Historia y Arqueología Marítima

 

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Fuente: Boletin del Centro Naval- N° 822/2008   Autor  Oscar Jorge Calandra

El Contraalmirante (R) Oscar Jorge Calandra egresó de la Escuela Naval Militar en 1956 como Guardiamarina. En 1958 realizó el Curso de Capacitación en Salvamento y Buceo, en 1960 el de Especialización en Submarinos y en 1962/63 el de Orientación en Comunicaciones, Especialización Electrónica. Ejerció la presidencia de la Liga Naval en los años 1994/95.

En una visita que realizáramos al Museo Nacional de Bellas Artes, en Buenos Aires, para recorrer una muestra de homenaje al pintor español Ulpiano Checa (1860-1916), quedamos extasiados ante uno de sus cuadros, perteneciente al Museo Ulpiano de su ciudad natal, Colmenar de Oreja, pueblo cercano a Madrid. Se trataba de la representación de un combate naval en un anfiteatro romano. Su título: La Naumaquia. La magnitud de su espectacularidad, acrecentada tal vez por el dominio en el tratamiento de grandes masas puesto de manifiesto por el pintor, nos impresionó. Poco transcurrió para que intentáramos trasladarnos en el tiempo e imaginar su realidad. La pintura casi nos permitía ubicarnos como espectadores privilegiados en un impactante combate naval de los que organizaban los emperadores en el anfiteatro romano para entretenimiento de la plebe. De allí, a querer saber más acerca de esos combates, hubo un solo paso. Y su resultado quisimos volcarlos en esta nota.

Si bien la lectura y el cine nos han permitido familiarizarnos con los sangrientos espectáculos que se celebraban en los circos de la Roma imperial, no todos ellos adquirieron la misma difusión. Como propios de un régimen totalitario, esos espectáculos, entre los que se incluían las carreras de carros (tal vez los más frecuentes), los combates de gladiadores (sin duda los más apasionantes) o los que involucraban a animales salvajes –luchas de fieras entre sí, enfrentamiento de hombres contra fieras y hombres arrojados a las fieras–, estaban dotados de gran teatralidad, megalomanía y crueldad. Pero hubo otro espectáculo, no muy conocido, que también se desarrolló en la Roma clásica y era realmente grandioso, aun analizado hoy con los ojos y la tecnología de nuestra modernidad: los combates navales.

No reflejaban simplemente esos pasatiempos una simple afición individual, festejos populares o temas de ocio: eran impresionantes espectáculos públicos y constituían un placer común a todas las clases sociales, hasta el punto de convertirse en una de las características de identidad más controvertidas de la civilización romana. En esos espectáculos, el placer se convertía en pasión y los excesos, aunque censurados por sabios y filósofos, no impedían que ellos mismos acudieran a contemplarlos con interés y agrado.

No tenía Roma en aquel tiempo un desarrollo económico y comercial a gran escala y por lo tanto no se generaba trabajo suficiente para tanta población. De ahí que para evitar revueltas populares era frecuente que los gobernantes distribuyeran alimentos entre el pueblo y le ofrecieran espectáculos gratuitos en el Coliseo y en los teatros públicos, manteniendo así la política de “pan y circo” que había comenzado en la época republicana.

La sangre que generalmente acompañaba la puesta en escena, producía una intensa dosis de encanto sádico en la vida romana. Para enfervorizar y apasionar al público era necesario que la muerte, como espectáculo, estuviera envuelta en lujo y fantasía. No es de extrañar, por lo tanto, que en la Roma imperial, centro del poder, el régimen derrochase oro e imaginación para ofrecer, a un pueblo que se sentía dueño del mundo, juegos dignos de esa condición.

De estos juegos, los simulacros de combates navales –conocidos como naumaquias (del latín naumachia y literalmente “combate naval”)– eran sin duda los más aparatosos y espectaculares, y también, por lo mismo, los menos frecuentes, hasta el punto de merecer la atención de escritores que, como Suetonio, Tácito o Dion Casio, dejaron registro de muchos de sus pormenores para la posterioridad. Se consideraban tan importantes que el propio fundador del régimen imperial, Augusto, en su autobiografía oficial, creyó oportuno incluir entre sus méritos la celebración en el año 2 d.C. de uno de estos espectáculos.

