Historia y Arqueologia Marítima

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Archivo  de Hernan Alvarez Forn

LO MISMO QUE ESPINAZO DE PESCADOS

Este articulo de Hernan Álvarez Forn fué publicado en el diario La Prensa, del día 14 de Junio de 1970 y es publicado en Histarmar con permiso de su autor. Las fotos blanco y negro son del autor y las de color del archivo de Histarmar

COMO los espinazos de pescados que ha comido prolijamente un gato: así aparecen esos cascos descarnados de algunos que fueron grandes, elegantes, altaneros, gráciles, poéticos veleros de velas cuadras, de muchas velas en sus tres, cuatro o cinco palos altos, finos, esbeltos, soportados por una organizada, ordenada y eficacísima telaraña de cables, cabos, aparejos, y simplísimos recursos y mecanismos para multiplicar, dirigir, encauzar la pequeña fuerza del hombre, del marinero, y poder dominar tanta vela, tanta escota, tanta driza, tanto viento.

Tanto y tanto viento y tanto mar, jugando al gato y al ratón debajo de la malhumorada punta sur de América del Sur, del cabo-isla que lo de horno o lo de cuerno lo debe haber sacado del mismísimo averno o de la frente del propio diablo.

Jugando al gato y al ratón, por cierto, con los enormes veleros, allí apenas minúsculos en comparación con las olas azul negras, marmoreadas de vetas blancas, altas como cerros, arteras, violentas, tercas en su interminable andar, aturdidoras en su diálogo con el viento, que más parece disputa, deformadas por corrientes submarinas, como si alguien les pegara en los pies para hacerlas caer.

Esto, claro está, cuando hay mal tiempo.

Cuando lo hay de bonanza, todo parece una mentira para asustar tontos: calma, mar tendido, cielo celeste. No es posible que sea el mismo sitio. Mas de pronto, en un instante, el cambio furioso.

Quizá allí esté el secreto de la cantidad de veleros que, o se fueron a pique en aguas del cabo o alcanzaron a dar sus últimos pasos, maltrechos y moribundos, hasta Malvinas o hasta el estrecho de Magallanes o hasta Punta Arenas: no tanto en el temporal continuado, sino en el chubasco repentino, sin aviso previo, ese que no da tiempo a arriar, que no se puede prever, porque mientras se tiene viento hay que avanzar, caminar hacia adelante, para no dejarse vencer por malditos vapores que, además de ensuciar el horizonte con sus chimeneas, van siempre para adelante, salen a horario y llegan a horario, de puerto a puerto. Y se acaparan la carga: éste era mas o menos el pensamiento normal de los capitanes de veleros desde el fin de siglo pasado hasta el primer decenio del actual.

Una curiosa y lateral secuela del tempestuoso carácter de la zona del Cabo de Hornos y de los canales la ilustra un perito noruego de una compañía de seguros marítimos: enviado a Buenos Aires allá por el novecientos, encontró que aquí nada tenía que hacer, porque aquí no había siniestros marítimos. Preguntó entonces dónde ocurrían los desastres y muy luego se enteró: allá, en el sur, y se mudó a Punta Arenas y afirmó un nombre, una familia y su negocio prosperó porque de una manera u otra los siniestros del Cabo repercuten allí.

Esos barcos de hierro, como la gente que los tripulaba, sin embargo no eran fáciles de vencer. A veces aún muertos, como el Cid, servían para presentar batalla.

El "Andrina", por ejemplo. Construido por Oswald Mordaunt and Co, en Southampton, en 1886, en hierro forjado —que resultó a la larga más aguantador al óxido que el acero— fue dedicado a los fletes comerciales con buen éxito durante exactamente trece años. En el verano de 1898, repleto de bolsas de cemento, carga general y de ácido prúsico partió de Amberes y se dirigió a San Francisco. Arribó con viento franco a la boca del estrecho La Maire con intenciones de doblar el Cabo una vez más, cuando sorpresivamente varó en la bahía Policarpo, una caleta situada a unas veinte millas al oeste del Cabo San Diego —portería del Le Maire— que con apariencia de buen puerto, encajona sin embargo, con tiempo duro, sus respetables olas de hasta quince metros de alto. No es menester aclarar el vapuleo fue recibió el "Andrina", que por cierto no pudo desprenderse de la trampa no sólo durante los primeros días que siguieron a su varadura, sino durante los siete mil doscientos, y sus noches, que permaneció allí.

La guerra del catorce, los submarinos alemanes, la falta de buques devolvió inesperadamente el valor a esos cascos y el "Andrina", con muchos anclotes, cables y cinchadas con sus propios cabrestantes que aún funcionaban, consiguió ser reflotado. Con el nombre de "Alejandrina" y bajo bandera chilena recomenzó su vida activa, renació, resucitó en 1919. El primer buen negocio que proporcionó a sus propietarios-salvadores fue la venta del nitrato que aún se conservaba en buen estado en su bodega: cuarenta mil dólares.

