Historia y Arqueología Marítima

 

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EL BLOC CHILENO-ARGENTINO Y LA CUESTIÓN ANTÁRTICA EN 1947:

PERCEPCIONES ESTADOUNIDENSES Y CHILENAS

Indice Antartida

Ponencia en el XIV Encuentro de HistoriadoresAntarticos Latinoamericanos- Chile 2015

Por Consuelo León Wöppke- Chile

Al estudiar la historia de Argentina y Chile, hay ciertos aspectos que son indesmentibles  Entre ellos, la existencia de derechos coloniales, el interés y la experiencia antártica de ambos países. Teniendo en cuenta esos elementos comúnmente aceptados, el presente trabajo analiza la cuestión antártica hacia 1947, época algo olvidada pero cuyo conocimiento nos permite entender el Tratado de Washington de 1959 que dio origen al régimen jurídico que impera sobre esa zona del mundo.

Como una forma de evitar las naturales distorsiones de la perspectiva nacional, se utilizarán principalmente fuentes documentales encontradas en archivos y periódicos norteamericanos. Estas fuentes más que contradecir lo que sustentaban los gobiernos argentino y chileno en aquella época, permite entender las dificultades que enfrentaban y dar una visión de conjunto tanto a las relaciones entre ambos países como a los intereses norteamericanos al respecto.1

El año 1947 parecía terminar de un modo relativamente apacible y con un nuevo orden surgido en la postguerra con la Doctrina Truman, el Plan Marshall en Europa y el Tratado de Río en el continente americano. Salvo la caótica situación china, todo parecía indicar que la repartición del mundo entre las dos grandes potencias había terminado. Sin embargo, faltaba aún definir el status del enorme continente situado al sur del mundo y en qué medida Argentina y Chile eran capaces de consolidar sus derechos en el área.

El presente trabajo analiza las interrelaciones entre los países del Cono Sur latinoamericano, Estados Unidos y la cuestión antártica centrándose en un lapso histórico de un año que no ha sido suficientemente estudiado desde el punto de vista de la historia polar comparada. Para ello, se ha dividido el trabajo en tres partes: la primera se refiere al contexto internacional y el bloc antinorteamericano integrado por los países del cono sur; la segunda, a la implementación de las políticas antárticas de los tres países; la tercera, a los esbozos de soluciones creadas por los Estados Unidos en la segunda mitad del año para resolver a su favor la cuestión antártica y evitar la formación definitiva de un bloc antagónico en el extremo sur americano.

1. EL CONTEXTO INTERNACIONAL DEL AÑO 1947

Terminado el conflicto mundial, los aliados parecieron caer en una carrera desenfrenada por consolidar su esferas de influencia que tan mal definidas habían quedado en Yalta. Afloradas las tensiones, a inicios de 1947, era evidente que la postguerra temprana no había sido más que una pequeña calma antes de una gran tormenta. Rota la pasividad, los antiguos aliados se enfrentaban en Europa y Asia. “Un telón de acero ha descendido sobre Europa,” exclamaba Churchil en Missouri mientras el famoso telegrama que mandara George F. Kennan desde Moscú sólo había confirmado lo que la Administración norteamericana visualizaba hacía meses. La atmósfera de Guerra Fría recorría el planeta, la Doctrina Truman, en un principio aplicable a Grecia y Turquía, aparecía ahora como la únicas solución en un mundo que, desde la perspectiva estadounidense, parecía irse deslizando hacia la órbita soviética. América Latina y especialmente los países del Cono Sur, sentían no calzar perfectamente en esta maniqueísta visión de la humanidad.

Durante la guerra, América Latina había sido parte del denominado “hemisferio occidental,” o zona de influencia que dependía económica y militarmente de Estados Unidos. Sin embargo, dentro de esta área habían dos naciones se destacaban por su actitud contestataria: Argentina y Chile. Sin entrar en mayores detalles, se puede agregar que ello las hizo merecedoras de la desconfianza estadounidense durante el período de la postguerra. Desconfianza que se acrecentaba por el hecho que el continente antártico era de interés no sólo para Estados Unidos y su aliado, el Reino Unido, sino además para las ya mencionadas naciones del Cono Sur americano.

En 1947 Estados Unidos definía muchas de sus políticas en términos de comunismo y anticomunismo,2 sin tener en consideración que para las naciones latinoamericanas los problemas económicos, por ejemplo, eran mucho más urgentes. Cuestiones como los ajustes económicos de la postguerra, el deterioro o ausencia de los mercados, la carencia de tecnología o la inestabilidad política constituían temas mucho más preocupantes que el avance soviético en el continente europeo. Por ello, los países latinoamericanos habían estado presionando infructuosamente desde Chapultepec para lograr que Estados Unidos les mantuviese el status económico otorgado durante la guerra.

Sin embargo, la potencia del norte estaba más preocupada de Europa que del hemisferio y miraba con disgusto la evolución de políticas internas en las repúblicas australes. No se debe olvidar que desde el gobierno de Farrel, el liderazgo de Juan Domingo Perón se había acrecentado; y que se temía que en Chile, la inestabilidad económica del gobierno del Frente Popular llevase a la presidencia a Carlos Ibañez del Campo.3 Perón e Ibañez eran líderes mal apreciados por la Administración norteamericana la cual veía en ellos alternativamente la figura del Duce o del Führer. Más peligroso aún era que ambos países pensaran convivir en paz y solucionar sus diferencias a nivel bilateral.

De ahí que en junio 1947 el ex-embajador norteamericano en Argentina y miembro del Departamento de Estado, Spruille Braden, advirtiese al agregado militar chileno en Buenos Aires que Perón tenía fuertes aspiraciones territoriales y pretendía crear “un riguroso estado fascista en las narices mismas de la Unión Panamericana.”4

Los resquemores norteamericanos se basaban en que, según los funcionarios del Departamento de Estado, ambos países constituían un “frente unido” y el “bloc anti-americano” y “anti-imperialista” en el Cono Sur.5 Es cierto que la amistad argentino-chilena se había fortalecido durante el conflicto mundial y existía una coincidencia de intereses sobre el continente antártico desde inicios de la década de 1940s. También era efectivo que habían compartido experiencias antárticas, que se habían efectuado negociaciones y que, a fines de 1946, se había llegado a la firma de un importante acuerdo de cooperación económica.6 Esta colaboración, sin embargo, tenía mayor relación con sus propios derechos e intereses que con una deliberada política en contra de los Estados Unidos.