¿Qué eran y en qué consistían las naumaquias?

José Manuel Roldán, catedrático de Historia Antigua en la Universidad Complutense de Madrid y autor del libro El imperialismo romano, evoca así los detalles de aquellos espectáculos: Dada la vistosidad de las batallas navales que se desarrollaban en el mar, se hicieron algunos espectáculos basados en ellas a petición de distintos emperadores; eran igualitas que las reales, las que se desarrollaban en el mar. En ellas tomaban parte diversas naves magníficamente equipadas aunque de tamaño inferior al de las naves reales, pero sí llenas de gente que maniobraba con ellas y que luchaba y saltaba de una a otra, igual que vemos que hacen Astérix y Obélix cada vez que encuentran la nave pirata.

Las naumaquias, que se iniciaron en tiempos de César, si bien tuvieron una existencia breve pues no existen referencias significativas de su realización más allá del siglo I d.C., no eran sólo espectáculos sangrientos. A menudo reproducían auténticas batallas navales célebres, generalmente de la historia de Grecia. Gracias a estos juegos, episodios como la victoria de Corciria, en 635 a.C., sobre su metrópolis Corinto (aunque después fue nuevamente sometida) o la derrota de los persas en Salamina en 480 a.C., desconocidos por el gran público, perduraban en el subconsciente del pueblo.

El término en latín empleado para designar una batalla naval era “navalia proelia”, pero la plebe, sin grandes conocimientos de ese idioma considerado culto, latinizaba el término y llamaba a estas batallas “naumachiae”. El término “navalia proelia” es una transcripción fonética de la palabra griega que designa una batalla naval (íáõìá÷ßá / naumakhía). Posteriormente la misma palabra pasó a utilizarse para designar también a los enormes estanques construidos específicamente para la celebración de estos espectáculos. Estas rara vez se utilizaba el mar o un lago natural; generalmente se celebraban en anfiteatros, lagos o estanques de las villas de recreo romanas excavados a propósito y rodeados de gradas para los espectadores. Posteriormente pasaron a realizarse en edificios especialmente creados para tal fin, que llevaban una complicada red de conductos, canales y esclusas para inundar con agua y vaciar a voluntad la propia arena del anfiteatro, que recibían el nombre de “naumaquia” y también de “navale stagnum”. En ocasiones, y aprovechando la exaltación que estos espectáculos despertaba en el público, los emperadores aprovechaban para hacer una demostración de la potencia de su flota.

Tomaban parte en estos combates diversas naves magníficamente equipadas, aunque por lo general de tamaño inferior al de las naves reales, pero sí llenas de gente que maniobraba con ellas y que luchaban y saltaban de una a otra. El problema es que estos espectáculos resultaban carísimos por su fastuosidad, y su alto costo se explicaba porque las naves, aunque a escala reducida, estaban totalmente equipadas como las verdaderas, con todos sus detalles, y por eso se dieron menos que las peleas entre gladiadores o las luchas entre hombres y fieras, que tenían menor costo porque la vida de los que acababan muertos “no costaba nada”.

A pesar de que para abaratar el espectáculo, en las naumaquias se ponían dentro de las naves a los esclavos o criminales condenados a muerte y de esa forma no importaba al pueblo que se mataran los unos a los otros, cuando querían hacerse las cosas más reales se utilizaban tropas auténticas compuestas por marineros y soldados. Pero las naumaquias parecen haber tenido una breve existencia, pues no hay referencias de su realización más allá del siglo I d.C. Sin duda, el costo que implicaba la realización de estos espectáculos y la complicada tarea que demandaba su realización (construcción de las naves, equipamiento, canales de agua, etc.) resultaba tan elevado que condicionó su difusión entre los exegetas, que a menudo prefirieron soluciones menos gravosas y ocasionó que se dejaran de celebrar al finalizar ese siglo.