El "Alejandrina" fue muriendo por segunda vez muy lentamente. Terminada la ficticia época en que resultó económico reutilizar veleros, quedó un día al ancla en Punta Arenas. Flotando aún fue vendido y destinado a desaguace. Pero no lo aceptó y mientras lo remolcaban adonde lo iban a trozar, al puerto de San Antonio (Chile), se fue honorablemente a pique en más de doscientas brazas de profundidad, en busca de un lugar de descanso donde fuera imposible rescatarlo, donde pudiera desintegrarse tranquilamente sin que nadie ni nada lo perturbara más.

Otro que estuvo fondeando en Punta Arenas fue el —o la— "Wavertree", una fragata de más de dos mil toneladas construida muy prolijamente en 1885. Tan prolijamente que aguantó todo: malos tiempos, un incendio y vicisitudes y esfuerzos propios de esa navegación velera. Hasta 1910. El Cabo la desmanteló, parcialmente por suerte. Con un aparejo llamado de fortuna (quizás por eso) recaló y quedó en Malvinas. De allí la historia se vuelve casi monótona: remolcada a Punta Arenas oficia de pontón carbonero (buques a vapor de la compañía Interoceánica los remolcaban) trayendo material de la isla Resca a Buenos Aires durante las escaseces de bodegas y de combustible provocadas por la guerra 1914-1918.

Desechada al final de la contienda, permanece la bicoca de treinta y siete años en Punta Arenas. La adquiere luego una firma arenera de Buenos Aires durante las escaseces de bodega - fin, práctica e ignominiosamente, a muelle o a depósito y de pronto... la descubre, la compra y rejuvenece el South Street Seaport de New York. Verdadera pieza de museo, la "Wavertree", va a serlo con todos los honores cuando la remolquen a su elegante y último fondeadero.

La Wavertree en el 2009, en el South Street Seaport, al aldo del Peking.

No corrió la misma suerte el "Kentmere" qua también permaneció añares al borneo en Punta Arenas. A ése lo fletaron para el norte de Chile y en Coquimbo lo desguazaron. Al escribir desguazar sin querer se lo asocia con deshuesar. Y algo de eso tiene, porque desprovistos ya de su carne, de sus nervios, de los elementos que diferencian a los grandes veleros de meros pontones, sólo le quedan los huesos y parte, al menos, de su piel.

El Kentmere, fotografia de John Oxley Library, State Library of Queensland

Piel y huesos, costillas para mayor abundamiento y forro que terminan trozaditos, en chatarra, el nombre genérico de los despojos cuando van a la fosa común, donde en horrible promiscuidad se amontonan mezclados con locomotoras, locomóviles, rieles y demás fierros de tierra adentro.

Mas volviendo a los que todavía se pueden ver en Punta Arenas y costas aledañas, allí está el "Andalucía", con sus palos machos y sus vergas mayores, bien a flote aún. Dicen que por dentro hoy se llevan una moldura, ayer desapareció una puerta, mañana un mueble y ya se va quedando hueco. En su hora fue el veloz buque escuela francés "Ville de Mülhouse". Se le recuerda una travesía de Punta Arenas a Buenos Aires en siete días, marca notable aún para un buque a vapor. Su próximo destino no está definido y existen algunas posibilidades que lo conserve la Marina chilena. (NR. no creo que aun este a flote, seria interesante si algun lector lo puede confirmar).

Andalucia

Fntre el "Andalucía" y tierra yacen, en bastante mal estado, el "Muñoz Gamero". el "Cabenda" y el "Hipparcus" —¿o el "Falstaff"?—. El "Cabenda" está unido a una famosa historia periodística, pues es el barco que llevó a Henry Morton Stanley a África, cuando fue a pronunciar la famosísima frase: —"Mr. Livingstone I presume. ..".

El "Londsdale", mostrando todavía su tamaño de leviatán, parece haber perecido en la tarea de meter su botalón en los hilos telefónicos del camino costero y ahí ha quedado, ése si jugando al pescado repasado por un gato# hambriento: cabezón y con las costillas limpitas.

El Londsdale en 1970 arriba y en foto de Guido Seidel del 2005 abajo. Por lo menos se mantiene lo que quedó.

Del "Serena" y del "Thornsdale" apenas se ven emerger del mar unos muñones tristes. En la playa de San Gregorio —estancia de José Menéndez, que más parece un pueblo que las cosas de un establecimiento— cerca del vaporcito "Amadeo", el primero que poseyó la sociedad, yace la "Ambassador". descascarada de un modo tan particular que podría confundírsele, escala aparte, con un modelo para el estudio de las estructuras metílicas de esos veleros.

Poco a poco la máquina venció por cansancio a la vela —digamos por motivos práctico-económicos— en el negocio de los trasportes por mar y los buques grandes fueron más fuertes y grandes y se independizaron un poco —un poco nada más— del viento, del temporal, de la meteorología, de las situaciones comprometidas, como esas en que atrapaban a un velero en una bahía sin poder orzar lo suficiente al viento para salir en ninguna dirección.

El gato se fue quedando sin espinazos para limpiar. El cabo está allí y sus olas y sus ventarradas. Pero veleros, verdaderos buques a vela, ya no lo cruzan. De vez en cuando un navio escuela o el yate de un obstinado solitario, pero veleros de ésos de carga, ésos ya no.

A los que no se los tragó el Hornos, a otro horno, al de fundición, fueron a parar. O van a ir, cuando el metal cueste más que sacarlo de donde está.

 

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