Sin embargo, el Departamento de Estado insistía en considerar dicho acuerdo “como otra carta de triunfo antiimperialista por parte de los elementos hostiles,” expresando que comunistas, peronistas, nacionalistas chilenos y trasandinos “batirían un excelente plato de salsa a partir de él.”7

Cabe mencionar que la animadversión de Estados Unidos en contra Argentina parecía radicar en los sentimientos de personeros como Spruille Braden quien como embajador en Buenos Aires y luego desde el Departamento de Estado, trató reiteradamente de intervenir en los asuntos domésticos argentinos. En 1947, y como consecuencia de sus desdichadas intervenciones, debió presentar su renuncia la que aceptó de “muy mala gana” el presidente Truman.8 En ese sentido, el año en estudio marca una evolución de la política norteamericana hacia Argentina desde el intervencionismo de Braden a la aceptación cautelosa de Perón y al retiro del mencionado diplomático para priorizar la cruzada anticomunista y obtener la conformidad argentina al Tratado de Río.

La reticencia norteamericana hacia Chile se basaba tanto en la lentitud chilena en declarar la guerra por sus simpatías pro Eje, como también en la forma que la prensa y la opinión pública nacional celebraban la creciente amistad argentino-chilena.9 La colaboración entre ambos países latinoamericanos inquietaba a Estados Unidos pues incluía aspectos que podían ser lesivos a los intereses norteamericanos tales como la posible influencia de Argentina sobre Chile, la eventual afinidad ideológica que se produciría si llegaban al poder Perón e Ibáñez y la decidida política de defensa de los derechos antárticos que caracterizaba a las Administraciones Radicales chilenas desde inicios de la década de los 1940s. En 1946, por ejemplo, luego del fallecimiento de Juan A. Ríos llegó a la presidencia Gabriel González Videla quien se destacaría tanto por incluir entre su gabinete a miembros del Partido Comunista como por su interés en la instalación de bases y por el revuelo internacional causado al visitar ese continente en la temporada 1947-1948.10

El contexto internacional ha sido uno de los elementos menos considerados en la historia antártica tradicional chilena dado que ésta se ha presentado como una política nacional autónoma o máxime de índole bilateral con Estados Unidos o con Argentina. Esto hace imperativo observar el juego de múltiples fuerzas que habrían influido en el devenir antártico. Entre ellas se debe considerar la tradicional, aunque no siempre evidente, colaboración antártica entre las potencias anglosajonas, el interés estadounidense por asumir las obligaciones británicas fueran éstas en el Mediterráneo o el continente blanco, la amenaza que significaba la amistad argentino-chilena y la búsqueda de la seguridad hemisférica por parte de Estados Unidos. La debilidad económica de ambos países y su dependencia a los mercados norteamericanos, por otra parte, les hizo imposible sostener una presencia antártica similar a la de Estados Unidos y los indujo a aceptar la política antisoviética de dicha nación.

Por otra parte, el contexto internacional de la posguerra, especialmente desde San Francisco, mostraba que las conferencias internacionales podrían ser el mecanismo más adecuado para resolver disputas internacionales a satisfacción de las grandes potencias de la época. De ahí que muchas de las aparentes vacilaciones de la política antártica estadounidense y las frustraciones argentinas y chilenas carezcan de explicación si no se considera dicho trasfondo internacional.

2. ACTIVIDADES EN LA ANTÁRTICA EN 1947

Las actividades relacionadas con la Antártica se realizaban en las estaciones antárticas que coinciden con el verano del hemisferio meridional como durante el año, y mostraban la voluntad de los países en consolidar sus derechos e intereses a la zona. Evidentemente, ello iba acorde a sus situaciones económicas y al grado de conciencia nacional que poseían sobre el tema. Como es sabido, Estados Unidos, Argentina y Chile no eran las únicas interesadas en el continente y en las aguas subantárticas pues naciones europeas e incluso Japón habían reasumido sus actividades balleneras dada la escasez de grasas y aceites de la posguerra temprana.11

A pesar que las naciones antárticas le habían reconocido de facto a Estados Unidos sus derechos a un determinado sector geográfico, su capacidad tecnológica y económica lo llevaban a aspirar más. Es entendible que, liderando el mundo occidental aspirase a dirigir también la cuestión antártica. El problema era cómo hacerlo dado el predominio histórico que el imperio británico había ejercido sobre el continente y porque el área que le interesaba, que denominaremos Tierra de los Libertadores,12 era una zona tremendamente sensible para los intereses chilenos, argentinos y británicos.13 Más aún que, a lo menos hasta 1941, el propio Franklin D. Roosevelt había considerado a este sector como el “sector americano” vinculado al Hemisferio o, a lo menos, a los dos países australes. Esto es, una zona donde estaba excluida la presencia europea y protegida por la Doctrina Monroe.14 Lo que había omitido, obviamente, era precisar si esa zona de exclusión se aplicaba también a los británicos y señalar si sus propios intereses  podrían menoscabar más adelante los derechos antárticos de Argentina y Chile.

Estados Unidos, por tanto, en 1947 se debatía entre la lealtad a su aliado europeo, a las “repúblicas hermanas” del hemisferio y a sus propios intereses siendo ese el contexto en que se debiera entender su accionar antártico. Cabe mencionar que no existía real interés en excluir a Estados Unidos del continente helado, pues se entendía que poseía derechos a un sector donde históricamente había desarrollado parte de sus actividades antárticas. Dado que sus apetencias excedían este sector histórico e involucraban la denominada Tierra de los Libertadores y al sector “latinoamericano,” el año 1947 fue un período en que la nación del norte debió crear una estrategia flexible que satisfaciera objetivos antagónicos como eran el mantener aparentemente las alianzas de la postguerra con Europa y las naciones americanas, y satisfacer sus propios intereses sin amarrarse definitivamente a ningún país.