Las primeras naumaquias

La idea de una primera naumaquia se atribuye a Julio César (100 – 44 a.C. y emperador en el 60). Tuvo lugar en el año 46 a.C., durante la celebración de su cuádruple triunfo (ante la Galia, Egipto, el Bósforo y Numidia), en un lago artificial construido a esos fines en el Campo de Marte, en Roma, cerca del Tíber, aunque su localización exacta es todavía hoy objeto de hipótesis. El estanque, tal vez un simple foso excavado en la ribera del río, tenía forma circular como los anfiteatros y era tan grande como para albergar auténticas birremes, trirremes y cuatrirremes. César hizo representar allí una batalla entre fenicios y egipcios que se cree movilizó a 1.000 combatientes y 2.000 remeros en cada flota, todos reclutados entre los prisioneros de guerra, aunque hubo hijos de caballeros y hasta uno de un pretor que tomaron parte en la lucha.

Dice Roldán: la novedad del espectáculo atrajo a Roma a tal muchedumbre que muchos hubieron de dormir en la calle y en la aglomeración hubo quien murió asfixiado o aplastado. Tres años después, al estallar una epidemia en Roma, de la que se culpó en parte a las aguas del estanque, Octaviano, entonces triunviro, decidió cegarlo y construir sobre la superficie un templo a Marte Vengador. Unos años después, en el 40 a.C., tuvo lugar la única naumaquia que se conoce en el mar. El escenario fue el estrecho de Mesina, frente a la ciudad italiana de Rhegium, donde el hijo menor de Pompeyo, Sexto (65 – 35 a.C.), para celebrar una victoria naval en el 37 a.C. sobre la flota de Octaviano, obligó a prisioneros de guerra a luchar entre sí, en barcos de madera y cuero respectivamente, ante los ojos del enemigo, que hubo de contemplar impotente la macabra escenificación de su reciente derrota.

Casi cincuenta años después que la de César, Augusto (63 a.C. – 14 d.C. y emperador en el 27 a.C.) hizo excavar en el año 2 d.C. la primera naumaquia estable, en la margen derecha del Tíber, cerca de los jardines de César. Ésta es más conocida ya que en su autobiografía oficial llamada Res Gestae Divi Augusti, el propio Augusto indica que el estanque medía 1.800 x 1.200 pies romanos (aproximadamente 533 x 355 m). Con una superficie de más de 18 hectáreas, estaba alimentada por un conducto de agua construido a ese fin (Aqua Alsietina), con un caudal diario de 24.000 metros cúbicos, cuyo excedente era utilizado para el riego de los jardines ya que se trataba de agua no potable. Por Plinio (escritor, científico, naturalista y militar romano; 23 – 79) y su Historia naturalis se sabe que en el centro del lago, muy probablemente de forma oval, existía una isla unida al borde por un puente, siendo dable que éste fuera el lugar reservado para los espectadores más importantes.

En ese enorme estanque de piedra de casi 2 kilómetros de perímetro, durante la inauguración del templo de Marte Vengador, en 2 a.C., y con la participación en el espectáculo de 30 naves, birremes y trirremes, el emperador ofreció una naumaquia que, tomando como modelo la celebrada por César, representó la batalla naval que entre persas y atenienses había tenido lugar en Salamina (400 a.C.). Lucharon en ella hasta 3.000 hombres a la vez (sin contar los remeros), a bordo de naves de tamaño real dotados de espolón y numerosas unidades más pequeñas.

Si tenemos en cuenta las medidas del estanque y las dimensiones de un trirreme (alrededor de 35 x 4,90 m), difícilmente podríamos aceptar que la treintena de navíos utilizados pudiera maniobrar con libertad en el agua. Si consideramos, además, que la tripulación de un trirreme romano estaba compuesta por unos 170 remeros y entre 50 y 60 soldados embarcados, un rápido cálculo nos permite concluir que para alcanzar la cifra de 3.000 hombres, los navíos de la naumaquia de Augusto tuvieron que llevar embarcados bastantes más combatientes que una verdadera flota. Es de suponer, entonces, que el espectáculo estaría dado más por la presencia de los barcos en el inmenso estanque y por el combate cuerpo a cuerpo entre las tropas, que por las maniobras de las embarcaciones.

La vida de la naumaquia augusta fue relativamente corta: fue rodeada y en parte reemplazada desde el reinado de Augusto por el Bosque sagrado de los Césares, más tarde rebautizado como Bosque de Gaius y Lucius.

