho giróscopo pasó a alimentarse con poder interno al efectuarse el lanzamiento. Por supuesto el giróscopo invirtió su sentido de rotación, se alteró y el torpedo perdió su orientación. Este tipo de problemas, así como muchos otros, puede aparecer también en un submarino de Estados Unidos de Norteamérica. Las  pruebas sobre precisión de los sistemas de armas o sus equivalentes, son esenciales para determinar el verdadero estado y el alistamiento de uno de esos sistemas. Las pruebas de rutina tienen su utilidad, pero sólo una prolija verificación de punta a punta, incluyendo todas las fases del lanzamiento, pueden probar la completa preparación del sistema. Por lo tanto, no importa cuan modernos sean el submarino y sus torpedos, y aunque el personal asignado sea muy competente y dedicado, y aun contando con la incorporación de equipos de prueba instalados, todo puede resultar inútil por causa de un solo pequeño detalle. No hay sustituto para una apropiada y periódica verificación del sistema de armas.

Otra lección que debe ser aprendida en este caso, tal vez la lección más importante de todas, es que la guerra antisubmarina constituye un juego difícil, desafiante y mortal. A pesar de todo, los modernos sensores (incluso la información de inteligencia satelital provista a los británicos durante el conflicto) no pueden evitar que detectar y localizar submarinos en inmersión sea una ardua tarea.

Las condiciones acústicas del mar varían geográfica y estacionalmente, así como con el estado de tiempo local. Las aguas de poca profundidad y con condiciones de fondo variables pueden complicar severamente esa tarea. Los sistemas fijos de verificación son útiles sólo donde están situados. Es evidente que aun con toda la capacidad y experiencia de la Armada Británica (y yo la considero igual o mejor que cualquier otra armada en guerra antisubmarina), las condiciones acústicas del Atlántico Sur, en esa época y lugar, la dejaron completamente desamparada. El submarino San Luis informó haber llevado ataques sobre "tres buques capitales", todos seguidos por una retirada de dicho buque a efectos de establecer las causas que produjeron las fallas de sus armas.

Si este submarino no hubiera tenido problemas y hubiese dirigido sus torpedos con precisión, la guerra de las Malvinas pudo haber tenido un resultado muy diferente.

La magnitud del desamparo de los medios antisubmarinos británicos en el conflicto de las Islas Malvinas queda mejor ilustrada por una de las observaciones finales que me relatara el ingeniero especialista en sistemas de combate del astillero que construyó el mencionado submarino. Enterado de primera mano de los fallidos ataques de torpedos y siendo consciente, además, del masivo consumo del arsenal antisubmarino británico, le preguntó al comandante del San Luis cómo era haber estado bajo el contraataque de los británicos después de los fracasados ataques de torpedos. ¿Ataque? Fue la respuesta. No hubo un contraataque efectivo. No creo que ellos supieran que nosotros estábamos allí hasta que oyeron correr a nuestros torpedos y además, la errática naturaleza del comportamiento de esas armas aparentemente les impidió que rastrearan su recorrido hasta nuestra posición. Nunca estuvimos bajo ataque directo.

Aparentemente los británicos hicieron todos los ataques antisubmarinos y los lanzamientos de armas sobre un blanco falso, durante toda esta breve guerra. El San Luis era el único submarino operativo en dicha guerra.

Aunque pueda ser prudente el viejo concepto de "cuando haya dudas haga fuego", aplicable a la guerra antisubmarina en ciertos casos, como el de los Aliados lanzando cargas de profundidad durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los medios antisubmarinos son costosos, y por lo tanto limitados en número, las existencias de los mismos pueden ser agotadas prematuramente.

¿Qué pasa si entonces el enemigo reconoce esta debilidad? Quizá la lección aquí es que un firme criterio de clasificación del blanco debe gobernar el lanzamiento de los medios. Ciertamente aquí se evidencia la necesidad de una solución mejorada para el desafiante problema de la clasificación de los blancos.

Debemos enseñar a nuestros colegas y conciudadanos la real dificultad de la guerra antisubmarlna, un desafío que aumentará sustancialmente con la aparición de submarinos no convencionales, con propulsión independiente del aire. También debemos hacerles comprender que la amenaza a la economía y estabilidad del mundo libre, determinada por los submarinos, incluyendo los de las naciones del Tercer Mundo, está creciendo y no disminuyendo. Mientras nuestra dependencia del comercio de ultramar es cada vez más grande. En consecuencia debemos desarrollar y desplegar plataformas antisubmarinas totalmente eficaces y de costo aceptable, equipadas con las mejores armas y sistemas de combate disponibles. Hacer lo contrario es invitar a la catástrofe, tal como la enfrentó Inglaterra durante la cúspide de la arremetida submarina alemana en 1942. Verdaderamente la amenaza de una catástrofe aún continúa. Solamente es necesario recordar el gran perjuicio para la economía mundial y nuestras propias vidas y bienes cuando se estableció el embargo árabe del petróleo hace veinte años. Hoy estamos todavía más dependientes del petróleo importado y, por lo tanto, más vulnerables. Solamente el hundimiento de un único buque tanque en el Estrecho de Ormuz bastaría para que se creara un serio pánico en los mercados mundiales.

En nuestro país acostumbramos a desentendernos del desarrollo de nuestra capacidad antisubmarina, excepto cuando estamos en un grave peligro. Somos una nación "insular", aunque pocos entre los profesionales navales y mercantes aprecien verdaderamente este hecho. Si los submarinos son, como muchos creen, nuestras más efectivas plataformas antisubmarinas, debemos continuar favoreciendo un activo debate referente a su diseño. Tal diálogo contribuirá a un uso más efectivo de los recursos disponibles, adquiriendo la mejor combinación posible de submarinos y destructores, aviones de patrulla, helicópteros y otros elementos antisubmarinos. Escuchemos más a las comunidades de los buques de superficie y de los aviones antisubmarinos, para enterarnos de sus necesidades. Si un solo submarino de propulsión diesel puede operar con impunidad contra lo mejor de la Real Armada Británica en el Atlántico Sur, no podemos permitir que nuestra nación sea complaciente. De lo contrario ¡Recordar al Lusitanial Será otra vez un real lamento, con el nombre de un moderno superpetrolero (o quizá un crucero) en su lugar.

Nota de la Dirección: artículo oportunamente comentado en el BCN 782.

 

(1) Torpedos convencionales impulsados por aire comprimido y vapor de agua.

 

  

 

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