Estados Unidos no había definido públicamente su política hacia la Antártica, a pesar que estaba evaluando alternativas desde mediados de 1946. El Secretario Dean Acheson y la Armada estadounidense presionaban por una actitud más agresiva dado el interés europeo y las “vagas e indefinidas reclamaciones latinoamericanas” y postulaban, además, el envío de expediciones para reclamar más adelante el sector entre los 10° y 170° W. y manteniendo, hasta que fuera necesario, un prudente silencio.15 Entretanto el funcionario Ellis O. Briggs sugería hacer todo “tan confuso y complicado” que la solución de llevarlo finalmente a las Naciones Unidas pareciera ser lo única posibilidad para salvar “la sanidad de los litigantes.”16

Por ello es que, a inicios de enero de 1947, la prensa norteamericana mencionaba alternativa o conjuntamente la posibilidad de reclamar parte del continente basándose en expediciones previas, y de consolidar sus pretensiones a través de una conferencia internacional o de recurrir a la Corte Internacional de Justicia.17 Si bien en principio la alternativa de ir a una conferencia internacional pareció interesante, la posible presencia de Unión Soviética hizo que, el Secretario  de Estado James F. Byrnes días más tarde pospusiera tal vía expresando que el tema antártico no era prioritario para su país.18

Por su parte, el Departamento de Estado evaluaba además la conveniencia de continuar la política antártica interamericana de Roosevelt, pero dudaba si el continente y sus islas adyacentes podían ser consideradas como parte del Hemisferio y por ende, susceptibles de ser protegidas con la Doctrina Monroe. Cabe señalar que dicho documento reconoce los derechos de las naciones del Cono Sur al “sector antártico del hemisferio.”19 Sin embargo, esa política se descartó en abril al firmarse el Tratado de Río donde Estados Unidos excluyó, mediante el mecanismo de la reserva, del área de protección del TIAR a la Antártica.20 En ese momento, aunque los países latinoamericanos pensaran lo contrario,21 primó la opinión del entonces Secretario de Estado George C. Marshall de priorizar a Gran Bretaña y no comprometerse excesivamente con los países del hemisferio.22

Como una forma de balancear su carencia de derechos históricos al continente, y siguiendo los lineamientos de Dean Acheson, Estados Unidos envió cuatro expediciones oficiales a la Antártica ese año. A diferencia de la actividad de orden privado de la entreguerra, ahora era el gobierno norteamericano quien auspiciaba las expediciones.

La primera fue la denominada Operación High Jump 1946-47 y constaba de 4 mil hombres y trece navíos al mando de Richard H. Cruzen, siendo su verdadero jefe Richard E. Byrd. La segunda expedición, de carácter secreto, estaba al mando del comandante Finn Ronne e iba destinada a establecer una base en bahía Margarita, Tierra de los Libertadores.23 A pesar que Chile solicitó enviar un observador, el Departamento de Estado negó tal posibilidad pues área de acción de la expedición se sobreponía con el territorio definido por Chile como propio.24 A fines de setiembre, se anunció una tercera expedición al mando del comodoro G. L. Ketcham a Little America, sector considerado históricamente como norteamericano.25

A fines de año y al agravarse las tensiones entre los países, dos rompehielos estadounidenses y la Fuerza de Tarea 39 se dirigieron a la Antártica al mando del comandante G.L. Ketchum en la denominada Operación Windmill.26 Con estas cuatro expediciones, Estados Unidos demostró su interés en mantener lo que consideraba suyo, en sentar precedentes sobre la totalidad del continente al tiempo que expandía su presencia en Tierra de los Libertadores que Argentina y Chile consideraban propia.

La presencia norteamericana en el continente antártico poseía todos los elementos de una superproducción hollywoodense. Comparada por su magnitud con las operaciones de desembarco de la Segunda Guerra Mundial, la expedición de Cruzen probó tecnología replicable en el Ártico donde la disputa con los soviéticos parecía inminente.

El Almirante Byrd puso una nota emotiva al reencontrarse con su antigua base de Little America y aprontarse a sobrevolar el polo sur, haciendo así de puente entre el pasado heroico de la exploración polar y las posibilidades del futuro.27 La nota sentimental la ponía la expedición de Finne Ronne que llevaba a dos damas –una en travesía de luna de miel luego de un bullado romance que empezara en Texas- y que se suponían serían las primeras mujeres en invernar en Antártica.28

Como acertadamente expresaron los británicos, la sensación de aislamiento en la Antártica iba desapareciendo por la presencia frecuente de navíos.29 Las inquietudes de otros países no se hicieron esperar, máxime al no haber claridad en las declaraciones norteamericanas. Según los europeos y soviéticos, su interés estaba relacionado con la búsqueda de uranio con fines militares.30 Lo que hoy resulta evidente era que los personeros norteamericanos seguían la estrategia de confusión sugerida por Briggs.

Así, Samuel W. Boggs negaba lo estratégico y enfatizaba el valor científico de la Antártica, 31 Byrd, reconocía los derechos de las “pequeñas naciones” pero se oponía a llevar el asunto a la ONU,32 mientras que propio Briggs recomendaba “dejar el asunto en statu quo por un tiempo.”33 Esta maniobras alternativas destinadas a confundir y ganar tiempo, continuarán durante el año y se acelerán cuando la crisis entre los países del Cono Sur y Gran Bretaña se tornó más seria.