La más importante de las naumaquias

La más importante de estas fiestas se celebró a petición del emperador Claudio (10 a.C. – 54 d.C. y emperador desde el 41) en el lago Fucino, en el año 52, para celebrar la inauguración de sus drenajes de agua, es decir su desecación. Esa verdadera galería, que funcionó hasta el siglo XIX, era un extraordinario trabajo de ingeniería que llevaba el agua a través de un monte, desde el valle de Liri hasta el lago El Fucino, entonces una vasta extensión natural de agua, hoy desaparecido, se encontraba en el sur de Italia.

En este espectáculo maniobraron 100 naves de guerra completamente equipadas y dotadas con la “insignificancia” de 19 mil hombres (sicilianos y rodios). Las dos flotas que se enfrentaron estaban compuestas cada una por 50 embarcaciones, lo que corresponde al número de unidades que formaban las flotas militares en Miseno y Ravena, en el Alto Imperio. Por otra parte, gracias a la gran extensión del lago, del que sólo se utilizó una parte claramente delimitada para la ocasión, el espacio era lo suficientemente amplio para permitir mostrar con todo realismo la fuerza de los remeros, la habilidad de los pilotos, las evoluciones de los barcos y las particularidades de la lucha en el mar. Es así que los navíos pudieron realizar varias maniobras de aproximación y embestida. La naumaquia de Claudio reprodujo con detalle un auténtico combate naval. Según Tácito, la señal para que diese comienzo la batalla naval fue dada por una trompeta tocada por un tritón de plata que surgió en el centro del lago, desde el fondo de las aguas.

El combate fue feroz y sanguinario. Los luchadores estaban condenados a muerte. Gracias al historiador y biógrafo romano Suetonio (69 – 140) y a su obra Vidas de los doce Césares, se sabe que los naumachiarii (los combatientes en las naumaquias), antes del combate, saludaron al emperador con una frase que se haría posteriormente famosa: Morituri te salutant (“Los que van a morir te saludan”). Aunque una tradición errónea haya hecho considerar que ésta era la forma ritual en la que los gladiadores se dirigían al emperador antes del combate, tan sólo parece existir constancia de su empleo durante la celebración de esta naumaquia.

Cornelio Tácito (55 – 120), historiador, senador, cónsul y gobernador romano, ofrece en sus Anales una descripción del espectáculo realizado por Claudio: Por la misma época, tras cortar el monte que hay entre el lago Fucino y el río Liris, y a fin de que una obra tan colosal pudiera ser visitada por las masas, se organiza una batalla naval en el mismo lago, tal como en otro tiempo había hecho Augusto en ocasión de la construcción de un embalse al otro lado del Tíber, aunque con naves ligeras y una tropa menos numerosa.

Claudio armó trirremes y cuatrirremes y también a diecinueve mil hombres; había hecho rodear el perímetro del lago con balsas para que no quedara escapatoria alguna, pero eso sí, delimitando un espacio para las maniobras de los remos, las artes de los pilotos, los ataques de las naves y las demás acciones propias del combate. En las balsas se habían apostado manípulos y escuadrones de las cohortes pretorianas y en la parte delantera se habían montado unas plataformas para disparar desde ellas las catapultas y ballestas. El resto del lago lo ocupaban los marineros en naves cubiertas.

Una multitud innumerable llenó las riberas, las colinas y las partes elevadas de los montes, como si de un teatro se tratara; unos procedían de los municipios próximos y otros de la ciudad misma, llevados por la mera curiosidad o por honrar al príncipe. Éste, vestido con un manto llamativo, y a su lado Agripina, con una clámide dorada, ocuparon la presidencia. Se peleó, a pesar de ser entre malhechores, con un espíritu propio de valientes guerreros y, tras muchas heridas, se les perdonó la vida.

Características de las naumaquias

Eran espectáculos más violentos y sangrientos aun que las luchas de gladiadores, que implicaban menos efectivos, y en los que los combates no terminaban invariablemente con la muerte de los vencidos. Algunos historiadores relacionan el nacimiento de las naumaquias con la aparición, pocos años antes, de otro espectáculo: el “combate de tropas”, que enfrentaba no a parejas de combatientes, sino a dos pequeños ejércitos. También en este caso, los combatientes eran a menudo condenados a muerte sin ningún entrenamiento específico; no eran auténticos gladiadores. Lo único que hizo César, a quien se considera creador de la naumaquia, fue trasladar el concepto de este espectáculo de combate terrestre a una escenografía naval.

Pero, al contrario de los combates de tropas, las naumaquias tenían la particularidad de desarrollar, generalmente, temas históricos o seudohistóricos. Se trataba de auténticos simulacros de combates navales, con una ficción dramática que se acentuaba con la reproducción minuciosa de escenarios y combatientes disfrazados con las ropas de los pueblos que representaban. Cada una de las flotas que se enfrentaban encarnaba a un pueblo afamado por su poderío marítimo en la época de la Grecia Clásica o del Oriente Helénico. Así pasó, por ejemplo, con las flotas de Egipto y Tiro en la naumaquia de César, con las de Persia y Atenas en la de Augusto o las de Sicilia y Rodas en la de Claudio. Debido a que estos grandiosos espectáculos navales necesitaban de medios colosales para su realización, superiores incluso a los necesarios para la celebración de los mayores combates terrestres de tropas, su celebración se reservaba para ocasiones excepcionales, estrechamente ligadas a las más trascendentes festividades del emperador.

Las naumaquias en anfiteatros

En tiempos de Nerón (37 – 68 y emperador en el 54) aparece una novedad: la celebración de la naumaquia en anfiteatro. Con ello este espectáculo alcanzó extraordinarias proporciones, tanto en lo artístico y lo fantástico, como en la cantidad de sangre derramada por infelices esclavos o condenados a muerte. A ellos el emperador daba ocasión de ser libres o salvar la vida haciéndose naumaquiarios, es decir combatientes en estos espectáculos. Tanto Suetonio en su libro Nerón, como el historiador Dion Casio (155 – 229) en su Historia romana, dan fe de la presentación de un espectáculo de combate naval en el año 57 d.C., en el anfiteatro de madera inaugurado a tal fin por el emperador.

De la construcción en sí, no se sabe nada, salvo que fue edificado en el Campo de Marte. Dice Dion Casio que Nerón ofreció también otra naumaquia en el año 64 como parte de un espectáculo en el que, después de iniciado con una venatio (luchas con animales), hizo irrumpir de improviso agua en el teatro para representar el combate naval y, una vez retirada el agua, lo hizo continuar con un combate de gladiadores y un simulacro de combate terrestre, para terminarlo con un gran banquete. Si bien no se sabe dónde tuvieron lugar estos juegos, es probable que se realizaran en el mismo anfiteatro de madera, puesto que ningún texto menciona su destrucción antes del gran incendio de Roma que ocurriría poco después.

Pero, sin duda, las más atrayentes y espectaculares deben haber sido las naumaquias que se llevaron a cabo en el Coliseo, en virtud de ser una de las más grandiosas obras de arquitectura realizada por el hombre en la antigüedad. Su nombre original fue el de Amphiteatrum Flavium. El nombre actual con el que hoy lo conocemos, lo adquirió en la Edad Media,  al ser encontrada en sus inmediaciones una colosal estatua de bronce de Nerón que lo representaba como el dios Sol.

El emperador Vespasiano (9 – 79 y emperador en el 69), que disponía la celebración de una naumaquia anual recordatoria de su victoria sobre los judíos en Gadara (66 d.C.), ciudad de Galilea, inició la construcción del Coliseo después de la guerra con Judea en el año 72 d.C. Se emplazó en medio de la ciudad de Roma, dentro del enorme complejo del palacio de Nerón, la Domus Aurea, levantada tras el incendio de Roma. Ocupó un espacio completamente llano que se conocía como Stagnum Neronis, una especie de laguna artificial construida por orden del emperador en una depresión que formaban los montes Celio, Palatino y Esquilino.

Vespasiano, a pesar de su empeño, no pudo ver terminada esa colosal obra. Fue concluida por su hijo mayor Tito (39 – 81 y emperador en el 79) en el año 80 de nuestra era, aunque se presume que no en la forma en que había sido proyectada originalmente. Su construcción, en realidad, sería finalizada durante el reinado de su hermano Domiciano. Estos emperadores pertenecían a la dinastía de los Flavios, de ahí el nombre de Anfiteatro Flavio. En el año 80, Tito ofreció dos naumaquias, una celebrada en la piscina de Augusto, en la que se enfrentaron varios miles de hombres, y la otra en el nuevo Anfiteatro Flavio, aún inconcluso. La fiesta de inauguración de esa obra fue fastuosa, con grandiosos juegos y fiestas que duraron cien días y en los que se mostraron una gran cantidad de espectáculos de distinta índole. Con una capacidad aproximada de unas 50.000 personas, el anfiteatro, un enorme edificio ovalado de 189 metros de largo por 156 de ancho, y de 48 metros de altura, con un perímetro de la elíptica de 524 metros, fue el más grande e imponente de toda la Roma antigua. Es célebre la reconstrucción del combate naval entre corintios y feacios que hizo realizar Tito y en la que participaron 3.000 hombres.