Chile, a pesar de los limitados recursos, implementó una política coherente y de cooperación con Argentina durante 1947. En enero envió una expedición antártica al mando del comodoro Federico Guezelaga que incluía la presencia del teniente argentino Oscar Rousseau,34 y construyó la base Arturo Prat en bahía Soberanía con el objeto de consolidar sus derechos al continente helado.35 La dotación, al mando del teniente Emilio Kopaitic, que permaneció por más de un año en la Antártica, había sido despedida emotivamente en Valparaíso, ante la extrañeza del embajador norteamericano en Chile, Claude Bowers.36 Su sarcasmo se aprecia cuando posteriormente calificó como “penosa” la modesta exhibición antártica que atrajera atención nacional.37 Sin embargo, quien mejor representaba el punto de vista estadounidense era el diplomático Hugh Millard quien sostenía que Chile parecía “convencido que las Grandes Potencias tenían designios sobre el territorio y los minerales estratégicos sobre los cuales sólo Argentina y Chile tienen justas reclamaciones.”38

Chile, al igual que Argentina, estaba consciente de las apetencias antárticas británicas y la prensa nacional presionaba para que ambos países impidiesen que “naciones de otro hemisferio” interviniesen en lo que no era “de su incumbencia.”39 Es más, coincidían en que Gran Bretaña generaba más conflicto en la Antártica que Estados Unidos. Sin embargo, un extraño incidente colaboró –intencionalmente o nó- a agrietar aún más la volátil relación chileno-británica. La destrucción de posesiones estadounidenses abandonadas desde inicios del conflicto mundial en Base Oriental, Tierra de los Libertadores, se habría debido, según información proporcionada por ingleses, a las acciones de marinos chilenos. Esto produjo tensión en círculos nacionales y aunque el incidente –nunca bien aclarado- fue superado diplomáticamente, la prensa chilena se refería sin tapujos al “imperialismo inglés” en el área.40

En Chile, existían sentimientos encontrados respecto a Estados Unidos. Por una parte, se pensaba –como también lo creía el embajador Bowers- que al solicitar Finn Ronne visas para viajar al territorio antártico “tácitamente [había aceptado] la soberanía chilena.”41 Sin embargo, no existía claridad respecto a la colaboración anglo-americana a pesar de haber sido ésta reconocida públicamente por Ronne.42 En cierta forma, se pensaba que la nación del norte nos protegería de la presencia europea, cosa no fue así. El recelo frente a Estados Unidos se fue acrecentando durante el año dado al sigilo con que dicho país enfrentaba la cuestión antártica. La embajada chilena en Washington hizo presente en varias oportunidades su interés en conocer la posición norteamericana, y sobre todo si Operación High Jump se extendería a la zona que Chile consideraba como propia.

Sólo en octubre de 1947, el Departamento de Estado manifestó escuetamente que Washington aún carecía de una política al respecto pero, que cabía la posibilidad que las actividades estadounidenses se extendieran a Bahía Margarita,43 aumentando aún más los temores chilenos. El gobierno chileno realizó, además, durante el año otras acciones que demostraban su voluntad de consolidar su presencia en la Antártica. La primera fue la activación de la Comisión Antártica chilena que había estado sin reunirse por algún tiempo.44 Segundo, empezó a planear la construcción de su segunda base permanente dado que los británicos podían construir una en dicho lugar.45 Otra acción importante fue la revisión del territorio antártico chileno (CAT) desde el punto de vista administrativo. El Ministerio de Tierras y Colonización prefería incorporarlo “efectivamente y no como territorio”46 mientras otras reparticiones sugerían hacerlo como “comuna o subdelegación.”47

No se trataba de un debate sobre los derechos chilenos al continente blanco, sino solamente sobre la forma de integrarlo a la división administrativa del país. Argentina era también un país con indudable conciencia y larga experiencia antártica, demostrada, por ej, en los establecimientos meteorológicos de isla Melchior, y cuyas actividades no se habían detenido por el conflicto mundial. Al contrario, en 1943 había organizado una expedición antártica a la cual convidaron a chilenos, tradición que continuó en enero de 1947, cuando el comandante Luis Miguel García zarpó llevando a dos observadores chilenos.48 La expedición, además de sus funciones tradicionales, estaba destinada a establecer una base meteorológica en la parte occidental de Tierra de los Libertadores,49 y fue recibida a su regreso con profundo orgullo por el pueblo argentino, como lo reconoció el mismo New York Times.50

Sin embargo, la preocupación argentina por la Antártica debe entenderse como vinculado estrechamente con la cuestión de las islas Malvinas. Por ello en 1947, se modificó el Comité Antártico formando dos subcomités para estudiar los derechos argentinos al archipiélago y las Georgias del Sur nombrando a Pascual La Rosa como su presidente.51 En ese sentido, el accionar argentino era doblemente complejo pues no se sabía hasta que punto Gran Bretaña y Estados Unidos podían actuar en conjunto o podían tener opiniones discrepantes sobre ambos temas y de ahí su interés en contar con el apoyo chileno.

Las relaciones chileno-argentinas, como se ha mencionado, eran armónicas desde finales  de 1946 lo que preocupaba a los diplomáticos norteamericanos en Chile.52 Al anuncio de inicio de conversaciones bilaterales por parte del canciller argentino Bramuglio, había seguido la firma de un convenio de cooperación económica a fines de dicho año. Según la Inteligencia estadounidense, con ello Argentina suplía su carencia de minerales y ganaba acceso a la costa del Pacífico estando apoyado entusiastamente por los comunistas de ambos países.53

Continuando con este espíritu, la Casa Rosada invitó al gobierno chileno a proseguir las conversaciones sobre delimitación de soberanías antárticas interrumpidas desde 1941.54 Las conversaciones avanzaron durante el invierno y durante la visita del presidente Gabriel González Videla a Buenos Aires se efectuó una declaración conjunta donde ambos países se reconocían sus “incuestionables derechos soberanos sobre la Antártica sudamericana.”55 Esta declaración y la posibilidad que un acuerdo bilateral complicase la posición anglo-sajona en Tierra de los Libertadores, llevó a George C. Marshall, en setiembre de 1947, a reconocer que dicho acuerdo era “contra Gran Bretaña,” remarcando, para prevenir cualquier demanda británica, que su país como “potencial reclamante” no podía “tomar partido” al respecto.”56

3. ESBOZOS DE SOLUCIÓN

Las tensiones crecieron al acercarse la nueva estación antártica por razones ya mencionadas. En primer lugar, Estados Unidos, luego de explorar el continente helado, no deseaba limitar sus actividades a su sector histórico, y coincidiendo con esto, la Oficina de Investigaciones Estratégicas había hecho circular un informe remarcando la conveniencia de presentar reclamaciones a varios sectores antárticos. Gran Bretaña estaba implementando una política antártica independiente al planear una expedición con potencias europeas e intentar llegar a un arreglo con Argentina y Chile en la Corte Internacional. Por su parte, Argentina y Chile veían que, luego de la reserva norteamericana al art. 4 del Tratado de Río, sus anhelos de obtener ayuda estadounidense para excluir a Gran Bretaña de las Malvinas y la Antártica respectivamente, eran nulas.57

Ello reforzó en los militares chilenos, y posiblemente en su contraparte argentina, el interés en “marchar estrechamente unidos.”58 De la situación de tensión y de inminente peligro en la zona sur, surgieron dos posibles soluciones, lo que no significó el abandono norteamericano de su estrategia de confusión y expansionismo. La primera, originada en Estados Unidos, consistía en conseguir que los países interesados aprobasen alguna forma de internacionalización.