Domiciano (51 – 96 y emperador en el 81), que finalizaría luego la obra en el año 82 añadiéndole el último piso y los sótanos, también empleó el Coliseo para la realización de estos juegos, con la particularidad de que hacía alinear en los combates navales exactamente tantas naves como las que tenía la flota imperial. Según Suetonio, Domiciano organizó una naumaquia en el Coliseo hacia el año 85 y otra en el 89 en una nueva piscina, rodeada de gradas, que hizo excavar cerca del Tíber, aprovechando la extracción de piedra a utilizar en las obras de reparación del gran circo, dos de cuyos lados habían sido destruidos por un incendio. Aunque durante la representación se desencadenó una violenta tormenta, no permitió que nadie abandonara su asiento hasta la muerte del último combatiente.

La superficie de la arena del Coliseo estaba muy lejos de las dimensiones del estanque de Augusto. Las naumaquias desarrolladas en el anfiteatro no podían, por tanto, tener la grandiosidad de anteriores espectáculos. Se puede suponer que tomarían la forma de una confrontación entre las tripulaciones de reproducciones de navíos de guerra, de tamaño real o casi, haciendo desbordar ligeramente la piscina a fin de que una capa de agua cubriera toda la superficie de la arena, dando así la impresión de que los barcos se hallaban en su medio natural pero sin que pudieran maniobrar ni, quien sabe, si realmente flotar y sólo sirvieran de decorado para el verdadero espectáculo: el combate entre sus soldados. Por Tácito y Dion Casio se sabe que tanto en anfiteatros como teatros se utilizaban a veces decorados de barcos, en ocasiones dotados de mecanismos con el fin de simular un naufragio.

Es muy probable que haya sido entre la primera y la segunda naumaquia de Domiciano cuando se construyó la compleja red subterránea de habitaciones de servicio, que aún hoy puede observarse en el Coliseo y que se supone haría imposible en adelante la inundación del recinto a fin de celebrar naumaquias.

Nave de guerra romana

El traslado de las Naumaquias

Las dificultares que suponía inundar la arena del Coliseo para llevar a cabo las naumaquias obligaron muy pronto a trasladarlas a otros anfiteatros, lagos y edificios especialmente creados para ello, y a los que, como dijimos, también se denominó con la misma palabra: Naumaquia. Esas construcciones, con la misma forma que los anfiteatros, circulares u ovaladas, y con los asientos dispuestos en graderías como en éstos, tenían una complicada red de conductos, canales y esclusas para llenar de agua la arena.

Sea como sea, en la propia Roma, la aparición de estas nuevas técnicas provocó inicialmente la multiplicación de las naumaquias. Las fechas así lo indican con claridad.

La zona sombreada sobre el callejero actual de la Plaza Navona indica el espacio que ocupaba el Estadio de Domiciano.

Entre la celebrada por César y la de Augusto y entre ésta y la de Claudio, transcurrió alrededor de medio siglo. Por el contrario, las seis naumaquias siguientes, que en su mayoría se celebraron en anfiteatros, se realizaron en 30 años. La razón por la que las naumaquias llevadas a cabo en estos edificios podían representarse más a menudo era porque resultaban menos costosas en el plano material y humano. Pero, menos grandiosas, serían seguramente uno de los puntos álgidos de los juegos, pero no el más extraordinario.

El fin de las naumaquias

Más allá de la época de Flavio, las naumaquias desaparecen de los textos casi por completo. Sólo en la Historia Augusta –obra de finales del siglo IV–, una fuente tardía y poco fiable de información, existe una mención de las dos últimas verdaderas naumaquias de las que se tiene constancia: la primera, en el Calendario de Fastos de Ostia, gracias a la cual se sabe que Trajano (53 - 117 y emperador en 98) inauguró en 109 una naumaquia destinada a la celebración de combates navales, y la segunda, organizada en el año 248 por Filipo el Árabe (204 – 249, emperador en 244) para festejar el milenario de Roma, utilizando como escenario la vieja naumaquia de Augusto, reconstruida para este fin.

Apenas quedan restos de estas gigantescas instalaciones. En la Roma imperial, el espacio entre la Basílica de San Pedro y el Castillo de Sant’Angelo era conocido como regio naumachiae y una iglesia cercana llevaba el nombre de S. Peregrini in naumachia. Y es precisamente en las cercanías de aquel castillo que se encontraron en los siglos XV y XVI los restos de una Naumaquia que, se supone, es la construida por Trajano. Estaba dotada de graderías a su alrededor y, si se admite una proporción razonable entre su longitud y su anchura, su superficie sería 6 veces menor que la Naumaquia de Augusto. No habiéndose encontrado referencias escritas significativas respecto de esta Naumaquia, cabría suponer que sólo fue utilizada durante el gobierno de Trajano.

Considerando que según los Fastos de Ostia, el espectáculo inaugural del recinto involucró a 127 parejas de gladiadores, puede pensarse que, al igual que ocurre con el anfiteatro, el carácter más reducido del espacio disponible en el estanque de Trajano llevó a simplificar el decorado naval, basándose la espectacularidad del evento en la calidad de los combates singulares, librados en este caso por auténticos gladiadores y no por una masa de prisioneros sin preparación. Bajo esta forma, y disponiendo de un lugar de celebración específico, la naumaquia pudo subsistir varios siglos sin que las fuentes que nos han trasladado los espectáculos de la época, ya de por sí menos numerosas desde la época de Antonio, la consideraran digna de mención, puesto que ya habían perdido su carácter excepcional e impresionante.

Otros textos del siglo IV mencionan restos de dos Naumaquias cercanas al Tíber: podrían referirse a la construida por Domiciano, probablemente en lo que hoy es la Plaza Navona, y a la vieja Naumaquia de Augusto, cuyos restos la más reciente hipótesis los ubica entre la Via Aurelia al norte y la iglesia de San Francesco a Ripa al sur, en el lazo del Tíber, entre los que se destaca un gigantesco Neptuno y restos escultóricos menores. Son, en todo caso, los únicos y pobres reflejos de uno de los ejemplos más evidentes de megalomanía, afán de teatralidad y crueldad de un régimen totalitario.

Según Frontino (30 - 104 d.C.), militar, político y escritor romano, las necesidades de agua de la Naumaquia de Augusto y de los jardines vecinos del Trans Tiberim fue la principal razón de la construcción de la Aqua Alsietina: una gran canalización descubierta que recorría las pendientes de la colina Janículo, en el Trastevere. Éste supone el principal testimonio arqueológico sobre la localización de la Naumaquia, del acueducto y del bosque de los Césares. El viaducto de la época republicana descubierto en la Via Aurelia, cerca de San Crisógono, podría entonces haber servido de canal de vaciado de la piscina. Si bien no se conserva ninguna Naumaquia en la actualidad, los anfiteatros de Verona (inaugurado en el año 30 a.C. con un aforo de 30.000 espectadores) y el de Capua, en Italia, mantienen evidentes señales de que estaban pensados para inundar la arena. Entre los restos arqueológicos que se preservan en la ciudad de Mérida (murallas, torres, aljibes, red de cloacas, acueductos, canalizaciones de agua y puentes sobre el río Guadiana) se encuentra un maravilloso anfiteatro (Emerita Augusta) inaugurado el año 8 a.C., con su arena central de forma ovalada rodeada de un graderío con capacidad para 15.000 espectadores, en realidad un hipódromo para carreras de cuádrigas que, en ocasiones fastuosas, llegó a habilitarse como estanque para naumaquias.