Existía la experiencia de fideicomisos, bajo la tuición de ONU, que habían permitido a la nación del norte controlar ciertas áreas del planeta; sin embargo, esa figura jurídica no era totalmente aplicable al continente antártico por la ausencia de población nativa y por requerir del consentimiento soviético que cada vez era más difícil de obtener.59 De ahí que, en junio de 1947, el consejero Boggs sugiriese colocar a la Antártica en una condición semejante a la alta mar “donde las tareas científicas pudiesen operar sin estar restringida por los reclamos de soberanía.”60 Por ello, en agosto Estados Unidos propuso a los siete países reclamantes establecer alguna “forma limitada de régimen internacional”61 teniendo en mente la idea que cubriese la totalidad de la Antártica.62

Como expresara el Secretario Lovett el mes siguiente, se deseaba una figura jurídica que “salvaguardase los intereses especiales de algunos países dándoles el control administrativo del fideicomiso.”63 Dicha proposición fue en principio aceptada por Gran Bretaña, no así por el resto de los países.64 Una solución diferente surgió con el interés de Argentina, Gran Bretaña, y Chile por solucionar su conflicto antártico por la vía jurídica, recurriendo a la Corte Internacional de Justicia de la Haya. No fue extraño que Estados Unidos se opusiese a dicha iniciativa, expresando que el arreglo de “asuntos parciales” no era “urgente” ni “útil por el momento” y solicitó a Gran Bretaña su postergamiento hasta que se pudiese obtener un “arreglo total.”65

Extrañamente, al parecer no existe mayor documentación sobre la posición argentina o chilena al respecto en archivos norteamericanos. El valor que Estados Unidos le asignaba a la Antártica y sus zonas aledañas era difícil de conocer con exactitud. En septiembre el Departamento de Estado, expresaba que  tenía “poco que ganar del control exclusivo a grandes zonas de la Antártica,” enfatizando retóricamente su importancia para la investigación científica.66 Un mes más tarde, centraba su valor estratégico en Tierra de los Libertadores y el Mar de Drake.67 A fin de año, y respondiendo a una consulta británica, expresó no considerar al continente de “gran valor estratégico o de otro tipo” con excepción de las islas Malvinas a las que estimaba como separadas ya que, en caso contrario, podrían “complicar grande e innecesariamente ambos problemas.”68 Esto, cabe señalar, contrastaba con la importancia que los británicos asignaban a Cabo de Hornos y al Mar de Drake, especialmente en caso de destrucción del canal de Panamá.69

Lo cierto es que a fines de año, el Departamento de Estado estadounidense recomendó a la Armada evitar declaraciones que vigorizasen el “principio de los sectores” en la Antártica, a pesar que se encontraba evaluando la conveniencia de reclamar el territorio entre los 80° y 150° W lo que, inevitablemente, suscitaría oposición de los otros países.

Esto demuestra, fehacientemente, que a pesar de hablar de fideicomiso o condominio, no abandonaba la idea de presentar reclamaciones a diversas partes del continente tal como el informe OIR señalara en septiembre.70 Por otra parte y siguiendo una de las estrategia de Boggs, también definía a la Antártica como área de “cooperación internacional” que no podía menoscabarse con particiones territoriales.71 En el fondo, el problema norteamericano consistía en lograr el control de los recursos antárticos sin ser acusado de imperialista y salvaguardando, al menos retóricamente, los intereses de los otros países pero sin darles “una voz predominante” en un futuro fideicomiso.72

Los británicos, entendiblemente, no habían quedado satisfechos con la negativa norteamericana de solucionar el asunto antártico en la Corte de La Haya, e incluso cuestionaban establecer un fideicomiso bajo la égida de las Naciones Unidas pues ello llevaría a la participación soviética.73 Dado las tensiones existentes y la negativa estadounidense a aceptar que el conflicto se solucionase pacíficamente con las naciones del Cono Sur, en las cercanías de Navidad, Gran Bretaña anunció el envío de una nueva expedición al área y pidió su apoyo para tomar “medidas firmes” contra Argentina pues existían más de ocho buques de esa nacionalidad en isla Decepción lo que, a su juicio, podría tener consecuencias para las islas Georgias del Sur y las Malvinas.74

En realidad, aquella época, Argentina había comenzado a reforzar su establecimiento de isla Melchor haciéndolo depender del Ministerio de Marina y dotándole de una presencia permanente de fuerza militar,75 y había realizado, además, un vuelo hasta el círculo polar, lo que la prensa norteamericana calificaba irónicamente como un intento de colocarse “a la par” de Estados Unidos.76 En otras palabras, pareciera ser que Argentina cansada de esperar una definición norteamericana y poseyendo el apoyo chileno, había decidido mostrar una política de fuerza que obligase a Gran Bretaña a definir jurídicamente el alcance de su soberanía antártica.

En vista de las circunstancias y tratando de no quedar excluido de la región antártica que más le apetecía, Estados Unidos inició conversaciones con el gobierno británico a través del consejero inglés en Washington. Los funcionarios Benjamin M. Hulley y Caspar D. Green, para debilitar un posible acuerdo anglo-argentino, aconsejaron a los británicos presentar una protesta formal. Sin embargo, Londres consiente que el impacto de la protesta dependía de la actitud norteamericana al respecto, solicitó su apoyo para “tomar medidas firmes.” El diplomático inglés trató de convencer al Departamento de Estado que la Antártica era importante estratégicamente para las naciones anglosajonas, 77 pero Estados Unidos, cautamente y para no comprometerse, le expresó que la cuestión antártica era un asunto de prestigio para ambos países latinoamericanos, y que éstos no llevarían el asunto a la Corte pero sí ante las Naciones Unidas, posibilidad que desagradaba a Gran Bretaña.78

De estas conversaciones, Estados Unidos concluyó que no era conveniente presentar su proyecto de internacionalización listo para ser aprobado o rechazado, sino que debía dar la impresión de estar abierto a recibir sugerencias de los países involucrados. Reconociendo también que la previa aceptación británica a la internacionalización era fundamental para su viabilidad, aceptó que dicha nación recurriese a la Haya en el caso que el proyecto norteamericano fallase.79 De esta forma, ambas potencias quedaban satisfechas. Estados Unidos había conseguido el beneplácito británico para la internacionalización, alejaba la posibilidad de acuerdo tripartito y de ser excluida del área y Gran Bretaña, contaba con la seguridad que Estados Unidos respaldaría su protesta y accionar frente a Argentina.

La estación antártica 1947-1948 fue tensa. Gran Bretaña desplegó su poder naval expresando que no convenía que Chile o Argentina controlasen el Mar de Drake dado sus “records durante la Segunda Guerra Mundial.”80 Estados Unidos le aconsejó fuertemente “ir sobre estas materias calladamente con los funcionarios del Departamento de Estado,”81 mientras se esforzaba en impedir que las naciones latinoamericanas presentasen sus derechos antárticos en la conferencia a celebrarse en Bogotá.82 Para ello y aprovechando una visita de cortesía al embajador chileno Nieto del Río quien se encontraba enfermo,83 hizo saber que las potencias anglosajonas conversarían de temas antárticos sólo si omitían esa materia de la agenda de la conferencia interamericana.84 Al mismo tiempo, Marshall convencía a ciertos grupos estadounidense para que aceptasen alguna forma de internacionalización,85 encargando a Samuel L.W. Boggs, especialista de trayectoria en temas antárticos y partidario de la creación de algún sistema al margen de las Naciones Unidas, que preparase un borrador.86 Ese escrito sirvió de base para informe oficial elaborado por George F. Kennan y el staff de Planificación Política (PPS) formado por Finn Ronne y Caspar D. Green.87 James Forrestal, Secretario de Marina, aportó la idea de postergar el asunto hasta un mejor momento, iniciativa que a la larga también sería aceptada.88 Entretanto, Chile y Argentina continuaron apoyándose mutuamente lo mejor posible y firmaron otra declaración conjunta reconociéndose sus derechos en marzo de 1948.89

El año 1947, como se ha expresado, no fue un año fácil de entender en asuntos antárticos pues se caracterizó por la interrelación de intereses y actividades de actores de desigual capacidad económica, bélica y diplomática. La Antártica, escenario secundario dentro del esquema de la Guerra Fría, pasó a ser un punto sensible de las relaciones angloamericanas de la postguerra. Para Argentina y Chile, no se trataba de “mero prestigio” como expresaba la Administración Truman, pues la Antártica era considerada territorio esencial de ambas naciones. Para Estados Unidos, el continente helado se convirtió en un factor candente que ponía en jaque sus alianzas con Gran Bretaña y el Cono Sur americano y sus estrategias planeadas inteligentemente dieron resultados a mediano plazo pero, no consiguieron quebrar en 1947 la amistad argentino-chilena tan esencial para la defensa de los derechos soberanos de ambas naciones.

NOTAS

1 Este trabajo no representa ni compromete la posición del Instituto Antártico Chileno con cuyo apoyo se ha realizado parte de la investigación en archivos estadounidenses.

2 CIA asumía un “conflicto inevitable” entre URSS y el mundo capitalista. CIA, “Soviet Objectives in Latin America,” ORE 16/1 (19/11/47) HST Papers, President’s Secretary Files, Intelligence File, National Interest-Estimate, Box 254, Harry S. Truman Library, Kansas. [HSTL].

3 González Videla llegó al poder con apoyo comunista. Departamento de Estado [DS], “Background Memoranda on Visit to the United States of Gabriel González Videla, April 1950.” DS Correspondence 1950 [2/5] Box 41, HSTL.

4 Braden fue uno de los gestores del Libro Azul contra el entonces candidato presidencial Perón. Milicíades Contreras M. (Agr. Militar, Washington) Informe Confidencial, n. 23, Of. 63, 10/06/47. Oficios Recibidos 1947, Embajada en E.E.U.U. vol II, Ministerio Relaciones Exteriores de Chile. [MinRe]

5 Brundage (NWC), Memo: “Chile y Argentina in Antártica,” 10/02/47. 800.014 Antarctic/ 2-1047, Foreign Relations of the United States. [FRUS]

6 “Trade Pact Extends Argentine Influence Over Chile,” Intelligence Review 45 (19/12/46):

5. Intelligence División, WDGS, War Department, Washington, D.C. National Archives [NARA].

7 D.S., Memo: “Chile and Argentina in the Antarctic,” Brundage a NWC, RPA, ARA, A-Br, 10/02/47, RG 59, 800.014 Antarctic/2-1047. Ver también Bowers a Secretario de Estado [S.E.], No. 575, 14/07/47, RG 59, 800.014 Antarctic/7-1447, NARA.

8 Contreras (Washington) Informe n. 22, Oficio n.58, 5/05/47. MinRe.

9 Brundage a Hall, ARA, A-Br, 5/05/47; Bowers a S.E., no. 15100, 2/04/47, RG 59, 800.014 Antarctic/4-247, NARA.

10 Una interesante perspectiva sobre la presencia ministerial comunista a inicios de la administración González Videla se encuentra en Arturo Maschke, Cuatro Presidentes de la República desde el Banco Central de Chile: 1940-1960 (Stgo: Ed. Andrés Bello, 1990), 37 y ss.