Existen algunas constancias que registran la celebración de algunas naumaquias posromanas. Una de ellas fue la realizada en 1550 en el río Sena, para celebrar la entrada del Rey Enrique II de Francia en Ruán. También hay registros de haberse celebrado espectáculos de este tipo en diversos anfiteatros y estanques de España, uno de los cuales fue el que construyó Felipe IV en los jardines de su Palacio del Buen Retiro, en Madrid, entre los años 1630 y 1640, inspirado en los de la Roma clásica y pensado para celebrar festivales acuáticos y naumaquias a la romana. De éstas, cuelga en el Museo del Prado un óleo del pintor barroco italiano Giovanni Lanfranco que describe en esos jardines una lucha de gladiadores en grandes barcazas, que apenas dejan ver el agua, apreciándose a lo lejos las graderías llenas de público. Una última naumaquia se registra en 1807, celebrada en Milán en honor a Napoleón Bonaparte.

La inundación de los anfiteatros

Para la realización de las naumaquias en el Coliseo, un complejo mecanismo le permitía convertirse en una gran piscina, por lo que se supone ciertamente que el suelo de la arena en aquel tiempo estaba más bajo que en el actual, de lo contrario el agua hubiera invadido las partes bajas del edificio y hasta los pórticos, haciéndolos intransitables. El método empleado para la inundación del recinto del anfiteatro motiva numerosos interrogantes, ya que esas construcciones no estaban destinadas específicamente a la celebración de espectáculos acuáticos y debían seguir disponibles para los espectáculos con animales, las carreras de carros y los combates de gladiadores.

Birreme griega que muestra la disposición de los remeros.

La rápida alternancia entre estos espectáculos terrestres y acuáticos, que Dion Casio subraya a propósito de las naumaquias ofrecidas por Nerón, parece haber sido la principal necesidad del sistema empleado. El estudio de las únicas fuentes escritas no ha aportado hasta el presente ninguna información acerca del método práctico de inundación. La arqueología se topa hoy en el Coliseo con el obstáculo de la profunda transformación del subsuelo debido a la construcción de numerosos túneles y mazmorras bajo la arena y sólo los Coliseos de Verona, Italia, y Mérida, España, pueden aportar algunos elementos de información de carácter técnico.

El foso central del anfiteatro de Verona era de una profundidad muy inferior a la de las habitaciones auxiliares construidas bajo la arena por lo cual podría tratarse de una piscina. Está dotado de dos conductos de agua axiales. Uno de ellos circula directamente bajo la galería oeste de la arena y carece de comunicación con los canales de evacuación de las aguas pluviales; debía estar conectado a un acueducto que alimentaba la piscina. El conducto este, que circulaba a mayor profundidad, debía estar destinado a evacuar las aguas hasta el río Adige.

La arena del anfiteatro de Mérida revela un foso todavía menos profundo que el de Verona: 1,50 m. Esto parece descartar completamente la idea de que se tratara de una habitación de servicios subterránea, puesto que su altura es inferior a la de un hombre de pie. Esta piscina estaría provista de escaleras y de un revestimiento estanco análogo al de las piscinas de las termas. También tenía dos conductos axiales. El del lado oeste debía estar conectado a un acueducto que pasaba cerca del edificio (podría ser el acueducto San Lázaro).

Un proyecto de investigación y documentación en el recinto del Anfiteatro y del Teatro romanos de Mérida, iniciado en el 2007, ha comenzado a dar sus primeros resultados visibles con la aparición de los restos de un ramal de la conducción hidráulica de la época desconocido hasta la fecha, que rodea todo el monumento y que está situado cuatro metros por debajo del nivel actual.

Pero es de suponer que las dimensiones de estas dos piscinas no permitían la celebración de verdaderas naumaquias, ni siquiera en su versión simplificada: la de Mérida mide 64 m por 41 m. Tan sólo podrían ofrecerse espectáculos acuáticos más modestos. No existe mucha documentación sobre las naumaquias. En muchas medallas de la Roma de los Césares aparecen representaciones de naumaquias y una en especial, de los años de Domiciano, constituye un magnífico documento sobre ellas ya que permite apreciar, con bastante exactitud, una que consta de dos cuerpos de edificios semicirculares que permiten la entrada y salida del agua por los extremos del eje menor, de manera que entre uno y otro cuerpo del edificio quedaba un espacio libre. La iconografía atestigua también esta moda de las naumaquias. Entre la veintena de representaciones de batallas navales en la pintura romana, casi todas pertenecen a la época de Nerón y de los emperadores de la dinastía flaviana.

  

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