11 La flota conjunta británica-noruega-sueca estaba destinada a Tierra de la Reina Maud, y existían flotas balleneras rusas, holandesas, norteamericanas y japonesas en el área. N.A. Mackintosh, “Recent International Whaling Conferences and the Resumption of Whaling Since the War,” The Polar Record [TPR] 4 n.31 (enero 1946) [ pub. octubre 1946]: 347-9. “Foreword,” [TPR] 4 n.32 (julio 1946), 371. N.A. Mackintosh “International Whaling Conference, 1946,” [TPR] 5 n.33-34 (ene-julio 1947): 105.

12 Tierra de los Libertadores se refiere a la península que los ingleses denominan Tierra de Graham, los norteamericanos Tierra de Palmer, los argentinos del Libertador San Martín y los chilenos conocen como Tierra de O’Higgins.

13 El Departamento de Estado reconocía la existencia de “intereses dentro del sector antártico del Hemisferio Occidental.” D.E., “Política del Departamento de Estado y Declaración Informativa,” 27/01/47. Secreto. 800.014/1-2447 FRUS 1947 I: 1049.

14 Ibid.

15 Office of the Judge Advocate of the Navy, Top Secret Brief: “Ulterior Mission and Objectives of Naval Expedition to Antarctica,” 21/11/46, en Capt. R. E. Dennison (USN) a Hugh S. Cumming, Jr., NOE Chief, 22/11/46, RG 59, 800.014 Antarctic/11-2246. Acheson a Forrestal, 14/11/46, FRUS 1946 I: 1497-98.

16 Ellis O. Briggs (ARA) Memo, 15/11/46, FRUS 1946 I: 1492-93.

17 “U.S. Maps Formal Claims,” New York Times [NYT], 6/01/47, 21:1.

18 “Byrnes Cool to Conference,” NYT, 8/01/47, 13:1.

19 DS, “Política ...”, 1049.

20 S.E. a Embajada (Londres) 08/12/47, 800.014 Antarctic/9-1847, FRUS 1947, 1: 1053, cita 5

21 Véase Cesar Ruiz Cisneros, El Territorio Argentino (Bs. As: Ed. Perrot, 1963): 67-8.

22 “La invocación de la Doctrina Monroe podría reforzar las reclamaciones de Argentina y Chile más que las de Estados Unidos.” “Basis for Possible U.S. Claims in Antarctica,” D.E., Ofice of Intelligence Research, Secret 12/09/47: 10. NARA.

23 Ibid,FRUS 1947, 1: 1043-50.

24 Brundage (ARA), Top Secret Memo: “Antarctic Expeditions,” 15 /08/47, RG 59, 800.014 Antarctic/8-1546.

25 “New Naval Expedition to Antarctic Scheduled,” NYT, 26/09/47, 25:7.

26 Se presentó como continuación de la Op. High Jump. “U.S. Operation Windmill, 1947-8,” [TPR] (enero-julio 1949): 345.

27 “United States Operation High Jump, 1946-47,” [TPR] (ene-julio 1949): 344.

28 Ronne y Darling, “Ronne Antartic Research Expedition, 1946-48”[TPR] (ene-julio 1949): 460-1.

29 Véase E.W. Bingham, “The Falkland Dependencies Survey, 1946-47, [TPR] 5 n.33-34 (ene-julio 1947: 35.

30 Embajador Smith a S.E., No. 4188, 21 /11/1946, RG 59, 800.014 Antarctic/11-2146. Perspectiva inglesa en “Foreword,”[TPR] 4 n.32 (julio 1946), 371. “Soviet Links Aton to Byrd Expedition,” NYT, 1/01/47, 26:8.

31 Boggs, Memo: “What the Antarctic is Worth in Relation to International Problems, “ a ARA (Woodward y Briggs), NOE, NWC (Hall), 2 /06/47, RG 59, 800.014 Antarctic/6-247. NARA.

32 Walter Waggoner, “U.N. Antarctic Rule Opposed by Byrd,” NYT, 17/04/47, 3:1.

33 Briggs a Hall (NWC); Lyon (RPA) y Cuming (NOE) 25/04/47. 800.014 Antarctic/4-2547. NARA.

34 “Chilean Ship Starts South,” NYT, 10/01 /47, 5:1. Rousseau en Hugh Miller (Stgo) a S.E., 10/01/47. 800.014 Antarctic/1-1047. Bowers a S.E., 18/12/46, FRUS 1946, 1: 1498-99.

35 “Chileans at Graham Land Base,” NYT, 23/02/47, 40:6.

36 Bowers a S.E, 3/04/47, RG 59, 800.014 Antarctic/4-347. NARA.

37 Bowers a S.E, No. 15312, 20/05/47, RG 59, 800.014 Antarctic/5-2047. NARA.

38 Hugh Millard a S.E., No. 14796, 10 /01/47, RG 59, 800.014 Antarctic/1-1047. NARA.

39 Ver Millard, ibid.

40 Finn Ronne, “U.S., British at Odds on Antarctic Flags,” NYT, 19/03/47, 14:4.

41 Bowers a S.E., 2/04/47. 800.014 Antarctic 4/247. NARA.

42 “Navy Men Visit Scott’s 1912 Camp,” NYT, 21/02/47, 3:4. Finn Ronne, “Ronne and British Link Explorations,” NYT, 23/06/47, 12:2. OIR, 11.

43 Embajada Chile a D.E, 13/10/47; D.S. a Emb. Chile, 3/11/47, FRUS 1947, 1: 1052.

44 “Chilean Decree n. 587 of 30 May 1947” en TPR (ene-julio 1948), 225-6.

45 Bowers a S.E, No. 15673, 16/10/47, RG 59, 800.014 Antarctic/10-1647. NARA.

46 Luis Prucher Encina a Min. del Interior, LBE- DBM- 53761 # 9702, 18/10/47, MinRe.

47 Hugo Medina V. a Min.del Interior, 23/10/47 Confidencial n. 1448. MinRe.

48 “Argentine Ship Sets Out for Graham’s Land Zone,” NYT, 5/01/47, 34:4.

49 “Foreword,” [TPR] (julio 1946), 371. Bingham, TPR (1947), 37.

50 Perón expresó “los argentinos [habían] mostrado una vez más lo que ellos pueden hacer en defensa de sus derechos.” “Argentine Mission Returns,” NYT, 24/04/47, 4:6.

51 En [TPR] (ene-julio 1948), 224.

52 Bowers a S.E. 18/12/46. 800.014 Antartic/12-1846. FRUS 1946 1: 1499.

53 “Trade Pact Extends Argentine Influence Over Chile,” Intelligence Review 45 (19/12/46):

5. Intelligence División, WDGS, War Department, Washington, D.C. NARA.

54 Bowers a S.E. 18/12/46. 800.014 Antartic/12-1846. FRUS 1946 1: 1499. Bowers a S.E., “Antártica: Primera Reunión de la Comisión Antártica Chilena,” 25/06/47, 800.014 Antarctic/

6-2547. NARA.

55 Declaración de 12 julio 1947 en OIR, 11.

56 En julio del 1947, se hizo entrega de la declaración conjunta y del plan de accion común Marshall a Emb (Londres) 8/09/47. 800.014 Antarctic/8-1447: Airgram. FRUS 1947 1: 1050-1.

57 Nieto del Río, “La Situación Antártica y el Tratado de Río,” 23/09/47 Confidencial n1989/101. Departamento Diplomático. MinRe.

58 Contreras (Washington), Informe “El Gral. Von Der Becke Opina Sobre Problemas de Actualidad,” 29/09/1947. Informe n 56 og 133. Anexo Oficio 14. MinRe.

59 Walter Waggoner, “U.N. Antarctic Rule Opposed by Byrd,” NYT, 17/04/47, 3:1.

60 Boggs, Memo: “What the Antarctic is Worth in Relation to International Problems,” a ARA (Woodward y Briggs), NOE, NWC (Hall), 2/06/47, RG 59, 800.014 Antarctic/6-247.

61 En “Territorial Claims in the Antarctic,” [TPR] (ene-julio 1949): 361.

62 D.E. a Embaj. 08/09/47, 800.014 Antarctic/8-1447: Airgram, FRUS 1947, I: 1051; As. S.E a Embajada (Londres), 08/12/47, 800.014 Antarctic/9-1847, FRUS 1947, I: 1054.

63 Lovett a Emb. (Londres), 22/09/47, FRUS 1947, 1: 1051..

64 D.E., Off. Euro. Affs., Div. of NOE, NOE y NWC a EUR (Hickerson) y ARA (James F. Wright), 8/09/47, RG 59, 800.014 Antarctic/9-847. NARA.

65 Lovett a Emb. (Londres), 22/09/47, FRUS 1947, 1: 1051.

66 D.E., Off. Euro. Affs., 8/09/47. NARA

67 D.E, Office of Intelligence Collection and Dissemination, Informe No. 4269 “History and Current Status of Claims in Antarctica, “3 /10/47, RG 59, [800.014 Antarctic/12-1647].

68 Lovett a Emb. (Londres), 16/12/47, FRUS 1947, 1: 1053-54

69 Hulley (NEA), Memo de Conversación, 17 y 23/12/47, FRUS 1947, 1: 1058-61.

70 USA tendría mejores derechos que los británicos, chilenos o argentinos a un área situada al sur de los 72°S pues era tierra que ningún otro pais habia explorado. OIR, 12.

71 As S.E. a Embaj. (Londres), 08/12/47, 800.014, Antartic/9-1847, FRUS 1947, I: 1054;

72 D.E. Memo, 11/12/47, FRUS 1947, 1: 1055-56.

73 Hulley (NEA), Memo de conversación, 17 y 23/12/47, FRUS 1947, 1: 1058-61.

74 Gallman (Londres) a S.E. 24/12/47, FRUS 1947, 1: 1061-62. Hulley (NEA), Memo, 23/12/47, 800.014 Antarctic/12-1147, FRUS 1947, 1: 1060.MGallman (Londres) a S.E., 24/12/47, 800.014 Antarctic/12-2447, FRUS 1947, I: 1062. Hulley, Memo, 23/12/47, 800.014 Antarctic/ 12-1147, FRUS 1947, I: 1060.

75 “Argentine Decree n. 39.638 of 19 December 1947,” en [TPR] (enero-julio 1948), 225.

76 Milton Bracker, “Argentines Renew Claim in Antarctic,” NYT, 21/12/47, 34:3.

77 Hulley, Memo conversación, 17/12/47. 800.014 Antarctic/12-1147, FRUS 1947, 1: 1061.

78 Hulley, Memo conversación con Robert H. Hadow, 16/12/47, FRUS 1947 1, 1057-58.

79 Hulley, Memo conversación, 17/12/47. 800.014 Antarctic/12-1147, FRUS 1947, 1: 1061.

80 S.E., Memo, 8/02/48, 800.014 Antarctic/2-1848, FRUS 1948, I: 963.

81 S.E., Memo, 18/02/48, 800.014 Antarctic/2-1848, FRUS 1948, I: 963-5.

82 Marshall a Embajador británico, 17/03/48, 800.014 Antarctic/3-848, FRUS 1948, I: 967.

83 Woodward (ARA), Memo, 26/03/48, 800.014 Antarctic/3-2648, FRUS 1948, I: 970.

84 D.E.: “Antarctica,” 26/03/48, HSTP, NAF, DS-B, 1947 jun-1949 dic, f: en-abr 1948, HSTL. 85 Marshall a Forrestal, 16/03/48 en Forrestal a Marshall, 12/04/48. 800.014 Antartic/4-1248. FRUS 1948 I: 971, cita 3.

86 John A. Morrison (PPS) a Carlton Savage, (Sec Ej. PPS). 22/04/48. PP File: Lot 64 D 563. FRUS 1948 I: 976.

87 Green sería enviado a Chile y Argentina para lograr la aceptación de la propuesta. Morrison a Savage, 22/04/48. PPS File: Lot 64 D 563. FRUS 1948 I: 975-76. En este informe aparece el área jurisdiccional del futuro tratado antártico de 1959. PPS, Informe “Antártica.”  PPS Files: Lot 64 D 563. FRUS 1948 I:979.

88 Forrestal a Marshall, 12/04/48. 800.014 Antarctic/4-1248. FRUS 1948 I: 974.

89 S.E., 18/02/48, 800.014 Antarctic/2-1848, FRUS 1948, I:

 
 

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